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Ayer leí el manga Goth (si tienes menos de trece... no lo leas, damn) y estuve alucinada como media hora. Me gusta Yoru :3 es mona. Y la parte de las manos es muy enferma, y Kamiyama es, er, guapo con sangre en la cara... Eso es raro pero en el manga sólo se veía una mancha negra, así que está bien. Pero como la obtuvo es asqueroso. Yo le sacaría las tripas a alguien que me hiciera algo así (pero él... bueno, digamos que es un círculo vicioso) y si no leyeron Goth no me entenderán. En fin.
No lo lean.
Estoy chiflada con el opening de Fullmetal Alchemist: Brotherhood. Y me gusta mucho más este, aunque todavía no lo termino (bueno, tengo una vida ocupada). Pero escuché el opening tantas veces que ya me lo sé de memoria. Al principio vi a Hohenheim y estaba como WTF QUÉ ES ESTO pero después capté (?).
Eso me enseñará a leerme los mangas.
PD: La cosa de la enfermedad es verdad. No tengo nada en contra de las religiones de la India, porque de todos modos soy agnóstica. Santa Claus rlz, y lamento que Eriol salga tan poco. Este capítulo es muy histérico y hay muchos diálogos. Sorry.
Nevermind
«No tenemos una relación dominante,
es sólo que es complicada»
III
«Si quiero la maldita cosa, me la das»
Shaoran Li era tan imbécil que nunca se le había ocurrido la brillante idea de comprarse un amigo. Pero, mientras miraba la camiseta del supuesto estúpido que ocupaba el supuestamente honrado lugar, en donde se leía «El dinero siempre lo consigue», se dio cuenta de que tal vez, sólo tal vez, una mirada suplicante y un tono de voz decaído podrían ablandar a su madre.
Cuando estuviera en condiciones de verlo, por supuesto.
No es que hubiera hecho algo especialmente malo. Montones de futuros herederos de enormes dinastías dejaban embarazadas a sus novias de dieciséis años. Era el pan de cada día. Y bien, Sakura no estaba siendo una perra sobre eso pasado el shock inicial. ¿Por qué tenía que serlo su madre?
Está bien. Su madre siempre era... uh... eso.
—Deberías haberte cuidado, Shaoran —dijo Eriol—. Todo es tu culpa ahora, jodido caliente.
Sintió que la cara le ardía.
—Creo que en realidad no deberías hablar así —dijo, todo lo mordaz que pudo—. No estoy siendo exagerado si digo que, de no ser porque existen los preservativos, tu estarías aún peor que yo.
—Pero no lo estoy —declaró engreídamente—. ¿No me envidias?
Le dio una patada.
—¿Por qué no le haces un favor al mundo y te mueres?
—Sería un desperdicio. ¿Qué culo mirarían las chicas en el bus?
—El de Santa Claus. Lárgate ya. Tengo que ir a llevarle a Sakura lo que me pidió.
—¿Qué? —inquirió Erio, sonando horrorizado—. ¿El de Santa Claus? ¿El estúpido viejo gordo en traje rojo? Por favor. Ni siquiera le gusta a mi tía Yuka.
—Tu tía Yuka es esquizofrénica.
—Sí. Dice que habla con Budha.
Shaoran pensó sobre ello.
—Espera. Pensé que ella estaba en aquella... uh... «Casa de Descanso»...
—Seguro —admitió Eriol, mientras se detenían frente a la casa de Shaoran—. Es asquerosamente divertido ir a verla. Hey, ¿Sakura está aquí?
—Sí —contestó Shaoran—. Duerme la mayoría de las veces aquí ahora. Mi mamá insistió, luego de despertar. Y abofetearme. Y abrazar a Sakura. En ese orden.
—Ya —dijo Eriol incrédulamente. Lo miró enarcando las cejas—. ¿Y la dejan aquí, como si nada?
—¿Qué otra estupidez podríamos hacer? —replicó Shaoran razonablemente, encogiéndose de hombros.
Eriol se marchó luego de comentarle que tal vez debería llevar a Sakura a ver a su tía Yuka. Dijo que la animaría. Shaoran no se molestó en fingir la típica sonrisa para salir del paso. «Cuando el infierno se congele», le respondió amablemente, empujando la puerta con la cadera. Tenía las dos manos cargadas con bolsas de compra.
Las bolsas de compra más raras del mundo.
Huevos, mermelada, sal, patatas, tomate, frituras, un enorme paquete de caramelos y... y perejil.
Se mordió la lengua.
Odiaba el perejil.
—Creo que escuché al bebé —susurró alguien en la cocina. Shaoran se detuvo, justo frente a la puerta, pestañeando.
—Meiling, sólo tengo dos meses.
—Ya, ¿y? Es un Li. Será inteligentísimo. Superdotado. Sobre todo si es tuyo y de Shaoran, Sakura.
—Lo que sea, mientras no sea un mutante o algo así.
—Por favor. No hay muchas posibilidades de eso.
—Claro que sí. Será chino y japonés. Eso es enfermo.
Meiling suspiró. Shaoran entrabrió un poco la puerta para espiar.
—¿Así que te gustaría más que Shaoran fuera japonés también?
—¿Qué? ¡No! Cuando me habla en chino es muy sexy. Todavía no entiendo mucho, pero da igual.
Empujó de improviso y las dos se giraron a mirarlo, Meiling con una posición de defensa lista, Sakura sosteniendo una olla por lo alto, sentada en la encimera. Ambas parpadearon al verlo y luego sonrieron, Sakura sobre todo.
—¡Shaoran! —dijeron al unísono.
—Hola —murmuró desapasionadamente, apoyando las bolsas en la encimera junto a Sakura.
—Sakura piensa que su bebé será un mutante —comentó Mei agradablemente.
—¡No! —jadeó Sak—. A menos que sea como las Tortugas Ninja. Eran monos, a pesar de vivir en las cloaclas, tener nombres cutres y la piel verde.
—Consigan una crema, o algo —masculló Meiling.
—Sí, pero entonces no lucirían como tortugas, sino como gusanos pálidos.
Meiling puso los ojos en blanco.
—¿Y? Se verían mucho más monos.
—¡No! Se verían enfermizos.
—Monísimos, querrás decir.
—Piensa en ello, Meiling. ¿Tortugas Ninjas en blanco? Además, se supone que viven en las alcantarillas. Nadie vive en las alcantarillas y tiene una piel perfecta a la vez. Eso es imposible.
—¿Cómo lo sabes?
—Pregúntaselo al cocodrilo.
A veces lo asustaban.
—¡Shaoran! —gritó repentinamente Sakura—. Shaoran, prepárame huevos con mermelada. Tu eres bueno cocinando, ¿verdad?
—Claro que lo es —dijo Meiling con tono de «eres una estúpida y todo el mundo sabe eso»—. Es Shaoran. Shaoran hace todo bien.
Compartieron una mirada de complicidad.
—Excepto Japonés —se corrigió Meiling.
—Bueno, no importa —dijo Sakura sin darle importancia. Encogió un hombro, perezosa—. Shaoran, no te veo cocinar.
—Sakura... me pediste huevos con mermelada —repitió.
—Lo sé. Estoy aquí. Mi boca.
—No sabes mucho, ¿verdad, chico? —preguntó Meiling, negando con la cabeza—. Se llaman antojos. Si ella te pide zanahorias rellenas con soja, pues se la das y punto.
—Pero... huevos con mermelada —Shaoran alzó las cejas.
—¿Qué pasa sino consigo mis antojos? —dijo Sakura inocentemente, balanceando las piernas.
—Pues es obvio. Tu bebé será un mutante.
—¡¿Qué?! —chilló Sakura.
—Sip —Meiling asintió seriamente, mirándola—. Lo leí en Internet. Pero los médicos sólo le dicen esto a los papás, porque las madres tienden a ser histéricas respecto a esto. En todo caso yo sé que tu no eres así, Sakura, por eso de lo dije.
Sakura, la chica que nunca había sido neurótica y definitivamente no miraría el trasero de Santa Claus, estaba verde.
—Tengo práctica. Wei debe estar buscándome —comentó Meiling repentinamente—. ¡Nos vemos! Dale la comida, Shaoran.
—¡Meiling!
Ella ya se había marchado.
—¡No me dejes solo! —Lanzó un perejil a la puerta.
—Shaoran, recoge eso.
La miró.
—¿Eh?
—Recoge el perejil —dijo Sakura, ceñuda— y déjalo por allí. ¿Y mi comida?
—¡Son huevos con mermelada, Sakura!
—¿Y?
—¡Por el amor de Dios!
—¿Qué tiene que ver Dios en esto?
—Ni siquiera te gustan tanto los huevos.
—Pero ahora quiero, Shaoran. ¡Dámelos!
Y, luciendo mucho como una versión menos calmada de su madre, ella tomó una olla y se la lanzó con todas sus fuerzas. Que no eran pocas, viendo que había pasado años lanzando un bastón al aire y haciendo acrobacias que harían a otras personas romperse el cuello.
No ella, claro.
—¡Quiero! —gimoteó, y se cubrió la cara con las manos mientras los hombros le temblaban—. Lo siento tanto, Shaoran. Perdóname.
Shaoran, con mucho cuidado, se puso de pie y dio un paso titubeante hacia Sakura. La primera vez que había corrido a consolarla ella lo había golpeado, y después de entrenar con Meiling, no es que ella no supiera cómo dirigir su fuerza. De modo que... muy despacio... sigilosamente...
—Sólo has mis huevos con mermelada y... y estaré bien —aseguró ella, cuando sintió una mano tibia en su muñeca. Lo miró a través de sus dedos—. Vamos, Shaoran.
Ella estaba muy cerca del rallador de queso, de modo que obedeció. Los huevos los hizo revueltos y, estaba pasándolos al plato cuando Sakura se le acercó para examinar la mermelada que había elegido: de ciruela.
—¿Ciruela? —leyó, mirándolo con las cejas alzadas.
—Ciruela.
—¿Cómo puedes darme huevos con mermelada de ciruela?
—¿Cómo puedes comerhuevos con cualquier mermelada?
—¡Es un antojo!
—¡Eso no tiene nada que ver!
—¡Escuchaste a Meiling! ¡Sino consigo toda mi comida mi bebé será un mutante!
—Creo que en algunas religiones de la India lo apreciarían. Ya sabes, con Dioses de tantas manos.
—¡Que se vayan al diablo todos! Mi bebé sólo tendrá dos brazos.
—Sakura, Meiling nunca ha leído nada que diga que sino consigues los antojos el bebé será mutante.
—¿Ah, no?
—Claro que no.
—¿Y entonces? —ella hizo un puchero.
—Sólo será, um, un poco baboso —prometió Shaoran.
Sakura se quedó mirándolo con la cara vacía.
—¿Sabes dónde está mi peluche de Cookie Monster? Quiero dormir con él esta noche.
Él le lanzó una mirada maliciosa.
—Empiezo a odiar a Cookie Monster.
—Sólo porque tiene el pelo azul y estás envidioso. Si fueras como Reita y supieras tocar la guitarra, todo estaría bien.
—¿Qué tiene que ver Reita en esta conversación? ¡Ni siquiera tiene nariz!
Ella se puso a llorar.
—¡Dijiste que sí tenía!
—Sí, sí, tiene —respondió Shaoran rápidamente—. Tal vez lo acosa un fetichista de narices y por eso lleva siempre ese pañuelo.
Sakura lo escudriñó a través de sus pestañas.
—¿En serio?
—Seguro... O tal vez le gusta por eso de ser visual kei.
Ella lo pensó.
—Es posible. ¿Qué hay de Cookie?
—¿Qué Cookie?
—Monster. Vaya, Shaoran. Al menos cuando le pido algo él si lo hace.
—¡Es un muñeco! ¡No hace nada!
—Es lindo.
Shaoran frunció el ceño.
—¿Yo no? —se quejó, sonando como un pequeño llorón.
—Sí, pero tu madre no nos deja estar en la misma habitación a solas luego de las once. Así que realmente no importa si eres lindo o no.
—No lo entiendo. No podemos arruinarlo más.
Ella le dio una patada en la espinilla que lo hizo jadear.
—Nuestro bebé no lo «arruinó». Tenlo presente. Es sólo que es una cosa un poco problemática, ¿bien?
—Hizo que mi madre me abofeteara y ni siquiera ha nacido —objetó Shaoran—. Nadie va a quitarme la idea de que es algo más que problemático.
—¡Estás celoso! —acusó Sakura, luego de una pausa llena de confusión.
—¿Por qué iba a estar celoso de algo que puede causarte fistulas obstétricas?
Silencio.
—¿Qué diablos es eso?
—Uh... —se sonrojó—. Un... hm... un orificio entre... er... —miró allí abajo y Sakura asintió, sus labios formando una «o» perfecta— y... la vejiga o... eh... tu trasero.
Se pasó las manos por el cabello.
—Eso hará que tengas incontinencia crónica —explicó delicadamente Shaoran—. Pasa mucho en embarazos adolescentes.
—Ya veo —Sakura frunció sus cejas en señal de preocupación—. ¿Qué es exactamente incontinencia crónica?
Él necesitó toda su fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco.
—Te haces sin poder controlarlo. Como los ancianitos.
Ella lo miró horrorizada.
—¡¿Qué?! ¡Oh, no, no, no, no! Juro que si tu cosa me hace algo así, Shaoran Li, vas a sufrir.
—También es tu bebé. —Se estaba arrepintiendo rápidamente de haberle contado una de las posibles secuelas luego del parto.
—Oh, sí, ahora cárgame con todo a mí, ¿no es así? Me abandonarás cuando me haga pis sin darme cuenta.
—¡Sakura, por el amor de...! ¡Estás viviendo en mi casa!
—¡Tu madre me invitó!
—¡Sí, bien, no me viste quejándome! ¿Verdad?
—¡Tal vez sólo temías que ella te abofeteara otra vez!
—¡Tal vez sólo me gustas demasiado para dejarte!
—¡Tal vez estás mintiendo!
—¡Tal vez eres una paranoica!
Shaoran esquivó por los pelos la fuente para ensalada que Sakura le lanzó.
—¡No me llames paranoica! —gritó, todo lo fuerte que pudo. A veces, Shaoran prefería que se pusiera a llorar en vez de continuar enfadada, y más enfadada, y más enfadada. Porque lo asustaba.
Por supuesto, él nunca iba a decirle eso a nadie. Jamás de los jamases.
—¡Lo eres! —genial, él también se había enfadado—. ¡Por favor, Sakura! ¿Quieres calmarte?
—¡No! ¡Eres de lo peor! ¿Cómo pudiste decirme eso?
—No actúes como si tu no hubieras dicho nada.
—¡No importa! —exclamó Sakura—. ¡Estoy embarazada! Soy sagrada, ¿me oyes? Sa-gra-da. Y tú no puedes dañarme, ni física ni emocionalmente.
—No digas eso como si yo te golpeara todos los días. O, ya vistos, alguna vez.
—Me tiraste el pelo en una ocasión.
—Ni siquiera te dolió.
—No... Bueno... ¡No, pero eso no importa! ¡Dañas mi salud emocional! ¿Qué tal si el bebé sale mutante?
Shaoran hizo de una su parte de padre agotado: puso los ojos en blanco y bufó.
—Los cambios de humor son normales. Ayer te dije «hey, Sak» y te pusiste a llorar.
—Es que pensé que tal vez le inventarías un sobrenombre al bebé y te olvidarías de mí.
Súper. Ahora ella estaba celosa de una célula tan pequeña que cabría dentro de una caja de fósforos.
—Sakura, esa cosa mide tres centímetros. Creo que te adelantas un poco.
—Después medirá cincuenta centímetros, tendrá ojos bonitos, una risa encantadora y lo amarás.
Eso era escalofriante.
—Es probable —admitió.
—¡Tu nunca dices que tengo una risa encantadora o que soy adorable! —ella lo miró con ojos llorosos y las manos en las caderas.
—¡No sabía que querías que lo hiciera!
—Ah. Pero lo piensas, ¿no?
Se mordió la lengua.
—Claro que sí, Sak.
—Oh. Bien —agregó ella con satisfacción—, pero no estaría mal si me lo dijeras de vez en cuando, ¿sabes? Sólo para tenerlo presente.
Si con eso conseguía que dejara de lanzarle cosas.
—Creo que eres realmente bonita y realmente encantadora, Sakura. Y adorable —añadió apresuradamente—. Deja de pensar en esas cosas, ¿bien?
Ella frunció el ceño.
—¡No! Sólo intentas distraerme para que puedas obtener la tuición de Cosa y luego dejarme.
—¿Va a llamarse cosa? —Shaoran sonrió de manera divertida.
—No, yo... ¡Hey, tú tampoco estás pensando un nombre!
—Sí, pero no te los voy a decir hasta que sepamos si es niña o niño.
—No lo sabremos hasta que me haga un agujero en el trasero para salir —espetó Sakura ferozmente.
—¿Qué? —Shaoran parpadeó.
—Sí. Será sorpresa, cómo la ves.
—¿Cómo vamos a comprarle ropa entonces? —Maldito. Usaba el mismo tono de obviedad que Meiling.
—No será una gran pérdida, idiota. Te lavas el trasero con dinero.
—¡Sales conmigo, no uses esa expresión de «estúpido rico»!
—¡Puedo usar las expresiones que quiera! ¡Soy libre!
—Oh, yo lo sé —saltó Shaoran—, por eso estás comiendo los malditos huevos con mermelada, ¿no?
—¿Qué si lo hago?
—¡Es enfermo!
—¡No lo es!
—Te enfermarás —Shaoran respiró hondo.
—Como si importara. Ayer vomité algo que no comía desde hace meses. Se irá de todos modos.
—Sí, pero sabrá aún peor.
—¿Qué sabes tú? Nunca comiste huevos con mermelada.
—Tampoco tú —señaló Shaoran.
—Sí, pero eso no importa porque estoy embarazada, así que está bien.
No estaba bien.
—No me importa —dijo él finalmente—. No te haré la cosa. Tienes manos, ¿no?
—Recipiente sagrado —dijo Sakura entre dientes.
—No estabas pensando nada en muy sagrado cuando trabajábamos para convertirte en un recipiente sagrado —dijo Shaoran, despiadado.
—¡Eso fue un golpe bajo!
—No, lanzarme una olla fue un golpe bajo. No creas que no sé donde apuntabas.
Ella se sonrojó. Claro que, como ya estaba roja de la ira, no fue mucho el cambio.
—Shaoran, yo no sé cocinar tan bien como tú.
Plan B: Adulación/Compasión.
—No caeré con esa otra vez... Sin importar que lo vomites todo antes de dormir, no te ayudaré a enfermarte.
—¡Pero Shaoran!
—Dije que no, Recipiente Sagrado.
—No me llames así —lloriqueó Sakura.
—Lo siento —se burló Shaoran—, pensé que ese era tu nombre ahora.
—Esa es mi definición —dijo ella con vaguedad—. ¿Me harás los huevos?
—No.
—¡Pero esos ya se enfriaron!
—Habría estado bien sino hubieras mencionado a Cookie.
Ahora fue Sakura la que puso los ojos en blanco.
—¡Sólo es un muñeco! —escupió—. ¿Quieres calmarte?
—¡Duermes abrazada a él!
—¡No me queda de otra!
—Eso es lo que tu dices —murmuró Shaoran.
—No... No tengo ánimos de tener esta discusión —balbuceó ella—. Así que, simplemente olvídalo. Déjalo pasar. Dile adiós. Au revoir. Goodbye. Sayonara. Ciao. Lo que sea.
—¡Bien! —exclamó Shaoran bruscamente.
La chica frunció el ceño.
—¡Bien! —repitió—. ¿Me cocinas?
—Ya sabes la respuesta, Sak —dijo él dulcemente.
Ella sonrió.
—No.
Sakura lo miró airada.
—¡Bien! ¡Me voy!
—¿Con tu estúpido Cookie? —gritó Shaoran, viéndola caminar hacia la puerta.
—¡No, zopenco! ¡Al baño!
