"Miro el cielo que ya no tiene colores,

ya no veo el sol y son grises las flores:

mi única verdad son tus ojos, muy dentro de mí.

Dos fotografías tan sólo han quedado

Que, sobre mi cama, el tiempo ha dejado

La distancia que nos divide me duele también.

Si no te vas, mi amor tendrás…

Eres viaje que no tiene meta: no busca un destino

Eres tierra de nadie, donde me quedo contigo, aquí.

Y me siento yo solo, pero sé,

Como tú, el amor encontraré...

De ti, no sé nada: tan sólo tu nombre,

y tu voz la escucho tan sólo en canciones:

son las emociones que hablan de nosotros dos…

Si no te vas, mi amor tendrás…

Eres viaje que no tiene meta: no busca un destino

Eres tierra de nadie, donde me quedo contigo, aquí.

Y me siento yo solo, pero sé,

Como tú, el amor encontraré...

Cambia el cielo, y veo

El amor,

que tú llevas, dentro de ti ...

Eres viaje que no tiene meta: no busca un destino

Eres tierra de nadie, donde me quedo contigo, aquí.

Y me siento yo solo, pero sé,

Como tú, el amor encontraré...

Sonhora, "El amor"


Donde el corazón te lleve

IV

El corazón se le estrujó en la mano: seguía la mirada penetrante de Kaede, pero ella se encontraba fuera de este mundo. Sin siquiera decir palabra, topó con el hombro del soldado y salió con celeridad del lugar.

-Yoriko, por favor: escúchame…- su respuesta dio contra la puerta, erigida como un mural que deseaba no atravesara-No quiero hacerte daño… Vamos, ven aquí. Tienes que entenderlo: yo—No quiero que te ilusiones… Él lo ha decidido así: no podemos ser egoístas…

Iba a retirarse, tras escuchar el mutismo por su cuestionamiento, pero algo lo hace detener.

Unos muebles se removieron: rápidamente, la puerta se abrió, con una Yoriko enajenada de lo que acababa de haber escuchado.

-¿Egoísta, me dices?... ¡Qué tal te parece si marcamos, desde ahora, las diferencias entre tú y yo, antes de que te desaparezcas en tu hoyo y no vuelvas a verme!

El capitán frunció el ceño: aún no comprendía a lo que intentaba llegar…

-¿Por qué querría tal cosa?

-¡No contestes como si fuera una maldita sugerencia!- gritó Yoriko, a lo que Kaede quedó en silencio-… No vuelvas, ¡no te atrevas, nunca más en tu vida, a decirme qué es lo que debo o no debo hacer, o cuán ruin pueden ser mis pensamientos, según tus putos preceptos de moralidad! Has matado y has enterrado cuerpos sin rostro, ¡¿te han pedido, alguna vez, algún pariente, hermano, amigo, novia, que les cierres los ojos, después de desvivirte por recuperarle?- Kaede cortó una exhalación, intuyendo cuál era el origen de su dolor- ¿Has sentido el desgarro, aquí,-señaló, golpeándose el pecho- en el centro de tu alma, cuando te piden, te ruegan porque atenúes su dolor, y eres incapaz de siquiera ponerte en pie? No tienes idea, capitán Kaede Fukusawa: ¡te lo presento! Esta es la maldita guerra que hemos iniciado… ¡Ese es el maldito martirio que deben vivir todos los que tienen un poco de corazón por el que no tiene quien le deje una flor en la tumba!

-Yoriko, yo—

-No, Kaede: no tienes idea…- musitó, con los ojos llenos de lágrimas- No puedes sentir, siquiera imaginar, el dolor de verte atada de manos: es algo que te deja sin aliento… Es algo que no te deja vivir…

Se va del lugar, sin que Kaede haga un nuevo intento por retenerla.

Antes de llegar a la puerta, ladea un tanto el rostro, cubierto por sus flequillos.

-… No tocaré a Shouji: lo protegeré y cuidaré, hasta que pueda salir de su estado crítico. Es mi deber como enfermera…- volvió a darle la espalda totalmente, para finiquitar sus palabras-… Usted cumpla con el suyo: aquí no se le necesita más…

Un replicar de botas y el cierre de la puerta.

Kaede toma el diario, con tristeza: lo posa en la mesa y se va a su habitación.


Era de día: el sol salía tímidamente entre las nubes. Frente a la casona, el jeep del ejército traía nuevas municiones y, con ello, Kaede se despedía de esta parte de la historia…

-¡Lamento la tardanza, capitán!: anoche, la ciudad estaba franqueada, de lado a lado…

-… No tan sólo la ciudad…- musitó Kaede, a lo que el soldado le mira con extrañeza- Nada, soldado: partamos enseguida…

El muchacho se apresuró a ir al volante: el capitán se iba a meter en la parte trasera de la camioneta, pero antes, le da una última mirada a la ventana superior.

Yoriko lo estaba observando: sus ojos dejaron de ser destellantes y limpios. Ahora, eran un par de océanos indescifrables…

-¿Qué ocurre, Yoriko?- musitó el teniente, ante su atención al exterior.

-¿Ocurre algo, capitán?- le llama la atención un cabo.

Ambos terminan el contacto visual, con una simple y absurda respuesta.

-No ocurre nada…

Él se sube a la camioneta: da dos golpes, y el vehículo se echa a perder entre el polvo de la arenilla roja marroquina. Ella, ante su desaparición, cierra las cortinas y sigue en su rutina de orden…

Aparentemente, nada había cambiado: ella seguía en tierra extranjera, tratando de mejorar a un muerto en vida,…

Pero ¿podía seguir con este escape?...

Al parecer, la melancolía hizo nido en las tierras perdidas de su Marruecos…


Yoriko trapea el piso, una y otra vez, como ensañándose con él, mientras Shouji la sigue con la mirada.

-… Esa maldita, ¡esa maldita mancha!- masculla, a lo que el teniente saca la voz.

-Hey, creo que es una marca de la madera…

Yoriko frunció el ceño: se sostuvo en el trapero, con la mano en la cintura, y sonrió, socarrona- Eh, no: no he estado toda la mañana limpiando una marca, ¿de acuerdo?- siguió en su trabajo, mascullando en bajo- ¡Dios, ¿es que creen que soy estúpida?

-… No he dicho eso, Yoriko: es una marca…

Golpeó el trapero contra el piso: le lanzó una mirada furibunda, a lo que el teniente le sonrió cálidamente.

-¿Apuestas?


La risa del muchacho era tenue, pero se escuchaba claramente: la enfermera lo miraba con enojo, de vez en cuando, pero internamente agradecía el haberla sacado de su ensimismamiento con Kaede.

-… No puedo creer que haya pasado toda la mañana limpiando una marca…

-Vamos, pequeña: admite que fue gracioso- dijo Tokairin, ya más calmado- Ahora, quiero que cumplas con tu promesa…

-Pero, Shouji—

Levantó una ceja, esperando que cumpliera lo dicho: la bruna suspiró, cansada de advertirle acerca de las frutas sin madurar y de los daños a la salud. Salió fuera de la habitación: momentos después, vuelve con un tiesto con ciruelas verdes en sus manos.

Se paró enfrente de él, incapaz de acceder a su pedido…

-… Esto puede provocarte una intoxicación de muerte, Shouji…

-Ah, ah, ah: comenzamos con las patrañas. ¿Es que acaso la enfermera Nikaido no puede con una promesa?

-Ahg, ya me empezaba a extrañar tu cordialidad: que te sientan provecho…- le puso el tiesto al lado, y se iba a retirar, cuando Tokairin hizo un gesto débil con la mano.

Un bufido: se sentó a su lado y sacó un puñado de la fruta. Se comía una ella, y le daba una al teniente.

Sentía el crujiente sonido de la fruta, en contacto con sus dientes: estaba complacido, como hacía tiempo ya no lo sentía. La fruta le dejaba un sabor agridulce que remembraba tiempos mejores, donde el lugar y el dinero no importaba: tan sólo el hacer compañía…

Y los ojos se le llenaron de lágrimas: porque su única razón de vivir estaba lejos, y el odio contra la persona que seguía en esta tierra, sin sentido, que lo encadenaba cada vez más y más a esa cama, a una existencia miserable…

Y Yoriko veía las lágrimas caer: deseaba, con todas sus fuerzas, poder aliviar su dolor…

Tomó el libro, incapaz de poder confortarle en algo que ni siquiera podía manifestar emoción, y recapituló en donde había quedado.


-Malditos zapatos: no saben cuánto los odio…- masculló la joven, enfrascada en su reto a los tacones que la habían hecho sufrir gran parte de la velada.

Estaba tan ensimismada en ello, juntando agua caliente en un recipiente, que no dio cuenta por el hombre que la estaba observando,…

… Desde el primer momento en el que puso pie en la fiesta de los suboficiales.

-… Debes de ser esa muchacha…- Natsumi se dio vuelta, e inmediatamente se puso de pie, en posición defensiva: pues, la persona que le estaba hablando se amparaba en la oscuridad.

-¿Eres feo o cobarde? ¡Muéstrate a la luz!

-Hey, calma…- el eco de pisadas de bota militar inundaron la habitación: salió a la luz un muchacho, alto y trigueño, de ojos azules oceánicos- No quise asustarte: no es ni lo uno ni lo otro.

El silencio inundó el sector: Natsumi sólo atinó a musitar una leve disculpa, con los ojos gachos, pero al chico pareció no haberle molestado.

-No te preocupes: suelo causar tal impacto en las mujeres…

Natsumi le miró, con el ceño fruncido y una sonrisa ladeada.

-Hey, se ve feo…- siguió la dirección de su mirada, a lo que respondió.

-No tanto como se verá mañana… ¡Hey!- el oficial tomó su pie, descubriendo en el acto su muslo, al cual tapó, y, de paso, estampó una cachetada en la blanca piel del militar- Eres un—

-Hey, tienes mucha fuerza…- midió a simple vista, al tomarle el brazo agresor- pero no tienes idea de quién soy, ¿o me equivoco?

Todavía alterada por el hecho, observó atentamente el atuendo militar del desconocido: las insignias brillantes en su solapa la hicieron darse cuenta de su condición de capitán.

-Usted no me asusta con sus rangos, que le quede claro…

-Y no es mi intención, muchacha: sólo pensé, debido a que tu compañía te ha dejado sola, hacerte la velada más agradable…

Natsumi seguía reacia a su cercanía, pues lograba intuir las intenciones de aquel extraño: el capitán le tomó el mentón con firmeza, ante la rigidez corporal que presentaba- Pero si tienes un rostro hermosísimo: aún con tu rictus fruncido. Podrías pasarlo muy bien, conmigo a tu lado…

-Más le vale el soltarle…

Miró de soslayo al que había llegado.

Era el teniente Toukairin. Al percatarse de quién se trataba, Natsumi sintió alivio: el capitán la soltó, por lo que inmediatamente la bruna fue hacia donde se encontraba el teniente.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, sí: no ha pasado nada…- lo calmó, para no caldear los ánimos que, presumía, estaban ya en su punto de tirantez máxima.

-¡Por poco, Toukairin!- ambos se dieron vuelta a ver al muchacho: tenía un brillo malicioso en sus ojos- Debes tener cuidado en dejarle tan desprotegida: muchachas tan lindas, en estos sectores, son presas fáciles de caer en encantos…

-No te atrevas…- estaba por golpearle, cuando la bruna le detuvo del brazo.

-… Mejor hazle caso a tu noviecita: a menos que quieras quedarte aquí, Shouji. Siempre he sabido que no te dan los cojones para ir a pelear…

-¡Ya basta!: eres un asqueroso indeseable. ¡Vete ya!

El teniente la quedó mirando, incapaz de creer lo que había salido de la boca de Natsumi. Sin embargo, al capitán Kiohira pareció no importarle: le sonrió, con esa mirada penetrante que la dejó helada, y desapareció del lugar, tal cual como llegó.


Ambos caminaron, callados, en dirección al hogar de la bruna: al llegar a la puerta, Natsumi le tomó las manos al muchacho.

-Hey, tranquilo…- Shouji la observó con sorpresa, ante esa espontánea muestra de cariño- No soy una damisela en peligro, como habrás podido observar…

Sonrió, y el ambiente se volvió cálido en un instante: pero tan rápido como llegó, terminó, en cuanto el teniente cayó en cuenta de la realidad que se avecinaba-… Pero la situación será más fuerte e incómoda, en cuanto nos vayamos de aquí: ellos se quedarán… Daría la vida por la rectitud de mi tropa, pero de los más poderosos no me fío…

Se soltó lentamente de su mano, pero el teniente desistió- ¡No!,… no lo hagas…- y puso aquella mano en su mejilla.

Pareció que Natsumi tragaba pesarosa, que su ausencia no le era indiferente…

-Dios, y todavía te sorprendes: eres un caso perdido…- sonrió quedamente, adelantándose a lo que diría, a lo que pensaba- Cuánto tiempo me has atosigado con tu presencia, y piensas irte y que me quede sin más…

-… No quiero dejarte… En verdad te necesito…

-Lo superarás, querido…- le habló, burlesca: pero su actitud cambió luego. Se soltó de su mano, y comenzó a caminar lentamente por el prado, ensimismada en sus pensamientos- Te irás a Europa: vas a conocer a chicas muy lindas, mucho más educadas y femeninas que yo… Supe que la tal Miyuki viaja con ustedes, ¿no es así?

-Natsumi…

-Quisiera que quedáramos en paz: no deseo saber que vas a sufrir por mí, como si fuese tu madre…

Por primera vez, le daba la razón a la muchacha: nada sacaban con entristecerse por su alejamiento… Especialmente, por el simple hecho que no eran nada…

Y no por falta de ganas, por parte del teniente.

-¿Eso es lo que quieres, Natsumi?- se acercó peligrosamente a ella y tomó su rostro a dos manos- ¿Quieres que me olvide de ti, de todo lo que me has causado: de nuestro tiempo, juntos?

Y vio esos ojos oceánicos, turbulentos, en plena vorágine de sentimientos que le causaban miedo.

Sí, tenía miedo: porque la presencia del muchacho ya no le era indiferente… Porque su trato era añorado, muchas veces, en su soledad: y tal hecho la enfurecía y la hacía llorar.

Porque sabía que era un imposible, sin siquiera forjarse: su madrastra le dejó en claro la situación de las muchachas, en cuanto los "enamorados" militares vuelven a colocarse el casco y se van a la guerra.

A menos que se casara, y ser viuda joven…

¡No, no lo ataría innecesariamente!... No, a un capricho que pronto cedería con el tiempo y la distancia: porque él regresaría a salvo…

… Y ella, con todo el pesar, debía seguir adelante…

-… Tengo que entrar: me están esperando…

-No, no: por favor, contéstame…

-¿Qué quieres que te diga?, ¡es inútil que sigas insistiendo, Toukairin!- tomó sus manos y las tiró fuera de sí- ¡No sacarás nada, tratando de alimentar algo que no va a ocurrir! Dios, ¡resígnate y déjame en paz!

El muchacho bajó la cabeza, por un instante, lo que entendió Natsumi como rendición.

Poco duró el lapso: reafirmó la retención, pero en sus muñecas. La arrinconó contra el muro de su casa y la besó en los labios.

El pulso de Natsumi se fue a las nubes: se soltó del agarre, ya atenuado, del teniente, y arañó sus hombros, pero no hizo sino que el beso se profundizara. Estaba con escaso aire, y la determinación del teniente se afianzaba cada vez más.

Finalmente, cuando los brazos de la muchacha estaban lánguidos, cansados por el esfuerzo infructuoso de alejarle, Shouji la deja lentamente: le da un beso en la mejilla, la que acaricia con suma ternura- Nos veremos luego…

La respiración de Natsumi seguía errática, pero debió volver pronto a tierra, cuando el muchacho golpeó la puerta de su casa: la madrastra, apenas sacó la cabeza al aire, se vio impulsada hacia adentro por la bruna, quien no tardó en cerrar la puerta, sin siquiera agradecer la fiesta ni darle una despedida…

-Pero muchacha, ¡quién te entiende a ti!: me pides permiso para salir, y cuando lo logras, ¡espantas al único pretendiente que has tenido!

-¡Y no los necesito!- gritó, enojada, mientras hacía gárgaras con agua, por lo asqueada que se sentía por su primer beso.

Cerró la llave, y miró consternada sus manos.

No, no podía decir que era asco…

Estaba confundida nada más: y esa confusión estaba por terminar…

Toukairin se iría con su tropa: y, con él, se llevaría esta rara sensación que la dejaba tan vacía…


-… Su primer beso…- musitó, con nostalgia: el muchacho se había calmado un tanto, lo suficiente como para conversar con ella.

-… Ella era una chica muy campestre: rayaba en lo rudimentario… Yo estaba exacerbado, entre Goethe y otros escritores alemanes: supongo que no tenía la paciencia que ahora. En algún momento, debió agotarle tantos cambios…

-… Pero Natsumi, en verdad lo quería…

Le sonrió, con total franqueza.

-Tal vez, Yoriko: pero el sólo sentimiento no es suficiente…- miró hacia la foto, la que estaba en su mueble- Nada en ese mundo era suficiente…


Terminó por contar el dinero que tenía.

Vio, con decepción, que tenía de sobra, pero con nadie quien pudiese tenderle una mano e ir a comprar al pueblito vecino, no le servía de nada.

Guardó, con pesadumbre, todo el dinero en su bolsito, y lo dejó a un lado de su maleta.

Esperaba darle un gusto a su paciente, quien lo único que tenía bueno y sano era la boca: comía a todas horas y sin chistar, por algunos olvidos en el fuego, por parte suya. En un instante, sintió el peso de la soledad y deseó con fuerzas, no haber sido tan estúpida al haber alejado a Kaede de su lado.

Pero en cuanto se hizo, se deshizo el pensamiento: revolvió su cabeza, en espera de borrar tales pensamientos y tener algo de paz en su mente.

Ese chico quería matar a esa "alma de Dios".

Muy bien parecido y alegre pudo haber sido, pero el siquiera pensar en atentar en contra de alguien indefenso y bueno, como lo era el teniente Toukairin, era algo imperdonable.

… Aunque, él mismo le ha confirmado tal deseo…

-¡Ya basta, Yoriko!- golpeó la mesa, botando la fruta que estaba en un pocillo- Deja de pensar en estupideces, Yoriko…

Se golpeó ambas mejillas con las palmas, para desperezarse, y siguió con la rutina que tenía a medias. Era su única vía de escape en esas instancias…


Tomó cada una de las maletas y las puso en la montaña del resto: todos estaban despidiéndose… Siete años en este país: tan diametralmente distinto a Japón, y ya habían formado lazos de camarería con otras personas…

A él no le sorprende: si, en ese mismísimo instante, no quería dejar ese país…

Él, amante de las montañas y de los climas helados, sólo deseaba permanecer en ese lugar.

Si Natsumi se lo hubiese pedido, aunque sea un brillo cómplice en sus ojos, lo dejaba todo.

Pero la reacción fue contraria: a cambio suyo, Natsumi sabía cuál era la situación que les tocaba y que, de acuerdo a ello, no existía más salida que un amigable apretón de manos…

Ella, quien salía corriendo con tomates del huerto vecino sin que nadie pudiese darle alcance; quien jugaba a los pulsos, a pesar de las diez aplastantes victorias que siempre le llevaba por encima, con una sonrisa desafiante… No se negaba, como él, a tal realidad.

Ella lo sabía: sabía que jamás volvería a verlo.

Y era cursi, ridículamente trágico, que tal pensamiento se albergara en él y provocase un nudo en su pecho.

Porque también él conocía el destino trágico que le deparaba el destino: Natsumi es la única adolescente de una pareja de ancianos agricultores… En la generosa pobreza que les dejó, como herencia, el padre de la bruna, la única utilidad que les prestaría sería el casarla con alguien de gran poder adquisitivo.

Y temía mucho por ella: es tan inocente y rebelde… Una unión forzada sólo la orillaría a la autodestrucción.

Jamás se dejaría doblegar por nadie, y la gente de sociedad no acepta a personas capaces por pensar por sí solos.

-¡Teniente Toukairin!...- se levantó del pórtico, al ver a Miyuki corriendo hacia él.

La muchacha iba de amarillo, por lo que pudo divisarle fácilmente: llegó hasta él, con lágrimas en sus ojos- Teniente, lamento que se vaya…

-No se preocupe por mí, señorita Kobayakawa: vamos únicamente por diplomacias…- vio el enorme barco, el que sería su morada por un tiempo, y deseaba creer con todo su espíritu lo que sus labios afirmaban con fuerza- Pienso que, con lo pasado, nadie debería desear una guerra…

-Siempre rezaré por usted: porque vuelva a Marruecos y, bueno,- tomó su rostro, de forma sorpresiva- para que no se olvide de esto…

Sin previo aviso, la morena le dio un profundo beso.

Después de un tiempo determinado, se alejó lentamente, con una sonrisa en los labios…

… Pero se dio cuenta que, hace unos instantes, había dejado de ser el foco de atención.

Se dio vuelta, para encontrarse con la muchacha de unos años atrás.

Se veía sorprendida, triste,… impactada por lo que había presenciado: sin perder tiempo, se echó a perder del lugar…

Lo que no esperaba era que el teniente, desesperado, la hizo a un lado y salió corriendo del lugar.


-¡Natsumi, Natsumi, para de correr: es un malentendido!

Pero la muchacha no se detenía. Impulsado por la prisa, el teniente la agarra de los hombros y la tira contra el suelo: la bruna seguía en sus intentos de huir, arañándole el rostro y dando patadas a diestra y siniestra.

-¡D-déjame, estúpido!: ya—ya te has olvidado… ¡Cómo has podido!- y los golpes se vuelven más fuertes: sentía la piel hirviendo, lo que menguaba en sus fuerzas…

-Natsumi, Natsumi, ¿qué?—la tenía media desvanecida, entre sus brazos: puso su mano en la frente y se dio cuenta que volaba en fiebre- Dios, estás muy mal…

El sonido del barco indicaba que debían abordar: todos estaban ingresando al barco, pero el teniente no prestaba atención…

Un general fue a buscarle, pero Shouji seguía caminando, en dirección contraria.

-¡Teniente, por Dios: tenemos que abordar!

-No lo haré…

El hombre se quedó petrificado: era superior en rango, Toukairin siempre había sido considerado como un excelente cadete,…

… sin embargo, no titubeó en negar una orden.

-¡Teniente Toukairin, se lo advierto!

Y el muchacho se detuvo un instante, pero no para decir las palabras esperadas por el general…

-Comuníquele a mis superiores que, por ningún motivo, podré tomar el barco hoy…- miró a la muchacha, inconsciente, necesitada de él, y todo se esclareció en su mente- Dígales, por favor, que me quedaré por razones de fuerza mayor:… debo cuidar a mi prometida…

Continuará…


Hola, hola...

Bueno, todavía no se va, eh?: tiene un par de asuntos pendientes...

Se irá, la historia tendrá un final feliz?: ... quizás sí, quizás no: depende de lo que cataloguen como felicidad...

Besos y nos leemos, en la próxima entrega noticiosa de fics XD.