Digimon © Akiyoshi Hongo

IV: ¿Y si fuera ella quién me transformara?

-¡Es genial!

Ha saltado de la silla y ha estado a punto de abrazarme, incluso ha abierto los brazos, pero me alegro de que por una vez haya pensado y no se haya atrevido a hacerlo, porque no sé cómo hubiera podido reaccionar.

Deja caer los brazos a los lados y agacha la cabeza. Juraría que se ha sonrojado y por eso no quiere que la vea. Es…gracioso…

Llevamos tres días ensayando más de dos horas diarias, a pesar de que ella había prometido eso al principio. Pero admito que ha dado resultado y que he mejorado bastante a pesar de atrancarme en la misma nota constantemente. Y debo admitir, también, que entiende de música, más que yo, aunque eso no quiere decir que la tenga que soportar.

En un principio fue incómodo, no me atrevía a cantar frente a ella y la obligué a cerrar los ojos cuando me decidí a hacerlo, pero ahora…es…rutinario, indiferente, y si no lo es cuando se coloca detrás de mí para sentir mi respiración o recolocar mi postura o el diafragma, me obligo a pensar que debe de ser neutro, como yo.

Nuestra relación debe de ser neutra siempre, aunque aún sigo sin entender el por qué. Últimamente se me ha pasado por la cabeza que, si no fuera así, la destruiría, destruiría todo lo que ella es, porque somos precisamente todo lo contrario. Y eso…eso…no me gustaría. No me gustaría una versión de Mimi Tachikawa que no estuviera sonriendo, no fuera inocente y no creyera que a los bebés los trae la cigüeña y que los burros vuelan.

Pero, ¿y si fuera ella quién me transformara? No, eso sería imposible…

-¿Sabes lo que me apetece ahora? –ella mueve la cabeza en un gesto de negación todavía avergonzada por haber intentado abrazarme-. Correr bajo la lluvia.

¿Perdón? ¿Me he oído bien? ¿Correr bajo la lluvia? Debo señalar que está lloviendo, sí, en pleno apogeo de la primavera está lloviendo, lluvia inesperada, pero lluvia, al fin y al cabo.

-¿Qué! –sus ojos parecen platos, qué graciosa.

-Tú, yo, correr, lluvia –ruedo los ojos con sarcasmo.

-¿Quién eres tú y que le has hecho a Yamato Ishida? –pregunta retrocediendo.

-Su diabólico hermano gemelo, al original lo he amarrado y encerrado en el armario de su habitación mientras yo he venido a divertirme contigo –sonrío malignamente-. Encantado, mi nombre es Yami –digo mi nombre intentando imitar su voz aguda. Definitivamente, no soy yo.

-¿Estás borracho?

No, pero lo parezco. Ella se acerca un poco para tratar de oler algún rastro de alcohol por lo que me doblego un poco para acercarme a ella y echarle el aliento. Estoy feliz, porque no veo mi futuro inminente tan negro, porque es posible que apruebe el dichoso examen y continúe aquí, porque la adrenalina corre a raudales por mis venas, porque el irracional pensamiento de que algo de ella consiga transformarme parece haberse extendido cálidamente sobre mí y quiero celebrarlo. ¿Tan raro es?

Sí, lo es…

-No estás borracho –oigo que murmura sorprendida-. ¿No fumarás, ni habrás empezado a drogarte, no?

-Negativo, Meems. ¿Quieres que te enseñe los brazos? –ella se apresura a negar con la cabeza-. ¿Entonces, vamos? –esta vez le alargo la mano deseando que la acepte. Hoy quiero que la coja, mañana, ya veré.

-P-pero mi pelo…

-Sí…tu pelo, tus uñas, tu ropa, tu maquillaje… ¿qué más da? –serás encantadora igual.

Tuerce la cabeza y frunce los labios.

-No sé cómo les voy a explicar esto a mis padres –murmura rápido mordiéndose una uña-. ¡Pero vamos! –me mira, sonríe y me acepta, aceptando mi mano, aceptándome a mí. Y sé que hay algo en todo esto que no me debería gustar, pero no consigo encontrar el qué.

La conduzco hacia el jardín, vamos agarrados de la mano porque así se me ha antojado, y no me importa. Me gusta hacerla rabiar, por eso lo hacía cuando éramos pequeños, porque así me garantizaba su atención, pero ahora he descubierto que también me gusta hacerla sonreír. Sonreír por mi causa, no limitarme a ver una sonrisa en su rostro porque es su expresión perpetua. Y si es algo que me hace feliz, quiero empezar a explotarlo, aunque sea un poquitín y no se lo confiese a nadie.

-Ahora qué hacemos…–lo dice en un tono bajo, como el del niño que está trabando con su mejor amigo un plan que le parece diabólico y divertido.

Nos encontramos bajo la seguridad del porche, pero sólo con adelantarnos cinco pasos más, éste dejará de cubrirnos y el césped sostendrá nuestro peso.

-¡Salir! – ¿Ha sido un grito, una carcajada? No lo sé. Acelero el paso y la empujo a mi ritmo.

Siento como se reblandece el suelo a mis pies y las primeras gotas de lluvia amenazan a mi ropa seca, decididas a batallar para empaparla y no puedo evitar mirar hacia Mimi que tiene la vista fija en el cielo, parece pensativa…entonces se adelanta a mí y empieza a correr mientras ríe a carcajadas, se ha descalzado, sino hubiera corrido el riesgo de torcerse un tobillo, y sus zapatos reposan descuidados sobre el césped.

-¡Nunca había echo algo así! –se para en un punto mientras empieza a dar vueltas.

Su mascara de perfección y superficialidad a caído, demostrando que es…es…

Es una niña. Una niña demasiado diferente a mí, demasiado llena de vida y de esperanzas, de sueños y de ilusiones y yo soy…yo soy…Yo. Frío, indiferente, impasible, cero sueños, cero esperanzas, cero ilusiones, sólo aceptación y pesimismo. Pero ese no es impedimento para que quiera acercarme más a ella, no por ahora. La realidad todavía no ha caído sobre mí con todo su peso. Este momento es sólo mío y de mis recuerdos.

-¡Mamá me matará pero no me importa! –me mira y me sonríe.

Está sonriendo sólo para mí y, por primera vez, le devuelvo la sonrisa antes de correr hacia ella.

Realmente siento que es la primera vez que sonrío, aunque tal vez ya lo haya hecho antes, pero esta es la sonrisa más sincera que he esbozado nunca. Una sonrisa que contiene alegría, afecto, emoción y, tal vez, sólo tal vez, algo de ilusión.

Ella ríe sin inhibiciones a carcajada limpia.

-Nunca pensé que pudieras tener ideas tan divertidas –me empuja.

-¿No? –meto las manos en los bolsillos. Sino no sé que podría llegar a hacer en este momento…

-No, tú eres Yamato Ishida. Serio, recto, estirado, guapo. Don nada-me-importa. No sé reír, no sé llorar, sólo sé mantener mi boca en una bonita línea recta, y chinchar y molestar a Mimi Tachikawa –habla en un tono gruñón, creo que tratando de imitarme.

-¿Así es como me ves? –tuerzo la cabeza intentando intimidarla.

Niega.

-Así es como crees que te veo, porque es lo que has intentado que vea. Pero yo sé que eres mucho más.

-¿Sí? ¿Ahora eres metafísica? –ironizo.

¿Estoy coqueteando con ella? ¿Sí, no? No lo sé, no lo sé, pero no quiero pensar…

-No, siempre he sido alguien que ha querido conocerte.

No quiero pensar…

Así que una mano temblorosa se dirige hacia su rostro y ella la mira incrédula, hasta que la siente posarse en su mejilla derecha.

-Eres diferente a…

Abre los ojos sorprendida y me mira de un modo que antes sólo había hecho a escondidas. ¿Qué es esto? ¡Dios!, no quiero pensar…no ahora, no ahora…ni tan siquiera en la lluvia que nos empapa y que ha hecho que su maquillaje desapareciera, haciendo que su rostro parezca más infantil de lo que parece normalmente pintada. Me siento un asaltacunas a pesar de que sólo exista la diferencia de un año y medio, exacto, entre nosotros.

Me acerco un paso, dos, tres…ella no retrocede, continua con los ojos como platos, si me inclinara podría…

-¿Qué hacéis?

Podría separarme como si un rayo cayera entre nosotros.

-¡Megumi! –su gritito ha sonado histérico y nervioso.

Mimi se coloca a mi lado mirando hacia el interior del porche. Imito la dirección de su mirada, mientras intento ignorar los incesantes y fuertes latidos de mi corazón, para encontrarme con una mujer morena, de pelo corto, liso, y ojos oscuros escondidos tras unas gafas de media luna. La secretaria del centro.

-Estaba intentando constipar a Ishida. Ya sabes, es uno de los mejores, y no quiero que me arrebate el primer lugar en la exposición final.

Sonríe y se va acercando progresivamente a ella como si nada extraño hubiera estado a punto de pasar, o hubiera pasado, hace dos segundos entre nosotros. Ante esta actitud no puedo hacer nada más que seguirla con cierto pasmo.

Megumi no puede evitar mirarnos a ambos con escepticismo. Adivina qué creerá que estábamos haciendo…

-Te he estado buscando por toda la escuela. Hay un chico en secretaría que pregunta por ti.

Mimi maldice algo inentendible en voz baja antes de volver a hablar.

-¿Qué hora es? –le pregunta.

-Falta poco para que den las siete.

-¿Ya es tan tarde! Se me ha ido el santo al cielo y he olvidado la hora que era –se palmea la frente en un gesto divertido mientras habla a toda velocidad-. Si no es molestia, dile a Michael que espere unos minutos más, tengo que ir a clase a buscar mis cosas.

La secretaria suspira antes de decirle que se apresure y se marcha, no sin antes, volver a lanzarme una mirada especulativa. ¿Por qué parece tan molesta? ¿Acaso yo me intereso por saber con quién se acuesta o deja de acostar? Evidentemente no, si ni tan siquiera me importa su existencia…

-¿Michael? –no, no, no, no, no, no y mil veces NO. No debería haber preguntado por él y menos con ese tono.

-Sí, había quedado en que me pasaría a buscar a las seis y media –me responde como si nada-. Pero no te preocupes, no se enfadará, nunca lo hace.

A mí no me preocupa…

Pero el camino de vuelta al aula es algo tenso, no hablamos, ni nos miramos, es más, vamos a casi un metro de distancia el uno del otro. En realidad, entre nosotros siempre ha habido mucho más que un metro de distancia, ha habido todo un abismo. Lo irreal es la distancia que hemos intentado acortar antes. Pensándolo bien, la puesta en escena de Megumi nos ha salvado, no sólo "me ha", de cometer un grave error.

-¿Quieres conocer a Michael? –me pregunta mientras se cuelga el bolso al hombro.

No.

-Te acompañaré hasta la salida –me encojo de hombros y evito su mirada.

¿Eso ha sido un claro sí, verdad?

Sea lo que fuere, la vuelta al silencio y al metro de distancia entre nosotros vuelve a hacerse presente hasta que, sentado en las sillas de plástico, que hay frente a la recepción de Megumi, puedo entrever a un rubio oxigenado de ojos azules increíblemente claros.

El tal Michael se acerca a una Mimi, que le sonríe esplendorosa, sólo para darle un beso en la mejilla. ¿Se puede saber de que va? Y tras intercambiar algunas palabras con ella en inglés, escucho como Mimi pronuncia mi nombre completo.

-Michael Weerataunge, él es Ishida Yamato. Yami, él es Mike.

O-di-o las presentaciones. Y más con un tipo como él. ¿Se puede saber por qué sus padres le pusieron Michael? Ken hubiera sido un nombre mucho más indicado para el guiri de sonrisa profident.

Y, debo admitir, mientras me alarga una de sus refinadas manos y siento como los dientes me chirrían por la rabia, que Mimi es la Barbie hecha a medida para este estúpido Ken…

-O-

N/a: ¡Andsi te dedico el apellido de Michael que sé que te encanta! xD