Me ha costado pero finalmente he encontrado el hilo necesario para volver a contar esta historia. Espero poder subir un capítulo por semana, calculo que serán menos de 10.

Capítulo III: Reencuentros

Diciembre, 2006

Camino al hospital, me encuentro una camioneta averiada en medio de la pista. No la bloquea por completo pero el conductor, o sus vaqueros, lo único que está a la vista de él, llaman mi atención. La curiosidad me obliga a detenerme apenas a unos metros de distancia. Me bajo de mi auto y me dirijo hacia el vehículo que está varado con el capó levantado, con una nube de humo alrededor de su conductor. Como lo sospechaba, se trata de una chica.

Tras un estrepitoso ruido proveniente del motor, se incorpora alejándose de él. Algunos mechones de cabellos caen sobre su rostro producto del movimiento. Tose con esfuerzo y suelta algunas maldiciones entre dientes, haciéndome reír. De inmediato, me siento culpable y me dispongo a ofrecerle mi ayuda a pesar de mis limitados conocimientos sobre coches. Al escucharme, se gira y veo mi sorpresa reflejada en sus ojos.

– ¿Bella? – pregunto extrañado por su presencia. Por un lado, me cuesta creer que es ella pero por otro no necesito más pruebas que aquellos hermosos ojos para estar seguro de su identidad.

Parpadeo un par de veces y al ver que ella sigue ahí, de pie a pocos centímetros de mí, comprendo que este reencuentro es real, que después de casi ocho meses, ella vuelve a mí. Pero, ¿qué dices? ¿Vuelve a ti? ¿De dónde ha salido esa ridiculez? Aún aturdido por la situación, me reprendo a mí mismo, por mi excesivo entusiasmo. Tienes que controlarte, es solo aquella pueblerina, me repito en mi mente tratando de dominar la turbación que me produce volver a verla.

Ella se limpia las manos en sus vaqueros y me tiende una, aún con restos de grasa. Sospecho que verme la ha impresionado tanto como a mí.

– Hola, ¿cómo has estado?

Confundido por su extraño saludo, me quedo viendo su mano extendida hasta que ella la retira. Su sonrisa, tan cálida y honesta, se desvanece y yo me arrepiento de haberme mostrado tan descortés. Dispuesto a corregir mi error, acabo con la distancia entre nosotros y le doy un abrazo torpe por unos segundos.

– No puedo creerlo… pero ¿qué haces aquí? – pregunto, con mi entusiasmo saliendo a flote. Mentiría si dijera que no he pensado en ella, lo he hecho en un par de ocasiones, más de las que me gustaría admitir, a pesar de que creí que nunca la volvería a ver.

– Estudio aquí – responde como si la respuesta fuera obvia. – Creo habértelo dicho esa noche, que me admitieron en la Universidad de Seattle

Esa noche. No tiene que decir nada más para que la entienda. Esa noche fue la única en realidad. Luego no hubo ni un sólo intento de contacto por ninguna de las partes y quizás eso fue lo mejor.

Me tomo unos instantes para apreciarla realmente, a la luz del día y la encuentro guapísima, mucho más que antes. Mis pensamientos se ven interrumpidos por otro ruido aún peor, que emerge de la chatarra que tiene por vehículo. Es un pick up muy viejo, probablemente de la década de los cincuenta.

– No sé cómo has conseguido que anduviera por tanto tiempo – bromeo tras el estruendo y me acerco un poco más para evaluar el estado de aquella reliquia.

Ella me observa con cara de pocos amigos.

– Mi mejor amigo se encargaba de mantenerlo en marcha – responde y percibo que este montón de lata tiene un gran valor sentimental. – Porque la verdad es que yo no sé nada de coches

– Yo sé una cosa o dos – admito con una carcajada, antes de sumergirme en ese mar de cables.

Todas aquellas horas que pasé en el garaje de Em, viéndolo trabajar en su camioneta no pueden haber sido en vano. No estoy tan perdido pero lamento no haberle prestado más atención, no haberme ensuciado un poco más las manos.

Bella parece querer intervenir pero se contiene, dejándome trabajar. Siendo honestos, tampoco tiene mucha alternativa. Es víspera de Navidad y claramente su mecánico habitual no está disponible. Soy su única opción.

Trato de lucir confiado y muevo unos cables que creo que se han soltado antes de pedirle que trate de encenderlo. Ella corre hacia la cabina. No ocurre nada durante los primeros intentos. Empiezo a sudar frío, es estúpido pero quiero ayudarla, no quedar como un fanfarrón.

Tras un par de intentos, consigue arrancarlo. Sus ojos brillan y yo me lleno de un orgullo bastante patético.

– Eres el mejor, te debo la vida – grita por encima del motor, con una sonrisa enorme.

~ o ~

Antes de entrar, echo un último vistazo. Necesito corroborar que estoy en el sitio correcto. El logo pintado en la ventana de cristal parece ser el mismo del mandil que llevaba en el asiento del copiloto. Una campana repica cuando abro la puerta, anunciando mi llegada. Rápidamente, me posiciono en una mesa discreta. Desde ahí, analizo mi entorno. La cafetería está casi vacía, apenas hay otra mesa ocupada por un hombre calvo y una mujer de aspecto estrafalario. En medio de mi escrutinio, me topo con su mirada. Su expresión la delata, he logrado sorprenderla por segunda vez, aunque en esta oportunidad se recompone con rapidez. Saca del bolsillo de su uniforme una libreta y un lápiz antes de acercarse a mí, a paso decidido.

– Dos encuentros en un sólo día, ¿no es mucha coincidencia?

Me río por la acusación implícita en sus palabras y decido ser honesto. – Admito haberle dado una mano al destino esta vez. Te dije que nadie debe pasar Nochebuena solo

Aunque eso era precisamente lo que pensaba hacer antes de encontrarte. La invito a sentarse con un gesto.

– Estoy trabajando – responde mirándome con los ojos entrecerrados, seguramente cuestionando mi salud mental. No eres la única, Bella.

– Tus últimos comensales se han ido – insisto, señalando en dirección a la puerta, por donde la pareja abandona el local.– Quédate unos minutos conmigo, prometo portarme bien

Mierda. No debería sonar demasiado interesado, no puedo permitirme perder el control de la situación. Lleno mis pulmones de aire antes de hacer un nuevo intento.

– Tienes que ordenar algo

– ¡Eres tan obstinada! – le digo, entretenido por el reto que significa ella. – Vas a necesitar una mejor excusa para deshacerte de mí, ¿Vale? Tráeme dos tazas de chocolate, tu postre favorito y diez minutos de tu compañía

Ella niega con la cabeza, como si yo fuera un fastidio. Sin embargo, alcanzo a ver un atisbo de sonrisa antes de que se dé la vuelta. Espero pacientemente por mi pedido, lanzándole cada cierto tiempo una que otra mirada furtiva. Sonrío, se desenvuelve con un poco de torpeza pero resulta divertida. Luego, desaparece tras una puerta. Mientras espero su regreso, mato el tiempo con mi móvil.

Tengo algunos mensajes. Los abro sin mucho interés y escribo escuetas respuestas, falsos deseos de felices fiestas. No soy una persona festiva pero no me cuesta fingirlo hasta que descubro un mensaje de voz de Lily.

Mis dedos dudan sobre los botones, medito mis opciones aunque no tenga ningún sentido. Desde que lo vi supe lo que haría. Ella tiene algo que decirme y escucharla es lo mínimo que puedo hacer. Dicha realización no impide que se forme un nudo en mi garganta apenas reconozco su voz. Sostengo el móvil con fuerza contra mi oreja, como si ello ayudara a eliminar los kilómetros de distancia que se interponen entre nosotros. Debí volar a casa...

– Me han dejado tomar mi descanso. Diez minutos que pueden ser quince si nadie más llega

La reaparición de Bella me toma desprevenido. Mi primera reacción es guardar mi móvil. El movimiento, un tanto brusco, dispara una señal de alarma en ella. Trato de mostrarme tranquilo. Ella tan solo levanta una ceja inquisidora antes de dejar mi orden sobre la mesa y ocupar la silla frente a mí.

– ¿Por qué te has quedado en el campus?

– ¿Por qué gastar en volver?

Ella me mira como si me acabara de crecer otra cabeza y no la culpo, no he endulzado mi respuesta. Aún con la voz quebrada de Lily retumbando en mis oídos, hago un esfuerzo por suprimir cómo me siento al decirlo, lo que en verdad soy, un condenado desagradecido.

– Yo tampoco quería volver – admite en un susurro. Su tristeza es evidente y me veo invadido por una imperiosa necesidad de aliviar su dolor. Es una ridiculez porque, ¿qué puedo hacer? Apenas la conozco.

– No te culpo, cuando salí de Forks no quise mirar atrás – digo, alejando la conversación de temas más espinosos.

Suelta un bufido, que me resulta muy divertido. Sin embargo, su expresión denota enojo.

– Me ha quedado claro tu desagrado por Forks – responde. – Pero te equivocas – agrega con una pausa, dejándome intrigado una vez más. – No has podido dejar atrás al pueblo, Forks ha invadido tus pensamientos últimamente… por mí

Me deja mudo. No puedo desmentir lo que ha dicho, ni siquiera yo puedo ser tan cínico. He estado muy ocupado en los últimos meses pero mi mente ha encontrado el tiempo para llevarme de vuelta a aquella noche con ella.

De repente, se echa a reír y me arranca de mis recuerdos.

– Oye, ¡te estoy tomando el pelo, tío! – dice con una sonrisa nerviosa, preciosa. De inmediato me doy cuenta que estoy jodido. ¿Qué es esto? ¿Un capricho? La contemplo embobado, e intento racionalizar el asunto. Mi interés es entendible, ella es hermosa sin siquiera ser consciente de ello. Pero he conocido cientos de chicas bonitas, ¿qué la diferencia de ellas? – Entonces eres de esos sujetos amargados que odian la Navidad – dice retomando el tema anterior. Trata de sonar casual pero sin mucho éxito. Mientras tanto, el único sonido es el del tamborileo de sus dedos en la mesa.

Guardo silencio un momento, sopesando mi respuesta con cuidado. No quiero estropear lo que está ocurriendo entre nosotros pero tampoco pienso soltarle un drama. Esta chica me gusta en serio y me gusta también cómo estamos yendo.

– Una especie de Scrooge – añade obviando mi reticencia a tocar el tema. – Edward Scrooge

Sonrío al imaginarme en la piel del viejo avaro.

– Pero sin todo el dinero

Ella no lo encuentra gracioso. Es más, se forma una pequeña "v" en su entrecejo. Se ha dado cuenta que no le doy respuestas. Me detengo a contemplar la nieve caer a través de la ventana de la cafetería. En nuestro reencuentro por la mañana, descubrí que tenía este trabajo de medio tiempo. Su uniforme arrugado en el asiento de copiloto de su camioneta la delató. No me costó gran trabajo ubicar el lugar exacto, supuse que no estaría muy lejos del campus.

– ¿Y qué hay de ti? – le pregunto en voz baja, atesorando la intimidad que nos ofrece el local vacío. Rodeo mi bebida con mis manos para calentarlas. Hace mucho frío y tengo los dedos congelados. – ¿A quién le debo el que te hayas quedado conmigo? ¿Alice otra vez?

Ella da un respingo, quizás le sorprende que recuerde el nombre de su amiga. Levanto mis cejas en un gesto juguetón hasta que consigo arrancarle una sonrisa.

– Ya te lo dije, solo no quería volver al pueblo

Aguardo ansioso por más, sentado al borde de mi silla literalmente pero ella no agrega nada. Me da una gran cucharada de mi propia medicina.

– No puedes esperar que yo sea honesta si tú no lo eres conmigo

Suelto un gruñido espontáneo. Ella pone los ojos en blanco por mi reacción tan infantil. Pongo mis codos sobre la mesa, y apoyo mi cabeza entre ellos, manteniéndola erguida a duras penas. Desde esta posición, le planto la mirada pero me bastan unos segundos para saber que ella no va a ceder en esto. Parece ser que estamos estancados. Ladeo un poco la cabeza, como si ello fuera a ayudar a poner en marcha los engranajes en su interior. Mi barba de dos días me raspa el brazo, picándome, como apurándome a que encuentre una salida.

– No lo sé. Supongo que mis Navidades no han sido muy buenas. No todos mis recuerdos son malos, los hay malos, claro… pero creo que lo que más me molesta es la falta de unos pocos buenos. – admito con una mueca. – Es tu turno

No tengo que esperar mucho para obtener lo que busco.

– He perdido a alguien de la familia hace unos meses. No estaba lista para volver.

– Lo siento – murmuro de forma automática, luchando por disimular mi incomodidad. Su revelación es breve y concisa. Tampoco pretendo pedir detalles porque no soy un capullo fisgón. Bella centra su atención en las hojas amarillentas de su libreta, llenándolas de garabatos desprolijos. Escucho un débil "gracias" por encima del ruido que emite el lápiz sobre el papel. De repente, se me ocurre algo mejor que unas condolencias. – No olvides que la felicidad se puede hallar hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz

Ella reconoce la cita de inmediato y se toma unos segundos para meditar las palabras que he tomado prestadas de su libro favorito. Sus ojos, más preciosos que nunca, brillan por las lágrimas no derramadas.

Le ofrezco una sonrisa boba, casi sin querer. Bella arranca de un tirón una hoja y garabatea algo corto antes de entregármela – Tengo que atender esa mesa – dice poniéndose de pie. Me da un beso en la mejilla y camina hasta el otro extremo de la cafetería, donde los recién llegados sacuden la nieve de sus abrigos.

Le doy una ojeada a su nota mientras acabo mi bebida.

"Empecemos a crear nuestros recuerdos, Scrooge"

~ o ~

– Creí que esos sujetos nunca se marcharían… siento haberte hecho esperar tanto tiempo – susurra mientras caminamos por la acera. No sé si lo sospecha pero la he conducido hacia mi piso. Ahora mismo estamos entrando en mi calle y naturalmente, todo está oscuro.

Me encojo de hombros para restarle importancia a las horas que pasé engullendo panecillos y chocolate caliente. Ella vale la espera. Se detiene y se apoya contra uno de los árboles que adornan la acera, yo me sitúo al frente de ella.

– Tu jefe es un tirano – le digo. No es una broma en absoluto.. ¿Quién cierra tan tarde en Nochebuena? Apuesto que no quiere perderla de vista

El simple recuerdo del sujeto me irrita. Ella rueda los ojos.

– Fred es inofensivo

Ay, Bella, no puedes ser tan ingenua.

– Por supuesto – gruño de malhumor. Se le escapa una risita. Me giro en su dirección, buscando su mirada. Ella vuelve a reírse antes de tomar mi mano en medio de la oscuridad. Entrelaza nuestros dedos, llenándome de su calor.

"Vamos, estoy aquí contigo", parece querer decirme. Hago un esfuerzo por recobrar la calma. Siempre he sido un poco temperamental, pero con ella, mis deseos de posesión se han disparado. La quiero para mí y que ella sienta que también me tiene. Porque es así, una chiquilla del pequeño Forks ha conseguido ponerme de cabeza.

– ¿Crees que el jefe Swan venga por mí? – bromeo, mientras juego con su pulgar. – No creo que lo haga muy feliz el hecho de que prefieras pasar Navidad conmigo

Ella se ríe. – Créeme, te mataría si supiera lo que en verdad he hecho contigo, no por esta noche en particular. – dice en voz baja. Yo aprovecho para acercarme y llenarme de su olor, de ella. Es un aroma embriagante. – Además, estoy segura que no me echa de menos

– ¿Acaso tú también eres un Grinch? – susurro antes de depositar un beso en su coronilla. Ella tiembla bajo mis labios, producto de la risa y quiero creer que también por el contacto.

– No, en realidad soy todo lo contrario. Es mi festividad favorita.

– Sabía que no podías ser perfecta – bromeo. No me gustan las navidades, ya se lo he dejado claro.

– Estoy muy lejos de serlo, Edward – me dice poniéndose seria. Se da cuenta del cambio e intenta disimularlo. – Pero papá no me echará de menos porque pasará Nochebuena en la reserva

– ¿En La Push?

Ella asiente con la cabeza. – Su novia vive ahí. Ella y sus dos hijos.

Ajá, por fin algunas pistas.

– Déjame adivinar, ella es una mujer insoportable así que esa fue la principal razón para que te quedaras.

Ella guarda silencio unos segundos, con el entrecejo arrugado.

– No realmente. Ella es la viuda de uno de sus más grandes amigos pero si omitimos ese escabroso detalle, no está nada mal. Es muy callada pero agradable. Seth, su hijo, también lo es. No somos los mejores amigos pero nos llevamos bien. Su hija, en cambio, me detesta – dice con una risita. – Ni siquiera sé por qué… pero el punto es que si yo realmente hubiera querido ir a casa, Leah no hubiera sido ningún impedimento. Quiero decir… puedo soportarla, al menos por una noche

¿Los Clearwater? ¿El jefe Swan se ha liado con Sue Clearwater? No necesito más pistas para descifrarlo, conozco a la gente de la reserva aunque nunca iba por allá cuando vivía en Forks. Por alguna razón, no me sentía cómodo en esas tierras.

– ¿Y qué hay de tu madre? – pregunto al recordar que no me ha dicho nada de ella. – ¿Por qué no aprovechar el receso para verla?

– ¿Intentas deshacerte de mí? – pregunta con una risa. Me preparo para desmentirlo pero me detiene. – Tranquilo, solo bromeo. Renee, mi madre… digamos que no estamos en muy buenos términos desde hace tiempo. Años, para ser exactos. Ella vive al otro lado del país, con mi hermana y su inútil de turno. No me odies, pero siendo brutalmente honesta, es como si ellas no existieran. – admite con voz apagada, como si hablar de su madre implicara un verdadero esfuerzo. – ¿Y tú? ¿Tus opciones eran peores que las mías?

– Definitivamente – digo sin pensar. Es una media verdad. Sería verdad si solo tuviera en cuenta a mis padres biológicos. Mi madre está muerta y mi padre, encarcelado. Solo pensar en ellos me avergüenza.

– ¿Y la familia de Emmett? Creí que eran cercanos.

Suelto una carcajada. – Emmett me odia desde que tú y yo… ya sabes. Creo que estaba un poco enamorado de ti – le digo, atento a su reacción. Ella niega con la cabeza de forma enérgica.

– Le agrado porque lo ayudé a salvar inglés pero no… ¡Jesús, no! No soy su tipo, créeme. Mi hermana, en cambio, lo enamoró sin siquiera proponérselo. La vio en una de mis fotos y desde entonces dejé de ser "Solo Bella". No perdía la oportunidad para preguntarme por ella y casi se vuelve loco cuando estuvo de visita en Forks por unos días.

– No puedo imaginar a alguien mejor que tú – digo sin ningún filtro. Ella luce un poco incómoda ante el cumplido así que decido cambiar de tema. – Se le ha zafado un tornillo. ¿Puedes creer que no me habla desde su dichosa fiesta?

– Lamento su distanciamiento y el haberte dejado sin opciones decentes.

Justo en ese preciso momento una explosión de fuegos artificiales ilumina el cielo a lo así que recibimos la medianoche apena a un par de metros de la puerta de mi edificio.

– Feliz Navidad, Scrooge – susurra en mi oreja, parada de puntillas.

En un impulso, la levanto del suelo y busco sus labios. Ella se sobresalta pero no tarda en amoldarse a mí, abrazando mis caderas con sus piernas. Y me pierdo en el beso, en ella.

– Feliz Navidad, Bella – susurro, apoyando mi frente contra la de ella.

~ o ~

Abro los ojos lentamente, aún dominado por el sueño. La veo, ya completamente vestida, sentada a la orilla de la cama mientras se ata los cordones de las zapatillas, dispuesta a irse una vez más.

– ¿Vas a huir otra vez? – le digo. Quiero sonar despreocupado pero no puedo suprimir aquel tono de reclamo. Pasan unos segundos que me resultan interminables y ella me mira sobre su hombro, con desconcierto. ¿Qué tengo que hacer para que te quedes conmigo?

– Fuiste tú quien dejó claro que nosotros… que todo terminaba aquella noche – susurra sin romper el contacto visual. Entiendo su incomodidad debido a la situación. Debo reconocer que ha sido bastante impertinente de mi parte sacar a colación el tema después de tantos meses de silencio pero no he podido contenerme. Me he dejado dominar por un impulso, como me suele pasar cuando se trata de ella. He terminado cediendo a un profundo deseo que hasta hoy creía olvidado. – Será mejor que finjamos que este encuentro nunca ocurrió.

Me libro de las sábanas de dos patadas y camino de rodillas sobre la cama hasta ella. La atrapo con un brazo justo a tiempo y trazo un camino de besos por su cuello. Ella suelta un suave gemido que despierta todos mis sentidos.

– Edward…

– No quiero olvidarlo. Me gustas, Bella. En serio – murmuro contra su piel. Ella se estremece, aunque intenta disimularlo. Sé que le afecto más de lo que le gustaría admitir. Y no estoy mintiendo en absoluto, es más, las palabras me están quedando cortas. Es difícil expresar todo lo que ella me hace sentir. Estoy encantado con su cuerpo, con su mente, con cada milímetro de ella.

– ¿Y cuál es el plan? – pregunta volteando su rostro, permitiendo que nuestros labios vuelvan a encontrarse. Basta un beso para renovar mis ganas de ella. La recuesto contra la cama y me acomodo encima de ella, jugando con los botones de sus vaqueros.

– El plan es que no hay plan en absoluto – le respondo. – Quédate todo el receso de Navidad conmigo, veamos a dónde va esto – digo, conteniendome con esfuerzo. – Estoy loco por ti, ¿no lo ves?

Tras esa confesión, Bella vuelve a ser mía. Su ropa cae al piso en cuestión de segundos y me aseguro de llevarla a la cima en cada encuentro. Poco a poco, ella empieza a mostrarse más desenfadada. Es conmigo que está descubriendo lo que le gusta a su cuerpo y eso multiplica mi placer. El tiempo nos deja de importar hasta que mi estómago emite un gruñido, provocando su risa.

– Quédate conmigo esta noche – le pido, luego de ordenar una pizza. Ella me mira con duda durante una fracción de minuto. No puedo resistirme a acariciar su pelo. Es ondeado, larguísimo y muy suave, de un color chocolate que evoca la calidez del hogar. Estoy absolutamente embobado con Bella Swan y no podría importarme menos.

– Terminarás aburriéndote de mí

– ¿Qué dices? Eso… eso es una locura – digo, enojado por su declaración tan fatalista. – Nunca tendré suficiente de ti.

Esa Nochebuena marca el inicio de una cómoda rutina para los dos. Estudio sin distracciones gran parte del día hasta que Bella sale del trabajo. La recojo de la cafetería y damos unas cuantas vueltas antes de ir a casa. Y aunque dormimos juntos cada noche sin excepción, siempre despierto solo. Todos los días, ella regresa a su dormitorio apenas amanece, dejándome alguna nota escondida en algún punto del departamento. El penúltimo día libre decido darle una sorpresa aunque las cosas no empiezan muy bien.

– No tenías que montar semejante espectáculo – reclama enfurruñada, caminando varios pasos por delante de mí, en dirección a mi auto. Yo la aprisiono contra él.

– ¿No puedo saludar a mi chica con un beso? – susurro con inocencia. Ella se cruza de brazos y suelta un bufido.

– ¿En la cara de mi jefe? – pregunta sin esperar una respuesta.

– Pues alguien tenía que dejarle en claro que tú ya no estás disponible

– Eso quiere decir que has decidido comprar el producto después de estas dos semanas de prueba

– ¿Qué mierda significa eso? – cuestiono enfadado. Bella niega con la cabeza y mira hacia otro lado. Algunas lágrimas empiezan a llenar sus ojos. Me descoloca por completo verla así, tan vulnerable. – ¿Qué ha pasado? – insisto, ahora preocupado. – Por favor, sube al auto.

Lo hace sin protestar. En cuanto me monto en el asiento del conductor, se instaura un silencio absoluto en la cabina. Le echo un vistazo a través del espejo retrovisor, distrayéndome con mi propio reflejo. Me paso los dedos por el pelo, intentando dominarlo un poco, de la misma forma en que lo hacía Lily cada mañana antes de llevarme al colegio. ¿Con quién te has peleado, Ed? ¿Con el monstruo debajo de la cama?, solía decirme en cuanto entraba a desayunar, sin interrumpir sus labores en la cocina y luego soltaba aquella risa tan suya, divertida por su propia broma. Sacudo la cabeza al verme inundado por aquellos recuerdos, empeñado en mantener a raya la nostalgia. Me pregunto cómo se encontrará y por un instante me arrepiento de haber decidido quedarme en el campus en lugar de ir a verla durante el receso de Navidad. Sin embargo, el viajar a verla hubiera significado no reencontrarme con Bella. Sencillamente no puedo arrepentirme de ello. Yo creo estar enamorándome de ella, es por eso que me duelen sus palabras.

– ¿Por qué me has dicho eso?

Bella sacude la cabeza, antes de abrocharse el cinturón de seguridad. – Olvídalo, he tenido un día de mierda. Solo quiero ir a casa

– ¿A los dormitorios?

– ¿Ya se acabó nuestro trato?

– ¿Por qué… por qué lo haces sonar como si se tratara de algo sucio? – le pregunto, nuevamente enojado. Mi carácter volátil, explosivo, amenaza con jugarme una mala pasada.

– ¿Por qué estás tan sensible? – dice, con una mirada fría, ajena a ella. Sus bonitos ojos chocolates parecen dos pozos secos.

– ¿Por qué estás tan perra? – Me siento fatal en cuanto lo digo. Ella se ríe sin diversión. Me frustro, golpeo el volante con mis puños. Bella se sobresalta. – Maldición, háblame.

– Quiero irme a casa

– No – cierro la puerta en cuanto intenta desmontarse. – Necesito saber qué diablos te pasa. Esto no tiene nada que ver con mis celos por Fred – insisto tercamente. Ella se mantiene callada pero un par de lágrimas resbalan por su mejilla. – ¿Sabes qué? Tenía preparado algo especial para esta noche – empiezo, consiguiendo llamar su atención. – Tal vez no te interese pero lo ejecutaré de todos modos, con algunos cambios por supuesto, no contaba con que no pondrías de tu parte. Y antes de que pienses alguna estupidez, no, esto no se trata de nuestra despedida…. Yo no puedo hablar por ti, Bella pero yo la he pasado estupendo estas últimas semanas. Dios, eres tan hermosa, tan lista, tan sexy que ni siquiera debería ser necesario que te lo diga. Eres perfecta para mí. Yo no lo creía posible pero cada noche que hemos pasado juntos, me he vuelto más loco por ti. Yo… yo estoy ….

Por supuesto, no me deja terminar mi patética declaración. Ella se sube a mi regazo, tira el asiento hacia atrás y me estampa un beso demandante. – Quiero que me destruyas, que me hagas olvidar… ahora

Aturdido, le sigo el juego porque sencillamente no puedo resistirme a ella. Sé que algo va mal pero me convenzo de que podremos resolverlo luego. Esta vez, ella es quien toma el control por completo y le resulta imposible disimular su enojo, su frustración, que por momentos se confunde con deseo y pasión. Me muerde los labios entre besos, me clava sus uñas en la piel de la espalda, se aferra a mi pelo como si se tratara de crines de caballo mientras me monta desenfrenada, buscando aumentar la fricción. Busca nuevos ángulos con nuestros cuerpos siempre unidos hasta que consigue lo que quiere y cae rendida sobre mí, sin apartarse. Yo la sostengo sobre mi pecho desnudo. Luego, empieza a llorar.

– Habla conmigo – suplico. ¿Acaso la he lastimado?

~ o ~

– Lamento haber echado a perder la noche – murmura en cuanto entramos al departamento.

Hoy luce diferente. Se para ligeramente encorvada y se abraza a sí misma, como dándose calor. Estoy frustrado, por no saber qué le pasa, por no poder ayudarla. Suspiro. Decido encender la chimenea para aumentar la temperatura un par de grados. Ella mira con curiosidad la caja que he dejado sobre la mesa. La toma y se sienta frente a la chimenea mientras espera que yo termine de trabajar.

Me reúno con ella en cuestión de minutos. Mis ojos de distraen con las llamas de fuego que lamen y consumen los troncos de madera. Ella apoya su cabeza sobre mi hombro.

– Creo que te amo – dice de repente. Me sorprende su confesión. Por un momento, en el estacionamiento del restaurante, pensé que propondría dejar de vernos.

– Me has enamorado – le respondo con igual franqueza – Pero, ¿Por qué no me has dejado decirlo antes?

Ella se encoge de hombros y destapa la caja, – ¿Y toda esta comida?

Me río. – Mi plan era mostrarte la ciudad esta noche, sé que ya llevas varios meses aquí pero quería llevarte a los puntos que significan algo para mí. Esto – apunto a la caja – era lo que íbamos a comer en cada parada. Saca la caja más pequeña.

Ella lo hace, descubriendo una torta de chocolate.

– Sé que es tu favorita pero esta es de un lugar especial. Fue hecha en la pastelería donde comí por primera vez cuando me mudé a Seattle, para asistir a la universidad. El día de la mudanza no quise dejar mi habitación hasta poner cada cosa en su sitio y tuve que saltarme el almuerzo para conseguirlo. Cuando terminé estaba muriendo de hambre así que fui directo a la cocina. Como mis habilidades culinarias son muy limitadas, solo tenía pensado prepararme un sandwich. En el camino, me encontré con Lily, quien me convenció de dar una vuelta. La mayoría de lugares estaban cerrados naturalmente pero ella no se rindió hasta encontrar esa pequeña pastelería – cuento mientras le doy a probar la tarta que compré hace unas cuantas horas. – Lily es … era una de las pocas amigas de mi madre y es la madre de mi mejor amigo y compañero de piso, Jasper. Ella y Theo, su esposo, me han apoyado siempre; fue gracias a ellos que pude seguir estudiando. Viven en Chicago pero viajaron cuando tuvimos que instalarnos

Hago una pausa que aprovecho para robarle un beso, si es posible, sabe más exquisita. Cuando me aparto, Bella está muy ruborizada. Le sonrío y ella me mancha la barbilla con un poco de chocolate

– Sigue – pide muy bajito

– Cuando entramos, me dejó elegir nuestra mesa pero ella se encargó de ordenar por los dos. No me molestó en absoluto ya que pidió para mí el que ha sido mi postre favorito desde niño, un trozo de pastel de manzana con helado de vainilla. Lo que me llamó la atención fue su pedido, una tajada de tarta de chocolate. Me pareció raro porque a ella nunca le ha gustado el chocolate así que le pregunté el motivo de su elección, por simple curiosidad.

Bella me alimenta con un trozo del pastel, que no tarda en deshacerse en mi boca antes de que continúe mi breve historia.

– Me dijo que el chocolate le recordaba a mi madre, que a ella le encantaba. Me dijo que era su mayor adicción y quiso disculparse por ello, por ese juego desafortunado de palabras pero yo solo me reí y le pedí que continuara, que me contara un pedacito más de ella, de mi madre. Obtuve algo mejor, me dijo el porqué de nuestro pedido. Me confesó que había ordenado lo que creyó que mi madre hubiera escogido si ella hubiera estado sentada ahí conmigo – me distraigo al ver las comisuras de sus labios con restos de fudge y me dispongo a arreglarlo. Ella me sigue el juego unos segundos antes de voltear su rostro. Mis labios quedan muy cerca de su oreja.

– ¿Y qué le respondiste?

– Que estaba equivocada – susurro, tomando un poco de aire. El olor de su shampoo de fresas se cuele por mis fosas nasales. – Que tal vez mi madre hubiera pedido torta de chocolate pero que no hubiera sabido que ordenar para mí. Le dije la verdad, que yo no hubiera llegado a ningún lado sin ellos y que estaba muy agradecido de que fuera ella quien estuviera compartiendo aquellos postres conmigo. Apenas terminé de decirlo, se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo que estaba muy orgullosa de mí. Fue una noche muy bonita – concluyo recordando lo bien que la pasamos. – No he comido esto desde entonces. Hoy, recordé tus palabras de la otra noche, que "no podías resistirte a una buena torta de chocolate" así que se me ocurrió compartir un pedazo contigo y…

– Darle un nuevo significado, asociarla conmigo

Presente

¿Qué escondes, Edward? Cada vez que nos encontramos, te presentas ante mí como un auténtico misterio. Mi curiosidad me atrae a ti pero lo que me queda de cordura me obliga a mantener la distancia. Me vuelves loca pero no como antes, nunca más de esa forma. Solo te has convertido en un mal recuerdo.

Renee se encarga de hacer las presentaciones. Para su sorpresa, le tiendo la mano; para la mía, él no la estrecha. Mi madre se ríe nerviosa. Yo retiro mi mano, incómoda. Pero, ¿qué esperaba? Nuestra ruptura distó de ser cordial.

– Cariño, no es necesaria tanta formalidad. En unos cuantos días, todos vamos a ser familia.

Su forma de llamarme me provoca un escalofrío y sé que no ha sido su intención pero sus palabras solo logran empeorar la situación. Apenas consigo darle una sonrisa, tan forzada que siento la tensión en mis mejillas.

¿En qué momento me convertí en esto? ¿Cuando me volví incapaz de perdonar? Una vez más, quiero volver atrás en el tiempo. Pero… ¿a qué momento me remontaría exactamente? Ya no lo sé.

Él se mantiene callado, rígido y frío como una estatua. Sus ojos oscuros me desconcentran y me atraviesan con intensidad, como queriendo extraer con ellos las respuestas que no le puedo dar.

– Tío, ¿nos conocemos de algún sitio? – interviene Jazz.

Edward se endereza aún más, adquiriendo una rigidez imposible, casi cadavérica. Concentra su atención en Jasper y lo somete a un escaneo de pies a cabeza, un poco intimidante. Jasper tan solo se sacude el pelo mojado. Algunos mechones de cabello, oscurecidos por el agua, se pegan a su frente.

– No lo creo, claramente tú y yo no nos movemos por los mismos círculos – resuelve con los dientes apretados.

Jasper se apoya contra la puerta de cristal del jardín, con los brazos cruzados sobre el pecho, y aguarda unos segundos dramáticos antes de soltar una gran carcajada.

– Claramente – repite, en tono burlón.

– Jazz – le reclamo pero mi voz suena débil.

Edward se dirige a mí, pasando por alto la intervención de Jasper.

– Así que tú eres la famosa Isabella

No, Edward. Realmente dudo ser la misma de los recuerdos de Rose o de Renee. Ya ni siquiera soy la misma persona que tú conociste. No puedo ser la misma porque han pasado cuatro años. ¡Jesús, han pasado cuatro malditos años! Entonces, ¿Por qué no puedo deshacerme de ti? ¿Por qué sigues teniendo un efecto tan debilitante, tan contundente sobre mí?

– Oh, no. Solo Bella. Ella detesta su nombre completo. Ni siquiera eso puede perdonarme – interviene Renee a modo de broma.

– Renee…

No, por favor. Esto es entre tú y yo, ¿de acuerdo? No saques a colación nuestros problemas, no frente a él.

– ¿Lo ves? Hace años dejó de llamarme mamá – me acusa.

Claro que no se equivoca pero creí que un detalle tan insignificante como ese pasaría desapercibido para la despistada Renee. La culpa me invade apenas durante el curso de una respiración hasta que aquel fuego, aquella ira adormecida se empieza a reavivar. ¿Por qué no arreglar el asunto entre nosotras? ¿Por qué involucrar a más personas? Es tan típico de ella, el querer que otros intercedan a su favor.

– Renee, no es nada contra ti, estoy seguro – siento el brazo de Jasper en mi cintura. Por un instante, considero apartarme. Porque eso es lo que hago siempre, rechazar lo que me hace bien aunque sea justo lo que necesito. – Isabella es un nombre precioso, de la realeza, perfecto para ella. Soy yo el que debería estar furioso con mi madre. Vamos, ¿qué clase de nombre es Jasper?

Consigue sacarme una sonrisa y mi amigo ríe satisfecho por su pequeño triunfo. Así es él, una gran bocanada de aire fresco. Renee también se relaja.

– Rosalie no ha pasado por aquí aún, tío pero la comida está lista y yo estoy muerto de hambre así que, ¿por qué no nos acompañas?

– Es una idea estupenda. Edward, casi nunca comes con nosotras. Siempre estás tan ocupado

Renee lo empuja en dirección a la casa. Sin embargo, no consigue moverlo ni un poco. Es evidente que ha ganado masa muscular con los años, solo que el cambio no explica el que parezca plantado en el jardín.

– Agradezco la invitación, Renee, pero estoy de paso. Rose y yo tenemos que ir a la prueba de pasteles. Creí que ella te lo había dicho.

La nueva información parece clavarse en el centro de mi pecho. Sé que no debería afectarme porque nosotros… ¡porque ya ni siquiera existe un nosotros! Pero no puedo evitarlo. Hay heridas que tardan demasiado en cerrar.

– Tonterías, acompáñanos hasta que llegue

Él parece reconsiderar la oferta y empieza a seguirla. Ellos toman la delantera, en dirección hacia el comedor. Jazz me retiene un instante y trata de comunicarse conmigo sin palabras. Le doy un apretón suave a su mano, antes de reanudar nuestro paso.

Clavo mi mirada en su nuca, cubierta de aquel pelo cobrizo rebelde e imposible de peinar, mientras me dejo guiar. Sin darme cuenta estamos ya en el comedor. La comida ha sido servida y los lugares ya han sido asignados así que solo me siento. Estamos frente a frente nuevamente y él me observa, sin disimular.

Como en silencio, con la mente en blanco. Renee sostiene la conversación hasta que suena su teléfono. Se disculpa avergonzada y se retira a atender la llamada. Edward no come, solo juega con los trozos de carne en el plato, sin dejar de mirarme.

– Suficiente – dice Jasper dejando caer su tenedor. – ¿A qué estás jugando esta vez?

Su boca, una línea fina, se curva de forma siniestra sin exponer sus dientes.

–¿Yo? – pregunta fingiendo inocencia. – Ya sabes lo que dicen, ¿no? El ladrón cree que todos son de su misma condición – agrega mirándonos de forma intercalada. Nos deja mudos, confundidos con su juego de palabras. Él aprovecha nuestra sorpresa para continuar. – ¿Cuánto tiempo?

No puedo evitar encogerme al escucharlo. A pesar de su tono bajo, está hirviendo de rabia y la verdad es que no lo entiendo.

Jasper le responde fastidiado. – Sé un hombre por primera vez en tu vida y di las cosas de frente

Edward suelta una risa seca. – Por favor, Jazz – dice, remarcando el diminutivo de su nombre con desprecio. – No pretendas darme lecciones de caballerosidad, no va contigo

– ¡Basta! – exploto, con un golpe en la mesa. Las copas de cristal tintinean y el vino en su interior, rojo como la sangre, forma olas diminutas en su superficie. Jasper gira la cabeza alarmado, quizás preocupado por el posible retorno de mi madre. A mí ya no me importa un carajo. – ¿Qué quieres que te diga? ¿"Lamento echar a perder tu boda"? – le pregunto, destilando acidez en cada palabra. – ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres que me marche? Te juro que lo he considerado pero no lo he hecho porque estoy cansada, Edward. Estoy cansada de mentir, de huir de un pasado del que no se puede huir. – repongo sin romper el contacto visual. Sus ojos, negrísimos como nunca, me intimidan pero ya no puedo dar marcha atrás. – ¿Qué es lo que quieres tú? Tienes que decírmelo, yo no puedo leerte la mente

Un destello de sorpresa surca su rostro. Guarda silencio y tras unos segundos su expresión se torna vacía. Los pasos de Renee se aproximan y a mí se me llenan los ojos de lágrimas, de rabia. Porque entre las mil emociones que me invaden, la rabia siempre predomina. Lo odio pero es así.

Jasper posa su mano en mi muslo. El movimiento no pasa desapercibido para él, quien aprovecha los últimos segundos antes del retorno de Renee.

– Quiero saber cuánto tiempo se estuvieron burlando de mi

Su acusación me golpea con fuerza, una vez más encuentra la forma de destrozarme. Me paro en el mismo instante que Renee cruza la puerta. Las dos nos quedamos viendo.

– Tu hermana llamó – dice de forma apagada, anticipándonos que lo que le dijo no fue nada bueno. – Su agente la ha llamado de emergencia, tiene un último contrato por cumplir así que…. Se ha ido a Los Ángeles. Volverá en unos días. Estuvo tratando de comunicarse contigo, Edward – explica, sin ocultar su irritación.

– ¿Por qué no me pasó la llamada? – pregunta él, con una expresión sombría.

– Porque necesitaba hablar conmigo – le contesta a la defensiva, sin elaborar más explicaciones.

– Pero, ¿cómo se ha ido así? La boda es en una semana, hay muchos asuntos que resolver aún. Yo la necesito aquí – dice de forma atropellada. No puede ocultar su sorpresa ni inconformidad.

– Edward – advierte Renee, en voz baja, pidiéndole un poco de control de sí mismo. Para ser sincera, no lo culpo. Una boda demanda mucho trabajo, más aún una capaz de satisfacer las demandas y expectativas de mi hermana. – No se ha ido sin motivo. La necesitan allá, es lo mínimo que puede hacer después de cancelar todos los contratos posteriores a la boda.

– ¿Qué? Pero, ¿qué ha pasado? – pregunto, preocupada por la noticia. Mi pulso se acelera ante las posibles razones para que Rose abandone su carrera en pleno auge.

– Tu hermana ha decidido retirarse después de casarse. Su agente ya lo sabe. Quiere dedicarse por completo a la familia que formará con Edward.

– Es una locura – digo exaltada.

– No es una locura, princesa – repone Jasper, dándome la contra. Yo lo miro indignada.

– No lo es en absoluto, Bells. Sabes que ella y tú siempre han soñado cosas diferentes. Ahora es momento de que le demuestres tu apoyo. Ella me ha pedido que nos hagamos cargo de algunos últimos detalles de la boda.

¿Es una jodida broma? Los miro a todos, pero ellos parecen entender a Rosalie. ¿Es que han perdido el juicio?

~ o ~

Me quedo en el umbral de la puerta y examino mi antigua habitación en casa de mi madre. Las paredes son blancas, sin objetos personales colgados. No hay diplomas, fotos, ni pósters. Tampoco están las luces navideñas que colgué a los catorce como adorno. La mayor parte está ocupada por una cama Queen, cubierta por un edredón blanco impecable. Hay un escritorio y un estante de libros vacío. Es como si yo nunca hubiera vivido aquí.

– Quería que tuvieras un nuevo comienzo aquí conmigo, en más de un sentido – me dice Renee, adentrándose en la pieza. Yo la observo por unos minutos. Ha cumplido cuarenta y seis años y los lleva bien. Sus ojos azules como los de Rose conservan el brillo travieso de aquella jovencita incapaz de enamorarse en serio de un hombre pero eternamente enamorada de la vida. Mantiene una expresión risueña y me doy cuenta que yo me siento mucho más mayor que ella.

– No es tan fácil – repongo, al recordar el motivo de nuestro distanciamiento.

– Lo es si lo intentas – insiste, acercándose para tomarme las manos. Como un reflejo, retrocedo, lastimándola sin querer, aunque en el fondo queriéndolo.

– Tal vez no lo quiero – respondo muy resuelta. Ella niega con la cabeza.

– Hablé con Charlie, ¿sabes? Él ya me ha perdonado y estaba convencido de que tú también lo harías. Me dijo que te encontrabas feliz pero sobretodo tranquila, que estabas en condiciones para aceptar mis disculpas. Me dijo que habías madurado, que entenderías que no todo fue mi culpa

– ¿Perdón? – No puedo creer lo que estoy escuchando. – ¿Quieres que compartamos la culpa ? Te has vuelto loca. Yo no tuve ninguna puta culpa de lo que me pasó bajo tu techo, bajo tu supervisión ¿vale? ¿O es mi culpa por no haberme marchado antes?

Me dispongo a salir de la habitación pero sus palabras nuevamente me inmovilizan.

– Nos están esperando para la prueba de pasteles.

~ o ~

– Ustedes deben ser los Cullen

La encargada nos recibe de esa forma. Me apresuro a corregirla, ella se disculpa por su error pero no oculta su confusión. Decido ignorarla y me aparto del grupo, dirigiendo mi atención a los mostradores repletos de pasteles, con diversos motivos de celebración. Me concentro en uno en particular.

– Esa es una muy buena elección – me interrumpe una de las trabajadoras de la tienda. – Empleamos chocolate de la más alta calidad. Tus invitados se volverán locos desde el primer mordisco.

Me dispongo a señalar su error pero alguien más interviene.

– Nada de chocolate – repone tajante.

Yo miro sobre mi hombro rápidamente, con temor de ser descubierta en su compañía. Es absurdo pero no puedo evitarlo. Jasper me mira por unos segundos antes de continuar charlando con Renee. Lo noto un poco tenso pero no le voy a dar más motivos por los que preocuparse.

– Bien, está descartado entonces – responde la jovencita, con las mejillas sonrojadas. – Puedo ofrecerles otras opciones igual de buenas.

– Mi prometida, Rosalie Hale, estuvo aquí hace unos días. Ella ya seleccionó los que le interesaban – dice.

La joven se pone aún más colorada, asiente y se disculpa antes de desaparecer hacia la trastienda. No soy la única que se pone nerviosa con su sola presencia. Ahora con el paso de los años, más maduro, resulta más imponente. Sus facciones se han endurecido y aquella sonrisa encantadora que me tenía embobada se ha esfumado dejando en su lugar un gesto adusto.

– Veo que no has cambiado mucho – dice. Yo quiero gritarle que sí, que no soy más esa chiquilla capaz de poner el mundo a sus pies pero me inclino por guardar silencio. – No has superado tu complejo de heroína – continúa y mira a lo lejos, en dirección a Jasper. – No pudiste cambiarme y tampoco lo lograrás con él, ¿no lo ves? Terminará aburriéndose y se irá tras la primera mujer que represente un reto para él. Él no sabe querer.

– ¿Y acaso tú sí? – espeto igual de encabronada. – Ocúpate de tus asuntos, ¿vale? Tienes una boda que planear. No tienes que preocuparte por mí

– Tienes razón, ese dejó de ser mi trabajo hace bastante tiempo

– Honestamente, nunca lo hiciste muy bien

~ o ~

– No puedes salir corriendo de la casa de tu madre cada vez que las cosas se ponen difíciles

Me tapo los ojos con el antebrazo, protegiéndolos de la luz blanca de nuestra habitación. Oigo los pasos ansiosos de Jasper yendo de un extremo a otro mientras me lanza un sermón.

– No estoy de humor, Jazz. Solo déjalo, ¿vale?

Detiene su deambular y unos instantes después siento el colchón hundirse bajo su peso. Me retira el brazo y lo encuentro prácticamente sobre mí, arrodillado a la altura de mis muslos. Me inquieto, sin saber muy bien el porqué. Es decir, nosotros estamos juntos todo el tiempo pero algo ha cambiado últimamente. Es Boston, lo puedo sentir, este condenado lugar se ha empeñado en fastidiarme.

– ¿Alguna vez has pensado en nosotros? – le pregunto, con la acusación de Edward aún dándome vueltas en la cabeza.

– ¿A qué viene eso?

Intenta moverse pero no lo dejo. No hago ninguna aclaración, no es necesario. Él sabe a qué me refiero y no tardo en obtener mi confirmación.

– Edward siempre ha sido paranoico – murmura y se encoge de hombros. – No le des más vueltas. Es estúpido

– ¿El qué? – insisto, cansada de recibir solo frases cortas e incompletas como respuestas, incluso de él. – ¿Qué es estúpido, Jazz? – repito, jalándolo de la camiseta con brusquedad. Él me pone mala cara pero yo no cedo, no puedo dejar pasar esta oportunidad. – ¿Qué es estúpido, Jasper?

Él trata de deshacerse de mi agarre. – Es estúpido creer que tú fueras capaz de engañarlo, conmigo o con cualquier otro. Es estúpido pensar que tú te pudieras fijar en alguien más. Es estúpido, ¿vale?

Lo dejo gritar, sacar el enojo que lleva adentro desde hace tanto tiempo y luego, respeto su silencio. Él respira agitado pero se mantiene cerca a mí, como lo ha hecho siempre. Elijo mis palabras con cuidado.

– Eres la persona que más quiero en el mundo – le digo, muy bajito. Él niega con la cabeza.

– Me enoja verte así… por él. Yo… – lo oigo gruñir, luchar con lo que quiere decir.. Se para y se va, dando un portazo. Me quedo mirando en la dirección que se ha marchado hasta que los ojos se me nublan, abrumada por la tristeza.

Para cuando mis lágrimas están resbalándose por mi mentón, él ya está de regreso. Se sienta y me rodea con un brazo, ofreciéndome su calor.

– Hay algo mal con él – dice de repente. Yo me río, haciendo sonar mi nariz. – No, Bells. Lo digo en serio, creo que tú también lo has notado y no estoy hablando del cambio de sus ojos. Quiero decir, está eso también pero… no lo sé, hay algo mal con él – repite con más convicción.

– ¿A qué te refieres?

Jasper hace una pausa, haciendo un esfuerzo por encontrar las palabras correctas para explicarse. – Lo siento peligroso, al acecho… como si al mínimo descuido nos fuera a saltar al cuello – se detiene para evaluar mi reacción antes de continuar. – Quiero que tengas cuidado. Él es… no sé cómo decirlo sin sonar como un desquiciado. Solo sé que Edward no es quien era antes y no quiero que te haga daño… más daño. Mira – dice en tono suplicante. – Él está furioso. Puedo sentirlo cada vez que estamos en la misma habitación. Por favor, Bella

– No tengo planeado encontrarme en secreto con él, Jazz – bromeo tratando de tranquilizarlo. Él se mantiene serio. Yo tomo su rostro entre mis manos. Apenas se relaja un poco. Le doy un beso en la frente. – Tendré cuidado. Lo prometo.

– Una parte de mí no lo culpa – susurra en cuanto lo suelto. Lo cuestiono en silencio. – Continuar con esta mentira no fue muy brillante de mi parte. Admito que quería lastimarlo pero tal vez fuimos demasiado lejos

– Por favor, Jazz. Nada se puede comparar con lo que él me hizo. Tú y yo pretendiendo estar juntos no debería provocarle ni cosquillas

Decirlo en voz alta me lastima pero tengo que admitirlo, yo nunca signifiqué lo mismo que él para mí. La intensidad de nuestros sentimientos nunca fue la misma. Me negué a verlo en aquel entonces pero el tiempo y la distancia me han dado perspectiva y es así.

– Tú has sido lo que él más ha querido – dice.

– Y ese siempre fue el problema, nunca debí ser un "lo que", soy un alguien no un algo – contesto.

Él no insiste y se lo agradezco internamente, ya es bastante duro admitir que nunca fui lo suficientemente buena.

– ¿Sabes qué? Necesitamos salir. Hemos tenido unos días de mierda aquí.

~ o ~

Jasper ordena un whisky y yo una cerveza, recibiendo una sonrisa burlona de su parte. Él acaba su trago en dos segundos y pide otro que no tarda en vaciar.

– Ya, ¿qué va mal contigo? – pregunto al notar su nerviosismo. Él mira al horizonte, distraído con sus propios pensamientos.

– Hay algo que no te he dicho – susurra y consigo oirlo a pesar del bullicio del bar. – Y sé que este no es el mejor lugar para hablar de ello pero se me acaba el tiempo

Me empiezo a preocupar. – ¿Has matado a alguien? No estoy de humor para enterrar a un cadáver – bromeo. Él sonríe, incluso con sus ojos, pero su inquietud es evidente, al menos para mí.

– Estoy hablando en serio, Bells – continúa, jugando con su trago vacío. Llama al camarero y con un gesto le pide un vaso más de lo mismo. Sigo la dirección de su mirada y descubro al objeto de su atención, una chica castaña en medio de un grupo de amigas, algo alcoholizadas.

– ¿Quieres un pase libre para esta noche? – pregunto, ocupándome de mi cerveza. El camarero me mira extrañado antes de dejar su pedido en la mesa. Me pongo roja de inmediato.

Jasper voltea bruscamente, sorprendido. – ¿Qué?

Yo me encojo de hombros.

– Es linda – digo como explicación. Él entrecierra los ojos. – Y no me debes nada, Jazz. Estaba bromeando antes. Puedes acostarte con quien quieras, en Seattle o en Boston

Jasper suelta un bufido. – Soy un idiota – masculla con los labios pegados a su vaso. – Estoy intentando decirte algo importante, no quiero tu permiso para follar con alguien

Su brusquedad me toma por sorpresa.

– Lo siento – dice al mismo tiempo que toma mi mano sobre la mesa.

– ¿Qué es, Jazz?

Malinterpreto su silencio y empiezo a imaginarme algunos escenarios. ¿Está enfermo? ¿Está Lily enferma? Me pareció verla desmejorada durante la fiesta de fin de año de la compañía… O tal vez se trata de María. ¿Lo habrá llamado nuevamente? Olvidé comentárselo.

Él se acaba su tercer whisky antes de hablar. – Mamá está embarazada

¿Qué? Después de la sorpresa inicial, todo empieza a cobrar sentido y pienso, ¿cómo no me di cuenta antes? Estuvo clarísimo desde el principio. Eso explica su comportamiento durante las fiestas navideñas.

– Quería decírtelo antes pero no sabía cómo…

– Es estupendo, Jazz – lo interrumpo, con una sonrisa auténtica, de las que tanto me han costado últimamente. – Estoy muy feliz por ella – añado, habiendo procesado la noticia en cuestión de segundos. Él parece incrédulo. – No me digas que estás celoso.

Me río. Jasper solo espera, cauteloso, tal vez con temor de que rompa en llanto. Yo suspiro.

– Lo siento, ¿vale? Siento que tengas que preocuparte incluso por esto. Yo estoy más que bien con la noticia. Me alegro por ella, de verdad. Honestamente, sí me apena que no haya podido compartirlo conmigo antes, por miedo a cómo me lo tomaría. Yo… yo quiero mucho a tu mamá Jazz… Ella… ella se portó muy bien con nosotros y estuvo ahí para mí cuando todo acabó, sin preguntas, sin condiciones. – Me pierdo en el tiempo al recordarlo. – Estoy muy feliz por ella – reafirmo.

Él sonríe, de forma muy parecida a ella. – Le alegrará saberlo. Y puedes involucrarte todo lo que quieras

– ¿Todo lo que pueda soportar? Jazz, creo que nunca te lo dije, nunca se lo dije nadie en realidad, pero yo no estaba loca por tener un bebé – le digo en voz baja, exteriorizando por primera vez aquellas cosas. – Tú bien sabes cuánto miedo tuve al principio. Nunca estuvo en mis planes pero cuando supe que estaba en camino, lo quise porque era mío. Era mi bebé, con el hombre que amaba. Me volví loca, sí, de amor por él y luego de dolor cuando lo perdí pero el tiempo ha hecho que esa herida… que esa herida sea tolerable. Tengo que llamarla cuando volvamos al hotel

– Bien

La noche transcurre tranquila. Jasper ordena algunos tragos más que terminan siendo míos. Los minutos y las horas pasan entre risas, como cuando solo estamos los dos juntos. Aprovecho para contarle sobre las llamadas de María. Él le resta importancia, decretando que ella es asunto del pasado, que todo acabó cuando ella le puso una mano encima.

– ¿Puedes creer que se atreviera a arañar esta perfecta carita?

– ¿Qué fue lo que pasó? No me malinterpretes, me alegra que eso se haya acabado pero creí que iban por buen camino – le digo. Él se ríe antes de robarme un par de sorbos de mi white russian.

– Yo hice algo muy estúpido… ya sabes y ella enloqueció. La verdad la entiendo por completo. Odiaría que algún idiota te lo hiciera a ti

Hace una pausa y ojea la carta sin mucho interés hasta que empieza a sonar una canción muy popular y él se pone de pie de un salto. Me ofrece su mano, yo me echó a reír.

– Estás loco – le digo, aunque termino cediendo.

Me arrastra a la pista entre risas. Nos tropezamos con algunos cuerpos en el camino, lanzando disculpas poco sinceras a nuestro paso. Él es quien marca el paso y lo hace bastante de mal pero eso es lo de menos. No importa nada, solo movernos, aunque sea con torpeza. Nos dejamos llevar por el ritmo de la música y luego la olvidamos por completo. Descanso mi cabeza sobre su hombro, ya más mareada pero feliz.

– Te he echado de menos – susurro arrastrando las palabras.

– Pero, ¿qué dices? Nunca me he ido

– Exactamente – le digo. Levanto el rostro y nos miramos fijamente unos segundos. Sus ojos son sumamente claros. Me empino un poquito y le doy un beso en la nariz. Él me estruja entre sus brazos lo suficiente para devolver estabilidad. – Tengo que ir al baño, regreso en seguida

Me dirijo hacia la señal de los lavabos, dispuesta a refrescarme un poco antes de volver al hotel. Apenas es pasada medianoche pero el bar se ha llenado de gente. Me mezclo en la muchedumbre pero consigo llegar. Espero mi turno en la fila y me llevo un susto tremendo cuando se me acercan por atrás.

– Por fin solos


Muero por saber qué les ha parecido!