LA VENDA SOBRE LOS OJOS
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Notas de las autoras:
Muchas gracias por los comentarios a la historia : ) Como siempre los reviews son el alimento del alma para el escritor. Cuencas está muy feliz, y yo también con la respuesta que hemos tenido de los lectores. Muchas gracias de nuevo. Quiero agradecerle a KNL sus comentarios, ya que no puedo responerle vía reply.
Por cierto, todo este tiempo he obviado que el crédito financiero es para quien tenga los derechos de YugiOh! y nosotras no lucramos con estas historias.
ADVERTENCIAS: AU, M, Smut, Prostitución.
Capítulo 4:
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Mokuba estaba por volver de su campamento de verano, llegaría por la tarde. Kaiba hizo los arreglos pertinentes para que el chofer lo recogiera y para que en casa tuvieran preparada la cena favorita de su hermano.
La mansión Kaiba estaba en el Upper East Side. Seto y Mokuba la habían heredado, junto con muchas otras propiedades, de su padre adoptivo. La mansión estaba valorada en 84.5 millones de dólares, especialmente por la ubicación (estaba a media cuadra del Central Park). Tenía una fachada dramática de piedra blanca y enrejados negros. Contaba con grandes medidas de seguridad (cámaras, guardias, portones y alarmas) y aseguraba a la vez su privacidad.
Todos los pisos de la mansión eran de mármol, tenía trabajos en madera, y contaba con remodelación en la cocina y en la calefacción. La mansión era de seis pisos por lo que contaba con toda clase de habitaciones: un gimnasio personal, oficina, un salón con bar para las reuniones (Kaiba jamás había hecho una en él); salas de entretenimiento, biblioteca, un baño sauna y demás. Seto recordaba que cuando eran niños, Mokuba y él a veces se escapaban de sus tutores y se escondían sin que nadie pudiera dar con ellos por horas.
Todas las mañanas Kaiba hacía uso del gimnasio. Corría durante al menos una hora en una banda sin fin para después hacer una rutina de pesas bajo la vigilancia de un entrenador personal. Ese día mientras se ejercitaba estaba pensando en Atem. Había creído que sus ganas de verlo se le agotarían. Sin embargo, la personalidad de Atem y sus constantes retos le tenían bastante entretenido. El jugueteo entre ellos avivaba su deseo, y Kaiba había decidido que iba a disfrutar hasta que se hartara. Podía permitírselo. Además, a pesar de su usual insolencia, Atem solía ceder a sus peticiones (por algo le estaba pagando). Y cada vez tenía nuevas que hacerle. Había una en especial que le rondaba por la cabeza, pero aún no se decidía a realizarla.
Tras una ducha rápida, se vistió de traje y se fue a su empresa. Él no solía manejar, porque mientras su chofer se concentraba en el tráfico, él revisaba su correo electrónico en su smartphone o hacía llamadas. Kaiba había decidido vender parte de la división de multijuegos a una empresa China. Había cerrado el trato y esa mañana había recibido el último depósito por mil millones de dólares. Sin embargo, no era dinero que se iba a quedar en su cuenta bancaria, en cuanto Herbie demostrara ser el nuevo presente, Kaiba invertiría en interfaces de cerebros positrónicos.
Al llegar a Kaiba Corp acudió de inmediato al laboratorio.
Shadi le mostró que había programado exitosamente a Herbie, quien a pesar de saludarlo mecánicamente (y con esa odiosa voz) parpadeó y movió los labios en una sonrisa. La sonrisa de Atem. Kaiba le devolvió el gesto ladeando un poco la cabeza y Herbie lo imitó.
Herbie tenía un software que permitía el reconocimiento facial de la persona que tuviera frente a sí, podía hacer contacto y tener una interacción sencilla.
–¿Cómo estás hoy Herbie?
–Bien, señor Kaiba.
–¿Shadi te trata bien?
–Tan bien como se pueda esperar –fue la respuesta. Eso era obra de Shadi pero a Kaiba no le molestaba, si sólo dijera "sí" o "no"; y hablara con sumo respeto, entonces parecería un simple esclavo.
Herbie parpadeaba con la misma espontaneidad con la que cualquier humano lo haría. Como había dicho antes el CEO, lo más importante era la naturalidad de cada uno de sus gestos, eso era lo que dividía a un robot que causaba temor en los humanos, a uno que causaba fascinación. Ahora lo que deseaban hacer era que Herbie fuera capaz de tomar acciones no verbales, y para ello habían usado la captura de movimientos de Atem. Los cuarenta motores individuales que poseía en su rostro harían que sus reacciones al conversar no sólo fueran más espontáneas, sino también certeras.
Como encargado de su ergonomía, Kaiba había decidido que Herbie no tuviera cabello. Primero porque el cabello de Atem sería un tormento de imitar, y segundo porque no podía imaginarlo de otro modo.
Herbie realizó una caminata por el laboratorio. Aún lo hacía como si fuera un niño pequeño.
Kaiba no podía evitar mirarlo y sentirse orgulloso. Para algunos CEO's, cada día era levantarse y acudir al trabajo sin más, pero él se apasionaba en lo que hacía cada día. Y se arriesgaba en cada decisión que tomaba, aun cuando eso le pudiera traer la ruina.
–¿Crees que Herbie muestre la perfección humana? –Le preguntó Shadi.
Kaiba tuvo que pensarlo durante un instante.
–¿Perfección? Un androide cometerá errores siempre que los datos que le brinden para tomar decisiones sean erróneos. El razonamiento de un androide consiste en reunir y analizar un número casi infinito de datos en un tiempo infinitesimal. Llegará el momento en que progresaran más allá de la posibilidad de un control humano detallado. –Miró a Shadi que no parecía haberlo comprendido. –Te explicaré, un equipo de matemáticos trabaja varios años calculando un cerebro equipado para realizar ciertos actos similares de cálculo. Utilizando este cerebro hacen nuevos cálculos para crear un nuevo cerebro todavía más complejo que utilizan a su vez para hacer otro más…. Y así, hasta que el resultado sea diez de estos progresos.
–Y Herbie será…
–El primero de todos ellos, el que nos llevará a otro nivel del futuro. Como dijiste lo que Herbie reflejará, será nuestra perfección, y como sabemos, los hombres no son perfectos.
–Por eso insistes tanto en que no hay pequeños detalles.
A Kaiba le alegraba que Shadi comprendiera su visión. Por eso Herbie le era tan importante, por eso es que había querido dotarlo de lo mejor que tenía a su disposición, lo cual incluía la apariencia de Atem. Estaba seguro de que el mundo lo adoraría.
Por la tarde regresó a casa. Había extrañado a Mokuba.
Cuando se quedaron huérfanos se volvieron inseparables, al grado en que Mokuba era incapaz de ir a ningún sitio si no era con él. Finalmente, los profesores del colegio le dijeron a Seto que Mokuba presentaba problemas de socialización, le aconsejaron que su hermano pasara más tiempo con otros niños (algo que no sucedía en casa donde estaban únicamente ellos dos y la servidumbre). Al principio Kaiba pensó que exageraban pero después lo tomó en serio y obligó a Mokuba a desapegarse. Eso requirió que Mokuba acudiera a clases extraescolares de deportes y a otros compromisos derivados de esa rutina, como reuniones en casa de otros niños y campamentos.
Kaiba no quería que Mokuba fuera un solitario. Él lo era, pero su personalidad le permitía encontrarse solo sin sentirse mal por ello. Mokuba era más sensible. Y Kaiba haría todo lo que estuviera en su mano para que su hermano fuera feliz, así tuviera que alejarlo de él.
Su mayordomo se aproximó a donde estaba.
–La señorita Ishizu Ishtar ha venido a verlo –le dijo.
Kaiba lo pensó un instante.
–Invítala a comer, la veré en un momento –le ordenó.
Kaiba dejó la gabardina sobre su cama y fue a su encuentro. Ishizu estaba en su biblioteca, la encontró contemplando algunas de las obras de arte que se encontraban en el sitio.
–Lo felicito señor Kaiba, su colección es en verdad excelsa. –La modestia de Ishizu a veces era remarcable, después de todo ella era quien lo había asesorado para conseguir tales piezas.
–Gracias –le dijo Kaiba de todos modos. –¿Cómo has sabido que me encontraba en casa?
–Hice que vigilaran la entrada y al no ver tu auto partir, supe que te encontrabas aquí. –Los métodos de Ishizu no eran precisamente finos pero sin duda eran ineludibles.
–¿Así que ahora me vigilas?
–Sólo porque tú me evades.
–¿Lo dices por la invitación a tu gala? La rechacé con tiempo para que no te sintieras apresurada para reemplazar mi presencia.
–Lo sé –dijo Ishizu volviéndose hacia él. La mujer era sumamente elegante, aquel día llevaba el cabello negro suelto e iba vestida con un simple atuendo blanco que se adhería a su esbelto cuerpo, llevaba un hermoso collar de oro en el cuello. Pero no era por su belleza por la que Kaiba la respetaba. –Y yo te invité con suficiente anticipación para que tú te negaras, y me dieras el tiempo necesario para hacerte reconsiderar. Te conozco Kaiba.
–Empiezo a creer que eso es cierto.
El mayordomo les anunció que la comida estaba lista.
Lo tomaron en uno de los comedores de la planta baja.
–En verdad me gustaría que fueras. Así como este año es importante para ti por la construcción de tu androide, para mí es similar. Hemos logrado un acuerdo con algunos de los museos más importantes del mundo, con el National Royal de Londres, y el Louvre de Francia; nos han prestado algunas piezas de sus colecciones. Lo que se verá esa noche, difícilmente lo podrás volver a contemplar en una misma sala. –Le fue explicando. –Además, habrá una cena de gala y una subasta para la beneficencia del Museo. En la actualidad, en el mundo del arte, nadie puede permitirse ser generoso en las donaciones. Los nuevos mecenas son CEO's, políticos y unos pocos actores. Y yo necesito reunir a una buena cantidad de ellos. Tú eres de los más populares y ricos.
A pesar de sus palabras Ishizu no lo estaba lisonjeando sino que hablaba como quien tiene la obvia razón.
–Sé que invitaste a Pegasus.
–Es tu socio, si no te gusta, échalo de tu empresa –dijo Ishizu sonriendo. Eso era mentira, porque Pegasus era de esos multimillonarios que te encontrabas en todos (en absolutamente todos) lados. Al único que Kaiba no quería ver era a Aknadin, pero sabía que ya no estaba en la ciudad así que Ishizu no lo había invitado. Kaiba sacó su smartphone para revisar su agenda. –Puedes llevar a alguien –añadió Ishizu. Siempre se lo decía, aunque él jamás iba acompañado a ningún evento.
–Lo pensaré –dijo sin darle una certeza.
–Tomaré eso como un comienzo –aceptó Ishizu con una sonrisa. –Procuraré que haya algo de tu agrado en las mesas de subasta.
–Que el vino sea el de mi elección –cedió Kaiba por completo.
Estaba acostumbrado a que las personas a su alrededor le pidieran favores de ese tipo. Usualmente se negaba porque lo consideraba una pérdida de tiempo, y era muy consciente de su intolerancia a las estupideces. Su temperamento hostil y su reputación de hijo de puta ahuyentaban a las personas. Pero algunas eran tan necias como él, para ejemplo: Ishizu.
Tras una plática superflua, ella se fue diciéndole que no le hiciera volver porque lo haría sin dudar.
Kaiba aprovechó las horas extras que tenía antes de que Mokuba arribara para trabajar en su ordenador. Pero invariablemente sus pensamientos fueron hacia Atem, una y otra vez. Tenía que espaciar sus encuentros con éste, porque no quería desatender a Mokuba. La decisión de verse fuera de The Circus había sido fundamental, porque así sólo trasnocharía una vez a la semana (cuando acudiera a ver a Atem bailar); pero no podría verlo ya los domingos. Era imperante que se vieran los lunes, y al menos otro día de la semana. Tendría que hablar con Atem de ello.
Escuchó la puerta principal abrirse y el barullo usual de su hermano.
–¡Seto! –Lo saludó. Mokuba tan espontáneo como sólo él podía serlo, corrió a abrazarlo. Kaiba lo abrazó por igual y le revolvió el cabello con una mano.
–¿Cómo ha ido el campamento?
–Ha sido como una extensión de un curso de la escuela, ahí estaban todos –dijo Mokuba pero no parecía enfadado por eso. –Por cierto, ¿tendrás más de esas tarjetas gratis para recargar puntos en los juegos?
–Aún me quedan algunas, pero he vendido buena parte de la sección de multijuegos de la empresa –le confió. Siempre le decía todo (o casi todo).
–Oh Seto, sé que tenías tus razones, pero esa es de las partes divertidas de tu trabajo.
–Mi trabajo es la innovación, no es precisamente la diversión.
–Veo que algunas cosas no han cambiado –suspiró Mokuba.
Se dirigieron a su sala de esparcimiento. Ahí Mokuba solía jugar horas frente a la enorme pantalla de noventa pulgadas, pero ese salón también lo utilizaban para escuchar música, leer o jugar ajedrez. Cuando niños, Kaiba había sido campeón juvenil. Ahora ya no lo practicaba, principalmente porque ya había demostrado que era el mejor. Se tiraron en la sala mientras Mokuba le contaba todo lo que había hecho durante esas cuatro semanas, en cambio Kaiba fue incapaz de decir algo que no fuera sobre trabajo.
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Atem está solo en el escenario. Su vestuario de esa noche es el mismo que llevaba cuando se conocieron. Su disfraz egipcio, un kilt corto que deja al descubierto sus piernas, el torso desnudo pero no expuesto pues sobre los hombros lleva un manto púrpura. Kaiba sabe que ese color significa nobleza. Su Atem está vestido como un faraón.
La música es suave, Atem apenas y se mueve pero aun así reclama la atención del público sin apenas esforzarse, en esa pose se evidenciaban sus músculos tensos y duros como el acero.
Kaiba lo ve bailar con pies ligeros, tan lleno de energía. Atem se mueve con velocidad, gira sobre una de sus piernas antes de efectuar un salto arqueándose con facilidad en el aire, dominando su cuerpo a la perfección, aterrizando luego como si fuera ingrávido. Kaiba ni siquiera parpadea para no perderse el mínimo detalle. Volvió a ocupar el palco de siempre en The Circus, compró todos los lugares para estar a solas ahí.
Atem hace una pausa dramática y un segundo personaje se le une. La luz que lo ilumina disminuye para enfatizar a su compañero de baile el cual va vestido de una forma similar, salvo por una túnica abierta de color vino. Se mueve furtivamente hacia Atem, retrocediendo y avanzando dando a entender que no desea ser descubierto aún. La luz sobre él se extingue y el segundo bailarín se convierte en una sombra que sigue los pasos de Atem.
Kaiba lo entiende, es un ladrón que ha venido a robarse al faraón.
Cuando Atem se percata del ladrón, éste ha copiado todos sus movimientos desde las sombras. El baile incrementa su ritmo. Atem se mueve frenéticamente evadiendo al ladrón, resistiéndose a él; pero éste le sigue el ritmo y emula todos sus movimientos hasta que ambos ya no disonan, sino que bailan al unísono.
Y entonces su danza se convierte en algo más.
No bailan igual, sino uno con el otro. El ladrón sostiene a Atem de la cintura y le ayuda a bajar hasta el suelo. Ondula sobre él dando a entender que copulan. Kaiba nota que toda la sala está muy silenciosa.
Cambian de postura con facilidad. El ladrón sostiene a Atem sobre su regazo y se pone de pie, giran juntos sin que los pies de Atem toquen el suelo. Se ven tan coordinados y compenetrados que Kaiba siente un odioso pinchazo justo en medio de su pecho.
El ladrón flexiona el cuerpo de Atem sobre sí mismo hasta que emulan otra postura sexual. Una que Atem y Kaiba han hecho antes, pero eso no le quita hierro a lo que siente.
Aquella danza termina con Atem alejándose, el ladrón lo sujeta de la muñeca y tira de él haciéndolo girar hasta volver a sus brazos.
Se besaron.
El público estalló en un aplauso rabioso. Kaiba se levantó de su sitio, ya había visto suficiente.
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Esa noche fue de las peores que Kaiba había tenido. Regresó a casa furioso. Había dispensado al chofer de llevarlo porque en teoría no iba a beber ni a trasnochar, sólo iba a ver el espectáculo. Así que en cuanto tomó el volante y revolucionó el motor, pareció que estaba dispuesto a matarse en la siguiente calle. Sus manos temblaban por la ira. Le importaba muy poco la velocidad a la que iba, le importaba un carajo todo en ese momento.
Estaba intentando controlarse para no volver, pedir ver a Atem y decirle unas cuántas cosas. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para lograrlo, para detenerse a sí mismo, clavando los dedos con fuerza en el volante hasta que los nudillos se le pusieron completamente blancos. Estaba tan iracundo que deseaba partirle las piernas a ese ladrón. Era como si algo se le estuviera clavando en el pecho y le hiciera arder desde dentro, rezumando odio y furia por todos los poros de su piel.
Seto no pudo reconocerlo porque aún no sabía qué era. Pero aquello que le estaba desgarrando y que, de pronto y sin saber por qué, le parecía una mierda, eran celos.
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Atem llegó puntual al Plaza. Siempre lo hacía así. No se topó con otros huéspedes conforme se dirigía al ascensor, sólo con el portero de siempre que le saludó con un ademán breve. Abordó el elevador pensando en su pelea con Bakura. Era inusual que ellos discutieran. Pero era más inusual que Bakura decidiera cambiar la coreografía en el último momento y besarlo. Atem estaba ofendido, no por la caricia; sino porque no le pidió su consentimiento. Se ganaba la vida mostrándose casi desnudo para deleitar las pasiones de extraños. Sus compañeros de trabajo (igualmente extraños para Atem) tenían acceso a su cuerpo. Desde la terapeuta que los masajeaba, la modista que le tomaba medidas para los trajes, los otros bailarines que interactuaban con él pretendiendo que lo amaban… todos, todo el mundo podía ver su piel y tocarlo. Pero, precisamente por ello, Atem odiaba que le pusieran las manos encima sin su consentimiento. Le reclamó a Bakura, el cual le dijo que se había dejado llevar por el momento, que le pareció que un beso sería el final perfecto para su acto. Prometió no volverlo a hacer. Que mejor, porque iban a presentar esa coreografía durante todo el mes.
Ese día no podía quedarse tantas horas con Kaiba como era lo usual, debía trabajar duro para triunfar en su audición para el Dance Theather WorkShop. Tenía que hablar de ello con Kaiba, esperaba que su amante y mecenas lo comprendiera.
Deslizó su tarjeta en la puerta, dejó su chaqueta en la percha del vestíbulo. Kaiba solía llegar tarde, no demasiado, pero Atem juzgó que tenía tiempo para refrescarse y beber algo. Fue a la sala por una botella de agua.
–Ven –escuchó la voz de Kaiba desde la habitación.
–Llegaste temprano –le dijo Atem caminando hacia allá, dándole unos pocos sorbos a la botella de agua. –¿Qué tal tu día? ¿Kaiba?
Su amante estaba sentado en el sofá frente a la cama con la expresión más sombría que Atem le había visto hasta el momento. Sus ojos parecían hielo, todo su cuerpo exudaba tensión. Kaiba era guapo, ni como negarlo, pero también tenía un aire peligroso. En la mano sostenía un vaso de whisky, iba más allá de la mitad. Así que había estado bebiendo.
–Desnúdate y atiéndeme –le exigió Kaiba señalando con la cabeza la cama.
Atem no se movió, era imposible que obedeciera una petición dicha así. No era sólo lo que Kaiba dijo sino el desprecio en cada una de sus palabras lo que le impidió simplemente obedecerlo. A veces se le olvidaba que era la prostituta de Kaiba.
–No –fue su llana respuesta. Kaiba estaba de mal humor, Atem no dejaría que lo pagara con él. –Acordamos que no soy un objeto en el que te desfogas.
–No acordamos muchas cosas –Kaiba seguía mirándolo como si tuviera ganas de estrangularlo, Atem no se le acercó pero tampoco retrocedió. –¿Quién era ese con el que bailaste? ¿Por eso insististe en que acudiera a tu nuevo espectáculo?
El enfado de Kaiba adquirió algo de sentido. ¿Estaba celoso?
–No te pedí que acudieras por ningún motivo salvo el que me vieras bailar. Mis palabras quisieron decir lo que significan.
–¿Quién era ese con el que te besaste? –Repitió Kaiba como si no hubiera escuchado lo que Atem dijo.
–Se llama Ryou Bakura, es el coreógrafo de la compañía. ¿Cuál es el problema?
–¡Cínico! –Masculló Kaiba. –Querías provocarme para vencerme en nuestro estúpido juego, pero fuiste demasiado lejos –se levantó de su sitio. –¿Te acuestas con Bakura?
–Por supuesto que no. No quería provocarte, lo del beso fue improvisado, no sabía que él haría eso.
–¡Le correspondiste! ¡Sabías que yo te estaba mirando!
–Era un espectáculo Kaiba, ¿qué debía hacer? ¿Abofetearlo?
–¡Sí! –Bramó Kaiba fuera de sí mismo, tanto que lanzó el trago que tenía en la mano contra el piso para luego ponerse de pie. Fue directo hacia Atem, el cual lo agarró de los brazos tratando de contenerlo.
–No tienes porqué encelarte por un beso coreografiado. Eso no disminuye el tiempo que te dedico ni todo lo que compartimos. –Atem intentó hacerlo entrar en razón.
Kaiba lo miró furioso, ojos desmesuradamente abiertos y expresivos. Se zafó del agarre de Atem y más bien fue él quien lo sujetó de los brazos apretándolo con saña.
–Soy un hombre posesivo, no puedo compartirte. –Atem abrió los ojos sorprendido. –Lo que hayas hecho antes de mí, lo que hagas después de mí, todo eso me tiene sin cuidado; pero no permitiré que nadie te toque, no quiero que le des ni siquiera una sola caricia a otra persona. Ahora eres mío. Si estás con ese tal Bakura, dímelo con honestidad y terminemos con todo.
Lo apretó aún más fuerte pero Atem ni siquiera pestañeó. Lo sentía y sentía dolor, pero él nunca, jamás, se doblaba.
–¿Tuyo? Ni toda tu fortuna podría comprarme –replicó Atem con calma. –Te vendo mi tiempo y mi pasión, pero no te pertenezco. Esa prerrogativa sólo yo puedo otorgarla y no he decidido hacerlo contigo.
Kaiba tenía tan tensa la mandíbula que no le hubiera extrañado que Atem pudiera escuchar el sonido de sus dientes rechinando. Lo soltó y retrocedió.
–No intentes enredarme –le exigió Kaiba. –Admite que te acuestas con otro.
–No tengo nada con Bakura –repitió Atem.
–¿Tienes más clientes? Te pago generosamente, sería demasiado ambicioso de tu parte buscar otro patrocinador –le dio la espalda con Atem como si hablara consigo mismo. –La avaricia es la dueña de toda la humanidad, ¿por qué serías tú la excepción? ¿Sólo porque yo así lo deseo? Dime con cuantos más te vendes.
Sus palabras ofendieron a Atem.
–No soy una prostituta de luz roja –le dijo. Kaiba se giró con una mueca burlona.
"Sigue diciéndotelo a ver si te lo crees" pensó Kaiba pero frenó su lengua de pronunciar esas palabras. "Puta desagradecida".
–No duermo con nadie fuera de ti, no tengo tiempo ni paciencia para buscarme relaciones sin sentido. Tú eres la excepción porque yo así lo deseo.
El enojo de Kaiba se le derritió, sus ganas de buscar pelea se aplacaron. ¿Quién era Atem? Se conducía como un rey…
"Estás conmigo porque yo así lo deseo".
–Yo te escogí –dijo por recordárselo a sí mismo.
–Escúchame –le ordenó Atem. Kaiba escuchó. –Si lo que quieres es una garantía de mis palabras, no voy a dártela, tendrás que confiar en mí. –Atem se cruzó de brazos irritado con Kaiba, como si fuera sólo un niño haciendo un berrinche.
Confianza. Kaiba apretó los puños a la mención de la mera palabra. No solía confiar en nadie, por eso no delegaba trabajo, no tenía amistades cercanas, por eso no quería tener más socios. Kaiba se había hecho a sí mismo, sin ayuda de nadie más, y no lo había logrado precisamente confiando en las personas a su alrededor.
–Ahórrame tu discurso sensiblero y cursi. –Atem le agarró por una muñeca y lo obligó llevarse una mano (en realidad era un puño) al pecho.
–Confía en tu corazón.
–Eso es una ridiculez absoluta, y pensar que te consideré alguien inteligente.
–Sabes bien que sólo me acuesto contigo. Muy dentro de ti lo sabes. –Kaiba le dio una mirada cargada de desprecio. –Tienes dos opciones –le explicó Atem. –Confiar o dejar de verme. –Eso remató a Kaiba.
–¡Lárgate! Ahora mismo –le demandó Kaiba, encima de todo se atrevía a darle un ultimátum.
–Lo haré, pero no porque me lo ordenes sino porque estoy harto de tus desplantes. Pensé que eras más racional, la única persona racional en mí vida. –Estar con Kaiba requería de todos sus sentidos, de todo su arte, de toda su experiencia, y a veces era agotador. En especial cuando se comportaba de esta manera. Atem pensó en decir algo más, pero se dio cuenta de lo inútil que era gastar más palabras en él. Se dio media vuelta y salió de la alcoba.
La puerta se le antojó demasiado cercana. Así que eso era todo. Bakura se decidía a robarle un beso y Kaiba lo echaba de su vida.
Cogió su chaqueta de la percha en el recibidor, pero entonces Kaiba apareció detrás de él y lo sujetó de la mano. Esta vez no estaba dispuesto a tolerarlo. Se zafó de su agarre y le dio un empellón a Kaiba que por poco y lo derriba.
Kaiba volvió sobre sus pasos. Atem apretó la mandíbula, listo para recibir el golpe, pero con la satisfacción de que le devolvería todos.
–Te advierto que… –su amenaza se cortó de golpe porque de pronto Kaiba lo estaba besando. Atem le correspondió agarrándolo con rabia de la ropa para acercarlo a él. Se besaron diluyendo parte de su enojo, siguieron así hasta que se quedaron sin aire.
–Tú ganas –dijo Kaiba contra los labios de Atem. Aún había tensión en él pero poco a poco se desvanecía, conforme aceptaba su derrota. –Tengo que irme –había abandonado asuntos del trabajo para poder hablar con Atem. –Mañana, veámonos mañana. –Atem se quedó callado dilucidando qué decirle. Kaiba no estaba terminando su peculiar relación, ¿Atem querría hacerlo?
–¿A la misma hora?
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Mokuba atacaba (literalmente) su desayuno. Kaiba estaba a su lado bebiendo café y revisando la agenda de su hermano pequeño. Siempre le daba lo mejor, así que había inscrito a Mokuba a la escuela más prestigiosa. Era de esas que no usaban uniforme, de las que ellos proporcionaban todos los materiales necesarios y los enviaban de intercambio y de paseo a otros lados del mundo. Mokuba tenía quince años, pero Seto pensaba que más adelante lo matricularía en Stanford. Para Kaiba era obvio que Mokuba se le uniría en su trabajo en la empresa en algún momento.
–Tienes demasiadas actividades –señaló mirando la agenda detenidamente.
–Como siempre –dijo Mokuba. –¿Asistirás a todas las reuniones?
–Sí –dijo Kaiba. La dichosa agenda en sí no era para Mokuba, sino para él. Para que supiera lo que sucedía en el colegio. Lo único que no le gustó es que casi todas las actividades se sucedían por las mañanas, y quizás algunas de ellas desplazarían sus encuentros con su amante.
Su relación con Atem había vuelto a su cauce habitual. Kaiba había hecho un esfuerzo sobrehumano y estaba intentando confiar en Atem.
Cuando Atem le dio a entender que se conocían en el fondo de sus corazones, Kaiba por poco y lo abofeteó. Y sin embargo cuando Atem le dijo adiós y se alejó, Kaiba supo… no, no lo supo… Kaiba sintió que aquello era verdad; y después simplemente se encontró a si mismo besándolo, sin ser plenamente consciente de cómo había alcanzado a Atem en la puerta.
Le había costado lo suyo tranquilizarse del todo. Después de que Atem se marchó aquella tarde (con la promesa de que se verían al día siguiente), Kaiba había dosificado su ira por toda su empresa. A Ava le había tocado la peor parte, como siempre. Al anochecer se serenó, dándose cuenta de que o hacía las cosas como Atem quería, o tendría que dejarlo ir. Y como no quería lo segundo, pues tuvo que hacer lo primero.
Después se puso a racionalizar las cosas. Atem había tenido la oportunidad de pedirle más dinero o de exigirle regalos y privilegios; y sin embargo era tan torpe en sus negociaciones con Kaiba que eso sólo podría atribuirse a falta de experiencia. Además, el cuerpo de Atem era tan estrecho cuando se conocieron que Kaiba no podía asumir que fuera una prostituta que se dejaba follar noche tras noche.
Eligió confiar en Atem. Cuando sucumbió a esa confianza sintió que lo inundaba una tranquilidad absoluta.
No había puesto a nadie a seguirlo, ni lo había sometido a un interrogatorio para cruzar sus respuestas y encontrar mentiras. Kaiba dejó el tema del coreógrafo en paz. Confianza. A veces la confianza parecía equivaler a cerrar los ojos. No volvería a acudir The Circus. No quería ver de nuevo el maldito número del Faraón y el Ladrón.
Se recordó a sí mismo desnudo. Sentado en su habitación del Plaza con Atem en su regazo, en la mismas condiciones que él. Los dos miraban la agenda en el móvil de Kaiba, de tanto en tanto Atem ladeaba la cabeza hacia un lado para recibir besos en la curva de su cuello. Fue así que se pusieron de acuerdo respecto a la frecuencia de sus encuentros. Kaiba no podía acudir al Plaza tanto como quería, en parte debido a Mokuba y en parte debido a Herbie. Otro tanto ocurría con Atem. Le había contado a Kaiba que estaba ensayando para una audición en una compañía de baile moderno: el Dance Theather WorkShop. Una que no era como The Circus, sino una compañía profesional, con una reputación impecable. Kaiba lo felicitó por su acertada decisión. Atem era un excelente bailarín, podía lograr mucho más.
Luego de que se pusieron de acuerdo se dedicaron a follar. No podrían darse esos besos, esos abrazos y todas esas caricias con tanta frecuencia como les gustaría; saber eso los alentó a esforzarse sobre las sábanas. Se grabó a fuego el calor de la piel de Atem mientras lo sujetaba, las deliciosas sensaciones que le obsequiaba con su cuerpo, su sonrojo mientras Kaiba se movía dentro de él y su mirada, esa mirada fija en él. Atem no la apartó ni un instante mientras lo hacían, devolviéndole las caricias a Kaiba, gimiendo audiblemente mostrándole su excitación.
Aquel encuentro fue una experiencia que dejó a Kaiba disperso un día completo. Inclusive Shadi y Mokuba le preguntaron si estaba enfermo, porque no se concentraba en nada.
"¿Haz escuchado decir que el cuerpo es la frontera del alma?" Le preguntó Atem mientras yacían recostados, relajados y sudorosos, tomados de la mano.
"Sí" contestó Kaiba. No podía precisar dónde, pero lo había escuchado.
"Cuando estoy así contigo, a veces siento que esa frontera comienza a desvanecerse".
"Tú y yo comenzamos a difuminarnos" pensó Kaiba en voz alta. Sintió que Atem le apretaba la mano con cariño.
Sonrió al recordarlo.
–Hermano –la voz de Mokuba lo distrajo de sus pensamientos. La sonrisa de Kaiba desapareció y se mostró sereno. –¿En qué estabas pensando? Se te notaba demasiado feliz.
–En nada en particular –dijo Seto.
–¿Seguro? –Mokuba parecía muy escéptico. –Últimamente te he notado más relajado y contento. ¿A qué se debe?
–Te echaba de menos.
Mokuba sonrió. Le halagaba saber que era la única persona a la que Kaiba quería y necesitaba; pero no le creía.
–Yo sé que me adoras, pero no suelo provocar sonrisas de la nada, menos si ya estamos los dos juntos –dijo Mokuba mirándolo con atención. Con tanta que era obvio que deseaba tomarle el pelo.
Kaiba sorbió de su taza de café para no responder de inmediato. Mokuba lo miró ansiosamente.
–Conocí a alguien… –cedió por fin Seto.
Mokuba soltó una exclamación igual a que si le hubieran dicho que tenía el mejor score del mundo en Uncharted.
–¡Woa! Empezaba a creer que este día no llegaría. Hermano, ¡tienes que presentármela!
Esa no era la reacción que Kaiba esperaba.
–No estoy seguro…
–Oh Seto, nunca pensé que fueras así de tímido.
Él no era tímido.
–Se te hace tarde para ir al colegio. –Kaiba dejó su taza de café, a medias, y se puso en pie para alistarse e irse al trabajo.
–Lo que digas hermano... –Kaiba huyó de Mokuba a grandes zancadas pero aun así su voz lo alcanzó, –pero ahora que has confesado ser normal ya no puedes volver a tu caparazón.
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Kaiba se consideraba un hombre artífice de su éxito, quién a través de una fuerza de voluntad absoluta, había hecho renacer una empresa moribunda. Se había hecho con Kaiba Corp luego del suicidio de su padre. Tenía sólo diecisiete años. La empresa estaba casi en la quiebra. Él la había salvado, usando todo su ingenio y astucia. Había atraído el capital necesario para salvarla y después se había deshecho de esos mismos socios que lo impulsaron. Así es como se había ganado la reputación de ser un empresario despiadado.
La gente siempre deseaba ver fallar a la gente exitosa. Kaiba aceptaba tal verdad, pues como hombre de poder, debía afrontar retos constantemente. Aknadin empezaba a convertirse en uno.
El anciano le había invitado a Delmonico's. Un restaurante exclusivo, uno de los favoritos de Kaiba. Era un terreno neutral por lo que aceptó verse ahí con él.
El sitio estaba lleno de conocidos que lo saludaron. Aknadin estaba al fondo, en un sitio privado. Bebía a solas.
–Kaiba –lo saludó con informalidad y le indicó un asiento.
Se acomodó frente a él.
–Pensé que no regresarías a NY. Me enteré de que estabas en Alemania –dijo Kaiba sin saludar propiamente.
–Así es. Estaba haciéndome socio mayoritario de otras empresas, y debo decir que los resultados han sido muy óptimos. De la MTU Friedrichshafen en Alemania, de la China Metallurgical Group Corporation, y una muy pequeña llamada HM Sampoerna en Indonesia. Estoy seguro de que las conoces.
Kaiba las conocía a la perfección. Esas empresas eran sus principales proveedores.
–Diría que son buenas compras… pero depende del objetivo para el cual hayas adquirido.
–Lo son. La industria a la que impulsan se revolucionará dentro de unos años, contigo al frente. ¿Whiskey? –Le preguntó. Tenía una botella a su lado y sin esperar a que aceptara o se negara le sirvió. –Tener los bolsillos llenos de dinero es una ventaja cuando quieres controlar una industria. Pero ambos sabemos que no se trata de eso, ni siquiera de dinero, que es un medio para seguir ganando; se trata de conseguir logros. Se trata de subir la apuesta. –Le explicó, como si Seto no supiera de ello. –Aún quiero incursionar en Kaiba Corp.
–Debes estar acostumbrado a obtener lo que quieres pero mi empresa no está a la venta.
–No quiero comprarla, mis intereses siguen siendo los mismos: acciones. Reconozco que no sé nada sobre androides, tú sí. Te necesito a ti.
–Tampoco estoy en venta. –Kaiba se sintió insultado. Aknadin parecía no reconocerlo como un empresario, sino que lo consideraba un mero ingeniero.
Aknadin se rió, como si le hiciera gracia.
–Aceptaré el 20% de las acciones de Kaiba Corp, y además podríamos tener un acuerdo de exclusividad. Serías la única empresa a la que proveería. Los demás que hacen lo mismo que tú, se verían estancados. Imagínalo, encabezaríamos la modernización del mundo.
Pero los intereses de ambos no iban en el mismo camino. Kaiba era un controlador, y sabía reconocer a otro cuando lo veía. Si lo tenía en Kaiba Corp, estarían peleando constantemente, porque Aknadin querría sobajarlo como si fuera su empleado. Ninguna empresa podría sobrevivir a eso.
–Aún hay otras empresas que pueden proveer, no es como si estuvieras destruyendo mi competencia –le hizo notar Kaiba.
–No entiendes, necesitas el apoyo de un líder, si yo no tomo este invento y lo acojo como mío, no tendrá futuro.
–Yo también soy un líder.
–Tienes mucho talento, pero aún eres joven. –Kaiba apretó los puños. –Deberías venderme las acciones y…
–No –dijo –yo trabajo bajo mis propios términos. La oportunidad es básica en los negocios, todos quieren estar en la vanguardia, y sé que estás intentando aprovecharte de la especulación que se ha creado en los androides, pero no lo harás a mi costa. Te lo advierto, no intentes intimidarme. No funcionará.
Kaiba no había bebido nada, ni quería hacerlo.
–Conocí a Bogert, ese programador tuyo; lo he contratado. Parece muy resentido porque lo despediste.
–Bogert firmó un acuerdo de confidencialidad con Kaiba Corp, si en unos años aparece un androide remotamente parecido al mío; los demandaré a ambos y los llevaré a la ruina.
–Es bueno que te pongas a la defensiva y haces bien; porque te estoy vigilando. ¿Confías en las personas que te rodean?
Esa aseveración no le gustó nada a Kaiba. Se dijo a sí mismo que debía vigilar más a Ava. Y a Shadi, principalmente a Shadi. Procuró modularse y sonreír confiado.
–Tu interés en mí es más que halagador. ¿Cómo dice aquel dicho? Cuando ya no te toman fotografías ni nadie habla de ti, significa que has dejado de ser relevante. ¿Es eso lo que te ha ocurrido? –Se puso de pie, –patético.
Salió de inmediato de ese sitio, furioso y muy molesto con Aknadin; pero también preocupado. Ni siquiera lo había considerado un rival, sino un ser hostigoso que estaba acostumbrado a tener lo que deseara. Seto debía extremar precauciones, y estar muy atento.
.
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Atem llevaba una marca invisible. La de ser un terrible hermano mayor. Era el primer lunes del mes, no podía concentrarse bien en lo que hacía.
–¡Atem! –Tronó Bakura.
Frenó en pleno giro, sus brazos cayeron a sus costados como una muñeca a la que se la acabó la cuerda.
Estaban trabajando en su audición para The Workshop. Bakura le había propuesto interpretar una canción llamada "do you" de Carina Round. Tenía una letra preciosa y una composición límpida. Bakura quería crearle algo que desafiara los límites del cuerpo de Atem. Algo acrobático y muy oscuro, circense, contorsionado. Bakura quería doblarlo al compás de su imaginación y luego desdoblarlo casi dolorosamente. El tema sería "de la locura a lo divino". Pero Atem dijo "no". No quería que Bakura lo divinizara. Quería demostrar su durabilidad y su capacidad para realizar saltos perfectos. Pero no quería hacer algo que le recordara a The Circus, quería renacer en The Workshop. Atem escogió una canción que a Bakura no le gustó pero cedió.
"¿Cuál es el tema de tu interpretación?" Inquirió Bakura.
"El perdón y la reconciliación" respondió Atem. Bakura sonrió.
"¿Y tú haz sentido esas emociones?"
"¿Y tú?" Bakura negó. "Imagínatelas entonces, créame algo único".
–No estás concentrado –lo amonestó Bakura deteniendo la música. Atem empezaba a dudar del impacto que causaría. Había mandado su currículum a la compañía The Workshop día anterior, eso tampoco los impresionaría. –¿De qué dudas? –Lo leyó Bakura con facilidad. –No tienes tiempo para eso, tienes una oportunidad, no es momento de divagar.
Atem no replicó, estaba habituado a la dulzura de Bakura cuando estaban en su departamento y su rudeza cuando estaban ensayando.
–De nuevo. –Tomó posición para volver a empezar. La coreografía que interpretaría se basaba en el control de Atem sobre su cuerpo, la expresividad de su rostro y su facilidad para moverse; eso debía crear una emoción artística.
Era un trabajo menos acrobático que el que hacía para The Circus, pero mucho más pulido que lo que había aprendido en Joffrey. Su primer audición duraría cinco minutos, si la superaba le harían bailar dirigido por el coreógrafo de la compañía. Si superaba eso podría actuar junto a los demás bailarines. Si superaba eso cumpliría su promesa.
"Cuando cumplas trece años y yo tenga dieciocho nos iremos a vivir juntos".
La parte más difícil de la coreografía era el final. Tenía un crescendo dramático con giros y saltos que debían mostrar al máximo su flexibilidad y su capacidad para esos movimientos; pero una técnica perfecta deslucía sin la emoción correspondiente.
–¡No! ¡A tu cara le falta pasión! –Le gritó Bakura.
La primera parte del baile exigía un semblante serio y movimientos duros y precisos. Atem realizaría estiramientos muy difíciles con actitud de que no le costaba nada hacerlos. Esa parte la hacía muy bien. Pero el crescendo era una pesadilla. Lo más que lograba reflejar era desesperación.
El final de la canción era arrollador y de efecto conclusivo. Varios giros inspirados en el ballet clásico para luego detenerse en seco arqueándose hacia atrás, hasta que su espalda daba con el suelo, casi desafiando la gravedad.
Podía hacerlo bien todo, menos el crescendo.
–Ya, ya, ya –Bakura estaba del peor humor posible. Quizás tuviera algo que ver con el hecho de que sabía que Atem se vería con Kaiba esa tarde. –Es suficiente, déjalo así. –Bakura le aventó una toalla en la cabeza.
–Tengo que ir a St Joseph –resolló Atem sentándose para estirar sus tobillos, debía cuidarse de enfriamientos y lesiones más que nunca. –¿Seguimos mañana?
Bakura quería ensayar desde el amanecer, antes de su visita a St Joseph; y después de ello toda la tarde. Pero Atem había dicho que no debido a Kaiba.
–Cuando veas a Yugi hoy, fíjate bien en su cara. Imagínate cómo lucirá si le dices que fallaste y que tiene que pasar cinco años más en el orfanato. –Atem enmudeció. –A ver si eso te motiva a tomártelo en serio.
–Me lo tomo muy en serio –le gritó Atem mientras Bakura se marchaba. –Maldito –masculló. El día en que Atem aceptó presentarse a la audición en el Dance Theather WorkShop fue como si le vendiera su alma a Bakura.
Iba en autobús rumbo a St Joseph cuando su móvil vibró. Días atrás Kaiba le había mandado mensaje para cancelar uno de sus encuentros.
"Te lo compensaré luego" le había escrito. Esa actitud suya o mejor dicho, ese delirio de Kaiba, en el que pensaba que Atem estaba loco por él, era perturbador pero a la vez entretenido.
"Langosta, vino y chocolates" texteó Atem de vuelta. Porque se imaginaba que para Kaiba "compensar" se equiparaba a sexo duro.
Al día siguiente Kaiba le había mandado una foto de Ava sosteniendo una langosta, por la cara de la pobre asistente era claro que el bicho estaba vivo y que Kaiba la había obligado a posar para mostrárselo a Atem.
"Deja de atormentar a Ava, promételo" escribió Atem. No hubo respuesta, pero al cabo de muchas horas a Atem se le ocurrió algo: "Mejor, quiero comer tiburón".
Kaiba le respondió casi de inmediato: "Cabrón".
Pero Atem intuyó su carcajada.
Fue así que comenzaron a mandarse mensajes a lo largo del día. No eran constantes, a veces apenas y llegaban a saludarse, pero se les estaba convirtiendo en un hábito.
Atem leyó el mensaje de Kaiba:
"¿Terminaste de ensayar? ¿Te estiraste bien para mí?"
Se puso colorado ante el doble sentido de la pregunta. Se le ocurrió la respuesta cuando se apeó a dos cuadras del orfanato donde su hermano vivía.
"No. Creo que me dio un enfriamiento, ¿quieres masajearme donde me duele?"
Kaiba le respondió diciendo que acababa de perder cincuenta mil dólares en un trato porque su mensaje lo distrajo, pero Atem se guardó el móvil ignorándolo. Acababa de llegar a la residencia donde su hermano vivía.
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Atem llevaba puestos unos pantalones de vestir negros, su mejor camisa y unos mocasines impecables. No se vestía para visitar a Yugi, más bien, se disfrazaba para interpretar un rol.
A los dieciséis años había cometido el error más estúpido de toda su vida. En ese entonces su hermano tenía once años. Lo había adoptado una pareja de origen griego, se apellidaban Oricalcos. Atem pensó que eran unos completos lerdos. No les agradecía que cuidaran de Yugi, los consideraba los malvados que los habían separado. Esta pareja le permitía visitar a Yugi todos los fines de semana; le daban pizza y refrescos o hacían parrilladas en su casa en los suburbios. Pues bien, uno de esos fines de semana, se fueron a hacer la compra y dejaron a Atem y a Yugi solos en casa.
Atem tomó a Yugi con él y huyeron.
Vivieron juntos en un hotel de mala muerte cuatro días, hasta que la policía dio con ellos. Tuvieron tiempo de hacerse unos tatuajes a juego. El ojo de Horus en la muñeca derecha de Atem, la pirámide invertida con el mismo ojo en pequeña escala para Yugi. En ese entonces, Atem no comprendía que Yugi era un huérfano tutelado por el estado, lo cual implicaba que los trabajadores sociales y los padres adoptivos tenían más derechos sobre Yugi que él. Solomón nunca le gritaba ni se enfadaba con él, pero esa vez fue la excepción.
Después del incidente, los Oricalcos devolvieron a Yugi al orfanato. El estado pagó los análisis de sangre de su hermano para asegurarse de que no hubiera contraído hepatitis u otra enfermedad debido al tatuaje. Lo peor de todo fue que vetaron a Atem para poder visitar a Yugi con frecuencia. Sólo podía verlo el primer lunes de cada mes.
Era una persona non grata.
Las paredes de St Joseph estaban pintadas de blanco, con arcoiris por doquier, pero eso no hacía que la reja de entrada fuera menos agobiante.
Yugi era la encarnación de un rayito de sol. Solía tratar a Atem como si fuera el mejor hermano del mundo, a pesar de que Atem sabía que era todo lo contrario. Había jodido la adopción de Yugi dejándolo varado en el orfanato y además de ello, no conseguía cumplir la promesa.
"Cuando cumplas trece y yo tenga dieciocho…"
Había pensado que en cuanto fuera mayor de edad reclamaría la tutela de Yugi y sin más se lo entregarían. Después de todo era su único pariente vivo.
"No puede trabajar en un espectáculo de danza erótica".
"Debe darle un sitio seguro, uno al cual su hermano pueda considerar un hogar".
"Sus ingresos son demasiado variables para solventar la educación de un niño".
"Su profesión es de futuro demasiado incierto".
Y muchos obstáculos más. La falta de dinero era uno de los problemas principales, por eso Atem tuvo que venderse a Kaiba.
Luego de escuchar el reporte de la trabajadora social le permitieron verse con Yugi.
–Aibou –así lo llamaba desde que eran niños. Una palabra que su padre le había enseñado. Le tendió los brazos y Yugi corrió a abrazarlo. Tenía trece años pero parecía de diez debido a su corta estatura y a su semblante infantil.
Atem odiaba tener un día y un horario para ver a Yugi, como si estuvieran en prisión. Podía llamarlo todas las veces que quisiera, aunque no después de la hora de dormir. Al menos los dejaban por la paz y les permitían pasearse juntos por el lugar el cual no era como los orfanatos de las películas tristes, ni mucho menos las de terror. Tenían áreas verdes cuidadas y juegos infantiles dispersos por doquier.
Cada vez que estaban juntos, Yugi le tomaba de la mano y no lo soltaba por el resto del día. Los dos usaban muñequeras que cubrían sus tatuajes a juego, como un secreto que sólo ellos dos compartían. Los de servicios sociales no lo entendieron, nadie lo hizo. Pero, aquello no fue un acto de rebeldía; marcaron su piel con símbolos que les recordaban a sus padres, simbolizaban que aún eran una familia.
–Te traje galletas –le dijo Atem a Yugi, en cada ocasión le llevaba una golosina.
–¿Cómo estás? Bakura me dijo que no dejas de ensayar –Atem maldijo a Bakura por contarle a Yugi de la audición.
Para todo efecto, Bakura veía a su hermano mucho más seguido que él. Se había ofrecido a dar clases gratuitas en St Joseph los fines de semana. Así mientras Gavin y el resto de la compañía se mataba preparando el show, Bakura se escapaba un par de horas al orfanato.
–Estoy trabajando duro –se dejaron caer en el pasto para conversar. Yugi llevaba bajo el brazo un juego de mesa, le gustaba probar con diferentes, desde el ajedrez al juego Clue. Atem siempre ganaba porque tenía la mejor fortuna cuando se trataba de juegos y porque tenía memoria eidética. Ese día le tocaba al Monopoly.
–Joey me convenció de unirme al equipo de fútbol –le contó Yugi mientras empezaba el juego deslizando una de las fichas.
–¿En serio? –Atem sabía que a Yugi no se le daban muy bien los deportes. –¿Qué tal va eso?
–Soy el portero, no lo vas a creer pero soy bueno en ello. El otro día me dieron un pelotazo directo en la cara y no lloré. –A Atem no le fascinó la historia pero procuró mostrarse orgulloso de Yugi.
Atem venció en el monopoly y además se comieron la mitad de la dotación de galletas. Yugi se recargó de Atem con el estómago lleno.
–Bakura me preguntó qué clase de piso me gustaría tener, dijo que están reuniendo dinero para comprar uno y que posiblemente podré irme a vivir con los dos muy pronto. –Esencialmente ese era el plan.
–¿Qué le dijiste? –Atem ya sabía la respuesta, pues Bakura se la había contado el mismo día en que Yugi se la dio; pero quería escucharlo de boca de su Aibou.
–No importa el tamaño ni el color. Quiero una habitación propia aunque sea pequeña, que esté junto a la tuya y tener una cama de esas que tienen otra cama debajo para cuando Joey nos visite. ¿Se puede?
–Sí se puede Aibou. –Yugi nunca preguntaba "¿cuándo?", ni tampoco le recordaba la promesa, lo cual Atem agradecía con toda su alma.
"Cuando cumplas trece…"
Yugi había cumplido trece en junio, pero la promesa seguía en stand by.
–¿Qué tal vas con el Zelda? ¿Desbloqueaste los niveles ocultos? –Atem le había comprado un wiiU de segunda mano a Yugi.
–Se lo presté a alguien. –Atem frunció el ceño encabronándose desde ya. Yugi era tan pequeño y tan tranquilo que a menudo le robaban los obsequios que Atem le daba.
–¿A quién? –Dijo en tono amenazante. No le importaba repartir insultos ni intimidar a los compañeros de encierro de Yugi.
–No te lo diré porque no quiero que te metas en problemas, no quiero que me digan que estás penalizado para verme. De verdad presté el juego a alguien.
Había un chico en St Joseph que solía tirar de las orejas de Yugi cada vez que sus cuidadores volteaban a mirar hacia otro lado. Atem solía encontrar a su Aibou con la unión del lóbulo cuarteada cada vez que iba a visitarlo. Yugi le dijo cuál de todos era y Atem fue a por él.
"Vuelve a tocar a mi hermano y lo siguiente que sabrás es que me deslizaré en tu alcoba por la noche para castrarte" le dijo con semblante amenazador.
El bully en cuestión no le creyó, después de todo Atem no podía tocar a un menor de edad, ni siquiera se aparecía por el orfanato con regularidad. Hasta que una noche, el chico se despertó y halló a Atem junto a su cama. Su grito de terror puso a Atem en fuga. No lo atraparon y obviamente negó todo. ¿Cómo iba nadie a creer que él se hubiera escabullido en el orfanato durante la noche para aterrorizar a un niño? Aún así le impidieron entrar en St Joseph durante un mes entero, mientras aquel chico se tranquilizaba. Sobra decir el bravucón en cuestión dejó en paz a Yugi.
–Aibou… si tienes problemas por favor dímelo. –De por sí era poco lo que podía hacer por él.
–Todo está bien Atem, en verdad– Yugi le sonrió, esa sonrisa suya apretando los ojos, que convertía su cara en la definición de: adorable.
–Sólo recuérdale a ese chico al que le prestaste el wii, que tienes por hermano a un cabrón capaz de arruinarle la vida.
–Mejor le cuento una historia de fantasmas, le dan miedo.
–Dile que los fantasmas me tienen miedo. –Yugi lo abrazó. No lo soltó hasta que fue hora de marcharse.
Atem tuvo que mandar a Yugi con el resto de sus compañeros, su hermano no lloraba pero Atem intuía que no le faltaban ganas.
Cuando salió respondió al mensaje de Kaiba: "Perdóname, tengo que ensayar esta tarde. Te lo compensaré después".
Lo último lo añadió para ponerlo de buenas.
La respuesta de Kaiba le llegó cuando estaba de vuelta en el estudio de baile buscando a Bakura.
"¿Puedo verte mañana? Te tengo una sorpresa, un regalo".
Le respondió con un "sí" y con la hora. Su móvil enmudeció.
Cuando volvió, Bakura parecía estarlo aguardando.
–Volviste –le dijo con una sonrisa franca.
–Tengo que cumplir una promesa.
.
Continuará…
