Intentó alzarse, pero un dolor descomunal provocó que el grito retenido en su garganta saliera, brioso, al momento que Ron entraba en la habitación, varita en ristre.
- Te dije que no te quedaras sola con esa mujer, ¡te lo dije! – Gritó. Se volteó y empezó a llamar por un medimago - ¿qué te hizo? Hermione, ¡¿qué te hizo?! – preguntó, rayando en la desesperación. Su cuerpo parecía de piedra caliza y sus labios eran de un azul intenso. Marcas oscuras alrededor de sus brazos y sus piernas eran claramente visibles a través del vestido blanco con el que se supone saldría del hospital.
- Ella no… - intentó ella, pero las cuerdas vocales reclamaron de tal manera que desistió de ello. Sólo recordó haber escuchado cómo alguien entraba intempestivamente en la habitación, antes de dejarse caer en la inconsciencia. El dolor físico era, sencillamente, insoportable.
Capítulo 4
El lugar estaba sumido en la claridad. Jamás pensó que la luz del sol pudiese resultarle tan agradable, pero así era. Trató de ignorar el ruido que llegaba a sus oídos, que parecía reclamar su atención.
Se dejó caer en el pasto que sentía bajo los pies. Era verde, muy verde, y los pájaros se habían olvidado de cantar, pero poco le importaba. El sonido era más acuciante cada vez, pero no lo escucharía. Los árboles parecían querer protegerla, porque los veía cerca, muy cerca. Sus copas brillaban y le guiñaban con ojos inexistentes.
Una voz muy familiar caló en su sangre como si se tratase de una ducha fría, y la claridad se convirtió en vuelo de cuervos. El sol decidió esconderse y sólo quedaron gritos a su alrededor, cobrando vida propia y encargándose de lacerar su cuerpo una y otra vez.
Girones de piel caían en el suelo, o eso sentía, junto a un dolor en el pecho que la ahogaba. Millones de carbones hirvientes le quemaban los pies, los brazos, el abdomen y la cabeza, y, no bastando con eso, parecía que una diminuta aguja se había hecho con su cerebro, duplicándose a una velocidad alarmante, consiguiendo arrancar gritos de su garganta, aunque creyó no aguantar más.
Sonidos propios del mundo muggle llegaron a sus lastimados oídos y, a pesar de creer desfallecer del dolor, puso atención. ¿Disparos? ¿Desde cuando las armas muggles estaban en el mundo mágico? No pudo reflexionar al respecto porque dos segundos más tardes sintió un peso descomunal en los brazos, y de un minuto a otro todo quedó sumido en el silencio y en la oscuridad. Sólo sentía frío, si bien sus brazos estaban calientes.
Se atrevió a abrir los ojos ante el peso apoyado en sus músculos. Como sospechaba, estaba en un bosque, con una túnica que no era suya y protegiendo un cuerpo que no era el propio. Temblaba furiosamente y la miraba, dividido entre la fascinación y el terror.
- ¡Malfoy! – fue lo primero que atinó a decir, pero sus cuerdas vocales se habían acostumbrado al mutismo, por lo que se volvieron a quejar cuando las forzó.
- Jamás pensé que fuera cierto, Granger – dijo él, con la voz hecha un hilo. Tenía heridas por todo el cuerpo y dos heridas de bala en el pecho. De inmediato la castaña buscó la varita, pero no la encontró. Una desesperación la sumió en una mirada perdida que fue traída de vuelta cuando el rubio tosió, escupiendo sangre - Vámonos – le pidió, haciéndose más a su cuerpo, en un abrazo que más que un abrazo parecía una súplica. Ella lo miró, y verse reflejada en los ojos grises que con tanto empeño había esquivado en los últimos momentos de su vida le revolvió el estómago. No estaba preparada físicamente para ese contacto tan cercano, mucho menos mentalmente. Se negó a sí misma que lo que estaba viviendo fuese real, y cerró los ojos fuertemente. Trató de soltarlo y abrazarse a sí misma, como la primera noche que había pasado lejos de su familia y de sus amigos. Las lágrimas comenzaban a brotar, y se odiaba a sí misma. No podía ser real todo aquello.
- No es cierto, estoy en una maldita pesadilla, otra vez – susurró, tratando de alejarse de él, pero le resultaba imposible. La túnica que llevaba puesta parecía atarlos a ambos y, aunque veía a los lejos luces que parecían indicarle un camino, se rehusaba rotundamente a aceptar lo que estaba pasando. Un latigazo en el cuello la sacó del juego por unos instantes, dejándole la mente en blanco y un dolor descomunal en la nuca.
- No insistas, sí es cierto. Me estoy muriendo en tus brazos, Granger. La única manera que tienes de apartarte de mí es dejándome en un lugar seguro, a tu elección – parecía muy divertido con lo que le decía, pero la realidad era que el calor que desprendía hacía pocos momentos parecía esfumarse con cada respiración. No cesaba de mirarla y ella se sentía realmente incómoda y dolorida.
- No tengo ni la más remota idea de cómo llegamos hasta aquí Malfoy – le dijo, tratando de sonar educada. Intentó ponerse en pie pero él no la dejó - ¿Cómo se supone que te ayude si no me dejas ponerme en pie? – preguntó, frunciendo el ceño y esquivando su mirada. Las luces eran más apremiantes cada vez.
- No necesitas hacerlo. Sólo piensa en un lugar que consideres fuera de peligro y te librarás de mí, al menos hasta que me vuelvan a dar paliza – le dijo, tosiendo de nuevo. Tenía la varita guardada en uno de los bolsillos de la túnica y Hermione pudo sentirla.
- ¡Dame tu varita! – le exigió, pero él se echó a reír - ¡Así podremos aparecernos y te dejaría en San Mungo, para que te curen! – Palpó con los dedos en el lugar en donde había sentido la varita, pero un quejido de Malfoy la hizo detenerse en el acto - ¿Qué demonios pasa? – estaba completamente confundida, y las luces comenzaban a dilatarle la pupila
- Piensa en un lugar seguro para mi, Granger, que no sea San Mungo. Recuerda que me buscan por el asesinato de Luna, y lo que menos necesito es ir a parar a Azkaban, vamos – inquirió, esta vez con la voz apagada. Parecía que su cuerpo titilara entre los confines de la alucinación y la más aplastante realidad. Hermione pensó de inmediato en la casa de la playa de sus padres, a kilómetros de Londres y al instante cayó en una profunda inconsciencia.
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- No, tiene como hora y media que perdió la consciencia – sonó la voz de alguien familiar, pero sonaba kilómetros a la redonda. Unas manos gigantes cobijaban las de ella, pero aún así sentía un frío descomunal.
- ¿Antes de eso, qué estaba haciendo? – preguntó una mujer con voz dulce. Una persona a su lado se quejaba penosamente, y ese quejido la obligó a abrir los ojos.
- ¡Hermione! – Gritó Ginny, a su lado, tapándose la boca con las manos luego – perdón, perdón, ¡es que volviste a caer inconsciente! – explicó ella, acariciándole el cabello. Ron la veía con el agradecimiento tatuado en los ojos.
- Estaba temblando, mucho – contestó Ron, apretándole más las manos - ¿Qué tenías, Herms? Pensé por un momento que alguien te había echado una maldición, pero la medimago dice que no tiene nada que ver con eso – la miró fijamente, intentando arrancar de su mirada un ápice de explicación. Hermione se encogió de hombros. Estaba muy aturdida como para ponerse a exponer algo que ella misma no entendía.
- ¿Pueden dejarme sola con ella? – preguntó cortésmente la medimago. Los pelirrojos asintieron, pero antes de retirarse Ron le dio un beso en la frente a Hermione.
- Hay muchas cosas que aún necesitamos hablar, Herms, así que procura sanarte pronto – pidió. La castaña sabía que así no hablara con él los deseos eran sinceros, por lo que le permitió a los músculos de su cara el regalarle una sonrisa, aún con todo el dolor que sentía. Se despidió de Ginny con una sonrisa y quedó a solas con la medimago.
- ¿Tienes idea de qué es lo que le te pasa? – quiso saber ella, sentándose a su lado y sacudiendo la varita. Un frasquillo con un olor penetrante apareció, con una mesa que se asentó a los lados de Hermione. Ésta negó con la cabeza, aunque su cerebro empezaba a atar cabos en relación por lo dicho por Narcisa.
- Sólo sé que es más frecuente que pierda el conocimiento y me despierte como si un batallón de trols hubiese pasado por mi cuerpo – le confesó. Y no era mentira. El dolor era insoportable.
- Tómate esto – ofreció ella, moviendo la varita por sus brazos, sus piernas y el torso. Un brillo azulado pareció revelarle algo, pero el examen se tornó absolutamente incomprensible para Hermione cuando la varita sacó rayos oscuros de su cuello – Si tienes lo que creo, los dolores se convertirán en algo común en tu vida – reveló, negando con la cabeza – voy por mi superior, sólo soy medimago general y puede que me equivoque – le sonrió condescendientemente y volvió a ofrecerle el frasco a Hermione, quien no lo había tocado – te hará dormir sin soñar y además aliviará un poco las puntadas que creo sientes en la cabeza.
Cogió el envase con cierta pesadez. No podía ser tan malo si se trataba de Obscuro, ¿o sí? Su mente se esforzaba por recordar, pero lo cierto era que poco recordaba. Lo había leído en uno de los libros que le habían dado a Harry en la escuela de Aurores.
Harry.
Una punzada de culpabilidad se asomó en sus pensamientos y no pudo evitar cerrar los ojos, sin entender realmente porqué la odiaba tanto. Porque era odio lo que destilaban sus ojos. Era odio lo que sentía por su parte. Un escalofrío la recorrió por completo. ¿En qué momento había pasado a ser Potter en su vida? ¿Él, el amigo fiel con el que jamás había discutido? Quizá cuando se creyó con derecho a juzgar sus acciones sin entender el porqué, o cuando decidió darle la espalda ante una necesidad que la carcomía. Cuando decidió alzar un dedo denunciante en su contra, pronunciando palabras de las que jamás lo creyó capaz, cuando lo único que necesitaba era un poco de comprensión y de entendimiento. Puede que, en ese momento, haya dejado de ser Harry a ser Potter.
Los remordimientos parecían dispuestos a atacarla, porque el rostro de Luna, acusador, apareció de repente. Con aquella mirada impregnada de tristeza y decepción. Con la mandíbula desencajada cuando, en un momento de ira, le había echado en cara todos y cada uno de sus sentimientos. Con la cara petrificada cuando se había marchado de Londres, echa un vendaval de sentimientos contradictorios y loca por largarse de aquel mundo que había empezado a ahogarla. La idea de que de verdad hubiese sido asesinada por el hombre que, según creía entender, acababa de salvar (por segunda vez), la hacía sentir muy culpable y, sobre todas las cosas, sucia y traidora.
De un trago apuró la sustancia viscosa y mal oliente que había en el frasco, sintiendo cómo su garganta se reconfortaba ante una aparente actividad extenuante. No era posible sentirse así cuando uno regresaba a ver a sus seres queridos. O podía que sí, cuando se había huido de ellos. Al instante desaparecieron la mesa y el frasco, dejándola sola con la persona que se quejaba, a su lado.
- ¿Qué le ocurrió? – preguntó, para dejar de pensar en tantas cosas.
- Mordedura de Trol – le respondió, con la voz apagada.
- Oh – terminó ella. Completamente infructuoso el intento, ironizó para sí.
Extrañaba a Theo. Por lo menos él la habría hecho reír con una de las historias sin sentido que le contaba, o le confesaría otro de los grandes secretos de los Slytherin. Se quejaría de la vida muggle que llevaban y le suplicaría por las varitas. Ella se habría reído en su cara y le habría dicho que no, pero todo eso era cosa del pasado. Sus días en argentina parecían haberse esfumado, aunque no sabía a ciencia cierta el porqué. Entendía que hubiese decidido llevarla a San Mungo, y hasta que hablase con Ron y con Potter, pero no el porqué no estaba con ella. Quizá estuviese arreglando sus propios cabos, dejados de lado cuando decidió huir, igual que ella, a kilómetros de sus dolores de cabeza.
[Meses atrás]
La indecisión estaba tatuada en su frente. No tenía ropas, no tenía donde quedarse y, estúpidamente, se había olvidado de sacar algo de dinero de la cámara acorazada que tenía en Gringotts. No había escrito a sus padres, así que su preocupación (a parte de escribirles) era conseguir un lugar para dormir y luego hacer lo que a Merlín le placiera. Siempre que estuviese lejos de todos, con la ficción de una nueva vida, sería feliz.
Miró el reloj. La una de la madrugada. «Has perdido la cabeza, Hermione Granger», se dijo. Tenía una copiosa herida en el hombro derecho, pero no le importaba. Puede que lo que había hecho hacía pocas horas significara uno de los últimos actos de liberalidad ante aquél ser. Se abrazó a sí misma pues el frío acusaba de más. Cómo le gustaría conseguir un abrigo en ese momento.
Echó un vistazo a ambos lados de la plaza en la que estaba sentada y pensó para sí misma en varias opciones. O se regresaba a Londres por dinero o se quedaba a dormir en esa plaza, porque dudaba que con una sonrisa le brindaran alojamiento por una noche. Recordó a Ginny y no le costó imaginar lo que habría hecho en su posición. Habría usado de forma ejemplar el cuerpo que tenía y encontrado calor en brazos de un hombre atractivo. Por una noche más sería una mujer feliz sin necesidad de gastar medio galeón. Cualquiera que no la conociera la consideraría una zorra, pero Hermione sabía perfectamente que Ginny no era una mujer fácil, sólo no se permitiría morir de frío como ella en ese momento.
Unos pasos ahogados por la nieve la sacaron del ensimismamiento en el que estaba. Un hombre se sentó a su lado y encendió un cigarrillo. Se acercó a ella y le ofreció uno. Ella se negó, sin verlo. No estaba sentada allí en búsqueda de calor corporal. Cuando el hombre soltó «siempre tan mojigata, Granger» dio un brinco y lo miró de frente.
- ¡Nott! – exclamó, dispuesta a voltearle la cara de una bofetada. Él esbozó una sonrisa y alzó la mano derecha en señal de paz.
- Tengo como media hora intentando entender qué hace el cerebro con patas de Hogwarts en Plaza Francia*, más cuando está a mares de Londres – le dijo, ofreciéndole de nuevo un cigarrillo.
- No fumo, gracias – espetó, dispuesta a retirarse. Lo último que necesitaba era que un slytherin engreído le fastidiara.
- Estás herida, Hermione. Si quieres vas a mi apartamento, te curas y luego te largas – el ofrecimiento la sacó de sus casillas. ¿Qué morboso fin lo llevaba a burlarse de ella? ¿Es que ni siquiera del otro lado del mundo el mundo mágico la dejaría en paz?
- No necesito de tu caridad, Nott, y te agradezco que no me tutees. Además, te recuerdo que el ministerio te busca por presuntas acciones relacionadas con los mortífagos, así que no tientes mi paciencia. Buenas noches – se puso en pie, temblando un poco, y le dedicó una mirada gélida. Él se echó a reír.
- No tengo la más remota idea de qué demonios te pasó, pero te ofrezco algo. Vas a mi apartamento y juro no tocarte un pelo, ni para mal ni para bien. Si te hago algo estás en tu derecho de acusarme como buena niña ante el ministerio, es más, le entregas mi cabeza a Potter. No sé porqué, pero me parece que estás en problemas y, sin entender muy bien porqué, me provoca ayudarte. Tú decides – le planteó, dándole una calada larga al cigarro. El frío era espantoso y la herida en el hombro se hacía cada vez más dolorosa, así que bastó con fijar los ojos en él durante unos segundos para asentir con la cabeza. «Qué digo has perdido la cabeza, has adquirido instintos suicidas».
- No pretenderás que duerma contigo en la misma habitación, así que me atrevo a suponer que tienes o un sofá o dos habitaciones al lugar al que vamos, Nott. Mañana en la mañana me retiro – puntualizó ella, esperando a que se pusiera en pie. Él no se tardó mucho y se quitó la túnica, alargando el brazo en el que la tenía, en su dirección.
- Póntela. Sé que no es Inglaterra pero los fríos de acá pueden ser realmente matadores, y sí Granger, tengo dos habitaciones, siéntete como en tu casa una vez que lleguemos. ¡Y deja de mirarme así, por Merlín! ¡No pienso sacar mi varita y lanzarte una maldición! – le pidió, riendo de nuevo.
[Cuarto de San Mungo]
Una sonrisa se esbozó en su rostro. El sueño comenzaba a atontarla, pero los recuerdos la reconfortaban. Una noche se había convertido en una semana, y al mes habían ido al cine, por primera vez para el Slytherin.
[Meses atrás]
- ¡Mierda! – masculló Theodore Nott, en lo que una película se proyectó en una tela de unos buenos metros de ancho y largo. Estaban en el medio de una sala de cine, con cotufas suficientes para alimentar a todo Hogwarts por un día - ¿cómo es que los muggles han logrado que las imágenes se muevan tan rápido? ¡Frente a ellos parecemos críos jugando con palitos! ¡Y pensar que nos creemos la gran vaina! – Su expresión de frustración sacó una verdadera carcajada del pecho de Hermione – ¡Con razón siempre nos llevabas tanta ventaja! ¡Eres bruja pero muggle! – parecía que una gran verdad le había sido revelada, y la castaña sólo reía - ¿qué es tan gracioso? ¿Qué no te sorprende… en verdad tengo que ponerme estos lentes? – preguntó, sosteniendo unos lentes blancos con una película tornasolada.
- Si quieres ver los efectos especiales, te lo recomiendo – respondió ella, aguantando la risa. Ni imaginar qué diría en lo que los tuviese puestos.
- No puede ser más increíble de lo que ya es, Hermione. ¡Se mueven! Y no hay señales de que la magia esté detrás de todo esto, en verdad – señalaba hacia la pantalla, sin poderlo creer.
- Si sigues diciendo todo eso los señores delante de nosotros te harán comer tus propias cotufas, sólo para que guardes silencio – le dijo, sonriéndole a la pareja que estaba una fila más abajo que ellos. Ellos la miraron con cierto agradecimiento, pues hacía rato que Theodore hablaba sin parar.
- Pues hasta donde sé uno puede hablar cuando le plazca – terció Theo, torciendo el gesto.
- No, no puedes. En el cine ves la película, y la destruyes si quieres, pero hablando con baja frecuencia o si no todos en la sala te odiarán, incluyéndome. Ponte los lentes – solicitó por segunda vez, comiendo cotufas – y por lo que más quieras, no grites cuando…
- ¡Por las Barbas de Merlín! – Chilló él cuando un puño gigante se acercó a su rostro - ¡Me están atacando! – gritó, y Hermione tuvo que taparle la boca con las manos, aguantando la risa otra vez. Definitivamente, no más cine para él hasta nuevo aviso.
[Cuarto en San Mungo]
Vaya que habían sido buenos tiempos. No recordaba haberse reído tanto después de haber salido de Hogwarts. Todo se había convertido en batallas, en peleas y en deslealtades y traiciones que la agujereaban y hacían de la existencia de todos una eterna súplica por paz.
Daría mucho de lo que no tenía por volver a ese lugar. A discutir hasta quedar del color del carmín con clientes que le veían cara de super héroe, tratando de explicarles que las cosas no eran sencillas como ellos creían. Por ver películas en casa con Theo, enseñándole cómo manejar un DVD y a preparar café con una cafetera automática. A abandonar de nuevo la costumbre de tomar té a las 4 de la tarde y cambiar esa costumbre por comprar cualquier bobería que se le ocurriera. Por las cartas semanales a sus padres luego de un mes de estar desaparecida, asegurándoles que los extrañaba muchísimo y que en lo posible iría a visitarlos, segura por completo de que no lo haría porque apostaba su tranquilidad a que o Ron o Harry la estaban esperando y vaya que no quería hablar ni con ellos ni con nadie.
Todo su cuerpo parecía haberse sumido en un sueño mudo, pero su cerebro aún producía recuerdos que sacaban sonrisas de sus labios. Podría jurar que la persona a su lado le había dicho que se veía más tranquila cuando sonreía, pero podría también ser un juego de su mente, pues la lámpara le hacía gestos y la sábana la abrazaba, intentando quitarle el dolor, menguante con cada minuto que corría. Antes de caer profundamente dormida un último recuerdo se coló en la recopilación del día, obligándola a fruncir el ceño.
[tres años atrás]
Sola. Sola en Grimmauld's Place, otra vez. El tedio se la comería viva, lo sabía, lo presentía. Eran esos los instantes en los que maldecía no haberse apuntado en la escuela de aurores, haber tomado el rumbo que la había dejado como posible empleada del Departamento de Aplicación Mágica o en el de Cooperación Mágica Internacional, y haberse separado irremediablemente de Ron y de Harry. Kreacher tenía la cabeza apoyada en su regazo y se ofrecía a prepararle la mejor comida, como siempre hacía. Ella lo despachó con cortesía y subió hasta el último piso, donde estaba su habitación. No había más remedio. Estudiaría la ubicación de los últimos chivatazos recibidos por los aurores con respecto a nuevos focos de violencia en Inglaterra.
Debía asumirlo, la vida en esos tiempos se había convertido en algo realmente fastidioso. No podía viajar con Ron o con Harry porque aún estaban en entrenamiento. No podía salir a la calle por el pánico a ser atacada por la espalda por los mortífagos, que hacían y deshacían a gusto y antojo, respaldados por Voldemort. Aún cuando el miedo se les salía por los poros cada vez que se enfrentaban con una comitiva de aurores, siempre terminaban escapando con el terror impregnado en el trasero, pues siempre les daban de comer polvo.
A veces moría de ganas de abandonar su puesto como miembro del Wizengamot y enlistarse en la escuela de Aurores. Extrañaba de una forma inevitable los días en los que eran ellos tres los que acudían ante el llamado de las fuerzas que combatían a Voldemort, pero todo eso había quedado atrás. Ella había tomado una decisión y debía continuarla, por más que le pesara. Un perro fantasmal llegó hasta ella. La voz de Ron salió de él.
- Atrapamos a Malfoy, Herms – informó – jura que estaba luchando contra unos malditos mortífagos y, aunque está hecho mierda, no le creemos. Lo mandamos para el cuartel general, no debería tardar mucho en llegar. Tonks lo escolta. Harry y yo estamos bien, si Merlín lo permite estaremos en Inglaterra en poco menos de un mes. Voldemort vino a Escocia buscando quimeras y para crear inferís, ¿puedes creerlo? Atrapamos a un mortífago hace poco y confesó sólo con mirar a Harry, pobre imbécil. Cuídate mucho. Harry le escribió a Luna, como es sanadora quizá pueda ayudar al tarado de Malfoy antes de que lo manden a Azkaban. Tu encárgate de interrogarlo y si necesitas fuerza bruta llama a Neville, él seguro acude al instante. Nos vemos. Te quiero.
El perro dejó de hablar y se desvaneció. Al segundo siguiente la señora Black lanzaba un millón de improperios que sonaban así como mancilladores de la honra Black, escorias del mundo mágico. Una voz desesperada gritó entonces.
- Cállate, vieja loca – la voz de la Black fue silenciada al momento y la llamaron – ¡Hermione! ¡Mi querido primo te requiere! – escuchó ella, y salió disparada de la habitación. Bajó las escaleras como alma que lleva el diablo y llegó a planta baja.
Allí estaba Nymphadora Tonks, con el cabello castaño oscuro y una nariz desproporcionada. No llevaba puesta la túnica y la camisa lila que tenía estaba empapada en sangre. Parecía herida en el rostro, pero lo que más impactó a la leona era el cuerpo que flotaba frente a ella. Estaba cobijado por su túnica y estaba desagradablemente pálido.
- Sólo pudimos traerlo inconsciente – explicó ella, encogiéndose de hombros – Luna debería estar por llegar, si quieres espero a que llegue ella o alguien más del cuartel – le dijo, acercándose a la cocina. El cuerpo de Malfoy la siguió, y las sogas que lo aprisionaban parecían cortarle la respiración. Un hilillo de sangre se desprendía de su labio superior, escandalosamente amoratado.
- No me digas que Harry y Ron lo dejaron así – quiso saber Hermione, escandalizada. Tonks sonrió y Hermione se tapó la boca – les he dicho un millón de veces que cuando vayan a juicio pueden ampararse en la violencia que usan los aurores al capturarlos, además, no sabemos si lo que dice es cierto o no – trató de exponer ella, haciendo té - ¿quieres té? Es un poco tarde y no sé cuánto se tarde… - en ese momento sonó el timbre y Hermione fue a responder. En lo que abrió la puerta se encontró con dos personas que apreciaba mucho. Luna Lovegood, con la insignia del hueso y la varita en la parte izquierda de su túnica verde y una sonrisa sincera en los labios y Neville Longbottom, mucho más crecido y con más músculos, pero con la cara de niño que siempre lo caracterizaba.
- Harry me ha escrito. Me dice que tengo que atender a alguien. ¿Volvieron a darle una paliza a un mortífago? – preguntó, empleando ese tono realista que aplastaba.
- No es sólo eso. No es cualquiera. Es Malfoy – respondió Hermione, invitándolos a pasar.
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¿Qué tal? ¡Ya empieza a tener forma! Si alguien sigue la historia, ¡mil disculpas! Se asoman mis vacaciones y con ellas mucho más tiempo para actualizar ;). Se aceptan tomatazos y sugerencias :D.
Escuchando: Shine on your crazy Diamond – Pink Floyd; Second Chance – Shinedown.
Cambio y Fuera
Hatshe W.
