IV. Let's raise a glass or two…
...to all the things I've lost on you
Kirishima Eijirou es ese escándalo que toda persona necesita en su vida.
Idealmente, Bakugou nunca debió haberlo descubierto, pero lo hizo y desde entonces su tiempo se mide en antes y después de Eijirou. Lo conoció en el instituto, cuando por un azar cruel quedaron sentados lado a lado en el salón al empezar su primer año. Al igual que Izuku con Shouto, Katsuki tenía una idea vaga de quién era Kirishima; todos conocían la historia del novato de cabello rojo cuya insurrección hizo que lograra mantener su cabellera teñida. Nadie sabe cómo (ni Bakugou lo supo nunca) pero Kirishima conservó el rojo hasta que consiguió su primer empleo. El hecho fue lo suficientemente relevante durante los primeros días de clases como para otorgarle un cierto aire de popularidad; de todas maneras, popular o no, Kirishima era fácilmente identificable en medio de la multitud del cuerpo estudiantil.
Así, pues, Katsuki sabía, a medias, quién era cuando los lugares definitivos se asignaron y el pelirrojo tomó asiento a su lado. No tenía intenciones de aprenderse su nombre nunca, pero el sujeto era tan parlanchín e insistente que terminó aprendiéndoselo gracias a todas las veces que los profesores pronunciaron su nombre en reprimenda.
La cercanía de sus asientos hizo irremediable que compartieran más tiempo del que Katsuki hubiese deseado, especialmente porque Eijirou tendía a olvidar sus libros y resolvía el problema juntando su silla. Con el paso de los días, la costumbre de juntar su silla se extendió a los recesos entre clases, de tal forma que para cuando Katsuki tuvo consciencia del asunto, ya estaban compartiendo el almuerzo.
A los ojos de cualquier integrante de la clase, la amistad entre ellos no representaba ninguna novedad. Era casi de esperarse desde que las grandes amistades entre alfas eran tan naturales como el enlace entre un alfa y un omega. Lo comprobaron cuando advirtieron que Kirishima era la única persona con la Bakugou sostenía algo similar a una conversación. Para todos, las cosas sucedieron con la sencillez con la que debían suceder.
Sin embargo, para Katsuki, todo fue precipitado. Un día estaba planeando seriamente en amenazar al beta inútil del otro extremo del salón para cambiar lugares y al otro estaba esperando a que el pelirrojo terminara las actividades de su club para regresar a casa juntos y hacer sus respectivos deberes. No es exageración decir que le tomó varios meses de reflexión. Para él, el descubrimiento de que los lazos humanos podían acontecer sin grandes esfuerzos fue una revelación. Debido a sus ínfulas de grandeza cuando tenía once y a la consagración de sus años para la consecución del reconocimiento en el mundo del MMA, Katsuki nunca tuvo tiempo para pensar que no todos los que lo rodeaban eran los extras de su vida. Que, en realidad, la compañía era agradable y no necesitaba de cortesías ridículas para entenderse con otros.
Kirishima fue el que lo introdujo a su propio grupo de amigos: Hanta, Denki y Mina, igual de idiotas y escandalosos, pero todos de una candidez irrebatible. Una cosa llevó a la otra y pronto la clase entera organizaba grupos de estudio que Bakugou presidía. En la terrible sinceridad de las tres de la mañana, Katsuki evoca esos días de instituto con la tonalidad dorada de los recuerdos felices.
A pesar de lo que pudiera creerse, a Katsuki no le costó tantas cavilaciones darse cuenta de que estaba enamorado de Eijirou. No hizo corajes innecesarios ni intentó negárselo. Habrá sido, quizás, que el momento en que le llegó con súbita claridad la certeza de su amor era propicio.
Fue cuando Katsuki encontró a Eijirou dormitando en su mesa en los últimos rayos de una tarde nostálgica de otoño. Desde que lo conoció había deseado su silencio y, ahora que estaba en una paz absoluta, Katsuki descubrió que su escándalo era más bien algo que no sabía que necesitaba. En el rumor lejano de los clubs que finalizaban sus actividades, Katsuki aceptó, sin ningún apuro, que estaba completamente enamorado.
En realidad, la tranquilidad de Bakugou respecto a tamaña revelación fue porque la lógica irrebatible del mundo ya anticipaba el fracaso de su amor. Sin embargo, y a pesar de todo, cuando, efectivamente, su amor fracasó, a Katsuki le dolió reconocer que siempre tuvo la esperanza idiota de que por primera vez en toda su vida fuese el corazón y no el raciocinio el ganador.
Katsuki soportó con un aplomo increíble para su temple el revoloteo grácil que de pronto lo acometía cuando de Kirishima se trataba. Lo asaltaba una punzada inexplicable al advertir su aroma durante las mañanas o su voz cantarina en su saludo matutino; al distinguir el rojo de su persona, Katsuki sentía que por una milésima de segundo el mundo sólo existía porque estaba él.
Pero nadie le dijo a Katsuki que los secretos del corazón son difíciles de esconder. Nadie se tomó la molestia de explicarle que, en realidad, es un mal silencioso que te va consumiendo paulatinamente, hasta el momento terminal donde el ser amado aparece transfigurado hasta en la callada respiración de las flores. Katsuki veía a Eijirou en los delirios del insomnio, en el vapor del café que le hubiese gustado compartir todas las mañanas con él, hasta en la propaganda cursi de los restaurantes. No esperaba nada a cambio, mas se ahogaba cuando Kirishima no estaba cerca para oxigenarlo con su risa.
Su aroma estuvo a punto de delatarlo. Sus compañeros, acostumbrados a ser vapuleados por éste tan pronto cruzaban la puerta del salón, un día, sin previo aviso, se toparon con que la esencia de Katsuki danzaba de un lado a otro, inquieta, como en busca de su omega. Luego, en un momento determinado, simplemente serpenteaba entre las mesas, casi juguetona, sin intenciones dominantes, correspondida. Katsuki sabía de antemano que era casi imposible esconder sus sentimientos, así que fue lo suficientemente inteligente para engrosar su aroma durante intervalos conscientes. Estableció patrones de horas para asegurarse de que nunca pudiesen asimilar la suavidad de su esencia con Eijirou; entre tantas matemáticas para establecer dichos patrones de los cuales no pudiese sacarse algo concreto (por si algún imbécil tenía el ocio suficiente de investigarlos) el amor se le fue desbordando. Además, olvidó que la única persona a la que no podía despistar era al propio Kirishima.
A inicios de primavera, cuando el frío no se disipaba aún, Eijirou aceptó que Bakugou nunca le diría nada si sus señales no eran concretas y evidentes, por lo que tomó la resolución de dar el primer paso. Al parecer, corresponder el aroma del rubio no era suficiente. Después de todo, él había sido el que se había enamorado primero. Lo hizo desde que vio la sonrisa socarrona con la cual lo observó el día glorioso en que pisó la entrada principal sin ser detenido.
Ambos recuerdan que caminaron durante varios minutos al garete, en el parque donde Izuku y Katsuki solían compartir sus tardes, observando los botones de flores que tardarían un par de semanas en florecer. Estaban conversando, de eso están seguros. A Eijirou siempre le gustó la voz susurrante que a veces adopta Bakugou cuando está feliz; es como si le abrumara el sentimiento. Esa ocasión, Katsuki hablaba a susurros sobre el futuro. Le contó sobre su determinación acerca del MMA, cosa que, hasta ese momento, sólo Izuku sabía y por mera casualidad. Eijirou lo escuchó y deseó seguirlo escuchando hasta la mañana siguiente y la siguiente a esa, en una sucesión infinita.
Estaban balanceándose en los columpios y conforme la noche iba tragándose el crepúsculo, el frío les calaba más profundo. Eijirou sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de que ambos cedieran ante las condiciones meteorológicas. Empero, ninguna frase le parecía apropiada. Quería para Katsuki los poemas ininteligibles que cruzaban su mente cada que lo veía, de esos que eran más sensaciones que palabras. A Kirishima también se le desbordó el amor, aunque en forma de lágrimas. De pronto Eijirou se encontró con un caudal de agua dulce en sus ojos y no halló fuerza para detenerse. Por un instante, deseó no haberle correspondido a Katsuki, porque no tenía idea de cómo iba a continuar con su vida si Katsuki alguna vez encontraba a su omega. Un caleidoscopio de futuros probables e improbables se mezcló en sus ojos. Bakugou, cuya mandíbula traqueteaba, sin perder la compostura como uno podría imaginarse, intuyendo la naturaleza de sus pensamientos, dijo con voz diáfana:
―No me importaría ver tu cara todos los días.
Kirishima, a pesar de las lágrimas, no pudo evitar una risa incrédula. Aún lacrimoso, se volvió hacia Bakugou con una sonrisa divertida.
―Pero eso ya lo haces, dude.
Katsuki no le sostuvo la mirada. Clavó la mirada en la punta de sus zapatos. La única vez que Eijiriou vio al orgulloso alfa cabizbajo, fue esa ocasión, que todavía recuerda con todas la minuciosidades de los detalles.
―Por el resto de mi vida, quiero decir.
A Eijirou no le enorgullece el hecho de que su llanto arreció, impidiéndole el habla. No era varonil, en el sentido de que las confesiones se reciben y se aceptan o se rechazan casi inmediatamente, porque un hombre no juega con la ansiedad de la expectación; pero él lloró largos minutos antes de poder siquiera formar una respuesta decente. No importaba si su respuesta era obvia. Él quería formular la mejor frase de aceptación en la historia de las confesiones.
Durante los primeros meses, no pensaron mucho en el asunto de su condición. En el regocijo de su felicidad, todo era posible y los planes a futuro eran grandes y resplandecientes. Entre más días pasaban, mayor era su certidumbre respecto a lo que sea que estaban creando; Eijirou era lo que Katsuki quería para siempre y viceversa. Si bien es cierto que los vapores del primer enamoramiento embotan el juicio, lo que hubo entre Kirishima y Bakugou no era del todo una ilusión del inicio de su noviazgo. Nunca nadie comprendió mejor que Eijirou el carácter explosivo del rubio y éste nunca dejó de recordarle a Kirishima todas las cosas importantes que debía recordar sobre sí mismo. Así, pues, la relación se construyó sobre los cimientos del amor y apoyo mutuo, con una argamasa de picardía y amistad. Fueron sendas primeras veces en todo lo que se refiere al descubrimiento sexual, por lo que es de esperarse que no le prestaran atención al problema que representaba ser ambos alfa. A sus escasos diecisiete años, entendían los secretos de la cama mucho mejor que un adulto promedio. Simplemente no había cabida para las preocupaciones cuando estaban ocupados descubriendo nuevas formas de amarse bajo las sábanas o en baños públicos.
Siendo francos, la etapa de inicial de su noviazgo bien pudo haber durado hasta el final de sus días. Había entre ellos cierta complicidad natural que no sólo hacía el sexo grandioso ―un vínculo que, por sí mismo, a veces es suficiente―, sino también la convivencia. Era esa conexión maravillosa cuando ambos estaban en la misma habitación inmersos en sus propios asuntos pero nunca solos o cuando en una telepatía misteriosa ya sabían cómo querían pasar sus fines de semana. Eran esas conversaciones que se prolongaban hasta los límites de su vigía, los debates sobre gustos musicales y fílmicos y las diferencias que, de alguna manera, los complementaban.
Pudo haber durado toda la vida si el incidente de Izuku no los hubiese arrancado de su ensoñación.
Cuando sucedió, a principios del segundo semestre de su tercer año, Kirishima y Bakugou llevaban juntos un año y medio. Izuku tenía la misma cantidad de tiempo sabiendo sobre ellos. Tomando en cuenta la perspicacia de éste y la sensibilidad que siempre había tenido para todo los cambios anímicos del alfa, no hay duda de por qué nunca tuvo la necesidad de preguntar. La felicidad de Katsuki fue el tormento de Izuku, no porque al susodicho le pesara la felicidad ajena, sino porque le causaba un malestar extraño el mirarlos juntos.
El día fatídico no mostró indicios de catástrofe. Amaneció con un cielo diáfano y a media tarde sopló una excitación festiva por el matsuri de verano. Izuku recuerda que los primeros signos de su ciclo se habían presentado, por lo que decidió quedarse en casa. Durante el último año de instituto, Inko había tomado algunos trabajos ocasionales para ayudar a su padre con los gastos que representaría su educación universitaria, así que ella pasaría esa noche cuidando a una señora mayor que vivía a unas cuadras de ahí. Para evitarle preocupaciones innecesarias, Izuku decidió no comentarle acerca de la cercanía de su ciclo. Tomó la medicación suave―una cantidad mínima de hormonas que se le receta a todos los omegas jóvenes ― y subió a su habitación para hacer el último deber escolar que debía realizar ese verano: la lectura de una novela de Tanizaki Junichiro para un posterior ensayo.
Izuku deseaba empezar la lectura esa tarde, pues si seguía procrastinando, el fin de las vacaciones lo sorprendería y no deseaba una mala nota en su clase de Literatura por haber realizado un ensayo apresurado. Durante varios minutos rebuscó la novela en sus estantes, pues estaba seguro de que hacía ya varios años había comprado el libro en cuestión ―Sasame Yuki―. No obstante, tras una búsqueda infructuosa en su habitación, decidió revisar la casa entera, hasta en los lugares más insospechados. Finalmente, al no haber rastro alguno y antes de darse por vencido, Izuku recurrió a su último recurso.
―Hola, mamá. No, no pasa nada. Quería saber si has visto un libro rosa, ajá, es una portada sencilla, con letras azules. Sí, sí, la novela de Tanizaki Junichiro. ¿Por qué lo tiene la señora Bakugou? Ah, ya veo. Ah… No, puedo ir a pedírselo al rato. Sí, sí. Cenaré lo que dejaste. Te quiero, adiós.
Izuku permaneció varios minutos sentado al filo de su cama. Estaba nervioso. Aunque todavía cenaba algunas noches en casa de los Bakugou, tenía muchos años que Katsuki lograba escabullirse para no topárselo, así que las piernas le temblaban ante la remota posibilidad de que el alfa atendiera la puerta. No estaba seguro de cómo iba sostenerle la mirada, porque no lo había hecho desde que aceptó que realmente no habría nunca un después. Sin embargo, en su ingenuo corazón aún guardaba el regusto dulzón de los sueños rosas que fue obligado a rechazar.
Tras debatirse durante casi veinte minutos, tomó la resolución de conseguir su libro, porque si había un momento para olvidar, era ese; si había un momento para empezar el largo proceso de aceptación era ese. El primer paso era pedir la devolución del libro. Y, de paso, de sus ilusiones.
El bochorno de las seis de la tarde lo recibió de mala manera cuando Izuku salió a la calle, la cual, estaba silenciosa como si fuese medianoche. Probablemente todos los vecinos se encontraban en el matsuri, aún con el calor del asfalto.
La casa de Bakugou siempre le había gustado a Izuku. No sabía si era su jardín, la luz de sus ventanas o los buenos recuerdos que todavía atesora. Aún los visita durante la víspera de Año Nuevo y de vez en cuando Mitsuki le llama por teléfono, como una tía amorosa. Los señores Bakugou, en gran medida, contribuyeron a que en sus duermevelas resonara, casi imperceptible, Izuku Bakugou. No los culpa. Quizás el único que no estaba al tanto del plan de vida de todos era el mismo Katsuki.
Izuku tocó el timbre y esperó, pero al no haber respuesta, siguió intentándolo por un par de minutos, hasta que, justo cuando ya se había dado por vencido, la voz de Bakugou resonó por el intercomunicador:
―¿Qué?, ¿quién es?
―¡K-Kacchan!
―¿Uh?, ¿Deku? ¿Qué quieres?
―¿Está Mitsuki-san?
―No.
Un brusco rechinido indicó que el alfa había cortado la comunicación. El omega pensó que lo mejor sería regresar a casa, con la excusa de que no había nadie en casa. Pero decidió no darse por vencido. Respiró profundo y lo volvió a intentar, timbrando múltiples veces para asegurarse que el rubio atendiera, falto de paciencia.
―¿Qué mierda, Deku? Ya te dije que mi madre no está.
―Es que quiero mi libro de regreso.
―¿Qué libro?
―El que le presté a Mitsuki-san. La novela que leíste para tu clase de literatura.
―¿Era tuyo? ―barbotó Katsuki. Luego, tras varios improperios, agregó ―: Esa vieja bruja me dijo que lo había conseguido en una librería de segunda. Quédate ahí, voy a buscarlo.
Izuku soportó el sudor que le recorrió la nuca mientras esperaba a que Bakugou encontrara el libro. Sin embargo, tras varios minutos, el susodicho apareció en la entrada principal, visiblemente molesto.
―No encuentro tu puto libro. ¿Es rosa, con letras azules?
―S-sí.
Katsuki estaba a punto de reingresar a la casa sin intenciones de permitir que Midoriya entrara cuando se percató, en un vistazo rápido, que éste estaba transpirando debido al calor. No pretendía cambiar de opinión, mas la diferencia de temperatura entre el exterior y el interior era terriblemente amplia. En un acto de misericordia del que se arrepentiría durante muchos años, el rubio lo invitó a pasar.
―¿Qué haces ahí parado? Entra de una vez, nerd inútil.
Ya adentro, Katsuki siguió en su búsqueda incansable, no porque realmente quisiera devolverle la maldita novela, sino por el coraje de saber que tenía algo de Izuku. Éste, por su parte, se quedó vagando por la sala, hasta que advirtió que Bakugou estaba viendo una película de All Might y, por si fuera poco, una de sus preferidas. Sonrío, mientras oía el escándalo de los pasos del rubio en el piso superior. Algo así eran sus tardes durante la primaria: mientras él seguía viendo la película, el alfa subía corriendo las escaleras para enseñarle la nueva tarjeta que agregaba a su enorme colección.
Izuku tomó asiento en un sillón. Sin pensarlo mucho, reanudó la película y permaneció arrellanado. De pronto había empezado a sentirse increíblemente bien, con cierta ingravidez que le quitaba hasta el peso de las ansiedades. El aroma de Katsuki estaba en todos los rincones, en todo lo respirable. Nunca le había llegado con tanta precisión, ni siquiera cuando cenaba ahí. ¿Sería porque ahora estaba el dueño? Sintió que su cuerpo se aletargaba, desconectando uno a uno sus sentidos, hasta dejarlo incapaz de reaccionar. Era una sensación desconocida, pero que no le asustaba. Al contrario, era como si desde el inicio de sus años hubiese estado esperándola. Pronto reconoció los primeros signos de la excitación, la misma que lo invadió durante su primer ciclo y que no había vuelto a experimentar debido a la acción de los supresores.
Su aroma empezó a espesarse tenuemente, mezclándose casi naturalmente con el que ya flotaba en el ambiente. Cuando la humedad empezó entre sus piernas, Izuku no hizo ningún amago de pánico. Estaba arrullándose con los remanente de Kacchan que melosos lo acariciaban.
Entonces Katsuki, intrigado por el súbito aroma, bajó las escaleras, sin haber encontrado el libro. Nunca había presenciado semejante impetuosidad en la esencia del alguien; era como si de pronto hubiesen florecido gardenias por todas partes. Pero no era exactamente el aroma lo irresistible ―bien pudo haber sido un olor a naranjas o a tierra húmeda, daba igual―, sino un no sé qué que lo atraía irremediablemente. Era un aroma atascado en un punto impreciso en su memoria, que había nacido con él, que había estado siempre ahí, que formaba parte suya de la misma forma en que el miedo y la felicidad lo hacen en un ser humano. No había olido nunca tal intensidad, mas Katsuki sentía que su cuerpo reaccionaba de manera natural. Se acercó con pasos lentos hacia el sillón donde Izuku se acaloraba con su propia excitación.
Bastó con darle un vistazo para reconocer algo que nunca había visto: un omega en celo. De pronto el aire se hizo irrespirable. Si inhalaba se ahogaba y si no lo hacía, también. Empezó a salivar, en un auge visceral, con una tremenda necesidad en su vientre bajo. Su cuerpo se movió por voluntad propia, dispuesto a morir por el omega que olía con una exquisitez que, aunque le cueste reconocer, no ha paladeado nunca más. Todo él temblaba por mera adrenalina, evocando un proceso en el que era primerizo y que, sin embargo, parecía conocer a la perfección. Clavó sus ojos en las esmeraldas salvajes que de Izuku desprendían un fuego violento y acuoso que arrasó con los últimos vestigios de cordura en Bakugou.
Con grandes zancadas el alfa acortó la distancia entre ellos. Ninguno de los entendía. Sucedió con el permiso de nadie. Aún con las dudas apilándose en sendas mentes, Katsuki se abalanzó sobre Izuku, quien lo recibió con esa destreza que demostró diez años después. Se habían estado esperando.
No había sido el acto en sí lo que Bakugou tanto había despreciado, sino la coordinación de sus movimientos, la misma que otorgan los años. Los dos sabían exactamente los lugares precisos, sabían qué sí y qué no. Se acompasaban excepcionalmente y no hubo las torpezas que él tuvo la primera vez que lo hizo con Kirishima. En esa primera ocasión, se les ocurrieron tantas formas de amarse que nadie iba a creerles si lo dijeran. Encajaban como debían de hacerlo. Entre más se besaban, más se convencían de todo el asunto de las almas gemelas. Katsuki odiaba recordar cómo había inhalado profundo para embriagarse con su aroma, cómo se había fascinado al verlo empapado en sudor. Cómo había deseado tenerlo sólo para él. Lo besó en todos los lugares que pudo, mordisqueó tanto como quiso y memorizó cada una de sus expresiones para que la próxima vez pudiera esclavizarlo a su tacto.
Hasta ese momento, Izuku ignoraba completamente lo bien que su propio cuerpo se podía sentir. Katski le enseñó, en esa primera y única vez, la paradoja de la muerte y la vida simultáneas, cómo el sexo es inefable y realmente hace olvidar el nombre de todas las malditas cosas; le enseñó que de pronto no eres más que susurros y quejidos, secreciones dulzonas y chapoteos eróticos; le enseñó que siempre ha sido cierto eso que dicen de las adicciones y lo peligrosas que se vuelven cuando poco importa si el mundo termina con tal de continuarlas.
Sus aromas se complementaban en el aire húmedo de jadeos. Bailaban frenéticamente entre ellos, azuzándolos, espesándose hasta hacerse insoportables. En ese punto delirante, Katsuki cogió de las nalgas a Izuku e hizo que éste ciñera su cintura con sus piernas y subieron a su habitación. Ahí sellaron su existencia entera. Enlazarse no es, precisamente, una experiencia agradable. El miembro del alfa se engrosa y usualmente lastima al omega cuando sucede; si bien así sucedió con Izuku, el recuerdo del dolor se difumina por el abrazo suave con el que Katsuki lo envolvió al momento del enlace. Dura apenas unos segundos, porque después da paso a la urgencia terrible que sienten los alfas por marcar a sus omegas. Katsuki tenía el juicio embotado, sin embargo, la consciencia le funcionó lo suficiente para agarrar una playera y usarla como mordaza. Para calmar su ansiedad, mordió donde pudo, prohibiéndose terminantemente la curvatura del cuello.
Lo hicieron ininterrumpidamente hasta que quedaron exhaustos, un par de horas después. Había sido jodidamente increíble, pero de qué manera iban a aceptarlo si acababan de hacer un puto enlace. Ese no era el momento que Izuku había estado esperando. Ese era el momento que Bakugo esperaba que nunca llegara: el descubrir que Izuku era, efectivamente, su omega.
Se quedaron un rato mirando el techo, procesando todas las consecuencias del descubrimiento, que, sin duda alguna, no los sorprendía del todo.
―Kacchan…
―Lárgate. Jamás en esta maldita vida voy a marcarte. No te quiero cerca de mí ni de Kirishima.
Esa noche Izuku se desbarató en lágrimas. El malestar que había estado sintiendo empeoró hasta hacerse insoportable. Empezó una punzada constante en su costado que le impidió muchas noches de descanso. Era como si a ratos le faltara el aire, sintiendo un filo invisible que amenazaba con atravesarle el tórax.
Aunado a eso, la determinación absoluta con la que Bakugou le expresó sus intenciones de no marcarlo, hizo que durante las mañanas, al despertar, sintiera como que le faltaba un pedazo. Había crecido escuchando los relatos de su madre, suaves y rosados, acerca de la unión entre un alfa y omega destinados. Era normal que en su imaginación, el momento en que ambos se revelaran como su alma gemela fuese romántico, no un simple celo. El futuro que había contemplado miles de veces desapareció de un plumazo.
Quedó atascado. Estaba dispuesto a seguir a Katsuki a donde fuera que su sueño deportivo lo llevara, así que su sueño de ayudar a la gente quedó a merced de lo que Kacchan decidiera. Cuando se dio cuenta de que nunca habría tal cosa, no supo cómo continuar. ¿Qué debería hacer si cada detalle de su vida lo había planeado en torno a Katsuki? ¿Cómo dejas de querer a alguien sin morir en el intento? Izuku pasó muchos días haciéndose las mismas preguntas, mientras el corazón se le estrujaba al verlo en la estación del tren. Afortunadamente el martirio no se extendió a las clases, pues los tres años de instituto, sus respectivos salones quedaron en pisos diferentes. Lo único que volvió a ver de Kirishima fueron apenas vistazos rápidos. De todas maneras, nunca lo conoció del todo. Las pocas ocasiones en que lo vio con Kacchan se sintió asfixiado. Izuku quedó a la deriva de un amor solitario.
Pensó que el dolor aminoraría conforme pasara el tiempo, conforme se adecuara a la idea de perder a su alfa, con quien había compartido tan poco, pero no fue así. Cualquiera podría asegurar que su amor era injustificado ― ¿cómo amar a alguien así? ―, pero Izuku, en su inaudita clarividencia, siempre supo descifrar la mirada de Kacchan; siempre supo, desde lo más íntimo, que Katsuki lo quería de una forma tan insólita como él mismo. Por eso, el dolor empeoraba entre más lo pensaba. Años después, siguió preguntándose qué era lo que había salido mal, qué había sido lo que los dejó en una relación indefinida que se extendía hasta esos días. Sin embargo, y a pesar de todo, hizo esfuerzos sobrehumanos por aceptar que su vida debía continuar con o sin Kacchan.
Bakugou decidió que sería mejor si Eijirou ignoraba lo sucedido, por lo que nunca dijo palabra sobre lo sucedido a su novio. No obstante, el rubio se topó con que romper el vínculo no era cuestión de voluntad.
Pasó las mismas noches que Midoriya con una zozobra incómoda. En las madrugadas lo angustiaba una sensación de carencia. Se despertaba sudoroso, clamando por el nombre de su omega y durante las clases no podía tranquilizarse hasta que se aseguraba que el olor de Izuku estaba cerca; pero en vez de tranquilizarse, se alteraba más por la aflicción que notaba en el aroma del muchacho. Se hirió las manos con tal de ignorar los llamados débiles que su omega dejaba escapar de cuando en cuando. Terminaba agotado las jornadas escolares porque hacía todo lo posible por aparentar bienestar frente a Kirishima, a pesar de estar agonizando.
Por supuesto que Eijirou sabía que algo sucedía. No pudo precisar qué era, pues el único omega que había conocido era Izuku, con quien ni siquiera había intercambiado, al menos, un saludo cortés. Había oído que era amigo de la infancia de Katsuki, mas éste fue concluyente cuando aclaró que sólo eran vecinos. Algo en su naturaleza, la misma del rubio, le decía que estaba preocupado por alguien más, pero no fue capaz de descubrir quién era porque cuando quería seguir ese rastro extraño que a ratos Bakugou parecía corresponder, el rubio se lo impedía, diciendo que no hiciera tonterías.
La claridad llegó con el tiempo.
Katsuki no era el mismo en la intimidad. De pronto el esplendor desapareció. A pesar de los esfuerzos, durante semanas que se convirtieron en meses, Eijirou no logró ninguna erección en Katsuki y, los momentos en que lo lograba, no duraba más de diez minutos. Tampoco lograron nada cambiando papeles. Katsuki se revolvía incómodo debajo de él, sin una pizca de excitación. Se quedaban sentados en el filo de la cama, frustrados y calientes. Kirishima empezó a pensar que era su culpa; tal vez había algo en él que ya no le atraía a Bakugou. No quería presionarlo ―la situación ya era bastante bochornosa― pero no podían seguir así. Si antes lograban hasta tres orgasmos en un par de horas, ¿por qué ahora no conseguían ni siquiera una penetración?
Unos meses después de lo acontecido con Izuku, por mera obstinación de Katsuki, consiguieron que el jugueteo previo siguiera por buen camino, hasta que eventualmente terminaron adorándose en la cama. Todo pareció transcurrir sin problemas. La fogosidad de Bakugou fue la misma que hacía unos meses, para alivio de Eijirou. Le duró poco.
En medio de las estocadas profundas, las que tanto le gustaba dar a Katsuki, posicionó a Eijirou de una forma que nunca antes habían probado. O más bien, que Katsuki no había probado con él. La concentración que todo el tiempo había mantenido Bakugou estaba basada en pecas que le hubiese gustado ver; en gestos suaves y provocativos; en un aroma dulce que no podía quitarse de la punta de la lengua.
―D-Deku…
Kirishima se quedó paralizado. Un repentino frío en su cuello lo recorrió. El nombre fue tan inteligible como si se lo hubiese gritado al oído. Aún con Katsuki abrazándolo, susurró:
―¿Quién es Deku?
Katsuki lo observó con horror puro, sin comprender lo que acababa de hacer. Se separó bruscamente, no queriendo huir, pero deseando hacerlo. La reacción fue suficiente para Kirishima.
―¿Qué mierda, hombre?, ¿quién es Deku?
Bakugou no logró elaborar ninguna historia bajo la mirada inquisitiva de Eijirou. De todas formas, no tenía caso hacerlo porque ya las cosas eran bastante evidentes como para seguirlo ocultado. Aunque pudiera hacerlo apropiadamente en esa ocasión, a Eijirou le bastaría un par de semanas para descubrirlo por su cuenta. Susurró:
―Mi omega.
La reacción de Eijirou es algo que Katsuki no logra olvidar. Los ojos tristes que lo miraron fijamente se quedaron para siempre en sus pesadillas. Perdieron su color brillante; sólo eran dos huecos decepcionados. El silencio de la tarde le lastimó los oídos. Kirishima se incorporó con pesadez y buscó su ropa desperdigada en el suelo, sin llorar. Se vistió sin apurarse, quizás pensando en que ahora la voz susurrante de Bakugou ya no era la misma que solía amar.
―Yo no quise…
―Por supuesto que no quisiste ―interrumpió Eijirou con voz quebrada ―. Es algo natural que suceda. No estoy molesto porque encontraste a tu omega. Lo que me duele es que todo este tiempo lo supiste y preferiste callártelo. ¡Hablamos de esto, maldita sea!
Kirishima salió de la habitación de Katsuki y, aunque regresó un tiempo después, el daño siguió ahí, latiendo débil, inmune. Eventualmente las cosas se hicieron más difíciles y la separación fue inevitable cuando, por otro azar cruel, Eijirou encontró la luz de sus noches.
Bakugou pasó muchos años intoxicado por la culpa y el odio.
.
.
continuará
Notas:
Se me cae la cara de vergüenza. De veras. No sé ni siquiera si alguien está esperando esto, pero me niego a dejar esta historia en el limbo. Pasé unos meses caóticos y tuve un increíble bloqueo en este capítulo cuyos remanentes quizás se noten en el final. Decidí que definitivamente tendría que hacer otro capítulo más, así que, cruzaré los dedos para que ya el próximo sea el final, jajaja.
Este capítulo está recién salido del horno así que disculpen los errores, prometo que lo revisaré apropiadamente, pero de verdad que ya no quería seguir atrasando esto y, si bien un día parecería que no hace diferencia, lo hace para mí. De verdad espero que no se me haya pasado ninguna cosa. Me muero si pasé por alto algo importante, jajaja. No tengo ninguna aclaración en este capítulo, excepto que quizás debería quitar del resumen el KatsuDeku y TodoDeku, jajaja. Espero que este capítulo sea suficiente como para comprender por qué todo es tan difícil para Bakugou y Midoriya, especialmente para el omega. Le rompieron el corazón en millones de pedacitos y, cuando finalmente tiene la vida que soñó, regresa él.
En fin, cualquier duda, comentario, tomatazo, es bien recibido. Sé que mi historia es lenta y un tanto enredada, así que estoy abierta a cualquier pregunta o crítica. Muchas gracias a todos los que llegaron hasta este punto; de verdad no tienen una idea de cómo les agradezco su tiempo, sus fav y sus follow. ¡Muchas gracias!
Besitos para toda la semana.
