Capítulo 4: Contradicción

En Tejas hacía un calor infernal. La camisa y los pantalones mojados se le adherían a la piel provocando en él una mayor sensación de cansancio y bochorno. Tenía el pelo húmedo y pegado a la cabeza pero sin estar sucio, al contrario. Le escocían los pies por los zapatos de piel auténtica que calzaba y estaba seguro de que le saldrían ampollas. Se moría de sed, su garganta estaba totalmente seca y no tenía ni una mísera botella de agua. Tampoco es que supiera dónde conseguirla. Se alejó de la ciudad dos horas antes y no solo no había encontrado el rancho Higurashi sino que además se había perdido. Ni su GPS sabía indicarle dónde demonios estaba.

Se salió del carril de la carretera y aparcó el coche en aquel desierto de arena roja. Si hasta veía ondas provocadas por el calor en el aire. Aquel lugar era un auténtico infierno para vivir en él. ¿Cómo podía estar Kagome blanca como la leche en un sitio así? Él sentía que se iba a morir cocido, frito, quemado… Se sentía como si estuviera sobre las brasas de una parrilla y el coche fuera la olla a presión.

A través del retrovisor vio una humareda de polvo a su espalda. No cabía duda de que se trataba de un coche y se dirigía hacia donde él estaba. Sintió ganas de dar gracias a Dios. Por fin encontraba un ser humano en esa carretera infernal que pudiera guiarlo hacia el rancho Higurashi o en su defecto hacia la ciudad. No perdió el tiempo y salió del coche para hacerle señas cuando se acercara. Ojala no fuera un asesino en serio y ojala tampoco fuera el típico viejo al que no le importaba nada, ni nadie. Necesitaba ayuda y la necesitaba de verdad.

Supo que tuvo suerte cuando el coche redujo la velocidad hasta detenerse justo a su lado. El conductor era un hombre de mediana edad con un sombrero de paja y un cigarro entre los labios. Parecía el típico ranchero.

- Buen día, señor.- le saludó- ¿Qué se le ofrece?

- Buen día.- repitió extrañado por el saludo- Estoy algo perdido…

- De eso no me cabe duda.

El hombre le estudió de pies a cabeza, como si pensara que estaba loco o algo por el estilo. Últimamente, él mismo se hacía esa misma pregunta.

- ¿Cómo se le ocurre salir con esas ropas?- le regañó-¿Acaso quiere perder el conocimiento? Este calor es muy traicionero.

- Yo… Nunca he estado en Tejas… - quiso justificarse- Si lo hubiera sabido…

Si lo hubiera sabido se habría llevado su limusina y le hubiera echado el marrón al chófer mientras que él disfrutaba de un refrigerio y del aire acondicionado en la parte de atrás. Podría leer el periódico además, dirigir su empresa con su ordenador portátil e incluso ver el canal de economía. ¡Qué cómodo estaría en su limusina! Ojala hubiera hecho caso a Miroku cuando le advirtió del calor que hacía en Tejas. Se rió de él por blando y le dijo que lo soportaría. No lo estaba soportando demasiado bien a decir verdad.

- Llevará agua, ¿no?

Se sintió avergonzado cuando tuvo que sacudir la cabeza en una clara negativa. El hombre frunció el ceño como si intentara averiguar si debía atarlo y llevarlo al manicomio más cercano y después empezó a rebuscar en su guantera. Sacó una botella de agua fría y se la lanzó. Él la atrapó al vuelo y se quedó mirando la que parecía su salvación.

- Bebe,- le ordenó- yo tengo otra botella.

No esperó a que se lo pidiera una segunda vez. Se llevó la botella a los labios y bebió hasta gastar casi la mitad del agua. Se detuvo porque su instinto de conservación le pidió que se racionara mejor la bebida.

- Muchas gracias.- suspiró- ¿Conoce el rancho Higurashi?- el hombre asintió- ¿Podría indicarme cómo llegar hasta allí?

- Podría llevarlo hasta allí.- le aseguró- Soy el capataz del rancho. Me dirigía hacia allí.

Aquel hombre era su salvación. Contempló su coche sobre el hombro y decidió que no era tan importante, podría prescindir de él. Cerró la puerta pulsando el botón de la llave y se montó en la camioneta de aquel hombre mientras no paraba de agradecerle su ayuda. La gente de Tejas era en general muy amable y amistosa con los forasteros. En su ciudad, nadie se comportaba de esa forma. Dejar la puerta de casa abierta era una invitación a que te robaran todo lo que poseías. El que una chica de invitara a tomar algo se podría interpretar por una invitación a otra cosa. Dejar un coche en la cuneta era abandonarlo para siempre. Tejas era un lugar extraño.

Abrió la botella para darle otro sorbo y observó el paisaje desértico mientras avanzaban en el coche. ¡Menudo sitio para vivir!

- ¿Qué es lo que desea del rancho Higurashi?- le preguntó el capataz- Parece un hombre de negocios. ¿Acaso desea comprarlo?

La amenaza impregnaba la voz del capataz. Estaba claro que quería mucho ese rancho y él no pensaba arrebatárselo, pertenecía a Kagome.

- No me interesa comprarlo.

- ¿Seguro?- seguía desconfiando- Muchos han venido antes haciendo ofertas extravagantes… - le informó- Siempre dicen que no es su intención pero después de un par de día rondándolo, hacen su oferta.

- Le aseguro que no quiero comprarlo.- repitió- Vengo por motivos personales.

El capataz enarcó una ceja como si de repente lo comprendiera absolutamente todo.

- Viene por la jefa, por Kagome.- sonrió- Otro hombre con el corazón roto. Esta chica no puede salir de casa sin causar estragos.

- ¿Por qué sabe que vengo por ella?

- Los que no quieren comprar, van al rancho por ella. Siempre ha sido así.- rió- De hecho, los que quieren comprar acaban cambiando de opinión también por ella. Esa chica, a su corta edad, ha recibido más proposiciones de matrimonio que el número de años que yo tengo.

Inuyasha se asustó al escuchar aquello. Aquel hombre debía tener más de cuarenta años aunque no mucho más. ¿Sería cierto que Kagome era una joven tan solicitada? Ojala no se hubiera prometido a ningún otro hombre. Ella se había ido despechada de la ciudad por culpa de la víbora de Kikio y una mujer despechada podría cometer muchas locuras.

- Ella… No… No se ha pro-prometido… -balbuceó- ¿Verdad?

El capataz volvió a suspirar y su voz se volvió gélida.

- Ya nadie querrá casarse con ella, ningún tejano al menos.- sonaba enfadado- Hace unos meses estuvo a punto de casarse pero volvió de la ciudad sin marido y preñada de algún hijo de puta aprovechado.- golpeó el volante- Le dije que no se fiara de nadie pero ella tenía que ser tan terriblemente confiada. Ojala hubiera estado allí para despellejar vivo al cabrón que la preñó y la abandonó.

Inuyasha tragó hondo al escuchar el discurso del capataz. Kagome estaba embarazada, había vuelto embarazada de la ciudad y existía un único padre posible: él. Hicieron el amor durante horas y sin utilizar ningún tipo de protección. Ella había pasado esos dos últimos meses sola y abandonada mientras gestaba a su hijo. No volvería a estar sola, él los protegería a los dos y sería un cabeza de familia responsable. Ya tenía muy claro que su anterior vida había terminado al conocer a Kagome pero en ese momento, estaba más claro que nunca.

Él no pudo ir antes a buscarla. Primero quiso hundir a Kikio Tama para vengarse de lo que hizo y su venganza le llevó como unas dos semanas más de lo que tenía planeado pero finalmente, la dejó en la más absoluta miseria. No volvería a embestir contra ella, ya había tenido suficiente pero que se las apañara sola para recuperarse. Después tuvo que retrasar una semana más su viaje para encontrar un buen sustituto en su ausencia y dejar todo su trabajo bien preparado. No estaba dispuesto a perder toda una vida de duro trabajo tan a la ligera. Hablaría con Kagome, la reconquistaría y volverían felices y casados a la ciudad. Ése era su plan inicial pero los acontecimientos habían dado un buen giro. El asunto del bebé era inesperado. Sí, muy inesperado y bien recibido. No abandonaría a un hijo suyo; él deseaba ese hijo.

A la distancia vio la silueta de un rancho, un rancho enorme. Kagome no mintió al hablar de su rancho, cada palabra que pronunció fue cierta y no pudo menos que sentirse honrado por lo que estaba viendo. La familia de Kagome debía de haber trabajado muy duro para conseguir todo eso y sabía de muy buena tinta que ella estaba luchando por mantenerlo e incluso mejorarlo. Costaría conseguir que aceptara dejarlo para ir a la ciudad pero siempre podía administrarlo desde allí.

El capataz aparcó la camioneta frente a la casa, junto a otros coches, y ambos se bajaron. El aire parecía un poco más fresco en esa zona aunque el calor continuara siendo asfixiante y pegajoso. Caminó junto a él hacia el porche y esperó.

- Melva, ¿está en casa Kagome?

- No,- la mujer llamada Melva le sonrió para darle la bienvenida- ha ido a montar a caballo.

Inuyasha frunció el ceño sin poder evitarlo al escuchar aquellas palabras. ¿Montar a caballo? ¿Embarazada? Kagome debía de haberse vuelto loca. ¿Y si perdía al bebé? No podía permitirlo.

- ¿Dónde…?- intentó preguntar.

- El hombre puede esperarla en casa.- lo interrumpió- ¿Es otro pretendiente?

- Eso parece. No se ha asustado cuando le he contado que estaba preñada.

- ¡Qué forma más fea de llamarlo!- le acusó la mujer- Está embarazada. Las vacas están preñadas.

- Para mí es lo mismo.- se levantó el ala del sombrero- Espérala dentro y no pongas esa cara,- le advirtió- no hay ser en este mundo capaz de impedir que Kagome monte a caballo. Me pregunto si dejará de hacerlo cuando el embarazo esté más avanzado.

El capataz se marchó silbando lo que parecía una canción tejana y él fue arrastrado por Melva al interior de la casa. La mujer también era de mediana edad y vestía un sencillo vestido de algodón que parecía perfecto para evitar el calor. Su anillo en el dedo anular le indicaba que estaba casada y a juzgar por su apariencia feliz de ello.

Fue guiado hasta un salón de aspecto agradable y confortable y se sentó en el sofá de color teja para esperar. A los pocos minutos apareció Melva con un vaso repleto de té helado para él y no pudo menos que agradecerlo. Estaba sediento y ese té le sentó estupendamente al cuerpo. Le quitó la sed y se sintió refrescado. No tuvo la necesidad de pedir otro puesto que Melva apareció con una jarra repleta de ese líquido y volvió a llenarle el vaso. Era como si la mujer pudiera leerle la mente.

Pasó una larga hora sentado en el sofá, escuchando anécdotas sobre Kagome de niña por los labios de Melva hasta que ella volvió. Melva fue a la cocina para verla, ofrecerle té e informarle de que tenía visita pero no le dijo su nombre y él se sintió agradecido. Quería tener la oportunidad de hablar con ella y que no lo despachara. Su dulce voz le llegaba hasta los oídos desde la cocina y no podía menos que suspirar de puro alivio. Kagome no había cambiado.

Se levantó del sofá y se volvió hacia la puerta un segundo antes de que Kagome apareciera ante él. La sonrisa de su rostro desapareció al verlo y su piel adquirió una palidez que lo asustó muy seriamente. Fue rápido en reaccionar y la sostuvo antes de que cayera inconsciente en el suelo. La llevó en brazos hasta el sofá a pesar de sus quejas y la tumbó.

- ¿Qué haces aquí?- susurro con enfado.

Parecía enfadada y no era para menos después de lo que Kikio le contó.

- No me llamaste así que vine a buscarte.

Ella le dirigió una mirada amenazante y apretó los labios con fuerza. Él se limitó a estirar el brazo y acariciar su vientre sobre la camisa de cuadros. Todavía no estaba abultado lo suficiente como para demostrar su estado pero ambos lo sabían.

- ¿Cómo te has enterado?

- Me lo ha dicho tu capataz.

- Me sorprende que sigas con vida, entonces.- le espetó- Está deseando hacerte pagar por esto.

- Lo sé pero él no sabe que fui yo y tampoco sabe qué ocurrió. La realidad es muy diferente…

- ¡La realidad es exactamente ésa!- exclamó- Fui una conquista más para ti y encima me dejaste embarazada. Ahora te sientes culpable y vienes a intentar redimirte.- gruñó- ¡Pues que sepas que este bebé es mío y no pienso renunciar a él!

Bien, Kagome lo odiaba. Tendría que volver a ganarse su confianza y demostrarle lo equivocada que estada. De repente le asaltó la idea de que Kikio Tama no había pagado lo suficiente por lo que le hizo.

- Tú nunca has sido una conquista más, Kagome.- le aseguró- Tú eres muy importante para mí.

- ¡Eso es mentira!

- Por favor…

Se levantó y empezó a dar vueltas por el salón como un animal enjaulado.

- Yo ni siquiera sabía que estabas embarazada. Me he enterado al llegar,- le aseguró- yo he vuelto por ti. Vine a buscarte.

Kagome se relajó un poco al escucharlo y aceptó que no hubiera ido por el bebé. Era imposible que lo supiera antes de ir a Tejas. Ni Miroku, ni nadie de la ciudad lo sabía y él no entró en contacto con ningún conocido de Kagome antes de dirigirse hacia el rancho como lo haría un adolescente enamorado y tal vez, trastornado de la cabeza. Desde que conoció a Kagome, sentía que se había vuelto demente y temía que lo arrastraran a un psiquiátrico.

- Supongamos que te creo,- se sentó apoyando la espalda en unos cojines- ¿por qué has venido a buscarme?

No era momento de reservarse nada, tenía que enseñar toda su mano.

- Porque estoy enamorado de ti.

Ella lo miraba como si le estuviera contando una mentira muy gorda. Su sorpresa inicial había sido sustituida por una clara mirada de puro escepticismo.

- No eres más que un mujeriego.- apartó la mirada de él ofendida- Estás enamorado de todas las mujeres que se dejan.

- Eso no es verdad.- quiso convencerla- He cambiado… He cambiado por ti…

Se arrodilló junto a ella y sostuvo una de sus manos entre las suyas mientras la miraba intensamente a los ojos. Ojala fuera posible expresar con palabras todo lo que sentía por ella; ojala ella le creyera. No podía volver a la ciudad sin Kagome, su vida estaba vacía sin ella.

- Entonces, ¿por qué has tardado tanto?

- Por… Porque… - ¿se atrevería a decírselo?- Tuve que hacer algo primero… Algo importante…

- ¿El qué?- insistió.

- Pues… Yo… -estaba empezando a transpirar- Kikio…

- ¡Kikio!- se enfureció y apartó su mano de las suyas- ¿Cómo no?

- ¡No es lo que piensas!- tragó hondo- Sé que no lo aprobarás pero descubrí lo que te dijo, sé que viniste a verme…- ella se sonrojó como si se sintiera avergonzada de aquel momento- Y me vengué de ella.

- ¿Vengarte?

- Digamos que he hundido su negocio, por ti.

Ella no parecía satisfecha por lo que acababa de confesar pero él ya sabía que no le gustaría. Kikio le había hecho mucho daño pero Kagome no era la clase de mujer que disfrutaba devolviendo el daño. Ella era una buena tejana cristiana que ponía la otra mejilla cuando le daban una bofetada y él era el monstruo pagano que osaba desearla. De repente, unas lágrimas inundando los bonitos ojos de Kagome distrajeron su atención y le ablandaron el corazón. Era su culpa que ella llorara.

- Kagome, yo…

- Es lo más bonito que nunca nadie ha hecho por mí.

Se quedó sin palabras al escucharla y era normal. Se esperaba una buena reprimenda por su parte pero ella, en cambio, se sentía halagada. A lo mejor no obró tan mal como imaginaba.

- No es que apruebe ese comportamiento, no me malinterpretes.- esas palabras le aliviaron- Pero nunca nadie me ha sacado la cara así.

- Para eso estoy yo, Kagome.- la abrazó- Yo te protegeré ahora y siempre.

Kagome le devolvió el abrazo, ella se había rendido ante sus palabras, se rendía a él. Esperaba que la muchacha presentara más guerra después del disgusto que pudo atisbar en sus ojos pero no fue así y se alegraba. Eso significaba que ella lo quería, tenía que quererlo tanto como él la quería a ella. La ayudó a levantarse del sofá y la estrechó entre sus brazos intensamente pero con cuidado de no apretar demasiado. Tenía tanto miedo de hacerle daño al bebé.

- Te amo, Kagome.

- Yo también te amo.- musitó contra su oído- Pero… ¿Seré la única?

¡Maldita Kikio! Había sembrado la duda en Kagome y no se lo perdonaría nunca.

- Serás la única, Kagome.- acarició su melena azabache- Desde que te conocí, tú eres la única.

Ella se relajó entre sus brazos y suspiró reconfortada contra su pecho. Él por fin pudo relajarse después de toda la tensión que se había acumulado en él por el miedo a ser rechazado. Pero no fue rechazado porque ella lo quería y le estaba dando una muy valiosa oportunidad. No la desaprovecharía.

- ¿Cuándo podemos casarnos?- se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos- Quiero darle mi apellido a nuestro hijo.

- Mmm… - pensó- Creo que podríamos conseguir una licencia para dentro de una semana. El alcalde era amigo de mi padre.

- Eso suena muy bien.

Sonaba realmente bien. En una semana Kagome sería su preciosa esposa y él se ocuparía de que nunca volviera a derramar una sola lágrima, de que nunca le faltara nada, de que nunca se sintiera sola o abandonada. Estaría a su lado y la amaría como nunca había amado a una mujer y ella a su vez lo amaría a él. Sí, todo sería perfecto.

Se inclinó y rozó sus carnosos labios con los suyos. Dos meses sin besarla habían sido un auténtico infierno. Dos terribles meses recordando el contacto de sus labios, el sabor de su boca, la suavidad de su piel, sus maravillosas curvas. Había llegado el momento de recuperar el tiempo perdido y no pensaba esperar hasta el día de la boda. Su unión ya estaba mucho más que consumada y no tenía por qué resistirse, ni ella tampoco. De hecho, ya estaban unidos. En una semana sólo firmarían un papel para que los demás lo supieran.

Ella respondió con devoción absoluta a su beso y supo que también estaba dispuesta a acostarse con él sin esperar al día de la boda. ¿Dónde? ¿Dónde estaba su dormitorio? ¡Qué más daba! Allí mismo tenían un comodísimo sofá en el que cabían los dos a la perfección y donde podrían disfrutar del otro sin dificultades. Empezó a empujarla hacia él con suavidad pero ella se puso nerviosa, tensa y se apartó rompiendo el beso.

- ¿Qué ocurre?

- Cuando nos casemos… ¿Dónde viviremos?

Le extrañó aquella pregunta en aquel momento pero no tenía dudas sobre la respuesta.

- En mi casa, por supuesto.- contestó - Tengo un apartamento de lujo en el centro de la ciudad pero si no te gusta,- pensó en voz alta- podríamos comprar un chalet a las afueras.

- ¿Y mi rancho?- preguntó preocupada.

- Estoy seguro de que tu capataz es muy capaz de llevarlo y tú puedes ocuparte de los asuntos financieros desde la ciudad.- sonrió- Además, vendremos en verano para que disfrutes de tu hogar.

- ¿Y si yo no quiero vivir en la ciudad?- le puso un dedo en el pecho invitándolo a separarse de ella- ¿Y si quiero vivir en mi rancho?

- ¿Por qué ibas a querer vivir aquí?- se estaba poniendo terriblemente nervioso- Hace mucho calor, está lleno de animales, no hay lujos…

- Estoy acostumbrada al calor y lo sé llevar muy bien.- afirmó- No hay lujos porque no los deseo. - parecía enfadada- Y me gustan los animales, sobre todo los caballos.

- Ése es otro asunto que tendremos que solucionar.- la regañó- No puedes montar a caballo embarazada. ¡Podrías perder al bebé!

- Sé muy bien lo que me hago y, ¿sabes una cosa?- se encogió de hombros- No me quiero casar con un hombre como tú.

Le dio la espalda sin darle la menor oportunidad de rebatirla y se dirigió hacia la puerta que daba a la cocina. Al principio se quedó mudo, intentando descubrir qué era lo que acababa de ocurrir ante sus ojos pero después corrió tras ella, furioso. ¿Qué demonios le pasaba a esa mujer? Le estaba poniendo el mundo en bandeja y ella lo rechazaba. Si cinco minutos antes le dijo que lo amaba y que se quería casar con él. No entendía nada de lo que estaba pasando.

Salió al exterior siguiéndola y corrió para agarrar su muñeca y evitar que siguiera avanzando. Odiaba que llevara esos vaqueros ajustados en un lugar de trabajo lleno de hombres.

- ¿Se puede saber a qué ha venido toda esa mierda?- la acusó- Nunca le he ofrecido a una mujer todo lo que estoy dispuesto a darte a ti y me lo tiras a la cara.

- Porque no quiero nada de eso.- le dijo con voz calmada- Quiero vivir en mi rancho con mi gente y criar a mi hijo aquí.

- En la ciudad le llevaremos a las mejores escuelas,- intentó hacer que entrara en razón- sus amigos serán los hijos de gente importante, se labrará un futuro, heredará mi negocio…

- ¡No!- se negó- Yo quiero que mi hijo vaya a un colegio en el que sea feliz, que tenga amigos aunque sean los hijos de la panadera, que escoja su futuro y no el que tú quieres que tenga… ¡Quiero que sea feliz!

- ¡También será feliz con una buena educación!

- Tú serás feliz, él y yo no.

Kagome le dio la espalda una vez se desasió de su agarre y se dirigió hacia los establos. Sin embargo, él no permitiría que se librara tan fácilmente. Se lo estaba dando todo y lo rechazaba. ¿En qué demonios estaba pensando esa mujer? Su humor empeoró cuando la vio con la intención de montarse en un caballo. ¡Sobre su cadáver!

Corrió una vez más e impidió que se montara en el caballo.

- ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?- le apartó de un empellón- Si eso es lo mejor que tienes que ofrecer, ¡lárgate!

Esas palabras le dolieron en lo más profundo de su ser. Kagome quería que se marchara, que se fuera de su rancho y a juzgar por su mirada, que se fuera para siempre. Pero él no quería irse, quería casarse con ella y la única forma de conseguir que se fuera, sería ésa.

- No me marcharé.- se mantuvo firme- Nos casaremos.

- ¿Eso es lo que quieres? Vale.- aceptó- Nos casamos y luego te largas pero el niño y yo nos quedamos en el rancho.- afirmó- ¿Tranquiliza eso tu conciencia?

- ¡No! Vosotros venís conmigo.

- No puedes obligarme.- dijo con voz calmada.

No, no podía obligarla y eso era lo que más le fastidiaba de todo. Kagome se estaba alejando cada vez más y más de él, la estaba perdiendo irremediablemente.

- Kagome…- musitó- Yo te amo… ¿No es suficiente?

Ella lo miró como si acabara de partirle el alma y estuvo a punto de abrazarlo pero se contuvo en el último momento y él estuvo a punto de romper la distancia entre los dos y darle ese abrazo que no se había atrevido a empezar, pero no lo hizo. Su silencio lo preocupaba pero no más que esas lágrimas que pugnaban por derramarse. Tanto las de ella como la suyas propias. Él la amaba… ¿Por qué era todo tan difícil? Sólo quería lo mejor para ellos.

- Dijiste que me amabas… ¿Era mentira?

- No era mentira, Inuyasha.

- Entonces, no lo entiendo.- musitó- ¿Por qué no quiere venir conmigo?

- Porque éste es mi hogar, aquí soy feliz y sé que mi hijo será feliz aquí.- tragó hondo- Odio la ciudad y si me obligas a vivir allí… Te acabaré odiando a ti también…

Inuyasha estuvo a punto de tirarse del pelo al escucharla. ¿Por qué? ¿Por qué ella se lo ponía todo tan difícil?

- Además, no quiero renunciar al rancho, quiero estar aquí. Mi familia ha trabajado muy duro para conseguir lo que tenemos.

- ¿Insinúas que yo no he trabajado para conseguir lo que tengo?- se cabreó- ¿Crees que me lo regalaron mis papás? Yo lo conseguí todo empezando desde cero, desde la peor de las miserias. Sé lo que es ser pobre y te aseguro que no es nada agradable. Yo tampoco tengo por qué renunciar a mi trabajo.

- Claro que no Inuyasha pero…

- ¡Basta! No quiero escucharte más.- se apartó de ella y contuvo como pudo las lágrimas- He dejado toda mi vida al cargo de un desconocido para cruzar todo Estados Unidos con el fin de llegar hasta ti. Te he puesto el mundo entero en bandeja y me lo has tirado a la cara. Encima has despreciado mi trabajo cuando no sabes nada de mí. ¿Quieres vivir en tu rancho? Me parece perfecto pero no podrás tenerlos a los dos.- miró su vientre aún plano- Ya veremos quién se queda con el niño cuando te lleve a juicio.

Dio media vuelta y se fue caminando hacia el rancho y después hacia la carretera en busca de su coche. A su espalda escuchó a Kagome gritando su nombre, suplicándole que volviera pero él la ignoró por completo. No volvería a enamorarse nunca de ninguna mujer.

Continuará…

Próximo capítulo, el último.