Muchas gracias por acompañar esta historia… Agradeceré sus comentarios, ya sean buenos o malos, críticos y no… Espero que disfruten la lectura y que les sigua gustando…

Beyblade no me pertenece…


Números, números y más números, de eso se trata la normalidad... Es cuestión de estadística...


-oO8( Para una Vida Normal )8Oo-

Kai está compartiendo las reglas para el hogar, Max. No le gustan los hot-cakes y tampoco le gusta ver la televisión. – sonrió, tenía la confianza del bicolor.

Capítulo IV ¿Escuela?, ¿cárcel? o ¿abadía?

por Kiray Himawari

Caminó con pasos decididos hacia el pequeño patio trasero. Una vez allí se sentó junto a Isis. Acarició la pequeña oreja y tomó su postura acostumbrada: recargó la espalda contra el tronco, pierna derecha extendida al frente, mientras la otra se flexionaba para llevar la rodilla al pecho. Isis se animó a acurrucarse en la pierna extendida. Sintió la brisa y se hundió en sus pensamientos.

Había sido extraño escuchar a Kai decir que no le gustaban los hot-cakes, la televisión era algo que ya sabía que detestaba. En repetidas ocasiones en la que durante los torneos se sentaban frente al televisor, lo habían visto bufar y salir de allí diciendo lo estúpido que era aquello, pero ¿los hot-cakes? ¿A quién no le gustan los hot-cakes? Seguramente había una razón lo suficientemente poderosa para que ello fuera de su completo desagrado. ¿Tortura?, ¿malas experiencias?, ¿recuerdos ligados? La curiosidad crecía. Max quería saber más. Ya había platicado con los chicos antes acerca de las escasas manías que sabía del ruso-japonés. Algunas veces discutían el porqué era tan serio, frío, solitario, gruñón y especialmente se preguntaban porqué le disgustaban tantas cosas. Entrenaba con gran entereza, como si su vida dependiera de ello; había veces en que lo veían desaparecer por horas y horas sin saber a dónde iba, al parecer desde el segundo torneo en el que participaron había adoptado la costumbre de salir a caminar los domingos desde temprano y más cuando se encontraban en Japón, puesto que cuando se encontraron en el último torneo no lo hacía en los demás países, quizás había un lugar al que le gustaba ir a relajarse, no sería la primera vez. Conocían sus costumbres acerca levantarse temprano, entrenar como maniaco, guardar silencio por horas, su costumbre de hablar más con los mayores, claro que sin dejar a un lado su característico comportamiento; sin embargo jamás se había detenido a pensar en las demás costumbres que podía tener como: su comida favorita, su materia favorita, lo que hacía por las tardes después de entrenar, lo que le gustaba hacer en periodos vacacionales, si le gustaba viajar; no sabía nada si lo pensaba detenidamente. Ahora que estaba allí el bicolor, casi como experimento, listo para ser observado.

En un principio Max había estado muy nervioso cuando supo la decisión final de Kai, estaba contento, pero a la vez contrariado. Convivir con Kai durante los torneos era un poco complicado y no porque el chico fuera una mala persona o algo así, sino porque era una persona poco sociable y por lo tanto poco comunicativa. En ocasiones no sabían como actuar delante de él o buscar la manera de integrarlo a las pláticas o actividades que ellos llevaban acabo. Ahora Max ya estaba enfrentando la realidad. La primera sorpresa que se había llevado fue haber visto a Isis, la gata. Por su mente jamás había cruzado la idea de que a Kai le agradaran los gatos, de hecho por algún tiempo llegaron a creer que Kai podía llegar matar a los animales si estos se interviniesen en su vida, pero incluso ahora que lo observaba desde su ventana, podía ver lo afectivo que quizás era en el fondo. Estaba un poco confundido con aquello, mas haciendo memoria… Recordaba que alguna vez Hiro les había dicho que había encontrado a Kai con algunos gatos, alimentándolos, sin embargo nadie lo creyó y con justa razón, ¿qué podía hacerle pensar que Kai tuviera cierto afecto por los animales? Luego la faceta de Kai hablando un poco de su vida personal, diciéndole quién había sido aquella extraña mujer que lo había despedido cuando llegó a casa; incluso había escuchado algo acerca de sus padres, de un accidente. En aquella plática hubiera jurado que estaba soñando, pero no era así, era muy real. Había conocido que su genio salía en cualquier instante y que en ocasiones podía ser impredecible, confirmándolo en la cena cuando lavó sus trastos. El asunto de los hot-cakes era algo que, aunque fuera estúpido e irracional, le intrigaba. Hasta donde había leído, a través de Internet o visto en programas educativos, las personas siempre tenían razones conscientes o inconscientes para que algo les desagradara, aunque no siempre se dieran cuenta de ello, pero Kai era sumamente inteligente, así que él debía saber el porqué no le gustaban los hot-cakes o ¿quizás el mismo no lo sabría? Max estaba decidido a entender más a Kai, a tomar las riendas de la situación. Era raro, Max siempre había sido decidido tanto en el ámbito familiar como el social y escolar, pero en ocasiones cuando estaba junto a Kai, podía sentir cierto pánico al no saber qué hacer, el ruso-japonés podía llegar a ser muy imponente.

El resto del domingo pasó en completa tranquilidad. La comida no fue menos incómoda debido al silencio, sin embargo notaron que Kai comió normal, no se veía cohibido, ni molesto, era simplemente normal, estaba siendo él. Max estuvo muy cayado a consecuencia del demás silencio y de la falta de iniciativa del Sr. Mizuhara, probablemente ya había hostigado mucho al bicolor. Llegó la noche y la hora de dormir junto con ella. Eran más o menos las diez de la noche y Max ya preparaba sus cosas de la escuela, para su buena fortuna había decidido hacer la tarea desde el viernes. Colocó su uniforme en un gancho cerca del closet, su mochila permanecía con el cierre abierto mientras las libretas eran acomodadas, ¡listo!, aunque era un poco temprano para ir a dormir justo en ese momento. Decidió, dudando un poco al principio, visitar a su ahora compañero de hogar. Tocó la puerta…

– ¿Sí? – se abrió repentinamente la puerta.

Kai decidió no más 'adelante', eso podía terminar como la última conversación de esa mañana y no debía ser así, según su parecer.

– ¡Hola, Kai! – saludó un poco tímido, debido a la mirada que ahora lanzaba el bicolor sobre él.

– Hola. – no había emoción alguna en su voz.

– ¿Estás bien?, ¿no necesitas nada? – preguntó rápidamente.

En ese momento Kai dejó de recargarse sobre la orilla de la puerta, quitando así el peso que la entre cerraba, dio un paso atrás…

– ¿Por qué todo el mundo piensa que deben atenderme como si fuera una princesa? –

– No, no es nada de eso. –

– ¿Entonces? – preguntó algo molesto.

– No te ofendas, Kai, pero sólo queremos que estés a gusto ahora que vives con nosotros. – dijo un poco apagado.

Kai lanzó un suspiro, dio vuelta y se sentó en la orilla de la cama. Max entendió esta acción como una invitación a pasar y así lo hizo. Se sentó en la silla giratoria. Fue cuando notó que Isis estaba en un pequeño moisés…

– No sabía que te gustaban los gatos. – pronunció sin dejar de fijar la vista en Isis.

El bicolor echó un vistazo hacia Isis y sonrió para sí…

– Siempre me han gustado. – su voz sonaba tranquila, era difícil escucharlo hablar en otro tono que no fuera uno que advirtiera peligro o molestia.

– Alguna vez Hiro nos dijo que te encontró alimentando unos gatos… – lanzó el comentario como si no le interesara mucho.

– ¿Eso dijo? – miró hacia la ventana, la luz de la luna en cuarto menguante se filtraba.

Asentó con la cabeza.

– Pensábamos que no era cierto, pero ahora veo que fue así. – miró hacia la ventana también.

– ¿Qué tiene eso de especial y por qué hablas de ello? – ahora fijaba su mirada en el rostro del rubio.

– No lo sé, quería platicar un poco, pero ¿sabes? Es difícil entablar alguna conversación contigo. – Kai levantó su ceja como cuestionando algo. – No te ofendas, pero es que casi no sabemos nada de ti y… –

– Ya tengo psicóloga a quien platicarle mis problemas. – sentenció firmemente.

– ¡¿Tienes una psicóloga? – preguntó efusivamente y sorprendido.

Kai miró fastidiado hacia la ventana, tal vez evitando la mirada de Max.

– Desde que inició el juicio me realizaron una valoración psicológica y decidieron que era necesario ver a un psicólogo, pero me rehusé a hacerlo, sin embargo, ya con Voltaire en la cárcel y sin un tutor establecido, me obligaron hace unos meses a acudir. – había respondido, eso era ¡asombroso!

– ¡Vaya! ¿Y son como en las caricaturas y series? – recibió una extraña mirada de confusión por parte de Kai – A cierto, no ves TV… – reflexionó unos segundos – Me refiero a que si te sientan en un diván y comienzas a narrar tu infancia mientras el psicólogo toma nota en una pequeña libreta mientras lanza preguntas acerca de tu vida y te observa de reojo bajando sus lentes hasta la punta de la nariz. – se veía muy entusiasmado con su cuestionamiento, una duda genuina por su parte.

¿Hablaba enserio? ¿Eso era lo que pensaban de una terapia psicológica? ¡Maldita televisión, seca el cerebro!

– No veas tanta televisión o terminarás siendo como Tyson, aunque creo que pronto lo alcanzarás. – pronunció de manera seria, porque era enserio lo que decía.

Max no lo percibió así, por lo cual soltó una carcajada…

– En verdad que no te conocía ese lado tan gracioso, es mejor que tu tonito irónico. – reía suficientemente alto, tanto como para que lo alcanzara a escuchar el Sr. Mizuhara desde su habitación.

Kai enarcó una ceja sin comprender del todo qué era lo gracioso…

– Estoy hablando enserio. – aclaró.

– ¿Es enserio? – dijo parando de reír y con la cabeza llena de confusión.

– A mí no me gustan las bromas. – ahora se veía quizás molesto.

– Enserio, Kai. ¿Por qué eres así? – la pregunta fue sorpresiva y el tono compasivo le disgustaron.

– Creo que no tengo tiempo de interrogatorios. – poniéndose de pie, invitando al rubio a salir de allí con un ademán muy conocido (brazo extendido y dedo índice apuntando a la puerta).

Max no se inmutó y realmente únicamente parpadeó un poco…

– Te recuerdo que no estamos entrenando y justo ahora no eres el capitán que me dice que hacer. – ¿Ese era Max?

Kai bajó el brazo lentamente, ahora no estaba entendiendo nada, ¿desde cuándo Max desafía su autoridad? ¡Maldita sea! ¡No es su casa, no son sus reglas ni las de su abuelo! El rubio miró atentamente como los movimientos de Kai se hicieron torpes y descuidados. Pudo ver la confusión que se disparó un su mirada, pudo notar esa pérdida de confianza en sus acciones, perder ese semblante orgulloso; Max se sintió avergonzado…

– No quise decir eso… – se apresuró a decir – Lo siento, no medí mis palabras. –

El pobre bicolor sólo atinó entrar al baño abrir la regadera e ignorar su entorno, realmente estaba muy susceptible.

Max tuvo que abandonar la habitación sin ser disculpado. Sentía una culpa bastante grande, nunca, pero nunca, había visto a Kai flaquear de esa manera, ni siquiera Tyson lo había conseguido, y en verdad que se esforzaba todos los días en hacerlo; y justo ahora con tan sólo diecisiete palabras dichas en menos de diez segundos bastaron para derribar su orgullo.

Estaba muy aturdido, el baño ni siquiera lo reanimó un poquito. Secó su cabello con la toalla y la acomodó cuidadosamente en el toallero, no quería salir de allí y encontrarse con el rubio; en verdad que no quería que lo viera nadie. Maldijo la hora en que había tomado esa decisión, maldijo a la psicóloga por alentarlo con su decisión, maldijo al mundo y maldijo a Voltaire ¿cómo pudo permitir que le pasara esto? Si tan sólo lo hubiera querido un poco… Se recostó en su cama, posición fetal; se sentía tan indefenso… El sueño tampoco le favoreció mucho, así que fue al baño y volvió enseguida a su habitación, diez minutos más y el sueño lo atrapó.

Eran las siete de la mañana, tendría que salir en menos de media hora si quería llegar a tiempo a la escuela, por fin las clases se interpondrían entre el bicolor y el rubio. El Sr. Mizuhara ya preparaba el desayuno: hot-cakes para Max y ensalada de frutas para Kai, era su mejor idea. Después de la declaración que había escuchado por parte del nuevo integrante, decidió buscar la manera de hacerlo sentir cómodo… Pronto Kai apareció bajando las escaleras con una mochila negra al hombro, la colocó en el piso cerca del pasillo y se acercó tímidamente al comedor…

– ¡Buenos días, Kai! – saludó el Sr. Mizuhara.

– Buenos días. – saludó secamente.

– Toma asiento, ya casi está el desayuno y Max no debe tardar en bajar. –

Sólo asentó con la cabeza y tomó su lugar ya elegido de antemano, a la derecha viendo hacia la cocina.

– ¿Dormiste bien? – preguntó paternalmente.

La pregunta lo desconcertó un poco, ¿alguna vez alguien más le preguntó eso?

– Sí. – fue toda su respuesta.

A sus sentidos llegaba el horrible olor a hot-cakes, ¿qué caso tiene decir 'no me gustan los hot-cakes' para que sea el desayuno del día siguiente?

– Mejor comienza a desayunar, porque si esperamos a Max, creo que te irías sin deayunar… – dijo sonriente al tiempo que colocaba un plato de ensalada de frutas al frente del bicolor.

Kai lo miró con mucha confusión, ¡maldita sensación, se estaba volviendo cotidiana!

– Es que no te gustan los hot-cakes y como recuerdo haberte visto comer fruta durante uno de los torneos, creí que te gustaría… –

– Gracias, la fruta… La fruta me gusta. – dijo tímidamente.

¡Bingo! La fruta siempre le gustó, de hecho era lo que más le gustaba de toda la comida. Había descubierto sabores cítricos, dulces, agridulces, salados, ¡la fruta era maravillosa para su paladar! El Sr. Mizuhara le brindó una sonrisa amable, estaba jugando muy bien sus cartas, ¡un punto extra por eso! Max bajó corriendo a sabiendas de que ya se le había hecho un poco tarde y quería saborear su desayuno favorito: hot-cakes. Vio cómo Kai ya estaba terminando su desayuno, ensalada de frutas, se sentó frente a él y miró su plato, diferente al de Kai. El Sr. Mizuhara también disfrutaba sus hot-cakes acompañados de una taza de café, mientras que a Kai le había servido un vaso de jugo de naranja y a Max un vaso de leche. Max comió a prisa, ya sólo faltaban diez minutos para salir si no quería llegar tarde. Kai se puso de pie y fue hacia el refrigerador y tomó un medio vaso de leche y se dirigió a su habitación, ya había lavado sus trastos del desayuno…

– ¡Oh, lo siento! No sabía que querías leche – se disculpó a prisa el Sr. Mizuhara.

– No es para mí, yo no acostumbró la leche por las mañanas. Es para Isis. – se había detenido por unos instantes y se giró para aclarar la situación, luego se alejó sin esperar comentarios.

El Sr. Mizuhara largó un suspiro, paciencia era lo que iba a necesitar, era como haber adoptado un hijo más.

La gata estaba en la cama aún. Por las noches, desde que Kai la encontró cerca de un basurero, se acostumbró a dormir al final de la cama, cerca de su amo, quizás gratitud.

– Mira lo que te traje. – movió un poco a la felina.

Ronroneó un poco ante la caricia detrás de la oreja, un maullido para agradecer…

– Acércate a desayunar. – la gata obedeció sin más – Volveré tarde, no hagas travesuras, dejaré la ventana abierta por si quieres salir a dar tus paseos. – decía mientras abría la ventana – Te veo al rato. –

La gata maulló una vez más, tal vez lo entendía más que nadie.

Kai dejó su habitación bien recogida, cama tendida, ropa doblada, escritorio despejado, ¡perfecto! Mientras cerraba la puerta tras de sí, el timbre sonó, ese debía ser el Sr. Dickenson y el abogado, quienes lo acompañarían a la 'nueva' escuela, maldijo por lo bajo. Max y el Sr. Mizuhara ya estaban listos. Max y Kai ya no llevaban uniformes, puesto que no era necesario, no era como las escuelas a las que el bicolor estaba acostumbrado; no eran esas escuelas que pretendían ser mejores con uniformes elegantes e instalaciones de lujo, eran escuelas normales. Apresuró su paso para llegar hasta la sala en donde ya lo aguardaban las personas que había adivinado. El Sr. Dickenson y el abogado venían con sus trajes formales, mientras que el Sr. Mizuhara traía sus ropas normales, camisa casual blanca y pantalón de color capuchino. Se saludaron con un apretón de manos, aunque a Kai no le hacía mucha gracia ese tipo de contacto amable, era muy hipócrita, eso lo recordaba bien. Luego del saludo se dirigieron a la salida y, como el Sr. Mizuhara era el nuevo tutor de Kai tendría que acompañarlo a la escuela y conocer todo lo referido al bicolor allí, abordaron el automóvil negro de lujo del Sr. Dickenson. Max estaba muy emocionado, puesto que el solía ir a la escuela en el auto gris de su padre, no era un vejestorio, pero no era tan llamativo como ese.

Quince minutos después estaban frente a la escuela de Max, la misma escuela a la que acudían los demás chicos: Hilari, Kenny, Ray y Tyson. Ya lo esperaban en la entrada, incluso Tyson estaba allí, quería saber cómo iban las cosas y cómo había sido un fin de semana con el frío bicolor. Agitaron las manos para despedir el vehículo y al ruso-japonés, quien ni siquiera una mirada les dirigió. Avanzaron quince minutos más, las ocho en punto de la mañana. Descendieron del automóvil negro y frente a ellos lo que nunca nadie imaginó. Era un edificio bastante deteriorado en las instalaciones internas, grafitis con obscenidades en las bardas, rejas enchuecadas a golpes quizás, estudiantes de mala finta y prefectos en uniformes color caqui por todo el lugar. El Sr. Dickenson sudó frío, el abogado aclaró su garganta para fingir no tener sorpresa, el Sr. Mizuhara tomó por los hombros a Kai y los apretó inconscientemente y Kai, Kai no podía sentirse peor. Entraron a la escuela siendo inspeccionados de arriba para abajo con un detector de metales manual, luego revisaron la mochila del bicolor minuciosamente: dos cuadernos, un libro de lectura: Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein, su lanzador y su blade…

– Así que tratabas de pasarte de listo ¿eh, chico? – pronunció con burla el prefecto de la entrada. – Sabes que está prohibido traer armas a la escuela… –

– Lo siento mucho, – intervino rápidamente el Sr. Dickenson – pero este jovencito es nuevo aquí y venimos a presentarlo con la directora. –

Le lanzó una mirada de desagrado…

– Muy bien, pero esto se queda conmigo. – tomó su lanzador y su blade.

Kai intentó quitárselo, pero el Sr. Mizuhara lo detuvo en el acto sujetándolo por la muñeca…

– Soy el tutor de este jovencito, yo lo guardaré. –

El prefecto no opuso resistencia a devolverlo cuando el abogado mostró los documentos que avalaban sus palabras.

– Bien, pero esta será la última vez que intentas meter esas cosas… – advirtió mirando a los ojos a Kai.

Se sintió muy molesto ante aquella acción por parte del Sr. Mizuhara y aún más molestia por las palabras del prefecto. Pasaron por el patio central siendo el tema de bullicio por parte del alumnado. Llegaron hasta un pasillo que conducía hacia las oficinas, dos puertas a cada lado y una al frente, tomaron asiento en unas pequeñas sillas que allí se encontraban para esperar el turno de hablar con la directora del lugar. Pronto recibieron el llamado. La directora era una mujer de estatura media-alta, tez clara, cabello castaño recogido en una coleta alta, usaba gafas de lectura, vestía un traje sastre gris y una blusa en tono palo de rosa, medias y zapatillas altas.

– ¡Buenos días! Tomen asiento por favor. – dijo amablemente mientras les señalaba una pequeña sala dentro de su oficina, que por cierto no era muy grande ni lujosa.

Tomaron asiento.

– Debo suponer que eres el nuevo estudiante Hiwatari Kai, ¿no es así? – dirigiéndose al bicolor.

– ¡Es usted un genio! – pensó Kai, pero se limitó a asentar con la cabeza.

Los demás presentes entendieron de una sola vez la expresión de Kai cuando rodó su mirada con fastidio.

– El joven Hiwatari fue enviado a esta escuela debido al fallo en el juicio llevado contra su abuelo Voltaire Hiwatari, Srita. Amiko – pronunció el abogado a prisa mientras le extendía los documentos pertinentes.

– Sí, ya había recibido la visita por parte de Servicios Sociales. – miraba los documentos con rapidez. – Vamos aclarando las cosas, – miró al bicolor fijamente – estoy segura de que no es la clase de escuela a la que estas acostumbrado, jovencito, pero sin duda es una buena escuela, dejando a un lado las apariencias. Esta es una escuela para jóvenes que, al igual que tú, han sido victimas se diversas circunstancias como maltrato físico, psicológico, violación a sus derechos, explotados, secuestrados, desaparecidos… –

– y ¿yo? – interrumpió el bicolor en ese momento – ¿yo dónde encajo en este lugar? –

– Bueno, yo no dictaminé tu ingreso a este lugar, es un fallo en el que yo no interfiero… – respondió con tranquilidad, pero segura de sus palabras.

Iba a replicar, pero no sabía para qué, no tenía caso, lo que decía era verdad. Dándose cuenta de esta situación la Srita. Amiko continuó…

– Como les iba diciendo… – continuó con un poco de orgullo ante su logro – …Aquí nos llegan estudiantes de con todo tipo de problemas, nosotros los ayudamos de diferentes formas, por lo tanto no es una escuela común, aquí llegan casos de todo tipo, incluyendo a los de tu tipo que no saben porqué razón los enviaron aquí. – dijo esto último dirigiéndose a Kai.

– Entiendo bien la labor de esta escuela, pero ¿está segura de que es el lugar correcto para Kai? – preguntó nerviosos el Sr. Dickenson.

– Debe ser así de lo contrario no habría tenido sentido enviarlo aquí. – Kai iba a replicar de nuevo, pero nuevamente el Sr. Mizuhara lo detuvo con una mano al hombro – Como quiera que sea… – dijo al ver su reacción – Ya está aquí y tendrá que permanecer hasta que Servicios Sociales lo crea conveniente y no hay mucho que hacer al respecto, porque más que todos queramos. – su tono de voz era inquietante, pues era tranquilo pero a la vez seguro y decidido.

– ¿No podría hablar usted con ellos y decirles que Kai estará mejor en la misma escuela que sus amigos? – inquirió el Sr. Mizuhara.

– Podría… –

– Está bien, Sr. Mizuhara. – interrumpió el bicolor a la Srita. Amiko – No me asusta este lugar. – sonaba arrogante, además de su mirada clavada en la de la Srita Amiko apoyaba su voz.

– Entonces está decidido. Iremos a tu nuevo salón y te presentaré ante el grupo. – se puso de pie, los otros le imitaron.

– Debo hablar antes con el Sr. Mizuhara. – dijo el ruso-japonés, los demás lo miraron sorprendidos.

– Por supuesto, – Srita. Amiko – esperaremos afuera. –

Se retiraron dejando en la oficina al Sr. Mizuhara y al bicolor.

– ¿Qué ocurre…? –

– Quiero mi blade… – interrumpió demandante.

– Pero dijeron que no puedes entrar con… –

– Sólo quiero a Dranzer. – dijo un poco melancólico.

El Sr. Mizuhara sacó el blade de su bolsillo y se lo dio en las manos. Kai se apresuró a sacar el bit de Dranzer. Devolvió de inmediato el beyblade sin el fénix. Finalmente Kai salió un poco molesto de la oficina, había guardado su bit en el bolsillo izquierdo.

El Sr. Mizuhara junto con el Sr. Dickenson y el abogado fueron despedidos enseguida, no sin antes desearle un buen día a Kai.

La Srita. Amiko caminaba delante del ruso-japonés por unos pasos por los largos pasillos del lugar. Algunas ventanas con cristales rotos, barrotes sellando las salidas junto con las sombras que generaban al paso, grafitis en cada pared, pupitres fuera de los salones, era un lugar escalofriante, le traía malos recuerdos ¿escuela?, ¿cárcel?, o ¿abadía?

– ¿Kai?, ¡¿Kai? –