Viñeta 829 p.
Kumiko había empezado a gatear, y eso era un gran problema. Solía meterse en todos los recovecos habidos y por haber, Chopper tenía que estar más atento a donde dejaba la medicina y Usopp era regañado varias veces al día por dejar pequeñas tuercas y objetos peligrosos en el suelo. Debieron adaptarse y acostumbrarse al nuevo ritmo, pero no fue sencillo.
Cada tanto, los padres perdían de vista a la bebé y cuando eso sucedía, enseguida se armaba revuelo. Todos los Mugiwara en busca de una cosita pequeña de no más de setenta centímetros.
Si eran atacados en los momentos en donde a Kumiko se le daba por desaparecer, no sabrían qué hacer, así que la desesperación por hallarla cuanto antes los colmaba. A Luffy eso le divertía, le parecía un juego: encontrar a Kumiko, que solía aparecer en los lugares más inverosímiles, quejándose con sonidos guturales cuando era descubierta al ver su libertad truncada.
Chopper siempre era el primero en encontrarla, por el olfato; sobre todo si Kumiko ya había ensuciado los pañales. Ahí sí que no necesitaban de Chopper, pues no había nariz en la faz del Sunny que no captase ese particular olor. Zoro, por supuesto, no dejaba de echarle la culpa a Sanji por las consecuencias de ser el encargado de su alimentación; pero en esa ocasión el espadachín estaba tomando su siesta habitual, ajeno a todo el jaleo armado dentro del Sunny.
Sanji lo pateó al paso para que se despertara y ayudara en la búsqueda, pero Zoro le insultó en sueños y se removió inquieto. De repente despertó de súbito, como si la información hubiera llegado en delay al cerebro, abrió los ojos de golpe y reprimió la carcajada. Desde el suelo podía verla, muy divertida —como si supiera que la estaban buscando— sentada debajo del banco lateral de la cocina. Se frotó los ojos y la llamó; Kumiko gateó con prisa hacia donde estaba Roronoa.
—¡Ey! ¡Dejen de buscar! —Gritó, tomándola de la cintura al comprender que quería ponerse de pie—¡Ya la encontré!
—¡Marimo, aléjala de ellas! —reprochó Sanji al llegar, alertado por el aviso. Detrás de él, Usopp frenó la carrera para tomar aire y relajarse.
—Están en su funda —bramó el espadachín. No sabía que puta obsesión tenía el cocinero con que Kumiko tocase sus katana.
—No importa, son armas. No quiero que esté cerca de las armas, ni que las conozca, ni nada.
—Entonces deberás cortarte las piernas —Zoro realizó una mueca que dejaba por sentada su opinión: el cocinero era un incoherente.
—Pero Kumiko es una pirata —se animó a opinar Usopp, con toda inocencia—, por lo tanto está bien, tendrá que aprender a defenderse.
—¡NO! —Sanji fue rotundo—¡Para eso está papá!
—Y yo que le había hecho una bandera pirata —se lamentó el tirador.
—Ñiñi, para eso está papá —se burló el espadachín logrando que la furia momentánea del rubio hacia Usopp por mencionar la bandera recayese en él.
Antes de que pudiese contraatacar con algún insulto, el gorgoteo de Kumiko tratando de acaparar la atención de los adultos, logró su cometido. Se balanceó de un lado al otro y dio un paso al frente.
—Ey, se va a caer.
—Que no, la estoy sosteniendo —Zoro frunció la frente. No pensaba dejarla caer.
Kumiko dio otro paso, y Sanji abrió grande los ojos. Antes de que pudiera llamar a Nami para que viese a la bebé ella llegó de inmediato.
—¿Dónde se metió esta vez? —Pero la respuesta que buscaba careció de importancia frente a lo que presenciaba.
Kumiko dio dos pasos seguidos, logrando que Nami aguantase la respiración. Sanji se colocó en cuclillas y la llamó.
—Ven, Kumiko —la alentó—; aléjate de esa alga, no vaya a ser cosa que la estupidez sea contagiosa. Marimo feo, marimo caca —dijo, soltando una risita ahogada.
—¡Que te parta un rayo, cocinero de baja categoría!
Kumiko carcajeó, como si le resultara divertida la cotidiana discusión entre su padre y el espadachín. Alcanzó a dar los pasos que faltaban para llegar a los brazos de un embobado Sanji, quien contuvo la emoción. Orgullo masculino o lo que fuera, no dejaba de lado que frente a él estaba Zoro, y no quería darle material para que lo torturase hasta el fin de sus días. La abrazó fuerte, y al final fue Usopp quien rompió en llanto:
—¡Qué rápido crece!
Nami con una gran sonrisa soltó un suspiro y miró con cariño a Sanji.
Luego, la pobre Kumiko tuvo que aguantarlos a los dos durante todo el día, y caminar lo que nunca había caminado. Era bonito presenciar su crecimiento, estar a su lado viendo esos primeros pasos, pero también tenía su lado negativo. Si antes, por gatear a velocidad match cinco debían estar atentos a ella, ahora no podían descuidarla ni un segundo. No fuera a ser cosa que trepase y se cayese por la borda.
Como su tío Luffy, tenía la facilidad de meterse en problemas.
Fin
