ROWENA
Aquella casa podría describirse como muy Gryffindor, de techos altos, armaduras, escudos, rojo y dorado por todas partes y la cabeza de un león en piedra, madera o tela en cada rincón. Siempre olía a leña y a metal.
Era acogedora, no me disgustaba, en especial por la multitud de adornos y extraños objetos provenientes del continente africano que yo me dedicaba, en nuestro escaso tiempo libre, a analizar con mal disimulada curiosidad. Godric, haciendo uso de su ya evidente fanfarronería, me había contado sus vivencias en África, años atrás, con leones y brujos de aquella zona. Yo escuchaba sus historias siempre, a veces interesadas, otras fingiendo.
El tiempo pasaba despacio allí y no llevaríamos más de dos o tres meses viviendo juntos, cuando la convivencia comenzaría a volverse realmente interesante y también algo tensa.
Poco a poco iba yo acostumbrándome a ser de una familia de cuatro. Me acostumbré a cruzar miradas con Salazar y Godric, me acostumbré a Helga y a sus regañinas por mis valiosos y, en mi opinión, perfectamente lucibles vestidos. En especial, por alguien con mi porte.
Mi buena Helga, siempre encima de mí. Tan recelosa ella por las miradas que Slytherin y Gryffindor solían dedicarme. Pretendía disimularlo, pero eran evidentes los sentimientos que Godric le provocaba.
No sabría decir si aquello me conmovía o simplemente me divertía cruelmente. Por aquel entonces, yo no creía en amores, ni de juventud ni para toda la vida. Creía en hacerme sitio en un mundo de hombres y, si eran de mi agrado, dejar huella en sus camas, nunca al revés.
Poseo recuerdos también de las charlas y discusiones de los cuatro, en las comidas, junto al fuego, en paseos a caballo. Sin dudar ni un instante puedo asegurar que la idea del colegio había logrado cautivarnos a los cuatro y, poco a poco, unirnos durante años.
Algunos buscaban grandeza, otros influencia, otros renombre. Por unos motivos u otros, cuatro jóvenes nos enfrascamos en aquel proyecto. Y pasando los días, cada uno aportaba nuevas ideas.
En unos meses acordamos aceptar magos y brujas de unos once años de edad, de cualquier parte de Europa.
Godric ya tenía el lugar idóneo para erigir nuestro castillo. Porque, en efecto, se trataría de un majestuoso castillo junto a un lago, en la Escocia profunda y más bella. La más cercana a mi tierra, a mi forma de vivir.
Helga quiso ocuparse de la cocina y de asignaturas relacionadas con su adorado campo de la Herbología.
Salazar propuso la división en casas y diseñar calabozos y un laboratorio para sus pociones.
Yo por mi parte, tenía en mente la fachada del castillo, los corredores y estaba en la búsqueda de un buen nombre para nuestro proyecto.
Por suerte, los problemas de sangre y las malas noticias provenientes de Francia y el Este aún quedaban lejos.
Lo que sí estaba cada vez más presente, era la atracción que Salazar y yo mostrábamos el uno por el otro. De miradas indiscretas, pasamos a medias sonrisas. Luego a fugaces roces al pasar el uno junto al otro. Después, a indirectas en los momentos inadecuados.
Era un juego de dos que alternábamos con sonrisas irresistibles a Godric por mi parte y gesto de malvada diversión por parte del galés.
Todo parecía un simple cortejo burlón hasta que una noche, nos decidimos a dar un paso más.
Fue tras una intensa cena en la que cada uno habló de sus orígenes y su lugar de procedencia. Todos parecíamos coincidir, mediante silencioso acuerdo, descansar de ideas para el colegio y aparcar aquel pensamiento por una noche.
Y el destino pareció conforme con ello, pues estábamos todos encantadores aquella vez. Hasta Helga, con su vestido amarillo claro y sus rizos rubios recogidos.
Salazar, todo de negro y verde oscuro, serio e increíblemente apuesto, había tomado asiento frente a mí y así, nos alegramos la vista el uno al otro.
Hablamos todos, bastante animados por el vino y la buena conversación. Finalizada la cena y vencidos por el cansancio, nos fuimos retirando, o al menos después de lo ocurrido.
Por un momento, Salazar y yo nos quedamos solos en el comedor. Una mirada brillante, medias sonrisas. Yo estaba dispuesta a comentar algo cuando, de pronto, me encontré con los labios de Slytherin. Un beso quedo, puede que frío, pero necesario y, ante todo, que supo a poco.
Nos miramos, y él me vio sorprendida por primera vez. Completa y sinceramente sorprendida. Nada que decir, una caricia en la cara por su parte, mis labios separados, su sabor en mi boca y sus pasos a mi espalda mientras se retiraba.
Aquella noche Slytherin logró privarme del sueño.
Jamás imaginé que a partir de ese insignificante contacto de labios, yo empezaría a obsesionarme.
Mis pensamientos siempre en orden, se verían interrumpidos por los latidos de mi corazón contra mis sienes al verlos pasar.
Imaginaba habitaciones para el colegio, en las que poder encontrarme con él. Pensamientos inapropiados para una dama que acababa de alcanzar los 20. Pero poco me importaba. Pronto, mis vestidos eran algo más sugerentes, de colores más sutiles, mis miradas más significativas y mis palabras de creciente doble sentido.
Pasarían los días hasta volver a quedarnos a solas. A solas de verdad.
La conversación comenzó, tras otra reprimenda de Helga, únicamente destinada a que solo yo la escuchara. Pero Helga y sus agobios eran poco discretos, y Salazar acabó enterándose. De nuevo se había indignado, aquella vez más que por mis descabellados atuendos, por mi lengua viperina. Pobre Helga, ¿sería virgen por aquel entonces?
Pronto me encontré sola con Salazar. No solo en uno de los salones principales, sino en toda la casa. Desconocía y no me interesaba dónde y qué hacían Helga y Godric en aquel momento.
Uno frente al otro. Fue él quien habló primero. Siempre, siempre burlón. Aquello llegó a molestarme.
Oh no, Slytherin, no iba a resultarte sencillo.
