CAPÍTULO 4: EL ESPADACHÍN
Esta vez pude prestar más atención a los pasillos que la última vez que estuve en el castillo. La última vez que caminé por esos largos laberintos que recorrían de arriba a abajo el castillo, fue cuando me enfrenté a Ganondorf para salvar a Zelda. Estaba tan centrado en hallarla y liberarla de las temibles garras de Ganondorf que no pude fijarme en las magníficas decoraciones del castillo. Las paredes blancas, los suelos de piedra y recubiertos de alfombras, las majestuosas lámparas de cristal que colgaban del techo... Pero todo eso no era ni mucho menos lo más bello y deslumbrante del castillo.
Hyrule era poseedor de la joya más hermosa del reino y de todos los reinos que se erguían sobre la faz de la Tierra. La estrella más brillante del universo no equiparaba en absoluto su esplendor. Esa joya habitaba entre las paredes del castillo, y era su hermosa princesa. Una mujer tan bella que parecía una ilusión. Su belleza era capaz de hacer que mil hombres se prosternaran ante sus pies, cautivados por tal semejante dama. Y en ese momento se encontraba caminando a mi derecha. Sus pasos eran tan suaves y delicados que parecían sigilosos como los de un gato. Su cabello castaño se mecía en un movimiento tan leve que casi no podía percibirse. Y sus ojos... Esas dos esferas azuladas que brillaban en su máximo esplendor me hacían perder la razón. Y esos ojos me miraban en ese momento.
- Link, de verdad, no hace falta que hagas la prueba de acceso. Tan solo con una orden mía podría incluso nombrarte capitán.
- Mi señora, no he pasado todos estos meses entrenando día y noche para ahora no poder demostrar que todo mi esfuerzo ha dado sus frutos. Quiero ganarme el título por mí mismo.
Iba demostrarle a Zelda todo lo que había trabajado para volver a Hyrule. Había sido el amor que hacía latir mi corazón lo que me había impulsado a ser un caballero. Tenía que pasar la prueba si quería quedarme en el castillo.
- Bueno, como quieras. Pero si no te admiten me encargaré yo misma de que lo hagan.
Sacudí la cabeza y sonreí. Vi cómo sus mejillas se tornaban de color carmesí por mi gesto. Se veía tan dulce y tierna cuando se ruborizaba... Nuestros últimos pasos acabaron al entrar en el patio de los caballeros. Escudos y espadas en las manos de los caballeros chocaban entre sí, provocando golpes secos que rebotaban en las paredes del patio. Los caballeros cesaron sus combates al percibir la presencia de su soberana y de su desconocido acompañante. Todos hincaron la rodilla en el suelo de piedra del patio y agacharon la cabeza, y uno de los presentes se aproximó a ella, hizo una reverencia y posteriormente habló.
- Mi señora, ¿a qué se debe vuestra grata visita a nuestro humilde lugar de trabajo?
Era un hombre de mediana edad, con una barba poblada de color azabache y salpicada de canas, y una cabellera larga recogida en una coleta. Contaba con una constitución fuerte y su altura intimidaba. Me fijé en que tenía una gran cicatriz en la mano izquierda, supuse que por causa de alguna batalla. Su mirada era fría y penetrante.
- Capitán, este hombre que traigo ante vos es el mejor espadachín que han visto mis ojos. Ha venido a hacer la prueba de acceso a la Guardia Real para poder servir a Hyrule.
El capitán me observó detenidamente. Su fría mirada me atravesaba el alma. Cuando terminó de examinarme, volvió a dirigirse a Zelda.
- Entonces veamos lo buen espadachín que sois.
Asentí muy seguro de mi mismo y, armado de valor, contesté:
- Os aseguro que no os decepcionaré.
El capitán sonrió y me condujo hasta el centro del patio. El resto de caballeros se acercaban a las oaredes, y sus murmullos se adentraban en mis puntiagudas orejas y sentía como sus miradas me acechaban.
- Ya que sois un espadachín excepcional quiero poneros a prueba de una forma distinta: quiero que me ganéis en un duelo de espadas. Si yo caigo al suelo, la victoria será vuestra; si sois vos quien cae al suelo, lo único que obtendréis será la derrota.
Me llevé una gran sorpresa al ser desafiado por el mismísimo capitán de la Guardia. No me esperaba que fuera a tener que luchar contra él. Su mirada fría me observaba desafiante. Me superaba en fuerza y altura, aunque no daba la impresión de que su muy desarrollada constitución le proporcionara una gran agilidad. No quería que detectara la tensión que me dominaba, por lo que sonreí burlonamente y dije:
- Pues entonces que comience el combate.
Chocamos nuestras espadas y acto seguido nos colocamos en nuestras posiciones. Nos miramos el uno al otro directamente a los ojos. Sentía como su mirada intentaba volver a atravesarme el alma, pero puse un escudo contra ella y la bloqueé. Los segundos volaban y allí seguíamos sin movernos. El resto de caballeros y la princesa Zelda esperaban impacientes el inicio del combate.
- Vamos, muchacho, ¿no os atrevéis a luchar contra mí? ¿Acaso no tenéis valor?
- Os estoy cediendo el primer paso. Simplemente os estoy esperando, capitán.
El capitán frunció el ceño bastante molesto por la serenidad con la que lo dije. Decidido y en parte encolerizado, avanzó velozmente hacia mí y alzó su espada. Intentó golpearme con ella, pero, sin apenas inmutarme, con un movimiento casi imperceptible para el ojo humano frené su espada interponiendo el filo de la mía en su recorrido. Aparté su espada rápidamente y el capitán se quedó perplejo. Le había hecho entender que no se encontraba ante un aficionado. Mi aventura, mi maestro de las técnicas secretas y Moy habían sido el mejor entrenamiento que un guerrero hubiera podido tener. El capitán volvió a atacarme y yo esquivé con agilidad la hoja de su espada. Comencé a contraatacar y, a pesar de que el capitán bloqueaba mi espada la mayoría de veces, se notaba que se lo estaba poniendo difícil.
Nos sumimos en una especie de baile con múltiples y ágiles movimientos de complicada ejecución, que provocaba la admiración de todos los espectadores. Dos pasos hacia delante, tres hacia atrás. Golpes de metal. Giro y dos tajos. Otros dos pasos hacia atrás. Estaba siendo un combate muy complicado, pero a mí nadie me iba a derrotar. Me di cuenta de que Zelda me observaba preocupada. No iba a decepcionarla. Ejecuté mis mejores movimientos, consiguiendo desarmar a mi rival y derribarlo. Apunté a su pecho con la punta de mi espada.
- Buen combate.
Le tendí mi mano para ayudarle, y él la agarró. Cuando se incorporó, se quedó unos segundos mirándome totalmente abrumado. Todos los presentes en el patio, la princesa inclusive, no daban crédito a lo que acababan de presenciar. Finalmente, el capitán salió de su trance e intervino.
- ¿Cuál es tu nombre, muchacho?
- Link.
Hubo otra pausa más larga e incómoda que la anterior, sin embargo, el capitán acabó con ella pronunciando estas palabras:
- Link, en toda mi vida había visto a un espadachín manejar con tanta maestría y elegancia una espada. He vivido numerosas batallas a lo largo de mi vida, y nunca jamás me había enfrentado a alguien así. Estaré encantado de teneros en la Guardia Real.
Había esperado mucho tiempo para escuchar esas palabras. Mi mayor deseo era convertirme en caballero, y lo había conseguido. El resto de caballeros aplaudían mi actuación enérgicamente. Dirigí mi mirada hacia Zelda. Su cegadora sonrisa y su radiante mirada bastaron para saber que no había fallado a mi promesa.
El crepúsculo del segundo día de mi estancia en el castillo daba a su fin, dejando paso a la noche. El firmamento se encontraba en su máximo esplendor, salpicado de incontables estrellas que aportaban su tenue luz para iluminar el tenebroso techo que se cernía sobre la ciudadela. La Luna llena también retenía con su luz a las sombras que acechaban en las tinieblas. Sin duda aquella noche era digna de contemplar y admirar, no obstante, la Luna y las estrellas no eran las únicas damas que presumían de sus encantos en la noche. Me ocultaba tras unos arbustos para no ser descubierto. Desde mi escondite contemplaba la mayor maravilla fruto de este mundo. Mis ojos se centraban en el elevado y armoniosamente ornamentado balcón de piedra, que resultaba dar a los aposentos de mi amada princesa Zelda. La observaba como en una especie de hipnosis. Entonaba una preciosa canción y se mecía al son de la música. La melodía de sus cuerdas vocales estremecía todo mi ser, embriagándome como si se tratara de una copa de vino, sintiendo como me rendía al encantador sonido de su voz, y perdiendo el poco juicio que su amor me había dejado. Mi mirada seguía cada movimiento de su esbelta figura completamente embrujado por su sutil balanceo. Me deleitaba enormemente con su inusual belleza. Parecía estar feliz, y eso me lo hacía estar a mí.
Sus delicados pasos la condujeron hasta el majestuoso balcón de sus aposentos. Frenó su balanceo, pero prosiguió cantando, y alzó su mirada hacia la Luna. Los sutiles y etéreos rayos de la Luna iluminaban su pálido rostro, embelleciéndola más de lo que ya era. Sus maravillosos ojos, que tan loco me volvían, brillaban con intensidad, reflejándose en el mar de estos el estrellado firmamento, de principio a fin. La suave brisa acariciaba las partes de su cuerpo que su camisón no cubría. Las últimas notas de su canción se evaporaron tras escaparse de sus labios. Después de eso, una dulce sonrisa que me hizo desfallecer se dibujó en sus perfectos labios. Susurró algo para sí misma, y hubiera querido salir de mi escondite y acercarme a ella para poder escucharlo. Mi alma se desesperaba por ir a su balcón y fundirnos en la luz y en la oscuridad. Anhelaba tenerla entre mis brazos y colmarla de besos hasta perder el último aliento. Deseaba respirar el adictivo perfume de su cuerpo, y que sus manos recorrieran mi cara y mi cuello. Deseaba poder susurrarla al oído que la amaba, que moría de amor por ella. Quería ver en sus ojos el amor que devoraba mis entrañas.
