4.


–… diecinueve, veinte, veintiuno... – susurraba Ciel, enumerando los pisos –.

El estrecho ascensor se elevaba por los aires, y Bardroy moría de ansias por prender un cigarrillo. Alois tiró de su manga, lleno de felicidad, y apuntó hacia el horizonte. A través del vidrio, se alzaba toda Inglaterra, en su sereno esplendor. La avenida, al caer la noche, parece un valle de cemento, triste y silencioso. Tocada, aquí y allá, por pequeñas gotas de luz.

– ¡Rayos, puedo ver la cúpula del Saint Martre! – exclamó el ojiverse, casi aplaudiendo – y el Big Ben, con su reloj de cuerda, más grande que nuestra vieja casucha. ¡Voy a necesitar un telescopio, los automóviles son como hormiguitas! –.

– No hemos llegado al tope aún… – comentó Bard, divirtiéndose un poco –… ¿ves la catedral, justo al fondo? –.

– Me resulta incómodo… – dijo el mayor de los Phantomhive, recostándose a la pared –… ¿por qué esta cosa no se detuvo en algún momento? Supongo que haya vecinos arriba, o algún empleado que siga de servicio… –.

– ¿Tan tarde? – le espetó el chófer, sonriendo –… nah, imposible. Deben estar durmiendo… –.

– Ya, es lógico… – asintió Ciel, mordiéndose el labio –… pero no lo hace menos escalofriante –.

– ¡Déjate de boberías! – suplicó Alois, agarrándolo por la cintura – ¿no te das cuenta? ¡Vives en un puto rascacielos! –.

– Para ser un edificio de mil pies, está casi vacío… y el gordo bigotudo de la recepción me miró con sospecha –.

– ¿Quién, Randall? – preguntó el americano –… pffff, no le prestes atención a ese tipo; es un insoportable –.

Al cabo de los minutos, sonó la campanita. Se abrieron las puertas del elevador.

– ¡Una carrera hasta la suite! – canturreó el rubio, lanzándose a correr en medio de la oscuridad –.

– ¡Hey, párate, Alois…! No puedo distinguir nada, con tan escasa iluminación… –.

– Sip, durante años me he quejado con el conserje… – apuntó Bardroy, empujando las maletas –… sólo que al dueño le agradan los pasillos largos y tenebrosos. Supongo que lo entiendes, es un pobre artista con delirios de criminal… –.

– ¿Te refieres a Spears, verdad? – inquirió Ciel, algo perplejo –… ¿cuándo mencionas al "jefe", es él, no? –.

Como golpeado por un relámpago, Bardroy se paró a mitad de camino, y torció la mirada.

– De hecho, lamento corregirte… – despacio, inclinó la cabeza, hasta quedar a cortos centímetros del chico –… justo ahora, estaba hablándote del mismísimo Satán… –. Apenas concluyó la oración, estalló en carcajadas, y siguió adelante.

"¡Qué metáfora más absurda!", masculló el trigueño, cruzándose de brazos.

Bien al final de la ominosa galería, los huéspedes se encontraron un bellísimo salón, todo de mármol negro. Alois, perdiendo la compostura, se dedicó a dar vueltas de un rincón a otro, hurgando entre los muebles y habitaciones.

De pronto, como surgiendo de la sombra, se apareció un ancianito con traje.

– Sea bienvenido a esta humilde morada, señor Phantomhive… – musitó el mayordomo, haciendo una reverencia – y le suplico me perdone por la intromisión… no le esperaba aquí, son más de las 4:00 am… –.

Alois pegó un brinco. Ciel retrocedió, hipnotizado.

– Tanaka, ¿a qué se debe esta agradable sorpresa? – canturreó el chófer, dándole unas palmaditas en el hombro –.

– Un buen anfitrión ha de asegurarse que los inquilinos se sientan a gusto… – alegó el sirviente, con solemnidad –… mi joven amo, como ya usted supone, no suele salir de casa a menos que el evento lo amerite. No obstante a ello, me ha suplicado que les trate con la mayor delicadeza posible. Especialmente a ti, querido Ciel… –.

– Wow, ¡me encanta el viejito chiflado! – le interrumpe Alois, abrazándole con cariño – ¿no te fugaste de esa novela donde sale Sherlock, o si? ¡Podrías hacer cosplay del profesor Moriarty con ese uniforme! ¡Joder, qué genial! –.

– Espere un segundo… – masculló el ojiazul, tornándose un pelín nervioso –… ¿quién demonios es el "joven amo"? No comprendo ni un ápice de lo que está sucediendo. ¿Por qué Spears se tomaría la molestia de…? –.

– Dios, ahora sí que se volvió loco de remate… – bromeó Bard, y de la risa soltó un par de lágrimas –… voy a fumar un rato, si no les molesta. Avísenme en caso de que surja cualquier inconveniente; de lo contrario, me iré por dónde mismo vine, y hasta más ligero... Fue un gusto verte, eh, Tanaka… –.

– Que la buena suerte le acompañe, mi buen amigo… –.

En cuanto Bardroy cruzó el umbral, Tanaka se volvió a los muchachitos, obsevándoles con cierta ternura. Alois, olvidando por completo que había otras personas a su alrededor, continuó explicándose a sí mismo las ventajas de "tener a un detective del siglo XIX trabajando a tu voluntad". Con la misma soltura de un niño, se desprendió de Tanaka y empezó a husmear en las habitaciones, tarareando cada vez que encontraba un objeto interesante, o lujoso.

Ciel, por otro lado, no sabía exactamente cómo proceder ante el "inesperado visitante", y las mejillas se le pusieron rojas e inflamadas como una remolacha. Por fortuna, fue el sabio mayordomo quien rompió el hielo.

– Hace largos años no me tropiezo con un par de invitados tan simpáticos… – comentó, siendo cortés –.

– Eh, pues, gracias… – tartamudeó el muchachito, procurando calmarse –… disculpe mi insistencia, pero necesito saber la razón tan importante por la que estoy aquí, según "su amo". Más allá de trabajar como fotógrafo, no sé qué otro hecho pueda unirme a usted. ¿Qué persona le ha enviado, y con qué propósito? Si no fue William, ¿quién más podría interesarse por nosotros, de tal manera? ¿Podría saltarse los acertijos y contarme qué diantres tengo que ver…? –.

– ¿Tiene hambre, Sr. Phantomhive? – adivinó Tanaka, tras meditar un segundo –.

Sintiéndose más tonto que nunca, Ciel se llevó las manos al estómago. Por muy raro que sonara…

–… ¡absolutamente sí! – contestó de golpe – ¡me rugen las tripas! –.

– ¡Oh, qué espléndido! – tarareó el sirviente, como si de inmediato se le encendiera un bombillo –... he previsto que así les sucedería a ambos, después de tan agotadora experiencia. Si me lo permite, me encantaría convidarles a una cena tardía. He preparado un modesto festín para dos, y a su hermano de seguro le gustará mi postre… –.

– ¡Ciel, a qué no te imaginas! – explotó Alois, entrando con júbilo en la escena –… ¡joder, este lugar es gigantesco, lo digo de corazón! ¡Del otro lado hay un comedor súper loco; han puesto una mesa, un montón de dulces y platos! Es un maldito sueño hecho realidad… ¡y espera a que veas la biblioteca, wow, repleta de libros, hay un violín como los…! –.

Mientras el menor de los chiquillos divagaba, Ciel volvió la vista al ancianito, quien le susurró, misteriosamente…

– Al amo siempre le ha fascinado la destreza con que usted toca el violín… –.

Seducido por un acto de magia, Ciel respondió, libre de temor alguno:

–… sólo un cuerpo en llamas consigue dominar la música –.

Tanaka les condujo, sin dificultad, por los laberínticos cuartos. Más allá de rentar un "simple apartamento donde dormir", alguien muy poderoso, y no William precisamente, le obsequió a Ciel la llave del piso especial, en un rascacielos titánico, de mil pies. Según las sutiles indagaciones del ojiazul, los últimos habitantes de dicho edificio se habían retirado a otros espacios, quedando unas pocas personas, muy selectas, dispersas por cada nivel. Spears, por supuesto, y un extraño grupo de "parientes muy, pero que muy cercanos al joven amo", en palabras del leal mayordomo.

La velada transcurrió bajo la más lúgubre quietud. Más allá del edificio, la manzana, los límites de Londres; parecía que todas las voces se hubieran esfumado. Durante una larga y tormentosa hora, Tanaka permaneció inmóvil, de pie, en una esquina de la apacible estancia. Ciel, a cada rato, le arrojaba un vistazo furtivo. Sin importar qué, era como si el mayordomo estuviera sumido en un estado de trance mortal, y no fue hasta que Alois colocó la cucharita en el borde del tazón, que el anciano les dirigió la palabra. A Ciel se le formó un nudo apretado en la garganta, y las interrogantes que formuló su curioso intelecto se quedaron allí, atoradas en su faringe. De repente, cuando Tanaka se le aproximó, para servirle vino, las manos del taciturno mayordomo se interceptaron, por un instante, con las suyas.

–… por favor, cuéntame más, Tanaka, sobre este "joven amo" al que sirves con sublime devoción… –.

Con cierta gravedad, el anciano profirió lo siguiente:

– Descuide, ya tendrá oportunidad de conocerle, muy pronto –.

Tras intercambiar una serie de cordiales despedidas, el viejo sirviente, acompañado por Ciel, anduvo otra vez hasta la entrada del elevador. Alois prefirió tumbarse en la alfombra; y entretenerse con un tarro de Nutella. El mayor de los Phantomhive, más perceptivo que de costumbre, se percató de cuán raros eran los gestos que Tanaka profería. Sacaba su reloj de bolsillo, una y otra vez, como cerciorándose de que "ciertas cosas ocurrieran en el momento más apropiado". Ya, cuando el diálogo final se acercaba, Tanaka le otorgó a Ciel una increíble, fugaz revelación.

– Solamente me preocupa algo, mi estimado Phantomhive… – manifestó el lacayo –.

– ¿Guarda alguna relación conmigo? –.

– ¿Alguna vez, de casualidad, conoció usted a algún buen caballero, un pintor magnífico? Se obsesionó hace unos veinte años con la idea del mal, los pactos diabólicos, la muerte intempestiva. Contó a su esposa que tuvo una pesadilla, y vio al Demonio dentro; no volvió a dormir en paz. Desde entonces sólo pintaba la misma imagen, recurrentemente… –.

Las venas de Ciel se congelaron. El chico perdió el aliento, y su rostro palideció.

– Me temo que… tal historia me resulta similar… fue mi padre –.

Tanaka añadió:

– ¿Sabe usted el motivo por el que un artista tan extraordinario como él pierde la cordura? –.

– Para mi tristeza, no… –.

Como si tuviera brazos, la llovizna de diciembre impactó contra el cristal.

– Entonces, le imploro… no trate de averiguarlo –.