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Cuarto Acto
Una decisión muy drástica, ¿no? La resolución de no volver a dormir jamás.
Conforme pasaron unos días, veía como su cuerpo se marchitaba aceleradamente, demacrando sus facciones y dejando que la piel se marcara más a su delgada estructura. Sus ojeras aumentaban, se ponía pálida a cada momento.
Sin embargo, contrario a dejarla como un patético despojo de sí misma, la angustia y el cansancio la hacían más atractiva. El talle era más agraciado, su rostro tenía mayor fineza, y las ojeras que combinaban con su vestido negro le daban un aire de... santidad. O exactamente de lo contrario, como si estuviera a punto de caer.
Casi podía sonreír.
¿Tanto la había afectado el sueño que creó para ella?
En los días que pasaron, en que se reservó su actividad, pudo observarla a través de sus pesadillas, de los susurros entre oraciones, de las modestas fotografías que observaba entre sus frías manos.
Arthur, ¿verdad? Su difunto esposo que murió en la guerra. Lo vio en sus recuerdos, en la somnolencia de su mente. Un hombre de cabello rubio, cejas prominentes, ojos verde esmeralda y sonrisa tímida.
Un perdedor, si le preguntaban. El amor de su vida, si se lo cuestionaban a ella.
Por medio de los sueños supo cuán importante era preservar su recuerdo. A su vez, era vital conservar el voto de matrimonio, de intimidad y amor únicamente con él, aun cuando el hombre se pudría bajo tierra.
Era algo elemental para ella. El pilar de la cordura que le quedaba, de su esperanza y su oración.
Fue fácil saber qué seguía.
La forma en que corrompía sus habituales pesadillas, en que manchaba la imagen de aquel hombre y del niño que nunca conoció.
No se trataba de hacerla sufrir, sino de hundirla en confusión y remordimiento. Un acto que hiciera que lo último de su luz se perdiera en la oscuridad.
Comenzó con pequeñas pruebas, cambios y cambios en las pesadillas durante semanas. No era su naturaleza actuar dramáticamente, al contrario: con detalles, con pruebas y experimentos donde observaba sus reacciones. La finalidad era encontrar su debilidad, lo que ella jamás se perdonaría.
Entre el sufrimiento, su dolor, los actos ocurridos después de las perdidas, resultó ser que lo importante era la culpa. Había que provocar un acto donde ella se perdiera en su remordimiento.
Y casi lo logró.
La tenía ahí, completamente desnuda bajo sí. Por supuesto, la pobre mujer creía que se estaba entregando a los deseos de su esposo, sólo por eso su cuerpo reaccionaba con tanta naturalidad y esbozaba los bellos sonidos previos al placer.
Había pasado tiempo. Mucho tiempo desde la última vez que deseó a un humano.
Con el poco interés que mostraba a las personas, consecuentemente tampoco nacía el deseo natural de posesión. No tenía sentido poseer un cuerpo si no tenía utilidad el alma. Por eso, con esa mujer... entre las observaciones, los pequeños detalles, y finalmente, con esa imagen de su cuerpo blanco bajo él...
Tal vez fue por eso.
Pudo haber consumado el acto. Pudo mancharla y corromperla, orillándola a perderse en el abismo pero...
Fue descuidado.
En medio del frote, de los besos que correspondía casi desesperada, ella susurró una palabra. Un nombre.
Arthur.
Dijo ese nombre, uno especial y casi sagrado para su memoria, pensando que se estaba entregando al hombre que siempre amó.
Uniéndose con Arthur, y no con él.
Fue una estupidez. Ese tipo de insignificancias no deberían molestarlo en lo absoluto, ¿qué importaba si decía ese nombre? ¿O el de cualquiera? No tenía que ver en su propósito original. Podía invocar al mismo Dios si lo deseaba, en tanto él fuera quien consumiera el acto.
Pero no.
Por el efecto de su palabra, el escenario que creó para su pesadilla se borró. Los dejó flotando en un espacio oscuro, y revelando su apariencia humana. Era un demonio, no obstante, podía adoptar la forma de un hombre si lo necesitaba. Requería de cierto grado de concentración para formar el sueño adecuado, por eso todo se vino abajo cuando se dejó llevar por la palabra.
En vez de suspiros y placer, obtuvo de ella su miedo y su vergüenza. Nada mal para comenzar, pero hubiese preferido hundirse en su cuerpo hasta hacerla retorcerse.
Bien, esto se volvería un problema si no lo resolvía pronto. No podía darse el lujo de jugar demasiado ahora que se daba cuenta del problema. Que era... sensible a lo que hiciera. No entendía el grado de la premisa, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. Reconocía el riesgo y no quería asumirlo.
Tenía que hacerlo pronto... aunque en cierto modo, ella estaba ayudando.
Al no dormir, se debilitaba a paso acelerado. Cuando ya no tuviera fuerza para defenderse, no podría evitar que fuese profanada.
En ese caso, comenzó a dejarse ver.
Primero como una sombra que recorría los rincones, las habitaciones, a los breves cambios del sol pálido del campo. La madera rechinaba, el aire se hacía más frío, y la sensación de que alguien más habitaba se hizo presente.
Le dejó sentir que la observaba.
En el comedor, en la pequeña sala, antes de acostarse.
Cuando ya estaba en la cama tratando de dormir, del lado de la sombras que formaba la luz de la vela.
Se encontraba ahí siempre, viéndola tan fijamente que notaba cuando el escalofrío la recorría.
Y cada vez se hacía más divertido, porque ella comenzaba a pensar que estaba perdiendo la razón.
Conforme pasaron esos días, se hacía más paranoica, más drástica en sus maneras, pero el cansancio entorpecía sus reflejos y pronto sólo podía pedir fuerza entre sus oraciones.
Sí, se encontraba ahí, en todos los lugares dentro y fuera de la casa. No importaba que ella tratara de correr, que huyera, que gritara cuando lo notaba en alguna sombra que se movía. Porque no percibía sólo su forma, sino que temía.
Era un demonio, un ser impuro después de todo. Lo menos que podía sentir era miedo y pánico cuando la acechaba en sus ojos ardientes en deseo.
En cuanto durmiera.
En cuanto cerrara los ojos consumirían en acto y ella caería en desesperación.
Ambos lo sabían.
