III

Lo que ocultan las sonrisas

Remus Lupin se sentó a la mesa con Sirius, Arthur y Moody en la cocina del número 12 de Grimauld Place, a la espera de que llegara el resto de miembros de la Orden para la reunión a la que Dumbledore los había convocado. En un primer momento, intentó prestar atención a la conversación, pero la luna llena de la noche anterior lo había dejado exhausto y le costaba seguir el hilo, de manera que se perdió en sus propias cavilaciones, con la mirada fija, eso sí, en su compañero de correrías adolescentes. En ese mismo momento, Sirius se movía y hablaba con vehemencia para defender su postura, como siempre hacía cuando eran críos. Remus podía reconocerlo en cada un de sus gestos, en las palabras que escogía para expresarse e incluso en la forma que tenía de escuchar o de reaccionar ante lo que veía u oía. Había echado tanto de menos la familiaridad con la que recibía esa forma de ser, que dolía pensarlo y, sin embargo, la nostalgia había corrompido con el paso del tiempo la sintonía que fuera cotidiana alguna vez.

Ahora verlo le producía extrañeza. No podía dejar de pensar que, a pesar de que Sirius había regresado de Azkaban o del paradero desconocido donde se había escondido de los dementores tantos meses, nada volvería a ser igual: Peter los había traicionado, James se había ido para siempre y ambos habían cambiado, como también lo habían hecho las circunstancias. Tal vez volvían a colaborar juntos por la misma causa y Remus pondría la mano en el fuego por Sirius sin dudarlo, quizás ahora más que nunca, pero… «Pero he estado solo tanto tiempo»... Se le escapó. Suspiró y se restregó las manos por los ojos cerrados para, de alguna manera, huir de aquel pensamiento furtivo con el temor de que lamentarse fuera egoísta o mezquino. De no haber estado rodeado de gente en ese momento, puede que incluso hubiera balbucido una maldición entre dientes por aquella debilidad manifiesta en la queja, aquella resistencia suya a la resignación cuando... Cuando la resignación no era una opción, era obligatoria.

—¿Verdad, Remus? —preguntó Sirius de pronto, clavando sus ojos grises en él.

A los labios del mago afloró una sonrisa culpable porque no sabía muy bien qué decir, aunque, en el fondo, agradecía que alguien lo distrajera aunque fuera por un segundo y lo rescatara de la introspección.

—Me temo que no me he enterado. Estoy un poco cansado, lo siento.

—Decíamos que vamos a necesitar cubrir muchos frentes si queremos anticiparnos a Quién-Tú-Ya-Sabes, Remus —explicó Arthur, con tono amable—. Sirius opina que no hay tiempo que perder.

Por supuesto que Sirius opinaba que no había tiempo que perder. Es más, confiaba en que la necesidad y la urgencia hicieran cambiar de opinión a Dumbledore y le permitiera abandonar la casa. Canuto se moría por entrar en acción y Remus no podía culparlo porque él tenía las mismas ganas de hacer lo que fuera para sentirse útil... Por eso, estaba dispuesto a intentar convencer a Albus para que Sirius lo acompañara en la misión que iba a encomendarle.

De pronto, se escuchó un estruendo proveniente del vestíbulo y, acto seguido, uno de los temibles alaridos del retrato de la señora Black. Alguien había tirado el paragüero de la entrada.

—Debe de ser Tonks —masculló Ojoloco, incorporándose.

Sirius se levantó también para ir a acallar los horribles chillidos de su madre. Remus se compadeció de él al ver cómo se ponía en tensión antes salir de la cocina y cómo su expresión se transformaba completamente, como si fuera a afrontar algo realmente desagradable. Su viejo amigo hubiera preferido una horda de mortífagos antes que tapar una vez más el cuadro de aquella vieja bruja.

Al poco tiempo, regresaron él, Alastor y una chica de veintipocos años con el pelo corto de un color rosa chillón muy llamativo y bastante... «inusual» se dijo Remus para sí, procurando ser políticamente correcto hasta consigo mismo. Ella los saludó de forma entusiasta nada más verlos; estaba contenta e ilusionada, por lo visto. Remus frunció el ceño, sin poder camuflar la tristeza que le producía ver a una persona tan joven en las filas de la Orden. Como James y Lily en su día. Es más, no pudo evitarlo, el pelo corto y aquella sonrisa despreocupada le trajo a la memoria la imagen de la alegre Alice Longbottom y eso lo angustió más todavía. Nadie podía garantizar que aquella niña saliera viva del entuerto. Ni cuerda.

A pesar de todo, aunó fuerzas para sonreír e intentó dejar fuera todo aquel cúmulo de inquietudes, así como todos esos sentimientos y frustraciones reprimidas que se quedaban dentro del moderado y prudente Remus Lupin tan a menudo y nunca traspasaban el muro que él mismo había construido, ladrillo a ladrillo, alrededor de sí mismo.


Bueno, ¿qué os ha parecido?