Disclaimer: Todos los personajes, así como el mundo potteriano, pertenecen a J.K. Rowling.
¡Perdonad por la tardanza! Es que estamos ya en una época donde no tengo mucho tiempo... ¡Hoy me he castigado, y aquí lo traigo! ¡Recién salido del horno!
Espero que disfrutéis con Harry y su sidecar.
(Ya sabéis que sigo fielmente la estructura del séptimo libro, por lo que hay cosas que son literales).
Harry subió de dos en dos las escaleras y entró a su habitación como un huracán para observar por la ventana cómo los Dursley abandonaban el barrio. Les hizo adiós con la mano, pero nadie respondió a sus gestos. Estuvo a punto de sacar un pañuelo blanco para agitarlo con elegancia; sin resultar demasiado afectado, pero con la suficiente clase. Muy en el estilo Potter.
Una vez que el coche hubo desaparecido, cogió la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochila. Se acercó al armario, donde reposaba un caldero con un líquido que parecía barro. Independientemente de lo que dijera la Orden, él ya había ideado un plan alternativo. Bajó a la cocina presurosamente, pues según sus cálculos quedaba poco para que llegara su escolta.
Cogió una bonita jarra de cristal, subió al dormitorio y la rellenó con el contenido de la poción. Antes de bajar finalmente al salón, le echó una última ojeada a la que había sido su habitación durante tanto tiempo. En el salón, una terrible sensación de vacío se apoderó de su enclenque cuerpo. Normalmente, cuando se quedaba solo, aprovechaba el tiempo para hojear las revistas guarras de Dursley o reírse de la ropa interior de tío Vernon; pero ahora todo eso era como recordar a un hermano pequeño al que hubiera perdido.
—¿No quieres echarle un último vistazo a la casa? —le preguntó a Hedwig, que seguía enfurruñada, con la cabeza bajo el ala—. No volveremos a pisarla, ¿sabes? ¿No te gustaría recordar los momentos felices que hemos pasado aquí? Mira esa tostadora… Recuerdo cuando quemé el bacon y tía Petunia me metió los dedos en ella y me los quemé, ¿recuerdas el putrefacto olor a carne quemada? Y esas tijeras de cocina..., con ellas Petunia me cortó el pelo sin mi consentimiento, obligándome a ir a la escuela al día siguiente, donde se reirían de mí. Los niños muggles son muy crueles, Hedwig. Y al lado de la chimenea tío Vernon me pateó el culo. Lo recuerdo todo. Qué nostalgia invade mi potteriano corazón.
Hedwig entrecerró sus enormes ojos. Nunca comprendería a ese amo que el destino le había dado.
—Claro, tú no me entiendes —suspiró Harry, resignado, mirando al animal—. Ojalá supiera el idioma de las lechuzas en vez de pársel… ¡Pársel! Para lo que me ha servido… Solo me ha traído quebraderos de cabeza, como en segundo año. Y mira la puerta, qué bonita y pequeña es. ¿Recuerdas el año pasado cuando Dumbledore entró por ella…? Sí, Hedwig, me has pillado. Solo nombré a la puerta para traer a colación el tema de Dumbledore y mostrarme triste. Y lo he conseguido.
Harry se retiró con dramatismo hasta el sofá; se apoyó lentamente, como lo habría hecho cualquier actor dramático, llevándose una mano puntual a la cabeza en señal de sofocación y malestar repentino por el punzante recuerdo. Realizó una serie de prácticos ejercicios de respiración: espirar e inspirar, espirar e inspirar. Cuando se encontró lo suficientemente fuerte y repuesto del dolor del recuerdo del viejo director, se acercó a la alacena que había debajo de la escalera.
—Y aquí, fiel Hedwig —prosiguió, abriendo la alacena—, es donde dormía antes. Tú no me conocías por aquellos tiempos… ¡Caray, qué pequeña es! Lo había olvidado. Me creía especial por dormir ahí, ningún otro niño tenía una alacena por dormitorio… Con el tiempo comprendí que era un desgraciado. Tú solo has conocido al gran Potter. El poderoso mago niño y después adolescente; de increíble talento y atractivo, heroico, valiente, inteligente…
Aquello era demasiado. Hedwig comenzó a ulular fuertemente, para ahogar la voz de su dueño. Lo quería, bien era cierto; pero odiaba esos monólogos estivales.
—A veces eres muy grosero, Hedwig —le reprochó Harry señalándolo con un dedo.
De pronto se oyó un rugido ensordecedor fuera de la casa. El primer pensamiento que acudió a la mente de Harry fue esconderse en su baúl, pero después recordó que era Gryffindor. Y los Gyrffindors no se esconden en sus baúles. En realidad, al mirar por la ventana, había comprobado que su escolta estaba haciendo de las suyas, o sea, apareciéndose. Sus encantamientos desilusionadores habían cesado, y Harry podía ver a sus grandes amigos. Hagrid, enorme como él solo, con gafas y casco de motorista, destacaba sobre todos los demás.
Harry salió corriendo mientras pegaba saltitos y hacía palmas; abrió la puerta trasera de la cocina. En medio de un griterío de calurosos saludos, Hermione lo abrazó y Ron le dio golpecitos en la espalda.
—No te abrazo porque es de maricas —le comentó Ron dándole palmaditas; había visto el ademán de Harry, quien se sonrojó ligeramente.
—¿Todo va chachi piruli? —le preguntó Hagrid (tenía la costumbre de usar extrañas palabras "juveniles" para sonar enrrollado)—. ¿Listo para pirarte?
—Ya lo creo —respondió sonriéndoles a todos—. Pero… ¡no esperaba que vinierais tantos!
—Ha habido un cambio de planes —gruñó Ojoloco quien sostenía dos grandes sacos y miraba alrededor con su ojo mágico, vacilando al personal—. Pongámonos a cubierto y luego te lo explicamos.
—Brunete —intervino Hagrid, quien se acababa de dar cuenta de un gran cartel—. ¿Por qué has dicho que no esperabas que viniéramos tantos? Ese cartel no parece decir lo mismo…
Con una de sus grandes manos señaló el gran cartel que colgaba sobre la chimenea, que Harry había colocado allí y rezaba: "Bienvenidos Ron, Hermione, Hagrid, Ojoloco, Fred, George (espero no haberme equivocado), Bill, Fleur, señor Weasley, Tonks, Lupin, Kingsley y Mundungus Fletcher".
—Eso, explícate —gruñó Moody arisco.
—Esto… creo que Voldemort me mandó la visión…
—¿Voldemort lo sabe? —graznó Ojoloco perdiendo el color de su rostro—. ¡Entonces estamos perdidos!
—Quizá no fue él —se apresuró a decir un Harry bastante nervioso; miró a ambos lados, inquieto. Todos tenían la vista fijada en él—. Esperad.
Harry fue a la cocina y trajo la jarra con la poción multijugos.
—Estaréis sedientos, ¿queréis un poco de limonada?
—Harry… eso no parece limonada —señaló Lupin.
—Parece mierda de trol —apuntó George, acercándose.
—O de Percy —señaló Fred.
—¡Niños! —les regañó el señor Weasley.
Hermione no dejaba de levantar la mano y dar pequeños saltitos de emoción, como si no pudiera aguantar las ganas de añadir algo.
—¿Hermione? –se aventuró a decir Harry.
—Es poción multijugos. Transforma a todo aquel que la bebe en la persona de la cual haya depositado algún pelo, uña…, durante una hora.
—Muy bien Granger, 10 puntos para Gryffindor —dijo Lupin, orgulloso.
—Sufren el síndrome de Hogwarts —le susurró Ron a Harry, en el oído, que es por donde escucha—. Como en este libro no vamos a pisar el colegio hasta la batalla…
—Ron, cuidado con lo que dices —le previno una seria Hermione—. No des más detalles de la cuenta, o la autora de esto te hará bashing…
Todos asintieron en conformidad (malditos, no dejaré que me estropeéis mi historia). Ron de repente sintió un doloroso retortijón.
—Te avisé —dijo Hermione con aire de sabelotodo.
De repente se apareció un libro de la nada frente a la niña. Era La interminable historia de Hogwarts. Hermione dio brincos embargada por la emoción.
—Gracias autora —chilló Hermione emocionada, abrazando el libro.
—¡Está bien, está bien! —gritó Ojoloco—. Harry, ¿pensabas hacernos tomar eso y engañarnos para que adquiriéramos tu forma?
—¡No, por Merlín! No sé cómo ha llegado ese contenido hasta aquí —se excusó Harry, sintiéndose miserable por querer aprovecharse de su escolta.
—¿Acaso eres bipolar? —le interrogó Moody, que no parecía satisfecho con esa respuesta.
—Puede…, a veces actúo de forma maligna, pero no es intencionada —añadió Harry.
—Para no ser intencionada lo tenías todo previsto —dijo Ojoloco, que seguía desconfiando.
—Debería morir a manos de Voldemort, sufriendo —musitó Harry haciendo círculos con su pie en la moqueta del salón—; mucho.
Todos lo miraron con ternura, sintiéndose mal por el pobre muchacho. De todas formas, esa poción les vendría bien; aunque no se fiaban de que la hubiera elaborado correctamente. Kingsley se acercó a Potter y le dio unas palmaditas en la espalda, para que se sintiera mejor.
—Creía que estabas protegiendo al primer ministro muggle —comentó Harry al verlo.
—Que le den esta noche; me tiene harto. Siempre pidiéndome que saque conejos blancos del sombrero… Tú eres más importante.
Harry se dio unos golpes en el pecho y lo señaló.
—Te llevo aquí, negrote.
Tonks, que llevaba todo el rato dando saltitos mientras sonreía, no pudo contener más la emoción y se acercó a Harry. En su camino tiró la pecera donde flotaba el cuerpo de Chanquete, enganchó con su pierna el enchufe de la lamparita y todos sintieron la electricidad por sus cuerpos.
—¡Electricidad, electricidad! —gritaba Arthur emocionado, a quien parecía no importarle el pequeño detalle de que estaba siendo electrocutado.
Ojoloco sacó la varita y apuntó al agua, que de repente desapareció; y miró a Tonks molesto, pero cuando vio la sonrisa de la muchacha no pudo más que sonreír él también. Era su protegida.
—¿Has visto esto, Harry? —Tonks agitó la mano izquierda mostrándole un anillo.
—¿Se ve barato, no? —comentó Harry.
Tonks y Lupin enrojecieron un poco. Lupin se llevó la mano al cuello de la camisa y la estiró; él no tenía muchos recursos económicos.
—¿Y eso, de qué es? —prosiguió Harry curioso—. ¡Oh, ya sé! Sois malos, ¿eh? Habéis pasado por el Burger King antes de recogerme y os ha tocado eso; podríais haber esperado a recogerme…
El pelo de Tonks pasó del rosa al rojo en cuestión de segundos.
—¡Qué no, Harry! ¡Que nos hemos casado!
—¿Qué os habéis casado? ¿Con quién?
Lupin cruzó la estancia dando grandes zancadas y le dio un golpe en la cabeza a Harry; lo suficientemente fuerte para molestarle, pero no demasiado. No quería causarle ningún daño irreparable.
—¡Conmigo! ¡Esa hembra es mía!
—La familia de los canes son muy posesivos —susurraba Hermione con aire de saberlo todo.
—¡Qué alegría, qué alboroto! —chilló emocionado Harry.
—Lamento que no pudieras asistir a la boda, Harry. Fue una ceremonia muy discreta.
—¿Discreta? —interrumpió uno de los gemelos Weasley—. Nunca he visto tanto revuelo…
—…desde que dejamos Hogwarts y liamos aquel espectáculo… —prosiguió el otro gemelo.
—…de fuegos artificiales. ¡Y cuánto alcohol!
Todos comenzaron a guiñarles los ojos. Harry no debía enterarse de la gran fiesta nupcial que se montó; pues se sentiría de lado, como aquel año en que iba a comenzar quinto curso; y comenzaría a gritar y maldecir como un basilisco.
—Os se ha metido algo en los ojos… —comentó el muchacho de la noble cicatriz.
Todos suspiraron aliviados.
—Bueno, bueno; se acabó lo que se daba —intervino Moody en medio del barullo (molesto porque él tampoco fue invitado a la boda), y todos se callaron. Dejó los sacos que llevaba en el suelo y se giró hacia Harry—. Nos hemos vistos obligados a descartar el plan A porque Pius Thicknesse se ha pasado al otro bando. El tío ha amenazado con encarcelar a cualquiera que conecte esta casa con la Red Flu, ubique un traslador o entre o salga mediante la aparición. El muy marica dice que todo eso lo ha hecho para protegerte de Quien-tú-sabes, lo que no tiene sentido, porque el encantamiento de tu madre ya se encarga de eso…
—No solo era buena en pociones, ¿eh? —le interrumpió Harry con una sonrisa estúpida, mirando a los demás—. Lo mismo te transformaba en un periquito que te echaba un hechizo protector que te cagas…
—¡Cállate, y no me interrumpas! —le regañó un contrariado Moody—. Todo eso lo ha hecho para impedir que salgas de aquí de forma segura. El segundo problema es que eres menor de edad, por lo que aún tienes activado el detector. ¡No te atrevas a volver a interrumpirme! —gritó Moody al ver que el niño abría la boca—. ¡Alerta permanente! ¡El detector, el detector! El encantamiento que percibe las actividades mágicas en torno a los menores de diecisiete años. Si alguno de aquí hiciera un hechizo para sacarte de aquí, Thicknesse lo sabría, y también los mortífagos.
Hermione levantó la mano de nuevo; Ojoloco la vio a través de su mágico ojo de cristal. Dio un bufido de resignación y la invitó con la mirada a que dijera lo que quisiera añadir.
—Pero señor Moody, usted antes utilizó magia para secar el suelo…
Todos comenzaron a murmurar y asentir con la cabeza. Moody primero se puso pálido, y después se sonrojó avergonzado por su gran error garrafal. Él era el jefe de la operación; maldita sabelotodo. Le había dejado en evidencia. ¿Cómo evadiría el muerto?
—Eso…, yo… ¡eso no tiene la menor importancia! ¡Alerta permanente! A lo que iba, no podemos esperar a que se desactive el Detector, porque en cuanto cumplas los años perderás toda la protección que te proporcionó tu madre. Resumiendo: Pius Thicknesse cree que te tiene cogido por los huevos.
Harry tragó saliva y sintió la necesidad de esconderse de nuevo en su baúl; pero en un alarde de valentía godriquista, se contuvo.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Utilizaremos los únicos medios de transporte que nos quedan, los únicos que el Detector no puede descubrir: escobas, thestrals y la motocicleta de Hagrid.
Se escuchó un carraspeo, proveniente de un ex profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras con un problema peludo, que decía algo como: "…de Sirius más bien".
Harry sabía que algo fallaba, pero decidió guardar silencio.
—Veamos. El encantamiento de tu madre solo puede romperse si se dan dos circunstancias: que alcances la mayoría de edad, o… ¡Granger, deja de levantar la mano! ¡No estamos en clase! —gritó Moody enfadado; entonces prosiguió con su explicación, sin dejar que la pobre Hermione contestara— o que dejes de llamar hogar a esta casa. Así que cuando te largues de aquí, el encantamiento se romperá, y hemos decidido hacerlo antes de tiempo. ¡Factor sorpresa! ¡Factor sorpresa!
Todos dieron un respingo ante el grito de Moody, quien se sintió satisfecho.
—Lo único que tenemos a nuestro favor es que Quien-tú-sabes ignora que vamos a trasladarte esta noche, porque hemos dado una pista falsa al ministerio: creen que no te marcharás hasta el día treinta. Sin embargo, estamos hablando del xenófobo asesino ese, así que no podemos fiarnos; seguramente tenga a un par de mortífagos patrullando el cielo. Por eso hemos dado protección a una docena de casas diferentes. Todas parecen un buen sitio donde esconderte y todos tienen alguna relación con la Orden: mi propia casa, la de Kingsley, la de tía Muriel… Me sigues, ¿verdad?
—Sí…, bueno, en realidad no —confesó Harry sintiéndose triste—. Hablas muy rápido y me distraigo…
—¡Da igual! Sinteticemos, tú irás a la casa de los padres de Tonks. Una vez allí, podrás usar un traslador a la Madriguera. ¿Alguna pregunta?
—Pues… claro, soy muy preguntón. Los mortífagos se darán cuenta de a qué casa voy a ir cuanto nos vean a todos volar hacia esa, ¿no?
—Aquí entra el plan secreto —dijo Moody, después observó la jarra que había preparado el muchacho y frunció el ceño—, o no tan secreto. Habrá siete Harry Potters surcando los cielos esta noche; pensábamos usar la poción multijugos, como tú muy bien habías pensado… misteriosamente.
—¡No! ¡Ni hablar! ¡No arriesgaréis vuestras vidas por mí!
—¡Harry! —exclamó Ron confuso—. Pero si pensabas hacer que nos la bebiéramos.
—¡Ya dije que no era consciente de ello! ¡A veces actúo malignamente sin saberlo! Pero no pienso permitir que pongáis vuestras vidas en peligro…
—¡Oh, venga ya, Harry! —exclamó Fred—. A nosotros tampoco nos hace gracia. Imagínate que nos quedamos para siempre transformados en unos imbéciles canijos y con gafitas.
—¿Pero en quién os vais a transformar? —preguntó Harry perplejo. La descripción que había dado Fred no le sonaba de nada.
Los gemelos pusieron los ojos en blanco.
—Necesitamos un pelo tuyo —intervino Moody sacando la poción multijugos que él traía preparada (no se fiaba de la de Harry).
—No podréis hacerlo si yo no coopero —dijo Harry tajante.
—¡Oh, vaya! —comentó George riéndose—. Eso echa por tierra todos nuestros planes. Es evidente que no hay ninguna posibilidad de que entre todos te arranquemos unos cuantos pelos.
—Sí, claro, trece contra uno que ni si quiera puede emplear magia. Lo tenemos muy mal, ¿eh? —añadió Fred.
—No entiendo vuestra perplejidad —comentó Harry con inocencia—. Si lo tenéis muy fácil en realidad…
De nuevo los gemelos pusieron los ojos en blanco. No tenía ni puta gracia decir sarcasmos e ironías si no se comprendían. Ninguna gracia.
—Venga amigo —intervino Ron acercándose a él—. Tengo ganas de irme de aquí, estoy hambriento. Dame ya un pelo.
—Si insistes; justo en esta cajita tenía unos cuantos preparados.
Harry sacó una pequeña cajita del bolsillo y se la tendió a Ron, sonriendo. El pelirrojo la abrió, miró el contenido y después a Harry, varias veces.
—Harry…, estos pelos son misteriosamente muy negros y rizados; sobre todo rizados.
Harry sonrió picaronamente a su audiencia. Ron tiró la caja al suelo con brusquedad.
—¡Pelos de los huevos! ¡Paso de beberme eso con pelos de sus huevos!
Todos comenzaron a cabecear y decir maldiciones; parecía que la idea de Harry no había cuajado. El pobre muchacho decidió enmendar su error en vistas de que su popularidad bajaba como la espuma. Se llevó la mano a la cabeza y se arrancó unos pocos pelos.
—Esto es una locura —comentaba Mundungus—. No hay ninguna necesidad de…
—¿Qué no hay ninguna necesidad? —gruñó Moody recogiendo los pelos que Harry le ofrecía y echándolos en la poción—. ¿Con Quien-tú-sabes campando a sus anchas y con medio ministerio en su bando? Tiene que tener hombres vigilando ahora mismo estos cielos; no creo que sea tan estúpido para fiarse por completo de sus fuentes. Lo único que podemos hacer es usar señuelos. Ni siquiera Quien-tú-sabes puede dividirse en siete.
—Discrepo —dijo Harry, pero guardó silencio ante la reprobatoria mirada de Hermione—. Retiro mis discrepancias alegremente.
Todos observaron la poción multijugos que sostenía Moody; había adquirido un color dorado, limpio y brillante. Harry se sintió orgulloso de su pura esencia.
—¡Oh! Estás mucho más apetitoso que Crabbe y Goyle, Harry —observó Hermione y Ron arqueó las cejas; entonces ella se sonrojó ligeramente y añadió—. Bueno, ya sabes a qué me refiero; la poción de Goyle parecía de mocos.
—¿Aunque está más apetitoso? —murmuró Ron, rojo como un tomate—. ¡Parece pipí de gato!
Harry abrió la boca para añadir algo, pero Moody lo calló con un gesto rudo.
—Muy bien. Que los falsos Potters se pongan en fila aquí.
Ron, Hermione, Fred, George y Fleur formaron una fila. Moody cogió de la chaqueta a Mundungus y lo empujó hacia ellos. Harry no comprendía su reticencia a transformarse en él; ¡debería estar encantado!
—Ya os lo dije, prefiero ir de escolta —protestó Mundungus.
—Cállate, aquí yo soy el que dice de qué vas —le ordenó Moody—. Como ya te he explicado, gusano asqueroso, si nos encontramos a algún mortífago, este intentará capturar a Potter. Quien-tú-sabes lo quiere vivo, así que los que corren mayor peligro son la escolta. A ellos si intentarán matarlos.
Eso no pareció tranquilizar a Mundungus, pero Moody ya les había pasado la poción para que se la bebieran. En cuanto tragaron la poción se pusieron a hacer muecas y dar boqueadas, y a continuación las facciones se les deformaron y les borbotearon como si fueran de cera caliente. A los pocos minutos había seis Potter.
—¡Vaya! ¡Somos idénticos! —exclamaron Fred y George.
—Pero si vosotros de todas formas sois idénticos —comentó Harry que no captaba del todo su humor.
Uno hizo un gesto de fastidio, y Harry notó que le quedaba de maravilla. Así que él hizo otro gesto de fastidio y sonrió.
—¡Bah! —dijo Fleur mirándose en uno de los espejos del salón—. No me migues, Bill. Estoy hogogosa.
—Estás precioso —le dijo Harry mosqueado; después una idea le atravesó los sesos—. ¡Ah! ¡No hagáis nada sexual con mi cuerpo!
Fleur, transformada en Harry, y Bill hicieron una mueca de asco ante semejante imagen. Harry se felicitó a sí mismo; era mejor prevenir que curar.
—Poneos esta ropa, es necesario —les ordenó Moody—. Y no os olvidéis de las gafas, podrían no reconoceros. Recordad lo que pasaba con Superman.
—Es cierto lo que dice —comentó Hermione obedeciendo con fervor—. Cuando Clark Kent se quitaba las gafas para transformarse en Superman nadie lo reconocía.
—Eso solo les pasa a los muggles —bufó Ron, aún molesto por el comentario de Hermione sobre lo apetitoso que era Harry.
Harry se sentía consternado viendo sus cuerpos desvestirse. Ahora comprobarían que no era para tanto de lo que había alardeado en numerosas ocasiones. Seguramente, si fueran sus cuerpos, no lo mostrarían con tanta tranquilidad.
—Ya sabía que Ginny mentía sobre lo de ese tatuaje —dijo Ron mirándose el torso desnudo—, y sobre lo otro, también.
Harry enrojeció. Intentó mirar a otro Harry y pensar en cosas bonitas, como leoncitos.
—Estupendo —murmuró Moody cuando por fin siete Harrys vestidos, con gafas y cargados con el equipaje se colocaron ante él—. Las parejas serán las siguientes: Mundungus viajará conmigo, en escoba…
—¿Por qué tengo que ir yo contigo? —murmuró el Harry que estaba más cerca de la puerta trasera.
—Porque eres el único del que no me fío —les espetó Moody, y con su ojo mágico, efectivamente, no dejó de observarlo mientras continuaba—. Arthur y Fred…
—Yo soy George —aclaró el gemelo al que Moody estaba señalando—. ¿Tampoco nos distingues cuando nos hacemos pasar por Harry?
—Perdona, George…
—¡Ja! Solo te estaba tomando el pelo. Soy Fred.
La arteria carótida de Moody pareció sufrir un hechizo inflamatorio, pues su tamaño aumentó en cuestión de segundos. Sacó su varita y apuntó al culo del Harry falso, completamente rojo por la furia.
—Te lo advierto, y esto va también para tu copia —otro Harry tragó saliva. Fred sintió la varita hincarse en su muslo—, dejad de inflarme las pelotas con vuestras memeces de bromas…
—¡Hombre, Moody, que son niños! —intervino un apaciguador Arthur.
—¡Pero si ya tienen pelos en los huevos! —comentó Ron divertido; nunca había visto a sus bromistas hermanos tan asustados.
—¿Queda claro? —prosiguió Moody en lo que parecía un gruñido; ambos gemelos asintieron con la cabeza—. Bien, bien. El otro, o sea, George irá con Remus. Señorita Delacour…
—Yo llevaré a Fleur en un thestral —se adelantó Bill—. No le gustan las escobas.
Fleur se puso al lado de su prometido y le dedicó una mirada sumisa y sensiblera. Harry suplicó que aquella expresión jamás volviera a aparecer en su cara; lo hacía ver afeminado y él era rudo y varonil. O al menos eso le gustaba pensar.
—La señorita Granger irá con Kingsley, también en thestral…
—¿Por qué no la llevo yo? —intervino Ron.
—¡Si tú eres otro Harry! ¿Cómo vais a ir dos Harrys en el mismo thestral? —le reprochó Moody—. Deja de decir tonterías, o te meteré este palito por tu ceñido culo.
Ron tragó saliva al igual que minutos antes lo habían hecho Fred y George. Hermione enrojeció bajo la apariencia de Harry, quien estaba harto de ver ese toque femenino en su rostro.
—¡Solo quedamos tú y yo, Ron! —exclamó Tonks, derribando un soporte de tazas al hacerle señas con la mano.
Ron intercambió una mirada de terror con el verdadero Harry.
—Y tú vienes conmigo, Harry. ¿Te parece bien? —dijo Hagrid con cierta aprensión—. Iremos en la motocicleta, porque ni las escobas ni los thestral soportan mi peso. Pero no queda mucho espacio en el asiento, así que tendrás que viajar en sidecar.
—Genial —dijo Harry con ironía.
Pero Harry no dejaba de pensar por qué si él era la pieza más importante de todos, iba con el más inepto y en un sidecar. Hagrid ni siquiera podía usar magia sin provocar un accidente, ni tenía varita (solo un estúpido paraguas rosa), y encima se veía a kilómetros. No comprendía nada de esa decisión.
—Creemos que los mortífagos supondrán que vas en escoba —explicó Moody—. Snape ya les habrá dicho todo sobre ti, así que irán a por los Harrys que vayan en escoba. En fin, faltan unos tres minutos para partir. ¡Vamos!
Harry recogió la mochila, la Saeta de Fuego y la jaula de Hedwig antes de reunirse con los demás en el oscuro jardín trasero. El resto ya estaban montados en sus escobas o thestrals, según quienes fueran. Hagrid estaba plantado junto a la motocicleta, con las gafas de motoristas puestas.
—¿Es esta? Pero… pero ¿no es la motocicleta de Sirius?
—Así es —confirmó Hagrid con satisfacción—. Y la última vez que montaste en ella cabías en la palma de mi mano, Harry. Y ese de ahí es tu sidecar, Arthur me ha ayudado a ponerle unas cositas muggles que te gustarán y te harán más ameno el viaje.
Arthur le hizo un gesto con un dedo y le guiñó un ojo. Harry se metió en su sidecar y, como si eso no fuera lo suficientemente ridículo, vio ante sí una placa bastante colorida con figuras en relieve de animales.
—Mira, Harry, si le das al pedro ladra; y si le das al gato, maúlla…, y así con todos los animales. ¡Hay diez!
Harry miró atónito la verde cabeza del cocodrilo y la marrón del caballo. ¿Cómo sabían que eso le iba a gustar? Vio que el Harry que acompañaba a Tonks sonreía; estúpido Ron, seguro que tenía celos.
—Aparte, Arthur me ha ayudado también para ponerle unos trucos asesinos a la moto, ya verás.
—Ten cuidado, Hagrid, te lo suplico. No quiero que le dé a Harry un ataque de epilepsia con el pequeño "juguete".
—¡Atención! —gritó Moody—. Todo el mundo preparado, por favor. Quiero que salgamos todos al mismo tiempo, o la maniobra de distracción no servirá para nada.
—Sujétate fuerte, Ron —le aconsejó Tonks.
Harry se fijó en que su amigo le lanzaba una mirada furtiva y culpable a Lupin antes de agarrarse con ambas manos a la cintura de la bruja. Remus movió los labios diciendo: "como toques demasiado…" e hizo un gesto como si se rebanara el cuello. Ron se puso pálido.
—¡Buena suerte a todos! —gritó Moody—. Nos veremos dentro de una hora en La Madriguera. ¡Contaré hasta tres! ¡Uno… dos… dos y medio… dos y tres cuartos… casi tres… TRES!
La motocicleta arrancó con un rugido atronador y el sidecar dio una fuerte sacudida. Comenzaron a elevarse ganando altura a cada minuto; cerca de ellos podía ver al resto, montados en sus escobas o thestrals. Harry, quien había estado aprendiendo los diferentes sonidos de los animales que tenía en la guantera de su sidecar, ni se había acordado de echar una última mirada al número 4 de Privet Drive.
De repente se vieron rodeados. Había al menos una treintena de figuras encapuchadas, aparecidas de la nada, que se mantenían suspendidas en el aire formando un amplio círculo en medio del cual los miembros de la Orden se habían metido sin darse cuenta…
De repente comenzaron a escucharse chillidos, gritos y maldiciones y contramaldiciones. Varios haces de luz verde pasaron cerca suya. Una inquietante y triste música comenzó a sonar de la nada. Era una banda sonora realmente conmovedora, que a cada segundo se iba incrementando.
—¡Oh, no! ¡La banda sonora! —exclamó Hagrid virando bruscamente.
—¿Qué significa? —le preguntó un Harry bastante nervioso.
—Es muy triste, eso es que la va a palmar alguien.
La motocicleta se puso boca abajo y Harry tuvo que sujetar la jaula de su lechuza y su mochila, antes de que Hagrid volviera a recuperar el equilibrio. La escoba cayó girando sobre ella misma. Al día siguiente la encontraría una viejecita muggle que simplemente la usaría para barrer; estúpida, sin saber que tenía en sus manos un objeto valorado por cientos de galeones.
Hubo un momento de cierto alivio, en donde los haces de luz parecían haber desaparecido. Sin embargo, la banda sonora seguía sonando, aún con más intensidad. Harry deseaba que cesara, pues no se veía capaz de contener las lágrimas. Le dio al perrito que tenía en la guantera, pero los ladridos de este no apagaron la melancólica melodía. Entonces un haz de luz verde atravesó el aire y dio en el pecho de la lechuza, que se desplomó en su jaula. La banda sonora llegó a su clímax y después se detuvo. Todo lo demás pasó a cámara muy lenta.
—¡No! ¡NOOOO!
Hagrid aceleró y Harry vio cómo los encapuchados mortífagos se dispersaban ante la motocicleta, que arremetía a toda velocidad contra el círculo que habían formado.
—¡Hedwig! ¡Hedwig!
—Está muerto, y ya saben que eres tú —rugió Hagrid acelerando más—. Acéptalo y sé fuerte.
—¡Eso lo dices porque no es Fang! —chilló Harry, enloquecido por la imagen del cuerpo inerte de su fiel mascota.
Pero apenas tenía tiempo de ocuparse en llorar, pues su vida pendía de un hilo. Para recordar a la lechuza, buscó en la guantera la figura de dicho animal, y la pulsó. Esta no dejó de ulular. Y Harry pulsaba sobre la figura una y otra vez; hasta que un haz de luz verde le rompió su juguete.
—¡Ya es suficiente! —chilló Harry, que se había derrumbado presa del dolor.
Se dio la vuelta y vio que dos personas caían de su escoba a toda velocidad.
—¡Tenemos que volver! ¡Da media vuelta, Hagrid! —gritó Harry sacando su varita y dejando la jaula con su lechuza entre las piernas—. ¡DA MEDIA VUELTA, HAGRID!
—Mi misión es llevarte allí sano y salvo, Harry.
Hagrid aceleró y por poco se libraron de dos chorros de luz verde; tenían cuatro mortífagos que lo seguían. El guardabosques hizo un peligroso viraje, pero no detuvo a los mortífagos, quienes les lanzaban maldiciones asesinas. Harry se acurrucó en su sidecar y los apuntó gritando "Desmaius", lo que ayudó un poco en la huida, pues retuvo a los mortífagos.
—¡Sujétate, Harry! ¡Se van a enterar! —rugió Hagrid y pulsó un botón de la motocicleta.
De repente un sonido dulce y pasteloso rajó el aire. De la motocicleta no dejaba de salir la típica voz que salía de cualquier oso amoroso: "Te quiero, te quiero, te quiero". Los mortífagos se detuvieron para taparse los oídos con fastidio.
—¡No escuchéis! ¡Es el amor! ¡Tapaos los oídos! —ordenaba el más corpulento de todos.
Hagrid aprovechó el momento para acelerar más aún. A medida que iban pasando los segundos, la frase pastelosa se iba apagando. Harry vio a lo lejos que los mortífagos recuperaban fuerza, y reanudaban la marcha tras ellos. Hagrid los vio venir por el retrovisor y pulsó otro botón.
—Arthur me avisó de que solo accionara este en caso de emergencia.
De repente de la moto empezó a emanar el sonido fuerte y molesto de besos. Los mortífagos no lo resistieron, y dos de ellos cayeron al vacío. Harry recuperó fuerzas y comenzó a lanzarle hechizos ahora que estaban débiles; consiguió derribar a dos pero no sirvió de mucho, porque de lejos observó que venían más como refuerzo.
Una de las maldiciones de los mortífagos chocó contra el sidecar, que empezó a oscilar amenazadoramente: la pieza que lo sujetaba a la motocicleta se había rajado debido a la fuerza de la maldición y las aceleraciones de Hagrid.
—¡No pasa nada, Harry! —gritó el guardabosques, sacando del bolsillo de su chaqueta su paraguas rosa—. ¡Yo lo arreglaré!
—¡No, Hagrid! ¡No! ¡Déjame a mí! —le rogó Harry con lágrimas en los ojos.
—¡REPARO!
Se oyó un estallido ensordecedor y el sidecar se soltó por completo. Harry sintió que caía a todo velocidad, y perdía altura a cada segundo… Sintió ganas de lanzarle un avada Kedavra a Hagrid; pero finalmente organizó sus prioridades y apuntó al sidecar con su varita.
—¡Wingardium leviosa!
El sidecar se elevó como si fuera un corcho; aunque no podía dirigirlo, al menos no caía al vacío. Sin embargo, solo tuvo un instante de respiro, porque los mortífagos se le echaron encima.
—¡Ya voy, Harry!
Hagrid se acercó a él a toda velocidad, Harry apuntó a sus perseguidores y les lanzó un impedimenta de la casa, made by Potter. Finalmente Hagrid lo alcanzó y le tendió la mano, a la cual se agarró Harry, pues la vida le iba en ello, y se sentó detrás del guardabosques. Escupiendo sangre por la lucha librada contra los mortífagos, apuntó al sidecar y gritó:
—¡Confringo!
Y este explotó en mil pedazos, con Hedwig dentro. Harry se sintió terriblemente desgraciado; sin embargo la explosión sirvió para tirar de su escoba al mortífago más cercano.
—¡Lo siento, Harry, lo siento! —gimió Hagrid—. No debí intentar repararlo yo mismo… Ahí no tienes sitio…
—¡No pasa nada! ¡Sigue volando! —le gritó Harry al ver que otros dos mortífagos surgían de la oscuridad y se les aproximaban.
Mientras Hagrid manejaba la moto a toda velocidad, Harry se encargaba de la defensa lanzando hechizos y contramaldiciones a diestro y siniestro. Gracias a la luz de uno de los rayos, distinguió el rostro inexpresivo de Stanley Shumpike, Stan.
—¡Es él! ¡Es él! ¡Es el auténtico!
Harry no comprendía en qué podía diferenciar tal cosa si en ese mismo instante había siete Potters con idéntico aspecto surcando el cielo. De repente los mortífagos parecían haber desaparecido ante el desconcierto de Harry.
—¡Me parece que los hemos despistado, Harry! ¡Lo hemos conseguido! —gritó Hagrid.
Pero Harry no confiaba en el guardabosques, y menos después de su última torpeza que casi le cuesta la vida. ¿Por qué se habían retirado?
—¡Ya estamos llegando, Harry! ¡Casi lo hemos logrado! —exclamó Hagrid.
—¡No grites mi nombre! ¡Llámame "princesa Disney"! Normal que nos hayan descubierto… —resopló Harry con fastidio.
Hagrid hizo un puchero y comenzó a descender; entonces un horrible dolor en la cicatriz invadió a Harry. En ese momento aparecieron dos mortífagos, uno a cada lado de la motocicleta, y dos maldiciones asesinas desde atrás pasaron rozándolo.
Y entonces lo vio: Voldemort volaba como el humo en el viento, sin escoba ni thestral que lo sostuviera; más chulo que un ocho en su nube negra de humo maligno. Su rostro de serpiente destacaba en la oscuridad y sus lechosos dedos volvían a levantar la varita…
Hagrid soltó un chillido de pánico y lanzó la motocicleta en un descenso en picado. Harry se agarró con todas sus fuerzas mientras no dejaba de lanzar hechizos aturdidores.
—¡No es suficiente! ¡Estamos perdidos! —chillaba un histérico Hagrid sin parar de acelerar.
—¡Te quiero, te quiero, te quiero! —gritó Harry en un último esfuerzo.
Voldemort puso una mueca de asco, pero nada más. Las amorosas palabras de Harry no le impidieron lanzar más maldiciones asesinas. Harry sentía que iba a morir, el dolor de la cicatriz era abrasador; y es que al niño que sobrevivió no le dolía dicha cicatriz cuando cambiaba el tiempo, sino que solo le ardía de esa forma cuando Voldemort estaba cerca. Un encapuchado montado en una escoba llegó a escasos palmos de él, levantó un brazo y…
—¡NO!
Con un grito de furia, Hagrid soltó el manillar y se abalanzó sobre él, cayendo al vacío hasta perderse de vista en la inmensidad de la noche. Harry seguía en la motocicleta, la cual seguía cayendo en picado.
—¡Ya es mío! —gritó Voldemort.
El dolor de la cicatriz obligó a Harry a cerrar los ojos y entonces su varita actuó por sí sola. Percibió que esta tiraba de su mano, como si fuera un potente imán; vislumbró una llamarada de fuego dorado a través de los entrecerrados párpados y oyó un estruendo y grito de rabia.
"Chúpate esa, Voldy" pensó Harry, pero no se atrevió a decir nada al escuchar el furioso grito del señor Voldemort. Harry se agarró a la motocicleta, que se precipitaba cada vez a mayor velocidad, y gritó:
—¡Hagrid! ¡Accio Hagrid!
La motocicleta acelero aún más, atraída por la gravedad; una especie de magia muy poderosa que descubrió Isaac Newton. Con la cara a la altura del manillar, Harry solo veía luces ajenas que se acercaban más y más. Oyó otro grito a sus espaldas…
—¡Tu varita, Selwyn! ¡Dame tu varita!
—¡No! ¡Sé que no me la devolverás! ¡Lo mismo hiciste con Lucius Malfoy!
Voldemort lo mató y tomó su varita. Harry sintió su presencia incluso antes de verlo. Siempre tuvo ese extraño radar voldimiano que le hacía adelantarse a sus movimientos. Miró de refilón, y vio los rojizos ojos de su enemigo y tuvo la certeza de que sería lo último que viera…
Pero de pronto este se desvaneció. Harry miró hacia abajo y vio a Hagrid tumbado en el suelo con los brazos y las piernas extendidas. El muchacho tiró con todas sus fuerzas del manillar para no chocar contra él y buscó a tientas el freno, pero se estrelló en la ciénaga con un estruendo desgarrador, haciendo temblar el suelo.
"Perdóname Rowling, tú que estás en tu mansión jugando con mi destino; pero que no esté muerto. Yo no le deseaba la muerte, de verdad, cuando por su torpeza casi muero. Lo deseé de mentira. Te lo juro."
"¡Ah! Y mi esencia multijugos no parece pipí de gato."
¡Voilà! Espero algunos de vuestros reviews, he sudado snagre y tinta para acabarlo para esta noche. ¡No siempre se está inspirada!
Los reviews son como las ramitas de las escobas voladoras; están ahí y son pequeños comparados con el palo; pero sin ellos, la escoba no vuela.
Explicación para Harry y los menos avispados: si llegáis hasta aquí, me complacería mucho saber vuestra opinión y os estaré eternamente agradecida.
He tardado también más en actualizar porque he subido una serie de viñetas sobre los Black (no comedia ni parodia), así que andaba con lo otro...y aquí a ratos me quedo muy atascada, por seguir tan fiel el original, supongo.
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