CAPÍTULO 4

Cuando el látigo chasqueó por quinta y última vez, arrancando un último grito de su garganta, Merlín se desplomó contra la pared frente a él hasta que sus rodillas alcanzaron el suelo. De no ser por las esposas en sus muñecas y las cadenas ancladas por encima de él, probablemente ya estaría tirado en el suelo. Se sentía mareado, y deseó que la oscuridad que rodeaba su visión se apresurara de una vez, porque desmayarse parecía la mejor opción en ese momento. Parecía que toda su espalda ardía, cada latigazo había venido fuerte y rápido, rasgando su piel, abriéndola.

Nunca había experimentado un dolor así. Todo su cuerpo temblaba, y parecía que nunca iba a ser capaz de regular su respiración otra vez. Por poco digno que fuera el aspecto que ofrecía en ese momento, encorvado y con la frente apoyada contra la pared, no tenía humor para moverse. De hecho, estaba perfectamente bien donde estaba si eso significaba no tener que arriesgarse a forzar las heridas de su espalda. Las cinco líneas sangraban, sabía que estaban allí, podía sentir la sangre fluyendo lentamente de cada una.

El hombre que había blandido el látigo, Neirin, no se había reprimido. Había puesto toda su fuerza en cada golpe mientras Barragh permanecía allí mirando, alentando al hombre a que diera todo lo que tenía. De hecho, los dos seguían mirándole, y si no sintiera tanto dolor, le habría gustado mirarles fijamente, para dejarles saber que aunque hubieran podido con él esta vez no significaba que fuera a rendirse pronto. Lo que le había dicho antes a Barragh iba en serio: nunca tendría su lealtad. Era imposible que ayudara a un psicópata tan narcisista y desalmado. Preferiría morir.

— Bien, chico —escuchó que el lord decía tras él, sonando casi complacido consigo mismo—. Espero que hayas aprendido tu lección. Recuerda, la próxima vez que intentes escapar, serán diez.

A través del dolor y el sonido de su propia respiración agitada, el hechicero escuchó el sonido del metal rozando la roca y vio un rayo de luz entrando en la habitación antes de desaparecer otra vez. Hubo un ruido sordo y un suave chasquido y Merlín supo que por fin se habían ido. Rápidamente intentó alcanzar la poca magia que tenía disponible, para usarla para aliviar el dolor o soltar sus grilletes, cualquier cosa con tal de poder sentir aquella reconfortante calidez familiar fluyendo a través de él otra vez. Desafortunadamente su magia no le escuchó, no salió a la superficie, y sabía que si intentaba forzarla sentiría incluso más dolor del que sentía ahora (y sin importar lo que pasar, no podía permitirse a sí mismo sentirse frustrado otra vez, porque definitivamente hacerlo no había funcionado a su favor y no se sentía inclinado hacia arriesgarse a volarse a sí mismo esta vez).

Al final no tuvo otra opción más que dejar que la magia retrocediera otra vez, y pareció que su interior se quedaba frío sin ella. Era una sensación increíblemente solitaria. Se preguntó por un momento si era eso lo que sentía alguien sin magia, tener permanentemente la sensación de que faltaba algo… pero por supuesto, era una tontería, porque la mayor parte de la gente ni siquiera sabía lo que era tener magia para empezar. No podías echar de menos algo que nunca habías tenido, ¿no?

Merlín inspiró profundamente, dejando escapar un suspiro roto y deseando todo el tiempo que hubiera lago que pudiera hacer para que la situación fuera un poco menos horrible de lo que era. El hechicero estaba completamente solo en una fría, oscura celda, encadenado a la pared y sostenido solo por sus muñecas mientras hebras de lo que parecía fuego recorrían su espalda. Cada corte ardía, y sinceramente no podía imaginarse tener que soportar diez. ¿Y si Barragh decidía añadir cinco más cada vez que intentara escapar y fracasara? ¿Cuántos latigazos podía soportar una persona normal?

¿Cuántos podía soportar alguien como él?

Estaba empezando a desear haber sido un poco más cuidadoso, no haber presionado su suerte tantas veces sin importar lo satisfactorio que hubiera sido al principio. Las primeras veces se había sentido deleitado con las miradas de irritación y el enfado que era capaz de sacar de su captor, porque había sabido que a pesar de las amenazar, nada saldría de ellas. El traficante de armas le necesitaba vivo, así que Merlín no se había molestado en hacer caso a ninguna de sus advertencias o en tomarse sus palabras en serio. En vez de eso, había continuado con su misión de escapar del castillo, para la diversión de muchos de los guardias, pero aparentemente incluso Barragh tenía un límite en cuanto a lo que estaba dispuesto a soportar. Arrancar la puerta de su celda de sus bisagras había sido la gota que colmó el vaso, al parecer. O eso, o siete no era su número de la suerte.

Pasaría un tiempo hasta que pudiera intentar la octava, y aunque no quería pensar en ello, una novena tardaría incluso más (y no, no era un masoquista, sin importar que sus acciones parecieran sugerir lo contrario. Simplemente le importaban más los progresos que las consecuencias en ese momento, eso era todo).

Merlín no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde la salida de Barragh y la siguiente vez que su puerta se abrió, pero descubrió que no le importaba mucho. Debía haberse desmayado o adormecido en algún momento, porque el dolor había disminuido ligeramente desde la última vez que había entrado luz en la habitación. Aún dolía más que cualquier otra cosa que hubiera sufrido nunca, pero al menos ya no parecía que alguien le hubiera prendido fuego a su espalda.

A través de la neblina causada por el cansancio y el dolor, fue capaz de oír un afilado jadeo seguido del sonido de pasos apresurados y un suave repiqueteo, como el que haría un cubo al golpear el suelo (algo que le resultaba demasiado familiar). Alguien debe haber dejado caer algo, pensó mientras las ideas vagaban vagaban con pereza por su dolorida mente. Deben tener prisa. Demasiadas tareas, quizás… sé lo que se siente.

Antes de que su mente pudiera alejarse más, notó un suave roce contra su rostro, girando su cabeza con cuidado hasta encontrarse con un par de preocupados ojos marrones. Solo le llevó un momento darse cuenta de a quien pertenecían.

— ¿Rordan? —preguntó suavemente, ganándose un asentimiento en respuesta.

De repente hubo otro roce suave, esta vez en sus muñecas atadas. Alzó la vista para ver una cabeza de cabello claro, algo entre el castaño y el rubio, y un par de ojos verdes muy concentrados.

— ¿Owyn?

— Espera, Merlín —dijo él mientras metía una llave en el cierre de las esposas—. Te quitaremos estas cosas en un momento.

Tan pronto como le quitaron las esposas, el hechicero dejó caer los brazos y se derrumbó contra la pared. Probablemente se hubiera caído del todo contra el suelo de no ser por Rordan. El guardia había envuelto un brazo alrededor de sus hombros y el otro por su cintura, sosteniéndole. Enseguida Owyn estuvo arrodillado a su lado, estirándose para ayudar a sujetarle.

— Vale, vamos a llevarte hasta la cama —dijo con voz ligera, pero había un tono subyacente, uno que sonaba como enfado pero estaba más cerca de la preocupación. A Merlín le resultaba muy familiar. Después de todo, era como Arturo solía sonar cuando estaba preocupado (o molesto, o nervioso, o dolido, o… en fin, un montón de cosas, en realidad. Prácticamente era su respuesta predeterminada para todo).

Entre los dos consiguieron ponerle en pie, aunque él no pudiera encontrar la fuerza para mantenerse erguido por sí solo. Afortunadamente, la falta de cooperación de su cuerpo no les hizo las cosas más difíciles, ya que eran perfectamente capaces de sostener su peso. Se las arreglaron para llevarle hasta la cama sin muchos problemas, todo el rato con cuidado de no tocar su espalda o hacerle más daño (Merlín habría apreciado el esfuerzo de no ser por el hecho de que moverse lo más mínimo mandaba una oleada de dolor a su espalda, y desafortunadamente para él, era inevitable). Le tumbaron con mucho cuidado sobre su estómago, y tan pronto como estuvo situado, los dos guardias se movieron para recoger las cosas que habían dejado en el suelo antes.

Merlín cerró los ojos, presionando la cara contra la plana almohada de su catre. Todo lo que quería era dormir, pero tenía la sensación de que no podría hacerlo durante un tiempo. A pesar de no haber sufrido nunca ninguna herida seria (decidió ignorar todos los casos en los que había sido golpeado por magia, porque Gaius nunca había tenido que vendarle ni nada de eso después, así que obviamente no contaban), sí que había visto muchas, y sabía cómo era el tratamiento. Sus heridas tenían que ser limpiadas y después cubiertas por algo —hierbas, salvia, miel, lo que estuviera disponible— para evitar la infección antes de ser vendadas.

Y dependiendo de cómo de mala fuera, todo el proceso podría tener que ser repetido, posiblemente incluso varias veces. No tenía muchas ganas.

Cuando Owyn y Rordan volvieron con su cubo de agua y algunos trapos, el hechicero dejó escapar un pequeño suspiro e intentó prepararse para la inevitable incomodidad que vendría pronto.

Al final, falló espectacularmente.

— Solo intenta relajarte —dijo Rordan—. Tendremos todo el cuidado posible.

Merlín estaba bastante seguro de que ninguna cantidad de cuidado podría causar ninguna diferencia. Incluso el roce más ligero le hacía apretar los dientes y tensarse. El agua caliente no era del todo reconfortante, y claramente la habían mezclado con algo —jabón o sal o alguna otra sustancia usada para limpiar— que había que cada corte de su espalda pareciera arder otra vez, más intensamente que antes.

A pesar del dolor, se las arregló para resistirlo, envolviendo con los puños las sábanas mientras mantenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada. Intentó no hacer ningún sonido, y al final lo consiguió… hasta el momento en que comenzaron a frotar un ungüento sobre las heridas. Su resolución flaqueó rápidamente después de eso, y por mucho que lo intentó no pudo evitar gritar. Así que enterró aún más la cara en la almohada para amortiguar su voz, deseando desesperadamente poder desmayarse de una vez. Aunque el proceso era doloroso, no lo era lo suficiente como para dejarle inconsciente, y a juzgar por como los guardias estaban haciendo lo que podían con lo que tenían, era poco probable que tuvieran una pócima para dormir o un brebaje que atenuara el dolor. Tendría que soportarlo hasta que su cuerpo decidiera que había tenido suficiente.

No podía evitar pensar, probablemente por millonésima vez en aquel mes, que su vida era muy injusta.

Para cuando hubieron terminado y solo les quedó aplicar los vendajes, Merlín estaba prácticamente jadeando para respirar, y aunque sabía que los sonidos gimoteantes que estaban haciendo eran un motivo más que suficiente para sentirse avergonzado, no conseguía parar. Estaba cansado y dolorido, y todo lo que quería era quedarse dormido y quizás despertarse dentro de una semana, porque para entonces era posible que su espalda no doliera como si alguien no parara de golpearle con una antorcha encendida.

Por extraño que pareciera, obtuvo su deseo. Para aplicar los vendajes, primero tenían que moverle, y cuando intentaron levantarle, el tirón de su piel rota fue demasiado para soportarlo. Era casi ridículo que después de permanecer consciente durante los latigazos y el tratamiento de las heridas, ser vendado fuera lo que pudiera con él, pero en el fondo no le importaba mucho ya que finalmente —por fin, gracias a Dios— se deslizó en al oscuridad.

— Por fin —suspiró Owyn cuando Merlín cayó contra él, con los ojos cerrados y la respiración estable—. Pensé que no iba a rendirse nunca. Es muy cabezota.

— Desde luego —asintió Rordan mientras cogía las vendas. Owyn movió al hechicero cuidadosamente para sentarlo, con cuidado de no tocar las heridas o abrirlas otra vez. El chico ya había sangrado lo suficiente, las sábanas del catre eran una clara prueba. Tendrían que cambiarlas, y también haría falta una nueva manta. Se ocuparía de ellos tan pronto como hubieran terminado de atender a Merlín.

Los dos trabajaron en silencio un rato hasta que Owyn notó que las manos de Rordan temblaban mientras ponía las vendas alrededor del torso del hechicero. Una mirada al rostro del guardia hizo sencillo averiguar por qué. Sus ojos negros estaban incluso más oscuros por la ira.

— Neirin, ese bastardo —gruñó suavemente—. No se reprimió en absoluto —Owyn no pudo evitar estar de acuerdo con la última afirmación. Aquel bruto le había golpeado lo suficientemente fuerte como para que incluso el primer latigazo pudiera romper la piel. El resto de los guardias hubieran sido más suaves con él, pero Neirin era la mano derecha de Barragh, y al contrario que el resto, no sentía ninguna debilidad por el joven mago. Era bastante probable que el hombre le odiara, incluso que estuviera celoso. Después de todo, Merlín tenía una gran habilidad para la magia. Su nivel estaba por encima del de los hechiceros mejor entrenados, y para alguien como Neirin, que tenía magia pero no el talento para usarla… Bueno, habría desarrollado una insana cantidad de odio por el chico, especialmente considerando que Barragh estaba tan interesado en él.

— Se curará, ¿verdad? —preguntó Owyn, con la necesidad de saber si su amigo (y eso era lo que Merlín era para ellos, por extraña que fuera la situación) estaría bien.

— Con el tiempo. Llevará un poco, y puede que queden cicatrices, pero estará bien. Me aseguraré de ello.

El joven murmuró algo en respuesta, sabiendo que Rordan decía en serio cada palabra y que haría todo lo que pudiera. De todos ellos, era el que había pasado más tiempo con Merlín, el que mejor le conocía, aunque eso no era decir mucho. Por abierto e inocente que Merlín pareciera ser, nunca hablaba mucho sobre sí mismo. Todo lo que sabía de él en realidad era que venía de Camelot y que era un hechicero ridículamente poderoso. Sin importar lo despreocupado que el chico pareciera, no era idiota. Sabía que no debía hablar de su vida, de las cosas y las personas que significaban algo para él. Todo lo que revelara tenía el potencial de ser usado contra él, así que no decía nada, siempre cambiando de tema cuando algo se volvía demasiado personal (algo en lo que habían descubierto que era extremadamente bueno).

Era un poco extraño, en realidad, cómo podían saber tan poco sobre el hechicero y aún así se sentían como si le conocieran tan bien. Sabían que tipo de persona era, el tipo de creencias que tenía, y cómo se sentía acerca de ciertas cosas, y eso era suficiente para ellos. Después de todo, no era tanto sobre qué era una persona, lo que hacían o no, lo que pudieran o no hacer. Al final, todo lo que importara era quienes eran, y después de pasar un mes en la compañía del chico, era fácil ver qué tipo de persona era.

Merlín probablemente fuera una de las personas más desinteresadas, cabezotas, inocentes, torpes, leales, idiotas y de gran corazón que había conocido, por no decir que el más.

Era la última persona que se merecía ser tratada así.

Mientras los dos guardias continuaban su trabajo en silencio, Owyn dejó que su mente vagara un poco, con la necesidad de distraerse a sí mismo y a Rordan con alguna otra cosa que no fuera la situación de Merlín, porque ese era un camino lleno de demasiada culpabilidad e inseguridad y no le serían de ninguna ayuda si se revolcaban en ello. En vez de eso descubrió sus pensamientos dirigiéndose al otro prisionero de gran importancia que probablemente estuviera frunciéndole el ceño a un vaso y un plato vacíos, preguntándose si Owyn iba o no a volver.

No pudo evitar sonreír al pensar en el príncipe coronado de Camelot. Sinceramente, no se había esperado sorprenderle tanto, pero sus reacciones a la inesperada hospitalidad le habían parecido muy divertidas.

— Bueno —comenzó, queriendo asegurarse de tener la atención de Rordan—. Hablé con el príncipe antes.

El otro guardia alzó la vista brevemente antes de volver a su tarea, aunque había una sonrisita divertida, aunque pequeña, en su cara.

— ¿Y cómo es? —preguntó Rordan.

— Es interesante. Algo diferente de cómo pensé que sería, de todos modos.

— ¿En qué sentido?

— Bueno, supongo que esperaba que empezara a gritarme o a actuar como un imbécil mimado y consentido, pero estuvo bastante callado. Claro que creo que le sorprendí un poco cuando dije que estaría encantado de traerle más comida si quería, así que ese puede ser el motivo de que no hablara mucho. No paraba de mirarme como si estuviera loco.

— Estás loco.

Owyn simplemente le dirigió una mirada tímida a su amigo antes de continuar con la historia.

— En fin, como iba diciendo, es bastante distinto de cómo me imaginaba que sería el hijo de Uther Pendragón. Esperaba a alguien enfadado y pomposo y autoritario, pero solo se sentó allí y me miró. No fue abiertamente hostil en absoluto. De hecho parece que pudiera ser una persona decente, o al menos mejor de lo que es su padre.

Durante un rato ninguno de ellos dijo nada, pero Owyn veía que su amigo estaba sumido en sus pensamientos, con el ceño fruncido y las cejas casi juntas. Permaneció así incluso después de haber terminado de colocar las vendas, y los dos reclinaron a Merlín otra vez en el catre. Tendrían que volver en unas horas para ver que estuviera bien, pero por ahora parecía estar durmiendo de un modo lo suficientemente profundo como para que el dolor no le molestara tanto. Quizás si Rordan pudiera escabullirse un rato, podría hacer alguna mezcla para ayudarle con eso (el hombre no era médico, pero se las arreglaba en una botica).

No fue hasta que los dos se encontraron recogiendo los materiales que el guardia más viejo finalmente habló otra vez.

— Sobre el príncipe… —comenzó, dejando que su voz se fuera apagando mientras miraba otra vez hacia el hechicero—. Si es necesario… ¿crees que podríamos confiar en él?

Su pregunta, siendo tan vaga como era, no necesitaba aclaración. Owyn sabía exactamente lo que quería decir y pudo oír las palabras que no había dicho. Al principio no estuvo del todo seguro sobre cómo responder, porque aunque era fácil ver que Arturo no se parecía mucho (por no decir nada) a su padre, solo habían hablado un poco. Tendría que "interrogarle" un poco más antes de responder con sinceridad a una pregunta así, pero esperaba que el resultado fuera favorable. Después de todo, necesitaban toda la ayuda que pudieran conseguir, porque si iban a intentar algo sin estar totalmente preparados, todo podía ir muy, muy mal.

Especialmente para Merlín.

— Aún no estoy seguro —dijo—. Dame un poco más de tiempo y podré darte una respuesta. Prometo que seré discreto.

— Está bien.

Sin nada más que decir ni nada más que hacer, ambos dejaron la solitaria y oscura celda, no antes de dirigir una última mirada a su amigo. Tumbado allí parecía tan joven, vulnerable… tan completamente inocente. Parecía alguien que necesitaba protección, que no podía defenderse mucho ni cuidar de sí mismo, y aunque buena parte de aquello era verdad, al mismo tiempo no lo era.

El chico era peligroso, mucho, y no solo por su talento único y su capacidad para la magia. Eso era aterrador por sí solo, pero lo que le hacía a él y a sus dones tan terroríficos era su naturaleza, su aspecto, porque nadie sospecharía nunca que tras ese modesto exterior se encontrar el poder de derribar ejércitos, demoler castillos y poner a un reino entero a sus pies.

Barragh lo sabía, pero la pregunta real era, ¿lo sabía Merlín?

¿Tenía la menor idea del arma tan poderosa que podía ser?


Cuando la puerta de su celda se abrió por fin una vez más, Arturo se mantenía ocupado mirando al plato y el vaso vacío, deseando tener algo más que una dubitativa confianza en que Owyn le traería más. El hombre no tenía ningún motivo para hacerlo, después de todo. Por eso le resultó una agradable sorpresa ver al guardia entrar en su celda una vez más con otro plato y una jarra entera de lo que solo podía ser agua mientras otro guardia esperaba en la puerta. De todos modos, al contrario que antes, ya no tenía una sonrisa en la cara. Más bien parecía cansado, y no parecía cansancio físico.

¿Tenía algo que ver con el motivo por el que se había ido corriendo antes?

El príncipe permaneció en silencio cuando la puerta se cerró una vez más y el segundo guardia se alejó por el pasillo, mientras Owyn cruzaba despacio la celda. Cuando alzó la vista y vio los ojos de Arturo clavados en él sonrió, y aunque apenas le conociera, era fácil ver que la sonrisa era forzada.

— Siento haber tardado tanto —dijo antes de dejar el plato. Tomó el vaso vacío y lo llenó otra vez hasta casi derramar el agua antes de dejar también la jarra en el suelo. Al contrario que antes permaneció en silencio mientras realizaba la tarea, ni siquiera hizo contacto visual. El príncipe lo encontró un poco enervante, lo cual era ridículo, ya que por qué debería siquiera importarle, pero descubrió que le molestaba de todos modos. Aún así prefirió no decir nada y esperó hasta que Owyn terminó, viendo como el guardia se alejaba y se apoyaba contra la pared contigua. Se cruzó de brazos y bajó la cabeza, mirando al suelo como si le hubiera hecho algún tipo de mal, y toda su conducta era tan distinta a como había sido antes que Arturo se encontró preguntando sin saber si le importaba realmente la respuesta.

— ¿Ha pasado algo?

La cabeza de Owyn se irguió rápidamente, abriendo un poco más los ojos antes la pregunta. Aparentemente no se la estaba esperando. Sin embargo, no tardó mucho en desprenderse de la sorpresa, y cuando esta desapareció en su rostro no quedó más que resignación y tristeza. El hombre negó con la cabeza antes de volver a mirar al suelo.

— No te afecta, en realidad —comenzó con amabilidad—. Pero sí, pasó algo.

— Azotaron a alguien, ¿no es así? A otro prisionero.

Consideró una pequeña victoria que los ojos de Owyn se abrieran de golpe otra vez, claramente sorprendido por que Arturo supiera lo que había pasado. Era de algún modo satisfactorio saber que incluso en aquella situación no se encontraba en una completa desventaja. Ser capaz de sorprender a alguien no era ninguna gran victoria, ni le llevaría a ningún sitio, pero le hizo sentir un poco menos inútil en una situación que estaba completamente fuera de su control.

— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Owyn con un poco de desconfianza en sus palabras.

— Os escuché a ti y al otro guardia antes.

Una expresión extraña cruzó la cara del hombre, una que Arturo ni siquiera intentó descifrar. Pensativo y receloso no eran exactamente las correctas, pero al mismo tiempo no podía pensar en palabras mejores para describirlo. Lo que parecía obvio era que Owyn no iba a hacer ningún comentario pronto —estaba demasiado perdido en sus pensamientos, al parecer—, y decidió que podía dejarlo pasar por ahora y devolver la atención a la comida. No tenía sentido dejar que se desperdiciara una comida estupenda, al fin y al cabo.

Sin que el príncipe se diera cuenta, Owyn le observaba por el rabillo del ojo, repasando al mismo tiempo todo lo que había dicho al otro guardia y todo lo que sabía hasta el momento de Arturo. Aún no sabía mucho de él, pero el príncipe, por lo menos, había sentido curiosidad por lo que había pasado. La curiosidad era muchas veces la entrada a la preocupación, especialmente para gente cabezota y emocionalmente estancada, aunque era un poco pronto para asumir algo así. Arturo no tenía motivos para estar preocupado por alguien a quien no conocía, cuya situación no tenía nada que ver con él, pero eso no descartaba la simpatía, y podía trabajar con eso.

Él y Rordan querían saber qué tipo de persona era el príncipe, bien, ese era un momento tan bueno como cualquier otro. No tenía que darle muchos detalles, nada que pudiera meterles en problemas en el futuro, pero le dejaría saber lo suficiente para obtener una reacción. Owyn sabía que tenía que tener cuidado de todos modos, porque fuera Arturo un ser humano decente o no, aún era el príncipe de Camelot, y Camelot tenía normas muy estrictas en lo que a magia se refería y cómo había que tratar con aquellos que la practicaban. Era imposible que arriesgara la vida de su amigo solo para probar al príncipe. No podía saber qué consecuencias podía tener. Merlín vivía en Camelot, después de todo. Dónde exactamente no lo sabía, el mago nunca se lo había dicho a ninguno de ellos, pero aún así no valía la pena el riesgo.

Por lo tanto debía ser discreto. Sin mencionar nombres, ni la magia, ni nada que pudiera delatar a Merlín. Lo poco que sabía se lo habían contado en confianza, y no tenía intención de romperla.

Sin importar lo que pasara, no comprometería a su amigo. De algún modo, de alguna manera, iban a salvarle.

O morir intentándolo.