Bienvenidos de nueva cuenta a Proyecto 2027, donde les estamos presentando una colección de fics de diferentes autores para festejar el cumpleaños No. 16 del Epílogo de Digimon Adventure Zero Two.
Esta es una actividad del topic Los hijos de los Elegidos, del Foro Proyecto 1-8
Cuarta Historia, primera parte: Sociedad de Ayuda para el Digimon en Infortunio I
Autora: ChieroCurissu
Personajes: Iori Hida, hija de Koushiro, hijo de Hikari (y como bonus, el hijo de Taichi).
Notas de ChieroCurissu: Digimon Adventure no me pertenece, escribo esta historia sin fines de lucro. Es importante aclarar que este fic estará dividido en dos partes debido a mi incapacidad de escribir cosas cortas (me disculpo por eso).
En este fic, retomo mis personajes de fics futuristas previos, por lo que a la hija de Koushiro Izumi, la llamo Osen Izumi; al hijo de Hikari, Toshiro Yagami, y al hijo de Taichi, Taiki Yagami.
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Sociedad de Ayuda para el Digimon en Infortunio
Por ChieroCurissu
I
—¡O-chan! ¡O-chan, despierta!, tenemos visitas y te encantará saberlo.
Con esas palabras y la caricia de una mano sobre su cabello rojizo, Osen Izumi abrió los ojos y bostezó. Lo primero que vio fue el techo azul clarito de la habitación, pintado con nubes blancas que parecían pliegos de pellón atreguado.
Giró la cabeza, sus párpados modorros no podían abrirse fácilmente; lentamente, como las alas de una mariposa adormilada, parpadeó hasta enfocar al hijo de su tía Hikari, quien de nuevo la movió con suavidad, casi como si la estuviera meciendo.
—Toshi-kun… —un bostezo la interrumpió—… buenos días.
—Buenos días, O-chan, ¡es hora de levantarse! —le sonrió el chico. Ya no llevaba pijama e incluso se había peinado. La camiseta amarilla de Toshiro Yagami parecía brillar como un sol en esa habitación de cubierta celeste, con nubes blancas de acuarela. Había sido la tía Hikari quien les había dado la idea de decorar la habitación y había sido el tío Taichi quien había sugerido pintar el techo como un cielo.
«Así parecerá que siempre están al aire libre», había bromeado el embajador del Digimundo en las Naciones Unidas. A su hijo, Taiki, le había parecido la mejor de las ideas de su padre.
Osen sacó de debajo de la almohada su inseparable brazalete digital para ver la hora. Al ajustárselo en la muñeca, con pereza notó que apenas eran las 8 de la mañana. Era fin de semana, no había que ir a la escuela; no obstante, Toshiro Yagami era madrugador por naturaleza. No importaba lo tarde que se durmiera hurgando en libros o viendo documentales en la televisión, el hijo de su tía Hikari siempre se levantaba temprano los domingos.
—Vístete, ¡tenemos visitas! —pidió Toshiro, el cual estaba trepado en la escalera de la litera.
A Osen le gustaba dormir en la litera superior. Le gustaba despertar y ver el cielo de nubes falsas a su alcance. Como era bajita y torpe, nunca alcanzaba los objetos en la alacena, tampoco podía lavarse los dientes sin un banquito. Siempre tenía que ver hacia arriba cuando le hablaban los demás y el mundo le parecía inalcanzable, por eso, cuando papá y los tíos Yagami compraron las literas, pidió —o más bien, suplicó— que la dejaran dormir en la parte de arriba.
«Ni hablar, hija, podrías caerte, eres muy inquieta cuando duermes, además, ¿y si te lesionas?», fue la respuesta inmediata de Koushiro.
«¡Te prometo que ya no voy a ser inquieta mientras duermo, papá!», rogó.
«Quizás tu papá tiene razón, princesa», opinó Taichi. Según sabía Osen, su tío Tai había sido el de la idea de que ella y su papá se fueran a vivir por temporadas al hogar Yagami. A Osen le gustaba mucho su tío Taichi por eso, «Taiki tiene cabeza muy dura, si se cae no le pasará nada».
«¡Qué malo, papá!», se quejó Taiki, con una sonrisa.
«No pasa nada, tío Izzy», comentó entonces Toshiro, «Taik y yo cuidaremos que O-chan no se caiga, ¿verdad?».
«¡Sí, sí!», aseguró Taiki, comiendo un puño de papas fritas.
«Además», argumentó Toshiro, «mi mamá, que también era pequeña y solía enfermarse cuando era niña, dormía en la parte superior de la litera, mientras que mi tío Tai dormía abajo, ¿no es así, mamá?».
Hikari asintió a su hijo mientras revestía los colchones nuevos con sábanas estampadas de todo tipo de digimon en etapa bebé.
«Y estoy seguro de que eso ayudó a que mamá se hiciera responsable», fue el razonamiento de Toshi. «. Yo pienso que en esos detalles está el camino hacia la madurez».
Eso había dicho Toshiro Yagami a los nueve años, cuando Osen sólo tenía seis. Y ante tal argumento, ni Koushiro, ni Taichi, ni Hikari habían podido negarle a O-chan dormir en las alturas.
Aquella mañana de verano, bajo el cielo de cemento que le hacía compañía, Osen se estiró, Toshiro le quitó las cobijas y después saltó de la escalera de la litera hasta la duela, justo al lado de su futón individual.
—¡Taik! ¡Taik! —le gritó a su primo—. Tú también despiértate.
Taiki Yagami, revoltoso por naturaleza y dormilón desde las cejas de su frente amplia hasta las raspaduras de sus tobillos regordetes, se retorció entre las sábanas, abrazando a su rechoncho Koromon, el cual era su sombra incluso cuando dormían.
—Si te despiertas, primo, te prometo que más tarde te compraré un pan de melón, ¡y waffles! ¡Haremos waffles y compraremos papas fritas del McDonalds!
De inmediato, Taiki asomó su cabeza haciendo a un lado el edredón, tenía los ojos muy abiertos, como si nunca hubiera estado en la tierra de Morfeo.
—¿Doble ración?
—¡Triple! —aseguró Toshi—. ¡Compraremos tanto que hasta los digimon quedarán complacidos!
—¡Sí, sí! —chilló entonces el hijo de Taichi, dando un salto en su cama.
Osen, que se asomaba desde la litera superior, sonrió al ver lo animado que se ponía Taiki ante una promesa de su primo.
—Ahora vístanse, ¡tenemos visita de nuestra Sociedad! ¡Será emocionante, lo sospecho!
Sin decir más, el chico de 10 años salió de la habitación. Deslizó con fuerza la puerta, hasta estrellarla.
Taiki Yagami lo siguió casi inmediatamente.
—¡Yo gano el baño! —gritó a Osen, saliendo del cuarto.
—¡Y yo, y yo! —gritó su Koromon, que más bien parecía imitar todo lo que hacía su humano.
Osen tuvo cuidado al bajar de la litera, no dio saltos como Toshiro, ni salió corriendo de la habitación como Taiki. Respiró profundamente y, por dentro, escuchó ruiditos en sus pulmones.
Luego descorrió la persiana vertical y observó que afuera el cielo no era azul, sino gris. No había viento o al menos no se percibía. Descolgó su vestido color menta, el más formal que tenía, y se lo puso. Las visitas de Toshiro muchas veces eran exigentes, o quizás el exigente era más bien el hijo de su tía postiza favorita.
«Debemos vernos profesionales», solía decir Toshi, «somos prestadores de servicios después de todo».
«No entiendo muy bien eso de las visitas, primo, y a mí no me gustan las corbatas, papá tiene muchas, ¡pero las aborrezco!, siempre se me figura que son serpientes, ¡y que las traemos enrolladas en el cuello!», confesó Taiki.
«¡Nos ahorcan las corbatas, nos ahorcan las corbatas!», siguió el juego Koromon.
«No quiero que te pongas corbatas jamás, Toshi», se aterrorizó Nyaromon.
«Es lo bueno, que las niñas no usan corbatas», presumió el Motimon de Osen, satisfecho.
«Ni hablar, los moños deben ser peores», aseguró Toshiro muy serio, «está bien, podemos usar nuestra ropa sin corbata ni moños, pero debemos estar aseados, ¿de acuerdo?».
«¡De acuerdo!», corearon todos.
Osen Izumi, con siete años recién cumplidos, tenía tres casas, tres habitaciones y tres corazones. Ahora mismo estaba en su hogar favorito, pero los otros dos no estaban nada mal.
En casa de sus abuelos, Osen tenía una habitación pequeña, con paredes tapizadas de flores de cerezo. A la abuela le encantaba que fuera a pasar días con ella, siempre le enseñaba álbumes de fotos de su papá y, cuando era la fiesta de año nuevo, juntas preparaban mochis para toda la familia.
«A decir verdad, te pareces mucho a tu papá», le decía siempre el abuelo Izumi, como disco rayado, «por favor, nunca te sientas mal por usar la computadora todo el tiempo del mundo, pequeña, es mejor que te diviertas dentro de la casa, nos preocupa tu salud».
Cuando la fiebre le subía y su tos era tan frecuente como los rayos en las tormentas invernales, la abuela la cuidaba con adoración, con una preocupación que ponía a Osen triste. Por eso estaba bien dejar descansar a los abuelos, porque a veces había que sonreírles demasiado aunque no se sentía divertida.
La segunda casa, a la que Osen menos iba, era la oficina de papá. No era un hogar como los demás, eso la hacía emocionante, pero muy solitaria.
Koushiro le había contado que tenía esa oficina desde los 16 años y que poco a poco la había adecuado como una "casa de emergencia".
«Papá, ¿no debería nuestra casa tener puerta de entrada de madera o de metal?»
«Ordinariamente sí, hija, pero nuestro hogar es especial».
«Pero papá, ¿aquí dónde es, la Tierra o el Digimundo?».
«Ninguno de los dos», explicó Koushiro, «Durante una aventura se me ocurrió crear un espacio seguro para los digimon y creé este portal… luego, cuando estuvimos solos Tentomon, tú y yo, descubrí que podíamos usar este espacio como un pequeño apartamento».
A esa segunda casa, Osen sólo podía entrar por los servidores de la computadora del trabajo de papá. Ahí no había ni paredes, ni techos, pero su padre había logrado programar un par de futones, un estante con juguetes y un refrigerador lleno de onigiris y botellas de té oolong helado.
A papá le gustaba mucho beber té oolong. A Osen le gustaba más el té verde. Y aunque cada día iba menos a ese extraño departamento, cuando acompañaba a Koushiro en la oficina, Osen disfrutaba el sonido taciturno de los dedos de su padre tecleando sin descansar: día, tras noche, tras día, tras otra noche más. A ella, esos momentos le fascinaban y, cuando se lo permitía el señor Tento, ella también tecleaba, tecleaba y tecleaba hasta que se quedaba dormida o se distraía contándole a su Motimon cosas sobre computadoras.
No obstante, la mayor parte del año Osen vivía en el departamento Yagami. Tío Taichi decía que no era sólo el departamento de ellos e, incluso, había mandado a hacer una placa con los dos apellidos: Familia Yagami y Familia Izumi, decía.
A Osen le gustaba estar ahí, porque era un hogar lleno de ruido, donde nadie estaba triste y siempre había diversión. Aunque ni su papá, ni tío Taichi, ni tía Hikari tenían esposas y esposo –respectivamente-, a la pelirroja le daba la sensación de que tenía tres papás y, para ella, Toshiro y Taichi eran como sus hermanos.
Le gustaba compartir esa habitación desordenada, donde había un cielo de mentiras y donde las paredes tenían posters de caricaturas, de libros y hasta de artistas como su tío Yamato Ishida.
Los domingos, además, eran su día favorito de la semana, porque no había que ir a la escuela y podía salir de paseo con todos, como si fueran una gran familia.
Ese domingo, sin embargo, sus tíos y su papá habían salido desde muy temprano a un Congreso sobre el Digimundo junto a sus digimon. Lo mejor era que no habían dejado una niñera, ¡sino que Toshi estaba a cargo!
«Pero mamá, ¡tengo 10 años!, según sé, a ti te dejaban a cargo de mi tío Tai desde que eras bebita», había reclamado Toshiro, «mi abuela Yuuko fue buena criándolos a ti y a mi tío, ¿verdad?, ella confío en tío Tai, por tanto, tú debes confiar en mí».
«Toshi, hijo, no seas manipulador».
«Hikari, mi sobrino tiene razón, serán responsables, ¿cierto, Taiki?».
«¡Sí, sí!», acató a decir el pequeño de 8 años.
«También me parece bien, Hikari», se había rendido Koushiro, al ver el rostro resplandeciente de los niños.
Osen se puso una diadema morada y las calcetas más blancas que encontró en su cajón. Salió de su habitación muy nerviosa, pensando en quién podría ser la visita de Toshiro.
Un mes atrás, el hijo de su tía Hikari había tenido la idea de constituir una sociedad de ayuda para monstruos digitales.
«No entiendo, primo, ¡se oye aburridísimo!», se había quejado Taiki.
«Aburrrrridííísimo» coreó el Koromon-sombra del pequeño Yagami.
«Sí, por supuesto, no tiene que ser divertido, Taik», explicó Toshiro. Había puesto una presentación de power point en la pantalla plana de la sala, donde explicaba la misión y visión de la Sociedad de Ayuda para el Digimon en Infortunio, por sus siglas: SADI. «He estado leyendo y creo que esta es una buena manera de iniciar nuestra vida laboral, somos pequeños, lo sé, pero mi mamá se sentirá orgullosa cuando vea que somos buenos y ayudamos al prójimo, ¡y qué mejor prójimo que los Digimon!, ¿no lo opinas, Nyaromon?».
«¿Ganaremos dinero?», preguntó Nyaromon, mientras Motimon le movía a una vieja calculadora análoga sin ton ni son.
«He pensado en ello. Cobraremos con comida para que ni mamá, ni tío Tai, ni tío Izzy tengan que hacernos bentos».
«¡Comida! ¡Hagámoslo!» se emocionó Taiki, cuyo feroz apetito hacía competencia con el del Agumon de su padre.
«¡Sandía!», rogó Koromon, «Taiki, que nos paguen con sandías».
«¡Té Oolong!», se emocionó Motimon, «¡y té verde para Osen!».
«Pondremos un anuncio en las redes sociales», dijo la niña, «¡y pegaremos calcas en los árboles del Digimundo!».
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A Toshiro Yagami no le gustaba referirse a los digimons como clientes, sino como visitas. En vista de que no cobraban ni yenes, ni dólares, ni digipesos, sino comida, era más adecuado llamarle visitas a las sesiones de asesorías.
La primera visita fue un enorme y rechoncho Frigimon, que tocó el timbre de la familia dos semanas atrás. Era tan grande y redondo como un muñeco de nieve, tenía ojos negros, como los de Osen, y botones colorados incrustados en su cuerpo de nieve.
El día que llegó, un domingo también, Taichi apagó el aire acondicionado a pesar de que estaban en junio y hacía calor. Koushiro envolvió a Osen en tres bufandas, para evitar que se resfriara.
La coca-cola que le ofrecieron a la visita de solidificó y Hikari tuvo que llamar al plomero porque se congelaron los tubos del drenaje.
«¿Qué es este juego, niños?», regañó a su hijo.
«Tía Kari, es un trabajo», aseguró Osen, «damos asesoría a Digimon desorientados".
«Y ellos nos dan comida como paga», sonrió Taiki Yagami.
«No es paga, es sólo un signo de gratitud, mamá», explicó Toshiro, quien siempre se esforzaba por parecer un chico mayor y responsable ante su progenitora. «Hacemos servicio social para el bien común, ahora mismo vamos a entrevistar a Frigimon, ¿nos dejas solos?».
«Sus juegos salen caros, Toshi», se quejó Hikari.
«Déjalos, Hikari, ¡los niños son geniales!, yo pagaré el plomero», tío Taichi siempre les dejaba salirse con la suya.
Aquella vez, Frigimon contó a los miembros de SADI su pesadumbre: su sueño era ir a conocer el mar del Caribe, pero no podía ir porque temía dañar su salud.
«En el peor de los casos, podrías hasta derretirte, eres de nieve» sentenció Toshiro.
«Si se derrite, ¿se convertirá en una nube?», preguntó Taiki.
«No, se debe convertir en mariposas digitales», aseguró Osen.
«Sniff, ¿es que ni siquiera ustedes pueden ayudarme a cumplir mi sueño?».
«Oh, descuida. ¡Lo solucionaremos!».
Tras una lluvia de ideas, llegaron a una compleja solución: robar el viejo traje espacial del tío Yamato, que tenía un microclima instalado y prestárselo a Frigimon, para que pudiera ir al Caribe por un portal digital.
«Traerás aire acondicionado en el traje, pero no podrás bañarte en el agua», mencionó Osen muy seria.
«Y tendrás que ponerte a dieta, Frigimon, ¡o no cabrás!, tío Yamato es fitness», advirtió Taiki.
«¡Frigimon gordo!, ¡gordo!», chilló Koromon.
«He diseñado una dieta», mintió descaradamente el Motimon de Osen, dándole a Frigimon una hoja llena de garabatos ilegibles.
«Pedir prestado ese traje es una misión riesgosa, Frigimon, no conoces al tío Yamato, es todo un personaje… pero en SADI tenemos contactos: mis agentes Mayumi Ishida y Seiyuro Takaishi lo conseguirán para ti».
«¿De verdad? ¿De verdad podré conocer el Caribe?».
Y sí. Frigimon pudo conocer el Caribe tras una complicada operación de SADI, que conllevó: hurtos (préstamos), dietas (fajas colombianas) y adaptaciones de trajes espaciales (instalación de aires acondicionados).
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La siguiente semana, y a pesar de que estaban castigados por arruinar el viejo traje espacial de tío Yamato, un Kiwimon tocó la puerta de los agentes de SADI.
«Ni hablar, los niños están castigados», dijo Hikari, con las manos en posición de jarra.
«¡Pero sufro!», clamó el Kiwimon, señalando su pico, que estaba chueco. Tenía la forma de una herradura en lugar de una regla.
«¡Pobrecito!», dijo Osen, asomándose por la puerta.
«No es tiempo de jugar, niños, es tiempo de estar castigados», mandó Hikari.
«Mamá, somos una sociedad de ayuda para los infortunados, es nuestra responsabilidad social, es un trabajo, no un juego de niños», explicó Toshiro.
«Y nos darán comida», apoyó Taiki.
«¡Rico, Rico!», dijo Koromon, recordando el pedido de Digitamamon que les consiguió Frigimon tras la primera misión.
Por supuesto, tía Hikari no tuvo corazón para que la misión se abortara. Incluso, ofreció galletas y tarta al infortunado digimon, al cual los niños estuvieron alimentando con sus propias manitas.
«Soy una deformidad», lloró Kiwimon, cuando Taiki logró despistar a los adultos rompiendo un jarrón con su balón de fútbol, para que hubiera intimidad entre la visita y los trabajadores de SADI, «todos mis hermanos Kiwimon tienen el pico largo, pero el mío es curvado, así digievolucioné, así nací del Digihuevo, y no hay quién me haya podido ayudar a enderezarlo, pero Frigimon, que es de nieve, ha podido ir al Caribe a cumplir su sueño y me dijo que ustedes podrían ayudarme».
Motimon, como si fuera el secretario, comenzó a rayonear en una hoja; Osen Izumi tecleó en su computadora; Nyaromon arrojaba galletas al pico de Kiwimon cada vez que éste lo abría para contar su historia.
«No tiene que darte pena, mamá diría que tienes que aceptarte a ti mismo», le decía Toshi.
«Pero nos tomarán la foto de generación del instituto, ¡quiero lucir como una garza!, a mi humano le gustan las garzas, ¡pero soy un mutante!».
«¿Mutante?, ¡pero eso es algo muy súper!», exclamó Taiki, quien ya había regresado a la oficina (cocina), mientras los adultos limpiaban su desastre para que no se cortara con los vidrios del jarrón roto.
«Y todos los digimon mutan, la palabra correcta es digievolución», consideró Toshiro.
«Papá me enseñó un libro sobre evolución, señor Kiwimon, y en ese libro habla de la selección natural», aportó Osen, «y aquí en la computadora dice que las especies se adaptan al entorno y cambian, su pico curvado quizás es más útil que el normal».
«Seguro que puedes cavar mejores hoyos», dijo Toshiro.
«¡Pero no soy una garza!», lloró Kiwimon.
«Podemos pintarte de blanco y aunque no parezcas una garza, lucirás como un águila, las cuales tienen el pico curvado como tú», dijo Toshiro.
«¿A tu humano le gustan las águilas?», preguntó Nyaromon.
«Bueno…».
«¡A todos les gustan las águilas, Nyaromon!», consideró el hijo de Taichi. «Sin duda son mejores que las garzas».
«De cualquier manera, ¿no te convertirás en Floramon pronto?», cuestionó la niña Izumi.
«Bueno…».
Motimon mostró su hoja con garabatos:
«Mira, señor Kiwimon, así de guapo te vas a ver si te conviertes en águila», dijo el digimon de Osen, aunque nadie pudo ver el retrato que tanto presumía.
«¡Está decidido, nuestra visita necesita un cambio de imagen!», decidió Toshiro.
Y así lo hicieron, mandaron llamar a la agente de SADI Kurumi Ichijouji, y lograron decolorar el pelaje oscuro de Kiwimon hasta aclararlo en un color beige amarillento del que se sintieron muy orgullosos, al pico lo adornaron con chaquira dorada.
Días después, el digimon ex infortunado mandó una copia de la foto de su graduación del instituto junto a su humano.
«¡Mira, Kiwimon digievolucionó en una Floramon albina!», se burló Taichi, al enterarse de las andanzas de los niños.
«Aquí dice que le enseñamos a sentirse especial y que nos está muy agradecido», dijo un vanidoso Toshiro, «Nuestra sociedad de ayuda es un éxito».
«No sé, a mí esta Floramon me sigue pareciendo más un águila que una flor», fue lo que dijo Taiki, notando el brillo dorado de los pétalos de su segundo cliente.
«Y esta vez no hicimos enfadar a nadie, ¿verdad papá?», preguntó Osen, por lo que Koushiro no tuvo más remedio que asentir.
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Era la tercera semana para los agentes de SADI aquella grisácea mañana dominguera en la que Osen Izumi se puso su vestido color menta y su diadema morada. Habían prometido a su papá y a sus tíos no portarse mal, pero Toshiro solía decir que ellos nunca tenían malas intenciones.
«No haremos nada malo, mamá, quién sabe si vaya a venir alguna visita, no hemos podido renovar los carteles y a los digimon no les gustan las redes sociales».
Osen había asentido, porque para ella su amigo Toshiro —o mejor dicho, su hermano postizo— era su máxima autoridad, pero a pesar de ello, notó estrés en el rostro de su padre y de su tía Hikari cuando éstos partieron a la conferencia.
«Sean buenos, ¡y hagan la tarea!».
«No olvides el inhalador, Osen-chan».
«No rompas nada, Taik».
Cuando atravesó el pasillo, la niña se detuvo brevemente en el baño porque sintió que olía a cloaca. Se asomó, pero Taiki le había bajado a la palanca y ningún hedor parecía provenir de allí. Aprovechó para lavarse la cara y ponerse crema en las manos, luego avanzó con paso firme hasta la cocina, pero al ver la panorámica de su entorno, soltó un gritito de susto.
Una horda de Numemon había tomado posesión de uno de sus tres hogares y su Motimon, excitado ante tanto huésped, había instalado un caballete con un lienzo de óleos que rayoneaba con pintura verde-moco.
—¡Chispas!
—No te preocupes, Osen, voy a dibujarlos a todos, ¿crees que podemos usar caca para pintar la popó?
—¡Osen, ven! —le gritó Taiki, mientras luchaba contra un par de Numemon que robaban comida del refrigerador—. Ayúdame a detenerlos, ¡vaciarán la despensa y no hemos desayunado!
—¡El té oolong de papá! —fue lo primero que pensó, pero para ese entonces los Numemon bebían con ansiedad las botellas con el precioso líquido del cual era adicto Koushiro Izumi.
—O-chan, esto es importante, ¡las visitas están en graves problemas!
—Pero Toshi-kun, creo que están destruyendo la casa —dijo la niña, al ver que tres Numemon lanzaban estiércol a la pantalla plana de la sala en modo de protesta. Otros más, unos cinco, o quizás seis, llevaban pancartas con mensajes como: "No al desalojo", "Viva la mierda", "Respeto para la tumba de los Numemon" y "Renuncia Trump".
—Es lo de menos, ¡ellos necesitan nuestra ayuda! —dijo Toshiro—. Al parecer, una constructora quiere derrumbar la legendaria tumba de los Numemon para construir un casino.
—¿Tumba?
—¡La tumba de los Numemon, O-chan!, aquella que mamá, tío Tai y los demás elegidos hicieron para recordar a los Numemons caídos en la lucha contra los Dark Masters —anunció Toshiro.
—Oh… pero primo, los casinos son más divertidos que las tumbas. —Una bola de desechos fue arrojada hacia el hijo de Tai, quien la esquivó y fue a dar en la puerta de la nevera.
—No seas tonto, Taik, ¡es un símbolo del Digimundo y nosotros, los agentes de SADI, vamos a defender los derechos de los infortunados Numemon!
—Pero Toshi-kun, los adultos dijeron que no nos metiéramos en problemas, ¿no sería mejor que les dijéramos a ellos lo que está pasando? —recordó Osen.
—¡Y tengo hambre, primo!, no creo que los Nunemon nos den comida comestible, ¡me prometiste waffles y éstos ya se comieron hasta la harina cruda!".
No obstante, Toshiro —comprometido con la causa y ajeno a las sugerencias de sus hermanos postizos— se subió arriba de la mesa para dar un discurso, justo como veía que lo hacía su tío Taichi cuando salía en la tele o reproducía sus videos en redes sociales.
—Taik, O-chan y pueblo de los Numemon —declamó—. No podemos permitir que el monumento de los Numemon, que murieron dando su vida para proteger a los niños elegidos, sea destruido por una constructora de humanos para construir un DigiCasino. Mi mamá lloró en la tumba de esos Numemon, así que no creo que le moleste que salvemos a los pobrecitos, esto es más que ayudar a un digimon a que vaya al Caribe o hacer un cambio de imagen digital, se trata de cuidar de la historia…
—Pero Toshi-kun, esos Numemon revivieron con el Reboot de Digimon Tri —explicó Osen, dubitativa.
—¡Es lo de menos!, se trata de un símbolo, la pregunta es, ¿estamos los agentes de SADI dispuestos a proteger a los infortunados Numemon?
—¡Sí, sí! —se sensibilizó Taiki, quien logró rescatar una manzana a medio comer de uno de los cajones de la nevera.
—¿No comprometeremos con la causa, O-chan? —volvió a indagar Toshi a su querida amiga Izumi, quien puso la mano en la barbilla, como si pensara.
Los pobres y oprimidos Nunemons, sin duda, eran los digimon más despreciados de la faz de la Tierra y del Digimundo. Eran un pueblo errante, según había escuchado decir a su papá muchas veces, lo que los hacía difíciles de estudiar y ayudar.
Eran apestosos, viscosos y, al parecer, no podían estar quietos un par de minutos sin arrojar caca por todas partes. Tenían los ojos saltones y bizcos, las lenguas de fuera y sus carteles de protesta tenían faltas de ortografía… pero tenían corazón, ¡y la tumba! ¡La tumba de los Nunemon era tan importante que salía en los libros de Takeru Takaishi!
La pelirroja, cuyo vestido ya estaba embarrado de todo tipo de sustancias, pestañeó en cámara lenta. Ella era integrante de la Sociedad de Ayuda para Digimons en Infortunio, no podía fallarle a Toshi-kun, ¡nunca podría!, por eso exclamó:
—¡Nos comprometemos con la causa!
—Total que de todos modos nos van a regañar, la casa está destruida —apoyó Nyaromon.
—¡Los he dibujado a todos! —Motimon mostró su lienzo apestoso con manchas verdes y cafés.
—Yam, yam —Koromon masticó la manzana que había rescatado Taiki.
—¡Bien, entonces manos a la obra! ¡A salvar a los oprimidos! —mandó Toshiro—. ¡A pensar un plan!
—¡Tengo una idea! —aportó Osen—. Pero necesitamos un señor abogado.
Fue en ese instante cuando el abogado sin carisma Iori Hida se volvió la clave fundamental para la salvación de la legendaria tumba de los Numemon.
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Continuará en la parte 2
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Notas de ChieroCurissu: ¡Muchas gracias por leer!, la próxima semana concluirá esta historia y, posteriormente, nuestra grandiosa autora Marin-Ishida nos traerá el siguiente fic de la colección.
¿Podrá el abogado Iori Hida ayudar a la Sociedad de Ayuda para los Digimons en Infortunios, encabezada por el hijito de Hikari?, ¿cómo apestarán los numemon? ¿Cómo acabará esta historia?, ¡esperen a la próxima semana para saberlo!
¡Saludos!
