¡Hola, hola! Aquí tenéis otro capítulo :3

4. Huída.

Sandor colocó a Sansa detrás de él, protegiéndola con su propio cuerpo y blandiendo la espada frente a él para su propia protección.

- Ahora el Perro ha huído con el rabo entre las piernas, ¿eh? - Se mofó uno de los hombres, haciendo reír al resto. - Y hasta se ha traído un premio de los Lannister.

Varios hombres miraron a Sansa, devorándola con los ojos, como si de un trozo de carne se tratase, pero no se atrevió a decir nada, se mantuvo inmóvil, deseando que no buscaran pelea; Sandor era bueno pero ellos eran seis.

- ¿No es esa la cría de Ned Stark, el traídor? - comentó uno, mirando al resto.

Sansa estuvo a punto de gritarles que su padre no era ningún traídor, pero Sandor se adelantó a sus palabras, riéndose escandalosamente ante las palabras del hombre, como si estuviera diciendo la mayor tontería que él jamás hubiera escuchado.

- Se parece, ¿Verdad? - Se enorgulleció el Perro, mirándola de reojo. - Sansa Stark murió el día de la batalla contra los hombres de Stannis, esta se parece lo suficiente como para mandarla a Invernalia, ante los hombres del hierro, se casará con alguno de ellos y se firmará una paz, el Norte será de los Lannister, ¿Y a quién le importa esta cría? - Bufó y observó a los hombres con cautela, que parecían aún recelosos de creerse aquello, pero finalmente otro se pronunció.

- Si fuera la cría Stark, no iría así vestida, miradla. - Varios rieron y Sansa notó como sus mejillas se teñían de un intenso rojo, pero tenían razón, su vestido estaba sucio, como ella y su capa estaba incluso rota. No parecía una Stark de Invernalia, y por primera vez en su vida, lo agradeció.

- Ahora dejadnos descansar y partir, o serán los Lannister los que pidan vuestras cabezas si algo nos pasa. - Gruñó el Perro, escupiendo al suelo.

Tras varios segundos de duda por parte de los marineros, finalmente accedieron y se distanciaron, guardando las armas y volviendo a sus mesas, no sin antes lanzarle unas cuantas miradas de odio a Sandor, que se mostraba totalmente indiferente a su rabia. ¿Por qué debería importarle? Sansa había aprendido a incluso disfrutar su compañía y su silencio, sus maneras de cuidarla y atenderla... No era tan malo como él quería que todos pensaran y como ellos lo hacían, era un asesino de manos duras, pero en lo que a Sansa se refería, las manos de Sandor eran delicadas para ella, y ella lo agradecía más de lo que él jamás podría pensar...

Tras aquel pequeño incidente, consiguieron una mesa, la más alejada de todas y comida caliente, además de vino para el Perro y algo de suave cerveza para Sansa. No es que fuera la mejor comida que ella jamás había probado, ni el primer sitio en el que decidiría alojarse de haberse visto en otras circunstancias, pero al menos había un lugar para lavarse, descansar y comer, a diferencia del húmedo bosque en el que habían estado los últimos días, que se habían hecho eternos, durmiendo en el incómodo suelo, comiendo lo que el Perro cazaba o uno de los dos encontraba, lavándose en arroyos, y lo peor de todo; cabalgando por horas. A veces tantas que Sansa temía no poder caminar al bajar de su yegua, pero cada vez que sus piernas flaqueaban, unos fuertes brazos la sostenían y la ayudaban a tumbarse. Así que ninguno de los dos puso objeción alguna a la comida, comiéndola con ansia y hambre, incluso la limpia Sansa que siempre se empeñaba en mantener sus modales de dama se había manchado las manos con aquel tierno y jugoso capón. La cerveza no había durado demasiado en sus manos, y como no podía ser de otra manera, Sandor había gustosamente pedido otra jarra para su sediento pajarito que sin rechistar, se lo había bebido de nuevo en un abrir y cerrar de ojos.

La habitación por otra parte, era caliente y acogedora, además contaba con una bañera que Sandor había pedido que llenaran de agua caliente para Sansa, que de nuevo, lo había aceptado gustosamente.

- Bajaré a asegurarme que los caballos siguen en su sitio, tómate tu tiempo. - Dijo Sandor, dejando sus cosas sobre la cama antes de salir hacia los establos, cerrando la puerta con llave a su espalda.

Sansa apenas si esperó a que la llave saliera de la cerradura para deshacer las lazadas de su vestido y dejarlo caer al suelo, olvidándose de sus maneras de señorita para correr y dejar caer su ropa interior al suelo en el camino a la bañera, que estaba llena hasta casi los bordes y parecía estar llamando a la joven a gritos. La doncella disfrutó de un largo baño, sumida en las pequeñas fantasías que revoloteaban por su mente. Pronto llegarían al Nido de Águilas, sabían que era su mejor opción, y allí su tía los ayudaría y ella podría alcanzar Aguasdulces. Debía pensar en como sería el reencuentro con su familia, mantener su actitud positiva si no quería romper a llorar. Pero estaba fuera de Desembarco del Rey y ya no tenía motivos para sentirse asustada, Sandor la protegería de cualquiera, aquello era motivo más que suficiente para seguir tratando de volver al Norte con una sonrisa. Por otra parte, Sandor había alimentado a los caballos, había puesto agua y se había lavado con agua fría, tratando de hacer tiempo para permitir que Sansa tuviera algo de intimidad, pero cuando no hubo más que hacer allí fuera, regresó dentro y se colocó a la puerta de la doncella, guardando que nadie pudiese entrar a pesar de que él tenía la llave

- ¿Pajarito? - A su voz la acompañaron sus nudillos en la puerta, tres veces.

- Pasa, he terminado. - Dijo ella alzando la voz.

Sansa estaba sentada frente al tocador, mirando su reflejo en el espejo mientras cepillaba su brillante y largo pelo, que caía mojado sobre el camisón que usaba para irse a dormir y le había conseguido la posadera. Sandor no pudo evitar dejar que sus ojos recorrieran libremente el cuerpo de la joven, con hambre y curiosidad, ¿Cómo había hecho para mantenerse tan lejos de ella todo este tiempo? Aunque así seguiría, era inútil cuestionar aquello. Debía mantenerse alejado de ella.

- ¿Qué tal el baño? - Preguntó él, sentándose al borde de la cama para quitarse las botas y la armadura.

- Ha estado muy bien, echaba de menos las comodidades de las que un bosque carece... Aún no me creo que seamos libres. - Admitió ella con una tímida sonrisa, observando en el reflejo como el hombre colocaba cuidadosamente sus cosas en una esquina, quedándose en un par de simples pantalones para montar y una fina camiseta, que dejaba apreciar los marcados músculos de su cuerpo, el cuerpo de un experimentado guerrero. Sansa había estado admirándolo sin ni siquiera darse cuenta, apartando los ojos con un oscuro rubor en sus mejillas cuando él comenzó a reírse. Aquello no tenía nada que ver con el cuerpo de sus hermanos, ni siquiera el de Theon Greyjoy que era ''hijo del hierro''. ¿Cuántas veces los habría visto pelear con espadas junto a Jon Nieve, su medio hermano? Y cuantas veces le habría dicho Theon que algún día la haría su esposa, y no tomaría ninguna esposa de sal porque solo tendría ojos para ella. Habían sido críos jugando a la guerra... Ahora eran guerreros jugando al juego de tronos, y Theon llevaba la ventaja, tenía su tierra. Y ella jamás le vería como algo más que un traidor que se había sentado en su mesa y compartido su fuego y sus juegos... Sansa reparó en el silencio que había dejado caer sobre ambos y miró a Sandor a los ojos, la sonrisa ya no estaba en sus labios.

- Sandor... - murmuró ella con total seriedad, posando el peine.

- Mañana, pajarito, debemos descansar. - La interrumpió él, apartando las mantas de la cama para dejar su lado al descubierto, ofreciéndole parte de la cama.

Ella asintió rápidamente, no debía pararse a preguntar acerca de la victoria de su hermano sobre los leones o pensar en la mísera posibilidad de que aquello no ocurriese. Vencerían. Ella lo sabía. Así que obedientemente, caminó hacia el gran colchón y se tumbó, tapándose hasta el cuello con las gruesas mantas que la mantendrían caliente toda la noche. Ambos trataron de mantener una prudencial distancia pero pasadas unas horas, Sansa se había movido tanto que había acabado justo al lado de Sandor, que ahora yacía sobre su espalda, y había permitido que su pajarito apoyara la cabeza en su musculado pecho. ¿En qué momento las cosas habrían cambiado hasta el punto en el que el Perro se había convertido en el buen tipo que dejaba a la doncella acurrucarse a su lado? Suspiró levemente y apartó un mechón del pelo del rostro de Sansa, con sumo cuidado.

- Cuantos hombres habrán soñado con estar en mi lugar. - Murmuró para sí mismo, sintiéndose orgulloso de algo que había conseguido, por primera vez en su vida, podía afirmar que era un hombre envidiado.

Y hasta ahí puedo leer. Todo comentario será de gran ayuda así que no dudes en dejarme tu opinión al respecto ^^

Gracias por leerme,

Grimcs.