Capítulo 4

Elsa detuvo su Mazda Miata de color verde oscuro a la entrada de la casa de sus padres, satisfecha de que la minivan de su hermano le diera sombra. Lo más seguro era que estuviesen todos en la piscina de la parte de atrás, impacientes por tostarse al sol. Aunque Elsa era rubia platinada, tenía los ojos azules, Jack y ella son los que toleraban el sol mejor que el resto de la familia.

—¿Hay alguien en casa? —gritó desde el recibidor.

—¿Elsa? —oyó la voz de su padre desde la cocina.

—¡Papá!

Sin perder un segundo, se fue directa a su padre y le dio el abrazo que había estado reservándole desde el lanzamiento del transbordador el lunes anterior.

— Enhorabuena.

—Gracias, cariño, pero dámela cuando vuelvan a tierra. Desde el accidente del Challenger, en la NASA estamos tan pendientes de los aterrizajes como de los despegues.

—Pues cuando aterrice te ganarás otro abrazo. Igualmente, el lanzamiento fue precioso.

—La verdad es que sí. —Agnarr se volvió para coger la bandeja de hamburguesas del mármol. A sus cincuenta y nueve años, Agnarr Winter aún lucía una espesa y ondulada cabellera un poco rojiza, si bien salpicada de canas, y era de constitución atlética, que cultivaba saliendo a correr a diario por la playa del Cabo.

—¿Te ayudo?

—No, tranquila. Ve a saludar a todo el mundo. A mí me toca la parte fácil.

—Vale, pero después hablamos. Quiero que me cuentes cómo va la misión.

Su padre tenía un don a la hora de traducir el galimatías técnico en forma de hechos y anécdotas. Cuando iba a secundaria, su hermano Jack y ella jugaban a preparar a su padre para los periodistas acribillándolo a preguntas durante la cena. La tradición había continuado hasta la actualidad.

Elsa atravesó las puertas acristaladas que daban al patio cercado con malla metálica en donde, como había previsto, Jack y su mujer Adrienne jugaban en la piscina con su hijo Josh, de cinco años, y su hija Jordán, de tres.

—¡Hola, preciosa!

—¡Mamá! —Elsa abrazó a su madre como si no la viera desde hacía siglos, aunque había estado allí hacía sólo dos semanas. La tensión por el lanzamiento del Atlantis había unido a todos los Winters de manera natural.

—Pensaba que ibas a cortarte el pelo. —Maxine Winter tiró de la coleta que sobresalía tras la gorra del USS Columbia que llevaba su hija..

—Me acobardé —admitió Elsa. —Pero he pedido hora otra vez para dentro de dos semanas.

—¡Els! —Su empapadísimo sobrino de cinco años se le agarró de las piernas para decirle hola.

—¡Hola, Josh!

Haciendo caso omiso del hecho de que su sobrino estaba chorreando, Elsa se agachó para darle un fuerte abrazo. Como no podía ser menos, su sobrina no tardó en unirse, igual de mojada.

—¡Hola, Jordan!

—Bueno, ya que estás mojada ven a meterte —le gritó su hermano desde la piscina.

Jack Winter era inspector de estructuras y edificios del condado de Brevard, un puesto de mucha responsabilidad en una comunidad costera en donde los huracanes no eran extraños.

—No, gracias. Sigue estando demasiado fría. —Era el primer día que los Winter usaban la piscina desde octubre. Aunque la temperatura apenas llegaba a los 25o C, todos estaban impacientes por ponerse en remojo. —¿Todo bien?

—Bien. ¿Viste el lanzamiento?

—Por supuesto. Hasta me llevé a unos cuantos huéspedes de la planta Concierge a la azotea para verlo conmigo. —Elsa no tenía ni idea de por qué había revelado aquel pequeño detalle... salvo quizá por el hecho de que llevaba días dándole vueltas. —¿Vosotros adonde fuisteis?

—Yo fui a la zona de prensa —contestó Jack. —Adrienne fue al puente con los niños.

—¿Fuiste a la zona de prensa?

A Elsa le dio mucha envidia. Por culpa del trabajo casi nunca podía ir, pero la zona de prensa del centro espacial Kennedy, en donde trabajaba su padre, era el mejor lugar para presenciar el despegue. Situada junto a la mastodóntica nave de ensamblaje de vehículos, la zona de prensa estaba a unos trece kilómetros de la plataforma de lanzamiento. El asta de la bandera y el reloj digital de casi dos metros de alto eran elementos básicos de las retransmisiones desde la NASA.

—El próximo lanzamiento se hará en sábado —intervino su padre. —Dime si puedes ir y te sacaré un pase.

—¡Guay!

Lo primero que se le pasó a Elsa por la cabeza fue que le gustaría muchísimo que Anna pudiera acompañarla. Conseguirle un pase de presa no sería muy difícil, pero el lanzamiento tendría que coincidir con un fin de semana en que ella viniera a la ciudad, y todo dependería de si podía venir un par de días antes.

La jornada transcurrió como el típico domingo en casa de los Winter. Elsa y su hermano bombardearon a su padre con preguntas sobre la misión, y se pasaron una hora o más en el suelo jugando con los niños hasta que los pusieron a dormir la siesta. Le gustaba la compañía de su familia, pero no tenía ni idea de que su madre estuviera tan preocupada por ella.

Durante los últimos años, Maxine Winter sufría porque al parecer su hija no tenía vida fuera del trabajo y de las visitas quincenales a Cocoa Beach. Elsa no hablaba nunca de nadie especial, pero Maxine no estaba segura de si era porque no había nadie o porque a Elsa no le gustaba hablar de su vida privada.

En una ocasión Elsa le había contado que resultaba muy difícil salir con alguien en serio con sólo dos noches libres a la semana. Pero Maxine sospechaba que había algo más que eso. Era casi como si Elsa hubiera renunciado a encontrar a alguien con quien compartir su vida. Más bien se la veía satisfecha de que el trabajo ocupara el lugar central de su existencia.

Ahora bien, Maxine conocía a su hija mejor que nadie y notaba que en las dos últimas semanas había cambiado algo. Elsa se veía relajada y feliz, y lo único que dijo del trabajo fue que había subido a la azotea para ver el lanzamiento con unos cuantos clientes del hotel. En particular, parecía muy animada al hablar de una huésped en concreto: una mujer de Baltimore.

Anna hizo una mueca de dolor mientras gateaba por el suelo de la habitación de su madre, siguiendo el cable del alargador hasta la parte posterior de la televisión. Sin duda, no era la mejor manera que se le ocurría de pasar un sábado por la tarde. Casi habría preferido haberse quedado en la oficina y adelantar trabajo.

—No me extraña que se fundieran los plomos, Iduna. Me sorprende que no hayas prendido fuego a la casa —murmuró para sí. —¡Madre!

Anna contó hasta siete aparatos eléctricos enchufados en dos adaptadores y en el alargador. Probablemente, tres o cuatro al mismo tiempo eran más de lo que el circuito podía soportar.

—¿Qué? ¿Has encontrado el problema? —Iduna Summer entró en la habitación para encontrar a su hija tirada en el suelo con la cabeza metida detrás de la televisión.

Anna salió de donde estaba y sostuvo en alto la colección de cables y adaptadores.

—Esto es demasiado para estar enchufado en la misma toma de corriente.

Uno por uno, fue identificando los cables: la televisión, el vídeo, el descodificador de la televisión por cable, el reloj, la lámpara, el humidificador y el pequeño radiador.

—Estás cargando la caja de fusibles con más de lo que puede aguantar.

—Pero todo son cosas que necesito. ¿Cómo voy a leer la programación de la tele sin luz? —preguntó muy indignada. A continuación añadió: —¿Y qué quieres? ¿Que me congele ahí sentada?

—No, pero algunas cosas tendrás que enchufarlas en otro sitio.

Uno por uno, Anna organizó los enchufes de manera que el reloj despertador y el humidificador estuvieran enchufados en la toma del rincón y el radiador y la lámpara estuvieran enchufados en el pasillo, con el alargador.

—Pero queda fatal que se vean los cables así por el suelo —lloriqueó la Sra. Summer.

—Es temporal, hasta que llames a un electricista para que te instale otro enchufe en la habitación, que vaya a un fusible diferente.

—No me hace ninguna falta. Llevo viviendo en esta casa treinta y siete años y nunca he necesitado otro enchufe.

—Pero antes no tenías todas estas cosas, mamá. —Anna gesticuló para abarcar los diversos aparatos de la habitación. Desde la muerte de su padre, su madre había usado la totalidad de la gran casa estilo Tudor cada vez menos y se había refugiado cada vez más en el amplio dormitorio, en donde había creado su espacio personal. —No hay vuelta de hoja. No puedes tener todo esto enchufado aquí. Es peligroso y además Sophie podría entrar un día, ponerse a jugar con los cables y electrocutarse.

Mencionar a su sobrina bastaría para convencerla.

—Supongo que tienes razón.

—¿Sabrás buscar a un electricista en las páginas amarillas y decirle lo que necesitas?

—No sé si me acordaré de todo.

Anna no perdía la esperanza de que algún día le diera una respuesta diferente, pero nunca había suerte. Tendría que ser ella la que se ocupara de encontrar a alguien que viniera a arreglar el desaguisado.

—No pasa nada. Llamaré yo el lunes. Pero tú tendrás que explicarle dónde van las cosas cuando venga.

Le repitió a su madre lo que debía decirle al electricista paso a paso hasta que consideró que lo había entendido. Entonces regresaron juntas a la primera planta de la vieja casa. Anna se dejó caer en el sofá, masajeándose la pierna dolorida.

—Todavía te duele mucho, ¿verdad, cielo?

Anna suspiró al ver las lágrimas que afloraban a los ojos de su madre. Intentaba disimular el dolor que la atormentaba cada día, pero a veces no era capaz de hacerlo.

—No está tan mal, mamá. Sólo se me resiente un poco.

—Tendrás que hacerte la otra operación o no mejorará nunca.

—Ya lo sé... Sólo que ahora no es un buen momento.

Anna era consciente de que la operación que debía soldarle el fémur dañado justo por encima de la rodilla era la última intervención programada para su recuperaron, pero era incapaz de volver a ponerse en manos de los médicos y después pasarse otras cuatro o seis semanas en cama. Sobre todo ahora que tenía cosas importantes que hacer en Orlando. Ya tendría tiempo cuando se quedara en paro.

—¡Tita Anna! —Una vivaracha niña de dos años se abalanzó sobre su querida tía desde la otra punta de la estancia para abrazarla y darle un beso.

—Hola, princesa. ¿Cómo está mi niña? —Anna adoraba a la hija de su hermana. —¿Qué tal, Ariel?

La hermana pequeña de Anna le pisaba los talones a su hija, que había entrado en la casa como un vendaval en cuanto reconoció el Volvo de su tía en la entrada. Ariel se parecía mucho a Anna. Igual que Iduna, Ariel era de estatura mediana y tenía el pelo rojizo y unos expresivos ojos castaños. Su hermana había servido seis años en la marina y en la actualidad estaba sacándose el título de enfermería.

—Muy bien. Venimos del parque y alguien que yo sé ha bajado por el tobogán ella sola —alardeó Ariel .

Anna se volvió hacia su sobrina con los ojos abiertos como platos.

—¿Tú sola?

Sophie asintió muy orgullosa.

—¡Qué niña más mayor!

—¿Tienes que volver a Orlando mañana? —preguntó Ariel.

—No, esta semana me toca quedarme en casa.

—Seguro que te has pasado el día en la oficina —resopló Ariel.

No era ningún secreto que no aprobaba la cantidad de horas que Anna dedicaba al trabajo. Anna tenía que ir a trabajar casi todos los fines de semana que estaba en la ciudad, para compensar el tiempo que pasaba fuera. Cuando regresaba de Orlando los jueves por la mañana, tenía la cuenta de correo a reventar, ya que no había nadie que pudiera ocuparse de los asuntos de marketing durante su ausencia. De hecho, tenía pensado trabajar en casa aquella noche y al día siguiente por la tarde para ponerse al día.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó Iduna, en un intento de aligerar la conversación.

—No, tengo cosas que hacer en casa, pero gracias. Llamaré al electricista el lunes, pero no enciendas todo eso al mismo tiempo, ¿de acuerdo?

—Lo que tú digas. Ya sabes que dependo de ti para esas cosas.

«Y para todo lo demás», pensó Anna con resignación, poniéndose en pie para marcharse.

Anna trató inútilmente de no cojear mientras bajaba los escalones del porche y se dirigía al coche. El accidente había cambiado muchas cosas en su vida, pero lo peor no era el dolor constante, pensó. Era otra cosa lo que la había convertido en una persona diferente.

Tras tres horas conectada, Anna eliminó el último mensaje de su bandeja de entrada. Entre la noche anterior y aquella tarde, había logrado ponerse más o menos al día y podría empezar la semana en Gone Tomorrow sin tener el agua hasta el cuello. La esperaba otra semana frenética en el trabajo, en casa, en casa de su madre, antes de volver a meterse en un avión para Orlando el domingo siguiente.

Sin embargo, le costaba no tener ganas de regresar, por mucho trabajo extra que le supusiera el proyecto de Orlando. Aquellos viajes quincenales que al principio le daban pavor se habían convertido en una especie de vacaciones de sus responsabilidades y tenían un aire de aventura, en parte gracias a su nueva amiga del hotel.

Anna sabía que dejar que sus pensamientos volaran hacia Elsa era una pérdida de tiempo, pero no podía evitarlo... ni quería hacerlo.

Por mucho que se repitiera que Elsa sólo hacía su trabajo, era difícil pasar por alto la sensación de que se estaba excediendo en sus obligaciones para conectar con ella. Anna sacó la cartera del maletín y sacó la tarjeta que le había dado hacía casi un mes. Elsa Winter, supervisora adjunta. Y se fijó en que llevaba una dirección de correo electrónico.

Elsa acabó de redactar el último informe para gerencia de la semana. Como era domingo por la noche, Flynn estaba en la recepción principal, echando una mano con la barahúnda de huéspedes. Elsa sabía que debería ir a relevarlo, para que también él pudiera acabar su papeleo, pero no pudo resistirse a aprovechar aquel raro momento de tiempo libre para echar un vistazo a las ofertas de trabajo de la empresa. Hacía tiempo que tenía asumido que ascender en Orlando era poco probable. Y, a eso, cabía añadirle el hecho de que su vida —no sólo en el trabajo, sino en general— estaba cada vez más estancada. Por mucho que odiara la idea de dejar aquel hotel, puede que fuera hora de plantearse un cambio. Entró en la red de hoteles Weller Regent, preguntándose si quizá habría alguna vacante en el área de Washington DC.

De repente, se enderezó en la silla y decidió que las ofertas de trabajo tendrían que esperar: había recibido un correo de ASummer.

Hola,

Elsa:

Solo quería decirte que he estado siguiendo las noticias sobre la misión del transbordador con mucha atención y tengo muchas ganas de ver su regreso triunfal el viernes. De nuevo, muchísimas gracias por invitarme a disfrutar de aquella vista tan espectacular desde la azotea la semana pasada. Sinceramente, no sabes lo mucho que significó para mí y la de veces que he recordado esa imagen tan magnífica desde entonces.Estoy impaciente por volver al Weller Regent el domingo que viene y espero que tengamos la oportunidad de saludarnos.

Gracias otra vez.

Anna

Elsa se reenvió el mensaje al servidor que empleaba para su correo personal. Si aquella enigmática mujer y ella iban a ser amigas, quería hacerlo a salvo de las miradas curiosas de los administradores de la red.

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Que La Fuerza Los Acompañe...