Al terminar la práctica de basketball, Rukawa fue el primero en irse a las duchas. Estaba molesto, sin saber por qué, y sentía la necesidad imperante de abandonar el gimnasio. Terminó de ducharse antes que todos los demás, y ellos mismos no dejaron de notar la prisa que Kaede llevaba al terminar de ducharse cuando los otros apenas sí habían terminado de desvestirse.
- Demonios, ¿Qué le pasa a ese idiota? – Mitsui había recibido un fuerte empujón en la loca carrera de Rukawa, todo por haberse cruzado inintencionadamente en su camino.
- Es que no soporta estar en la presencia de un talentoso como yo, el genio del basketball, el gran Hanam… aaahhhh! – su discurso se vio rápidamente interrumpida por el puño del gorila.
- ¡Ya deja de presumir!
Las risas de los demás no se hicieron esperar. Con ese buen ánimo, comenzaron la tarea del aseo personal en ese recinto apartado sólo para muchachos.
ooooooooooooooo
Tan rápido iba tratando de abandonar en gimnasio, que no recordaba ni siquiera en qué lugar había dejado su bicicleta. De paso por la cancha, alcanzó a divisar al ejército de Sakuragi esperando por él en las puertas del gimnasio; con ellos estaba Haruko ("¿Es la hermana del gorila"?, se dijo, tratando de recordar), quien al darse cuenta que era su queridísimo Rukawa el que se encontraba cruzando la corte, no pudo más que sonrojarse y enmudecer; no notó para nada la ausencia de Yohei. Al recordar Rukawa que su bicicleta había quedado encadenada en la parte de atrás del gimnasio, se apresuró hacia esa área todo lo que sus piernas se lo permitieron. Al doblar por una esquina del recinto, vio lo que menos esperaba ni quería presenciar. Retrocedió de inmediato y se adosó a la pared. Volvió a mirar, o mejor dicho a espiar, tratando de convencerse de que sus ojos lo habían engañado. Pero no. Delante de él, se hallaba Kyoko, hecha un mar de lágrimas, y Yohei, ese maldito oportunista, estaba consolándola. Ella estaba en sus brazos. Sin duda que ella lloraba por causa de su propia rudeza. Pero jamás pensó en que derivaría en esto. Entonces, sin siquiera proponérselo, se dispuso a escuchar esas voces amortiguadas por el ruido natural de la ciudad.
- Gracias Yohei… gracias por ser mi amigo, por estar aquí cuando debo parecerte una tonta llorando por una estupidez como esta…
- Jamás podrías parecerme una tonta… Para ser sincero, no me lo has parecido ni una sola vez. Eres… muy…
Rukawa no necesitaba mirar. Escondido y apoyado en esa pared, tan solo a unos metros de los dos amigos, todo se oía perfectamente. Pero el silencio que siguió a esas palabras que acababa de escuchar acabó con su deseo de pasar desapercibido; por lo demás, ¿qué estaría pasando?, ¿se habrían ido? Entonces miró. La imagen de los labios de Kyoko juntándose con los de Yohei se quedaría en su mente por un largo tiempo. Hubiese preferido acobardarse y quedarse en ese muro adosado por esa eternidad. ¡Maldito! ¿Cómo se atrevía? Su mente se bloqueó por unos instantes. Durante ese tiempo, recordó todos los breves momentos en que él, el kitsune antisocial por excelencia, había sido parte de la vida de Kyoko Matsumoto, por muy pequeña que ésta fuera.
La primera vez que la vio pensó que probablemente se trataba de alguna de las tantas niñas ricas y malcriadas que se han trasladado de hogar por el simple gusto de hacer lo que les daba la gana. En ese primer encuentro, en las afueras de un almacén cerca de su casa, le pareció reconocer una de esas chiquillas que tanto detestaba, hasta que miró dos veces: había chocado con lo más cercano a una diosa que había visto en su vida. Su ropa no parecía revelar gran cosa respecto a su físico; sin embargo, él era lo bastante imaginativo para adivinar las suaves formas que la chica parecía esconder a propósito. Su piel no era blanca, más bien le recordaba el tono de la leche y té que bebía cada mañana; su pelo, negro azulado, caía liso por una espalda tímidamente dibujada en un suéter azul. Antes de seguir mirando e imaginando, notó que sus ojos grises lo envolvían en una mirada llena de indignación y resentimiento; sin duda se había molestado con el empujón. No fue su culpa. Se estaba quedando dormido. Sin encontrar algo que decir, recogió su bicicleta y se marchó lo antes posible. Al llegar a la privacidad de su habitación, se halló pensando en esa niña a la que sin querer había ofendido. Pero finalmente su pasión por dormir fue más fuerte y terminó ganándole a la razón. Ese día durmió a sobresaltos.
Al regresar a clases el lunes posterior, y por consiguiente a las prácticas de basketball, sintió de pronto el peso de esos ojos pardos que observaban cada movimiento que hacía cada uno de los jugadores. ¿Le interesaría el basketball? Las chismosas de su salón le habían facilitado el trabajo. Nada que sus oídos veloces no pudieran solucionar. Puso atención a la conversación y supo que esa chiquilla que supo lo odió desde el primer momento, se llamaba Kyoko Matsumoto. Algunas decían que, conforme a sus sospechas, se trataba de una niña rica recién llegada de los países más lejanos del orbe. También escuchó que era una niña enviada de una correccional a la que ya no podían soportar por su mala conducta. Otras decían que era una huérfana que había tenido que abandonar su hogar por haberse encontrado desamparada y sin dinero. ¿Cuál sería la verdad? No importaba ya. Ella estaba ahí, enfrente de él, y todo hubiese sido más fácil si esa chiquilla entrometida hermana del capitán no hubiese metido sus narices al presentarla al equipo de basketball y a ese grupo de amigotes que babean por el do'aho. Tanta fue su desconcentración que al golpear el balón con su fuerza y energía acostumbradas había ido volando hasta su lugar y por pocos las golpea. Afortunadamente, nada había pasado. Pero necesitaba hacerse notar de alguna manera, pues hoy ella parecía ignorarlo por completo. Algo ya había adelantado al ignorarla durante las "presentaciones". Era verdad, la chica le interesaba, pero su orgullo era demasiado grande para reconocerlo, incluso ante sí mismo. Entonces, al suceder lo de la pelota, no pudo esperar más; quería sentir el peso de esos ojos grises una vez más. Aunque fuera para reprocharlo.
- Eso pasa porque hay gente en este gimnasio que no debería estar aquí…
- Ru-Rukawa……
- ¡MALDITO RUKAWA! ¡CÓMO TE ATREVES A TRATAR ASÍ A HARUKO! ¡ME LAS PAGARÁS!
- No me refería a ELLA precisamente…
Listo. Había conseguido su objetivo. Tenía esos ojos sobre él, además de los de todos los demás. Ella, claramente ofendida, avanzó hacia él, para reprocharlo, para insultarlo; pero él ya había conseguido lo que quería… por ahora. Ese orgullo ya estaba satisfecho. Entonces la ignoró. Ya no quiso mirarla más, pues sabía que la había ofendido y se odiaba por eso. Pero no dejaba de saborear el momento de ser parte de su universo al menos por unos segundos. Desde entonces sintió la necesidad de disculparse con ella; sabía que había sido un patán. Entonces, al verla irse, decidió ir por ella de inmediato, pero la práctica aún no había terminado. Apenas el capitán dio el permiso de retirarse, voló a las duchas y terminó antes que nadie. Apenas recordó dónde estaba su bicicleta y salió disparado hacia ella. Fue entonces cuando la vio. Estaba llorando detrás del gimnasio. Y ese maldito de Yohei estaba consolándola. Se quedó tan paralizado al verlos besarse… jamás lo habría imaginado. Él iba a ir a buscarla y ella pasaba las penas con ese idiota amigo del do'aho.
- Pues bien, que se quede con ese estúpido – se dijo a sí mismo.
Pero ni toda la determinación del mundo podían evitar el hecho de que tenía que esperar a que se fueran para coger su bicicleta. Esperó el fin de la tortura tratando de hacer oídos sordos a las palabras que ahora le parecía llegaban más claras que de costumbre. Pero el dolor era mucho como para ignorarlo.
- ¿Volvemos al gimnasio? – era la voz de Yohei.
- Mejor ven a caminar conmigo… - no necesitaba ver para darse cuenta de lo que esas palabras encerraban. Ella le coqueteaba. "Se debe haber enamorado de ese tonto", pensó.
Ya se iban. Se había acabado esa agonía que lo estaba dominando por unos instantes antes. Cuando por fin pudo tomar su bicicleta y marcharse, ni siquiera se durmió en el camino. Tampoco lo pudo lograr cuando se halló solo en su habitación. El sueño parecía rehuir de él. Entonces se levantó y miró por la ventana; la noche parecía tranquila, las calles estaban desiertas y las sombras se confundían con las formas reales.
Entonces los vio otra vez. Parecía que el destino se empeñaba en hacerlo sufrir.
