DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.

Espero que lo disfruten.


La suma de todos sus miedos

Capítulo 4: En cautiverio

*Hogwarts. Principios de diciembre/1996*

Nadie había notado cuando el otoño con su reguero de hojas dio paso al frío invierno hasta que cada rincón de Hogwarts se halló sumido bajo una escarchada nieve a finales de noviembre. Él, menos que nadie, lo había advertido. Dada su falta de concentración, degenerada a partir de cierto suceso del mes pasado, sus habilidades de observación (junto con muchas a otras, a decir verdad) se habían visto reducidas a niveles tan precarios que rozaban la negligencia. Sin embargo, en ese preciso instante Draco era plenamente consciente de la inclemencia del álgido clima y, al verse expuesto a las bajas temperaturas decembrinas, se aferró más al cuerpo que estaba sosteniendo, buscando entrar en calor.

Un gemido ahogado se filtró en su oído y él sintió la piel de su cuello erizársele por el ardor del momento. Sus dedos, expertos, volvieron apretar el redondo seno todavía bajo la tela de blonda del sostén. Otro sonido gutural; esta vez un jadeo que coloreaba su nombre en vibrantes ondas de excitación. Draco sonrió y la dejó ir, jadeante y ruborizada, mientras él se recostaba al tronco de uno de los tejos que bordeaban el Lago Negro. Allí afuera estaba helando, pero cuando ella deslizó la mano por su vientre, se abandonó al placer de las caricias sobre la abultada tela de su pantalón. Estaba entrando en calor rápidamente cuando entornó los ojos y las morenas facciones de Pansy fueron sustituidas por otras detestablemente reconocibles.

Se tensó en el acto.

—¿Qué pasa? —inquirió ella, deteniéndose; sus ojos perdieron el matiz castaño de hace unos segundos atrás volviéndose nuevamente verdes—. ¿Hice algo que no…?

—Todo va bien, Pansy —musitó Malfoy, la sangre hirviéndole con un furor incontrolable dentro de las venas. Ella no podía arruinarle también esto. Él ya la había expulsado. Había logrado sacársela de la cabeza—. Solo que me pareció que alguien se acercaba.

Pansy echó una mirada en rededor.

—Todos siguen en el invernadero, Draco. Estamos solos.

—Aun así creo que es mejor que volvamos. Está comenzando a nevar otra vez.

El rostro de Pansy adoptó su típica expresión adusta, pero Draco fue capaz de adivinar la decepción en sus ojos. Se recriminó su reciente debilidad, aunque sabía que desde que sus sentidos confundieron el pelo liso de Pansy con la maraña castaña de Hermione, no lograría seguir adelante con su intento de distracción. Pansy siempre había logrado distraerlo, pero Granger, la indeseable, volvía a meterse en sus asuntos después de semanas de lograr mantener a raya su presencia. Allí se aparecía con su piel nacarada y sus risos rebeldes, y sus ojos castaños oscurecidos casi hasta el negro, despertando en él una sensación a la que no se atrevía a ponerle un nombre. Era ella y no Pansy a quien él había visto a punto de masturbarlo bajo aquel tejo en medio de una helada tarde de diciembre. Era Hermione la que reclamaba su cuerpo. Pero él los vencería a ambos; su voluntad triunfaría sobre la mente y la materia que se habían coludido para doblegarlo. Él no se dejaría vencer por esos bajos instintos.

—Eso no te importó cuando me convenciste de hacer novillos. —le reclamó Pansy, abotonándose la blusa con dedos temblorosos por el frío—. ¿Y ni siquiera harás que valga la pena?

Draco la miró, picado. A él le habría gustado mucho más que a ella que valiera la pena. No por que quisiera complacer a Pansy o se sintiera mal por hacerla sentir mal; sus egoístas sentimientos no le permitían ese tipo de emociones empáticas. Lo había querido porque necesitaba algo para evadirse de la revolución que llevaba dentro. Y ella además de ser la mejor opción que tenía, también era la que tenía más a la mano.

Se habían acostado por primera vez a inicios del verano, antes de que Voldemort decidiera hacer de la Mansión Malfoy su residencia permanente y, después de eso, lo habían repetido un par de veces en casa de ella mientras sus padres estaban muy ocupados lamiéndole las botas al Señor Oscuro como para prestar atención al despertar sexual de un par de adolescentes. La única vez que lo habían hecho en Hogwarts fue a mediados de septiembre. No obstante, de eso ya hacían algunos meses y Draco se había comportado tan indiferente con ella que Pansy se sorprendió cuando esa tarde él le propuso saltarse la clase de la profesora Sprout para ir hacer, según sus sugerentes palabras, cosas menos aburridas.

—Podría hacerlo esta noche en tu dormitorio —le propuso Draco, sobreponiéndose—; si lograras deshacerte de Bulstrode, claro.

Pansy pareció considerarlo.

—Si convenzo a Daphne de que le dé posada a Millicent, te enviaré una lechuza —le sonrió con el ánimo renovado. Era sencillo, comprobó, contentar a chicas como Parkinson.

Draco asintió; sus rasgos puntiagudos duramente esculpidos, y emprendió la marcha hacía el castillo sin corresponder el beso que Pansy hizo amago de darle.

―Esto es una mierda ―escupe Blaise Zabini ―. ¿Qué jodidos quiere decir medida cautelar de libertad no supervisada?

Draco Malfoy no estaba seguro si la noticia debía alegrarle o si, por el contrario, debía hacer uso del poco orgullo que aún conservaba su apellido y mandar a Albus Dumbledore a freír espárragos. No, él no sabía que tanto le convenía o perjudicaba la decisión que había tomado Rufus Scrimgeour; así que trató de poner sus ideas –cada día más revueltas- en orden para después actuar en consonancia con sus intereses.

Repasó la lista con una mirada aguda y, dada las razones expuestas en el comunicado emitido por el Ministerio de Magia, (aunque la ausencia de Potter le dio mala espina) no le sorprendió que en esta también se hallara el nombre de ella. Tampoco supo cómo sentirse a ese respecto, por lo que optó por desdeñarlo y convencerse más fácil de lo que hubiera resultado unos días atrás, que el que él y Hermione Granger figuraran en la lista de los estudiantes que tenían prohibido regresar a sus hogares para las fiestas navideñas, lo tenía completamente sin cuidado. No, a él no le interesaba que él, ella y otro puñado de magos adolescentes tuvieran una orden de caución por parte del Ministerio, que les impedía abandonar el colegio.

―No es como si ellos pudieran dejarnos encerrados aquí, ¿o sí?

―Me temo que, efectivamente, eso es lo que pretenden. ―avaló Nott, su azulada mirada expectante de la reacción del rubio.

―Draco ―pinchó Blaise en el mismo tono con el que le había recrimindo no haber acudido a su cita con Pansy, a pesar de haber arruinado su oportunidad de pasar la noche con Daphne.

Haciendo un esfuerzo por espabilarse el sueño y el cansancio que lo agobiaba esa mañana en particular, el aludido prefirió concentrar toda su energía mental en averiguar cómo podía sacar provecho de la resolución del ministro. Si permanecía en Hogwarts durante las vacaciones de navidad tendría más tiempo y, teniendo en cuenta que se reducirían los controles en la vigilancia, menos inconvenientes para avanzar en sus asuntos; al mismo tiempo se libraba de la obligación de volver a la Mansión Malfoy y pasar tres semanas en la lóbrega compañía de Lord Voldemort. Eso suponía un gran alivio, salvo por el hecho de que a través de la codificada correspondencia que mantenía con su madre, Narcisa Malfoy había dado claras muestras de su anhelo por verlo.

Draco arrugó el rictus y sus facciones cetrinas perdieron todo rastro de jovialidad. Trató de no pensar en todo lo acaecido durante el verano, pero sintió un estrujón en el pecho cuando los tañidos de Narcisa al ser torturada por la demente de Bellatrix invadieron sus oídos como si los estuviese emitiendo justo ahora, justo a su lado. El recuerdo fue tan jodidamente vívido que el rubio sintió como la presión de su pecho se expandía al resto de su cuerpo, haciendo que cada latido de su corazón fuera una acción terriblemente dolorosa. Una lluvia de sudor le empañó el rostro como el rocío mañanero que cubría las plantas durante el alba.

Ahogó un gemido cuando detectó un nuevo coro de voces a sus espaldas.

―Aquí debe haber un error ―rugió Harry Potter.

Automáticamente, Malfoy puso los ojos en blanco. Les lanzó una mirada de soslayó; la cólera sustituyendo al dolor. Ambos venían acicalados con sus uniformes de Quidditch. El partido de Slytherin contra Gryffindor sería en unos minutos, recordó Draco de pronto.

―Te lo dije ―repuso la comadreja Weasley, haciendo caso omiso de la presencia de los Slytherin―. Mione se va a morir cuando se entere.

Mione, siseó Draco en su fuero interno; la sangre caliente hormigueándole bajo las uñas. Un puñetazo. Quería darle un puñetazo. Y nada tenía que ver con Granger, se dijo; siempre había querido reventarle la madre al idiota de Weasley. Y si Merlín era lo suficientemente generoso, también a Potter.

―No tiene que enterarse ―razonó Harry; la voz convertida en apenas un murmullo cuando captó la presencia de los otros magos―. Hablaré con el profesor Dumbledore antes del partido. Podemos arreglarlo. Puede quedarse en la madriguera con todos; no sería la primera vez.

Malfoy vio la cabeza de Ronald asentir como si las palabras de Potter fueran algún tipo de plegaria sagrada; su mirada un tanto perdida lo hacía parecer más imbécil de lo normal, pero él solo podía pensar en el grotesco hecho que -de conseguirlo- esa no sería la primera vez que Hermione estaría con ellos en un lugar que no fuera Hogwarts.

―Dumbledore no está en el colegio. ―le informó Ron como asaltado por el recuerdo; esa información desterró a Hermione Granger de la cabeza de Draco y lo hizo prestar atención a las palabras de Weasley; ya que esta no era la primera vez que tenía conocimiento de las espaciadas y, cada vez más recurrentes, ausencias del viejo director―. Además, la ridícula fiesta de Slughorn es en un par de días y el tren partirá a Hogsmeade a la mañana siguiente; si Dumbledore no llega antes, no podremos hacer nada y Hermione tendrá que quedarse en Hogwarts.

―Volverá.

El Slytherin no pasó por alto la seguridad de Potter al afirmar.

―Eso espero, porque ya está lo bastante malhumorada como para darle otra razón para que sea especialmente insoportable.

Harry emprendió la marcha; Ron siguiéndole de cerca.

―Eso es porque has estado comportándote como un completo idiota con ella ―terció Harry; la ecuanimidad de quien está acostumbrado a arbitrar ese tipo de pleitos―. Deberías dejar de provocarla con Lavender ―le sugirió.

Ron se hizo el desentendido, pero sus mejillas se enrojecieron. Por lo que Draco entendió, -que no fue mucho, a decir verdad- sintió una especie de malestar impreciso hormiguearle bajo la piel.

―Podemos hablar con McGonagall ―le ofreció a Harry para cambiar de tema, aunque ni él mismo parecía lo bastante convencido.

―McGonagall no contradecirá una orden de Dumbledore.

Harry se mostró preocupado por primera vez desde que irrumpieran en el salón. Finalmente, pareció decidir que todo estaría bien y el murmullo de voces se alejó hasta que ya Draco no pudo escuchar nada.

―Dime que ya tienes algo en mente para mandar a todos estos gilipollas a la mierda ―rogó Zabini.

El heredero de los Malfoy no dio acuse de recibo, todavía concentrado en la conversación del par de Griffyndor. Junto con el concierto de voces, desterró a Hermione y al resto de su cabeza.

―Esto tiene que ser una maldita broma ―gruñó Draco cuando el tenue rumor de un lloriqueo alcanzó sus oídos. Frunció el ceño; ya ningún rincón de Hogwarts era lo bastante inhóspito como para que él pudiera lamentar su puta mala suerte en paz―. ¿Y ahora quién carajos llora?

Esa pregunta, por su puesto, era meramente retórica. No era como si esperara que alguien le respondiera; de todos modos, la voz de Granger se alzó unas octavas cuando al virar el rostro, vio a Draco recostado sobre el doquinado muro de uno de los pasillos.

―De nuevo tú ―ella dijo en un susurro roto; su voz sonando más resignada que sorprendida o incluso molesta.

Como Hermione, el mago también estaba aprendiendo a aceptar sin emociones contradictorias la nueva cotidianidad de sus encuentros.

―Lo mismo digo, Granger. ―Malfoy la miró de manera desdeñosa, pero en realidad sentía una absoluta curiosidad. Curiosidad por conocer las razones por las que Granger estaba abandonada en esa área desolada del castillo, llorando.

Llorando, cayó en cuenta, tardíamente. Él nunca la había visto llorar antes. Había llegado a verla alegre, petulante, molesta, asustada e histérica. ¡Por Salazar! había estado a punto de verla completamente desnuda, pero llorando, eso nunca. Y la escena le resultó lo bastante bizarra como para descolocarlo. Con las defensas distraídas, Malfoy se halló pensando que la bruja que tenía en frente era tan mortal como él mismo. Y por un instante demasiado fugaz, la certeza de tal hecho le dejó una placentera sensación en la boca del estómago. Pero ese instante se esfumó inconvenientemente rápido.

―Creo que tu nuevo maldito don es dar con mi ubicación en el castillo y estropear mi paz con tu asqueroza presencia.

Por un segundo o tal vez dos, Draco se sintió arrepentido por sus palabras, pero de la misma forma rauda en la que se evaporó aquel instante placentero, él logra esconder su contrinción. Malfoy sabe, sin embargo, que en algún rincón de su voz se distinguió un viso apenas leve de algo muy parecido al remordimiento . Para cualquier persona menos audaz, ese hecho habría pasado desapercibido, pero, para su desgracia, él tiene la seguridad de que Granger por fin lo notó.

Y eso empieza a irritarlo.

―¿Por qué estabas llorando?

La interogante de Hermione parece más una afirmación que cualquier otra cosa y eso termina por exasperarlo más de la cuenta. Es entonces cuando su postura cambia, su expresión se congela y Draco siente como si acabaran de golpearlo con un rayo de electricidad. Indignado ante el efecto que la bruja tiene sobre sus nervios, desvía sus ojos de ella con la esperanza de que ese intento destierre también sus incipientes pensamientos.

Tiene que salir de allí. Lo sabe, pero ahora mismo es como si cada uno de sus músculos hubiese olvidado como hacer su maldito trabajo.

―¿De verdad estás haciendo esa pregunta?

Decide decir eso. No entiende muy bien porqué jodidos no se ha marchado aún. Es como si una fuerza extranjera lo envolviera y no lo dejara moverse.

―Tus ojos están rojos ―señala Hermione y como un acto reflejo se lleva el dorso de sus manos a los suyos; un hipido estrangulado escapándose de su boca.

Sin todavía mirarla, Draco se ríe, aunque no está muy seguro de porqué. Ver a la bruja en ese estado, contrario a lo que se hubiera esperado, no le produce ningún tipo de placer. De hecho, un sofocante nudo de aprensión empieza a formarse en su garganta. Ella parece fragil, indefensa y ambas características la dotan de un aire de femineidad que, aunado a sus atributos físicos, hacen que Draco Malfoy empiece a sentirse mareado.

Mentiría si no se admitiera que ese episodio se asemeja demasiado a cualquiera de los sueños que últimamente había estado teniendo con la bruja. Mentiría si niega que algo extraño se está movilizando en su pecho justo ahora. Algo que provoca que su pecho se agite violentamente. Y Draco lo detesta. Lo aborrece porque sabe lo que significa. Significa que, pese a su extenuante y desesperada lucha, a su cuerpo le está empezando a gustar Granger.

¡Joder! Significa que su cerebro acaba de aceptar que, al menos en un aspecto físico, le gusta Hermione Granger. Abrumado, Draco sacude la cabeza, esperando, optimista, que sus sentidos recuperen la brillantez de otrora y pongan fin a esa trampa.

―Eres tú la que se está secando las lágrimas ―dice Draco cuando ella se levanta del rincón donde había estado sentada; sus ojos recorriendo a la bruja de pies a cabeza, perdiendo una batalla que ni siquiera sabía que había estado peleando.

―Lo estoy.

―¿Por qué?

―¿Siquiera te importa?

Él se encoge de hombros con total desinterés y aún así consigue parecer despectivo.

―Me gustaría saber por qué carajos siempre te apareces donde yo estoy. Sobre todo, teniendo en cuenta que justo ahora deberías estar celebrando con tu panda de desadaptados el triunfo de tu Casa.

¿Es una clase de acoso?, se pregunta para sus adentros.

―¿Coincidencia? ―inquiere ella, pasando deliberadamente del tema de la celebración.

Él rueda sus grises ojos en respuesta; cree adivinar que ha tocado un nervio. Pero Hermione ha adoptado una postura cerrada que no lo deja ver nada más allá de ese pequeño parpadeo de histeria. Acto seguido, añade:

―O tal vez tenemos en común más de lo que te gustaría admitir.

―Eres una sangre sucia ―menciona, como si aquello lo explicara todo; su voz, no obstante, estaba enteramente exenta de prejuicios.

―¿Y eso qué? ―la bruja lo confrota; sus ojos castaños brillando con beligerancia.

―Jamás podríamos tener nada en común.

Ella escucha su aclaración con una expresión falsamente calmada, se da cuenta Draco. A continuación, lo fulmina con la mirada para puntualizar:

―Eres un bastardo.

―Lo soy ―admite Malfoy y Hermione suelta una risa nerviosa, como si nunca se hubiera esperado que él le diera la razón en un punto como ese―. ¿Es por la orden del Ministerio? ―reanudó él, pasando por alto el desconcierto de la joven. Lo hace de una forma tan natural y conciliadora que no parecía que acabaran de insultarse tan mordazmente.

―¿Cómo? ―ella parece confundida.

Sus rizos se mueven en armonía con el resto de su cuerpo y Malfoy odia ser capaz de notar eso. Odia como su aliento se contiene involuntariamente cuando los dientes de Hermione se aferran ligeramente a su labio inferior hasta que una pequeña marca rosácea se graba en ellos. Meditando, ella está meditando en sus palabras, por lo que él decide explicar:

―¿Estabas llorando porque no podrás ir a casa para navidad? ¿Porque tendrás que quedarte cautiva en Hogwarts?

―Ahh, ―Hermione parece comprenderlo ahora―. No. Aunque no estoy feliz con esa resolusión, respeto las razones del Ministerio. De hecho, creo que es más seguro para mis padres que no los vea en un tiempo.

La bruja guarda silencio abruptamente; la expresión de horror de su rostro parece implicar que acaba de recordar con quién carajos está hablando. Draco reconoce el malestar en sus ojos y aunque le hubiese gustado hacerse eco de ese malestar, solo atina a poner los ojos en blanco, más aburrido que irritado.

―Ha habido numerosos ataques a familias muggles ―le informa.

―Granger, también me llega una edición de El Profeta todas las mañanas. No es necesario que te hagas la marisabidilla conmigo.

―No pretendía serlo. Pero... tú tampoco podrás abandonar el colegio.

―¿Y eso qué?

Entiende que tiene que retrocer, pero toda su anatomía lo impele a acercarse a ella.

―Creo que el Ministerio quiere evitar que todos los alumnos cuyos padres han sido positivamente identificados como mortífagos se unan al bando contrario.

Su declaración debería ser una señal clara de que debería estar ignorando cada orden que su cuerpo emite a propósito de sus ansias por sentirla. Por primera vez en lo que va de noche, su cerebro parece reaccionar más rápido que sus instintos y su lengua se mueve sin procesar el efecto devastador que podrían tener sus palabras.

―¿Y supongo que Dumbledore y el Ministerio creen que los muros de Hogwarts podrán detenernos para siempre? ¿Que seremos sus prisioneros hasta que puedan reemplazar estos muros por los de Azkaban?

Ella palidece y él quiere aplicarse una imperdonable por su falta de tacto. Le gustaría que no le importase lo que Granger piensa de él, pero acaba de comprobar que no es así, que sí le importa y más de lo que se estima conveniente. Es en lo único que puede pensar ahora: en Granger y su maldita opinión: en Granger y su cuerpo ilegal; en Granger y su perturbadora presencia. Es como si Granger ahora lo ocupara todo.

Eso es lo que pasa cuando una persona desarrolla una atracción hacia otra. Al principio no es nada y, de repente, está en todas partes; ya sea que quieras que lo esté o no.

―¿Por qué estabas lloriqueando entonces, Granger?

Ella, que todavía no parece recuperarse de sus palabras anteriores, frunce el ceño en señal de desasociego. Como quien acaba de sufrir un brutal desengaño.

―Creo que ese no es tu maldito problema ―le increpa mientras se ocupa en poner una distancia prudente entre ambos.

―Pero si la Leona sacó las garras ―se burla, pretendiendo que no le afectó la restauración del régimen de hostilidades entre ellos―. Y para tu información, se convirtió en mi problema desde que te cruzaste en mi jodido camino.

Draco arremete contra ella y la acorrala contra el muro y su propio cuerpo. Aunque no se atreve a entrar en contacto con ella, la siente hiperventilar y algo en su torrente sanguíneo, se dispara infectando su organismo. Ella lo está mirando, presa del pánico, pero él solo logra sentir como si sus ojos castaños fueran manos; manos recorriendo cada centímetro de su cuerpo y es allí cuando Draco realmente toma conciencia del problema.

Está atrapado.

Esto no era algo que le hubiese sucedido con anterioridad, pero cuando alguna bruja despertara su interés de la forma en que lo hacía Granger ahora, él hubiese preferido que sucediese con alguien con quién no fuera tan terrible que pasase. Porque Hermione Granger, a todas luces, no es la persona por la que él quiere sentir ese tipo de cosas. Es obvio que él no quiere sentirse atraído por una bruja nacida de muggles, alguien racialmente inferior, que desde su nacimiento estaba destinada a convertirse en su enemiga natural; de una ratona de biblioteca, cuyas dotes de empollona eran un terrible dolor en el trasero.

Definitivamente, tenía que remediar eso.

Tenía que hallar la manera de liberarse de su verdadero cautiverio.

Continuará...


Vamos dando pasos cortos en una historia que me gusta mucho... Sé que no la actualizo seguido, pero de verdad quiero que sepan que sigue en mis planes continuarla. Les envío un caluroso saludo desde mi rincón del mundo a todos los que siguen la historia y se toman el tiempo de dejarme sus impresiones. De verdad, gracias por la paciencia y por sus mensajes; significan mucho para mí. Espero que esta entrega sea de su agrado y me puedan hacer saber su opinión.

¡Feliz existencia!

*Curazao. Mayo 27 de 2017*