SANGRE DE IRIDIUM

1

Escribía con trazos largos y delicados. Mark no tenía una letra lo suficientemente legible, por lo que Candy, redactó algunas de las cartas al dictado, mientras Mark iba pensando en los términos más adecuados para contarnos la situación en la que se habían visto envueltos por la repentina y súbita transformación de Albert, porque no se podía definir de otra manera. Albert, que se había portado admirablemente, facilitando las cosas e incluso organizando una fiesta en honor de Mark y Candy, para anunciar su compromiso, de repente lo había cancelado temporalmente como patriarca de la familia enviando a Candy al otro lado del mar, para estudiar en una prestigiosa institución. Por otro lado, como las cartas debían ir escritas en código, las frases que salían de sus labios no tenían ningún sentido aparente, por lo que Candy no hacía más que reír al escuchar semejante sinsentido.

-Léeme lo último que te he dictado –le rogó Mark mientras caminaba de vez en cuando de atrás adelante por toda la estancia.

-La llegada del pequeño ganso se ha efectuado sin problemas, logrando recalar en el nido desde el que goza de una buena situación –Candy removió el papel nerviosa y a punto de soltar una carcajada y diciendo- esto no tiene ningún sentido Mark. Lo mismo que el resto de los párrafos que me has dictado.

-Se trata de un código secreto que mi maestro y yo acordamos para casos de emergencia –dijo el joven mientras metía las manos en los bolsillos- ya se que no tiene ni pies ni cabeza, de eso se trata, si no…

-Ya, ya lo sé –dijo Candy depositando la carta en su regazo- no podemos arriesgarnos, pero si según lo que parece, Albert no tiene ningún poder sobre mi familia tampoco deberíamos ser tan paranoicos.

Mark se quedó mirando por la ventana y dijo sin volverse:

-Desconozco cuanto poder tiene Albert, Candy, pero la forma en que reaccionó, la manera en que sacó a relucir ese lado oscuro suyo, si se puede llamar así.

Candy se irguió y acercándose por su espalda, le estrechó entre sus brazos:

-No lo reconoce, pero no puede perdonar el que llegases antes que él a la Colina de Pony.

Mark frunció el ceño y dijo:

-Quizás me inmiscuí donde no debía, pero no tuve la culpa de que ese furgón militar se cruzara conmigo y que intentaran robarlo, pasando lo que pasó. Nos enamoramos, lo mismo que podría haber sucedido en mi tiempo, cruzándonos por la calle.

Candy asintió. Parecía muy cansada, completamente harta de huir de un lado para otro. Su vida estaba dando demasiadas vueltas, para lo joven que era aun.

-Sí, Mark, y es muy difícil de admitir y sobre todo de creer. Parece que todos mis amigos, han acabado aceptándoos como parte de esta realidad, pero Albert..Albert…no entiendo como ha podido cambiar tanto, si en un principio parecía totalmente de acuerdo con nuestro amor.

Candy se aferró con fuerza a su espalda mientras Mark se pasaba una mano por los largos cabellos. Suspiró y afirmó:

-Yo si que me hago una idea de lo que le sucede Candy. Hasta ahora, su papel de protector y padre adoptivo, le había contenido de ir más allá, en tu relación contigo, pero cuando aparecí yo, y más aun en el momento actual, que ha visto como te has ido distanciando gradualmente de él, todo ese sentimiento ha terminado por vencer sus últimas reservas y se ha dado cuenta, de que te ama y no quiere perderte.

Se giró hacia la muchacha y contempló sus pupilas verdes. Candy le dirigió una mirada de horror, como si pensase que Mark estuviera planteándose, si había habido algún acto o palabra inocente que pudiera haberle dado a entender a Albert de forma errónea, la existencia de un amor que únicamente existía en la imaginación de él. Ella le abrazó con más firmeza preguntándose:

-Mark, yo jamás le dí falsas esperanzas, nunca quise siquiera bromear con algo tan delicado, por miedo a que esto ocurriera.

Mark afirmó y dijo:

-Ya lo sé, pero en cierta forma me compadezco de lo que debe estar pasando. Ha debido ser un trago muy duro para él, pero tendrá que aceptar que nos queremos.

Y yo…tampoco quiero perderte.

-Ni yo a ti, Mark.

Entonces Candy decidió escribir también algunas cartas, pero como Mark era el único que sabía codificarlas, él escribió esta vez, mientras la chica iba dictando.

2

Después de aquel inciso terminaron de redactar las cartas. Mark las repasó con atención para intentar descubrir algún fallo en la escritura codificada que permitiera descifrar su verdadero mensaje, pero el texto hacía referencia solamente a cosas sin ningún sentido. Cualquiera que leyera aquello creería que era una broma de mal gusto, o un anónimo sin sentido porque las cartas iban sin remitente.

-Si alguien al servicio de Albert intercepta esta carta, lo más que va a hacer él, es que cuando la reciba se deshaga de ella.

-Sí, pero en el matasellos se leerá el país de donde viene destinada la carta –dijo Candy con un deje de temor en la voz.

-Da lo mismo, puede venir de cualquier parte del mundo y aunque descubran que realmente es un código criptográfico, no podrán descifrarlo. Solo mi maestro, Haltoran y yo tenemos la clave. Seguiremos mandando cartas hasta que alguna llegue a sus manos.

-Esperemos que así sea –dijo Candy mirando a través de la ventana como si temiera que en algún momento hombres armados o cualquier otro contratiempo ideado por Albert volvieran a perturbar su felicidad.

La muchacha estaba realmente atemorizada. Entornó los ojos y Clean al detectar su estado de ánimo intentó animarla. Candy le cogió en brazos pero sin demasiadas ganas de atenderle. No estaba de humor. Mark pasó un brazo por su espalda y dijo:

-No tengas miedo, nadie volverá a separarnos, a menos que tú decidieras voluntariamente que nuestra relación ya no tiene futuro. Yo si respetaría tu decisión por mucho que…

Candy le besó con tanta fuerza que Clean temiendo ser espachurrado entre su dueña y Mark, saltó pesaroso al suelo emitiendo un prolongado quejido de extrañeza. Largas hileras de lágrimas, como de costumbre cuando se emocionaba, se precipitaron por las mejillas de Candy.

-No vuelvas a decir algo así jamás, jamás –dijo apretando con sus dedos temblorosos los hombros de Mark, cuando se apartó de él, para mirarle de nuevo.

Mark asintió y levantando suavemente el rostro de Candy por el mentón dijo:

-No te preocupes, pero solo quería recordarte que jamás te obligaré a hacer nada que esté en contra de tu voluntad. Si Albert y tú….

Le silenció con un segundo beso más fuerte que el anterior.

-Entre él y yo no hay nada, nada -recalcó con rabia e intensidad para luego rectificar- si acaso, una bella amistad, y un afecto que….-dejó de hablar y mirando de soslayo hacia las cartas que había escrito con la ayuda de Mark y que aguardaban sobre la mesa añadió- ya no existen.

3

Las cartas llegaron después de dos semanas de tremenda incertidumbre y afortunadamente, Albert no puso sus miras sobre el correo privado de la familia Legan.

Un criado trajo las misivas en una bandeja de plata y se la tendió a la señora Legan que las tomó distraídamente. Había estado llorando amargamente, porque no había podido soportar la separación ni la despedida de su hija adoptiva, razón por la cual, se opuso tajantemente a que sus otros dos vástagos siguieran el mismo destino que Candy, al otro lado del Atlántico.

Pero los dos hermanos deseaban cursar sus estudios en aquel lejano colegio. No hubo forma de disuadirlos, y marcharon poco después de la partida de Candy. En el internado no habían tenido aun constancia de la llegada de la señorita Candy White Legan Andrew y sorprendida, la hermana Gray, directora de la institución, había decidido ponerse en contacto con su familia para averiguar el motivo de la tardanza. Casualmente el sobre, con el escudo del colegio en el reverso del sobre, llegó conjuntamente con las demás cartas cifradas. Cuando Helen Legan se fijó mejor en el remitente de la carta, el corazón le dio un vuelco al descubrir que procedía del colegio San Pablo. Rasgó la envoltura con dedos temblorosos y leyó con ansia pensando que era carta de Candy, pese a que le extrañase que su hija no hubiera anotado de su puño y letra, el remitente.

Cuando terminó de leer la nota, sintió que todo le daba vueltas. Dejó escapar un gemido, y su marido se precipitó al salón al escucharlo. Encontró a su esposa desvanecida y tomándola entre sus brazos, exclamó:

-Querida, querida, ¿ que te ocurre ? ¿ estás bien ? –dijo agitándola con fuerza sujetándola de los hombros.

La mujer volvió en sí y abrazó a su marido al reconocerle, fuera de sí, y llorando:

-Ernest, Candy, nuestra pequeña….-en el colegio no saben nada de ella. Dicen que Neal y Eliza llegaron sin novedad, pero ella..aun no saben nada.

-Cálmate querida, debe de haber un error, quizás aun no la han identificado –dijo intentado tranquilizarla- a fin de cuentas, recibe un elevado número de alumnos cada año y puede que se les haya escapado algún detalle. Ya verás como Candy está allí, con sus hermanos, y pronto tendremos noticias de ella.

Entonces, Ernest reparó en los demás sobres, sin remitente. Los tomó entre las manos y abrió uno de ellos. Cuando extrajo el papel, adoptó una expresión de fastidio después de leer el contenido de la misiva y dijo enojado:

-Alguien intenta gastarnos una broma, esto, no tiene el menor sentido.

Su esposa le pidió que le pasara una de las cartas anónimas y hojeando rápidamente algunas líneas, saltando de un párrafo a otro, tiró la carta con rabia al suelo:

-¿ Quien será el miserable que nos gasta estas bromas de pésimo gusto ? todo sea que…

Entonces abrió desmesuradamente sus bellos ojos y llevándose las manos a la cabeza exclamó:

-No, no, la han secuestrado, y estos anónimos, tienen que ver con ello. Estoy convencida. Además es su letra. Seguro que le han ordenado escribir esto bajo amenazas.

Ernest abrió los demás sobres y leyó las extrañas cartas. Negó con la cabeza mientras su mujer lloraba amargamente.

-No tiene ninguna lógica querida –dijo el hombre paseando por el salón- aun cuando hubieran raptado a Candy, aquí no hay ninguna demanda de dinero o rescate alguno, esto, es completamente ilegible –dijo dando agitando la carta con nerviosismo. El estado de su esposa le estaba sacando de sus casillas a él también.

Iba a deshacerse de las cartas, cuando se lo pensó mejor y decidió guardarlas, por si la policía les encontraba alguna utilidad, aunque dudaba de tal cosa.

En ese momento llamaron a la puerta. Dorothy me franqueó la entrada mientras su cara adoptaba una expresión de alegría al reconocerme.

La chica sonrió y entonces, volvió a entrar en la mansión anunciando a sus señores mi presencia. Ernest le dijo que hiciera pasar y entré siguiendo a Dorothy, cuando encontré a Helen, llorosa y presa de una fuerte conmoción creí que lo más oportuno era marcharme, pero Ernest me retuvo, rogándome que me quedara.

-Se trata de Candy –dijo señalando con una inclinación de cabeza hacia su esposa mientras era atendida por Dorothy y algunas sirvientas más- creemos que la han secuestrado, en el internado de San Pablo, no han tenido noticias suyas y hemos…recibido estas extrañas cartas –dijo pasándomelas- anónimas, con extrañas inscripciones. No sabemos si se trata de una broma cruel, o tienen que ver con la desaparición de Candy.

Rápidamente me dí cuenta de lo que se trataba y llevando a mi socio a un aparte, le dije en voz baja:

-Tengo la explicación a esto.

Le puse rápidamente, al corriente de la situación. Entonces nos dirigimos hacia Helen que no cesaba de llorar, a pesar del buen hacer de las sirvientas.

-¿ Cómo un código secreto ? ¿ que clase de broma de mal gusto es esta ? –me preguntó tirándoseme encima furibunda y cogiéndome de las solapas de la gabardina.

Cuando terminé de leer tenía a la apremiante señora Legan por encima de mi hombro, instándome a que le contara de una vez lo que ponía esa carta. Se lo dije y entonces la altiva mujer, perdió la poca compostura que le quedaba y me gritó intentando pegarme:

-Malditos seáis, malditos, ese maldito Mark, ha secuestrado a mi hija y la tiene retenida contra su voluntad.

El señor Legan contuvo a duras penas a su esposa, con la ayuda de Dorothy y el mayordomo.

-Cálmese señora, cálmese –le dije conciliador y levantando las manos para protegerme.

En ese instante, mientras Ernest con la ayuda de los criados intentaba tranquilizar a su furibunda esposa, que no cesaba de reprocharme que Mark había raptado a Candy, me dí cuenta de que había otra carta en un lado de la mesa. La abrí con el permiso del señor Legan y leí las apretadas líneas de escritura abultada y que nada tenían que ver con el elegante trazo de la de Candy.

-Esta es la letra de Mark, y parece, parece como si Candy se la hubiera dictado.

Cuando descifré la carta de Candy, comparamos las versiones que ya habíamos puesto en limpio y básicamente resultaron idénticas.

-Están bien y viviendo en un pequeño pueblo cerca de Southhampton. Al parecer, ella ha encontrado trabajo como ayudante del médico y Mark como dependiente en una libería.

Las cartas continuaban narrando su vida en común, su situación actual y preguntaban si habíamos conseguido que Albert entrara en razón, para poder así saber si podrían volver o no. En nuestro caso, Carlos contaba con la protección de los Legan y en cuanto a mí, la decidida intervención de los amigos de Ernest, y particularmente de, Ernest y el ascendiente que parecía tener sobre Albert, que conocía muy bien el pasado de Albert, parecía haberle disuadido de tomar represalias contra nosotros, dejándonos al margen, por el momento, de la disputa que mantenía con Mark. Por eso me podía mover libremente por ahora, y había abandonado mi escondrijo.

Helen Legan volvió a echarme en cara que Mark se hubiese llevado a Candy. Pese a que intenté explicarle que Mark jamás haría daño a Candy y que nunca la obligaría a hacer nada en contra de su voluntad, no recibí más que insultos y desprecios de la otrora altiva mujer, que habiéndola odiado con todas sus fuerzas, ahora, deshecha y rota por el dolor la anhelaba como hija.

Los sirvientes la llevaron a su habitación después de que Ernest la convenciera con buenas palabras, voluntad y no pocos esfuerzos, de que debería descansar. Aceptó y cuando se la hubieron llevado, volvió junto a mí y me pidió disculpas por el lamentable espectáculo.

-No tiene importancia Ernest –dije sinceramente- tu esposa está pasando por muy malos momentos, bueno ambos quiero decir, pero Candy está bien y con Mark a su lado, estará protegida.

-Tenemos que conseguir que Albert entre en razón –dijo el caballero dando una larga calada a su pipa- no podemos continuar sumidos en esta incertidumbre. Por el momento, he conseguido que os deje en paz, a ti y a Carlos, aunque no sé si podré hacer algo por nuestra hija adoptiva.

-¿ Qué quieres decir ? –pregunté con extrañeza mirándole fijamente.

-Candy es hija adoptiva de los Legan, cierto, pero solo de facto, realmente, la tutela legal de Candy pertenece a Albert, que nunca renunció expresamente a la misma.

Levanté las cejas y moviendo la cabeza dije en tono vulgar:

-Me estás intentando explicar, que os la cedió…como si fuera un objeto o….

Ernest desvió la vista hacia la ventana y dijo:

-Técnicamente así es, ya sé que te parecerá una monstruosidad, pero en esta época, la legalidad permite que eso…sea perfectamente posible.

-Pero, pero, si Candy ya es mayor de edad.

Ernest pareció apiadarse de mi ignorancia respecto a las costumbres y uso de la época y depositando una mano amistosa en mi hombro derecho me dijo con voz triste, porque él también quería a Candy como si fuera, de hecho, para él así era, su propia hija, aunque disimulaba mejor sus pasiones y sentimientos que Helen:

-Amigo mío, en estos casos, la edad tiene poco que ver. Mientras Albert no renuncie expresamente a su tutela sobre Candy, no podremos hacer nada.

4

Haltoran había conseguido llegar hasta Inglaterra con más pena que gloria. Su caprichoso invento, estuvo varias veces a punto de dejarle en mitad del Océano y pese a que en un principio iba dirigirse hacia Estados Unidos, cambió de parecer cuando utilizando su brújula digital se dio cuenta de que estaba más cerca de Inglaterra que de Estados Unidos.

-Si continúo así, me temo que no llegaré a ninguna parte.

Realmente, no tenía cartuchos de antimateria suficientes, el combustible del reactor del jetpack ni para llegar a Estados Unidos. Había mentido a Mark y a Candy para tranquilizarles al decirles que podría dar dos veces la vuelta al mundo sin problemas con la reserva de energía que aun le quedaba.

Entonces, optó por lo que le pareció más razonable. Inglaterra estaba a apenas quinientos kilómetros de distancia, mientras que la que le separaba de Estados Unidos totalizaba más de cuatro mil.

-Pues entonces, tendremos que hacer de tripas corazón –masculló, mientras manipulaba los controles del jetpack, orientando sus toberas hacia el este.

Después de una singladura no exenta de incidentes y peligros, opinó que lo más sensato sería amerizar a pocos kilómetros de la orilla, aun en alta mar y aproximarse sigilosamente a la costa, procurando que nadie le viera, sobre todo volando, para lo cual se ayudó del jetpack que le impulsó a escasa velocidad, en el agua, permitiéndole ganar la orilla aun así, en poco tiempo. Podría haber ido nadando, pero la distancia era tan grande que habría terminado completamente agotado, y seguramente no lo habría logrado. El jetpack resultó más útil empleado como medio de transporte acuático que volador. Cuando consiguió desembarcar en una playa desierta, salió lentamente del agua chapoteando sobre las aguas. Estaba completamente empapado y se dio cuenta de que no tenía nada para cambiarse.

-Fui previsor en cuanto a Mark, pero lo que se dice mi caso…

La humedad contribuía a acrecentar el frío que le estaba invadiendo. Tenía que conseguir ropa seca cuanto antes.

Había logrado salvar su armamento y pertrechos. Por lo demás, a falta de ropa, disponía de comida, y medios para orientarse, defenderse y sobrevivir, pero el olor a cables y grasa quemados, golpeó sus fosas nasales. El jetpack se había estropeado definitivamente.

5

-Si quiero –dijo una emocionada voz femenina, mientras con mano trémula y torpe por la emoción, le ponía en el dedo índice a su esposo, el anillo de pedida.

- Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Mark y Candy se unieron en un abrazo, sellando su compromiso, con un delicado beso esta vez, efectuado de forma legal y auténtica. A diferencia de la ocasión anterior, en que solo asistieron, al enlace, la esposa del falso vicario y unas amigas como testigos, todo el pueblo, que les había tomado cariño acudió a la ceremonia. El doctor Sellers y su esposa hicieron de padrinos. La voz del sacerdote pronunció las solemnes palabras:

-Que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.

El órgano de la iglesia empezó a tocar con armoniosas y melancólicas notas la marcha nupcial, mientras los recién casados salían de la pequeña iglesia cuyas campanas repicaban incesantemente, recibidos por una lluvia de arroz y vivas a los esposos.

Candy que llevaba un vestido de novia blanco con un velo, algo menos suntuoso que el que habría de utilizar para la boda de Neal -y del que prefirió deshacerse por los malos recuerdos que le traía-, que afortunadamente nunca tuvo lugar, lanzó el ramillete de flores a los invitados. Una muchacha muy joven, de ojos azules y el pelo moreno recogido en una trenza, se hizo con él, exhibiéndolo como si fuera un preciado trofeo. A continuación Candy del brazo de Mark, que iba con un traje de chaqué y corbata que había comprado para la ocasión, saludó alegremente a la concurrencia, arrancando suspiros a las muchachas que se prendaban de su apostura. Pero él solo tenía ojos para su esposa.

Después de un animado y sencillo ágape, con el que el alcalde les agasajó, porque sus economías no estaban para grandes dispendios, se encaminaron cogidos de la mano hacia un carruaje que les estaba aguardando y siendo despedidos por buena parte de sus vecinos y habitantes del pueblo.

Mark un poco avergonzado se dirigió hacia su esposa con una disculpa:

-Perdóname cariño –dijo levantando el velo para besarla en las mejillas.

-Mark, no cambiarás nunca –dijo Candy pellizcándole la nariz- siempre estás pidiéndome perdón. ¿ y ahora a que se debe esta disculpa ? –dijo cerrando los ojos y riendo encantadora.

-El no poder ofrecerte una luna de miel, pero ahora nuestra economía…

-Déjate de detalles querido, -dijo Candy reclinando su cabeza en el hombro de Mark- este es el día más feliz de mi vida, y el haberme casado contigo, esta vez, para siempre, es más valioso para mí que si diéramos la vuelta al mundo.

Decidieron casarse, aunque ellos ya se consideraban como desposados, después de que Mark le narrase la triste historia de su encuentro con Haltoran. Ella, impresionada por la carga dramática de su relato e imaginando a Mark luchando denodadamente para salvar la vida de su amigo, como hiciera por ella tantas veces le abrazó silenciosamente y aproximando sus labios le dijo temblorosamente:

-Mark, quiero casarme contigo, aunque te considere mi marido y yo sea para ti tu mujer, pero solo deseo ser tu esposa, en cuerpo y alma.

Se separó de él para mirarle y posando sus manos blancas y menudas en las mejillas de Mark, notó como los ojos del joven estaban inundados de lágrimas.

-Estaba esperando a que me lo dijeras, aunque si hubieras demorado un poco más en hacerlo, habría sido yo quien te lo hubiera vuelto a pedir.

Rieron y Mark cogiéndola por la cintura la alzó en volandas y dio vueltas con ella en vilo, mientras la muchacha sonreía, abrazándole. Finalmente se dejaron caer sobre la cama. Se miraron y Mark depositó un apasionado beso en sus labios, al que ella correspondió con otro más efusivo.

-Te quiero Candy –dijo Mark, que nunca se cansaba de decir aquellas palabras.

-Te quiero Mark –repitió ella, que tampoco se cansaba de oírlas.

Y lentamente fueron desnudándose para amarse.

6

Haltoran había conseguido ropa sin levantar sospechas. No le hacía ninguna gracia tener que hacer algo así, y le remordía la conciencia, de modo que dejó prendidos algunos billetes por el valor que él le suponía a la camisa, el pantalón y la chaqueta que "había tomado prestados" en una pinza de manera, de la cuerda de donde los había cogido. Se cambió rápidamente detrás de unos arbustos, mientras guardaba su uniforme en la mochila.

Había desmontado el lanzacohetes y lo había disimulado lo más hábilmente que pudo. Caminaba ligeramente encorvado por el peso de su armamento y el uniforme mojado no contribuía a aliviar la sensación de que cargaba con demasiadas cosas. En cuanto pudiera, se haría con un pasaje para Estados Unidos. Había llegado a un pequeño pueblo casi sin advertirlo. En esos momentos, caminando absorto en sus pensamientos, no se dio cuenta de que una muchacha pasó corriendo a su lado, pero acertó a divisarla desde lejos y le pareció observar que llevaba una especie de uniforme blanco con una gorra, bajo la cual brillaban unos mechones de pelo dorado que le caían alborotadamente sobre la frente, atrapados bajo la visera. Detrás de ella, sin nadie en el pescante se abalanzaba un carruaje tirado por dos caballos asustados y totalmente desbocados. La gente se apartaba al paso de la veloz y descontrolada calesa gritando y moviéndose despavorida. Entonces, la voz de la chica pidiendo auxilio hizo que casi se cayera al suelo de la impresión.

-Candy –exclamó el joven dando grandes zancadas hacia el carruaje para detenerlo, cuando en ese momento, alguien pasó corriendo como una exhalación por delante suyo, levantando una columna de polvo a su paso. Solo existía alguien el mundo capaz de hacer algo así, aparte de él.

-Mark –dijo Haltoran entre dientes.

Antes de que interviniera, ya lo había hecho Mark por él. Se lanzó en plancha y se interpuso entre Candy y las veloces monturas, que habían acorralado a la muchacha en un callejón sin salida. Puso los músculos en tensión y flexionando las piernas, salió disparado como un muelle contra los dos caballos. En ese instante, tal como hiciera cuando rescató a su esposa de aquel ensayo de boda, cogió a uno de los animales por el cuello y le obligó a postrarse, deteniendo su carrera, pero el otro se desenganchó del tiro para encaminarse asustado hacia Candy. Entonces Mark, cuando hubo reducido a su compañero, dio un salto y consiguió agarrarse a las crines de la bestia que pifiaba enfurecida con Mark saltando sobre su lomo como si estuviera en un rodeo. El caballo encabritado se habría precipitado contra Candy, si Haltoran no la hubiese cogido por la cintura, como si fuera un fardo y la apartara de allí en cuestión de segundos.

A su alrededor se había congregado una multitud de curiosos que les dedicaron a ambos héroes una cerrada ovación.

Candy le reconoció y exclamó con alegría:

-Haltoran, Haltoran.

Entonces Mark, consiguió calmar al desatado corcel y trotando lentamente se acercó a ambos. La muchacha le miró con amor, reparando entonces en la ridícula posición horizontal. en que la mantenía Haltoran llevándola como si fuera un listón de madera bajo el brazo. Se sonrojó y entonces Haltoran la depositó en el suelo con cuidado. Mark desmontó y Candy corrío hacia él, besándole apasionadamente sin hacer caso a las indiscretas y furibundas miradas de reprobación unas, otras de admiración y algunas de envidia, que los paseantes y curiosos les dirigían. Entonces, se sonrojó porque no había saludado a Haltoran. Le dio un abrazo, agradeciéndole que la salvara..

-Ese carruaje –dijo señalando la destrozada calesa que había impactado contra un árbol- se me vino encima sin que apenas me diera tiempo ni de ponerme a salvo.

Entonces llegó un policía preguntando a Candy:

-¿ Está usted bien señorita ?

Candy asintió y el policía hizo notar que un coche cuyo conductor tocaba el claxon y conducía negligentemente había asustado a los animales al pasar junto a ellos, provocando su desbandada.

Una vez que Candy identificó a Mark como su esposo, y este hiciera lo mismo con Candy y a Haltoran con un amigo común, pudieron marcharse, pese a que el policía le instó a poner denuncia, porque los caballos no estaban debidamente atados cuando pasó el coche, pero ninguno de los tres quiso y el policía no insistió más. Llegaron más policías para retirar el carruaje y hacerse cargo de los nerviosos caballos que fueron rápidamente atrapados. Cuando la situación se había calmado y todos los curiosos se fueron, Mark abrazó a Haltoran con afecto diciendo:

-Mi buen amigo, que alegría verte sano y salvo.

-Vale, vale Akasrnia, que me ahogas –dijo Haltoran medio broma, medio enserio.

Mark aflojó la presión de sus músculos y ambos hombres se dieron la mano en un fuerte apretón entre risas.

Haltoran contó a Candy y a Mark como había conseguido llegar hasta allí, no sin dificultades. Por su parte, los esposos a su vez le relataron con todo lujo de detalles como era su apacible vida y que se habían casado hacía dos días.

-¡!! Pero, pero, pero!!! ¿ de verdad ? –preguntó incrédulo Haltoran.

-¡!!No me digas ¡!! Akasrnia, que buena, que buena noticia.

-Sí, es cierto, completamente cierto, -dijo Candy llevándose las manos al pecho entrelazándolas- por cierto, ¿ por qué le llamas de esa manera ?

Entonces Candy se acordó del relato que Mark le hiciera de su encuentro con Haltoran y como le salvó la vida en aquella batalla.

-Deja de llamarme así Haltoran –dijo Mark haciendo una mueca de desconcierto- y hazlo por mi nombre.

Haltoran se fijó en el uniforme de enfermera que Candy llevaba y comentó divertido:

-No me digas que vas a una fiesta de disfraces. Que bonito disfraz de enfermera.

-No es un disfraz tonto, ahora soy enfermera y voy a trabajar –dijo Candy fingiendo enojarse- siempre estás de broma Halt, como el día que querías bajar al baile con aquella pinta, con tu calva y nariz de goma.

Allí estaban riendo y charlando como los viejos amigos que eran. Lejos quedaban los días en que Candy adivinara el secreto que se escondía en el corazón del bravo ex-soldado, estando ambos bajo el árbol de la Colina de Pony.

En ese instante, Candy se llevó las manos a los labios adoptando una expresión de sorpresa tan cómica, que hizo que a Haltoran casi se le saltaran las lágrimas de la risa.

-Oh no, he dicho ¿ trabajar ? –al acordarse cual era el verdadero motivo de que fuera vestida así, al mencionar su profesión- casi se me olvida. Tengo que ir a la consulta del doctor Sellers y se me hace tarde. Mierda, -se volvió a llevar las manos a los labios, por haber soltado una palabrota, provocando más carcajadas por parte de Haltoran- con todo este contratiempo y vuestra cháchara casi se me olvida.

Se marchó a la carrera, no sin antes besar a Mark y despedirse de ambos levantando una mano. Se le desprendió la gorra de la cabeza y Haltoran recuperándola al vuelo, se la devolvió y volviéndosela a poner, se fue con premura.

-Así que habéis formalizado definitivamente vuestra celebración –dijo Haltoran caminando junto a Mark en dirección a la librería en la que trabajaba.

-Sí, y casi lo prefiero. Me lo pidió poco después de contarle la forma en que nos hicimos amigos.

-La verdad es que ese día fue muy ajetreado –dijo Haltoran recordando la batalla contra la columna de tanques…y bastante triste –dijo evocando la postrer valentía de Tomadsky y las bajas sufridas por la unidad.

Mark abrió la librería y Haltoran decidió quedarse haciéndole compañía por el resto de la tarde. Estuvieron hablando y comentando su peculiar situación, hasta que llegó la hora de cerrar.

7

Candy llegó a casa cansada pero contenta. Se había pasado toda la tarde atendiendo pacientes en la consulta del doctor Sellers, poniendo inyecciones, realizando vendajes y administrando a los niños más pequeños medicinas. Su simpatía natural y su experiencia en el Hogar de Pony le habían sido muy útiles para tratar con los pequeños pacientes. La verdad, es que ya fuera por su dulce apariencia, su simpatía o todo ello a la vez, los niños la adoraban.

La gente la reconocía por la calle y poco a poco se había ido ganando el afecto de las buenas gentes del pequeño pueblo. Cuando finalmente, llegó la hora de cerrar el consultorio, su jefe le alargó un sobre de color sepia con su sueldo mensual. Candy lo notó más abultado de lo normal y se lo hizo saber al doctor.

-Abrelo y sabrás por qué –le dijo el afable galeno con un guiño.

La enfermera obedeció y sus ojos de esmeralda se quedaron fijos en la cantidad de dinero que extrajo del sobre sepia.

-Doctor, doctor Sellers –tartamudeó la muchacha- esto es el doble de lo habitual. No sé si debo….

El hombre asintió y sonrió:

-Gracias a tus servicios y cuidados, nuestros ingresos han aumentado, porque no solamente acude gente del pueblo, a los que se cobra cuando se puede cobrar, porque estas buenas y humildes gentes tienen economías muy precarias, pero hemos hecho clientela influyente y rica que vienen desde ciudades cercanas incluso atraídos por el alto porcentaje de éxito de nuestra clínica, cosa que se debe a ti en buena medida, querida señorita White. De modo, que lo prometido es deuda –dijo el buen hombre dando la mano a Candy en agradecimiento.

7

-Mi intención es seguir mi viaje hacia Estados Unidos en cuanto pueda –dijo Haltoran devorando literalmente la esplendida y suculenta cena que Candy había preparado para los tres, con su ayuda y la de Mark.

Comió con fruición ante la mirada divertida y complacida de Candy viendo como se chupaba los dedos.

-El jetpack se quemó justo en el momento en que pude ganar la playa –dijo Haltoran pesaroso- tenías razón Mark, mis inventos, son un desastre. En eso me parezco a Stear.

Al mencionar a Stear, entonces Candy quiso saber si habían recibido noticias de ella y de Mark en casa de su familia, pero Haltoran que no había contactado aun conmigo ni con Carlos y mucho menos, con los Legan, negó apenado por no poder dar una respuesta satisfactoria a Candy. Entonces Mark, le refirió que habían mandado misivas cifradas y el verdadero motivo de haber hecho aquello sin haber recibido aun respuesta ni saber siquiera si habían llegado aun a su destino.

-La guerra ha estallado –dijo Candy leyendo un periódico- ojalá hubiéramos podido hacer algo –dijo entristecida recordando sus esfuerzos por cambiar la Historia, pero en vano.

Mark la reclinó contra su pecho y Mark la frotó la espalda con afecto porque se estaba echando a llorar de nuevo.

-Vamos, vamos cariño –dijo en tono amable- no puede ser de otra manera. Sabes bien porqué.

-Lo sé Mark, pero cuando pienso en esos pobres chicos, en toda esa generación perdida, se me saltan las lágrimas, no puedo evitarlo.

Haltoran y Mark guardaron silencio, un profundo, denso y hermético silencio.

8

Ante las alarmantes noticias que llegaban de Europa, y que los alemanes se proponían bombardear Londres, Helen Legan intensificó sus presiones para que Neal y Eliza retornaran cuanto antes del internado. Ernest Legan, que también echaba de menos a sus retoños, no se hizo de rogar y complació a su esposa. Al poco, Eliza y Neal que estaban un poco hartos de la disciplina de aquel sitio, aceptaron encantados, casi con el mismo entusiasmo con que ingresaron en el colegio. Mientras, sabedores de que Candy estaba bien y a salvo, redacté algunas cartas a conformidad de sus padres en las que les rogaban que volvieran a Estados Unidos tan pronto como les fuera posible, que la situación con Albert estaba bastante controlada y que las conversaciones con el cerril millonario parecían ir por buen camino. Helen Legan, también se disculpó conmigo por "su bochornoso comportamiento", según sus propias palabras, y como no podía ser de otro modo, se las acepté. Apreciaba y quería a Mark, pero en aquel momento de nervios e incertidumbre, no supo escoger bien sus palabras. Mientras Haltoran que no sabía que Eliza y Neal retornaban de Europa a Estados Unidos ante la más que probable extensión de la guerra, decidió ir a Londres para sacarla de allí si hacía falta, a rastras.

Revisó las miras de su MP-5 y comprobó que el tambor que al girar introducía un nuevo cartucho en la recámara estuviera en su sitio. Lo amartilló, produciendo un fuerte y desagradable chasquido que en su día sacara de quicio a la hermana María y ahora a Candy. La muchacha, que tenía el día libre estuvo a punto de dejar caer una pila de platos recién lavados, sobre el suelo de la cocina que casi se hacen añicos. El corazón de su amiga dio un vuelco y soltando un agudo grito se movió precariamente con la pila de platos entre sus temblorosas manos, hasta que Haltoran la detuvo después de dejar el arma en el suelo.

-Sabéis de sobra –dijo la muchacha fuera de si- que odio esos trastos. Así, que llévatelo donde no lo vea más.

-Lo siento Candy –dijo el joven azorado- pero tengo que revisarlo de vez en cuando. Intentaré hacerlo sin sobresaltarte más, lo prometo.

Candy acomodó los platos sobre la encimera y se ajustó el pañuelo que se había puesto sobre la cabeza, que apenas cubría su abundante cabellera rubia.

Haltoran recogió el arma y se marchó de la cocina de la pequeña vivienda.

10

El recrudecimiento de la guerra hizo que Haltoran se pusiera en marcha lo antes posible, hacia Londres, para buscar el famoso colegio y tratar de convencer a Eliza y a Neal de que abandonaran cuanto antes el internado ante el más que probable peligro de que pudiera resultar bombardeado. Eran aproximadamente ciento treinta kilómetros la distancia que separaba a ambas ciudades y el joven optó por comprar un coche gastándose casi todo el dinero que traía. Se despidió de Candy y de Mark con la firme promesa mutua de que tan pronto tuvieran noticias se lo haría saber en cuanto tuvieran ocasión. Candy derramó algunas lágrimas y Mark prefirió no permanecer mucho allí, no le gustaban las despedidas, aunque finalmente se le acercó y estrechándole la mano dijo:

-Soldado.

-Alacrán.

Haltoran condujo el potente automóvil lo más rápido posible, para llegar cuanto antes a Londres. El coche se movió pesadamente dejando atrás a Candy y a Mark que estrechamente abrazados le vieron partir de nuevo en medio de una nube de polvo, mientras agitaba la mano derecha despidiéndose una vez más de sus amigos.

Clean que también le había tomado cariño, se subió a la cabeza de Mark gimiendo y reclamando a Haltoran que volviera. Como no diera resultado, el inteligente animal, observó a Mark pensativo, con sus pequeños ojos ribeteados de manchas negras como reclamándole que hiciera algo para conseguir que Haltoran retornara.

Mark meció a Clean entre sus brazos y dijo pesaroso:

-Lo siento Clean, pero Haltoran debe seguir su camino y de hecho, siempre ha sido así.

El coatí se enroscó entre sus piernas y entonces Candy viendo como se iba distanciando, dijo pensativa mientras se ajustaba el sombrero de flores que adornaba su cabeza, que amenazaba con desprenderse continuamente:

-No sé si le dejarán entrar, tengo entendido que son muy estrictos.

Mark la atrajo hacia si. La muchacha visiblemente agradada por el contacto de la piel de su esposo guardó silencio.

-Es un soldado, por mucho que se empeñe en negarlo –observó Mark intentando que el sombrero de Candy no le estorbase para acariciar sus cabellos rubios- lleva el olor de la guerra en el uniforme, pegado a la piel y en la sangre y conseguirá ver a Eliza aunque tenga que derribar todas las puertas de ese internado una a una.

Entonces Candy le recordó bajo la luz de los últimos rayos solares de aquel ya lejano atardecer de verano, de pie en la colina de Pony, de uniforme y con el arma de asalto que tanto odiaba Candy, en bandolera a la espalda, como solía hacer Mark, vuelto hacia el horizonte, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras ella le observaba desde detrás. En aquel momento mágico, mítico descubrió sin palabras que la quería, pero en su generosidad cedió ante Mark. En aquel momento, Candy empezaba a enamorarse de Mark, aunque, aun no tenía claros del todo sus sentimientos hacia el que más adelante sería su esposo, pese a recordar ya plenamente su primer encuentro con él. Quizás Haltoran hubiera podido conquistarla. Los ojos verdes bajo los cabellos pelirrojos, su piel curtida y tostada y sus recios músculos atraían por aquel entonces a Candy, pero el muchacho decidió no interponerse y asumir su derrota con naturalidad.

"Haltoran" –se dijo Candy así misma- "pude haberte amado quizás, estuve pensándomelo, pero Mark y yo…."..

Pero ella sabía que la lealtad del joven y su honradez le contuvieron, porque si se lo hubiese propuesto firmemente, podría haber enamorado a Candy, antes de que la confundida muchacha se decantara por el entonces visceral y temperamental Mark, o por lo menos, vivir un corto romance con ella, hasta que sus verdaderos sentimientos hacia Mark, salieran a flote. Era solo cuestión de tiempo.

Haltoran condujo durante todo el trayecto a gran velocidad. Llevaba detrás toda la impedimenta. Adelantó a una carreta tirada por un burro blanco con manchas negras que parsimoniosamente era dirigida por un anciano que le saludó cuando el joven le sobrepasó.

-Debo estar loco –dijo mirando por el retrovisor al hombre al que acababa de rebasar- irrumpir en un colegio religioso para llevarme a una chica casi por la fuerza, en un edificio que ni se donde está, y que además será inmenso.

Aceleró con fuerza procurando no distraerse. El coche pegó un bote al pillar un bache y Haltoran se quejó dolorido:

-Mierda, menudas carreteras que se gastan en estos años –se lamentó.

11

Mark se quedó mirando pensativo por la ventana mientras comía la sopa que su mujer le había preparado. Había sido un día relativamente bueno en la librería porque habían entrado varios clientes, logrando varias ventas, pero ahora su mente estaba ocupada en lo que Haltoran estaría haciendo en esos momentos.

En ese instante Candy le sacó de sus cavilaciones cuando se sentó a la mesa con otro plato humeante para ella entre las manos. Se quitó el delantal y lo puso en el cesto de la ropa sucia para lavar. La muchacha le preguntó entonces alargando la mano para coger un trozo de pan:

-¿ Que te pasa ahora Mark ? ¿ en que mundo está vagando tu mente ahora mismo ?

Candy conocía a su marido lo suficientemente bien como para saber que algo le sucedía o preocupaba:

-Ese cabezota de Haltoran –dijo Mark comiendo una cucharada de sopa- va a hacer alguna tontería, lo sé.

-No tienes que preocuparte tanto por él, solo va a interesarse por como están Eliza y Neal, además les transmitirá noticias de nosotros. Va a hacer indagaciones discretas sin levantar sospechas, no sé que puede angustiarte tanto.

Mark acabó la sopa y se sirvió dos filetes de una fuente de carne que Candy había depositado sobre el mantel con motivos campestres.

-Eso es lo que me preocupa Candy –dijo Mark masticando ruidosamente y provocando el enojo de su esposa:

-Mark ya sabes que odio la falta de educación, así que haz el favor de comer primero y hablar después.

El joven se disculpó y cuando dirigió el filete añadió:

-Haltoran es muy temperamental. Si le niegan ver a Eliza es capaz de derribar abajo la puerta o las puertas que se interpongan en su camino y utilizar su armamento si se le antoja. No no pongas esa cara Candy, no mataría a nadie, pero….-dijo volteando una manzana entre sus dedos- una granada de gas lacrimógeno….

Candy trinchó el filete que tenía en su plato y dijo:

-Me recuerda a alguien que está sentado en frente de mí en este momento –dijo sonriente- ¿ ya te has olvidado del follón que organizaste para impedir que me casara con Neal o lo del Mauritania ?

Mark suspiró y asintió diciendo a modo de disculpa:

-La verdad, que como viajeros del tiempo, dejamos mucho que desear –dijo con sinceridad…pero aquello eran casos de extrema urgencia.

Candy terminó de comer. En ese momento entró Clean, que alzándose sobre sus patas traseras pedía comida tanto a Mark como a Candy. Mark le acarició la cabeza y le dio

un trozo de carne que le había sobrado.

-No le des de comer cuando estamos en la mesa –dijo Candy cogiendo al animal y rascándole entre los ojos- le estás malcriando.

Se irguió para dejar a Clean en el suelo y de pronto recordó una extraña expresión que Mark había utilizado. Se giró hacia su marido y le preguntó con perplejidad:

-Querido.

-¿ Sí Candy ?

-¿Qué has querido decir con eso de "gas lacrimógeno" ?

Mark se levantó también para empezar a recoger los platos y acumularlos en el fregadero y dijo:

-Se trata de un gas, utilizado para disolver a grupos de personas. Afecta a los ojos haciendo que escuezan , y produce un lagrimeo constante. De ahí su nombre. No temas, no es mortal.

Candy se imaginó horrorizada a Haltoran con su uniforme militar y con la gruesa e intimadatoria arma de asalto, gaseando a alumnos y docentes, con tal de abrirse paso hacia su objetivo.

-No, es capaz, es capaz…de….tenemos que ir allí y tratar de disuadirle.

-Coincides conmigo en que ese tonto puede hacer alguna locura –dijo Mark cogiendo su cazadora de cuero y su ropa de "otro tiempo".

-Un momento, ¿ para qué te pones la cazadora ?

-Haltoran nos lleva mucha delantera y la única forma de llegar antes que él a Londres, es mediante el iridium. Y esta ropa, no sé porqué, pero es la más apropiada, porque las emanaciones no son luego tan violentas ni reactivas, quiero decir, la….-hizo un gesto con las manos para no tener que describirlo, porque le resultaba desagradable- ya sabes, lo que pasa después de utilizarlo.

No me preguntes porqué, no lo sé, quizás porque el iridium impregnó esta ropa, puede que hasta me protegiera durante la primera exposición, lo ignoro. Ni mi maestro fue capaz de averiguarlo. Ni siquiera podían creerse que estuviera vivo después de semejante bombardeo de radiación.

Candy se asustó. La palabra iridium, junto con la expresión siglo XXI y armas eran las que más temía y odiaba.

-No, no voy a dejar que utilices esa cosa otra vez –dijo abrazándole temerosa- iremos en tren, o alquilaremos un coche, pero nunca más te voy a dejar que lo emplees de nuevo, ¿ me has oído ? se acabó, y lo digo completamente en serio. Estoy seguro de que Haltoran no hará ninguna tontería, de hecho, hasta ahora ha sido discreto en sus acciones.

Mark se quitó la cazadora con resignación y volvió a ponerse la chaqueta que llevaba.

-Esta bien, tú ganas Candy, pero vayamos ya, aunque cuando lleguemos, ya se habrá liado parda.

-Pero los platos…-dijo la chica señalando la pila de cubiertos, platos y cacerolas por limpiar.

-Déjate de eso ahora –dijo tirando de su mano y haciendo que casi perdiera el equilibrio- tenemos que salir ya.

12

El doctor Sellers les prestó su automóvil. Afortunadamente, no era un día movido y el jefe de Candy podía apañárselas él solo. Como tampoco tenía que visitar a ningún paciente en sus casas, le permitió a Candy que se tomara el día libre y marchara con su esposo en dirección a Londres para resolver el problema que tenían con su amigo. Mark incapaz de creer que el amable y bondadoso médico pudiera llegar a serlo tanto, le estrechó la mano. Candy se lo agradeció con un beso en la mejilla y Sellers les apremió para que fueran a ayudar a Haltoran disuadiéndole de cometer una locura, aunque no le contaron cual. Cuando salieron al exterior, Mark encontró el coche del médico aparcado en la puerta, un hermoso descapotable rojo con las ruedas de color blanco. Saltó por encima de la puerta aterrizando sobre el asiento del conductor, o eso creía él.. Candy abrió la portezuela de su lado y se acomodó junto a Mark en el lado del volante, sin cerciorarse, pero cuando se dio cuenta de su equivocación y de la de Mark, empezó a reír quedamente. Al darse cuenta de su fallo, Mark carraspeó ligeramente y dijo:

-Deja la ironía para luego Candy. Vale me he equivocado, así que vamos a cambiarnos de asiento y luego me dices lo que quieras, aunque tú también has tenido un pequeño despiste, podríamos decir.

Una vez solucionado el ínfimo error de cálculo que ambos habían cometido simultáneamente, Candy le preguntó entre divertida y suspicaz:

-¿ Sabes conducir Mark ? nunca supe que tuviera esa habilidad.

Mark sonrió y metiendo primera hizo que el coche se deslizara suavemente tomando dirección hacia la capital. La miró brevemente para centrar su atención en la carretera y dijo:

-Yo tampoco sabía que mi bella esposa montara a caballo, enlazara como un vaquero y trepara a los árboles.

Candy pareció indignarse, aunque en el fondo se sentía muy halagada por el cumplido de Mark.

Aceleró y pronto se perdieron en la lejanía mientras el doctor Sellers les seguía con la vista, despidiéndoles con la mano.

Candy observó como el paisaje iba pasando velozmente ante sus ojos, convirtiéndose en manchas de color marrón y verde que apenas tenía tiempo de seguir con sus ojos. La campiña inglesa fue desfilando ante su maravillada mirada cuando sus pupilas verdes se acomodaron a la rápida marcha del vehículo y pudo discernir las formas que antes eran manchas transformándose en árboles, arbustos y pequeños pueblos de casas de dos plantas con la torre de la iglesia sobresaliendo por encima de los tejados cuyos habitantes se volvían para observar la rauda y fugaz presencia del vehículo en sus calles.

Mark procuraba frenar y manejaba con maestría el descapotable del médico.

-Tiene gracia –observó Candy mientras se fijaba en un rebaño de ovejas que pastaba en un verde, y totalmente vallado prado con forma rectangular- manejas un coche de principios del siglo XX, como si fuera de tu época.

-Un coche es un coche –dijo Mark reduciendo a segunda y frenando por una curva- Candy. Estas máquinas no han cambiado tanto a lo largo del siglo XX. Básicamente los que viste en el año 2010, tienen una forma algo diferente, pero los principios son los mismos. Motor, chasis, ruedas, y si algo funciona, básicamente no hay porqué modificarlo demasiado.

La muchacha se asomó a la ventanilla al ver pasar una humeante locomotora dejando tras de sí un largo penacho de humo de tonalidades negras y grises, que remolcaba un largo convoy de varios vagones.

-¿ Crees que llegaremos a tiempo ? –preguntó Candy sujetándose su sombrero rematado por adornos florales con ambos manos, porque el viento amenazaba con arrebatárselo de la cabeza.

-Si me hubieras dejado utilizar el iridium –al oír aquello, el semblante de Candy se ensombreció esbozando una expresión de ira mientras sus labios se contraían en una mueca de rabia. La chica estaba a punto de abroncarle, a lo que Mark conciliador dijo:

-Vale, vale, no he dicho nada, no quiero discutir contigo Candy, pero sigo pensando que…

-No me hables de esa maldita sustancia o lo que sea –dijo indignada, cruzando los brazos-. Estoy convencida de que Haltoran no hará ninguna locura, aparte de que dudo que sepa donde está el colegio, aunque yo sí, porque George me lo indicó y creo acordarme de todo lo que me dijo.

Mark recordó al hombre de negro con fino bigote y aspecto enjuto. Candy le había contado que era el ayudante personal de Albert, por lo que a esas alturas, el millonario ya estaría informado de todo. Pero ahora lo que primaba era disuadir a Haltoran de que hiciera alguna tontería.

Candy reclinó su cabeza en el hombro izquierdo de Mark y este la atrajo hacia sí.

-Anda ven aquí –dijo besándola los mechones de pelo rubio que caían sobre su frente y haciendo que el sombrero casi saliera despedido de las sienes de Candy.

-Eh, ten más cuidado, este sombrero es muy caro –protestó la chica.

-Y muy aparatoso –dijo Mark con un deje de sarcasmo en la voz- modas extrañas, costumbres anacrónicas.

Candy se enojó ligeramente y le dijo con un tono chillón:

-Y me lo dices tú precisamente, prefiero no discutir yo tampoco. Anda, conduce y no hablemos más del asunto.

Le abrazó y entornando sus ojos verdes de una hermosura inhumana le besó en la mejilla y añadió con voz melosa:

-Si no fuera porque estoy tan enamorada de ti…

-Y yo de tí cariño, eso nos evita muchas discusiones cuando nuestras opiniones no son coincidentes –dijo apretando la mano que le ofrecía.

13

Haltoran les llevaba demasiada ventaja. Estacionó el vehículo en una calle

muy concurrida sin aparente dificultad. Pensó que el tráfico en la ciudad de Londres estaría tan masificado, como en el futuro y que sería imposible encontrar un hueco disponible para estacionar, pero para su sorpresa no tuvo el más mínimo problema en aparcar a la primera. Bajó del vehículo y cogió sus pertrechos hábilmente disimulados en unas maletas que había comprado de camino a la capital, para no levantar sospechas. Su aspecto personal era muy cuidado y no desentonaba para nada, con la moda de la época. Nadie se fijó en él. Parecía un viajero más entre la multitud que deambulaba por las aceras de la bulliciosa calle. Decidió que lo más correcto era preguntar discretamente por el colegio. La institución de cierto renombre era muy conocida y apreciada en cuanto a su calidad de enseñanza y un elegante caballero con un gabán verde y grandes bigotes le indicó la dirección que tenía que seguir para localizar el célebre colegio.

-Muchas gracias caballero, -se despidió educadamente Haltoran, acabo de llegar a Londres y de no ser por usted, habría llegado tarde para visitar a mi hermana.

-Hace usted bien en apresurarse joven –dijo el caballero consultando su reloj sujeto al chaleco por una fina cadena- las hermanas son muy estrictas con el horario de visitas y no dejan pasar a nadie, así como así.

Haltoran volvió a agradecerle su ayuda con toda sinceridad, y se movió apresuradamente, pero intentando que no se notase ningún gesto extraño en sus adémanes. Pero nadie parecía reparar en él. En eso, de pasar desapercibido, las grandes urbes no habían cambiado, por más años que transcurrieran. Sin embargo, las noticias del estallido de la guerra que habían conseguido evitar, pero con efectos catastróficos para el futuro alternativo que crearon con su intervención, estaban por doquier. La gente comentaba los últimos rumores acerca del frente, los chicos que vendían periódicos o lo intentaban voceaban con tono estridente los últimos y más recientes acontecimientos que se iban desarrollando en la carnicería que se estaban desatando por buena parte de Europa, se veían grupos apresurados de hombres que bromeando se jaleaban dándose ánimos para ver quien era el primer en alistarse y partir para el frente.

Después de una caminata de media hora, durante la que tuvo que preguntar un par de veces más por la dirección del colegio y evitar que le robaran parte de su equipaje al descuido, y agobiado por el peso del MP-5 consiguió llegar ante la imponente fachada del imponente y vetusto edificio que estaba rodeado por una enorme verja de acero. Haltoran podría haberse encaramado fácilmente colándose en el recinto, pero optó por no tirar por la calle de en medio. Se disponía a llamar a lo que suponía que era el timbre, cuando una monja con hábito oscuro le salió al paso y le preguntó con voz grave:

-¿ Que desea joven ?

-Verá, hermana quería ver a Eliza Legan, soy un amigo suyo y quisiera entregarle algunas pertenencias que su familia me pidió que le trajera y que olvidó antes de emprender el viaje hasta su institución, aprovechando mi viaje a Londres por cuestiones de negocios.

La monja le observó con desdén. Sus ojos eran fríos y nada amistosos.

-Lo siento joven, pero el horario de visitas ya ha concluido.

-Vaya, ¿ y cuando podré ver a mi amiga ?

- La norma del colegio es muy clara y rotunda al respecto, solo se admiten visitas durante algunos días señalados por nuestro reglamento, como este domingo, pero hace ya media hora que acabó el último turno. El próximo día de visitas será el siguiente domingo a este en tres semanas.

Haltoran alzó las cejas. Preveía problemas de entendimiento y comunicación con aquella religiosa. Desde luego, no iba a resultar empresa fácil entrar dentro del campus del Internado, utilizando buenas maneras. Hizo un último intento, tratando de replicar:

-Pero hermana, yo, yo marcho en dos días y no voy a volver hasta…

-Lo siento joven –le interrumpió secamente- pero no podemos hacer ninguna excepción.

Buenos días.

La monja se giró dándole la espalda para irse tan repentinamente como había irrumpido delante de Haltoran de una forma tan sigilosa, que hasta le sorprendió.

-Pero hermana…-intentó argumentar Haltoran sin éxito.

La monja se detuvo y mirándole de soslayo dijo con voz glacial:

- No puedo hacer nada por usted. Buenos días joven, vuelva dentro de tres semanas –volvió a repetir mecánicamente sin el menor asomo de emoción alguno-. No hay más que de decir.

14

Haltoran se quedó observando sin saber que hacer, ni que decir, pero tenía claro que vería a Eliza como fuera. Asió sus maletas con fuerza y tomando impulso, las lanzó por encima de la verja, antes de que la monja pudiera siquiera reaccionar. No tenía por su contenido puesto que estaban fabricadas en kevlar, lo cual amortiguaría la caída al otro lado de la cancela. Entonces dio un salto y aferrándose a los barrotes empezó a trepar con destreza. La monja intentó detenerle, pero no contaba con la agilidad del ex-soldado que trepando como un mono se encaramó a lo más alto. Algunos alumnos del prestigioso colegio le vieron y empezaron a señalarle con el dedo. La monja no paraba de dar voces, mientras otras religiosas acudieron a su desesperada llamada:

-¿ Que ocurre hermana ?

-Hermana Margaret, se nos ha colado un intruso, tenemos que hacer algo.

Haltoran aterrizó justo sobre sus maletas y recogiéndolas de la hierba mojada cargó trabajosamente con ellas y se desplazó tan rápidamente como pudo.

-No tengo edad para estas tonterías –se dijo medio en broma medio en serio- empezó a correr por el campus llamando a voz en grito a los hermanos Legan, moviéndose en zig-zag para dificultar su persecución, pese a que al mirar a su espada, no vio a nadie que tratara de darle alcance:

-¡!Eliza, Neal, ¡! –gritaba mirando hacia todos los lados, mientras atravesaba un corrillo de muchachas que apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado chillando y huyendo despavoridas. En esos momentos, Annie, que no había abandonado la institución estaba charlando con Patty que también había decidido ingresar en el prestigioso internado, mas que nada por no dejar partir sola a Annie. Al escuchar la voz de su antiguo amor se quedó petrificada:

-Halt…Haltoran –dijo llevándose las manos a los labios mientras su piel se tornaba de una palidez que asustó a Patty:

-¿ Qué te ocurre Annie ? ¿ que te pasa ? ¡!!!no me asustes ¡!! –gritó Patty sacudiéndola por los hombros. Entonces miró hacia la misma dirección hacia la que la sorprendida muchacha dirigía su vista.

Patty se llevó tal impresión que estuvo a punto de perder sus gafas.

-Cielos, ¿ que, que hace Haltoran aquí ? como es posible que….

Algunos muchachos envalentonados por los requerimientos de sus profesores intentaron dar caza al veloz Haltoran, pero fue inútil. El joven se zafó fácilmente, de ellos, procurando no hacerles daño. En ese momento, una sirena que provenía del exterior del edificio hizo que todo el mundo se quedase paralizado. Entonces se escuchó el rugido de potentes motores que sonaban sobre sus cabezas. Miraron hacia arriba y varios aviones con grandes cruces negras con borde blanco empezaron a sobrevolar la ciudad soltando sus bombas.

-Mierda, son Gothas, están empezando a atacar la ciudad, pero no creí que…

Los alumnos y docentes se olvidaron repentinamente de Haltoran y trataron de ponerse a salvo. El Internado contaba con unas bodegas en desuso situadas bajo sus edificios, pero de fuerte y resistente estructura. Guiados por sus profesoras, los estudiantes fueron guiados hacia los improvisados refugios y la mayoría de los muchachos y muchachas lograron ponerse a salvo, pero Annie que estaba desorientada y muy asustada empezó a correr llorando sin rumbo fijo mientras los siniestros aviones sobrevolaban ya casi el recinto del Colegio.

Cuando Patty logró alcanzar la bodega, la hermana Margaret le preguntó donde estaba Annie. La chica asustada creyendo que la seguía o que habría logrado llegar hasta otro de los húmedas bodegas reconvertidas en sótanos para el almacenaje de papeles y archivos de la Institución se horrorizó:

-No, sigue ahí fuera.

Empezaron a escucharse explosiones, pero de momento las deflagraciones se producían fuera del Internado. Annie atemorizada no hacía más que llorar y mantenerse firmemente agarrada al tronco de un árbol, que a Haltoran le recordó inmediatamente a la Colina de Pony. Entonces reparó en Annie al escuchar sus gritos de ayuda y abriendo la maleta de kevlar que mantenía a buen recaudo el MP-5 la tiró al suelo mientras recogía el arma y la iba ensamblando sobre la marcha.

-Mierda, -se dijo fuera de sí-, menudo momento han escogido para bombardear.

-¡Ya voy Annie!, ya voy, resiste.

Al escuchar la voz del joven sus ojos se iluminaron. Últimamente su relación con Anthony no pasaba por buenos momentos y el joven primogénito de los Andrew parecía haberse prendado de otra muchacha, cosa que ella sospechaba pero de lo que no tenía pruebas seguras.

Haltoran terminó de enroscar el cañón del arma de asalto y llegando junto a Annie le dio la mano preguntando:

-¿ Estás bien Annie ? ¿ te han herido ?

La chica negó con la cabeza. A lo lejos se escuchaban el sonido de ametralladoras y cañones de tiro rápido. Haltoran vio los haces de balas que brillaban sobre el plomizo cielo a contraluz y se dijo:

-Artillería antiaérea.

En esos momentos un bombardero bimotor alemán se puso sobre la vertical del colegio dispuesto a lanzar su carga sobre el desdichado edificio.

Haltoran no se lo pensó dos veces y apoyando el MP-5 sobre su hombro le gritó a Annie:

-Ponte detrás de mí a mi espalda, Annie y no te muevas.

La apocada amiga de Candy obedeció, pero una fuerte explosión que retumbó por todo el colegio hizo que se abrazara con fuerza a Haltoran. En ese instante ambos jóvenes se estremecieron al unísono como si una descarga eléctrica les hubiera alcanzado al mismo tiempo. Haltoran y Annie se miraron confusos un instante. Los ojos de Annie azules y profundos no podían dejar de llorar al despertarse en ella sentimientos y emociones que creía perdidas para siempre.

-No llores mi dama –dijo Haltoran sin advertir que la había llamado por el mote cariñoso que le había puesto cuando estaban enamorados –no va a pasarte nada.

Se giró y ajustó las miras del MP-5 calibrando el proyectil y liberando los seguros que retenían la munición para evitar que pudiera caer accidentalmente del tubo lanzador cuando este estaba cargado con la misma. Guiñó un ojo y miró por el visor de puntería. El MP-5 era más preciso que el viejo RPG-12 de Mark, pero no estaba seguro de si podría alcanzar tanta altura y tendría suficiente potencia para derribar al avión bimotor pintado de un tono negro brillante.

"No estoy seguro de que pueda darle, aun siendo una antigualla, pero tengo que defender a Annie y al colegio".

El avión seguía acercándose. El piloto movió los controles que abrirían las compuertas de la bodega de bombas. Entonces Haltoran consiguió centrar el objetivo y dijo a Annie sin girarse:

-Annie, no te muevas, ni se te ocurra mirar siquiera. Baja la cabeza y no te sueltes de mí.

Aquellas instrucciones tenían por objeto proteger a la chica del monstruoso retroceso del arma de Haltoran. Un sudor frío corrió por la espalda y la frente del joven. Movió nerviosamente la mano derecha y apoyando el dedo índice en el disparador y retirando el seguro del gatillo lo apretó hasta el fondo. Un potente rugido estremeció el arma cuyo retroceso le tiró hacia atrás junto con Annie, pero el joven se mantuvo firmemente anclado en la tierra. Después del seco bramido, una estela de fuego se elevó hacia lo alto buscando la panza del pájaro de guerra. Haltoran miraba la estela dorada que el motor cohete del estilizado misil anti-tanque dejaba tras de sí.

-Vamos, vamos, vamos –musitó Haltoran mientras Annie no podía dejar de llorar, no sabía si por haber encontrado a Haltoran sano y salvo….o por que le añoraba profundamente. La chica se atrevió a mirar estirando la cabeza por un lateral de la espalda de Haltoran. El misil continuaba subiendo, pero parecía que perdía fuerza. El combustible de peróxido se estaba agotando. El cohete que Haltoran había lanzado estaba previsto para recorrer velozmente unos cuantos cientos de metros en línea recta contra un potencial objetivo acorazado, no hacia arriba en pos de aeronaves, porque no tenía cometido antiaéreo. Pero el misil impactó en la cola del Gotha destrozándola. La tripulación de tres hombres logró saltar en paracaídas justo antes de que el avión se partiera en dos y cayera incendiado a tierra. Mientras el personal de defensa aérea continuaba disparando, los tres alemanes fueron hechos prisioneros rápidamente por las tropas de apoyo de los mismos.

-Siiiii –se dijo Haltoran eufórico mientras hacía un molinete con el arma y la detenía entre sus dedos, intentando sacar otro cohete de su mochila, para recargar el MP-5.

En ese momento, Annie y Haltoran se miraron de nuevo. La muchacha le estrechó entre sus brazos con fuerza acercando su rostro al suyo.

Largas hileras de lágrimas corrían por sus mejillas. En ese instante los ojos azules trajeron a Haltoran gratos recuerdos, que creyó que jamás retornarían. Annie lloraba y no podía detenerse su llanto, al tiempo que la congoja que estallaba en su corazón crecía sin parar. La chica apoyó su rostro en el pecho de Haltoran, que notaba el suave tacto de su piel.

-Ya está, pequeña dama, ya está –decía acariciando sus mejillas, pero ella no quería soltarle y le aferró con más fuerza.

-Haltoran yo….yo….-dijo sin poder acabar la frase, porque las lágrimas le impedían seguir hablando.

Entonces sacando fuerzas de flaqueza la tímida e indecisa Annie, la chica de grandes y profundos ojos azules rodeó el cuello de Haltoran con sus largos y flexibles brazos y poniéndose de puntillas, le besó apasionadamente. Haltoran, dejó caer el arma al suelo sobre la hierba y como si hubiera estando buscando largamente un sueño que se le escapaba y acariciado, durante muchísimo tiempo, lo alcanzó al fin. El muchacho la correspondió con efusión mientras sus lágrimas se mezclaban con las de Annie.

Cuando Annie despegó sus labios de los de Haltoran apoyó su frente contra la de él. Ambos respiraban entrecortadamente, notando como su piel se erizaba al entrar en contacto mutuamente, mientras ella le asía las mejillas con ambas manos:

-Te quiero, Haltoran, nunca, nunca, he dejado de amarte…aunque intentara engañarme a mí misma.

Esta vez Haltoran no encontró nada que pudiera contenerle ni disuadirle de hacer aquello, como cuando rescató a Annie del castillo de Norden y consiguió apartarla de su lado. Pensó en Eliza, pero todo el amor que había sentido por ella, se desvanecía ante aquellos ojos azules tan serenos y puros, enmarcados por los cabellos negros recogidos en un moño adornado con una cinta roja.

"Debo estar loco" –pensó apesadumbrado- "pero de amor por ella".

-Te quiero pequeña dama, te quiero, lo que te dije en el baile…fue…fue..

-Yo tampoco he podido nunca dejar de amarte –añadió sin poder refrenar por más tiempo sus verdaderos sentimientos.

Volvieron a besarse con fuerza, mientras Annie le cubría de besos y caricias y le mojaba con sus lágrimas.

El alumnado aun no había abandonado las bodegas y en ese momento un automóvil se detuvo chirriante ante la cancela del edificio. Candy bajó rápidamente y se puso lívida. Ante sus ojos verdes, su amiga Annie estaba besando a Haltoran. Mark que llevaba el RPG-12 oculto con la chaqueta dio un respingo al distinguir dos jóvenes amantes que ajenos al mundo, no podían dejar de abrazarse con fuerza.

15

-Haltoran, Haltoran –la voz de Mark y de Candy les trajo de nueva a la realidad.

Annie incapaz de creerlo se abalanzó contra la cancela de hierro estrechando las manos de Candy a través de los barrotes.

-¿ Qué, que estás haciendo aquí Candy ? Nos llegó una carta de que ya no vendrías al colegio.

La muchacha rubia desvió la vista hacia Mark que estaba hablando con Haltoran.

-Realmente habíamos venido para evitar que Haltoran hiciera nada raro…pero.

-¿ Y Eliza y Neal ? –preguntó Haltoran apremiante a Annie que le abrazó nuevamente con efusividad.

-Se marcharon de regreso a Estados Unidos hace dos semanas ya –dijo Annie aun confusa porque sus amigos y Haltoran hubieran irrumpido allí por la fuerza, -por el peligro de la guerra.

Haltoran estaba furioso. No podía creer como los Brighten no hubieran llamado de vuelta a su hija.

-Mi padre no consideró necesario el hacerme retornar –dijo Annie observando los restos del bombardero abatido por Haltoran- creía que eso de que la guerra pudiera llegar hasta aquí eran exageraciones de la prensa y ciertos círculos derrotistas.

-Pues aquí no te quedas ni un minuto más –dijo Haltoran tomándola de la mano y dispuesto a llevársela como fuera, aunque tuviera que sacarla del colegio a rastras.

En esos momentos los alumnos empezaron a salir de sus improvisados refugios y poco a poco iban rodeando a ambos. La madre superiora, la hermana Gray, que era a la sazón la rectora del internado, se les acercó reprochando a Haltoran que se hubiera introducido en el campus atemorizando a todos.

-Usted no puede estar aquí –empezó a gritarle a Haltoran mientras se ponía en bandolera al hombro el MP-5 - márchese inmediatamente, y usted –dijo dirigiéndose hacia Annie que bajó la cabeza avergonzada- vaya inmediatamente a ver a la hermana Margaret para que la envíe al cuarto de meditación, ya mismo.

Annie pareció dudar y acostumbrada a obedecer sin rechistar pareció obedecer la voluntad de la iracunda rectora, cuando Haltoran la cogió por la mano atrayéndola hacia sí, aprovechando que estaba desprevenida.

-No, pequeña dama, no voy a dejarte marchar otra vez.

-¿ Quieres seguirme ?

Annie dudó. Si se marchaba con él sería expulsada del colegio con el consiguiente disgusto y desazón para sus padres. Pero los ojos verdes e intensos de Haltoran la infundieron valor y tomando una decisión, se abrazó a Haltoran horrorizando a las religiosas.

-No –dijo la chica con voz firme y vibrante- no- repitió.

-Cójanla –gritó la hermana Gray a varias monjas que les fueron cercando gradualmente. Haltoran manipuló unos controles ocultos en su cinturón y las toberas retráctiles volvieron a la vida remontando a Haltoran que tiró de la asustada Annie elevándose ambos en el aire y alejándose de allí. Annie casi se desmayó y se abrazó firmemente a Haltoran diciendo con una sonrisa incrédula:

-Es..estamos volando.

-Sí, pequeña dama, pero este invento mío no resistirá mucho. Superaron la verja del edificio sin demasiada dificultad. Mark asombrado y riendo incapaz de creer lo que veía exclamó…

-Hijo de….lo…lo arreglaste.

-No como yo quería –dijo Haltoran aterrizando en los asientos traseros del coche del doctor Sellers- Sácanos de aquí Mark.

Un fuerte olor a cables y circuitos quemados inundó el aire haciendo que Annie tosiera con fuerza, sintiéndose un poco incapacitada.

-Vaya, ya ha terminado de fastidiarse definitivamente –dijo con enfado Haltoran, quitándoselo.

-Debes de perfeccionar de una vez ese cacharro o deshacerte de él –comentó Mark.

El joven alacrán asintió y poniéndose al volante arrancó mientras Candy que estaba fuera del coche también, casi se cae al tirarse en plancha para acomodarse en el asiento del copiloto. Salieron de allí a toda velocidad mientras la hermana Gray permanecía desvanecida en el suelo, rodeada de un grupo de alumnos y monjas que intentaban reanimarla. La impresión de ver como aquel descarado joven y una de sus alumnas habían sobrevolado sus cabezas había sido demasiado fuerte para ella.

16

El coche votaba por las mal asfaltadas carreteras y hubo un momento en que Candy creyó que su estómago acabaría en el fondo de algún bache. del accidentado firme de la carretera, que serpenteaba hasta el horizonte. Annie se había quedado dormida, abrazada a Haltoran que acariciaba sus cabellos, besando la cinta que adornaba su tocado. Entre el traqueteo del coche y el olor a quemado que desprendía el jetpack definitivamente fuera de servicio, Candy creyó que terminaría vomitando.

-Ve más despacio Mark –pidió la chica entrecerrando los ojos y cubriéndose la boca con las manos- me estoy…me estoy….

En ese instante, Mark detuvo el vehículo y Candy se bajó corriendo para vomitar a unos metros del coche, mientras Mark iba a ayudarla.

-Y he abandonado un coche carísimo en Londres –dijo Haltoran procurando no despertar a Annie- pero estoy con ella de nuevo. Que cosa más rara –se dijo- si yo quería a Eliza, pero, pero, cuando me abrazó y me besó…-algo muy raro me pasó y creo que a ella también.

Al fondo llegaron las voces airadas de Candy que discutía con Mark, una vez que se recobró de su repentina indisposición:

-Está loco Mark, sacar a Annie de ese colegio, los Brighten tienen mucha influencia y le acusarán de secuestro –gritó Candy gesticulando muy alterada.

-Cálmate cariño –dijo Mark besándola de repente- yo también te secuestré, ¿ acaso lo olvidas ? además, no parece que ella esté incómoda con él, que digamos –dijo la sorprendida Candy por la reacción de su esposo que dirigía la vista hacia Annie y Haltoran, que habían bajado del coche para, estrechamente abrazados dedicarse ardientes palabras de amor, mientras observaban el verde paisaje inglés.

-Psssssiiss –le impuso Mark silencio- se están reconciliando y no debemos molestarlos.

Candy sin ganas de discutir y aun un poco mareada por las nauseas que había sentido hacía tan solo un momento, les contempló en silencio, confundida sin saber que pensar y musitó con una sonrisa débil, pero sonrisa a fin de cuentas:

-Estáis completamente locos, -dijo lanzando un suspiro y reposando sus rizos dorados en el pecho de Mark mientras le abrazaba, contenta en el fondo por aquel reencuentro entre su amiga y Haltoran.

-Sí –dijo volteándola hacia él. Las verdes y luminosas pupilas le observaron con amor y Mark añadió -loco de amor por ti, lo mismo que Haltoran por ella.

17

Continuaron el viaje hacia el pueblo donde Mark y Candy vivían. Annie y Haltoran estaban absortos, abrazados el uno al otro y dedicándose miradas y palabras de amor.

Mark miró a Candy y le preguntó si se encontraba mejor:

-Sí, pero no fue tanto el traqueteo de este trasto como ese espantoso olor que noté poco antes de subir al coche –dijo Candy mientras observaba su rostro a través de un pequeño espejo que el coche tenía en su guantera.

-Se trata del jetpack de Haltoran –dijo Mark observándoles a través del espejo retrovisor interior y bajando la voz para no entrometerse en su intimidad- le tengo dicho que se deshaga de ese trasto, pero ni caso. Sabe de sobra que no se puede perfeccionar.

-Déjate de tecnicismos Mark –dijo Candy ajustándose el caprichoso sombrero que de nuevo amenazaba con salir volando- tenemos que pensar en lo que vamos a hacer. Nuestra situación, creo que es más o menos legal, pero la de ellos –dijo Candy señalándolos con un ademán de cabeza- a Haltoran le pueden acusar de secuestro y….

-Y a vosotros de encubridores –dijo Haltoran tranquilizando a Annie que se había asustado al escuchar las palabras de Mark.

De momento no pensaron más y siguieron su marcha hacia el pueblo del que ya solo distaban cinco kilómetros para llegar.

Una vez que devolvieron el vehículo al amable médico, prometiéndole Candy que al día siguiente iría a trabajar sin falta y con mejor disposición y dedicación, para compensar el día que se había tomado libre, los cuatro se encerraron en casa de Mark y Candy para discutir que es lo que harían. Haltoran con el ceño fruncido no sabía que hacer, pero una cosa tenía clara, que no se separaría así como así de Annie.

-Lo que me extraña es que –dijo Mark pasando su brazo por la espalda de Candy para cogerla por el hombro izquierdo- nadie haya venido a importunarnos a nosotros, sobre todo después de que llevamos aquí viviendo un mes.

-Puede que os den por muertos –dijo Haltoran desabridamente pero sin mala intención. Annie le dio un codazo y le reprochó:

-No digas eso ni en broma, pero si Albert os está buscando –dijo la chica una vez que le informaron de los últimos acontecimientos- es extraño que no os haya encontrado aun.

-No es tan raro –dijo Candy- Mark me sacó del Mauritania volando y con la bruma era casi imposible distinguirlo y puede que lo que ha dicho Mark no esté tan desencaminado.

Entonces Annie se levantó del diván de golpe sobresaltando a Haltoran. Llevaba puesto aun el uniforme del colegio San Pablo consistente en un vestido blanco con un lazo rojo delante y otro blanco detrás, ribeteado de franjas azules en el vuelo de la falda y las mangas y por la parte del cuello.

-Ya lo tengo –dijo la chica pasándose la mano por el tocado que recogía sus cabellos negros en forma de moño- escribiré a mi familia explicándole la situación. Les diré que el colegio fue bombardeado y que Haltoran me salvó. Los Brighten no le conocen.

-Pero los Andrew sí –dijo Mark pensativo mientras tamborileaba con los dedos sobre la pared- y si Albert informa a tus padres, Annie, me temo que estaremos en la misma.

-Sin contar que la hermana Gray me vio volar con Annie a cuestas, pero eso no me preocupa. Siempre lo pueden achacar al histerismo que las explosiones y las detonaciones provocaron en los que se vieron envueltos en todo aquello –dijo Haltoran imitando la expresión de espanto de la hermana al verle, riendo todos de buena gana.

-Pero me creerán a mí, aunque….un momento. Mi padre tiene teléfono y si pudiera hablar con él directamente.

Entonces Candy miró hacia el techo y cogiéndose el mentón dijo de pronto exclamando esperanzada, mirándoles de repente:

-Creo que mi jefe tiene uno. Quizás nos permita utilizarlo.

18

Abusando de la hospitalidad del doctor Sellers, Candy consiguió después de rogárselo brevemente, que el médico solicitara una conferencia a larga distancia para Annie, a fin de que pudiera hablar con su padre. Cuando la operadora les puso en contacto, la voz emocionada e incrédula del señor Brighten, sonó al otro lado del hilo:

-Hija mía, ¿ de verdad eres tú ? ¡! Estaba tan preocupada por ti, desde que Londres fue bombardeado. No habíamos recibido ninguna noticia tuya.

Annie le refirió lo sucedido y como un amable caballero la había auxiliado en aquellos momentos tan duros.

-Papá –dijo Annie apesadumbrada- lamento lo del colegio yo….-refiriéndose a su inmediata expulsión.

-Eso no importa ahora. Hija mía –dijo el hombre, que después de la noticia de que los alemanes estaban bombardeando la ciudad, se había replanteado el traerse de vuelta a su hija, culpándose de no haberlo hecho antes, cuando los primeros rumores llegaron hasta la mansión de los Brighten.

-Tuvimos que salir tan repentinamente de allí, que realmente daba impresión de una premeditada fuga, más que otra cosa –se lamentó la muchacha, pero ese atento joven del que te hablado me ayudó.

Padre e hija hablaron durante un rato más, y Annie para no comprometer a Mark y Candy, omitió el que estaban con ellos, y dijo el nombre de otro pueblo alejado del de sus amigos. Entonces le dijo que el amable y valiente joven, con aspecto de caballero distinguido, y que la había salvado la vida, que permanecía a su lado para protegerla, en un hotel del mencionado pueblo, aunque sin revelarle su identidad. El señor Brighten tenía un empleado suyo, viajante de su empresa desplazándose por Escocia por motivos de trabajo por encargo suyo precisamente, y ya le había comunicado por telegrama, que recogiera a su hija lo antes posible, para traerla de regreso a Norteamérica, interrumpiendo su actividad comercial si fuera necesario.

-No te muevas de ahí. El señor Torrent vendrá a buscarte en un plazo de dos días. Dile a ese caballero que está contigo, que por favor, continúe protegiéndote un poco más de tiempo, que en cuanto Torrent llegue a recogerte, le compensaremos por todas las molestias y gastos que hayamos podido ocasionarle, aparte de expresarle nuestro más profundo agradecimiento. Espero que ese hombre sea realmente un caballero contigo –dijo su padre con un deje de temor en el voz.

-Pierde cuidado padre, lo es- le tranquilizó su hija Annie, que había detectado la preocupación en la voz de su padre, mirando a Haltoran completamente prendada de él. Haltoran le devolvió idéntica mirada.

-Y del colegio no te preocupes. –prosiguió su padre- Ya he dado aviso agradeciéndoles sus atenciones, y enviándoles además un donativo para ayudarles a sobreponerse de ese horror de bombardeo aéreo.

Annie se despidió de su padre contenta de poder haber hablado con él, cosa que la tranquilizaba sobremanera. Annie conocía al amable señor Torrents de las frecuentes visitas que hacía a la mansión por motivos de trabajo y que siempre le traía algún regalo cada vez que tenía que entrevistarse con su padre.

19

A la espera de que Torrents llegara, Annie y Haltoran pasarían la noche en la pequeña casa de Candy y Mark. Mientras Mark hablaba fuera con Haltoran enseñándole el pequeño jardín de cuidado césped, Candy quedó a solas con Annie en el salón. Candy preparó té para ambas mientras se escuchaban fuera los trinos de los pájaros. Annie bebió lentamente la taza que su amiga le tendió y la sostuvo entre sus dedos. Ninguna de las dos se atrevía a empezar a hablar. Entonces Annie se quedó mirando fijamente hacia la ventana a través de la cual pudo ver como Haltoran hablaba con Mark.

-¿ Has pensado en lo que dirás a tu padre cuando te presentes ante tu familia junto a Haltoran ? –preguntó Candy rompiendo el hielo.

-Aun no lo se –dijo la muchacha ajustándose la cinta roja que adornaba su tocado- pero de una cosa estoy segura –entonces contempló a Haltoran que reía ante una ocurrencia de Mark- no voy a separarme jamás de él.

Tomó las manos de Candy entre las suyas y las apretó fuertemente diciendo entornando sus hermosos ojos del color del cielo.

-Cuando me abrazó….fue…fue…como si recordara algo largamente olvidado, y estoy seguro de que a él le pasó lo mismo.

Candy se fijó en Mark que había sacado un balón de fútbol. Ambos hombres empezaron a jugar corriendo por todo el jardín.

La muchacha sonrió sintiendo un escalofrío de pasión cuando recordó la forma en la que conoció a Mark. Ella también había olvidado su primer encuentro, pero en cuanto su mente lo recobró, aquel ardiente amor les unió firmemente quizás para siempre.

-Sí, es muy extraño Annie –dijo Candy sonriente y posando una mano en el hombro de su amiga- pero nos hemos ido a enamorar de hombres de los que jamás habríamos podido concebir ni en nuestros más locos sueños.

Candy calló un momento. Vio el perfil de Mark recortado a contraluz sobre el atardecer. Sus mejillas se ruborizaron y algunas lágrimas se vertieron inadvertidamente.

-Es tan bueno y dulce conmigo –dijo Candy lentamente- que no podría concebir ya vivir sin él. Si… si me lo quitasen de nuevo me volvería loca. No podría soportarlo. Tengo miedo a que se aleje de mí –dijo la muchacha aferrando con fuerza los pliegues de su falda entre sus dedos y bajando la cabeza, mientras algunas lágrimas formaban pequeñas manchas húmedas en la tela de su vestido.

Annie estrechó a su amiga entre sus brazos y dijo:

-No digas esas cosas Candy, él jamás se separará de ti. Te ama demasiado. Vuestra boda, ya definitiva, es prueba de ello. Me apenó tanto no haber podido asistir….

Entonces Annie pensó en Haltoran. Sus relaciones con Anthony se habían deteriorado no hasta extremos insoportables, pero la tensión entre ellos iba en aumento. Pero lo que más le preocupaba a Annie, lo mismo que a Haltoran, sería la reacción de Eliza.

-Romper con Anthony no va a resultar traumático –dijo Annie sirviéndose otra taza de te- sé que se ha enamorado de otra chica y ella le corresponde. Se ven en secreto, pero no sospecha que yo ya lo sé, pero Eliza, quiere a Haltoran. Tengo miedo por su reacción.

A Candy no le cabía duda de que Haltoran y Annie se amaban intensamente. Al joven le costó mucho romper con ella, no porque no la quisiera, sino para alejarla de los peligros que podía acarrear a Annie el que continuara con él. Y durante un tiempo creyó a amar a Eliza, pero lo que nadie sabía, es que el valiente y bromista muchacho, por las noches cuando no le veía nadie, se levantaba del lecho y saliendo fuera, lloraba mientras musitaba el nombre de Annie, cuyo rostro veía reflejado en la luna o en las quietas aguas de un estanque.

Haltoran fingía mejor que Mark y guardaba sus verdaderos sentimientos con maestría para sí, pero en el fondo de sus recuerdos, la bella y frágil figura de Annie brillaba con luz propia.

Lo que no podían sospechar ninguno de los cuatro amigos reunidos en una pequeña casa inglesa, es que a varios miles de kilómetros de allí, en Norteamérica, Eliza, ya de vuelta a su casa junto con Neal, furiosa por no haber encontrado a Haltoran, y desoyendo las súplicas de su madre y de su padre, que pretendían explicarle pormenorizadamente la situación, ensilló a Cleopatra, su yegua y agitando las riendas, cabalgó fuera del establo donde viviera su hermana por un tiempo. En su atolondrada carrera casi atropelló al anciano jardinero de su familia, cuyas gafas redondas salieron despedidas.

-Estúpido Haltoran –se dijo la muchacha mientras las lágrimas caían de sus mejillas- seguro que ha ido en busca de Annie. Aun no ha podido olvidarla –la muchacha había acertado, aunque no como ella creía. De hecho Haltoran no esperaba ni remotamente volver a reencontrarse con Annie y mucho menos que sucediera lo que luego ocurrió.

Sin embargo, en su precipitación, no vio como una vaca se le cruzó en su camino mugiendo estruendosamente. Cleopatra relinchó asustada, encabritándose.

-No, Cleopatra, quieta, por favor, quieta….

Entonces en el mismo lugar donde casi perdió la vida su primo Anthony y al que Mark rescató in extremis tratando de que Candy le olvidara, para que continuara su vida junto al primogénito de los Andrew, ella salió despedida del descontrolado animal. Incrédula, incapaz de creerlo, abrió los ojos claros desmesuradamente, cuando de repente aterrizó en los brazos de Tom, un antiguo amigo de Candy que se había criado junto a ella en el orfanato. La vaca que se había escapado, era del padre adoptivo de Tom, un importante y rico ganadero. Tom intentaba capturar al asustadizo animal, cuando de pronto vio que Eliza se le venía encima después de perder el control de su yegua. Eliza permaneció en brazos del muchacho, confundida, mirando sus ojos, mientras él que siempre se había sentido atraído por Eliza desde que la conociera, la aferraba con fuerza.

Eliza lejos de sentir hostilidad o vergüenza descubrió dando un respingo que se encontraba bien junto a aquel muchacho de fuertes manos y que cubría sus cabellos castaños con un sombrero. Notó una especie de fascinación que la recorrió como si fuera una corriente eléctrica.

-Ya…..ya…puedes bajarme…estoy bien.

Tom asintió como si no comprendiera. Habría estado así durante el resto de su vida.

Finalmente reaccionó y la depositó con cuidado en el suelo. Ambos se habían sonrojado.

Eliza se iba a marchar para recobrar a Cleopatra, que ya se había tranquilizado y trotaba lentamente hacia su dueña, como si nada, cuando Tom, en un momento de locura, osadía o movido por sus sentimientos, alargó una mano y retuvo a la chica cogiéndola por la manga de su vestido. Eliza se quedó helada, pero no se resistió o se giró con su antigua y colérica arrogancia. Ella tampoco deseaba que Tom finalizara el contacto, retirando su mano.

-Espera por favor…sé que estoy siendo muy osado, pero, pero….tú me gustas Eliza. Desde el primer día que te ví, cuando Anthony derribó mi carreta ..….yo desearía verte…a solas….otro día…si hoy no es….posible.

Eliza se asustó. No porque Tom le resultara desagradable o peligroso,…si no por todo lo contrario. Intentaba amar a Haltoran, pero no sabía si por despecho o porque se sentía fuertemente atraída por el joven, aceptó su petición de una cita.

-De…acuerdo….aquí….mañana….a la misma hora –dijo con voz entrecortada y respirando agitadamente.

Montó en la yegua y azuzándola, cabalgó de regreso a la mansión, estremecida y sobre todo confundida. La imagen de Tom iba desplazando a la de Haltoran en su corazón.

20

-Concéntrate Candy –la voz autoritaria y firme de Mark llenó sus oídos. La muchacha que tenía los ojos cerrados con fuerza, percibiendo cuanto la rodeaba, los abrió. Entonces, Mark empezó a correr hacia ella con intención de agarrarla desde atrás. Candy se apartó hábilmente y aprovechando la fuerza de la embestida de su esposo, le cogió por la muñeca derecha y volteándolo le levantó por encima de su cabeza, haciendo que el joven saliera despedido.

-No Mark –dijo Candy asustada y echando a correr en pos del joven, que se dirigía hacia un roble, que crecía en una esquina de la propiedad. Pero Mark, flexionando las piernas, apoyó sus pies en el tronco e impulsándose hacia adelante, después de dar una voltereta en el aire, cayó de pie como si nada.

Haltoran aplaudió estruendosamente, atrayendo la atención de Annie que estaba peinando sus largos cabellos y en el piso de arriba, en la habitación que Candy y Mark la habían asignado. Se asomó por la ventana y entonces pudo ver como Candy rechazaba fácilmente el ataque simulado de Mark, con las llaves que le estaba enseñando. La muchacha aprendía muy deprisa, Entonces Annie se envolvió en una bata que su amiga le había prestado y bajó precipitadamente las escaleras y salió al exterior. Encontró a Candy prácticamente encima de Mark, temerosa de que hubiera podido lastimarse. Mark la abrazaba levantándola en vilo y saltando con la muchacha a cuestas.

-Bájame, Mark, bájame, no hace falta que seas tan efusivo –dijo sonrojándose al comprobar que Annie les estaba mirando.

-Eres una alumna aventajada –dijo Haltoran caminando hacia Annie y abriendo los brazos para acogerla contra su pecho. La chica, que estaba en camisón, pareció avergonzarse, e intentó subir a cambiarse de ropa, pero su novio la retuvo besándola en sus cabellos morenos.

-Candy, -dijo Annie parpadeando de asombro con su voz ligeramente chillona- no sabía que fueras capaz de luchar así…Es impresionante.

-No, es mérito mío –dijo la chica guiñándola un ojo y dándose un pequeño coscorrón en la frente con el puño izquierdo- más bien, ha sido Mark, que ha insistido en que sepa defenderme.

-Y aprende muy deprisa –dijo Haltoran mientras atraía repentinamente a Annie hacia él, y haciendo que la chica soltara un pequeño grito de satisfacción y sorpresa –esas llaves se las enseñé yo a Mark, y a él le costó el doble de tiempo dominarlas, que a Candy.

Y desde luego era meritorio. Con su menuda estatura y apariencia frágil, había logrado derribar por tierra a Mark que la doblaba en fuerza y corpulencia.

Mark fingió enfadarse ante el comentario de su amigo y declaró:

-Quiero que Candy sea capaz de valerse por si misma, en caso de que yo no pueda estar cerca para ayudarla.

Haltoran hizo una broma y los cuatro empezaron a reír estruendosamente.

21

Después de cenar y compartir una animada velada en la que los cuatro amigos rieron y hablaron sin parar, Candy y Mark se dirigieron hacia su habitación. Mark se empeñó en llevarla en brazos, y Candy intentó protestar, cortada por la mirada divertida de Haltoran y Annie que permanecían sentados aun, y cogidos de la mano fuertemente. Finalmente la chica cedió y Mark la sujetó con fuerza.

-Mark –susurró ella mientras el corazón le latía aceleradamente.

-Mi vida –dijo Mark apartando un rizo dorado para besarla en la frente.

Seguían tan enamorados como el primer día, incluso más. Después de que la puerta de su alcoba se cerrara tras los esposos, Annie y Haltoran quedaron solos. Annie bostezó y levantó sus brazos estirándose. El cansancio hacía que sus ojos se le cerraran por momentos.

-Voy a acostarme querido –le dijo ella con afecto- mañana tenemos que recibir al señor Torrents en torno a las once.

Ella le miró y pareció desilusionada. Era como si quisiera que el joven la acompañara, pero Haltoran no dio la más mínima muestra de pretenderlo o por lo menos de exteriorizarlo.

-Sí, yo también haré lo mismo –dijo el muchacho incorporándose.

En esos momentos, Haltoran la miró. Estaba tan hermosa que no pudo evitar seguirla con la mirada, mientras subía las escaleras anhelando su compañía, pero Haltoran dormiría en el salón, porque la modesta casa solo disponía de dos habitaciones.

Quedó solo y apagó la luz. En la penumbra pudo vislumbrar la grácil figura de su amada, mientras abría cuidadosamente la puerta del cuarto. Ella se giró para mirarle y sonriéndole, entró en la alcoba cerrando la puerta tras de sí. Haltoran pensó en irrumpir en el cuarto, pero se contuvo. Tenía unas irrefrenables ganas de tenerla entre sus brazos pero no deseaba que Annie le rechazara, tal vez asqueada, o sintiera miedo de él.

Suspiró y se tendió en el sofá dispuesto a dormir. No tenía ganas de desvestirse. Solo podía pensar en Annie. Cruzó los brazos por detrás de la nuca y musitó su nombre.

Pasaron dos horas, cuando Haltoran creyó escuchar un apagado llanto. Se puso tenso al reconocer la voz de Annie y moviéndose ágilmente subió las escaleras con cuidado para no alarmar a Mark ni a su esposa, y entró en el cuarto. Annie estaba deslumbrante enfundada en el camisón blanco de largo vuelo y mangas bordadas de seda, gimiendo quedamente, porque no podía soportar estar más tiempo alejada de Haltoran. El joven la abrazó y entonces la muchacha estalló en llanto:

-No quiero estar sola Haltoran –dijo la chica con los ojos enrojecidos por las lágrimas, -quiero que te quedes conmigo esta noche….y todas las que vengan después con sus correspondientes días.

-Pequeña dama, -dijo Haltoran besándola- sabes que me haces tan feliz con estas palabras….-dijo a punto de llorar.

Pero Haltoran no se atrevía a tocarla. Temía herirla o asustarla, por lo que se limitó a abrazarla, pero sin arriesgarse a ir más allá. Annie asustada, porque creía que Haltoran la estaba rechazando dijo clavando sus bellos ojos azules en su rostro preocupado y tenso:

-Querido, ¿ qué te ocurre ? ¿ pasa algo ? – exclamó asustada, temiendo lo peor.

Haltoran acarició los cabellos de la chica que brillaban ligeramente en la penumbra por efecto de la luz de la luna y recordó entonces cuando en la mansión de los Legan, salía de la casa, sobre todo en noches de luna llena, para añorar a Annie, creyendo verla reflejada en su superficie.

-No, Annie –dijo Haltoran apartándola pesaroso- no quiero obligarte a que te entregues a mí , aprovechándome de la situación, yo no quiero ser un cerdo contigo ni que sientas asco. Eso es…

Haltoran fue impulsado, no supo, como por un tremendo empujón contra la cama, encontrándose tumbado en un instante. Notó la cálida y agradable presión del cuerpo de Annie sobre el suyo y sus brazos rodeándole. Sentía el tacto de la suave piel de la chica a través del fino tejido del camisón y su respiración agitada. Intentó hablar, pero un apasionado beso selló sus labios.

-,Annie, yo..…-consiguió decir a duras penas.

Un segundo beso más fuerte que el anterior le obligó a callar nuevamente.

Entre suspiros, Annie le dijo con voz entrecortada:

-Te quiero, Haltoran, te quiero, si hemos de separarnos, por lo menos, déjame el recuerdo de esta noche –dijo despojándose lentamente del camisón.

-No te voy a dejar ir, esta vez no –dijo Haltoran resuelto, temblando como una hoja, y empezando a desnudarse y añadió- ni esta noche ni ninguna, a partir de ahora mismo, amor mío.

Entonces dejó de resistirse y la tomó entre sus brazos y ambos jóvenes se amaron intensamente.

22

Candy se había levantado de la cama y tocó a la puerta del cuarto de su amiga, por si necesitaba algo, descubriendo para su sorpresa, que estaba entreabierta, cuando esta cedió ante sus nudillos. Como no obtuvo respuesta, se asomó al interior, poniéndose más roja que la grana. Desvió la vista inmediatamente, retirándose antes de que la descubrieran. Haltoran tapado con la manta, abrazaba contra su pecho a Annie que roncaba ligeramente. Ambos daban la impresión de estar desnudos. Entonces el joven se despertó. Annie bostezó ligeramente y entornando sus ojos, acarició las mejillas del joven.

-Buenos días pequeña dama –bromeó él, mientras los trinos de los pájaros anunciaban el nuevo día. El sol entraba a raudales por la ventana. Entonces Annie, sonrió y dijo:

-Deja de llamarme así –dijo la chica entre risas- y vamos, tenemos que vestirnos y marcharnos. Torrents llegará enseguida.

-A ver como explicamos esto –dijo Haltoran mientras se rascaba la barba del mentón y se incorporaba de un salto, dejando la cama.

-Yo hablaré, déjame a mí la situación –dijo Annie mientras empezaba a ponerse la ropa.

-Deja, yo te ayudaré –dijo Haltoran, aunque finalmente, ambos se ayudaron mutuamente a vestirse entre bromas y caricias.

Candy bajaba las escaleras azorada, como sonámbula, de dos en dos, cuando de golpe y porrazo, y nunca mejor dicho, tropezó con Mark, que había ido al baño, estando a punto de caerse al suelo. Mark la sostuvo de las manos, abrazándola y dijo alarmado ante el estado de tensión de la muchacha:

-¿ Qué te ocurre Candy ? –preguntó preocupado, Mark sacudiéndola ligeramente.

Candy aun un poco cortada por haber invadido la intimidad de los dos amantes, no esperando encontrarles así, creyendo que Annie estaría sola en su cuarto, le contó a Mark que había visto juntos a Haltoran y a Annie.

-Pero eso ya lo sabemos –dijo Mark, extrañado, pensando que Candy los había divisado en el jardín o en la planta baja, y sin pillar el sentido de lo que su esposa trataba de decirle, la cual no quería ahondar demasiado en los detalles- aunque pareces apenada. No sé, te encuentro rara.

Pero Candy que se alegraba sobremanera de que Annie y Haltoran hubieran dado aquel crucial paso juntos, y que estaba aun bajo los efectos de la vergüenza que había pasado, resopló ante la poca sagacidad de su marido. Candy tembló al recordar la violenta escena, aunque no pareció que ninguno de los dos se hubieran percatado de su presencia.

-No, no es eso –dijo Candy, cuyas mejillas iban recobrando su color, mientras el violento rubor se iba desvaneciendo- es que les he sorprendido…-hizo un evidente gesto con las manos para no tener que describirlo con palabras.

Mark entonces, empezó a reír quedamente mientras su esposa azorada y un poco enfadada por la reacción de Mark, cruzó los brazos y le dio la espalda, alzando el rostro hacia el techo.

-No, no te rías….-dijo con voz vacilante y un poco aguda- fue embarazoso encontrarles así.

Mark la abrazó desde atrás y dijo:

-Perdona cariño, no pretendía ofenderte, creo que a mí me hubiera pasado lo mismo, desde luego, no me sorprende que hasta las pecas se te ruborizaran. O sea, que Haltoran y Annie se decidieron. Me alegro tanto por ellos…

-Y yo también Mark, aunque veremos si todo les irá bien a partir de ahora.

-Eso espero -replicó Mark dubitativo.

Como aun era pronto, pese a que el sol empezaba a estar ya alto despuntando en el horizonte, retornaron juntos a su alcoba.

23

Faltaba poco para las nueve de la mañana. Era domingo y Candy giró en la cama buscando el contacto con el cuerpo de Mark, pero este no estaba. Palpó asustada y abriendo los ojos, se levantó de repente y miró a través de la penumbra.

-¿Mark ?

Nadie respondió a su requerimiento. Entonces se asomó por la ventana y le vio allí, de pie en el jardín, con su ropa del siglo XXI y con el lanzagranadas en la mano. Parecía preocupado o meditabundo. La muchacha se puso un chal sobre el camisón y calzándose unas zapatillas bajó a la calle. Cuando salió al porche corrió a su encuentro, abrazándole por la espalda. Mark sonrió al notar el cálido contacto de su piel. Se giró y la abrazó:

-Perdóname cariño, no quería asustarse, pero necesitaba tomar un poco el aire. Te parecerá extraño…pero..

-Mark, no tienes porqué pedirme disculpas –dijo la muchacha reposando sus bucles dorados en el pecho de su marido- pero al no verte, me asusté mucho –dijo entornando los ojos. Nos hemos separado tantas veces.

-Estaba pensando en mi maestro y en Carlos –dijo el joven pasando una mano por sus largos cabellos- espero que realmente estén a salvo de la ira de Albert.

-No les pasará nada Mark, estando bajo la protección de mi padre, no les hará el menor daño.

Entonces Candy evocó el amable rostro del Albert, que cuidaba de sus animales y la socorría cuando estaba en apuros, no la de un hombre colérico y frío, al que un malsano sentimiento rayano en la obsesión, más que amor, le había transformado malignamente.

En ese instante, Mark tomando los brazos de su esposa que sorprendida observó como los retiró delicadamente de su torso. Se alejó unos pasos y en una milésima de segundo, sin que los ojos de Esmeralda de Candy pudieran siquiera verlo, empuñó la amenazadora arma, realizando un molinete para amartillarla.

-Mark, ¿ no estarás pensando en hacer alguna locura ?

Mark bajó el arma, cuya sola mención horrorizaba a Candy y la depositó en el suelo volviendo a su lado.

-Una vez te dije que por ti torcería el eje de la Tierra si me lo pidieras –declaró atrayéndola hacia si y cargándola en brazos- ella asintió mirándole a los ojos negros y profundos.

-No te preocupes, jamás haría nada que hiciera que te avergonzaras de mí. Quiero que estés orgullosa de mí.

-Mark, ¿ me prometes que no harás ninguna tontería ?

-Ninguna mi ángel, tienes mi palabra –dijo pegando su mejilla a la de Candy.

En ese momento, dos figuras emergían del porche de la casa. Haltoran caminaba tomado de la mano de Annie. Candy abrazó a su amiga felicitándola por lo que ya sabía, cuando esta se lo contó. Mark y Haltoran departieron al pie de la gran encina y Mark le preguntó entonces:

-¿ Va a volver a Estados Unidos ? –preguntó en referencia a Annie.

-Tan pronto como el empleado del padre de Annie venga a buscarnos.

Mark le miró sorprendido, aunque no le extrañaba. Esperaba semejante comportamiento por parte de su amigo.

-Te deseo lo mejor amigo, pero ¿ crees que te aceptarán en los Brighten ? ¿ has pensado en lo que dirá Eliza ?

Haltoran observó el RPG-12 de Mark que permanecía en el suelo, con la correa de sujeción floja y dijo:

-Intentaré que Eliza lo comprenda. Va a ser muy duro, lo sé, pero las cosas han cambiado. Más me preocupa la reacción de los Brighten…sobre todo por Annie.

Mark no necesitó hablar más. Sabía perfectamente, que en caso de negativa, se fugaría con Annie, aunque fuera a la fuerza, como también sabía por Candy, que ambos habían hecho el amor.

-Cuídate soldado –dijo Mark estrechándole con fuerza la mano.

-Lo mismo digo akarsnia, lo mismo digo. Espero verte pronto en América.

Entonces Annie que llevaba un vestido azul sobre el que se había puesto un abrigo gris y una pamela verde salió al encuentro de Haltoran, estrechando con fuerza la mano de Haltoran. Candy se acercó y se despidió de ambos con lágrimas. Annie también lloraba mientras abrazaba a su amiga de la infancia.

-Que seáis felices –dijo Candy mientras apretaba a su amiga con firmeza contra sí- no dejéis que nada empañe vuestro felicidad.

-Gracias Candy, eres una hermana para mí.

Haltoran se acercó a Candy y le abrazó afectuosamente deseándole lo mejor.

-No dejéis que nada vuelva a separaros –le dijo Candy sinceramente.

-Descuida pecosa, -dijo Haltoran mirando a Annie que se sintió turbada de que un hombre como él, la observase- en cuanto pueda, la haré mi esposa….si ella acepta.

Annie abrió los ojos desmesuradamente y asintió complacida y feliz.

Entonces, se despidieron emotivamente. Haltoran caminaba lentamente llevando a Annie de la mano, mientras ambos les decía adios.

Mark y Candy les vieron alejarse mientras Mark se mantenía muy cerca de su esposa, pasándole un brazo por los hombros. Ella aferraba a su marido por la cintura.

24

Cuando llegaron al punto convenido, Annie que estaba cansada de caminar se sentó en un pequeño banco de piedra, mientras Haltoran que se había apartado discretamente de su novia, pero sin perderla de vista ni un momento, revisó cuidadosamente su equipo, incluida su arma de asalto.

-Perfecto –musitó en voz baja, mientras Annie se ajustaba la pamela en torno a su cabeza y se pasaba la mano por la frente.

En ese instante, se escuchó el sonido de un motor, y un coche imponente con capota se acercó a ambos, levantando un remolino de hojas secas a su paso. En las portezuelas figuraba la divisa de los Brighten. El coche se detuvo con un chirrido ante Annie y Haltoran y un hombre alto y fornido bajó lentamente presentándose, aunque Annie ya le conocía:

-Señorita Annie, he venido para llevarla de vuelta a casa.

Annie hizo una reverencia. En ese momento, Haltoran hizo su aparición y la muchacha aparentando sorpresa dijo:

-Que casualidad, Torrents, aquí está el caballero que me ayudó en circunstancias tan difíciles en Londres.

Torrents examinó a Haltoran y de pronto le reconoció. Era uno de esos extravagantes Andrew que estaba comprometido con la hija menor de los Legan, una rama de la familia Andrew. Frunció el ceño, pero no comentó nada al respecto.

-Caballero, los Brighten le agradecen sinceramente el haber protegido a su primogénita, por lo que mi jefe, el señor Brighten y padre de la señorita, me ha pedido que le haga entrega de esta suma de dinero, por las molestias y perjuicios que hayamos podido causarle.

Entregó a Haltoran un cheque por una elevada suma de dinero. Entonces el hombre tomó a Annie de la mano para ayudarla a subir al automóvil. Cuando Haltoran se dispuso a hacer lo mismo, Torrents le detuvo aferrándole por un brazo y preguntándole:

-¿ Qué cree que está usted haciendo ?

-Da la casualidad –dijo Haltoran con naturalidad- de que la señorita Brighten y yo nos amamos y que como no quiero separarme más de ella, voy a pedirle su mano formalmente a la familia Brighten. Ella ya me ha dado su consentimiento.

-Supongo que está usted bromeando caballero –dijo secamente el viajante.

El hombre tiró del brazo de Haltoran para hacerle bajar del pescante del automóvil, pero pese a ser más corpulento y alto que Haltoran, no pudo moverle la extremidad, ni un milímetro.

Haltoran replegó su antebrazo y asiendo al hombre con una sola mano, lo levantó en vilo y dijo:

-Nunca antes he hablado tan en serio, por cierto –entonces dejó en tierra al hombre rechazándole de un pequeño empujón que le lanzó sin embargo, con mucha fuerza hacia atrás tirándole al suelo, aunque sin hacerle daño - no me gusta que nadie me toque.

-Ten cuidado Haltoran, no le hagas daño –advirtió la chica.

-No temas Annie, no pienso lastimarle, a menos que se ponga cabezón, claro está.

Torrents, furioso y sorprendido sacó un revólver levantándose del suelo de un salto. Annie dio un grito, pero Haltoran hizo una finta y le arrebató el arma en un abrir y cerrar de ojos. Luego, vació el tambor y se la guardó junto con las balas, en el bolsillo diciendo a Torrents con voz gélida:

-Ni tampoco soporto que me amenacen. No voy a abandonar a mi prometida. Lo que tenga que decir, lo diré en presencia de los padres de Annie, y no de subordinados. Voy a volver con Annie a los Estados Unidos y si se opone, retornará metido en una maleta o mejor aun, le dejaré en este bosque maniatado, de forma que no nos de problemas, hasta que estemos ya lejos. No tema, este sitio es muy concurrido y alguien le liberaría en seguida. Terminarían encontrándole por casualidad. El vecindario es muy amable y solícito, ya lo comprobaría.

Torrents contempló al muchacho, que rápido como una cobra le había desarmado y alzado en el aire como si fuera un bebé. Le recorrió un sudor frío y admitió que no podría librarse de él ni pretender sorprenderle o ponerle fuera de combate. Pero como era hombre de palabra y reconocía noblemente su desventaja frente a Haltoran asintió y dijo:

-De acuerdo, pero si intenta hacerle daño a la señorita, lo lamentará.

Haltoran admirado por la lealtad del hombre, no quiso presionarle más y cargó el revólver con una rapidez tan grande que Torrents, experto en armas de todo tipo no pudo seguir los movimientos de los ágiles dedos de Haltoran, el cual devolvió el revólver a su propietario, tras realizar un molinete con él, que lo recogió con mano temblorosa.

-¿Quien…quien…es usted ? –preguntó Torrents resollando con un hilo de voz.

-No me creería si se lo dijera, es mejor que no lo sepa –dijo Haltoran y añadió:

-No habrá nada que lamentar, porque no se dará ocasión a ello, ya que jamás haría daño a Annie. Admiro su valor y lealtad, Torrents, por eso tolero y pasaré por alto su última advertencia. Si no, el que lo lamentaría sería usted y de una forma que no le gustaría averiguar, no yo. Y no estoy bromeando.

Los ojos fríos del joven brillaron con ira, haciendo que el hombre diera un respingo de temor. Hasta Annie sintió mucho miedo. Ya no era el joven amable y bromista que conocía, aunque al momento recobró su carácter jovial habitual. Asintió y terminó por aceptar que Haltoran les acompañara de regreso a Estados Unidos.

-De acuerdo, de acuerdo, –dijo entre dientes resignado, -pero mi jefe y su señora me van a despellejar vivo.

-No pasará tal, porque tanto yo, como Annie intercederemos por usted. Puede estar tranquilo. Este asunto no va con usted. No se preocupe. No se verá afectado. Yo asumo cualquier responsabilidad.

Extrayendo el cheque se lo retornó al viajante y añadió:

-Y guarde su dinero. Hay cosas, que ni todo el dinero ni oro del mundo pueden comprar –dijo mirando a la extasiada Annie que le contemplaba con orgullo y fascinación.

25

Al otro lado del Atlántico, una muchacha pronunciaba unas palabras decisivas, al mismo tiempo que cerraba las grandes puertas del salón:

-Madre, tenemos que hablar.

Helen Legan, que aun continuaba llorando por la ausencia de Candy, escuchó el relato de su hija. Incapaz de creer lo que estaba oyendo, exclamó con voz cansada llevándose las manos a las sienes:

-Hija mía, ese muchacho es….de extracción inferior. No, no te entiendo. Consentí en tu relación con Haltoran y ahora…

-Me da igual madre –dijo la muchacha desafiante y con ojos brillantes de ira- quiero a Tom. Estoy bien con él…en cuanto a Haltoran….tendrá que entenderlo. No le quedará más remedio.

La mujer estaba al borde de su paciencia. Aparte de la ausencia de Candy, solo le faltaba soportar otro capricho más de su hija. En ese momento, se abrió la puerta y Dorothy anunció mi llegada a la señora Legan. La distinguida dama accedió a recibirme y despachó a su hija diciendo:

-Luego hablaremos si no te importa Eliza. Ahora debo recibir a Maikel, a ver si trae noticias de Candy y de Mark.

Al oir el nombre de su hermana, el corazón de Eliza le dio un vuelco y corriendo junto a su madre se sentó junto a ella. Ambas mujeres aguardaban impacientes mi visita.

Entré precedido de Dorothy. La muchacha me había informado que Carlos había aceptado el puesto de mayordomo y chofer auxiliar que la señora Legan le había ofrecido. Me senté frente a la altiva y hermosa mujer, que había empezado a tomarme aprecio, aunque muy lentamente aun.

-Siéntese Maikel, siéntese, ¿ trae alguna noticia de mi hija ?

Asentí y les informé de cuanto sabía. Les dije que Annie y Haltoran estaban en camino. Cuando Eliza escuchó el nombre del joven, se puso tensa y se retorcía las manos. Yo conocía la reconciliación, si se podía llamar así, de Annie y Haltoran, porque Candy en comunicación telefónica conmigo me lo había contado todo. En ese instante, le pregunté por Neal y Helen me informó que estaba ya trabajando con su padre en la empresa de patentes, que con las ideas que había aportado Haltoran podría funcionar perfectamente sin su concurso. Me sorprendió sobremanera, que Neal y Susana se habían desposado, un poco precipitadamente y que ella estaba esperando su primer hijo.

-Es irónico –dijo Helen Legan- voy a ser abuela, pero Candy aun no sabe que va a tener un sobrino.

Entonces la bella señora empezó a llorar y yo azorado le ofrecí mi pañuelo y traté de animarla. La mujer asintió tratando de sonreír. Por vez primera noté un atisbo de afecto hacia mí, en el tenso y frío trato que me dispensaba.

-Gracias mister Parents, es usted una buena persona, pero, pero, no dejo de pensar en mi hija, en Candy. Ernest también está muy afectado y aunque trata de disimularlo, la pena le va ganando.

Asentí y le dije:

-No se preocupe Helen, me pondré en contacto con su jefe, un amable doctor que dispone de teléfono e intentaré convencerla de que regresen, pero temen a Albert.

-De Albert ni se ocupen –dijo altivamente- mi marido le hará entrar en razón. Pero tráigalos de vuelta, por favor, Maikel –me suplicó mientras me sujetaba las manos con fuerza entre las suyas.

26

Eliza me apreciaba, aunque nos veíamos poco. No sé de donde le venía la costumbre, pero empezó a llamarme tío, y yo, como tampoco lo encontré incorrecto se lo permití. La muchacha me contó que se había vuelto a enamorar de otro joven, amigo de infancia de Candy y que al parecer, se habían criado juntos en el hogar de Pony. Tom había sido adoptado por un rico ganadero, cuya fortuna no tenía nada que envidiar a la de los Legan, aunque su clase social fuera más humilde. Me quedé muy sorprendido. Permanecí callado, con las manos reposando en mis rodillas, y la gabardina cayéndome desordenadamente por los lados. Me quité el sombrero de fieltro y Eliza me apremió expectante:

-¿ Y bien tío, no vas a decir nada ?

Por eso Eliza se puso tensa y a la defensiva cuando mencioné a Haltoran.

-Que coincidencia, que coincidencia –dije arqueando las cejas y rascándome la calva.

-¿ Eh ? ¿ que estás murmurando tío ? –preguntó Eliza extrañada. Sospechaba que sabía algo. Decidí contárselo, total, se iba a acabar enterando de todos modos, cuando Haltoran se reuniera con ella, para decírselo.

-Eliza, Haltoran y Annie…vuelven a estar juntos.

Pensé que por lo menos se apenaría o que se lamentaría aunque fuera brevemente, pero esbozó una sonrisa y quiso conocer las circunstancias de que la tímida amiga de su hermana, volviera junto a Haltoran.

Le conté a Eliza como Haltoran había ido a buscarla al colegio religioso, el bombardeo enemigo, el como había salvado a Annie, como había surgido el amor entre ellos de nuevo. Yo solo sabía los detalles que Candy me había ido narrando en las largas conferencias telefónicas que me salían un ojo de la cara, pero estaba ya un poco harto de la lentitud de las cartas y de su absurdo secretismo de códigos cifrados. Eliza parpadeó y pareció que una sombra de amargura cruzaba por sus ojos. Haltoran y ella solo se habían acostado una vez juntos. Se preguntó si Annie y él…

Pero estaba bien con Tom. Su madre, no podría negarse a su noviazgo con el joven ranchero, al cual Albert había dado su consentimiento. Helen Legan, que amaba a sus hijos sobremanera, pero que acusaba un poco la marcha de Neal con su esposa a otra mansión cercana a la de los Legan, tenía que sumarle ahora la ausencia de Candy. Aunque Eliza se había vuelto una persona más humilde y buena, conservaba su antigua testarudez y rebeldía, por lo que, poco podría hacer la buena señora para impedir que su retoña terminara haciendo su voluntad. Se había informado no obstante, acerca de Tom, y el muchacho parecía una buena persona, trabajador, honesto y su familia adoptiva disponía de una desahogada posición económica.

-Puede que no sean nobles madre –le dijo su hija una vez hablándole de él- pero tienen una fortuna más que considerable.

Con Neal, finalmente había conseguido que sentara la cabeza. Susana Marlon era de buena familia y una actriz muy reputada y considerada que cada día tenía más éxito y fama. Había logrado fundar su propia compañía de teatro, pese a su juventud y ya no tenía que desplazarse a lugares tan alejados de su hogar y de su marido, aparte que con su embarazo tampoco era aconsejable viajar. De hecho, perfectamente podía prescindir de dar representaciones porque sus ingresos le permitían vivir holgadamente, aunque amaba el teatro. Permanecía con su marido Neal, que también le hacía las veces de consejero y apoderado compaginando su trabajo en la empresa de patentes de su padre, con el asesoramiento legal a su esposa.

Entonces Eliza me sacó de mis cavilaciones meciéndome por la manga de la gabardina:

-Tío, tío, tío –me decía- ¿ no te habrás quedado dormido no ?

-No, no, no, que va Eliza, estaba pensando. No soy yo quien para meterme en tu vida amorosa ni en la de Haltoran, pero yo creí que os amabais apasionadamente.

Eliza se cruzó de brazos y empezó a caminar de un lado a otro. Sus ojos hermosos y crueles, aunque dulcificados por la influencia de su primer amor, me observaron burlones. Se puso a reír sin maldad, de una forma encantadora.

-Ay, tío, que cosas tienes. Sí así fue, pero últimamente nos estábamos distanciando. Haltoran salía muchas veces por la noche, sin razón aparente, sobre todo cuando había luna llena y ya no había tanta atracción y alegría entre ambos, como antaño. Un día me dijo mientras paseábamos a caballo, que si algún día me enamoraba de otra persona, lo entendería. Y resulta que…-dijo revolviéndose los bucles que nacían justo debajo de su gran lazo decorativo- nos ha ocurrido a los dos, prácticamente a la vez.

-¿ Que le dirás cuando le veas ? –pregunté con voz débil, temiendo que se enojara, pero la muchacha permaneció afable y de buen humor:

-Supongo que seremos buenos amigos, algo así, como cuando Anthony y Candy rompieron. Mi hermano también se enamoró de Candy, aunque ahora mantienen una buena relación.

Estuve tentado de preguntarle que ocurriría si decidía volver con él, porque parecía que esta vez, su relación con Annie y va a ser más duradera y sólida que lo anterior, pero no lo hice. Sin embargo, mi inteligente "sobrina", que parecía leerme el pensamiento, me planteó la misma cuestión y me respondió:

-No creo que volviera con él, tío, es simpático, pero demasiado alocado y yo diría que inmaduro, pero con Tom, con Tom –se le iluminaban los ojos cada vez que hablaba de él- es muy, muy diferente.

Lo decía mientras daba vueltas en derredor con las manos entrelazadas sobre el pecho, y soñando despierta con él.

27

Finalmente Haltoran y Annie llegaron a Nueva York a bordo del transatlántico Galia , gemelo del Mauritania. El aterrado Torrents no dejaba de darle vueltas a lo que los Brighten dirían de su fracaso, probablemente su jefe le despediría fulminantemente. Por lo demás su comportamiento fue intachable e incluso hizo amistad con Haltoran demostrando ser además de un galante y protector novio de Annie, un hombre bueno y honesto, que en ningún momento, le humilló o se mofó de su derrota, como Torrents temía. Haltoran y Annie continuaron amándose durante algunas noches de la semana que duró la travesía. Una de las noches en que Annie y Haltoran estaban en cubierta, solos, le contó el extraño rescate de Candy desde el Mauritania. Annie incapaz de creerle cuando le refirió que había cruzado el Atlántico volando, sin embargo, recordó cuando Haltoran la había sacado del colegio, superando la verja con algo que surgió de su cinturón, permitiéndoles volar. Cuando bajaron a puerto, el chofer de los Brighten les estaba esperando. El chofer no conocía a Haltoran y pensó que sería algún otro empleado de su señor, lo mismo que Torrents. Después de un tenso viaje en el que Torrents no dejaba de removerse inquieto imaginando la adversa suerte que le esperaba avistaron la mansión de los Brighten. Su madre la estaba aguardando junto a la cancela de la mansión, aguardando impaciente y cuando el coche familiar se detuvo en el interior de la propiedad, junto a los jardines, y el chofer abrió la puerta del coche, Annie se echó literalmente en brazos de su madre. Pero cuando vio a Haltoran su cara adoptó una expresión de rechazo y de ira.

-¿ Qué hace este buscavidas aquí ? –gritó fuera de sí.- Torrents, eche a este patán de aquí.

Pero Haltoran no se movió y Torrents tampoco. Agachó la cabeza e iba a hablar, cuando Haltoran le detuvo con un gesto de la mano.

-¿ Qué significa esto ? –dijo Sarah Brighten mientras miraba de hito en hito al empleado de su marido y a Haltoran.

-Significa que su hija y yo nos amamos –dijo Haltoran tranquilamente para sorpresa de su madre. Torrents no sabía donde meterse y Annie intentó contener a su furiosa madre.

-Cálmate madre, cálmate, yo le quiero, y él a mí.

-¿ No sabes que está comprometido con Eliza Legan ? –dijo iracunda la altiva mujer dirigiéndose a su hija. Te ha engañado miserablemente.

-No –dijo Annie abrazándole para horror de su madre- ya lo sé y además, él no me ha obligado a hacer nada contra mi voluntad ni me ha engañado en ningún momento. Además si no fuera a casarse conmigo jamás me habría dado esperanzas y él en un principio ni me rozó un solo cabello, hasta que fui yo quien tomó la iniciativa.

-Basta, basta –exclamó escandalizada la airada mujer- no quiero saber nada, nada –dijo tajante y a punto de desmayarse.

-Romperé mi compromiso con Eliza Legan señora –dijo Haltoran

sosteniendo la furiosa mirada de la mujer y mirando a Annie añadió- estoy dispuesto a convertirme en lo que usted quiera, con tal de que Annie se sienta orgullosa de mí, y esto no lo hago por usted ni por su aristocrático linaje, si no por ella.

-Eso no es suficiente –dijo despectivamente- no tienes la más mínima oportunidad de pretender que Annie secunde tus locas ideas. No eres más que un patán.

Haltoran iba a replicar cuando, Annie se agarró el vientre y estuvo a punto de caer al suelo. Sintió nauseas y se sujetó a su madre para no rodar por tierra.

-Hija mía, hija mía –dijo alarmada la señora Brighten, ¿ que te ocurre ?

Annie pareció sentirse mejor. Estaba un poco pálida, pero nada más. Entonces reunió el valor suficiente y dijo a media voz:

-Mamá, estoy…embarazada.

Haltoran se quedó de piedra, pero notó una alegría que le subía desde el alma embargándole. Tuvo ganas de gritar de felicidad, pero no era el momento adecuado.

-Canalla, cerdo, te voy a….-gritó la mujer perdiendo la compostura, abalanzándose contra Haltoran. Entonces Torrents reaccionó sujetándola y Haltoran colaboró.

Annie explotó y gritando en medio de un creciente llanto, consiguió que su madre guardara silencio y explicó que se había empezado a encontrar mal durante la travesía de retorno a Estados Unidos, con nauseas y otros síntomas. El médico del barco le hizo unas pruebas, que aun no eran definitivas, debido a la prontitud del comienzo de sus relaciones con Haltoran, pero los test médicos parecían no dejar lugar a dudas.

28

Después de aquel repentino acontecimiento, se montó un revuelo y un escándalo cuyos ecos llegaron incluso hasta el otro lado del Atlántico. El médico de la familia examinó a la joven y confirmó definitivamente, que Annie estaba embarazada. Sarah Brighten odiaba intensamente a Haltoran, pero el paso del tiempo y la fuerza de los convencionalismos sociales más que otra cosa, impusieron que pese a su reticencia y aversión hacia Haltoran, se anunciara el compromiso de ambos, para mantener intacto el honor de la familia. Ambos jóvenes se prometieron. Haltoran contagió su alegría a la indecisa y temerosa Annie que lloraba continuamente, no por que fuera a tener un hijo de Haltoran, que deseaba fervientemente, si no por el disgusto que su familia se había llevado y sobre todo, por el funesto temor de que Haltoran la abandonara, dejándola sola con la criatura. Sin embargo, el padre de Annie fue más comprensivo dentro de lo que aquello suponía y enseguida simpatizó con su futuro yerno. Haltoran se puso a trabajar con el señor Brighten para labrarse una posición. Tan pronto como Haltoran pudo estar a solas con Annie la besó con pasión abrazándola tan fuerte, que Annie temió que pudiera dañar al niño.

La muchacha que había temido como si de una pesadilla se tratase, que Haltoran se desentendiera de ella, por haberse quedado encinta, lloró emocionada cuando el muchacho, eufórico y sin poder contener sus lágrimas de alegría dijo a Annie:

-Es, es, lo más hermoso y dulce…el más bello regalo….que podías hacerme, amor mío, un hijo ,un maravilloso hijo.

-Fruto de nuestro amor –dijo ella besándole apasionadamente.

-Voy a ser padre –dijo Haltoran abrazándola con ternura- ¿ cómo has podido creer que te abandonaría ? ahora estaré contigo para siempre, quiero estar siempre a tu lado, mi dulce y pequeña Annie, la madre de mi hijo y otros muchos que vendrán después.

-Aunque me lo podías haber dicho antes –dijo Haltoran algo contrariado.

-No estaba aun segura, por eso esperé a reunir más indicios, antes de decíroslo –declaró Annie un poco molesta, aunque por otra parte, el reproche de Haltoran estaba justificado. Soltarlo así de sopetón, delante de su madre y de él, pero no dijo nada.

En cuanto a Torrents, tal como le había prometido,Haltoran intercedió por él, ante el señor Brighten descargándole de toda responsabilidad, pese que su esposa presionaba para que le despellejaran vivo literalmente por no haber impedido que Annie viera a aquel patán. Pero el señor Brighten mantuvo a Torrents en su puesto para disgusto y horror de su mujer.

29

El encuentro entre Eliza y Haltoran, antes de los acontecimientos anteriores era tan necesario como previsible. Se encontraron en Chicago. Fue cordial y pacífico. Eliza empezó a hablar confesando a Haltoran sus sentimientos por Tom. Y cuando Haltoran fue a contarle su relación con Annie, la muchacha le informó de que ya lo sabía.

El muchacho, sorprendido e intrigado por como se había enterado tan rápidamente, le contó la verdad.

Pasearon juntos y llegaron a un bello y frondoso parque, donde, estuvieron hablando cordialmente, sin odios ni tirantez. Haltoran estaba esperando que en cualquier momento llegasen los reproches o las lágrimas y las escenas, pero nada de eso sucedió. En ese instante, Haltoran, que aun tenía algún remordimiento por tener que romper así con Eliza, pese a que ella iba a hacerlo de todos modos, se detuvo un momento y dijo mirándola:

-No vayas a creer que todo lo que sentí por ti era fingido. Llegué a a quererte, de verdad.

-Lo sé Haltoran, siempre fuiste honesto y bueno conmigo. Y siempre te estaré agradecido por todo, gracias a ti, todo el veneno y el rencor que tenía dentro de mí, se han ido disipando gradualmente.

-No digas eso –dijo Haltoran depositando una mano en su hombro- yo creo que no eres una mala persona, lo que ocurre, es ha habido un tiempo en que aun no conocías tu verdadera bondad, y tu hermano tampoco.

Eliza se ajustó el lazo que adornaba su cabellera. Se le hacía extraño que Haltoran no intentara jugar con él o gastarle aquellas pequeñas bromas con su pelo que solía hacerle cuando estaban juntos.

-Sí, supongo que hacíamos infeliz a la pobre Candy, quizás por envidia, puede que temiésemos que nos quitara el cariño de papá, no lo sé, pero por más vueltas que le he dado, nunca conseguí averiguar de donde podía proceder la razón de ese absurdo odio.

Siempre arrastraba al pobre Neal en mis maquinaciones, y mamá, me apoyaba. En un principio, Neal intentó disuadirme de portarme mal con nuestra nueva hermana, todavía le quedaba algún escrúpulo, pero terminé imponiéndole mi criterio, tan egoísta y mezquino.

Entonces Haltoran le propuso a Eliza que se sentaran en una terraza con varias sillas y mesas de madera donde atareados camareros iban y venían sirviendo a la nutrida clientela que ocupaba las mismas.

-Ven –dijo ciñiéndola amistosamente por el talle- te invito a tomar algo.

Haltoran se sentó y Eliza la imitó posando su sombrilla blanca junto a su silla.

-Sí es curioso –dijo Haltoran mientras estudiaba la carta- pero, supongo que, todos merecemos una oportunidad para cambiar. Y tú Eliza, y tu hermano Neal, habéis obrado un hermoso y esperanzador milagro, convirtiéndoos en unas excelentes personas.

Llegó el camarero y Haltoran pidió una cerveza, y Eliza prefirió un bocadillo. En otros tiempos hubiera rechazado asqueada semejante comida, pero con Haltoran y más con Tom, había aprendido a apreciar los pequeños detalles de la vida, que su arrogancia y egoismo le impedían saborear con toda plenitud.

La muchacha saboreó con deleite el bocadillo, y casi se atraganta al tratar de hablar con la boca llena.

Haltoran le palmeó la espalda y ambos rieron de buena gana.

-En otros momentos, me habría negado a probar semejante comida. La habría rechazado con cara de asco, así –puso una expresión engreída y forzada, riéndose a continuación de si misma.

Haltoran pagó las consumiciones manteniendo una pequeña disputa con Eliza porque ella también quería abonar el importe, sacando un pequeño monedero. Finalmente, Eliza fue la pagó al camarero.

Hablaron unos minutos más. Haltoran preguntó a Eliza por su madre:

-Supongo que me considerará poco más que un canalla, por haber roto nuestro compromiso.

-Bueno, -dijo Eliza entornando los ojos- no creas. Al principio se resistió un poco, a mi relación con Tom, pero en el fondo me pareció verla aliviada. Entre un inventor bohemio y el hijo de un ranchero con una más que considerable fortuna, parece que ve con mejores ojos la segunda opción. Ha terminado por aceptar a Tom. Después de haberse entrevistado con él, un par de veces y no parece que le haya caído mal. El que más lo ha sentido ha sido papá…y bueno Neal, que te echarán de menos, aunque ahora mi hermano, con su nueva familia no tiene tiempo para ocuparse de otras cosas.

-Sí, ya me comunicó el otro día que Susana está embarazada y esperando un niño –dijo Haltoran sonriente –le felicité también.

-Sí, y yo también tengo que hacer lo mismo contigo. Me alegro inmensamente por Annie y por ti, y por vuestro futuro hijo, aunque la aristocracia local, no te ve con buenos ojos. Te consideran un advenedizo y un buscavidas.

Haltoran sonrió y se encogió de hombros diciendo sinceramente:

-Me importa un pimiento lo que de nosotros pueda decir toda esa gente. Lo único que sé es que voy a casarme con Annie, que nos queremos, y que nuestro hijo nacerá en un hogar donde nunca faltará el amor. Y lo mismo te deseo a ti con Tom, Eliza –dijo Haltoran tendiéndole la mano afablemente.

Su antigua novia pareció sorprenderse. También ella suponía que Haltoran intentaría luchar por mantenerla a su lado y parecía un poco decepcionada, pero era mejor así, porque su noviazgo con Tom que ya era a todas luces oficial, no tenía ya marcha atrás. Asintió sonriente mientras estrechaba la mano de Haltoran que declaró:

-Espero que podamos seguir siendo amigos.

-Puedes apostar sobre seguro –dijo la muchacha con vehemencia- y te agradezco de corazón todos tus buenos deseos hacia mí y Tom. Espero que asistas a nuestra boda, cuando sea, estamos haciendo planes, pero aun no hay nada decidido, pero. ya lo sabes, Annie y tú estáis invitados. Espero que no nos decepcionéis y asistáis.

30

Aquel día Candy rindió peor en su trabajo que en otras ocasiones. Le dolía la cabeza y había empezado a tener nauseas y malestar general desde hacía unos días atrás, aunque no le había dado mayor importancia y pese a los requerimientos del preocupado Mark, se había opuesto a que el doctor Sellers la reconociera. Pero un sudor frío recorrió su frente y tuvo que sentarse en una silla del consultorio para no desmayarse. Se quitó la gorra blanca de su uniforme de enfermera, mientras sus rizos rubios apelmazados por el sudor caían en cascada sobre su frente. Se pasó la mano por la misma, para enjugarse el sudor y luego restregó sus ojos verdes porque su vista se nublaba a ratos, pero parecía que se estaba recobrando gradualmente. El solícito y preocupado doctor Sellers la hizo tenderse en la camilla de exploraciones a los pacientes, aunque Candy intentaba negarse repetidamente arguyendo que solo era un mareo pasajero, pero pese a sus protestas, su jefe la obligó a desvestirse y tenderse en la camilla para examinarla. Sellers esperó a que Candy detrás del biombo, se quedara en ropa interior y cuando lo hizo, y apareció de detrás del biombo, el galeno la reconoció con ojo experto. El atento médico la auscultó, le hizo diversas pruebas durante una hora y cuando terminó, adoptó un semblante serio. Candy creyendo que tenía algo importante y grave, se mostró alarmada preguntando al doctor mientras se vestía nuevamente, cuando este le autorizó a hacerlo:

-¿ Que tengo doctor ? –inquirió alarmada- ¿ es grave ?.

Entonces el doctor Sellers sonrió y dijo:

-Nada que nueve meses de cariño y cuidados no puedan resolver –dijo asintiendo.

Candy parpadeó asombrada mientras se iba enfundando su uniforme blanco de enfermera, intuyendo entre asustada y muy esperanzada, lo que su jefe pretendía decirle:

El doctor se giró sonriente y le dijo:

-Vas a tener un bebé. Enhorabuena Candy. Estás embarazada.

31

La felicidad era tal que no encontraba cabida en su corazón. Candy cubrió la escasa distancia que mediaba entre el consultorio y su casa en un santiamén. Ansiaba llegar cuanto antes, porque no veía el momento de darle la noticia a su esposo. Las lágrimas de felicidad caían de las comisuras de sus bellos ojos como esmeraldas.

"Un hijo, un hijo de Mark, nuestra felicidad no puede ser más completa" –se decía mientras apretaba el paso, ante los ojos de sus vecinos que la saludaban alegremente. Ella respondía eufórica a las muestras de afecto mientras volaba literalmente hacia su hogar. Abrió la portezuela de la tapia que cercaba su pequeño jardín y entró dando grandes voces:

-Mark, Mark, Mark –resonó su dulce y alegre voz por la pequeña propiedad. Entonces le vio. Mark estaba de espaldas, con el arma de asalto que tanto odiaba. Pareció no verla. Entonces, se dio cuenta de que estaba completamente concentrado en algo, que no podía adivinar que era. Entonces, Mark abrió sus ojos y desenfundó el arma negra y amenazadora de la cartuchera en la que la portaba, sobre su espalda. La amartilló volteándola en una milésima de segundo y apuntó sobre un blanco imaginario. Había utilizado tanto aquel instrumento mortal que de vez en cuando lo utilizaba casi mecánicamente para entrenar sus habilidades. Candy hizo una mueca de disgusto, pero no dijo nada. Estaba tan habituada a sorprenderle con el arma de guerra entre las manos, que muchas veces fingía no verlo, pero se le acercó y aunque Mark, ya sabía que estaba allí, prefirió no interrumpir el ejercicio. Entonces se giró con una sonrisa en los labios y grandes y brillantes lágrimas que rodaban por sus mejillas. Corrió hacia ella y la abrazó fuertemente musitando loco de alegría y de felicidad:

-Amor mío, es maravilloso, es tan hermoso….

Candy le suplicó que aflojara un poco la presión porque la estaba triturando literalmente las costillas El enamorado esposo se disculpó y apoyó su cabeza sobre el hombro izquierdo de Candy.

-¿ Ya, ya lo sabes ? –preguntó ella perpleja- pero cariño, si aun no te he dicho nada.

-Pero lo presentí el otro día, no solo por tus síntomas, si no al verte tan contenta, llamándome con esa alegría incomparable tuya, aunque tenía miedo de adelantar acontecimientos.

Candy le abrazó estrechamente y Mark completamente fuera de sí, por la euforia repetía:

-Un hijo, un hijo, que será tan hermoso y dulce como su madre.

Aquella alegría de Mark, hacía que su amor por él creciera por momentos. La enamorada muchacha le besó en los labios y susurró con voz emocionada:

-Y tan valiente, bueno y dulce como su padre –dijo quedamente.

-También podría ser niña –dijo Mark risueño- en cuyo caso, sería tan bonita como el ángel del que me enamoré en la hermosa colina de Pony.

-Oh Mark –dijo Candy llorando por los bellos halagos que Mark la prodigaba- me estás haciendo llorar, con esas cosas tan hermosas que me dices, soy, soy tan feliz….

Candy le besó en los labios y Mark la correspondió fundiéndose la feliz pareja en un beso tan largo como apasionado. Cuando se despegaron para respirar, Candy se percató de que Mark seguía llorando. Dos hilos de lágrimas bajaban por su rostro curtido brillando como perlas, desde sus ojos de azabache y resbalando por su brazo y manga para mojar las manos y las muñecas de Candy. Entonces se fijó que continuaba llevando encima el pesado lanzagranadas. Aquella escena era clavada al momento en que se le declaró poco después de tirar abajo con su descomunal poder, cuando su errática trayectoria por el aire, le llevó a colisionar sin pretenderlo con la fuente de Cupido de una tonelada, preferida de Albert. Candy evocó como su marido, aferrándola delicadamente por los hombros, cerraba en aquel momento, los ojos y un torrente de lágrimas se dispersaban, y algunas lo hacían por el viento reinante, en el aire en forma de claros regueros líquidos. Los cabellos negros removidos por el aire, la gruesa correa de cuero con aquella descomunal hebilla que sujetaba la funda del lanzagranadas, y los grandes agujeros, que atravesaba su torso en diagonal, la sangre que le manaba goteando desde el hombro derecho, Entonces le dijo:

-Candy….yo…..te amo…..perdóname…por quererte.

Mark le estaba suplicando que le amase, y disculpándose por ello al mismo tiempo, porque temía herirla y provocar asco en ella.

Entonces notó como algo se removía en su mente, y una pena muy honda se abría en su corazón, desplazando al miedo y a la incertidumbre que el entonces enorme Mark, porque su estatura era de dos metros, que luego redujo por ella, manipulando su estructura molecular, cosa que casi le cuesta la vida, dando paso a un incipiente amor, que realmente había nacido en la Colina de Pony, cuando el fuego nuclear del iridium le arrebató desde el siglo XXI, hasta 1912. Solo que en aquel entonces no podía saber nada de aquello.

Se quedó sorprendida lo idéntico que era aquel momento a la declaración de amor de Mark:

"Es exactamente como pasó, solo que en vez de estar en la mansión señorial de Lakewood, vivimos ahora en una pequeña casa de campo alquilada en Inglaterra y Mark entonces medía dos metros, en vez de uno setenta y cinco como ahora. Y por lo menos ahora no le bajan esos horribles regueros de sangre, que me ponen de los nervios cada vez que los veo. Pobre amor mío, como sufría entonces y como se estremecía…y yo con él. Jamás me ha causado daño alguno, nunca me ha obligado a hacer nada que no quisiera, y hay una bondad natural tan grande en su alma…..,-suspiró mientras su corazón se aceleraba- por eso le amo tanto." –se dijo llevándose la mano derecha al pecho, mientras que adelantaba la izquierda para tocarle la mejilla.

Sonrió ante el bello pero crudo recuerdo y dijo acariciándole la mejilla izquierda:

-Mark, no llores tú tampoco ahora. Eres un sentimental, lo mismo que yo…anda…al final, vamos a acabar hechos un mar de lágrimas los dos el resto del día. Y quítate esa arma de encima, sabes que no me gustan esos malditos artilugios –dijo frunciendo el ceño, arrugando su nariz pecosa y respingona.

32

-Candy tienes una conferencia procedente de Chicago.

La muchacha se giró apremiante sobre sus talones, mientras el vuelo de su falda de enfermera revoloteaba al hacerlo, cuando la voz de su jefe el amable doctor Sellers le informó de la procedencia de la llamada.

-Me parece que han dicho que es de casa Legan –dijo el buen hombre rascándose la frondosa barba mientras su hija pequeña, la misma que Candy curara aquella pequeña herida que se hizo jugando, tironeaba de la pernera de sus pantalones, reclamando su atención para que la cogiera en brazos.

Candy cogió el auricular con el corazón palpitante. Hacía dos semanas que Sellers le había comunicado la buena noticia y la joven y primeriza madre estaba que aun no podía creérselo. La muchacha se puso el auricular en la oreja, mientras al otro lado del Atlántico la voz sollozante, casi suplicante de su madre le dijo:

-Candy hija mía, tengo tantas ganas de volver a verte.

-Mamá –dijo la muchacha mientras se apartaba un rizo dorado que le bajaba desde la visera de su gorra de enfermera haciéndole cosquillas. Sus ojos de esmeralda estaban cargados de lágrimas –perdóname por no haberte llamado antes, yo, yo también tengo ganas de verte. Mark ha ido a comprar los pasajes, se, se me había pasado decirte que vamos a Estados Unidos. Salimos mañana por la mañana, en el Mauritania.

Candy era única para recrear situaciones pasadas de su vida. Había otros barcos más rápidos, pero eligió el Mauritania. Entonces Candy, le anunció ilusionada de sopetón:

-Mamá, vas a tener un nieto –dijo Candy risueña y balanceándose sobre sus pies, de un lado a otro alternativamente.

-Ya, ya, querida –dijo su madre asintiendo- y tú vas a ser su tía. Tengo tantas ganas de abrazarte y que estés aquí para cuando el bebé nazca.

Candy dio un respingo y alejó el auricular de su oreja con sorpresa. Soltó una risita y movió la cabeza cerrando los ojos. Su madre se había confundido. Tomó aire ante las miradas divertidas del doctor y su hija a la que había cogido en brazos. La voz apremiante de su madre clamaba al aire desde el otro lado del teléfono:

-Hija, hija, ¿ sigues ahí ?

-Mamá, no me he explicado bien, vas a tener otro nieto…o nieta….porque aun no sabemos que será. Voy a tener un niño.

La señora Legan soltó una fuerte exclamación de sorpresa, que taladró los oídos de la muchacha, para irse transformando en una nerviosa y repentina alegría.

-Pero, pero, pero…hija –dijo la confundida señora Legan- ¿ estás, estás completamente…segura ?

Candy asintió radiante moviendo la cabeza con firmeza como si su madre pudiera verla en esos momentos.

-Completamente mamá, voy a tener un bebé y mi marido y yo….-se llevó la mano derecha a la altura del corazón- no…no…puedo describírtelo madre, es….es maravilloso. Yo…

-Hija mía, coincido contigo, es lo más maravilloso que has podido decirme, aparte de que salís mañana para aquí.

-Sí –dijo Candy mirando afectuosamente a su jefe mientras pellizcaba con cariño los mofletes de su hija pequeña- mi jefe el doctor me da dos semanas de vacaciones y ha convencido a su hermano el librero, aquel señor bajito tan simpático del que te hablé, ¿ o lo hizo Maikel ?, que haga lo mismo con Mark.

-¿ Cómo va la guerra querida niña ? –dijo Helen arreglándose el peinado mientras se contemplaba en el espejo- ¿ han vuelto a bombardear otra vez ?

-Aquí no mamá, suelen respetar las zonas rurales, o bien pasan de largo, pero en Londres y en Bristol han lanzado algunas bombas, pero parece que esta vez no ha habido víctimas afortunadamente.

La madre de Candy soltó un suspiro de alivio mientras un maullido sonaba entre sus pies. Una pequeña gata siamesa se enroscaba entre sus piernas ronroneando y reclamando su atención:

-Ahora no Silvia –dijo su ama contrariada, estoy ocupada- Candy escuchó los estridentes lamentos del felino reclamando atención y mimos de la señora Legan. Cuantos recuerdos, pensaba. La gata rompió un jarrón y ensuciaba continuamente adrede cuanto limpiaba para mortificarla, como cuando derramó el tintero y puso la mesa y el suelo perdidos imprimiendo las huellas de sus patas. Y cuando Helen Legan se arrodilló ante ella para pedirla perdón, hasta el pequeño animal parecía intentar hacerse perdonar. Poco después envuelto en una columna de fuego llegaría Mark y a la siguiente vez la rescataría de las furiosas y embravecidas aguas.

Finalmente Helen Legan optó por coger al inquieto animal y rascarle la cabeza mientras se sentaba para que reposara en su regazo. Antes jamás habría hecho tal cosa y ahora disfrutaba cuidando del pequeño animal que soltó un ronroneo de placer mientras cerraba sus ojos verdes y restregaba sus bigotes contra los dedos de su dueña.

-Hija, cuídate y venid cuanto antes. Tengo ganas de veros. Y no te preocupes por Albert, parece que ha recapacitado y de hecho, está dispuesto a pedirte perdón ante toda la familia admitiéndote de nuevo como miembro de pleno derecho, lo mismo que a los amigos de tu marido.

Aquellas palabras colmaron la dicha de Candy. ¿ Sería posible que Albert hubiera vuelto a recobrar la cordura y ser el protector bueno y noble como había sido hasta aquel aciago momento ?

Madre e hija se despidieron albergando la esperanza de un largamente anhelado y soñado reencuentro. Candy colgó el auricular con cuidado que hizo un musical "Clin" al depositarlo sobre su horquilla y se puso a danzar por toda la consulta con Becky, la hija del doctor, que desde aquel día en que curó su pequeño rasponazo, la adoraba. Por su parte Helen Legan se secaba las lágrimas que afloraban a sus ojos, que ya no tenían una expresión de altivez y desprecio porque Candy le había enseñado a adoptar otra más pacífica y humana. El afecto materno la había transformado radicalmente.

33

Pero el poderoso multimillonario no era feliz. De aquel muchacho alegre, y desprendido que cuidaba de sus animales y era tan generoso y bueno, ya no quedaba nada o muy poco. La ira le había transformado y se pasaba horas sentado en el sillón que presidía su enorme despacho, ahogando sus penas en alcohol, observando con rabia el rostro hermoso y angelical de Candy, que le miraba desde un retrato que había hecho pintar expresamente para ella, pero que al final se había quedado él. Pero las penas sabían nadar en el oscuro y viscoso licor.

-Maldito Mark –musitaba mientras se servía el enésimo vaso de vino- me quitaste su amor. Si no hubiera sido por….por esos cinco minutos, cinco escasos minutos que tardé en encontrar a Candy por casualidad –exclamó alzando la mano con los dedos extendidos- yo ocuparía tu lugar –dijo cogiendo de improviso la botella y estrellándola contra la pared que estalló en mil pedazos, dejando otra mancha oscura en la misma.

-Y luego –dijo ya totalmente ebrio- luego llegaste y la salvaste de esa maldita cascada. Otra oportunidad perdida para tener su afecto- realizó un brindis a un imaginario interlocutor y añadió con voz gangosa- estaba cerca, muy cerca –recalcó- y corrí hacia ella, pero cuando iba a arrojarme al agua para sacarla, llegaste tú, volando desprendiendo esa luz…esa luz…, gracias a ese dichoso iridium, ese veneno de otro tiempo…. –chasqueó la lengua. El regusto del vino le resultaba desagradable y se levantó y empezó a caminar por todo el despacho, tambaleándose por efecto del alcohol- ¡! Y me la quitaste de nuevo ¡!! –dijo fuera de sí, para acabar de rodillas ante el retrato de Candy que pendía de la pared sobre la chimenea y ponerse a llorar, convulsionándose, presa del dolor y aquejado por un fuerte sufrimiento.

-¿ Por qué Candy ? ¿ por qué le preferiste a él ? y él, le salvé la vida, y en premio me quita a mi Candy, mi luz, ese ángel que habría podido dar sentido a mi miserable vida –dijo lanzando con rabia un valioso jarrón, que se hizo añicos contra la alfombra persa.

Con todo su poder e influencia, con todo el dinero que atesoraba, no podía hacer nada contra el indisoluble amor que vinculaba a Mark y a Candy posiblemente de por vida. Sus billetes, todos sus millones de dólares no podían hacer frente al poder del amor ni al mortal, probablemente más fuerte de la Tierra.

-¿ Por queeeeee ? –gritó desesperado convulsionándose y escondiendo la cabeza entre sus manos para llorar amargamente, mientras se mesaba sus cabellos rubios con desesperación.

Pero el sonriente retrato de la chica de cabellos ensortijados y dorados, adornados con una sencilla corona de rosas, y ojos como esmeraldas de fuego, no le dio ninguna respuesta. Allí estaba sonriéndole, como si se burlara de él, como si le restregara ante su semblante apenado, su inhumana belleza con sorna.

Albert se tiró del cabello y algunos mechones rubios quedaron entre sus manos. Ni su mascota, la mofeta Puppe podía ya animarle. Ni se atrevía a hacerlo. El pequeño animal ahora huía muy asustado cada vez que le veía, temerosa de su ira, porque en su ciega furia, había empezado a maltratar a sus otrora amigos del alma. Los sirvientes acobardados, por sus explosiones de cólera, no se atrevían a entrar tampoco, ni a llamar siquiera a las grandes puertas de caoba, adornadas con filigranas de plata, de su despacho.

-Y encima dije que le pediré perdón, ¡! Yo, cuando es ella la que debería arrastrarse ante mí… ¡!, ¡!! Yo que le di un apellido, un nombre, que la saqué del arroyo y me lo paga, casándose con un fantasma, con una sombra de otro tiempo! –elevó el tono de voz como si aquello fuera a provocar que el retrato de su imposible amor le fuera a responder o dar una opinión.

-No es justo –dijo el millonario cuyo desaliñado aspecto y extravagante comportamiento, había provocado más de un comentario y rumores de todo tipo, en los selectos ambientes de la alta sociedad y un más que velado reproche de la tía-abuela Elroy.

En ese instante se abrió la puerta de su despacho y la figura un tanto siniestra de un hombre elegantemente vestido le observó desde la penumbra. El atormentado patriarca de los Andrew se giró y no dio muestras de reconocer al desconocido visitante.

-¿ Quién es usted ? ¿ como ha entrado aquí ? –preguntó desabridamente hipando y dando una imagen realmente patética.

El hombre de finos e impecables modales, vestido a la última y de forma impoluta entró y le ayudó a incorporase sentándole en su sillón de trabajo, sin ningún esfuerzo, pese a su aparente fragilidad. Albert demasiado cansado o borracho, o las dos cosas a la vez, para resistirse, le dejó hacer.

-Mi nombre es Ettiene Colbert, y su diligente servidumbre me dejó pasar en cuanto mencioné algunos datos precisos acerca de su persona, señor Andrew., pero iré directamente al asunto que me ha traído hasta aquí ¿ le suena el nombre de James Norden ?

Albert abrió sus ojos verdes que brillaron intensamente. Como no acertaba a articular palabra por la sorpresa, Ettiene sonrió dejando entrever una perfecta dentadura:

-Norden, era impetuoso, pero un buen y valioso aliado. No nos llevábamos muy bien, pero he de reconocer que admiré su valerosa forma de morir.

Se adelantó para acercar su rostro al de Albert y decir con voz sibilante, casi en un susurro:

-Usted quiere tenerla a ella –dijo haciendo una señal con la cabeza al cuadro de vivos colores, y en el que el artista había sabido plasmar a la perfección, toda la esplendorosa belleza de Candy, y que estaba colgado sobre Albert- y nosotros queremos conseguir que ese maldito Mark deje de ser una amenaza para nuestros planes. Y de paso, procurarnos la venganza contra él y ese Haltoran, señor Andrew –dijo ocupando de nuevo su asiento- tenemos que hablar muy seriamente –añadió entrelazando los cuidados dedos sobre la rodilla derecha, al tiempo que cruzaba una pierna sobre la otra.

34

Hacía dos días que el Mauritania había partido. Mark contemplaba el mar encrespado acodado en la barandilla de la segunda cubierta, justo en el mismo lugar en que encontrara a Candy rescatándola y frustrando los propósitos de Albert Andrew.

"Albert" –se dijo Mark pensando en él repentinamente- "debe estar furioso, porque llegué antes que él al encuentro de Candy".

Se había puesto la cazadora negra de cuero, el pantalón vaquero y la camisa a cuadros blanca que traía cuando la conoció por primera vez. Una gaviota picó hacia las olas y voló a ras del agua consiguiendo atrapar un veloz pez que pugnaba por escabullirse de su perseguidor. Enseguida dejó de pensar en Albert, y se centró en todas las aventuras y vivencias acumuladas, en los obstáculos que tuvo que vencer hasta que finalmente, Candy y él como marido y mujer, habían culminado su felicidad con un futuro hijo.

Candy llevaba el mismo vestido que aquel día cuando Mark se presentó descendiendo sobre el barco para llevársela con él, con la ayuda de Haltoran. Como entonces, había una deslumbrante fiesta, y exactamente igual, Candy salió buscándole, poniéndose el mismo chal de color verde oscuro sobre los hombros, en torno a la banda roja que orlaba el pequeño escote de su vestido de noche, con un lazo rojo en torno a la cintura, temerosa esta vez de no encontrarle. Miró hacia los lados y se cruzó con algunos pasajeros que echaban miradas de soslayo a la indumentaria de Mark, pero aquello no le importaba en absoluto. Entonces le divisó acodado en la barandilla contemplando el mar sobre el que rielaba una blanca luna. Se detuvo un momento antes de ir a su encuentro, para admirarle. El cabello negro como la noche que envolvía al barco, sus ojos de azabache que tantas veces se habían llenado de lágrimas, y que como en tantas ocasiones, había contemplado con amor, sus músculos, su porte varonil y triste a veces. Entonces Mark, asegurándose de que estaba solo, extendió una mano y cerrando el puño hizo que el iridium envolviera en llamas su extremidad. Las venas de su muñeca resplandecían mientras el caprichoso compuesto era bombeado por su sistema circulatorio.

Observó las voraces llamas Entonces hizo que trazaran en el aire el nombre de su esposa. Candy se sobrecogió, pero no podía dejar de mirarle. Se sentía fascinada y repelida a la vez por aquel espectáculo de fuego y de luz.

-Aun sigues conmigo –dijo Mark pensativo refiriéndose al iridium- iridiam sangis –dijo en latín.

Abrió el puño y las llamas se esfumaron por arte de magia, como si nunca hubieran existido, disipando las letras de fuego que había creado suspendidas en el aire.

-Sangre de iridium –dijo en voz alta y mirando en derredor. Entonces distinguió los rizos rubios de la caballera de Candy ornamentada por la misma cinta roja que llevara en aquella otra ocasión, que le contemplaba con sus verdes ojos de esmeralda.

Mark se sobresaltó y avanzó hacia ella. Pero su esposa llegó antes que él y le estrechó entre sus brazos.

-Perdóname cariño –dijo Mark acariciando sus cabellos con ternura- no pretendía asustarse ni dar un espectáculo, pero a veces –dijo contemplando el mar mientras besaba a Candy suavemente en los labios –a veces- repitió- cuando estoy a solas tiendo a repasar mi vida y me pongo melancólico, haciendo gestos como el que has visto, supongo para recordarme la responsabilidad que conlleva este poder, no espero que lo entiendas.

-No te preocupes Mark –dijo la chica apretándose con fuerza contra él- lo que has hecho era muy hermoso, como cuando trazaste aquel corazón con el agua del lago de donde me salvaste.

Mark la contempló. Llevaba un bonito broche en forma de flor en torno a su cuello.

-Te has vestido como aquel día –dijo Mark tomándola con delicadeza por los hombros- supongo que para evocar aquel momento.

-Me preguntaste por mi vestido cuando llegamos a Inglaterra, ¿ recuerdas ? pensé que te gustaría verme con él puesto, con más calma, sin nada que nos agobiase –bromeó ella.

-Estás preciosa –dijo Mark galantemente, que no se cansaba de admirarla y amarla.

Permanecieron abrazados en silencio, contemplando el oscuro mar, y las estelas de espuma que los motores del Mauritania iban dejando a su paso en la superficie del Atlántico. Mark miraba el horizonte sumido en sus reflexiones.

Candy reclinó su cabeza en el pecho de su marido. Mark sintió un estremecimiento de pasión y de orgullo. Rodeó a Candy con sus brazos intentando no ejercer mucha presión para no hacerla daño.

El viento mecía suavemente el largo vestido de noche de Candy y los cabellos de ambos esposos.

-¿ En que piensas Mark ?

-En la guerra, en como te decepcioné Candy, no sabes –dijo crispando los puños con sincera rabia y cerrando los ojos- cuando lamenté el no haber hecho realidad tus sueños de un mundo en paz, pero, pero –calló un momento para contemplar la constelación del Aguila que brillaba ligeramente a años luz de allí- las consecuencias eran peores que…

Entonces su esposa le puso una mano en los labios y dijo en voz baja:

-En realidad, ya cumpliste mis sueños.

Mark dio muestras de no entenderla, moviendo la cabeza con interés.

Candy le dirigió una mirada enamorada. Los ojos de ambos se encontraron. Mark no podía concebir tanta belleza atesorada en un ser humano. Candy pensaba lo mismo de él, como no podía creer tampoco, que existiera un hombre tan bueno, dulce y amable con ella como aquel, además de valiente.

-Mi sueño eres tú, amor mío.

-Candy –dijo Mark temblorosamente mientras la besaba lentamente y ella le correspondía.

-Candy, mi amor. Eres como una estrella que hubiera bajado a la tierra, tomando forma humana en una preciosa y bellísima mujer, para hacer realidad un anhelo, un sueño de amor.

Candy rió ante la galante comparación y dijo halagada y muy emocionada:

-No sabía que además de viajero del tiempo, mi esposo y mi caballero, fueras mi devoto poeta.

-No tengo el talento de Haltoran, pero a veces, en noches así –dijo moviendo el brazo en derredor para abarcar el paisaje del mar en la oscuridad- me siento inspirado.

Mark contempló las estrellas y extendiendo el brazo izquierdo, mientras con el otro ceñía el talle de Candy señaló una constelación y dijo:

-Mira, es la constelación del Aguila. Ella era mi guardiana, cuando fuí un caballero del Diamante.

Candy asintió mientras esbozaba una sonrisa.

-Sí, ya me lo contaste.

Allí está Pegaso, y más allá el cisne, y un poco más lejos la del dragón –decía el joven con entusiasmo. A Candy le costaba un poco seguir sus explicaciones.

Entonces calló de repente y su semblante se ensombreció alarmando a Candy.

-¿ Mark que te ocurre ? tus ojos…me dan miedo.

-Estaba pensando en esa maldita organización que arruinó a mi maestro y que quiere dominar el mundo.

Candy sintió una punzada de temor.

-¿ Crees que aun intentarán hacer algo ?

Mark negó con la cabeza y dijo:

-Tienen mucho poder, pero no creo que se atrevan a hacer nada –dijo Mark tranquilizándola mientras acariciaba sus cabellos rubios.

Lo de Norden fue más que una advertencia y un aviso.

Al escuchar aquel nombre Candy notó un escalofrío que le bajó por la espina dorsal.

-No menciones ese nombre Mark, por favor, me da repeluznos. Pobre Annie, ese maldito cerdo la secuestró. Aun tiene pesadillas con aquello.

-Pero Haltoran la rescató y mira…su amor ha vuelto a renacer.

-¿ No es hermoso ? –preguntó Candy acercándose más a su esposo.

Candy ya conocía por otra conversación telefónica con su madre, que Eliza salía con un antiguo amigo de infancia suyo: Tom,

Entonces se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios y declaró:

-Parece que mi hermana y él, han acabado su relación como buenos amigos. En el pasado, cuando me adoptaron como dama de compañía suya, ella no habría perdonado fácilmente una cosa así. Se lo hubiera tomado como una ofensa personal.

Mark se fijó en una estrella fugaz que pasaba por la línea del horizonte dejando una brillante estela a su paso.

-Sí llego a estar allí cuando te arrojaron esa jarra de agua encima, con mi inexperiencia y mi temperamento de entonces, no sé, quizás habría derribado el balcón con ellos dos asomados, como hice con la fuente la segunda vez que te ví, aunque eso fue sin mala intención –dijo rodeándola con sus brazos desde atrás y besándola en donde la cinta roja adornaba su pelo rubio rizado.

-No te lo habría consentido –dijo Candy volviéndose para mirarle, aunque ya se que no lo habrías hecho.

Mark enarcó las cejas provocando la hilaridad de su esposa.

-Tu bondad natural, y tu amor por mí, te habrían disuadido de hacerlo.

Entonces un destello refulgió en la oscuridad. Una estructura metálica y cuadrada pintada en negro, con una bandera ondeante, sobresalía entre las olas. Mark se sobresaltó y dijo a media voz:

-No, no, otra vez, mierda –masculló.

-Mark –le reprendió Candy con voz chillona.

-Es un u-boot –dijo separándose de Candy y señalandólo con el dedo índice de la mano derecha, mientras en un movimiento que los ojos de Candy ni percibieron extrajo su arma de asalto que estaba plegada. Haltoran le había ayudado a reconstruirla, arreglando además los desperfectos en el mecanismo de repliegue, provocados durante la batalla contra Norden y sus tropas.

-¿ Un qué ? –preguntó alargando las sílabas finales, Candy volviendo a asustarse ante la torva mirada de Mark.

-Un submarino Candy, un submarino alemán, he visto la torreta con la bandera imperial y el periscopio. No creo que ataquen un barco de pasajeros, pero por si acaso….-tocó un botón y el renacido RPG-12 se desplegó en un santiamén produciendo un leve sonido neumático cuando los servos y mecanismos de extensión del arma, entraron en acción, ante la enfurecida muchacha que no soportaba siquiera la sola mención del arma o su vista.

-No es momento de rabietas Candy –dijo Mark alterado- siento que todos nuestros mejores momentos sean arruinados por h o por b, pero no podemos exponernos a que hundan el Mauritania.

-¿ Hundirlo ? ¿ por qué ? –dijo Candy con el miedo pintado en sus bellos ojos –si tú has dicho que al ser un barco de pasajeros no corre peligro. Además sería un crimen espantoso.

-Lo sé cariño, y así debería ser, pero -dijo volteando el arma para amartillarla, tan rápido que los ojos de Candy no pudieron siquiera intuir el fugaz y veloz movimiento - ya habido casos de barcos aparentemente neutrales que han pasado municiones y pertrechos a la Entente, Inglaterra, Francia y Rusia, los enemigos de las potencias Centrales, el imperio alemán y el austrohúngaro del otro lado y por si acaso, tengo que estar prevenido. Y estamos en guerra, Candy, y la vida no vale mucho, en estos tiempos por desgracia –dijo liberando los seguros de la munición explosiva, moviendo dos palancas laterales del arma.

Candy contempló la negra y ominosa arma que brillaba siniestramente a la luz de la luna, recién aceitada y limpiada, lista para disparar.

-¿ No irás a abrir fuego verdad, Mark ?

-A menos que nos pongan a prueba –dijo Mark mientras rebuscaba en su mochila y sacaba una granada cónica anti-tanque enroscándola en el cañón con cuidado. Espero que no haga falta.

En ese momento como esperando que Mark dijera aquello para desmentirle cruelmente, el submarino disparó una salva de tres torpedos.

-Mierda –masculló Mark y dijo con voz de trueno:

-Hazte a un lado Candy, esos bastardos nos están atacando.

-No –dijo la muchacha ahogando un grito.

-No discutas cariño, y ponte detrás de mí para que pueda protegerte. Y no te muevas. Si te agitas tanto, no podré enfocar la mira con precisión y podrían herirte.

La chica obedeció, aunque de mala gana.

Mark apuntó al primer torpedo y tiró del disparador. El proyectil cónico salió a alta velocidad produciendo un siniestro ulular que martilleó los sensibles oídos de Candy, que se los tapó con las manos, chillando despavorida.

"Perdóname mi querida Candy" –pensó Mark mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas ante el sufrimiento de su mujer.

A Mark le estaban torturando horriblemente, los gritos de su esposa, pero no debía distraerse en ayudarla, aunque lo ansiaba, ni podía perder de vista ni un segundo, los siniestros torpedos negros que se aproximaban tan rápido como sus hélices giratorias, se lo permitían. El proyectil de finales del siglo XX hizo blanco contra la espoleta de su homólogo submarino de principios del mismo siglo, provocando una fuerte explosión cuya onda expansiva hizo detonar el segundo torpedo que navegaba raudo muy cerca de su hermano.

La explosión alarmó al pasaje y a la tripulación. El capitán ordenó que algunos marineros armados fueran a averiguar que pasaba. Cuando vieron a Mark con la extraña arma pensaron que pretendía sabotear o dañar al Mauritania, pero Mark improvisó rápidamente haciéndoles dudar:

-Soy el teniente Anderson, de la Marina Real. Nos está atacando un submarino alemán y estoy tratando de rechazar el ataque con esta pieza de artillería portátil.

Candy le observó perpleja, pero Mark la silenció con una mirada cómplice.

"Demasiado bonito que se lo creyeran" –dijo Mark entre dientes para sí.

Increíblemente, le tomaron en serio y repararon en Candy. La joven seguía tendida en la cubierta a la que se había arrojado por un acto reflejo, aunque no violentamente, causado por el intenso miedo. No obstante, había puesto especial cuidado, por su bebé.

-Ayuden a mi esposa. Y tengan cuidado, está embarazada. Yo tengo que repeler aun a ese submarino.

"Como le pase algo a mi esposa o a mi hijo, os volaré en mil pedazos." –pensó apuntando cuidadosamente el colimador sobre la torreta, y haciendo correcciones de tiro, al tiempo que un brillo siniestro refulgía en sus ojos negros de azabache, resaltando la veracidad de la velada amenaza.

Dos marineros tomaron con delicadeza a Candy de los hombros y la levantaron, con intención de llevársela a un camarote, por su propia seguridad, pero la chica se zafó de los marinos y abrazó a Mark con fuerza.

-No –dijo tajante haciendo que los marineros titubearan, -me quedo con mi esposo.

-Señorita esto es peligroso. Tiene que acompañarnos.

-¡! No ¡! –repitió con terca determinación Candy agarrándose a Mark con desesperación y furia que hizo dudar a los marineros.

El tercer torpedo venía rezagado, pero continuaba su avance. Mark cogió otra granada cónica y la enroscó de la misma forma que la anterior. Amartilló el arma haciendo un molinete. Los marinos le observaban entre admirados y asombrados.

-Nunca he visto un arma semejante –dijo uno de ellos tartamudeando.

-Es como un cañón a escala reducida –concluyó otro boquiabierto.

--Es un nuevo modelo o prototipo que estamos evaluando en secreto –dijo Mark asintiendo con sangre fría, incapaz de creer que se siguieran tragando sus embustes, con tan increíble suerte.

Apuntó y disparó. Otro ensordecedor silbido junto con una nube de gases que les hizo toser y la ojiva cónica voló sobre las aguas chocando contra el torpedo haciéndolo estallar con estruendo, que levantó una gran columna de agua que estuvo a punto de hacer que Candy y los marineros rodaran por la cubierta.

Mark rápidamente se agachó y sacó de la mochila otro proyectil con el que cargó el arma a velocidad frenética. Realizó un molinete para amartillarla ante los incrédulos marinos que ni la vieron de lo rápido que la hizo girar en un círculo perfecto.

Buscó más indicios de nuevos torpedos con ojo experto, pero no se veía nada. Entonces se formaron unas burbujas de aire en la superficie y con un sordo rumor, que fue en aumento, la quilla del U-booat apareció sobresaltando a todos menos a Mark, que continuaba apuntando al buque enemigo. Candy le abrazó con fuerza. Aquella suave presión contra su espalda le infundía valor y le hacía sentirse orgulloso y querido. El submarino emergió junto al Mauritania a distancia para, curiosamente, no hundirlo esta vez. Se abrió la escotilla de la superestructura y un oficial tocado con un gorra blanca, miró fijamente a Mark, haciendo un saludo militar. Aquel hombre de ojos fríos tenía sin duda un sentido de la caballerosidad, que la guerra, a medida que fuera desarrollándose se ocuparía de ir eliminando de todos sus participantes, en menor o mayor medida, con su salvajismo. Mark le respondió de idéntica forma con mirada gélida. Ambos hombres asintieron y el capitán dijo algo en alemán. Mark bajó lentamente su arma. El capitán alemán soltó una carcajada y desapareciendo en el interior de su nave, impartió algunas órdenes en alemán, y esta comenzó a sumergirse lentamente, tan pronto como cerró la escotilla tras de si con un gemido neumático, hasta que desapareció de su vista, navegando entre dos aguas.

-Lo mismo digo capitán –dijo Mark lacónicamente, volviendo a respirar tras contener el aliento, plegando el RPG-12 al tocar el botón y observando aliviado, como el submarino se iba alejando gradualmente.

-¿ Que ha dicho Mark ? –quiso saber Candy, sorprendida de que Mark también supiera alemán, mientras la ayudaba a ponerse en pie.

-Nos ha deseado buen viaje a Estados Unidos y que seria una lástima hundir un barco tan magnífico –dijo Mark guardando el arma de nuevo.

Mientras, un pequeño grupo de viajeros, que fue aumentando gradualmente de tamaño y que habían abandonado sus camarotes y la misma fiesta, le aplaudieron efusivamente dedicándole una larga y cerrada ovación. La propia orquesta, que estaba fuera en pleno del salón donde amenizaban el baile, empezó a entonar el himno inglés.

-También me ha dicho –dijo susurrando al oído de Candy, que me envidiaba.

-¿ Por qué ? –preguntó Candy extrañada.

-Me ha felicitado por tener una esposa tan hermosa y ha deseado que nuestro hijo crezca sano y fuerte. Lo oyó cuando le dije a los marineros que tuvieran cuidado al ayudarte. El también entendía el inglés.

35

-A la salud del teniente Anderson –corearon varias voces.

-A la salud de su bella esposa y de su futuro hijo –dijo el capitán levantando su copa mientras todo el mundo les imitaba.

El supuesto teniente Anderson estaba siendo homenajeado por la tripulación y el pasaje, en la fiesta que se había reanudado en todo su esplendor. La orquesta continuó tocando sus bellas melodías. Mark, que había ido a cambiar sus extravagantes ropas, según criterio de varias damas, por un smoking estuvo atendiendo a los invitados, junto con Candy. Se había convertido en el héroe de la velada al salvar al Mauritania de ser torpedeado y echado a pique. Varios oficiales se le aproximaron y empezaron a conversar con él:

-Teniente, es un honor para mí saludarle –dijo uno de ellos estrechándole efusivamente la mano- de no ser por valientes marinos como usted, Inglaterra ya habría sucumbido ante el enemigo y nuestro querido barco hubiera sido hundido irremisiblemente.

Mark estaba cómodo en aquella atmósfera, aunque los halagos no hacían mella en su profunda modestia. Candy bebió también a la salud de su esposo, un sorbo de champan, aunque su tradicional aversión al alcohol, se manifestó nuevamente. La muchacha empezó a soltar pequeños y sonoros hips. Mark corrió a su lado y abrazándola le preguntó solicito:

-Cariño, ¿ estás bien ? No deberías tomar alcohol. Ya sabes que te sienta mal.

La joven sonrió guiñándole un ojo y besándole en la mejilla dijo:

-No podía dejar de brindar por mi valiente y guapo teniente de la Royal Navy.

Los oficiales aplaudieron las palabras de su esposa y algunos jóvenes marinos la besaron la mano haciendo cola para saludarla y presentándola sus respetos. Candy se ruborizó ante la avalancha de caballeros que pretendían presentarle sus respetos.

-Teniente, ¿ me da usted su permiso para bailar con su hermosa mujer ? –preguntó el capitán del Mauritania.

Mark observó a Candy y esta asintió esbozando una preciosa sonrisa. El joven quedó a solas con los oficiales mientras el capitán sacaba a bailar a Candy una lenta y melancólica melodía. El resto de parejas les imitaron. Mark tomó un poco de champan y un oficial de los que estaban con él departiendo le preguntó con deferencia:

-¿ En que buque sirve usted teniente ?

Mark pensó rápidamente y dijo sin titubear:

-En el HMS Príncipe Negro, un bello y resistente acorazado.

Varios murmullos de aprobación y cabezas que asentían secundaron su opinión.

Mark opinaba que en cualquier momento el engaño terminaría por descubrirse. Ya estaba durando demasiado. Aunque afortunadamente, no fue así.

-¿ Estuvo usted en Jutlandia ? –preguntó un anciano almirante de cabellos blancos, largos bigotes en forma de manillar y monóculo en el ojo izquierdo, con el pecho de su guerrera blanca, cubierto de medallas y condecoraciones. Mark tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse.

-Sí –dijo el joven "teniente".

Mark repasó sus conocimientos de historia y consiguió salir más o menos airoso de las preguntas que los engolados oficiales le hacían sin sospechar que involuntariamente le estaban poniendo en un aprieto.

-¿ Cuántos cañones dispararon aquel día ?

-¿ Llegaron a avistar a los alemanes ?

-¿ Que tal está el viejo Jellicoe?

Mark sabía que históricamente en la práctica, Jutlandia fue más bien una victoria táctica alemana que inglesa, pero se mordió la lengua y se cuidó mucho de decir nada al respecto.

Respondió con resolución a las cuestiones y finalmente, al ser reclamados por sus esposas, novias o acompañantes le fueron dejando solo, disolviendo el círculo que formaron en torno a él.

Algunas muchachas le observaban con interés suspirando por que las sacara a bailar. Pero Mark solo tenía ojos para su esposa. Una bella joven de ojos color turquesa, cabellos pelirrojos recogidos en una coleta con una pluma de faisán prendida en los cabellos, y un escotado vestido amarillo intentó atraer su atención siendo más atrevida que las demás muchachas. Mark por no resultar desagradable entabló conversación con ella, y finalmente comenzaron a bailar, mientras Candy, muy celosa, pese a que podía confiar plenamente en su esposo, lanzaba furibundas miradas a la joven, que sin amilanarse, sostuvo desafiante, sus amenazantes pupilas verdes. La chica rió coquetamente y dijo a Mark:

-Tu esposa no para de lanzarme miradas envenenadas. Se nota que está muy enamorada de ti.

Pero Mark no la escuchó porque solo podía fijarse en las verdes pupilas de esmeralda. Candy se tranquilizó al percibir en los ojos de su esposo, una sincera declaración de amor. La muchacha pelirroja asintió impresionada y pensó:

"Rectifico. Ambos estáis perdidamente enamorados, el uno del otro".

El capitán que advirtió aquel cruce de miradas, sonrió y dijo:

-No debe preocuparse señorita Anderson. Esa muchacha está casada con mi hijo, es mi nuera, no debe temer que le arrebaten a su marido, lo mismo que muchas de las jovencitas y damas que amenizan esta velada. La mayor parte de ella están comprometidas o desposadas.

Candy solía enmascarar muy bien sus sentimientos, pero aquella vez no lo consiguió, escapándosele un suspiro de alivio que provocó la hilaridad del capitán del barco.

-Su marido es un hombre valiente –dijo el capitán mientras saludaba a su nuera- y parece amarla mucho.

Candy sonrió tímidamente y asintió con vehemencia dirigiéndole una mirada enamorada que el capitán apreció claramente.

-Lo es todo para mí, si algún día se alejara de mí o le perdiera yo…-dijo cerrando la mano derecha en un puño y llevándolo a la orla roja que ribeteaba el discreto escote de su largo vestido de noche –yo….-no se atrevió a concluir la frase.

El capitán posó una mano en el hombro derecho de Candy y dijo:

-De eso quería hablarle señorita.

Candy fijó sus ojos verdes en los del capitán, claros y curtidos, ojos que habían visto mucho en la vida, tanto en tierra como en el mar. Aguardó expectante porque el hombre le iba a decir algo que era importante.

Señorita, no quisiera entrometerme en su vida, pero ese joven, -dijo señalando con el mentón hacia Mark que reía ante una ocurrencia de la joven nuera del capitán- daría su vida por usted. Voy a decirle algo fundamental, así que escúcheme con atención: No deje que nunca se interponga nada ni nadie entre los dos, y si alguna vez ocurriera lo que me ha descrito, -posó su firme mano varias veces más grande que la de Candy en su antebrazo y añadió con rotundidad- búsquele, aunque tenga que ir al confin de la Tierra o del Universo para recobrarle. Si alguna vez son separados, jamás, jamás renuncie a él. Luche con todas sus fuerzas señorita.

El capitán dejó de hablar como si estuviera pensando en un lejano recuerdo muy grato, pero difícil de soportar. Candy le miró y preguntó:

-Capitán, ¿ que le ocurre ?

Los ojos del capitán se humedecieron y añadió observando a Mark y a su nuera:

-Así perdí yo a mi primer y gran amor, una chica preciosa, por mi indecisión y mi cobardía, fuimos separados por diferencias de clase. Ella, su familia, era muy rica y yo entonces muy pobre…La vida dio muchas vueltas y volví a enamorarme y rehice mi vida, y aunque quiero a mi mujer, y a mi hijo, jamás podré olvidarla, a ella, a mi Catherine.

-Capitán, siento muchísimo cuanto me está relatando. Es tan triste….-se lamentó Candy mientras se ajustaba el broche en forma de flor de su cuello, apenada por no saber que decir o añadir a la confesión del capitán del Mauritania para reconfortarle.

El hombre asintió y dijo mudando su semblante por completo a otro más cordial:

-La vida sigue señorita, y a veces los recuerdos, como a todos, le afloran a este viejo lobo de mar. No todo fue tan triste. La volví a ver hace unos años. Se casó con un distinguido caballero inglés y tuvo tres hijos, dos chicos y una chica. Y hoy por hoy, somos buenos y viejos amigos.

El hijo del capitán, un elegante muchacho, moreno de ojos azules, comandante de un destructor de la armada que estaba de permiso, viajando en el Mauritania junto a su esposa saludó a su padre con una afable expresión.

-Ahí está mi querido Richard –dijo adoptando un rostro más animado- mi hijo- precisó.

Entonces la melodía terminó y los invitados aplaudieron estruendosamente. El capitán se disponía a hablar con su hijo, pero entonces se acercó a Candy y le dijo en voz baja, asegurándose de que ningún oído indiscreto pudiera escucharles:

-No hay ningún teniente Anderson en el Príncipe Negro, ni en ningún otro buque de la Royal Navy, pero –dijo con una mirada de complicidad- tengo un poco de influencia, como para acallar los maliciosos rumores que en mi buque puedan levantarse. Su esposo es un hombre valeroso, jamás ví tanto coraje y decisión en un hombre, exceptuando quizás mi hijo –dijo con mal disimulado orgullo.- Y por eso, podré justificarme a mí mismo, encubrir su pequeña mentira. Su esposo ha salvado hoy muchas vidas. No deseo conocer ni quien es él ni usted, ni como impresionó tanto al capitán alemán. Pero puede estar muy orgullosa de él, además de enamorada. Su hijo tendrá un gran ejemplo en ambos, no le quepa la menor duda.

Tomó la mano derecha de Candy para despedirse y dijo:

-Señorita, piense en cuanto le he dicho. No haga como yo, que perdí el gran amor de mi vida por mi debilidad. Ella no me esperó toda la vida ni yo supe ir a su encuentro.

-Capitán –dijo Candy emocionándose, y apretando la enguantada mano del capitán –tendré muy en cuenta su consejo. Jamás dejaré de quererle, jamás –dijo refiriéndose a Mark, mirándole, que tras saludar a Richard y a su esposa, se reunió con Candy. La muchacha le rodeó entre sus brazos con tanta energía que, literalmente clavó sus costillas en la piel del torso de Mark.

-Candy –dijo Mark gratamente sorprendido, aunque boqueando un poco, porque su repentino abrazo le dejó sin aliento.

-No quiero separarme de ti, jamás, ni ahora ni nunca, amor mío.

Antes de que pudiera articular palabra le besó con tanta fuerza, que Mark retrocedió unos pocos pasos hacia atrás, y algunos hombres se giraban para mirar de soslayo, con envidia a aquel afortunado teniente que era amado por aquella criatura tan hermosa. Con algunas mujeres sucedía otro tanto. Envidiaban a la muchacha de cabello ensortijado y ojos verdes por estar casada con un hombre tan apuesto. La inclinó hacia atrás sobre la cintura y la besó apasionadamente. Candy recibió su beso con ansia.

-Candy, cariño –dijo Mark mientras su esposa le ceñía el cuello con firmeza –sabes que eso nunca ocurrirá. Estaremos juntos para siempre.

-Para siempre –repitió la muchacha con voz entrecortada mientras cerraba los ojos y dejaba escapar algunas lágrimas.

En su mente resonaban con fuerza las sabias y bellas palabras del capitán.

36

Annie tenía necesidad de ver a Anthony para confirmar que podría seguir siendo amigos tras su ruptura. Después de pedirle a Haltoran que la llevase hasta Lakewood, le suplicó que la aguardase en la entrada.

-Espérame aquí querido, ¿ lo comprendes verdad ?

El amable prometido asintió. La boda sería muy pronto, pese a que el encuentro con su nueva familia había sido más que tirante y violento. Haltoran entendía perfectamente que su novia tenía la necesidad de entrevistarse a solas con el que fuera su primer amor.

Annie avanzó entre la arboleda, jalonada por una enorme y casi ininterrumpida plantación de que brillaban bajo la pálida luz del atardecer. Al final del paseo de baldosas, había una cancela de hierro por la que trepaban más rosas. Se podía escuchar al fondo la embravecida corriente de una cascada cuyas aguas partían de un lago junto a un frondoso bosque que daba nombre a la propiedad de los Andrew y junto a una estatua de Cupido, sucesora de la que Mark destrozara en su incontrolada trayectoria cuando descendía desprendiendo fuego y llamas, estaba la apuesta figura de un muchacho rubio de ojos azules y cautivadora sonrisa, que estaba cuidando con mimo y a base de paciencia varias deslumbrantes y grandes rosas que florecían expandiendo por el ambiente un embriagador aroma. Annie se acercó lentamente, conteniendo la respiración. Tantos recuerdos, tantas horas pasadas allí junto a Anthony. Se pasó una mano por los ojos humedecidos y entonces él se giró y la vio.

-Que sorpresa Annie –dijo con amable deferencia- estaba cuidando tus rosas favoritas ¿ recuerdas ?

Annie bajó la cabeza triste. Las dulces Annies mostraban sus pétalos blancos rayanos casi en el púrpura. La muchacha asintió y dijo:

-Anthony yo….tenía la necesidad de verte. Sé que después de que rompiésemos, me hiciste jurarte que sería feliz y así ha sido, ¿ pero tú ?

Anthony dejó las tijeras de podar y se quitó las gruesas manoplas que protegían su piel de los arañazos de los rosales. Contempló los ojos de Annie, tan azules como los suyos y pensó también en Candy. A ambas había amado, pero ninguna de ellas había permanecido a su lado. La ruptura con Annie no se debió solamente a que él conociera a una bella condesa rusa con la que mantenía un noviazgo, si no a que Annie cada vez más estaba alejándose de él. El nombre de Haltoran se había deslizado varias veces entre sus labios casi imperceptiblemente. Ella fingía pero él conocía perfectamente sus sentimientos, y al igual que no pudo soportar ni por un momento más el dolor y las lágrimas de Candy, que anhelaba a Mark, y renunció a ella para que pudiera quedarse con él, lo mismo había hecho con Annie buscando otros brazos y un corazón al que poder amar, antes de que la separación se hiciera durísima para él, como cuando tuvo que decir adios a Candy.

Rememoró en un instante el accidente durante la cacería, como la pata de su caballo fue hendida cruelmente por los dientes del cepo, como el corcel blanco se encabritó lanzándole por el aire, ante la mirada horrorizada de Candy que gritó. Sentía que su vida se perdía, que todo terminaba allí, cuando notó un resplandor iridiscente, una luz maravillosa que bañó todo el bosque junto al lago. Unos brazos fuertes como el hierro le sujetaban alejándole del suelo y elevándole por el aire. Miró hacia abajo y vio a Candy que pasmada y confundida observaba la estela de luz que le había salvado. Observó por encima suyo y contempló la faz triste y dolida de un muchacho un poco mayor que él, con largos cabellos de un color que no pudo determinar porque estaba envuelto en un resplandor tan aúreo que casi ni podía mirarle. Era como tratar de dirigir la vista al sol. Entrecerrando sus ojos azules, a duras penas pudo distinguir sus facciones. Le tendió unos tapones para los oídos y le dijo algo de un fuerte silbido y que pronto le depositaría en tierra. Evocó como tras salvarle la vida, desapareció tan repentinamente como había llegado. Anthony no sabía si era una colorida ensoñación, o había sido real. Candy miraba la estela de fuego que dejaba a su paso. Tenía sus bellos ojos verdes llenos de lágrimas y parecía en trance, como si escuchara alguna lejana voz que le hablaba dulcemente. Luego se desmayó y él mismo la llevó al interior de la mansión donde después de que todo se aclarara, tía Elroy cuidó de la muchacha personalmente. Todos habían escuchado el desgarrador grito de Candy y como no veían a Anthony por ninguna parte, temían lo peor. La cacería fue suspendida y la totalidad de los sirvientes y guardabosques al servicio de los Andrew, batieron cada rincón de Lakewood y peinaron cada recodo, hasta que dieron con Anthony, sano y salvo y de una pieza. Lo más curioso es que ninguno de los empleados de la finca ni los huéspedes de la familia habían oído o visto algo fuera de lo habitual. Incapaz de creer lo que había vivido ocultó aquellos hechos preguntándose si se habría vuelto loco, si habría sido víctima de alguna alucinación o realmente un hombre bañado en una cálida y tenue luz que volaba, había evitado que su cabeza se destrozara contra el suelo. Contó a todo el mundo que un lecho de ramas había amortiguado su caída y que consiguió caer de pie. Candy pasó unos días terribles, delirando y teniendo pesadillas. Llamaba en sueños a un hombre, al que ansiaba ver, un hombre sin rostro:

-Maaarrrkkk, Maaarrrkkkk –su dulce voz se había transformado en un aullido desgarrador. Todos estaban destrozados y Archie y Stear, junto con él, hacían turnos para velarla.

Candy sudaba copiosamente y a veces lloraba, moviendo la cabeza hacia los lados, presa de una fiebre tremenda. Nadie conocía a ese tal Mark, al que desde el otro lado sus sueños se le aparecía en la colina de Pony, pero su atormentada mente no acertaba a discernir quien era o que pretendía, si es que era real.

Anthony creía tener la respuesta pero callaba por dos razones:

La primera porque seguramente no le creería nadie y la segunda porque sabía o temía en su corazón que cuando Candy recordara quien era el enigmático Mark, la perdería definitivamente.

"Debe ser él" –pensaba Anthony mientras enjugaba el sudor de la frente de Candy con un paño mojado en agua- "estoy convencido de que quien me salvó es ese Mark que debió hablarla en cierto modo, porque, se quedó allí muy quieta, observando arrebatada la estela de luz que ese ser dejaba a su paso".

-Maaarrkkk, tú, tú eres…. –lloraba ella delirando. Estaba empezando a recobrar la memoria.

Archie no podía soportarlo y lloraba, lloraba de impotencia ante el estado semi comatoso de Candy. Anthony intentaba tranquilizar a su primo, pero el joven estaba fuera de sí. Y un día estalló cogiéndole de las solapas de su casaca de seda.

-Tú sabes lo que realmente pasó –le gritó furioso Archie- pero te niegas a contarnos lo que sabes. ¿ quién es ese Mark ?

Pero Anthony repetía la misma cantinela una vez tras otra, sin atreverse a confesar lo poco que sabía de aquel extraño asunto.

La tía abuela Elroy muy preocupada por su salud, hizo venir a los mejores médicos de Chicago y alrededores tras consultar con el tío abuelo Williams. Candy recobró la salud, después de haber estado muy enferma, pero pese a que recobró la sonrisa, no era feliz. Volvió a ser la de siempre, amando nuevamente a Anthony, pero algo iba mal. Un día que estaba con él, a solas, en vez del rostro de su novio, los ojos azules y el cabello rubio de Anthony, en su lugar tuvo la visión de unos ojos negros muy tristes, largos cabellos negros ondeantes y la figura de un muchacho muy alto que sangraba horriblemente de su hombro derecho, reclamándole ayuda. Candy retrocedió espantada y musitó:

-Mark, no Mark, no….no….me dejes.

Volvió a desmayarse en brazos de Anthony, que la llevó de regreso a la mansión. Cada día que pasaba era una tortura para Candy, que solo llamaba a aquel extraño hombre o muchacho. Anthony no podía más. El verla sufrir así le desgarraba el alma.

Entonces la voz de Annie le sacó de sus cavilaciones. Anthony entornó los ojos y dijo pasándose una mano por la frente:

-Estaba recordando Annie, desde que Mark…me salvó la vida hasta que volvió para socorrer a Candy, sacándola de las aguas del lago –dijo dirigiendo una triste mirada hacia la cercana corriente de agua- porque creyó que yo me enojaría…

Se estaba refiriendo a cuando encontró sus rosas destrozadas. Todo fue una trampa de Neal para que culpase a Candy de ello.

Ella se subió a una barca amarrada en el embarcadero para alejarse de allí, cuando la corriente de la catarata la arrastró. Anthony se lanzó en su búsqueda encontrándose con Albert que se disponía a ayudarla, cuando escucharon un fuerte estruendo y la misma luz que le protegiera a él, salvó a la asustada Candy justo cuando la frágil embarcación se despeñaba por entre las rocas de la catarata. Entonces la muchacha observó los ojos negros y tristes, pero dulces como la luz que la envolvía. Se percató de que estaban volando y musitó un nombre que había estado llamando tantas veces en su desesperación.

Mark, ¿ eres tú ?

El joven asintió lentamente y algunas lágrimas mojaron el rostro de la muchacha.

-Candy….te he estado buscando tanto tiempo….tanto…

-Entonces –dijo Annie quedamente- todo quedó aclarado.

-Así es –asintió Anthony con un deje de nostalgia en su voz- Mark, el joven viajero del tiempo, el hombre que me había salvado la vida para que Candy le pudiera olvidar a él a su vez y continuara feliz a mi lado –dijo lanzando un hondo suspiro.

-Pero no pudo ser –dijo Annie pasando el brazo por el hombro de Anthony- porque ella ya le amaba desde hacía mucho tiempo atrás. Es muy trágico y extraño –dijo su antiguo amor- te salvó la vida para que Candy fuera feliz contigo.

Anthony volvió a ponerse las manoplas y continuó podando sus rosas.

-Sí, -dijo- pero el amor que se profesaban era tan fuerte que no pudo marcharse otra vez, y el estaba muy malherido y por eso se desplomó ante nosotros sin posibilidad de huir volando como la otra vez –se giró hacia Annie y dijo con lágrimas en los bellos ojos azules:

-Candy fue la razón por la que te cortejase Annie, para poder olvidarla, perdóname –dijo arrodillándose ante ella y golpeando las baldosas con sus manos hasta hacerse sangre en los nudillos. La muchacha le puso en pie y le dijo en un susurro:

-No Anthony. Si estuvimos juntos fue porque yo me enamoré de ti y no deseaba otra cosa. Realmente llegué a tomarte cariño querido Anthony –dijo abrazándole con afecto.

-Annie, eres tan buena, que no sabes disimular tus verdaderos sentimientos –dijo Anthony acariciando sus cabellos negros- en aquel entonces habías terminado tu relación con Haltoran y te refugiaste en mis brazos, como yo hice lo propio en los tuyos para consolarnos mutuamente y olvidar nuestros imposibles amores.

Annie se separó unos pasos de Anthony sorprendida por como el muchacho conocía sus auténticos pensamientos. Contempló las rosas de la margen derecha y musitó:

-Dulce Annie.

Luego desvió los ojos azules hacia las del lado izquierdo y susurró:

-Dulce Candy.

-A ambas amé pero un sentimiento más poderoso que el mío, os alejó a las dos de mí. Un amor tan fuerte –dijo alzando la vista hacia el luminoso azul del cielo en cuyo atardecer el Sol se iba ocultando mansamente- que atravesó el tiempo para estar a vuestro lado. Y no puedo ni enojarme con Mark puesto que me salvó la vida ni con Haltoran, porque se alejó de ti, no porque temiera implicarte en nada malo, sino porque no deseaba verme con el corazón destrozado. Poco después de rescatarte del castillo de Norden, se apartó de ti, por mí, para que volvieses a mi lado. Al igual que Mark no podía soportar ver como yo sufría y cuando veía a Candy llorar, pensaba que era porque quería estar conmigo, pero esas lágrimas eran por Mark., de quien estaba realmente enamorada, como tú de Haltoran, querida Annie.

La muchacha ocultó sus labios con ambas manos mientras sus ojos azules se agrandaban de asombro y de lástima.

-Anthony yo…-intentó decirle algo, pero el joven aristócrata hizo un ademán con la mano interrumpiéndola.

-No hace falta que digas nada querida amiga, ese hijo que está creciendo en tu vientre, cuídalo con amor. Espero que llegue a ser tan generoso y bueno como su padre.

Annie apenada por el triste estado de ánimo de su antiguo amor quiso añadir algo, pero lo hizo Anthony por ella:

-Si Mark no me hubiera salvado habría perdido la vida con toda seguridad, pero esto, este destino….sin Candy ni sin ti….-suspiró- pero ambos, Mark y Haltoran, a su manera intentaron hacernos felices a los tres.

Entonces Annie cogió sus manos fuertemente entre las suyas y exclamó para rescatarle del fondo de la postración en que estaba su alma:

-Pero estás vivo Anthony, vivo, Mark te dio una segunda oportunidad, para que vuelvas a enamorarte de nuevo y saborees la vida plenamente –dijo vehemente la muchacha mientras fijaba su vista en la cancela de hierro, el famoso portal de las rosas que viera Candy por vez primera y donde crecía una variedad de flores, diferente a las de la dulce Candy y dulce Annie que por lo que sabía permanecía innominada. Anthony aun no había decidido, que nombre ponerla.

-Tienes que enamorarte de nuevo y crear otra variedad de rosas más deslumbrantes que las anteriores. Natasha te quiere y tú tienes que intentar corresponderla, sobreponerte y seguir viviendo, porque es lo que deseaba Mark, por encima de todo.

Anthony se sentía un poco mejor y extrayendo una fotografía del bolsillo de su casaca contempló el rostro de una muchacha de ojos verdes y rizos dorados que recogía su larga caballera en dos trenzas y con un gran lazo en la cabeza. Annie se sobresaltó al descubrir una belleza tan radiante como la de Candy. De hecho guardaba un parecido físico con ella más que evidente. Lo único que la diferenciaba de su amiga era que no llevaba coletas si no trenzas y que su nariz era más estilizada con una total ausencia de pecas, no solo en el tabique nasal si no en todo su bello rostro.

-Estoy empezando a quererla –dijo Anthony ante la incipiente alegría de Annie al escuchar tan buena noticia- aunque le dije que necesitaría tiempo. Le relaté la historia, la triste historia que ha desembocado en este momento–dijo Anthony cortando una delicada rosa que olió y que prendió en su casaca- en un principio, me rechazó y se alejó de mí porque no soportaba la idea de que buscase en ella a Candy, pero poco a poco, me fue perdonando, Fui a buscarla y le rogué que no me dejara, y me ha dado otra oportunidad. Entiende mi situación y me ha confesado que me ama, pero que no me presionará. Me ayudará a calmar mi dolor y aguardará todo el tiempo que sea necesario.

-Crea una dulce Natasha Anthony, y esta vez no permitas que se marchiten por falta de cuidados, como durante un tiempo hiciste con las otras variedades, cuando no tenías ganas de hacer nada y estabas tan desaliñado….-dijo la muchacha recordando con horror como cuando después de que Candy le dejara, optó por no acicalarse ni cuidar su aspecto hasta entonces impecable, semejando más un vagabundo que un distinguido y apuesto joven, hasta que Annie en un intento por olvidar a Haltoran aceptó ser su novia.

Anthony asintió. El peso de los recuerdos del pasado era aun muy fuerte como para desprenderse sin más de su ardua carga. Se sentó frente a la cancela de las rosas, justo ante la variedad aun sin nominar que Annie le había señalado y las contempló por largo rato acariciando su mentón con dos dedos. Natasha había aceptado hacer el papel de Candy hasta que Anthony la olvidara gradualmente. Hasta ese punto le amaba que estaba dispuesta a suplirla si con ello Anthony empezaba a ser feliz.

-Haré lo que me pides querida Annie –dijo volviendo a sonreir- creo que podré amar a Natasha, aunque la pobre tendrá que tener mucha paciencia conmigo.

-Y la tendrá. Esta vez el amor no pasará de largo Anthony, estoy convencida de ello.

No es que Anthony no amara a Natasha, o su añoranza por Candy fuera tan grande que se lo impidiera, sino que tenía miedo, que de hacerlo, volviera a repetirse la misma historia.

Anthony volvió a observar el retrato de la joven condesa rusa que había conocido en una fiesta organizada por la tía abuela y su tío Albert, para que se repusiera de tanta tristeza. La muchacha fue espontáneamente hacia él y él prendado de su belleza ya no pudo separarse de su lado durante el resto de la fiesta. Se habían enamorado, pero el lastre del pasado, sobre todo de su primer gran amor, Candy, aun era demasiado grande. Había querido a Annie, pero no tanto como a Candy, pero pese a que podría haber mantenido a Candy a su lado, suscitando en ella culpa y compasión, no quería que fuera así. Sin poder soportar más los sufrimientos de la muchacha aceptó finalmente que se quedara con Mark.

-He oído que Candy va a tener un hijo –dijo esbozando una media sonrisa- al igual que tú. Es curioso, como a veces los destinos se entrelazan. ¿ le dirás cuando la veas que estoy muy feliz por la noticia ?

Annie asintió aunque le informó de que podría verla en persona, porque venían hacia América en el Mauritania. Anthony acarició la rosa que tenía prendida en el ojal, una dulce Candy y negó con la cabeza:

-Por el momento no, Annie, es mejor que se lo digas tú. Gracias por tu visita Annie, me ha devuelto parte de mi optimismo.

El muchacho se giró y se puso a trabajar con mayor intensidad en la nueva variedad de rosas. Annie supo que era su manera de dar por terminada la visita.

-Dulce Natasha, me gusta ese nombre –dijo en voz baja pero alegre, mientras el viejo jardinero, acudía a sus requerimientos para secundarle en su tarea.

-Me alegro que el señorito haya vuelto a cuidar de sus flores –dijo el anciano con sinceridad.

-Y yo, -dijo afablemente Anthony- vamos, tenemos mucho que hacer y que preparar –le apremió.

" Y la otra parte de tu optimismo y alegría retornarán con el tiempo. Ojala seas todo lo feliz que mereces junto a Natasha, la felicidad que no supimos o pudimos proporcionarte Candy o yo. Hasta la vista querido amigo, hasta siempre". –pensó Annie sonriente y levantando una mano para despedirse de Anthony. Su sonrisa iluminó su alicaído semblante y respondió al saludo de Annie agitando también la mano. Cuando Annie se reunió con Haltoran, el joven le preguntó apremiante que tal estaba Anthony. Annie se tomó un tiempo antes de responder. Observó dos golondrinas que revoloteaban entre las ramas del bosque de Lakewood persiguiéndose y perdiéndose entre el follaje de los árboles que filtraban los últimos rayos de sol.

-Será feliz Haltoran, aun echa de menos a Candy, pero volverá a amar. No me cabe la menor duda.

Haltoran guardó silencio, sintiendo una honda pena por el joven aristócrata. La irrupción de Mark en un momento de la historia que no era el suyo había cambiado las vidas de aquellas personas para siempre, aparte de las suyas. Acarició el vientre de su prometida que rió feliz.

-Si Mark no hubiera conocido a Candy, yo no habría ido detrás de él para ayudarle y tampoco te hubiera conocido a ti. Puede que continuara siendo soldado en alguna guerra olvidada y nuestro querido hijo no habría sido concebido.

Annie reclinó la cabeza en el hombro de su prometido y dijo gentilmente:

-Y Anthony no tendría una nueva oportunidad de amar, Stear habría muerto en esta horrible guerra, Neal y Eliza serían personas llenas de resentimiento y rencor, y Candy no habría encontrado una familia, no querido –dijo Annie apretando su mano y mirándole fijamente- habéis hecho felices a muchas personas y en vuestra bondad, tanto Mark como tú intentáis renunciar, él al amor de Candy y tú al mío, para no perjudicarnos ni a Candy ni a mí y dar una oportunidad a Anthony de enamorarse y a nosotras de seguir con nuestras vidas, porque conocíais de sobra lo doloroso que es el amor no correspondido en un corazón roto.

Calló un momento observando desde lejos como Anthony trabajaba frenéticamente para dejar ultimada y lista la primera remesa de rosas que dedicaría a su novia Natasha cuando viniera a visitarle, y de paso, pedirla en matrimonio.

-Y no me arrepiento en absoluto de que haya sido así –dijo Annie mientras caminaba junto a él tomados de la mano por el paseo de losas.

-Ni yo, cariño –dijo Haltoran- pensando aun en Anthony y Albert, pero suponía que era inevitable que para que unos cimentaran su felicidad, otros debían de perder algo de la suya, cuando no toda.

37

El estridente sonido de la sirena del Mauritania llenó el aire por un par de veces. El transatlántico estaba aproximándose a Nueva York. La travesía tocaba a su fin. Se divisaban ya desde la cubierta del navío, los primeros y estilizados rascacielos de la Gran Manzana que definían el característico skyline de la ciudad, y en primera línea, vigilando desde su emplazamiento en la isla de la Libertad, la conocida y mundialmente famosa estatua que observaba la llegada del barco con sus ojos pétreos y sosteniendo su famosa antorcha en lo alto. Una muchacha de cabellos rubios recogidos en trenzas y pupilas verdes con un lazo rojo en mitad de la cabeza, contemplaba esperanzada como la ciudad se iba tornando cada vez más grande a medida que el Mauritania se acercaba al puerto neoyorkino. Sus labios musitaron un nombre con un delicado acento eslavo que endulzaba su por otra parte, casi perfecta pronunciación del idioma inglés.

-Anthony, tengo tantas ganas de abrazarte –musitó.

Al mismo tiempo y por casualidades inexplicables del azar, otra chica muy parecida a ella observaba con idéntico interés y ansia los rascacielos y el bullicio de Mahattan, deseando llegar ya.

La joven condesa parpadeó extrañada y se fijó en la chica casi por casualidad. Grandes ojos verdes como esmeraldas, coletas adornadas con grandes lazos como bellas mariposas posadas en sus cabellos, pelo rubio y ensortijado, nariz respingona con pecas características y una sonrisa encantadora. Por lo que había escuchado, ya que no había asistido a la fiesta que el capitán organizó en honor al héroe inglés, que había salvado in extremis al barco de ser echado a pique por el u-boot alemán, era la esposa de aquel misterioso teniente de la armada, que trabajaba para el servicio secreto inglés. Entonces el corazón le dio un vuelco y examinándola mejor, la muchacha se dijo en voz baja:

-Tiene que ser ella, no hay ninguna duda, tiene que ser ella.

Se aproximó a Candy y la saludó cortésmente. El carácter jovial y espontáneo de Candy enseguida hizo que entablaran conversación

-Me llamo Natasha –dijo la joven condesa con un ligero deje extranjero, tendiendo la mano hacia Candy.

-Encantada –dijo Candy mientras se llevaba una mano a modo de visera a la frente para que la luz del sol no la deslumbrase, y estrechando con la otra, la mano de la condesa.

Antes de que Candy le dijera su nombre, la muchacha dijo de improviso:

-¿ Eres Candy, no es así ?

La joven se quedó muy sorprendida, ¿ como sabía aquella chica su nombre ? Aquel encuentro no podía dejar de ser casual, aunque también podría saberlo por la imprevista fama que su esposo se había granjeado hacía varios días, al interceptar con aquel armatoste negro los torpedos del submarino dirigidos contra la línea de flotación del Mauritania. Entonces la muchacha le aclaró:

-Anthony me ha hablado mucho de ti. Te describió con tal exactitud y minuciosidad, que no he podido evitar al reconocerte, saludarte, espero que no te hayas ofendido por ello.

Candy comprobó que los modales de la muchacha eran impecables y su carácter, aunque un poco melancólico, muy sincero y abierto. Se sobrecogió cuando la chica mencionó el nombre del primogénito de los Andrew.

-Nos conocimos en una fiesta organizada por su familia –dijo Natasha haciendo girar una sombrilla blanca bajo la que se cobijaba para protegerse de la deslumbrante luz solar y que hacía girar sobre su hombro izquierdo- poco después…de que rompieráis.

Hizo una pausa observando la reacción de Candy, temiendo haberla lastimado o herido, pero la chica, aunque mostró algo de desazón en su semblante, no pareció haber acusado el efecto de aquellas palabras.

-Mi familia y yo procedemos de Rusia y estábamos haciendo un viaje por Europa, cuando la guerra nos sorprendió en América, en tu país. Yo vine a Inglaterra para ocuparme de unos asuntos familiares y cerrar algunos negocios pendientes, con la autorización de mi padre. Temo por mi país –dijo la chica entornando sus ojos verdes, como los de Candy y teniendo un mal presentimiento- no creo que podamos regresar a mi patria.

-No desesperes Natasha –dijo Candy aferrando su mano espontáneamente.-verás como todo va bien. -La condesa bajó la cabeza y pensó:

"Con razón Anthony llegara a amarla tanto, como para dedicarle una nueva variedad de esas delicadas rosas, que cultiva en memoria de su madre".

Entonces la joven rusa suspiró y dijo bajando la sombrilla:

-Eres muy buena Candy, -dijo ella- Anthony tenía razón, eres una buena persona –recalcó.

Candy se sintió azorada por sus elogios, y arreglándose uno de los lazos rosas que adornaban sus coletas, preguntó:

-¿ Amas mucho a Anthony verdad ?

La condesa asintió y dijo con voz queda:

-Sí, y aunque me duele un poco reconocerlo, me escogió por mi parecido contigo, Candy, no por ti, tú no tienes nada que ver, sino porque debería amarme por lo que soy.

-¿ Eh ? –la imprecación extrañada y repentina de Candy llenó el aire. Entonces miró detenidamente a la joven dama y reparó mejor en el no asombroso pero si notable parecido entre ambas.

Natasha se alisó algunas arrugas en la falda de su vestido verde y dijo:

-Me hablaba de ti con tanta vehemencia, tan apasionadamente, de Mark, de cómo salvó su vida del accidente, pero de una forma tan irreal, tan difícil de creer, que, que, -hizo una dolorosa pausa y continuó- pensé que eran delirios de su alma entristecida, hasta que te he encontrado hoy aquí Candy, y también….fui testigo involuntaria, créeme no tenía la más intención de espiarle…

Calló y contempló el mismo lugar en que presenciara como Mark realizaba aquel bello prodigio emitiendo rayos y llamas desde su mano derecha. Cerró los ojos y Candy pasó su brazo por los hombros de la muchacha, que agradeció su contacto.

-Me refiero a tu marido, jamás ví algo tan hermoso y pacífico. Emitió un rayo de su mano, bueno eran llamas, no sé, y las moldeó creando tu nombre en la noche. Entonces, me percaté, de que tenía que ser Mark, el hombre que salvó a Anthony, remontando el vuelo, con él en brazos, y por lo que jamás le estaré lo bastante agradecida. Me retiré discretamente antes de que salieras a su encuentro de la fiesta. No necesité saber más. Y al verte, supe que eras tú. Vuestro amor debe ser indisoluble, muy fuerte.

Alzó la vista hacia las nubes donde la gaviotas chillaban estridentemente peleando por los peces que cazaban en audaces picados, mientras la sirena del Mauritania dejaba escapar las estentóreas notas de la sirena un par de veces.

Candy iba a decir algo, pero Natasha continuó hablando:

-Así quisiera que fuera nuestro amor –dijo la condesa observando las calmas y ondulantes olas que lamían el casco del navío- tan fuerte y grande como el tuyo, y –dijo dirigiendo su vista hacia el vientre de Candy- bendecido por un bebé, no uno no –se corrigió esgrimiendo varios dedos enjoyados- muchos niños.

-¿ Estás embarazada verdad ? –preguntó Natasha.

Candy asintió con un rubor en las mejillas.

-Se te nota en la mirada y en como se te ilumina el rostro cuando mencionaba a Mark. En mi familia –sonrió- tenemos además un raro don para detectar el estado de buena esperanza. Espero que seáis muy felices.

-Lo mismo te digo Natasha. Estoy segura de que Anthony recuperará la calma a tu lado.

En esos instantes, la sirena del barco volvió a ulular. Los muelles de la ciudad se iban aproximando cada vez más. Los estibadores arrimaron varias escalas al buque mientras este fondeaba dirigido por el práctico del puerto. El griterío de la gente que aguardaba con ansia al barco llegó hasta sus oídos. Los expectantes novios, hermanos, padres, esposas iban recibiendo a sus seres queridos con alegres y fuertes exclamaciones. Mark y Candy se reunieron con un abrazo que despertó una ligera envidia en la chica. Mark se presentó a la condesa mientras bajaban la escala empujados por la bulliciosa marea humana que pugnaba por abandonar el barco para abrazar a los suyos unos, y otros continuar sus vidas, sin nadie que les esperase en los muelles.

Natasha retuvo un momento a Mark a su lado y le pidió que la acompañara a un aparte. Candy asintió cuando Mark buscó su aprobación con la mirada. Entendió perfectamente, que Natasha tenía que dirigirle unas palabras e intuyó cuales serían estas casi punto por punto.

-Gracias, gracias –le dijo con gratitud la condesa refiriéndose a Anthony e intentando besarle las manos, cosa que Mark evitó de inmediato.

-Jamás me hubiera perdonado que una persona tan extraordinaria como él, hubiera perdido la vida, teniendo tantas cosas que ofrecer a este mundo –dijo Mark con humildad.

-La razón fue otra –dijo la condesa estrechando con fuerza las firmes manos de Mark y desviando la mirada hacia el gentío que se agolpaba en los muelles- pero no me importa. No viviré lo suficiente para colmarte de bendiciones y de gratitud, por lo que hiciste. Gracias, gracias por permitirme conocer a alguien tan maravilloso como Anthony, gracias Mark.

-No se merecen Natasha –dijo el joven con una sonrisa.

Entonces Natasha se desabrochó de su cuello, un colgante que llevaba engarzada una esmeralda tallada y se lo ofreció.

-No, por favor –dijo Mark sorprendido- no podría aceptarlo.

-Es lo mejor que puedo hacer, las joyas carecen de valor para mí, y ésta –dijo mirando la costosísima esmeralda que lanzaba reflejos dorados desde sus aristas talladas- palidece, ante el prodigio que obraste. Por favor acéptala, -dijo tendiendo las manos hacia él, con la valiosa joya entre sus dedos- o me harás infeliz. Dáselo a tu esposa como presente mío, creo que hará juego con sus ojos, -rió quedamente- y como regalo de boda, a la que me hubiera encantado asistir. Si llego a casarme con Anthony, espero que vengáis a la mía como padrinos.

Mark asintió y recogió el delicado obsequio de la condesa con cuidado.

-Eso está hecho, Natasha. Y acepto tu regalo por Candy y respeto hacia ti para no defraudarte.

-Que vuestro hijo crezca sano y fuerte. Amor y cariño no le han de faltar en una familia tan unida como la tuya. Cuida de ellos Mark, son extraordinarios, al igual que tú.

-Eres una mujer maravillosa Natasha. Anthony se terminará enamorando de ti, no te quepa la menor duda –dijo Mark con afecto y rozando su mejilla con la mano derecha, para enjugar algunas lágrimas que empezaban a resbalar de sus grandes y bellos ojos verdes. Mark dio un pequeño respingo. Se parecía algo a Candy, pero no dijo nada, guardándose sus impresiones para sí.

La voz de Candy reclamándoles les sacó de su íntimo diálogo. La gente empezaba a descender por las escalas a tierra.

Mark cargó con los equipajes de ambas muchachas y se adelantó hasta el coche que Stuart, el chofer de los Legan había conducido hasta allí para llevarles de regreso a Lakewood. A su lado, otro lujoso automóvil aparcado junto al de los Legan, con su chofer de marcadas facciones departía con él distendidamente mientras intercambiaban cigarrillos y noticias de los distintos frentes de batalla.

-Mi chófer –dijo Natasha saludándole efusivamente.

Luego se giró confidencialmente hacia su nueva amiga y dijo en voz baja y con sinceridad:

-No temas, el secreto de Mark estará a salvo conmigo. No diré nada. Nadie más presenció aquello, aparte de ti, claro.

-Ya lo sé –dijo Candy mientras aferraba su característica maleta blanca con la franja roja central- no tienes cara de ir divulgando confidencias por ahí –bromeó.

Ambas muchachas rieron con ganas. Las claras risas femeninas contagiaron a algunos pasajeros, que sonrieron también.

-Creo que nos podemos considerar muy afortunadas –dijo Candy soñadora mientras la maleta blanca con la franja roja saltaba inquieta entre sus manos. Clean, el pequeño coatí pugnaba por salir de su prisión. Natasha ya sabía que en su interior iba la pequeña mascota que Annie le legara poco antes de ser adoptada por los Brighten, y por eso no dio la menor importancia a que la maleta de Candy cobrase vida de improviso.

-Sí te entiendo –dijo agarrándose al antebrazo de Candy- tu marido te hizo una hermosa dedicatoria labrando esas letras a fuego en el aire, y mi Anthony –dijo observando como Mark se reunía con Stuart y el chofer de la condesa hablando con ambos- seguramente me dedicará una nueva variedad de rosas, como hizo en tu memoria y en la de Annie.

38

Estaba al pie de un árbol, recostado contra el tronco leyendo algunos viejos tebeos…en nuestro tiempo. Había terminado mi jornada de trabajo y tras dejar todo ultimado en mi despacho, salí a dar un paseo por la propiedad de los Andrew. Albert no había cumplido ninguna de sus veladas y temibles amenazas y tenía el permiso expreso de la tía abuela Elroy para moverme por toda la finca sin restricciones, gracias además a las gestiones que mi socio Ernest había realizado para garantizar mi seguridad y la de Carlos.

Era un día primaveral, el sol brillaba con fuerza pero sin calentar demasiado y algunos mosquitos zumbaban sobre los nenúfares del lago. Observé la gran fuente rematada por un colosal Cupido y arqueé las cejas imaginando como una estela de fuego la reducía a fragmentos no mayores que una extremidad humana. Aparté la evocacion de mi mente y me quedé lentamente dormido. El sombrero se había caído sobre mi nariz, y al poco rato estaba profundamente dormido. En esos momentos, a lo lejos, se acercaba una muchacha con la cabellera de tonalidad castaña rojiza, rematada por un gran lazo bajo el cual saltaban inquietos unos elaborados bucles, mientras sus antaño crueles ojos adoptaban una expresión risueña y dulce motivada por el fuego del amor que ardía en su corazón.

-Tíooo, tíooooo, -gritaba Eliza mientras su vestido azul era mecido por el viento formando pequeñas arrugas en la falda y en el corpiño. El lazo decorativo que tenía a la espalda flameaba como una banderola. Creí escucharla, pero el hombre de negocios del siglo XXI, se había quedado dormido bajo un pino de principios del siglo XX.

Eliza parpadeó asombrada al verme tendido en el césped, rodeado de extraños cuadernillos que mostraban pequeñas ilustraciones de vivos colores, separadas por un marco blanco. Por un momento, su antigua perversidad y malicia parecieron aflorar, porque estuvo pensando en arrojarme encima un balde de agua, pero al recordar la manera en que recibió a su ahora hermana Candy, le hizo desistir y mudar de parecer.

-No, no estaría bien, además el tío es muy bueno conmigo –dijo refiriéndose a mí.

Se puso de rodillas procurando no despertarme esta vez, y examinó con curiosidad alguno de los tebeos que había estado leyendo. En todos ellos aparecían unos extraños personajes. Uno de ellos era alto, calvo y con unas desmesuradas gafas sobre su enorme nariz, vestido con una levita oscura. El otro portaba una camisa blanca con pajarita, unos pantalones rojos y dos pelos sobresalían de su cocorota completamente calva, a excepción de los dos pelillos. En una de las historias parecían luchar contra un hombrecillo con bigote, con un extraño sombrero hongo del que salían raros mecanismos que noqueaban una y otra vez a los estrafalarios personajes. Dejó el cuadernillo tras hojearlo e intentar leer los textos que simulaban sus voces en pequeños globos blancos sin entenderlos. Se dio cuenta de que era español, pero no consiguió descifrar nada del para ella, enrevesada idioma. Tomó otro y los mismos personajes calvos y con grandes narices, se enfrentaban o huían según el caso, contra insectos gigantescos que aumentaban de tamaño al rociarles con una pócima que les entregaba un hombre también calvo y barbudo, al que parecían no tener mucho aprecio y al que perseguían para pegarle o agredirle. También salían unos extrañas máquinas metálicas que lanzaban fuego por una especie de cañón. Hojeó otro más en el que los mismos personajes parecían enfrentarse contra unos soldados barbudos con raras trampas. En otro más que cogió al azar, un hombrecillo cabezón, vestido de negro, con gafas y un pequeño bigote, con algunos pelos que se mantenían tiesos como escarpias, parecía discutir con un dependiente en una tienda, danto saltos, de la que salía con un ojo hinchado y las gafas colgando de la nariz. Aquello le provocó una carcajada al encontrarlo gracioso, aunque luego, negó con la cabeza musitando:

-Que tontería es esta, no tiene ni pies ni cabeza –dijo depositando el tebeo sobre la hierba, junto a mí.

En esos momentos, me desperecé bostezando estruendosamente, despertándome y sobresaltando a Eliza.

-Tío, por favor –dijo indignada- ten más modales, pareces un bruto de la Prehistoria.

-Vamos, vamos Eliza –dije restregándome los ojos y riendo- no empecemos con monsergas, que no estamos en una fiesta de la tía-abuela.

Entonces cogió uno de los tebeos y me preguntó que significado tenían aquellos pequeños libros que parecían contar una historia, a la que no le encontraba el menor sentido. Sonreí de nuevo y le expliqué lo más claramente que supe que era todo aquello. Pareció entenderme y suspiró aliviada.

-Por un momento creí que era una representación de gente real de tu tiempo.

Me hizo gracia la comparación y dije:

-No te creas, -dije entre risas- hay cosas que no creerías en modo alguno, pero me buscabas por algo, ¿ no es así ?

Eliza asintió y me contó que Tom había pedido su mano a sus padres y que estos, habían aceptado, aunque su madre un poco a regañadientes.

Me quedé boquiabierto literalmente, porque no había pasado un mes desde que los dos jóvenes habían empezado a salir juntos. Eliza me explicó que era costumbre declarar el compromiso y luego desarrollar un tiempo lo suficientemente largo de noviazgo, como para que los futuros esposos se conocieran mejor y tuvieran mejor relación.

-Joder –dije sin percatarme de que había soltado un taco- en el siglo XXI es al revés. Tienes el noviazgo y luego te casas, después de declarar tu intención.

Realmente, no tenía porqué ser así, pero aquellas palabras me salieron a bote pronto, sin pensarlo. Fue lo primero que se me ocurrió.

-Tio –dijo Eliza molesta- no sueltes palabrotas, queda poco fino en un distinguido caballero.

-Yo no soy un caballero –dije sacudiéndome las briznas de hierba que se me habían pegado a la ropa- si soy miembro de la familia, es porque Mark ha armado tal lío que las circunstancias consecuentes han devenido en esto.

-Vamos tío –dijo la chica haciendo un mohín- no seas cascarrabias, si en el fondo estás mejor aquí que en esas ruidadosas ciudades que parecen colmenas. Candy me lo contó.

Asentí. Puede que fuera cierto lo que la chica me decía. Sin empresas ni patrimonio alguno, la verdad, poco tenía que hacer en el Tokio del siglo XXI.

Al oír mencionar a Candy recordé un telegrama que la joven había enviado para avisar de su llegada.

-Toma Eliza –dije quitándome el sombrero- Candy viene hacia aquí.

Me observó extrañada. Al parecer, todos se habían enterado menos ella.

-Pero bueno –dijo enfadada- ¿ cómo es que mi madre no me avisó antes ?

-No la culpo –dije depositando mi mano en el hombro de la chica- la pobre ha estado muy angustiada por la suerte de tu hermana aparte de atareada. La mudanza de tu hermano y Susana, tu compromiso, su nueva línea de modas y con tantas cosas en la cabeza, se le habrá pasado informarte debidamente.

-Candy, hermanita –dijo juntando las manos y dando pequeños saltos- tengo tantas ganas de verla….

La miré divertido y dije:

-Como has cambiado Eliza –dije ante la suspicaz chica que pensó que iba a dirigirla algún reproche- a mejor –concluí.

-Antes no podías ni verla, porque lo del balde de agua –dije lanzando un silbido- tela -meneando la mano derecha de atrás adelante.

Eliza bajó la cabeza y asintió entornando sus bellos ojos:

-Sí tío, fuimos muy crueles con ella, sobre todo yo. Aun recuerdo como casi tiró a Neal abajo desde el balcón con ese lazo que maneja como nadie, con tanta destreza.

Eliza parecía triste y pasando un brazo por sus hombros dije conciliador intentando confortarla:

-Lo pasado, pasado está. No le des más vueltas, Eliza. Ahora debes prepararte para recibirles, porque están al llegar. Stuart fue a buscarles.

-¿ Van a venir en coche ? –preguntó sorprendida Eliza jugueteando con sus bucles- pero si van a tardar una eternidad.

-Bueno teniendo en cuenta que el telegrama lo recibimos hace unas cuantas horas –dije consultando mi reloj digital- ya deben estar a una media hora así de aquí.

La alarma del reloj pitó varias veces indicando que eran las cinco de la tarde.

Eliza no se terminaba de acostumbrar a aquella para ella prodigiosa y lejana tecnología. A diferencia de Candy, parecía fascinarse por el futuro y con frecuencia me preguntaba acerca del lejano siglo XXI y yo le contaba lo mejor que podía como era allí la vida, según para quién.

-Si tuviéramos esos aviones que dices que vuelan sin hélices y que son tan rápidos, ya estarían aquí –dijo Eliza tratando de imaginar como sería viajar en uno de aquellas enigmáticas máquinas.

Iba a responder, cuando Helen Legan, su madre nos llamó a lo lejos. La mujer venía sin resuello, poco habituada a recorrer grandes distancias a pie o realizar esfuerzos significativos. Como los criados estaban preparando el recibimiento para Candy y Mark, y su marido dirigía los preparativos, tuvo que ser ella la que saliera a buscarnos. Cuando llegó a nuestra altura estaba sin aliento y resollaba ruidosamente con los brazos en jarras y agitándose mientras trataba de llenar de aire sus pulmones.

-¿ Dónde os habíais metido ? – nos dijo enojada, especialmente dirigiéndose a su hija- Eliza, Maikel os he estado buscando por toda la propiedad y no había manera de encontraros. Y….

Dejó de hablar y nos reprochó:

-Pero, pero, ¿ todavía estáis sin arreglar ? –es inaudito –dijo con voz cansada, cerrando los ojos y llevándose la mano izquierda a la mejilla.

-¿ Que te ocurre mamá ? –dijo Eliza intrigada ¿ a que viene tanta agitación ?

-Tu hermana y su marido –dijo la señora Legan exasperada por la lentitud de respuesta de su hija- están ya al llegar, ah, hija mía, a veces no demuestras lo inteligente que eres. Y tu hermano Neal con su mujer Susana ya están aquí, esperando. Solo faltáis vosotros.

Eliza se enojó y dijo encarándose con su madre:

-Un momento, mamá, nadie me ha avisado de que Candy venía, precisamente me lo podías haber indicado antes.

La señora Legan negó con la cabeza y levantando las palmas de las manos hacia arriba, lanzó un suspiro de cansancio.

-Pero hija mía –dijo mirando hacia el cielo- te avisé desde el momento en que según Candy, el Mauritania estaba entrando a puerto. Además Stuart partió ayer de madrugada para llegar a Nueva York a tiempo de recogerles. Lo que pasa –dijo la bella señora poniendo el dedo índice entre los omoplatos de su hija - es que tienes la cabeza a pájaros, desde que sales con Tom, cosa que te digo, o recado que te pido que hagas, cosa que se te olvida.

-Lamento que haya tenido que patearse toda la finca Helen –dije con sinceridad.

-Patee. Quéee –preguntó extrañada la señora Legan. Me había tomado aprecio y juntos habíamos aprendido a caernos bien mutuamente.

-Patearse mamá, -dijo Eliza cerrando los ojos y cruzando los brazos con aire de suficiencia- significa caminar mucho. El tío me lo ha explicado junto con otras muchas cosas del siglo XXI. Sabe tanto.

Helen Legan dio un pequeño coscorrón a su primogénita y dijo:

-Esta niña….que cosas tienes. Te tengo dicho que no le llames tío.

Negué con la cabeza y gesticulando con las manos dije:

-No, no, Helen, si a mi me encanta que me llame así, de veras.

-Es igual, venga tenemos que apresurarnos, la familia Andrew al completo está ya reunida para recibir a Candy. Cuando Helen comunicó a su hija que Tom estaría presente también, le nacieron alas en los pies.

-¿ Vendrá Albert ? –pregunté con un deje de temor en la voz.

-Sí, pero ya os hemos dicho que no pasará nada –dijo Helen haciendo una mueca de desagrado- aunque últimamente se comporta de forma muy estrambótica y poco digna. Se emborracha y vive como un ermitaño, prácticamente recluido en sus dependencias privadas.

Marché apresuradamente junto con Eliza, tras recoger mis tebeos y amontonarlos entre los brazos. La chica se ofreció a ayudarme a llevarlos. Uno de ellos se cayó de mis manos, en mi atropellada carrera y fue a parar a las de Helen, que ojeándolo como hiciera su hija adoptó expresiones de extrañeza y asombro que afeaban su bello rostro, porque no entendía que significaban aquellos estrambóticos dibujos de dudoso gusto para ella, de persecuciones, caídas por la ventana y gente con enormes chichones, ojos negros, mofletes hinchados o un ojo hacia arriba y otro abajo. Cuando llegó a una viñeta en la que un hombre calvo y con mostacho, de traje azul y corbata negra, perseguía a un tipo también calvo de gafas, convertido en ave, con lo que parecía un rifle de boca muy ancha o trabuco, su paciencia llegó al límite, y cerrando el tebeo, lo tiró con desdén por encima de su hombro.

"Decididamente, en ese siglo XXI, deben estar completamente locos de remate" –sentenció para sí misma, que había terminado por aceptar la extravagante idea de que realmente éramos crono nautas. El tebeo fue a parar junto al pie del árbol donde había estado recostado, echándome la siesta.

39

Finalmente Natasha despidió a su coger ya que accedió a viajar con Candy, cuando esta amablemente la invitó a ir con ellos.

Como iba a visitar a Anthony y ambos esposos llevaban el mismo camino, la bella condesa que tanto se parecía a Candy decidió que era la opción más inteligente. Stuart arrancó el vehículo mientras enfilaban la carretera que les conduciría hacia Chicago. Mark iba sentado junto a Candy y al lado de su esposa iba Natasha que no se cansaba de observar el bullicio de las calles de la ciudad. Mark hizo un cálculo mental de la distancia que les separaba de Chicago y contó con sus dedos. Arqueó las cejas de la manera que tanta gracia le hacía a Candy. La muchacha le preguntó divertida:

-Pero cariño, ¿ que estás calculando ?

Mark volvió a repasar sus cálculos sin responder a su esposa y dijo finalmente:

-Cariño, vamos a tardar una barbaridad en llegar a Lakewood. ¿ Sabes cuánta distancia separa Nueva York de Chicago ?

Candy asintió mientras liberaba a Clean de la maleta, que no paraba de tamborilear contra las paredes de su estrecho confinamiento y cuando fue liberado, se fue directamente hacia Natasha que acarició al pequeño animal, que enroscándose en torno a su cola se quedó inmediatamente dormido en su regazo.

-Ya lo sé Mark –dijo la muchacha desviando la mirada hacia el coatí que roncaba suavemente con una sonrisa de satisfacción, sobre la condesa, que le atusaba el lomo y la cabeza- pero a mamá le horrorizan los trenes, y le ordenó a Stuart que fuera a buscarnos y nos trajera en coche.

-Así es señorita –asintió el chofer con una leve inclinación de cabeza- órdenes de la señora Legan.

Mark decidió no insistir, porque finalmente Candy acabaría enojándose aparte de que la encantaba viajar en coche. El joven esposo intentó orientar los picos del cuello de su capa pero estos rebeldes, se movían hacia donde les venía en gana, cosquilleándole en la nariz y otras veces, empeñándose en colarse directamente en sus pupilas.

-Arrrhffg –gruñó exasperado- nunca entenderé las modas de este tiempo

Natasha rió coquetamente con los ojos cerrados y Candy sonrió. Reconoció que su marido tenía razón. La embarazosa e incómoda capa que Mark se había puesto más por imposición de ella, que por voluntad propia, picaba y era incómoda. Candy sintió compasión por su esposo que luchaba por mantener en su sitio el caprichoso cuello de almidón de la prenda. Entonces Natasha se puso a hablar con Mark de trivialidades y cotilleos mientras Clean que se había despertado reclama mimos y halagos de las tres personas que viajaban en el coche familiar de los Legan, en especial de Candy.

Candy se puso a mirar el paisaje. Sin darse cuenta, el diligente Stuart les había conducido fuera de la ciudad que conocía bien en un tiempo record. Miró los cuidados campos con pequeños árboles frutales y las casas de dos plantas de los pequeños pueblos que iban dejando atrás a su paso. El vaivén del coche le daba sueño y en seguida, sus hermosos ojos verdes se fueron cerrando y pronto se quedó dormida. Clean quiso jugar con ella, pero Mark le contuvo con una palmada amistosa:

-No Clean, déjala que descanse.

-Sí –coincidó Natasha- el viaje va a ser muy largo y mejor que duerma un poco. Así se le hará un poco más corto.

Candy empezó a soñar, pero no con Mark esta vez, si no con Haltoran y en la manera en como lo conoció.

Soñó en el día en que Annie vino de visita a la mansión de los Legan, cuando no era más que la criada de Eliza y vivía en el establo. Pero no venía a verla a ella, si no a la señora Legan acompañada de su madre, y a los por entonces, mezquinos hermanos Legan. Recordó como Annie la ignoraba con dolor, porque no quería que se conociera su relación con el hogar de Pony y fingía no conocerla. Los chicos salieron con Annie para mostrarle la propiedad y los cuidados jardines, así como los establos donde moraban los dos caballos propiedad de la familia. Eliza propuso entonces a la asustadiza Annie dar un paseo a caballo, pero la muchacha jamás había cabalgado nunca antes. Intentó declinar la invitación, pero la astuta Eliza se las compuso para que terminara aceptando, prometiéndola que no le pasaría nada.

-No tengas miedo Annie –le decía con una sonrisa malévola- yo controlaré las riendas, además Cleopatra es muy mansa –dijo en referencia a la yegua. Annie ataviada con el traje de montar de Eliza subió desconfiada ayudada por Candy, apoyando temblorosamente los pies enfundados en botas de piel en los estribos. Entonces Neal, que entonces era igual de cobarde y miserable que su hermana, levantó algo entre sus dedos que brilló intensamente, atrayendo la atención de Candy. Intentó detenerle, y entonces descargó un violento pinchazo en el lomo de la yegua haciéndola una herida con la espuela que escondía en la mano. El animal se encabritó con la asustada Annie y partió sin control trotando desbocada. Candy sin pensárselo montó en Cesar el semental compañero de la yegua y salió en pos de ella, mientras Eliza y Neal corrían a avisar a la madre de Annie y a la suya, para acusarla de que había provocado adrede la espantada de la yegua, para dañar a Annie y en represalia por su trato como sirvienta. Candy guió diestramente a Cesar que galopaba velozmente, pero la yegua descontrolada con Annie encima que no paraba de llorar le sacaba mucha ventaja. Llevaba una cuerda en la mano que había cogido del establo para tratar de enlazar a la yegua por el cuello y detener su marcha. Entonces escuchó un ruido muy extraño que provenía desde lo alto. Extrañada miró hacia el cielo y aquel fue su primer contacto con Haltoran. El sonido de un reactor que expulsaba gases ambarinos dejando una estela a su paso atronó sus oídos. Pendido de él, iba suspendido un hombre. El joven, llevaba asido el reactor a su espalda en una especie de mochila. Incrédula parpadeó incapaz de creer lo que creía que sus ojos habían visto.

Haltoran maniobró con destreza acercándose velozmente a Annie, que todavía sintió más miedo de Haltoran que del corcel que se encabritaba furiosamente amenazando con tirarla al suelo. La chica se puso a gritar con fuerza llamando con fuerza a Candy con fuerza y llorando de temor.

-Caaandddyyy!!!!

El joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos y rebeldes dio un respingo.

"¿Ha dicho Candy ? ¿ acaso se refiere a….?"

Pero no había tiempo para cavilaciones. Haltoran manipuló un joystick conectado a las toberas del jetpack que iba unido por un largo tubo con la mochila que portaba el reactor impulsor y picó como una flecha hacia Annie. Se situó a su altura y la asió con firmeza pero sin apretar demasiado para no hacerla daño, por la cintura remontando el vuelo y abandonando con la gentil muchacha la montura. Annie chilló despavorida y Candy se puso a imprecar a Haltoran confundiéndolo con un secuestrador. Consiguió dar alcance a Cleopatra deteniendo su carrera y tranquilizando al animal. Mientras Annie chillaba y pataleaba, pero Haltoran la asía con firmeza. Su temor alcanzó el paroxismo al comprobar que estaba volando en compañía del desconocido. Entonces Haltoran la habló para calmarla llamándola por primera vez por aquel mote cariñoso que tanto la estremecía:

-Pequeña dama perdona que te diga, que pese a tu apariencia angelical y hermosa, gritas demasiado –le dijo con una voz suave y varonil mientras le dirigía una cautivadora mirada, proveniente de sus atrayentes ojos verdes, que de inmediato sin saber porqué la tranquilizó, calmándose de repente. Poco a poco se sintió más relajada y tranquila. Se abrazó estrechamente a Haltoran, porque miró hacia abajo y al ver Lakewood desde el aire volvió a sentir miedo.

-Por favor, no me dejes caer, sujétame con fuerza, por favor.

Haltoran suspiró y sonrió. Su sonrisa era tan seductora como su mirada.

-No digas tonterías pequeña dama, no soy ningún bárbaro. Además acabo de salvarte la vida, no tendría sentido que te dejara caer al vacío, ¿ no crees ?

Annie parpadeó extrañada. Pensaba que pretendía secuestrarla o hacerla daño, y como si le hubiera leído el pensamiento dijo:

-Ahora enseguida aterrizaremos. No te muevas demasiado, o podrías desestabilizar el propulsor, lo que nos permite volar, realmente no está preparado para soportar a dos personas, pero creo que no habrá problemas.

-Pero, como, como, ¿ consigues….? -preguntó Annie más intrigada que asustada reparando en el ululante propulsor que expulsaba fuego acoplado a la espalda de su salvador.

-En seguida vendrán las explicaciones –dijo guiñándola un ojo- pequeña dama, aunque no sé si me vas a creer.

Annie estaba empezando a cansarse del mote y dijo enojada:

-Me llamo Annie –dijo con expresión enfadada.

-Y yo Haltoran –dijo el joven desarmándola de nuevo con su sonrisa- encantado pequeña dama…perdón, Annie.

Entonces se sonrojó recordando los cumplidos que le había dirigido y tapándose los ojos con las manos.

Se sentía bien con el desconocido, pese a estar a una altura de veinte metros sobre el suelo.

El joven manipuló los controles de la palanca que envolvía en su mano izquierda y poniéndose horizontal, bajó poco a poco los gases de impulsión aferrando con fuerza a la chica con la otra mano. Fue descendiendo poco a poco, mientras se formaba una nubecilla de polvo cuando el combustible sólido expulsado por la tobera golpeó el suelo. Se escuchó un estruendo que fue bajando de intensidad, cuando tocaron el suelo. Haltoran depositó con delicadeza a Annie en el suelo aflojando la presión de sus dedos. La muchacha se giró para mirar sus intensos ojos verdes engarzados en un rostro de marcadas facciones. El chico tenía un rostro curtido y moreno. Sus músculos resaltaban bajo lo que parecía una especie de uniforme de camuflaje de tonos marrones y caquis. En ese momento llegó Candy que corría hacía su amiga, después de atar a los dos caballos a un árbol. Candy y Annie se abrazaron, mientras Haltoran se quedaba estupefacto pensando en la foto que en el futuro, su nuevo amigo le había enseñado.

Cabello rubio ensortijado recogido en dos coletas con sendos lazos, ojos verdes como esmeraldas de fuego, y una belleza tan arrebatadora que le hizo suspirar.

"Si no fuera porque Mark te ama…." –se dijo pensativo.

Se quedó mirando a Candy que en ese momento se aproximó enojada hacia Haltoran al que había tomado por un secuestrador peligroso. Agitó sus pequeños puños e intentó agredir a Haltoran saltándole encima con auténtica rabia, mientras Annie corría detrás tratando de disuadirla:

-Espera Candy, espera –dijo la chica intentando detenerla- no es lo que crees.

Candy intentó pegarle, pero el ágil muchacho la esquivaba divertido, tan rápidamente y sin apenas esfuerzo que Candy creyó que estaba persiguiendo aire o un fantasma.

Finalmente, agotada de que sus puños se perdieran en el aire se detuvo respirando agitadamente. Ante ella se plantó el afable y socarrón muchacho, con las piernas abiertas y los brazos en jarras.

-No es lo que piensas. No intentaba secuestrarla, si no todo lo contrario. Solo pretendía ayudar a tu amiga, nada más.

Candy pareció calmarse cuando Annie refutó la versión de Haltoran. Entonces Candy creyó que era amigo de Stear, el muchacho inventor primo de Anthony y hermano de Archie.

-No conozco a ese Stear –dijo extrañado el joven. Candy protegió a Annie con su cuerpo y retrocedió con ella,alarmándola, adoptando una posición defensiva y preguntó suspicaz y algo atemorizada:

-¿ Quién, quién se supone que eres ? ¿ de donde procedes ?

Haltoran entornó los ojos y volviéndose miró a ambas amigas de soslayo.

-Como le dije a Annie, dudo que me creas, cuando te lo cuente, pero lo haré si tanto interés tienes.

Candy asintió impaciente su respuesta.

Haltoran tomó aire y soltando el propulsor de su espalda con un botón, este cayó al suelo. Haltoran contuvo su caída con una de sus botas negras.

-Me llamo Haltoran Hasdeneis y soy un crono nauta, un viajero del tiempo.

Candy le observó con estupor. No sabía si le estaba tomando el pelo o simplemente era un pobre inventor chiflado.

-Procedo del futuro, del año 2010. Y tú debes de ser Candy.

La chica abrió unos ojos desmesurados sintiendo una punzada de miedo. Un escalofrío recorrió su espalda erizándole el vello de la piel.

-¿ Cómo, cómo sabes…mi nombre ? –preguntó aturdida teniendo un presentimiento que no se atrevía siquiera a imaginar.

Haltoran extrajo una extraña arma y se puso a revisarla. Las chicas se asustaron, abrazándose, pero el joven las tranquilizó:

-No os voy a hacer daño. Solo revisaba mi arma –dijo conciliador. Y respondiendo a tu pregunta, Mark me habló de ti, en el futuro y me mostró una foto tuya. Soy amigo suyo, y me he desplazado a tu época por otros medios diferentes a los que el emplea, porque temía que pudiera ocurrirle algo.

Estuvo a punto de desmayarse en los brazos de Annie, pero se contuvo y sobreponiéndose se dijo:

-"No, si pierdo el conocimiento puede que nunca averigüe donde está Mark. Debo dejar de tener miedo y hablar…con su amigo".

Haltoran contó con todo lujo de detalles quien era, aunque omitiendo como conoció a Mark. No quería asustar más a las muchachas con historias de batallas y carros de combate.

-¿ Dónde está él ? –preguntó esperanzada y furiosa porque no obtenía respuesta de Haltoran- dijo tironeándole de las mangas de la guerrera de camuflaje.

Haltoran la apartó delicadamente, sujetándola por los hombros y dijo:

-Tranquila Candy, tranquila, él está bien y aun continúa aguardando una respuesta a la pregunta que te hizo junto al portal de las rosas, donde la Fuente de Cupido. Fue muy duro para él separarse de ti y puedo decirte que continúa amándote. Me dijo que te recitara un mensaje, si te encontraba, ¿ quieres oírlo ?

Candy asintió nerviosa, mientras Haltoran declamó con voz serena y firme:

"Candy, no espero que me ames. Entiendo que mi apariencia y mi brusca llegada te llenen de incertidumbre y miedo, pero desde que te ví por primera vez, en tu querida colina de Pony, ya no pude apartarte ni de mi mente ni de mi corazón. La primera vez crucé el tiempo accidentalmente, pero la siguiente vez lo hice voluntariamente por amor. Te quiero, desde el día que te ví y desearía que me correspondieras, que comprendieras el dolor que me corroe el alma y me la abrasa por este profundo amor. Pero si no quieres saber nada de mí, no vendré. Solo tienes que transmitirle a mi amigo Haltoran tu negativa y no volveré a molestarte, no sabrás jamás de mí. Nunca te haría daño o tomaría ninguna decisión que te perjudicara. Antes me quitaría la vida."

Mientras escuchaba largas hileras de lágrimas rodaban por sus mejillas, mientras la muchacha se estremecía, cubriéndose los labios con las manos e iba evocando la dulce imagen de Mark en su mente. Le veía sangrando, desvalido y tan cautivador y guapo en las dos veces que hasta ese momento le había visto. Su corazón latía aceleradamente mientras musitaba lentamente:

-Esas palabras….son preciosas…..nunca me habían dedicado algo tan hermoso.

Annie asistía pasmada sin entender nada, ni intuir remotamente quien podía ser ese Mark del que hablaban y que a ella, parecía importarle tanto, pero no se atrevió a interrumpir a Haltoran. Intuía que aquel era un momento muy especial e íntimo para su amiga.

Haltoran guardó silencio mientras esperaba que Candy le diera una respuesta para Mark.

Candy se enjugó las lágrimas, pero era en vano. Un nuevo y copioso llanto venía a tomar el relevo del anterior que ya había fluido por sus mejillas desde sus arrebatadores ojos verdes.

-Dile que necesito verle, que venga cuanto antes….dile que empiezo a recordar….y que….y que tengo que estar a su lado.

Había cerrado los ojos con fuerza para detener el torrente de lágrimas que nacía en las comisuras de sus ojos, pero no podía dejar de llorar. Entonces los abrió y exclamó con voz temblorosa:

-Dile que yo también me empiezo a sentir atraída por él….que no he podido….no he podido sacármelo de mi mente. Dile que ansío verlo. Que aun estoy confusa, pero que tengo que acabar con esta congoja que me está ahogando a mí también. Que creo que estoy empezando a quererle, aunque necesitaré tiempo para poner orden en mis sentimientos.

En esos momentos se escucharon voces nerviosas. La señora Legan junto con la madre de Annie y Eliza y Neal se disponían a descargar su furia sobre la muchacha. Habían registrado todos los contornos porque no les encontraban, aunque finalmente localizaron a Annie y Candy en compañía de Haltoran.

-Debes irte Haltoran –dijo Candy- es mejor que no te descubran aquí con nosotras.

-Pero yo ví desde el aire como ese muchacho –dijo en referencia a Neal espantaba a la yegua de Annie con una espuela. No voy a permitir que….

-Ya basta –dijo Candy rotunda- debes irte para transmitirle a Mark cuanto antes mi mensaje. Dile que venga, quedarte aquí solo complicaría las cosas.

Haltoran gruñó sintiendo una sorda ira, imaginando el desproporcionado e injusto castigo que impondrían a la gentil muchacha.

Estrechó la mano de la chica y dijo:

-Mark es un hombre bueno y dulce. Si llegas a amarle, no te defraudará jamás. Sería capaz de morir por ti si se lo pidieras y aun sin que se lo dijeras. Aunque jamás te obligará a hacer algo que no quieras.

Las voces se hacían más fuertes y cercanas. Haltoran se agachó y recogiendo el propulsor se lo ciñió a la espalda de nuevo.

-Adios Candy, cuídate. Espero volver a verte. Mark decía la verdad, eres realmente hermosa y muy valiente. La foto no te hace justicia, porque al natural eres aun más bonita. Algún día vuestras desdichas terminarán, de eso puedes estar completamente segura.

Manipuló los controles del jetpack cuando Annie le pidió que aguardase un momento. Quitándose la cinta de seda que adornaba su cabeza, se la entregó a Haltoran con manos temblorosas.

-Toma, Haltoran, como recuerdo mío.

Se miraron. De pronto ella se sintió triste por tener que verle partir. Y Haltoran porque no quería marcharse. Deseaba que aquel instante durase para siempre. Sus dedos se rozaron en el momento en que la muchacha le entregaba el presente y Haltoran lo tomaba entre los suyos.

-Gracias pequeña dama –dijo Haltoran escuetamente. Las toberas empezaban a expulsar gases y a ronronear comenzando a elevarle en un incipiente y lento despegue, que pronto se convertiría en un veloz vuelo.

-¿ Volveré a verte Haltoran ? –preguntó Annie tímidamente y con las manos cruzadas sobre el pecho. El corazón le latía al galope, alocadamente. Annie se estaba enamorando de él. Haltoran la miró de tal forma que la chica se derritió literalmente bajo sus ojos.

-No te quepa la menor duda, pequeña dama –dijo él, cautivado por su belleza.

Empujó la palanca a fondo con rabia por tener que apartarse de Annie, y un chorro de fuego eructó de los propulsores impulsándole hacia arriba como si fuera una piedra lanzada por una gigantesca honda. Se convirtió en un punto en el horizonte y gritó por encima del rugido de los motores del jetpack, mientras algunas lágrimas furtivas se deslizaban por sus ojos:

-¡!!No te quepa la menor duda!!!

Y partió para llevar el mensaje. Candy evocó los duros reproches y castigos que tuvo que aguantar una vez más, mientras el recuerdo de su verdadero príncipe le ayudaba a soportarlos. Annie tuvo que seguir fingiendo que no la conocía, aunque le dejó su anillo como recordatorio de su amistad. Pero Mark malinterpretó el mensaje de su amigo, creyendo que Candy no deseaba verle. Y partió llorando antes de que Haltoran pudiera aclararle algunas cosas. Pasó el tiempo y Candy ofuscada, creyendo que se había olvidado de ella ahogó su recuerdo y se volcó en su relación con Anthony para olvidar a Mark a su vez. Hasta que tras un día de desazón e incertidumbre subió a una barca que las furiosas aguas de la cascada del lago arrastraron. Mark la salvó, pero el traumático rescate volvió a sumir sus recuerdos en tinieblas. Y Mark partió de nuevo por tercera vez, con el corazón destrozado. Pero Candy ya estaba segura de amarle tan intensamente que el corazón le dolía cada vez que evocaba su imagen. A partir de ese momento su relación con Anthony se tornó insoportable. Ella, lloraba, deliraba y enfermaba a menudo, ansiando el calor y el amor de Mark. Anthony con el corazón destrozado ya la daba por perdida y solo era cuestión de tiempo que el misterioso príncipe de Candy regresara para reclamarla. Y así fue .Un día en que su caballo encabritado al introducir la pata en un cepo hábilmente disimulado, estuvo a punto de destrozarle el cráneo al tirarle contra el suelo, durante una cacería, una luz iridiscente y muy intensa lo evitó, comenzando un amor inmortal y tan sólido que ya nada ni nadie podría cortar el vínculo surgido entre Mark y Candy. Mark intentó huir nuevamente, pero el iridium se convirtió en una pesada ancla que le ató a aquel momento, lo que sumado a su delicado estado, sangrando profusamente, que le hizo perder el sentido, permitió que esta vez Candy y él estuvieran juntos, haciendo por fin realidad su amor, aunque de forma un tanto abrupta. Ella le respondió después de tanto tiempo, en la habitación de la mansión en la que Mark se recuperaba, por expreso deseo suyo:

-Por fin tengo mi respuesta. Estoy enamorada de ti, Mark, te quiero, no deseo separarme de tu lado jamás.

Y se besaron intensamente por primera vez.

Entonces notó como la ancha mano de Mark, que reconoció por su suave y cálido tacto, le mecía suavemente por el hombro.

-Despierta mi amor –dijo Mark susurrando en su oído- por fin hemos llegado.

Abrió los ojos bostezando levemente y Clean le imitó haciendo reir a Natasha.

-Mi amor –dijo esbozando una sonrisa- que bien suena en tus labios esa expresión, querido Mark.

Natasha sonrió afectuosamente ante la tierna escena.

Entonces llegaron hasta la escalinata de la mansión. Todos estaban allí para recibirla, a excepción de Albert que no había podido soportar la idea de verla en los brazos de Mark y se había negado en redondo a asistir, pese a los reproches de su tía Elroy. Besó a Mark con pasión antes de bajar del coche susurrando:

-Eres lo mejor que me ha pasado nunca, amor mío.

Los cristales del coche eran tintados y los ansiosos caballeros y damas allí congregados, con la tía abuela Elroy a la cabeza, para recibirla, no pudieron observar su efusividad desde fuera. Stuart abrió la puerta y Candy bajó ante nuestras miradas emocionadas con elegancia y el porte de la gran dama en que se había convertido, en compañía de su esposo y de la condesa Natasha Vorokva. Helen Legan se adelantó y la abrazó con cariño, mientras se le saltaban las lágrimas.

-Mi querida hija, mi bella y dulce hija, al fin te tenemos con nosotros…después de tanto tiempo.

Luego fue abrazando a sus hermanos y saludando al resto de amigos y familiares. Por el rabillo del ojo pude ver, mientras Mark, me estrechaba las manos con devoción, llamándome repetidas veces maestro, como Natasha se fundía en un largo abrazo sellado con un beso, con Anthony mientras le hacía entrega de un primer ejemplar de rosa, Dulce Natasha arrancándola algunas lágrimas. Entonces Anthony avanzó hacia Mark y cogiendo firmemente su mano derecha en un fuerte apretón, dijo mirándole con gratitud con sus intensos ojos azules:

-Gracias, gracias por lo que hiciste por mí. Nunca hasta ahora pude dártelas como creía que te merecías. Ni yo ni Natasha lo olvidaremos jamás.

-Me basta con verte feliz y alegre. No tienes que decirme nada más, Anthony. Tu mejor gratitud hacia mí es continuar vivo, disfrutando plenamente de la vida junto a la mujer que te ama.

Natasha asintió admirando a aquel joven tan bueno y generoso, que le hacía entrega a su esposa del colgante que le confiara para ella, en el puerto de Nueva York. Todos aplaudieron mientras Candy gentilmente ayudada por su esposo, se lo abrochaba en torno al cuello.

Aquel fue un largo y memorable día de celebración en Lakewood, mientras Albert encerrado en su despacho sumido en una tenebrosa penumbra, reconcomido por la idea del desquite, meditaba en el monstruoso plan que Ettiene había concebido para vengarse de Mark y de todos nosotros. Aun le quedaba algún escrúpulo y no deseaba tomar parte en la siniestra conspiración, pero el pensamiento de Candy en brazos del hombre, al que tan generosamente había salvado la vida, donándole su sangre, le volvía a ofuscar , mientras contemplaba sombriamente el retrato de su hermosa ahijada y dijo:

-Si no eres para mí, no lo serás para nadie. Para nadie –repitió con ecos siniestros.

Mientras en Lakewood ajenos a las maquinaciones, la esplendorosa fiesta en honor de Candy y de su marido se desarrollaba según lo previsto.

-Para nadie –repitió Albert y luego guardó un largo silencio.

Contempló otro retrato donde una distinguida dama de ojos verdes, y cabellos rubios recogidos en un moño, posaba con un elegante vestido azul y una sombrilla entre las manos.

-Eleonor –susurró..

FIN DE LA CUARTA PARTE