Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
Cantidad de palabras: 4,615.
Accidentalmente enamorados
por Onmyuji
IV.
Cuando salió de la habitación, ella aún estaba en la (ahora limpia) cocina, terminando de fregar en silencio algún plato. No habló, no la miró, se movió caminando a paso veloz hacia el baño (perfectamente limpio y desinfectado) y se quedó frente al lavabo, mirándose en el espejo a consciencia.
Se veía cansado. Las bolsas debajo de los ojos comenzaban a notarse y su tez no tenía muy buen color, a pesar de que siempre había sido muy sano. Tenía dos semanas durmiendo fatal y teniendo sueños terribles (unos donde él rechazaba a Kikyou para escaparse y vivir un idilio con la azabache intrusa de su casa) y estaba seguro de que eso comenzaba a pasarle factura.
Decidió no ducharse ese día. Apenas echó un poco de agua tibia en su cara para eliminar los rastros del sueño y lavarse los dientes, mientras sus pensamientos flotaban por el aire.
Ella no dejaba sus cosas a la vista de él. En realidad, ni siquiera en la habitación de la que se había adueñado mientras vivía parasitariamente en su casa era imposible encontrar algo de ella. Lo que le llamaba la atención a sobremanera. ¿Cómo una mujer podía ocultar sus cosas tan bien?
Cuando salió del baño, ella ya no estaba. Sólo una pequeña caja de almuerzo sobre la pulcra mesa, una que estaba destinada a su consumo.
Pero como todos los días desde el puñetero incidente, ignoró el almuerzo luego de vestirse para el trabajo y salir de la casa sin parpadear ni una sola vez.
Esa mujer, Higurashi Kagome, ahora estaba convirtiéndose en un peculiar misterio para él. Después de que se encontraron oficialmente había transcurrido ya un mes, prácticamente el tiempo que ella tenía en su departamento parasitariamente.
No podía decir que parásito del todo, ya que tampoco podía negar que ella se encargaba meticulosamente de los quehaceres de la casa de una manera sigilosa, de manera que nunca podía atraparla haciendo las tareas del hogar. Y en las mañanas al cocinar, normalmente él dormía; y al despertar, era poco usual que ella estuviera; sólo quedaban los vestigios del olor del desayuno, que no olía nada mal (si estaba de su parte decirlo). Así que convenientemente le estaba quitando el problema del mantenimiento de su hogar, mientras él postergaba firmar un maldito papel y ella se rehusaba a soltarlo hasta que cediera.
Higurashi Kagome no se iba, pero no le hablaba. Y él no hacia el mayor esfuerzo en extraer conversación de ella. Aunque por muy poco. Quizás por aburrimiento, o quizá la costumbre de verla en casa tan seguido, que provocaba que en el fondo de su estómago naciera la apremiante necesidad de hablar con ella y tener al fin una conversación decente con alguien diferente a él mismo.
Aún podía recordar la primera vez que la vio, tres años atrás en el tiempo, en un club nocturno, celebrando la fiesta de alguna amiga que no era Sango (y lo sabía porque no vio a la castaña en toda la fiesta). Como al abordarla, ya pasada en copas, se sorprendió de lo increíblemente alegre y parlanchina que resultaba; le pareció tan simpática que por un momento se sintió como un cabrón por joderla de esa forma. Pero su sed de venganza pesaba más, y envolviéndola con palabras lindas, muchos abrazos y algunos besos atrevidos convenientemente cerca de los labios, había conseguido que Higurashi Kagome firmara los papeles sin prestar atención alguna.
Sonrió con malicia. A estas alturas seguramente ella ya había aplazado su boda lo suficiente como para que el novio comenzara a sospechar de los verdaderos motivos. Y cuando no hubiera más salida, él aparecería triunfalmente como el sujeto con quien ella se casó delante del prometido, y le arruinaría la vida. Y ella se arrepentiría de haber alejado a Kikyou de su lado.
Sango se negaba a hablar con ella de cualquier cosa que tuviera que ver con Houjo. Eso la metía en un aprieto, pues su ahora prometido no cesaba de hacer preguntas y exigir respuestas. Respuestas que ella no podía darle. Y es que con toda la situación alrededor de su aparentemente legítimo matrimonio con un imbécil, la boda se había tenido que aplazar un par de meses más, había explicado ella. Porque aún no estaba lista, porque aún tenía demasiadas cosas que preparar.
Y porque era demasiado precipitado echarse un matrimonio encima cuando no podía con el de mentiras.
Desde luego, Sango no la apoyaba en eso. Por el contrario, se contentaba echando sal a la herida, declarándose abiertamente en contra de que Inuyasha le firmara los papeles del divorcio, si eso implicaba que iría a casarse con Houjo.
Suspiró, para inmediatamente llevarse las manos a las sienes y las frotó suavemente, estresada. Con tanto trabajo y tantas cosas en la cabeza, a Kagome apenas le quedaba tiempo para pensar en si quería seguir con esos peculiares planes de boda.
—Luces estresada. —Kagome levantó la cabeza para mirar a su amiga castaña por encima de su cubículo y sonrió de medio lado, amarga. ¡Claro que lucía estresada! Aún tenía un par de proyectos en los cuales trabajar y aunque uno de ellos ya había sido concluido, los reportes finales y su trabajo de campo para el segundo aún no estaban programados, siquiera.
—Bueno, gracias por recordármelo, Sango-chan. —Respondió ella mientras volvía a su computador, tecleando desesperada, organizando papeles, archivos y su desastrosa agenda.
Ese imbécil de Inuyasha le había destrozado la bendita organización y todo lo bueno y sano en ella, prácticamente.
Desde que le reclamó lo de Kikyou, Inuyasha se negaba a hablarle, a pesar de sus intentos. Le había ofrendado comida como muestra de paz y él incluso la rechazaba, como si al aceptarla estuviera dándole una respuesta afirmativa a la firma del divorcio. ¡Ella solo quería tener a alguien a quien hablarle en el día! Tanto silencio y tanta soledad en un departamento ajeno la iban a volver loca.
Ella solo quería ser amable con él.
Sango la miró, haciéndose lentamente un ovillo sobre su lugar mientras el estrés y la angustia comenzaba a agobiarla. Y se sintió terrible por eso. Kagome la estaba pasando difícil y luego de que le reclamó por estar ayudando a Inuyasha, daba la impresión de que estaban más bien peleadas. Nada más lejos de la verdad para ser honestas, pero Sango seguía un poco (o más bien bastante) afectada por no haber sido considerada por la azabache con algo tan importante como una boda y dolía. Porque ella no habría dudado ni un instante en hablar con Kagome y ser la primera en enterarse en caso de que fuera a casarse.
Y por eso habló a continuación—. Entonces lamento tener que decirte esto, pero Houjo está en recepción y pidió verte. —Añadió Sango mientras regresaba a su cubículo, justo para escuchar a tiempo como Kagome se removía en su lugar a paso presuroso, para salir a trompicones al pasillo y caminar hacia la recepción del edificio.
Kagome estaba echándose la soga al cuello con todo eso. Por no ser honesta con Houjo. Bueno, a decir verdad, toda la situación con Houjo estaba mal. Y Sango estaba convencida de que forzándola a convivir con otro tipo de hombre (no precisamente que Inuyasha fuera un excelente tipo de hombre, pero tenían a su favor ese matrimonio accidental, así que al menos que valiera de algo); algo bueno saldría de todo esto y algún día Kagome se lo agradeciera. Para que no cometiera el error de casarse con un hombre al que ella claramente ya no amaba.
Una llamada entró a su teléfono móvil, provocando que ella despegara su mente de los pensamientos que la embargaban y contestó
—¡Mi preciosa y adorada Sango! ¿Cómo viste a la señorita Kagome el día de hoy?
—¿Que cómo la veo? La veo terrible, Miroku. A estas alturas no me sorprendería que ella colapse y siga con sus planes hasta que Inuyasha acceda a firmar los papeles. Está fatal, necesito ayudarla. —Explicó Sango mientras la pena y la angustia se apoderaban de su rostro.
—Bueno, definitivamente es evidente que la señorita Kagome necesita ayuda. Pero si lo haces ahora, les pondremos todo fácil. ¿Tú quieres que ella abra los ojos? Bueno, yo espero que Inuyasha supere a la señorita Kikyou y vuelva a ser él. Y si nos separamos en estos momentos, no van a tener la suficiente presión para que tengan que aprender a convivir entre ellos. —Arguyó su novio al otro lado de la línea, provocando que su rostro se contorsionara con molestia.
—¡No puedes pedirme que no lo haga! Miroku, es mi mejor amiga...
—Yo lo sé, cariño. Pero estoy seguro de que esta noche las cosas van a ponerse interesantes con esos dos.
—¿Qué quieres decir?
—Esta noche tendremos una cena en casa de Inuyasha, querida. Los jefes me han transferido al departamento legal de la empresa y mi lugar quieren dárselo a Inuyasha. Claro que... lo consideraron luego de que llegara a sus oídos la noticia de que está casado.
—Realmente quieres meter a Inuyasha en aprietos, ¿no es verdad? ¿Realmente crees que Kagome quiera cooperar? Ya sabes que en vista de la horrible primera impresión entre esos dos, todo puede salir tremendamente bien o terriblemente mal. Al paso que van, es posible que Kagome decida jodérselo a Inuyasha por lo del incidente de hace dos semanas. ¡Inuyasha tiene algo raro en la cabeza! Mira que buscar vengarse de Kagome por algo que hizo Kikyou...
—Ten un poco más de fe en ellos, Sango. Inuyasha tendrá que hacer las cosas bien si realmente quiere ese puesto. Y eso implica tener un trato civilizado con la señorita. Confía un poco más.
Sango suspiró, midiendo la información que acababa de recibir, antes de hablar despacio—. Kagome es muy buena, pero después de Inuyasha, no me sorprendería que ella rechazara ayudarle... bueno, esperaré a que ella me cuente algo (si es que lo hace, en vista de las cosas). Ahora tengo qué colgar, antes de que el jefe pregunte por mí.
—Adelante, hablaremos más tarde. Ten un buen día, te amo.
Y luego otra vez volvió a sonreír, mientras un sonrojo adornaba despacio y dulce sus mejillas y luego se encogía como una flor—. Sí, sí. Yo también te amo. —Tembló Sango emocionada mientras colgaba el teléfono y se derretía en su silla.
El tic de su ojo derecho parecía que se quedaría instalado ahí para toda su putrefacta vida, esperando que el cuerpo se le pudriera hasta que las moscas y los gusanos se comieran lo que quedara de su cuerpo.
No había tenido más remedio que seguir con la charada, aceptar, sonreír como un imbécil que se doblega idiotamente ante sus jefes sin dar resistencia ni pelear por lo que era correcto y justo en su vida. Y entonces Totousai y Myoga, ambos como equipo en conjunto de la gerencia general de la empresa, se le presentaron, tan cómicos y bonachones como siempre, mientras él se esforzaba por echar a andar los procesos pertinentes para reprogramar el ensamblaje masivo en todas las plantas de producción tecnológica del país.
«Sabes que para nuestra empresa son muy importantes los valores fundamentales, especialmente la familia.»
Él lo sabía y honestamente ya no le interesaba. Porque desde que Kikyou se había ido, Inuyasha no aspiraba más a una familia ni a una vida de ensueño de ese tipo. Por tal razón, el recordatorio se le antojó de terrible agüero, porque era una promesa de ascenso por una buena impresión.
Pero su cabeza estaba más ocupada programando la codificación que necesitaba, con una sonrisa boba y nada propia de él.
«Inuyasha, ¿por qué no nos habías dicho que estabas casado? Eso cambia muchas cosas. Y tus oportunidad incrementan.»
Porque no quería que nadie, con una mierda, se enterara que estaba casado con una mujer odiosa a la que pretendía hacerle la vida imposible hasta que hubiese pagado con creces su tragedia.
«Y dado las circunstancias, espero que no tengas problemas en recibirnos junto al gerente de recursos humanos y a tu actual jefe directo esta noche para cenar y conocer a tu esposa. Tu carrera se verá increíblemente beneficiada por esto.»
Y sólo pudo asentir y portarse medianamente amable con ese par de viejos rabo verde mientras ellos se marchaban alegando lo increíble y maravilloso que resultaba que hubiese sentado cabeza y se hundió miserable en su computador, mientras terminaba exitosamente la configuración del nuevo programa de ensamblaje masivo para la producción.
¿Qué mierda podía hacer sino? Su carrera en esa maldita empresa estaba en juego. Y aunque su actual puesto no era del todo mal y la paga era buena, nunca estaba de más un currículo más pesado. Y aunque amaba la programación, comenzaba a darse cuenta de que esa no era su pasión, por lo que la forma más rápida y efectiva de zafarse era ascendiendo.
—Así que... ¿los jefes se han enterado de que estás casado? —Inuyasha despegó la cabeza de su ordenador y miró letal a Miroku, que estaba justo en la entrada de la oficina, sonriendo socarrón.
—Eres un cabrón. ¡Fuiste tú! —Acusó Inuyasha mientras el azabache sonreía inocente y caminaba hasta su escritorio, sentándose justamente frente a él.
Miroku era el único en toda la empresa que lo conocía, por él había entrado a trabajar a ese lugar, era el único que prácticamente tenía amistad con él y que además sabía del pantagruélico accidente con Higurashi Kagome. Era obvio que había sido él quien había intervenido en ese perverso movimiento que a Inuyasha tenía, ciertamente, encrespado.
—No me malinterpretes, Inuyasha, no lo hice con dolo. Te haré un favor. Una vez gerente, podrás divorciarte y ellos no podrán revocarte. —Explicó Miroku mientras jugueteaba con un pequeño muñeco de bloques perfectamente armado que adornaba el escritorio de Inuyasha, casual y despreocupado.
—Y te voy a quitar tu puto trabajo, idiota. —Siseó el albino, mirándolo por el rabillo del ojo.
—Oh, por eso no te preocupes, mi estimado amigo Inuyasha. Me cambio a la gerencia del departamento de legal, así que amigo, la vacante es toda tuya. —Añadió Miroku mientras volvía a dejar el muñequito desbaratado sobre la mesa y luego se levantaba, sonriendo.
—Vete al carajo.
—En efecto, me voy, pero no a donde tú me mandas. Porque son las 11 y tengo un compromiso personal que atender. Y tú también deberías. —Explicó cuidadosamente Miroku, mientras caminaba hacia la puerta.
Y entonces sintió los intensos ojos dorados clavados con curiosidad en su espalda. Y sin que Inuyasha pudiera notarlo, Miroku sonrió triunfal.
—No sé de qué mierda hablas.
—Hablo de que hoy es viernes y la señorita Kagome y Sango trabajan en el mismo sitio. Su hora de salida los viernes es a medio día. —Explicó Miroku ante la cara de sorpresa de Inuyasha—. ¿Cómo es posible? ¿Llevas un mes viviendo con tu esposa y no lo sabías? ¡Qué terrible!
Inuyasha quiso matarlo por eso. Pero se quedó callado esperando la advertencia del azabache.
—Así que, si quieres que la cena de esta noche salga bien, creo que vas a tener que apurar y tratar de convencer a la señorita Kagome de que coopere contigo. De lo contrario, alguien puede ver su carrera truncada de por vida. —Y mientras las palabras de Miroku iban saliendo de su boca, el rostro de Inuyasha comenzó a palidecer más y más, hasta parecer un fantasma.
Porque no se hablaba con Kagome desde hacía dos semanas y ahora veía terriblemente difícil, sino imposible, conseguir que ella quisiera ayudarle así nada más. Porque se había portado fatal desde entonces y ella parecía aguantar a marchas forzadas, solo por conseguir una maldita firma que finalmente los separara. A menos que...
Sin decir más nada y echando pestes, Inuyasha despegó el cuerpo del escritorio y se levantó, abandonando el PC. Y sin decir gran cosa, tomó sus pertenencias y alcanzó al azabache en la puerta, no sin antes mirarle mortífero.
—Que mi carrera en esta empresa esté en juego, no significa que no seas hombre muerto, cabrón. —Siseó Inuyasha antes de salir a paso presuroso de la oficina y dejando a Miroku sonriendo burlón, cual si hubiera hecho una travesura.
Y entonces extrajo de su bolsillo y marcó un teléfono—. ¡Mi preciosa y adorada Sango! ¿Cómo viste a la señorita Kagome el día de hoy?
Kagome se quería morir, literalmente.
Apenas era medio día, pero Kagome sabía que necesitaba unas vacaciones. Unas largas y bien merecidas vacaciones. Lejos del trabajo y de Houjo. Sobre todo de Houjo.
Y de Inuyasha.
El solo pensamiento le amargó la caminata de vuelta al departamento que no era suyo pero en el que vivía, esperaba ella, de forma temporal. Porque llevaban dos semanas sin hablarse y era terriblemente difícil para ella seguir de esa forma. Comenzaba a sentir que se estaba volviendo loca y en cualquier momento se rendiría.
No bastando con eso, la escenita que se montó Houjo en la recepción del edificio en que trabajaba, había provocado que Kagome deseara que la tierra de la tragara. Porque le había reclamado, porque la había visto.
Coincidir con otro hombre: Inuyasha.
Y entonces Kagome no supo dónde meterse y le inventó que era un compañero con el que trabajaba en un proyecto. Oh, y que además era gay. ¿Su cabello tan largo no era lo suficientemente elocuente?, disipó así la angustia de Houjo por haber pospuesto la boda, aduciendo a que tenía demasiado trabajo como para pensar en una boda o salir con otro hombre (no es como si realmente estuviera interesada en hacerlo).
De esa forma había conseguido tranquilizarlo, pero ¿por cuánto tiempo? Saludó cansinamente al sonriente Shippou que se agitó desde lejos para saludarla de la mano de su abuela, antes de internarse en el edificio con los pies llenos de plomo, convirtiendo la subida de escaleras en un terrible martirio.
Ahora que había llegado a este punto, Kagome se daba cuenta de que no estaba ni de cerca lista para casarse y formar una familia. Y ahora plenamente consciente de que quería a Houjo, pero era más bien una suerte de afecto fraternal, porque no lo amaba; la realidad apremiaba y exigía. Y ella se sentía fatal.
¿Sería que su falso matrimonio con Inuyasha la estaba salvando de cometer un error y una locura? Sacudió los pensamientos de su cabeza mientras se hacía frente a la puerta del departamento del chico albino e insertó la llave en el picaporte para abrirla, descubriendo que ya estaba abierta.
Así que la abrió e ingresó en el departamento, recibiendo en respuesta un delicioso aroma que alborotó su apetito.
—¡Hey, Kagome! —Y entonces Kagome se asomó a la cocina y lo miró. Al chico de cabellos plateados y ojos dorados sofriendo vegetales en una sartén.
Para ese punto del tiempo en que llevaban viviendo juntos (la sola idea le provocaba náuseas), él jamás había pisado la cocina, por lo que deducía que el sujeto apenas sabía hervir agua; y ahí estaba él, cual si fuera un cocinero profesional, salteando verduras y haciéndolas saltar sobre el sartén caliente cual si fuera la cosa más fácil del universo.
Porque ella nunca había conseguido hacerlo.
—¿Qué estás haciendo? —Ella ingresó a la cocina con tremenda sorpresa, estudiándolo con desconfianza, antes de que él se girara y sirviera las verduras y un platón y luego caminó hacia la mesa.
Que ya estaba servida con aún más platillos.
—Te esperaba. Como salías temprano hoy, pensé que sería una buena idea preparar el almuerzo y comer juntos. —Respondió él con total naturalidad, provocando que Kagome le mirara con sorpresa y el ceño fruncido.
Le sentaba bien el delantal atado perfectamente a su cintura, mientras servía la comida y se sentaba en un lado de la mesa. ¿Él realmente sabía que los viernes salía temprano del trabajo? ¿En qué momento se había enterado? Azorada por su peculiar comportamiento (y en vista de la tensión todavía esa mañana), caminó hasta el comedor y se sentó en la mesa, desconfiada.
—¿Desde cuándo sabes eso?
—Por favor, vives aquí desde hace un mes, es lógico que sepa eso. —Mintió él, mientras tomaba un plato con ramen y comenzaba a comer—. Deberías comer mientras está caliente. —Sugirió.
Kagome tomó los palillos y miró la comida, desconfiada. Un plato con ramen, un cuenco de arroz, otro con sopa miso, tres croquetas de carne y papa, y en el centro, las verduras salteadas y empanadillas. Tomó el primer plato y lo acercó a ella. Tenía un aspecto estupendo.
—No soy estúpida. Tú me quieres envenenar.
—¿Y desperdiciar comida? No soy tan imbécil como para hacer eso. —Siseó él, herido, mientras sorbía rápidamente el caldo de su ramen. Pero Kagome seguía mirándole ceñuda, convencida de que tan buen aspecto solo significaba que él pretendía envenenarla. Inuyasha pareció captarlo al vuelo y agregó—. Lo puedo probar para demostrarte que no tiene veneno.
Al escuchar las palabras heridas de Inuyasha, Kagome apuró con los palillos un pequeño bocado y masticó, despacio y cuidadosa. Luego su expresión facial cambió.
—¡Wow! ¡Esto está delicioso! —Reconoció Kagome mientras sonreía, provocando que el chico de ojos dorados sonriera con autosuficiencia—. ¿Qué le pusiste? ¿Cómo es posible que no hayas cocinado en todo este tiempo?
—¿Quizá no había encontrado la motivación suficiente para hacerlo? —Él apuró su cuenco con arroz y comenzó a devorarlo, siendo acompañado por la chica de cabellos azabaches que se sintió extraña por su declaración y luego comió de buena gana, halagando su comida, encantada.
—¿No eres cocinero? ¡Porque la comida es muy buena! —Reconoció Kagome mientras mordía una empanadilla, más animada. Tanto, que por un momento olvidó su miseria, el asunto con Houjo y la tensión con Inuyasha.
Por su parte, Inuyasha dejó de comer al escuchar la pregunta de Kagome y se quedó mirándola, comer de buena gana, pero con una forma muy femenina y discreta. Nunca se lo había contado a nadie salvo a Miroku, pero Inuyasha realmente amaba cocinar. Si había algo que le gustara más que la tecnología o sus videojuegos, era estar inmerso en la cocina y preparando un sinfín de platillos. A él lo llenaba aquello, lo hacía verdaderamente feliz.
Pero Kikyou siempre se había mostrado reacia a su comida, porque decía que era extraño que ella, siendo su novia, no fuera la que cocinara. Y así, lentamente Inuyasha abandonó sus deseos de seguir cocinando y se enfocó en un trabajo que si bien le gustaba, no lo llenaba por completo, solo para hacerla feliz.
—No, cocino por hobby. —Respondió en un murmullo más quedo de lo que pretendía.
—Pues eso es maravilloso, pero por el sabor de tus platillos, estoy segura de que tendrías éxito como chef en algún restaurant. —Añadió Kagome mientras engullía un pedazo de croqueta con mucho ánimo.
Inuyasha sintió que ese sueño, aletargado por su relación con Kikyou, comenzaba a alborotarse con las palabras de Kagome, llevándolo de inmediato al motivo por el cual se había esmerado en deslumbrarla con sus habilidades culinarias.
—Kagome.
—¿Sí? —Ella parecía demasiado inmersa en su comida para prestar suficiente atención a sus palabras.
—Quiero que hablemos del divorcio.
Y Kagome casi se atraganta con el pedazo de croqueta que masticaba despacio, obligándola a tomar un poco de sopa miso para aliviar la incomodidad. Un par de golpecitos en su pecho y ella sintió alivio, mirando a Inuyasha con inusitada sorpresa y una sonrisa emergiendo de su rostro.
—¿Vas a firmar los papeles?
¿Que si los iba a firmar? No, no quería; quería hacer de su vida un maldito infierno, así como el que había atravesado él. Pero entonces recordó que necesitaba de su ayuda, y mucha.
Pasaron unos minutos de mortuorio silencio, antes de que él hablara.
—Solo si respetas tres condiciones.
Y entonces Kagome le miró con atención, asintiendo lentamente; imaginando que él pediría cosas patéticas o estúpidas para humillarla, pero a estas alturas estaba desesperada.
—La primera es, tienes qué presentarme pruebas de que lo que dices sobre Kikyou es verdad.
—¡Pero-...! —Kagome se levantó de la mesa indignada, pero él pidió silencio y ella volvió a su lugar.
—La segunda es, tienes que hablar con tu novio, prometido, lo que sea. Y tienes qué explicarle lo que está pasando con nosotros.
—¡Eso es u-...! —Ella volvió a alzar la voz en vista de lo evidentemente imposible que resultaba eso (sobre todo después de hacerle creer a Houjo que Inuyasha era gay); mientras él repetía que guardara un poco de silencio y entonces ella se cruzaba de brazos con indignación—. ¿Y la tercera?
Y entonces la postura rígida y seria de Inuyasha se desmoronó y se cruzó de brazos, con el ceño fruncido. Y luego de pensárselo un rato, añadió, mosqueado—. Mis jefes se han enterado (gracias a Miroku) que estoy casado. Y están dispuestos a darme un ascenso.
—Eso no es de mi interés.
—Solo me darán el ascenso si te conocen.
Entonces Kagome le miró, cual si le hubiera crecido una segunda cabeza.
—El lugar donde trabajo tiene valores familiares muy arraigados y están dispuestos a ascenderme si puedo demostrar que soy un hombre listo para formar una familia.
—¿Y esperas que yo la haga de esposa devota y abnegada?
—Bueno, sí.
—¡Ni de coña! —Se rehusó ella.
—Y si cumples con las tres condiciones, firmaré los malditos papeles y cada quien puede seguir con sus vidas. —Aclaró él, repitiendo las palabras que ella había recitado en otra ocasión.
—No tengo por qué seguir escuchándote. —Finalizó Kagome mientras se levantaba de la mesa, sintiendo nuevamente el peso de todas sus preocupaciones y luego moviéndose al pasillo, siendo seguida por Inuyasha.
—¡Mujer, sé razonable! Sólo será por una noche. Esta noche. Y después puedes volver a lo que sea que hagas cuando no tienes que verme a la cara. —Pidió Inuyasha mientras la alcanzaba. Kagome aún le daba la espalda, cuando se giró rápidamente hacia él, lista para encararlo y comenzar a pelear.
Pero en ese momento giró tan rápido que la fricción entre sus zapatillas de interior y el piso de madera pulido la hicieron perder el equilibrio y caer; siendo convenientemente atrapada por Inuyasha, que estaba muy cerca de ella.
Sostenida por la cintura, de manera delicada, Kagome sintió que los colores se le subían al rostro y su corazón comenzaba a latir con fuerza al tenerlo tan cerca. Su calor era tibio y agradable y el aroma masculino la mareó ligeramente, pero no era del todo desagradable.
Ahora que lo tenía cerca y se quedaba callado, Kagome tenía la certeza de que no lucía tan odioso y simplemente era muy, muy renegado para su gusto.
Él no la soltó, mirándola a consciencia. Porque ahora que estaba cerca de ella, se podía dar cuenta de que ella lucía más fuerte de lejos que de cerca, y ahora le parecía vulnerable.
¿Y qué mierda estaba pasando en su cabeza?
—Suéltame. —Pidió ella en un hilillo pusilánime de voz. Y él ni corto ni perezoso obedeció, liberándola lo suficientemente rápido para que ella corriera a la habitación de la que se había adueñado y cerrara la puerta de un portazo.
Inuyasha observó la puerta, tratando de sacudirse el extraño hormigueo del cuerpo. Luego caminó hacia la puerta y tocó brevemente, desesperado por su respuesta—. ¿Y bien? ¿Aceptas o no? —Insistió.
Kagome estaba recargada contra la puerta en ese momento, hecha un ovillo y cubriendo su rostro, tratando de tranquilizar su corazón alterado por semejante acercamiento, por semejante amabilidad, atosigada por él. Y luego tembló mientras miraba hacia el horizonte de la propia habitación.
Y con una voz tan baja que Inuyasha casi no la escucha, contestó—. Está bien.
TBC.
PS. ¿Qué? ¿Pensaron que ya no actualizaría? ¡Claro que lo haría! Aún no termino este fic :3 Digamos que es como mi regalito navideño InuKag para mis lectores :3 ¡Feliz Navidad anticipada! :D Que todos sus deseos se hagan realidad, que tengan mucho amor, mucha paz y alegría. Mis mejores deseos siempre para ustedes y sus seres queridos (L).
Este capítulo me costó un poco de trabajo, pero creo que lo he manejado bien xD ahora ya tenemos algo aquí interesante, que son las tres condiciones de Inuyasha para darle el divorcio a Kagome. El detalle es... ¿cómo irá a salir todo esto? Les recuerdo que el romance de este par se va a mover muy despacio, por lo que les pido paciencia, no pretendo hacer que se enamoren ya por este pequeño acercamiento que tuvieron :B pero bueno, el próximo capítulo será particularmente gratificante xD ya lo verán :3
Espero leerles muy, muy pronto :D! ¡Feliz Navidad y Próspero 2017!
Onmi.
