¡AVISO IMPORTANTE!
Este capítulo está editado, osea, que he añadido cosas porque antes estaba horrible y bueno, no me gustaba nada.
¡Hola! He vuelto.
Me encantaría saber vuestra opinión, así que no tengáis miedo.
Y bueno, este capítulo está dedicado a SnowPotterMalfoy, ya que ha sido la única persona que, de alguna manera, me ha hecho saber que me lee. Muchas gracias.
Una chica morena estaba caminando por una calle casi desierta. Observaba atentamente el suelo, con un recuerdo por cada paso que daba. Todavía no podía creer que estaba tan sola. Llevaba cuidando de su madre desde que perdió a su hermana, y era insoportable. La mujer se pasaba todas las tardes llorando, o sentada en el sofá observando una tele apagada. Hacía unos años que muchos de los días no se movía para nada, pero se levantaba con la rapidez de una bala en cuanto sonaba el timbre. La chica no lo entendía. Su madre dijo una vez que no quería ver a nadie, entonces, ¿por qué reaccionaba con tanta ansia cuando alguien tocaba el timbre? Pero entonces, hace apenas seis meses lo entendió todo. Escuchó a su madre hablar con el cartero, pidiéndole que tocara tres veces al timbre cada vez que venía, y que si le abría la chica, se negara a darle el correo. Su madre no quería que ella viera el correo, ¿qué demonios pasaba? Estaba harta de su comportamiento, ella también había perdido a un ser querido, es más, había perdido a su hermana gemela, una parte de ella.
La morena siguió andando concentrada en el suelo, conteniendo la rabia, ya estaba llegando a casa y le tocaba aguantar lo de todos los días. Que equivocada estaba.
Escuchó unos murmullos, y al levantar la vista, vio a mucha gente concentrada alrededor de la entrada de su casa. Se lo esperaba, y aún así, sintió un pinchazo en alguna parte de su corazón. Entró en la casa esquivando a la gente y las voces que repetían cosas como 'Pobre, se ha quedado sola' 'Huérfana, ¿quién se lo esperaba? Delia apenas tenía treinta y pocos' 'Ha pasado por dos muertes en tan poco tiempo, pobre niña'. La chica avanzó hacia el salón, y se encontró exactamente con lo que se esperaba. El cuerpo inerte de su madre se encontraba en el sofá, rodeado de médicos.
Parecía como si únicamente se hubiera cansado de observar el mismo punto, y hubiera cerrado los ojos un momento.
-Eleonor.
La chica se giró.
-¿Si?
-Ella descansa en paz.
-¿Me lo prometes?
-Si, te lo juro.
Un hombre alto y con barba se acercó a ella y le abrazó. La chica sintió como unas lágrimas rodaban por su cara.
-¿Quién eres?- La chica levantó la vista, secándose los ojos.
-Soy tu padre, pequeña.
-Pero...yo no tengo. No tengo padre. No lo tengo, ¿verdad? - Estaba confusa. Estaba segura de que se trataba de una broma de mal gusto. Observó a aquel hombre, curiosa. Frunció el ceño y se separó de él, cruzándose de brazos.
-Lo tienes, soy yo. Es una larga historia. Lo siento.
La morena siguió llorando, sin poder creerse nada.
-Esto es mentira, ¿no? Osea, no he tenido padre en mi vida. Mamá nunca nos hablaba de nuestro padre. Y ahora, aparece usted y me dice que es mi padre. No me lo creo. Es mentira.
-No, no lo es, te lo prometo. Tengo que irme, volveré y te lo contaré todo. Te lo juro. Es una larga historia que no creo que estés preparada para escuchar.
El hombre se dirigió a la puerta, ahora que lo miraba bien, llevaba una extraña capa negra. Era un hombre extraño en conjunto, ya que su cara reflejaba ternura y furia a la vez. Le parecía raro el hecho de que apareciera en su casa, diciendo que es su padre y encima, ahora se largaba así porque sí. Pero todavía había un mínimo de esperanza en ella.
-¿Volverás?
-Volveré.
-Júramelo.
-Te lo juro.
Una extraña mueca de dolor cruzó la cara del hombre antes de que saliera por la puerta.
Eleonor despertó a la mañana siguiente, sin apenas un recuerdo del día anterior. Cuando los servicios sociales vinieron a por ella, decidió que era hora de un cambio. Y así lo hizo, cambió su vida en todos los aspectos en los que pudo. Daba igual, ya no existía nadie que pudiera haberse dado cuenta de esos cambios. O eso creía ella.
Dora despertó en medio de la noche, sudando como si hubiera tenido una pesadilla. Había sido una pesadilla. En poco tiempo, había soñado dos veces con ese hombre que supuestamente era su padre. El gran problema es que cada vez que se dignaba a aparecer en uno de sus sueños, su voz sonaba distorsionada y cuando despertaba no recordaba su cara. Elladora entró en la ducha, y al salir, ya había amanecido. Se visitó y bajó a desayunar.
Habían pasado unas cuantas semanas, o hasta meses desde que había llegado. No había hecho amigos, aunque había chicas que empezaban una conversación con ella. Tenía miedo de caerles mal y eso lo estropeaba todo. Pero aun así, era feliz. Le encantaba pasear por el castillo, era precioso, y ya se sabía casi todos sus lugares más bonitos.
Después de desayunar se dirigió a la clase de transformaciones, aunque todavía era temprano. Por cada paso que daba, se paraba unos segundos a observar el lugar. Era precioso, le encantaba. Le había costado bastante recordar todos los caminos a sus clases, pero al final los había memorizado todos. Ahora, necesitaba resolver una duda urgentemente. Llegó al aula de transformaciones con una idea rondando en su cabeza. Tocó a la puerta y entró después de que la profesora McGonagall le diera su permiso.
-Profesora, necesito preguntarle algo.
La mujer levantó su severo rostro de los pergaminos que estaba revisando. Miró a la chica confundida, ya que probablemente no esperaba a ningún alumno hasta dentro de unos minutos.
-Adelante, señorita Rowle.
-¿Los magos son capaces de borrar la memoria?
-Sí, hay muchas maneras de hacerlo.
-¿Y esa memoria puede volver, así, de pronto?
-Depende del caso.
-Muchas gracias, profesora.
McGonagall observó a Dora dudosa, y también algo preocupada.
La chica se sentó en su lugar, y la gente empezó a entrar. Ella colocó sus libros en el pupitre y empezó a dibujar unos garabatos en un pergamino que ya estaba sucio. Una chica igual de morena que ella pasó a su lado, tirando los libros de su mesa.
-¿Es que estás ciega, Parkinson?- dijo Dora, sin emoción ninguna en la voz, mirando hacia la mesa de la profesora, que ahora estaba vacía. Seguro que McGonagall habría salido por algo relacionado con la clase de hoy.
-¡Por Merlin, Astoria! ¡La mosquita muerta sabe hablar! ¡No me lo puedo creer!- Las chicas pusieron cara de sorpresa fingida. Elladora ya se estaba hartando.
-Creo que se hacer bastantes más cosas que tú, asquerosa.
-Cuidado con como me hablas, sangre sucia- Dijo la slytherin agachándose sobre la mesa.
Elladora se levantó de su silla, encarando a su enemiga. No sabía qué demonios significaba 'sangre sucia' pero estaba segura de que no era nada bueno. Y si no era bueno, ella estaba preparada para pelear si hacía falta, aunque apenas sabía unos cuantos conjuros que seguramente no eran lo bastante efectivos.
-¿Vas a hacerme algo, sangre sucia?
Elladora hizo como que iba a atacar, para asustar a Pansy, y ésta, a una velocidad más moderada de la que esperaba la chica, la desarmó. La chica abrió los ojos, encontrándose indefensa ante la slytherin.
-¿Ibas a atacarme en serio? Voy a darte una lección. Aprenderás por qué no se ataca a una slytherin.
En el mismo momento en que Pansy levantó su varita y envió el hechizo hacia Elladora, esta pensó que ojalá rebotara. Y lo hizo. Parkinson se revolcaba por el suelo, tapándose la cara llena de granos. La chica miró a su alrededor. Todo el mundo lo había visto, y McGonagall, que acababa de entrar, le miraba sorprendida.
Salió corriendo hacia ningún lugar. Siguió corriendo por todo el castillo mientras sentía algunas lágrimas caer. Se sentó en un escalón de un pasillo poco transitado que se encontraba cerca de la biblioteca. Estaba llorando como una idiota. Llevaba poco tiempo allí y ya había alguien que le odiaba. Ella ya era el bicho raro en Hogwarts y ni siquiera tenía amigos. Se tapó la cara y pensó en toda su vida, siempre igual.
-¿Estás bien?
La chica levantó la cara y vio delante de ella a otra chica, con un cabello castaño entre rizado y extremadamente desordenado. Ella le miraba curiosa, arrodillada justo enfrente. Dora asintió varias veces.
-¿Qué te ha pasado? Si quieres, puedes contármelo. Soy Hermione Granger.
-Yo Elladora Rowle.- La morena se limpió la cara llena de lágrimas. Ya que alguien le hablaba, tenía que estar más o menos presentable. Esperaba no fastidiar ese intento de hacer por lo menos una amiga.
-Encantada de conocerte, eres nueva, ¿verdad?
La castaña sonrió amistosamente y Dora le respondió la sonrisa. Según lo que sabía, Hermione era la chica estudiosa de su año. Sacaba las mejores notas y lo sabía todo. Se había leído todos los libros y siempre tenía una respuesta para todo. Y aún así, aún queriendo más a los libros que a nadie, tenía a dos amigos que siempre estaban con ella.
-Sí, soy nueva. Parkinson se ha metido conmigo y he hecho algo raro.
-¿Algo raro?- La castaña ladeó la cabeza, frunciendo el ceño. Dora se encogió de hombros.
-Le he devuelto su propio hechizo. Sin varita.
-Oh, vaya. Hay muy poca gente que puede hacer eso. Y ni siquiera yo sé por qué pasa eso. Creo que es por la mezcla de los genes de dos familias mágicamente fuertes. Debe ser eso.- Hermione hablaba rápido, pensando en cada cosa que iba a decir. Perecía que había pensado esa respuesta mucho antes de decirla en alto.
-Mi madre no era maga.
-Vaya, a lo mejor es por parte de tu padre.
-No sé quien era. No sé si era mago o muggle.-
-Mis padres son muggles, pero eso no importa. Importa quien seas tú. ¿Qué te toca ahora?- Hermione había vuelto a fruncir el ceño, hablando rápido y atropelladamente.
-Clase con Umbridge.
-A mi también, ¿vamos?
-Vamos.
La morena sonrió ampliamente. Por lo menos alguien le dirigía la palabra.
