Capítulo 4: The fighting spirit
- Kôji...
Takuto siguió llamándole subiendo gradualmente la modulación, hasta que la poca paciencia que le quedaba se evaporó. Se sentó en el sofá junto al cuerpo yaciente del vocalista, el cuál seguía sin inmutarse pese a los estímulos.
- ¡Kôji! – insistió, consiguiendo que él frunciera el rostro, evitando la claridad.
- Sólo un poco más... – murmuró.
Ya que no sabía cómo seguir excusándose ante las personas que en el jardín esperaban, actuó tajantemente derramándole por encima el agua que había traído consigo, esperando no tener que recurrir a ella.
Él se sobresaltó por el frío que invadió cara y parte de su ropa. Tenía los sentidos adormilados y una resaca digna de ser pasada entre sábanas lo que restaba de jornada.
- ¿Por qué tanta prisa? Iré a la habitación – rezongó.
Izumi negó, secándole las gotas que le bajaban por la barbilla.
- Espabílate. Tu hermana llegó de madrugada, y tu sobrino hace apenas dos horas. Tenéis cosas de las que hablar.
- Genial. Justo lo que me faltaba.
Suspiró, poniéndose en pie. La cabeza le daba vueltas y su aliento le delataba, mas no era motivo suficiente con el que conseguir retrasar la comparecencia.
- Mejor ni pregunto qué estuvisteis haciendo anoche – añadió Takuto colocando las manos sobre su espalda para empujarle hacia la puerta -. Por cierto¿qué es eso que hay en la bolsa?
- Nada. Ya lo verás – respondió en alusión a sus regalos, los cuáles serían desvelados en momento oportuno.
Cuando salieron juntos al jardín la luz era tan intensa que dolía. Hacía un sol espléndido situado en su cenit, aprovechando los presentes para disfrutarlo en la piscina. Shibuya y Yûgo jugaban con Hideki introducidos hasta la cintura, y Serika les observaba desde el bordillo.
- ¡Buenos días, o tardes! – saludó Katsumi, ya repuesto del exceso de alcohol tras una buena dosis de cafeína y actividad.
Kôji desvió su atención hacia los bancos que habían instalado junto a la plataforma. El recinto de madera blanca era de forma romboidal, compuesto de finas tablas entretejidas en exquisito diseño. Un atril aguardaba al juez que oficiaría la ceremonia, y el pasillo formado por los asientos prolongaba el sendero de baldosas que conducía hasta la casa.
La armonía del conjunto únicamente se rompía con el componente humano, representado por tres ramas de un mismo árbol genealógico.
Anduvo a paso lento y firme, como si estuviese practicando el ritmo adecuado hacia el altar. Nadeshiko y Tatsuomi se incorporaron, y alejado un par de metros Hotsuma vigilaba, expectante, discreto y fiel como correspondía.
La analizó primero a ella. No había cambiado demasiado con respecto a la imagen que recordaba. Tal vez el brillo de sus ojos se había endurecido y las primeras líneas de expresión surgidas alrededor de los labios indicaban que ya no era una niña, pero su esencia permanecía intacta.
En cuanto a él, era justo lo que esperaba encontrar: un metro ochenta de esbelta solidez, mirada inteligente y desproporcionadas manos de espadachín. Un calco de su abuelo y su padre... un calco de sí mismo, aunque a la vez genuino.
- Hermano, cuánto me complace verte – dijo ella rompiendo las distancias para abrazarle como en la noche en que quedaron huérfanos.
La dejó hacer sin moverse, limitándose a permitir que sus finos brazos le rodearan mientras aguardaba a escuchar lo que la ahora grave voz del joven tenía que decirle.
- Voy a cumplir mi promesa, tío Kôji – expuso al fin -. Interpreto por tanto este contacto como una muestra de aprobación.
A lo lejos Takuto les observaba. Parecían tres esculturas pálidas y frías como el mármol luchando por mantener su puesto en el panteón, dispuestas a arremeter en cualquier instante contra las demás.
Yûgo se percató de su gesto preocupado, alongándose sobre el bordillo para tirarle de la mano.
- ¡Entra! Se está muy bien aquí.
Dado que poco más que esperar podía hacer, no se hizo de rogar. Dejó la camiseta sobre el césped y se metió descendiendo por la escalerilla, chapoteando torpemente para hacer reír al niño.
Ajenos a la discernida fiesta acuática, los Nanjo se enzarzaban en un cruce de declaraciones y acusaciones acalladas con los años y las circunstancias.
- ¿De qué estáis hablando? – preguntó Nadeshiko, soltándose para mirar a su hermanastro.
- Creí haberte dejado claro que no me interesa lo que vayas a hacer. Si os he invitado ha sido por cortesía. O hipocresía, como prefiráis llamarlo.
Ella apretó los puños, tratando de unir todos los cabos sueltos que gracias a la conversación matutina con Tatsuomi había vislumbrado. En dos horas se había puesto al tanto de un lustro de sucesos consecutivos.
- ¿Os referís al legado? – volvió a preguntar.
Dado que no respondían, perdió la compostura. Adoptó una pose intimidante, todo lo contrario a lo que la dulzura de su nombre y semblante inspiraba.
- ¡Estoy harta de que se me deje al margen de las artes de la familia¡Yo fui la décimo tercera heredera, tengo derecho a conocer la verdad!
Kôji respondió palabras gélidas, cortantes como una estaca de hielo.
- ¿Qué verdad quieres saber¿Qué padre era un déspota que ignoró tu potencial por ser mujer¿Qué tu sobrino no dudó en cobrarse la vida de Hirose con tal de "restaurar" la tradición?
- ¿Y qué hay de ti? Eras un genio, todos lo decían, pero lo rechazaste. Fuiste un egoísta¿sabes cuántos de nosotros soñábamos con ocupar tu lugar?
Nadeshiko cerró los ojos, uniéndose las frondosas y oscuras pestañas al perfilarse dos líneas negras en su rostro.
- Lo único que quiero es que haya justicia.
Su hermano le elevó la barbilla con los dedos para que volviera a mirarle.
- ¿Conoces la leyenda del tío Sôji?
Ella dudó unos segundos, procediendo Tatsuomi a aportar información.
- Él y Ryuichiro estaban llamados a ser los siguientes en el dôjo. Pero Sôji sentía que era un estorbo para la brillante trayectoria del mayor... así que en el combate de espadas celebrado para elegir al heredero, voluntariamente perdió su brazo izquierdo para asegurar que Ryuichiro obtendría el puesto y la gloria.
- ¿Se sacrificó por él? – musitó Nadeshiko.
Kôji acercó la tez a la suya, consiguiendo que la conversación se cerrara en torno al íntimo perímetro que demandaba.
- Si tanto anhelas esa justicia, esfuérzate por romper los tabúes y conseguir lo que buscas. Yo me he pasado toda mi vida luchando por algo tan simple como poder casarme con la persona a la que amo. ¿Te parece eso justo?
Nadeshiko negó. Entonces, cuando él acarició lentamente su mejilla, percibió que el tacto de su mano no era normal. Estaba fría y áspera, inusualmente dura. El corazón le dio un vuelco cuando supo por qué.
- Padre volcó sus frustraciones en mí. La similitud entre nuestros nombres no es lo único que Sôji y yo tenemos en común.
Ella tomó la extremidad artificial. Al tratar de añadir algo al respecto, Kôji se lo impidió.
- No quiero tu compasión, ni que sientas lástima. Él perseguía la felicidad de padre asegurándole el patriarcado de la familia. Yo ansiaba lo que ahora tengo, era la única vía de librarme de la obsesión de Hirose por ver cumplido el testamento. Tuve la oportunidad de elegir, y tú la tienes ahora. Nada te impide empuñar la katana.
Tatsuomi, sin embargo, no mostró demasiado entusiasmo ante eso último.
- El nuevo dôjo abrirá sus puertas inminentemente. Puedo tomarte como alumna si lo deseas.
Su tía se volvió hacia él, incrédula.
- ¿Yo, tú alumna? No me hagas reír, te supero en edad y habilidades. Ya dominaba el arte del arco cuando no eras más que un mocoso.
- Observé tus entrenamientos durante mi niñez. Nunca te aplicaste, si bien reconozco tu fina puntería. Darte el rango de maestro sin tener garantías de tu entrega es una ofensa – afirmó con dureza.
- ¡Por respeto a Hirose y su decisión, ni se te ocurra afirmar algo así!
Y mientras ambos proseguían aquel acalorado diálogo, Kôji permanecía rígido, procesando los matices de la cíclica historia que volvía a perseguirle. Era como si el fantasma de Ryuchiro se empeñara en velarle, no dejándole tranquilo hasta que accediera a su voluntad, aunque fuera de forma transitoria.
Tenía razones de peso para hacerse cargo del asunto de manera inmediata. Quizás así se libraría del lastre, y al mismo tiempo evitaría que la frágil paz transformara a sus únicos familiares en un obstáculo para la nueva época que estaba a punto de comenzar.
Así que tomó aire profundamente y acalló la discusión, lanzando un bramido que heló incluso a los que charlaban en la piscina, volviéndose todos en dirección al grito.
- ¡Ya basta! – rugió -. Aquí el único que ha recibido formalmente el título de Heredero he sido yo, así que vais a obedecerme.
Aplacó la gallardía de Tatsuomi encarándole, tratándole con una franqueza carente de adornos.
- Tuya ha sido la iniciativa y por tanto serás el encargado del porvenir del dôjo, pero si quieres que te sobreviva deberás delegar en otros parte de la enseñanza.
- ¿A qué te refieres? – se atrevió a formular.
- Se puede dividir el Shinkageryû en tres vertientes: el arco, la espada y la lucha cuerpo a cuerpo. Tuviste un maestro mediocre, pero has superado esas carencias con instinto y trabajo.
A continuación se dirigió a ella.
- En cuanto a ti, nunca te he visto en acción, pero si te cedieron el legado sólo puede significar dos cosas: o que Hirose estaba realmente desesperado, o que escondes algún tipo de cualidad.
Por último clavó la dura mirada en el guardaespaldas, el cuál no le quitaba ojo de encima.
- Tú¿tienes intención de unirte a la Escuela?
Hotsuma buscó primero la aprobación visual de Tatsuomi, y tras ello respondió enérgicamente.
- Sí, señor.
No necesitó oír nada más. Malhumorado por verse obligado a adoptar el papel que siempre despreció, Kôji se dispuso a volver a la casa no sin antes anunciar los pasos pertinentes.
- Al atardecer se celebrarán tres combates, uno por cada disciplina. Yo me encargaré de arbitrar y juzgar los resultados. Una vez hecho os asignaré a cada uno la responsabilidad de tomar las riendas de aquélla en la que más duchos seáis. Y que os quede bien claro: será lo último que haga con respecto a las artes. Al igual que tolero que deseéis resurgir el dôjo, respetad vosotros mi postura.
Nadeshiko inclinó la cabeza en una reverencia, haciendo lo mismo los otros jóvenes. Había soñado durante años con esa oportunidad, demostrar su valía sobre el tatami pudiendo perpetuar el linaje tal y como prometió.
En cuanto a Tatsuomi, necesitaba algo más de tiempo para que su juventud aceptara la propuesta como lo más lógico, y asimilar que su proyecto se sostendría mejor en una base pluripersonal.
- Tío Kôji, sólo impongo una condición.
- ¿Cuál? – quiso saber.
- Que si soy merecedor de ello, seas tú el que me nombre ceremonialmente Heredero.
En lugar de darle respuesta, se alejó con dirección a la entrada de la cocina. Takuto se apresuró a secar su cuerpo con la toalla más próxima a medida que trataba de alcanzarle, consiguiéndolo en la escalera que conducía a la habitación de ambos.
- ¿Qué ha pasado?
- Acompáñame, necesito despejarme.
Una vez en el dormitorio Kôji cerró la puerta y se metió directamente en el cuarto de baño, desvistiéndose y abriendo el grifo de la ducha.
Takuto se cruzó de brazos, mirándole a través de la moderna mampara transparente.
- ¿Y bien?
- Este es el único lugar en el que podemos tener algo de intimidad. Odio que haya tanta gente alrededor.
El futbolista no le tomó el comentario en cuenta, sabía que cuando algo le afectaba solía decir cosas no demasiado agradables. Acabó por despojarse del bañador empapado que le cubría, recibiendo la tibieza del agua a presión.
- ¿No vas a decirme nada? El grito que has pegado se ha oído en todo el vecindario – expuso con tranquilidad mientras dejaba caer sobre su mano un poco de champú y le enjabonaba la melena.
Anestesiado por lo sedante de sus dedos, el vocalista apoyó la espalda en los azulejos y le rodeó con los brazos la cintura.
- Nadeshiko también quiere intervenir en el Shinkageryû. Si no establezco límites acabarán por matarse entre ellos.
Takuto quiso morderse la lengua para no decir lo que pensaba, pero dado que no era un secreto, acabó por soltarlo.
- ¿Y desde cuando te importa tanto que lo hagan?
- Me resbala, pero podría implicar que la nueva generación vuelva a las andadas. Han aceptado los combates, así que parece que me tienen algo de respeto, o de miedo. En todo caso lo mismo da, el resultado será idéntico.
Izumi le indicó que cerrara los ojos, descolgando la alcachofa del grifo para retirar la fragante espuma.
- ¿Cómo que combates?
- Se enfrentarán entre ellos y yo los arbitraré. Así decidiré quién será el maestro en espada, arco y lucha.
Cerró el agua y dejó el grifo en su base, mirándole fijamente con esos iris oscuros que tanto le maravillaban.
- Nada de sangre, Kôji.
- No la habrá, te lo prometo. Ellos son iguales que Hirose y Akihito: cuando el patriarca estaba vivo y sabían que si alzaban un dedo contra él estaban perdidos, le obedecían ciegamente. En el fondo sólo necesitan que alguien les guíe, no creo que supongan una amenaza.
Entonces, y tras guardar unos segundos de meditativo silencio, el cantante pronunció con aplomo una frase que despertó la risa del otro contrayente.
- Oh, Dios... me he convertido en mi padre.
- He oído que todos los hombres dicen eso al menos una vez en la vida.
- Ni de coña. Si vuelvo a hacerlo tienes permiso para tirarme por la ventana.
- Con lo que pesas no podría levantarte del suelo – respondió, acabando él también por completar el ritual de limpieza.
Kôji sonrió, abrazándole y disfrutando del resbaladizo contacto.
- No sabes qué ganas tengo de que sea mañana por la noche – susurró sensualmente al oído.
Escabulléndose para que las tres semanas de castidad no se fueran a pique en víspera de la boda, Takuto se las ingenió para salir intacto de la ducha.
Tal vez por compensar la "hostilidad", o por tener un guiño de sana maldad con él, se cubrió las caderas con otra toalla seca y le miró fijamente al salir al dormitorio para vestirse, aprovechándose de ser el centro erótico de su devoción.
- Yo también.
- 2 -
La mayor tienda especializada en artes marciales de Londres confirmó, mediante rapidez y profesionalidad, las razones por las que tenía dicha fama. El reloj acababa de marcar las seis cuando los operarios colocaron el último panel del tatami, instalado en el poco terreno del jardín que no había sido ocupado por los preparativos del enlace.
Yûgo, Katsumi y Serika, con el niño sentado en su regazo, ocuparon sus puestos de espectadores a un lado del panel. Takuto hizo lo mismo situándose a su derecha, templando el nerviosismo de su perro con sendas caricias en el cráneo y palabras suaves. Seguramente Titán era el que mejor olía la tensión del ambiente.
Al fin hicieron aparición. Los tres aspirantes vestían sendos trajes de entrenamiento, de pantalón amplio y negro rozando los tobillos, pies descalzos y kimono blanco sujeto con un sofisticado nudo del cinto.
Se colocaron en el borde del tatami, aguardando a que la autoridad del mismo se presentase.
Permanecieron inmóviles con la vista al frente, escuchando los pasos de Kôji a sus espaldas. Éste vestía de igual forma, habiendo atado su cabello en una cola alta que le confería aspecto de antiguo samurai. Llevaba dos espadas de madera de punta redonda, un arco y el correspondiente montón de flechas. El panel había sido depositado a quince metros del tatami, y al sentarse de rodillas sobre el mismo, dispuso el instrumental paralelamente a su posición.
Nadeshiko, Tatsuomi y Hotsuma pidieron permiso para entrar, obteniéndolo según los estrictos protocolos del milenario código. Adoptaron la misma postura que él y esperaron recibir nuevas indicaciones.
Kôji repitió el procedimiento que durante años vivió día a día, con cada amanecer que penetraba en las instancias de madera donde creció. A su mente acudieron ecos de los textos que se recitaban, y los ruegos a antepasados que no conocía, los cuáles siempre ignoró aunque sus labios se movieran solos para evitar los desagradables reproches adultos.
No hubo cánticos ceremoniales y juramentos a la tradición, tan sólo lo que creyó estrictamente primordial.
- Como legítimo Heredero de los arcanos, estimo que quien primero ha de ganarse actuar bajo el amparo del Shinkageryû es aquél que por derecho natalicio no pertenece a él.
El joven Kurauchi comprendió que se le estaba mencionando. Se puso en pie, asignándole el árbitro un adversario con el que poder comprobar simultáneamente el poderío de dos solicitantes.
- Nadeshiko, sírvete del Bûdo y muestra qué te hace pensar que mereces el puesto.
Ella asintió, concentrada. Se incorporó y tras colocarse ambos frente al otro mostraron sus respetos. Kôji golpeó el tatami con el puño, dando la señal.
Ambos contrincantes se estudiaron antes de buscar el ángulo por el que entrar. Hotsuma, alto y flexible, le agarró con una llave de judo y la tumbó valiéndose de un traspiés. Pero Nadeshiko, mucho más menuda y ligera, hizo que el cuerpo del chico quedara desplegado encima de sí, dejando que colocara las piernas entre las suyas.
De un rápido movimiento las enredó, separándolas hasta el límite de su elasticidad para que él se viera forzado a lo mismo hacer. Le tomó de las muñecas y las colocó a su conveniencia, rotando sin esfuerzo y cambiando las tornas, quedando ella tumbada sobre el joven y sentándose en su cintura con el dedo pulgar presionando la yugular.
Kôji elevó el brazo hacia la posición en el tatami desde la que había salido su hermana, dictando que ella era la vencedora.
- De haber tenido un arma punzante, ya estarías muerto – sentenció.
La chica se levantó secándose el sudor de la frente, sin poder ocultar una fiera sonrisa de satisfacción, provocando que su rival saliera con mayor ahínco al segundo encontronazo. Esta vez fue Nadeshiko quien agarró primero, tirándole del brazo hasta que Hotsuma rodó elegantemente de una pirueta, tomando impulso para arrastrarla a ella y desestabilizarla, obligándole a apoyar las manos en el suelo.
Ambos emitían pequeños gritos inconscientes por el esfuerzo y la bravura con la que medían cada movimiento. Los Izumi, asombrados, contemplaban la escena, mientras que Katsumi aguardaba al final, habiendo presenciado esa magia arcaica en la única visita que hizo a la desaparecida mansión.
Kôji registraba cada técnica y amago reactivo. Ambos eran excelentes estrategas, sabían adelantarse y sacar provecho de la fuerza rival para utilizarla a favor.
Tras cinco combates supo que no podía decantarse, y que la siguiente prueba sería determinante para desempatarles.
- Tatsuomi, toma el arco – ordenó.
Ellos, respirando a grandes bocanadas, hicieron otra reverencia y volvieron a sus puestos. El joven Nanjo colocó el estilizado instrumento a la altura correspondiente, encajando la flecha en la obertura.
Su cuerpo se tensó al compás de la cuerda, soltándola y permitiendo que silbara el aire. La punta de metal se clavó cerca del diminuto objetivo rojo. Iba a tomar una segunda flecha cuando el cantante insinuó que no haría falta.
- Tu turno, Hotsuma.
Él tomó arco y flecha de manos de su protegido. Haciendo gala del antecedente que en Shigi había tenido, su disparo fue preciso, acercándose unos milímetros más al centro que Tatsuomi.
Fue allí donde Nadeshiko dejó claro su talento, con el que había dejado atónico al tribunal años atrás. Se tomó la libertad de no sólo disparar varias flechas, sino que lo hizo en movimiento. Grácil como una gacela, se transformó en una mortífera amazona contemporánea que no se permitía el lujo de fallar un disparo.
Kôji se acercó al panel, comprobando sin emoción que todas habían acertado. Era obvio que ese puesto estaba decidido; por tanto, sostuvo las dos espadas por la punta, desplegando las empuñaduras hacia los extremos.
- Nadeshiko, no hay rival para ti en el arco. Aunque puedas llegar a tener destreza en la esgrima, encomendarte otra función sería despreciar tu talento. La enseñanza de la espada se decidirá entre ellos.
La guerrera asintió. Contrariamente a lo que había creído, no se sintió ofendida o dolida por el dictamen. Saber que esta vez obtendría parte del verdadero legado, convirtiéndose en la primera mujer Nanjo que tendría alumnos a su cargo, le enorgullecía.
Volvió a sentarse a la usanza detrás de Kôji, preparada para disfrutar del enfrentamiento y conocer el estilo de sus dos futuros compañeros.
Tatsuomi y Hotsuma, destinados el uno al otro, unidos por un juramento irrompible, se transformaron en leales espadachines que buscaban superarse para ofrecer lo mejor de sí mismos, explotando al máximo las posibilidades creativas.
A la señal arbitral, el chasquido seco de la madera precedió las miradas ardientes y las mandíbulas apretadas. Avanzaban y retrocedían encadenando golpes por debajo y encima del tronco, presionando con fuerza hasta que los músculos de los brazos temblaban. Por lo general, aquellos eran combates fugaces, de uno o dos movimientos en los que se veía rápidamente al derrotado, pero tal era la pasión demostrada que nadie, en especial el jurado, hizo ademán de detenerles.
Hotsuma había aprendido a su lado y conocía la metodología emprendida, pero Tatsuomi tenía una facilidad rabiosa para dejar al rival sin escapatoria, ahogando sus contraataques hasta encontrar un punto por el que sentenciarle.
De una estocada le golpeó una muñeca, consiguiendo que su íntimo amigo soltara la empuñadura en un acto reflejo. Apoyó la punta de la espada en el hueco de sus clavículas, obligándole por el dolor a caer en el tatami a merced, con el pecho convulsionándose y el torso cubierto de una pátina salada.
Permanecieron así varios segundos. Nadeshiko continuó impasible, Takuto admiraba el porte de Kôji en un avatar que nunca antes le había visto, Katsumi y Serika explicaban a su hijo lo que había visto con su fácilmente impresionable perspectiva del mundo, y un último figurante contemplaba, con los labios entreabiertos de fascinación, la figura de fábula del joven Heredero.
Mientras Kôji pasaba el testigo a su sobrino, entregándole simbólicamente la espada que representaba los arcanos, Yûgo conservaba en las retinas la danza que a su parecer Tatsuomi había bailado: la fuerza de sus gestos, su belleza y el arraigado vigor con el que manejaba el arma... Casi sin darse cuenta el color acudió a sus mejillas.
La ceremonia finalizó, y por desgracia su fijación no pasó inadvertida. Se estremeció al sentir que Hotsuma le atravesaba con la mirada, gritándole en un lenguaje mudo que ni se le ocurriera tocarle.
En lugar de ceder al pulso, Yûgo arremetió. Si algo había aprendido de su idolatrado hermano, era que la vida debía afrontarse sin temor. Se preguntó si la obsesión por emular a Takuto que desde pequeño tenía también iba a alcanzarle en esa faceta de su existencia... dejándose atrapar por las redes abrasadoras de un Nanjo.
