Colocó otra bolsa de hielo en su hombro derecho, esperando que la inflamación bajara. Sentado a la mitad de la cocina sus pensamientos volaron prontamente hasta Sarah, ¿qué estaría haciendo en ese momento? Seguramente estaría a la mitad de un caso, recorriendo las calles en búsqueda de la información necesaria para llevar a un criminal ante la Justicia. Suspiró. Debía admitirlo: extrañaba esos días.

Había conocido a la joven y atractiva rubia unos años atrás, cuando fue transferida de su antigua unidad, fue una inmediata atracción mutua que todo el Departamento notó en el acto, por eso mismo les extrañó que tardasen tanto en atreverse a salir oficialmente. Hablando sinceramente, a Elliot no le gustaban los compromisos y mucho menos las ataduras, además de que tampoco deseaba apresurar las cosas con la rubia. Por eso mismo muchas de sus compañeras bromeaban con Sarah, diciéndole que no le soltara el lazo.

Sin embargo, luego de que su Jefe le seleccionara como el mejor agente para un caso encubierto que podría durar varios años, no tuvo otra opción. No le molestaba en absoluto formar parte de operación tan grande, sabía que ese tipo de misiones sólo le eran dadas a los mejores detectives y él se sentía orgulloso de ser considerado como tal pese a su corta edad; lo que realmente le llegaba a disgustar era tener que participar del bajo mundo sin poder arrestarlos a todos de una vez por todas. Encima, Sarah y él tendrían pocas oportunidades de verse, lo cual a veces llegaba a cansarle. Suspiró.

En ese instante la puerta se abrió permitiendo la entrada de la chica de ojos jade, mirándole impasible, el pequeño cerdo entró detrás de ella, acercándose al oficial y restregándose en su pierna. Emily bufó al ver eso, corriendo presurosa y quitándole de inmediato.

–No, Odín –le riñó.

–Al parecer es el único al que le caigo bien –contempló al animal.

–No entiendo por qué… –bufó molesta– No le agradan los hombres.

–Entonces soy la excepción a la regla –se encogió de hombros.

Emily volvió a bufar. ¿Quién se creía él que era? Sí, sabía que cuidaba de ella y debía estarle agradecida por su ayuda en la escuela el otro día, pero eso no significaba que terminarían siendo mejores amigos ni nada por el estilo. El joven detective era demasiado testarudo, creído y descortés con ella; aun si era verdad que representaba a uno de los mejores agentes activos de la policía, no confiaba en él.

Y eso Elliot lo sabía. Conocía esa mirada… era la que a veces su madre le dedicaba a su padre. Apretó los puños molesto al darse cuenta de ello. Quitó la bolsa con hielo y procedió a vendarse el hombro, esperando que su pequeña lesión no pasase a mayores, mantuvo la vista lejos de los jade de ella, no queriendo verlos por más tiempo.

–¡Así no!

La chica se acercó a él, dejando a Odín en el piso y sustituyéndole en la labor que antes estaba dispuesto a realizar; debía admitir que era preferible que ella lo hiciera a él. Pareciera haber recibido un curso de primeros auxilios, pues los cuidados recibidos se parecían en demasía a los de una enfermera calificada. Él sólo se relajó y obedeció sus pequeñas indicaciones para colocar el brazo en la posición indicada si lo requería.

–Listo, eso será suficiente.

Emily se apartó satisfecha con su labor. Por su parte, el de ojos celestes tomó su camisa, la cual descansaba en la barra del sitio, y se la colocó. La azabache se sonrojó de inmediato, ¡¿en qué estaba pensando?! No se había dado cuenta de que el joven se hallaba sin su prenda superior. Sin poderlo evitar sus ojos se desviaron a su torso, observando cómo los botones eran cerrados uno por uno. Dio media vuelta al ser consciente de ello.

–¿Qué sucede? –notó divertido su reacción– ¿Acaso nunca has ido a la playa? Muchos chicos no usan camisa allí, no debería sorprenderte esto.

–No… ja-jamás he ido a la playa… –contestó nerviosa– Sin embargo, la he visto por televisión.

–¿Nunca has ido? –volvió a preguntar, acercándose a ella.

–Tía Amelia nunca tenía tiempo para ir, queda un poco lejos; prometió que cuando cumpliera la mayoría de edad me llevaría –le dijo sin voltear a verle.

Ató cabos. La mujer que se había hecho cargo de la joven era un agente del FBI perfectamente calificada que en años pasados incluso formó parte de los guardaespaldas personales del presidente, pero que se había dado de baja debido a "lesiones en combate", lo cual podría ser falso si necesitaban que cuidase a un individuo como Emily, poseedora de valiosa información.

–De acuerdo, cuando esto acabe, prometo que Podolski y yo te llevaremos –ofreció.

–¿Qué le hace creer que querría ir con usted? –volteó a verle molesta– Tía Amelia ya lo prometió y con eso me basta.

Era una testaruda sin corrección. Elliot caminó a la pequeña cocina, esperando poder ganarle desde otros medios, procedió a buscar en el refrigerador lo necesario para preparar una comida decente, comenzó a sacar los ingredientes necesarios.

–¿Prefieres arroz o pasta? –le preguntó mientras miraba en la despensa.

–¿Qué tipo de pasta? –se acercó.

–No estoy muy seguro… creo que…

–¿Spaguetti?, ¿fettuccine?, ¿capelli d' angelo, vermicelli, fusilli, rigatoni, maccheroni, tortelloni, cappelletti, panzerotti, agnolotti…? –comenzó a enumerar.

–¿Encima eres gourmet? –le miró mientras sacaba una pequeña caja con la pasta.

–¡Soy italiana! –remarcó– Me siento orgullosa de mis raíces y su gastronomía.

–Adivino: la cocina se te da fatal –sonrió al verle así.

–S-Sí, pero… –tartamudeó descubierta– ¡En la pasta nadie me gana!

Le arrebató la caja que sostenía y comenzó a leerle; se trataba de Capelli d' angelo, la cual era de cocción rápida, por lo cual no le presentaría ningún desafío. Seleccionó los tomates más rojos de todos y se recogió el cabello para iniciar su labor.

–Yo haré esto, usted encárguese de otra cosa.

–¿Pollo o pavo? –sacó dos cortes de carne.

–¿Sólo hay eso? –torció la boca con las opciones.

–Dudo que quiera comer cerdo.

–¡¿Pretende cocinar a Odín?!

–No, hay un poco en la nevera, pero no creo que a él le guste eso –aclaró.

–Cla-Claro –se tranquilizó.

Elliot comenzó a enseñarle los lugares donde se localizaba cada uno de los instrumentos necesario, así como las cucharas de madera (pues ella insistía que debían ser de ese material para no arruinar el sabor de la pasta) y las especias que necesitaba. Por su parte, él se encargó de preparar el pavo y una vez que todo estuvo listo procedieron a sentarse a la mesa. Emily devoró todo lo que había, sin importarle que el detective estuviera presente.

–Provecho –se burló.

–¡Hey! Fue usted quien me trajo aquí sin probar bocado desde ayer –le recriminó.

–Le recuerdo que pregunté si deseaba cenar algo y esta mañana también me ofrecí a llevarle su desayuno –le sostuvo la mirada.

–Ayer fueron demasiados sobresaltos y hoy… sólo… no quería verle… –dijo en un susurro.

–Al parecer el apetito ha doblegado su orgullo –continuó comiendo.

–Engreído… –masculló molesta antes de llevarse otro bocado a la boca.

–Orgullosa… –le respondió.

Recordó en ese momento las palabras del Capitán, debía controlarse si quería obtener los datos necesarios para el caso, el problema de ello radicaba en que, pese a haber tratado con un sinfín de víctimas, la mayoría eran niños o mujeres ya adultas, por lo cual su trato había sido diferente. En cambio, los casos de adolescentes se le dificultaban de sobremanera al no saber cómo lidiar con ellas debido a los cambios hormonales y el redescubrimiento de su cuerpo, dejando que James se encargara de escucharlas y prepararlas para el estrado. Las víctimas como Emily no eran su fuerte, eso debía cambiar pronto.

Terminaron de comer y recogieron los trastes utilizados, Elliot se ofreció a lavarlos, pero la joven se apresuró a correr al lavadero, dispuesta a realizar tal labor. El azabache procedió a limpiar la barra al ver que no podía hacerle cambiar de idea.

–Perdone… –oyó le decía.

–¿Por qué? –preguntó de espaldas a ella.

–Por ser tan dura con usted… –le contestó.

–También yo soy muy terco y no me he comportado de la mejor manera con usted –le dijo.

–Al menos estamos de acuerdo en algo… –bufó entornando los ojos.

–Estaremos conviviendo bastante tiempo, podríamos intentar llevarnos bien –se acercó a ella, comenzando a secar los trastes ya limpios.

–¡Oh, sí! ¿Por qué no imaginamos que estamos en un campamento? Uno donde no te dejan salir del apartamento, ni ver la tele, ni chatear, ni llamarle a tus amigos… suena estupendo, ¿no lo cree así? –respondió sarcásticamente.

–Uno donde al menos continúa con vida –devolvió–, especialmente diseñado para niñitas malcriadas.

–Con cuidadores groseros, maleducados, ¡unos verdaderos tiranos!

–Que arriesgan su vida para proteger a las internas…

Se quedó callada. Era verdad. ¿Por qué siempre lo olvidaba? Debía estar agradecida con él, no buscando una excusa para pelearse, quizá sólo era el estrés de saberse encerrada por tiempo indefinido lo que le tenía así, Emily terminó su tarea pero cuando iba a cerrarle a la llave se dio cuenta de que el agua continuaba saliendo. Elliot también se percató de ello, así que probó suerte sin resultado alguno, fue por una llave para intentarlo de esa forma, pero lo único que consiguió fue romperla y que un chorro de agua saliera disparado a la de ojos jade.

–¡Cierre esa cosa! –intentó cubrirse con las manos.

El joven detective se arrodilló y cerró la corriente antes de que la joven se ahogara, suspiró al ver que el agua se había detenido.

–¿Está bien? –se paró.

–¡No! –demandó– Toda mi ropa está mojada.

–Será mejor que se cambie, antes de que pesque un resfriado; yo arreglaré esto.

Emily salió corriendo de allí rumbo a su cuarto y buscó entre su ropa, deseaba darse un baño pronto. Por su parte, Elliot estaba en un pequeño predicamento, debido a que el agua había empapado la blusa de la chica, ésta se había transparentado, dejando ver el sostén que en ese momento usaba. Si bien es cierto que tenía una relación seria con otra persona, eso no significaba que podía ignorar lo ya visto. Pese a su carácter agresivo, Emily seguía siendo una chica atractiva con la cual debía convivir, había tenido su cuerpo bajo de él y sentido su aliento en su rostro… negó intentando alejar esos pensamientos, definitivamente no le hacía un bien pensar en eso. Ajustó la toma del agua cuando escuchó un grito proveniente del otro lado del edificio, corrió hacia allí y abrió la puerta.

–¡¿Qué sucede?! –preguntó alarmado, desenfundando el arma.

Se topó con la joven envuelta en sólo una corta toalla, su cabello mojado caía en desorden por su espalda, su nívea piel al descubierto. El cuarto del baño estaba inundado en vapor, empañando el espejo.

–S-Se acabó el agua fría –le dijo–. Me he quemado cuando intentaba darme un baño.

–Le había dicho que revisaría la llave, cerraría la toma de agua fría hasta solucionar nuestro problema –aclaró mientras se guardaba la pistola en su funda.

–Lo siento, lo olvidé, pero es que no soportaba tener el cuerpo pegajoso.

–Lo arreglaré en unos momentos, espere hasta entonces –salió cerrando la puerta.

Lo anterior visto se sumaba a sus pensamientos, distrayéndole. Le tomó más de los 20 minutos que creía en un principio el poder solucionar el problema del agua. Cuando terminó tocó a la puerta del baño con sus nudillos y avisó que todo estaba listo. Minutos después podía escuchársele cantar mientras estaba en la regadera. El azabache releía uno de los informes dados al tiempo que tomaba su cuarta taza de café y le vigilaba por las cámaras, aunque ninguna enseñaba el sitio de la ducha, agradeciendo ello.

Cuando los niños buenos se van a descansar
Salen las brujas dispuestas a jugar

Prestó atención a la canción infantil que en ese momento cantaba la chica.

El reloj marca las doce, no lo debes olvidar
La calavera y el ángel te marcan el lugar
Sus sonrisas se perciben, felices de esconder
Una joya olvidada por el niño cruel
Bajo su regazo un gato hecho de miel,
Sus ojos marcan la hora en que has de perecer

¿Quién le enseñaría canción tan macabra a una niña? Una niña que encima asistía a un colegio religioso y que había sido criada para ser considerada una "señorita", negó con la cabeza, su madre jamás podría haberle cantado una cosa así cuando era niño.

'¡Muérdete la lengua!', me dijo el grifo
'Si no sabes acaso el acertijo,
Ni siquiera nuestra contraseña,
Es imposible que la verde leña
Arda en el fondo del viejo pozo'

Del caballo se cayó el niño,
La linternita que alumbra este día
Es portada por una vaca con cola.
Recibe dulces cuando la guía
Ya no se encuentre sola
Sino, mi cara de rojo tiño.

Elliot quedó petrificado por las últimas estrofas, quitó el volumen de la cámara 8 para no oír nada más y continuó con su trabajo, cuando sus ojos se posaron en una fotografía de otro de los fólderes en los cuales había estado trabajando. En ella se veía una torre en cuya parte superior se apreciaba un enorme reloj, unos árboles bajo la misma parecían cubrir su entrada y, en el lado izquierdo se apreciaba la figura de un ángel arrodillado, rezando. Buscó indicios del sitio, dando pronto con su nombre, investigó en Internet más información sobre el mismo y llamó rápidamente a su Capitán.

–Será mejor que sea algo bueno para llamar directamente a mi celular –escuchó su voz del otro lado.

–¿Recuerda lo que dijo Huan sobre información escondida en canciones? –preguntó mientras veía algunas fotografías en la computadora.

–¿Qué sucede con ello? ¿Encontraste algo? –su tono de voz se puso más serio.

–Quizás… sólo necesito saber algo… ¿dónde está la madre de Emily?

–En Saint Rose Mary.

–Entonces… tengo algo, Capitán –sonrió–. Quizá sea nuestra única pista sobre lo que están buscando.

–Manda la información de acuerdo a lo planeado, Elliot… y destruye este teléfono.

–A la orden.

Sonrió al darse cuenta de la velocidad con que había podido encontrar un indicio del verdadero asesinato de un integrante de la Cosa Nostra. Frente a él se apreciaba una fotografía de una estatua del mismo ángel y otra de una capilla con una calavera encima, los árboles del fondo ocultaban la base de la torre donde el enorme reloj señalaba las 3:48 pm y bajo ella rezaba el título "Saint Rose Mary, cemetery".