Para comenzar, por favor miles de disculpas por no escribir más rápido. He tenido un bloqueo horrible, me imagino que causado por estrés laboral, además que mi tiempo ahora es un poco más corto, al regresar del trabajo, me esperan mis hijos y pues… caigo rendida de sueño junto a ellos. Pero bien el nuevo capítulo ya está, espero publicar el 5 pronto. Cuídense, paciencia no lo abandonaré.

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Arthur caminaba con prisa, para llegar junto a su hermana. Había prometido mantener su secreto y necesitaba saber si estaba bien. Cada vez que ella se alteraba pasaba siempre lo mismo y desde que los pretendientes comenzaron a aparecer, las discusiones con sus padres se habían intensificado y provocaban cambios en ella que aún no habían podido explicar.

-¿Ary?- hablo el joven tras la puerta de su habitación –¿Ary estás ahí?- abrió un poco la puerta y escucho un quejido de ella. Rápidamente abrió la puerta y entró a la habitación, asegurándose en cerrarla para que nadie pudiera entrar.

La encontró sentada al lado de su cama, abrazándose así misma con fuerza, mientras de sus manos un extraño brillo azulado se dejaba ver. Arthur corrió a su lado y la abrazó con fuerza.

-Ary por favor trata de calmarte- habló suavemente su hermano –por favor…- ella comenzó a respirar fuertemente para poder calmar el ritmo cardiaco de su acelerado corazón.

-¿Por qué me pasa esto Arthur?- dijo con la voz entre cortada mientras trataba de serenarse. Y el brillo azulado de sus manos poco a poco se fue quitando. Ariadna no había querido comentar con sus padres sobre lo que su cuerpo hacía cuando se alteraba. Principalmente cuando se sentía enojada o frustrada.

Ella fue soltando sus manos de sus propios brazos, Arthur tomó sus manos y los observó con mayor atención, el brillo ya no estaba. Miró a su hermana a los ojos, los azules de ella reflejaban temor y angustia, los de su hermano serenidad –Tenemos que hablarle a alguien de esto Ary- ella comenzó a negar con su rostro- tranquila…- siguió hablando con ella mientras acariciaba su negra cabellera. -Está pasando más que antes…-

-Lo prometiste Arthur- dijo ella soltándose de sus caricias y se levantó del suelo alejándose de él. –Prometiste no decirle a nadie de esto- él se puso de pie para caminar lentamente y quedar frente a ella.

-Lo sé Ary, pero esto se está saliendo de control- dijo su hermano tratando de razonar con ella –tenemos que hablar con alguien, debe haber alguna persona que pueda ayudarnos a saber qué es lo que te pasa-

-No Arthur- dijo la joven negando con su rostro –seguiré investigando. En algún lugar, en alguna biblioteca debe haber algo que me de las pistas que necesito- caminó hacia la ventana de su habitación y se sentó en el banco adjunto –mientras tanto, necesito detener lo más posible la llegada de más pretendientes-

-difícilmente podemos hacerlo- dijo su hermano –Tu cumpleaños se acerca y nuestros padres están preocupados por ti- dijo cruzándose de brazos y apoyándose en el otro extremo de la ventana y mirando fijamente a su hermana.

-No me importa perder la corona- dijo seria.

-pero a ellos si les importa-

- Rechazaré la corona, pediré a nuestros padres que se realice la ceremonia para que seas tú el heredero. Así no se perderá de la familia- Arthur la miró seriamente.

-No bromees Ary- dijo molesto.

-No lo hago- y miró a su hermano –esperaré que todo esto de la coronación termine para hablar con ellos formalmente- él comenzó a negar con la cabeza.

-No lo hagas Ary, tú serás una maravillosa y sabia reina- ella rio ante el comentario de su hermano, quien le sonreía.

-Vamos… hay que ser francos entre nosotros- ella se puso de pie y se colocó frente a él –no sé qué es lo que me está pasando Arthur… no sabemos si en algún momento esto podría causarme la muerte- su hermano quitó la vista de ella y miró hacia los terrenos del reino –por favor… desde que esto inició, sé que no soy elegible-

-tenemos que buscar ayuda Ary- dijo mirándola fijamente –no me resignaré a perder a mi única hermana por algo que posiblemente tenga solución- se acercó a ella. –No me considero ningún líder, ni héroe, no tengo madera de rey- se acercó a ella y la tomó de los brazos –Creo que lo podemos resolver, olvídate de la corona, ni te preocupes por eso. En este momento es más importante resolver lo que te está sucediendo-

La joven se acercó a su hermano y lo abrazó –Gracias Arthur-

-Bajemos a la biblioteca de aquí, talvez encontremos algo. A demás la comida debe haber finalizado ya- se separó de su hermana que a pesar de ser mayor le llegaba a los hombros. –Trata de no enojarte con papá, sabes que las cosas que dice no son para herirte-

-lo sé, trataré de ser más comprensiva con él- sonrió la joven.

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Se encontraba sola en la biblioteca; era grande, no como la de su casa, pero tenía ejemplares que llamaban su atención. Se entretuvo leyendo un libro de cuentos autóctonos; en uno de ellos, contaba la habilidad de un pueblerino que podía hablar con las serpientes y el miedo que todas las personas le tenían al ser diferente y lo consideraban peligroso.

Ser diferente… -pensó la joven- … ¿seré peligrosa para los demás? – Miró sus manos con curiosidad - ¿Qué haría la luz de sus manos? ¿podría hacerla aparecer a voluntad?- se concentró en recordar la sensación que se apoderaba de su cuerpo siempre que sus manos brillaban, poco a poco se fijó como su mano emitía un brillo suave, un candelabro con una vela estaba a su lado, acercó su mano a la mecha y se encendió. Ella inmediatamente se levantó asustada de la silla en la que estaba y retrocedió viendo lo que había hecho.

-Veo que ya tienes luz en tu mesa- ella giró para ver que el príncipe de Slytherin entraba por ella con una antorcha en una mano. –Pero… te quedarás ciega si no iluminas más este lugar- se dirigió a las paredes de la biblioteca para dar fuego a las antorchas, la luz se fue propagando por el salón y llevo a la mesa un candelabro que se encontraba en otra y encendió las velas en ella para acercarse a Ariadna y ver lo que leía.

-Había olvidado ese libro- mencionó el rubio cuando reconoció la pasta azul y desgastada –¿te gustan esos cuentos?- él joven miró con interés a la princesa que se había sentado frente a su libro nuevamente.

-sí, son bastante interesantes…- con un poco de duda en sus palabras, no sabía si lo que le preguntaba era solo algo para luego burlarse de ella o interés genuino.

-¿interesantes?...- dijo sentándose a su lado sonriendo -¿no me dirás que te causa escalofríos la historia del "lengua de serpiente"?-

-¿Por qué lo haría?-

-bueno… da un poco de temor saber que alguien puede manejar a su antojo a unas criaturas así… perdón, creo que me estoy adelantando ¿ya terminaste el cuento? O ¿te adelanto el final?- ella le miró con interés.

-no lo he terminado, pero me gustaría escuchar tu interpretación del cuento- ella colocó entre los dos el libro abierto.

-No es un cuento con un final feliz…- ella encogió un poco el entrecejo.

-continúa por favor…-

-bueno… la historia cuenta que en estas tierras, hace mucho tiempo llegó un joven, que tenía la habilidad de hablar con las serpientes. Vivía en las afueras del pueblo, la gente decía que además tenía poderes; nadie podía negarle nada, no sabían cómo, pero podía manipular a la gente.

Un día, él se fijó en la hija del panadero, era una joven muy hermosa, con una dulzura y amabilidad que era igual a su angelical rostro. Comenzó a buscarla, a vigilarla por todos los lados donde ella iba, siempre la seguía y se acercó a ella para pedirle que se casara con él.

Pero la muchacha solo se le quedo mirando… y dejo escapar una risa tonta que sonó dulce a oídos del joven ¿Tu, casarte conmigo? Apenas nos decimos hola y adiós. El joven se desconcertó por un instante, pero dio su mejor sonrisa seductora que poseía y le pregunto que si al menos pensaría sobre su propuesta. La joven le devolvió la sonrisa pero siguió su camino sin decirle ni si, ni no.

El joven, intrigado y seducido por la coquetería natural de la hija del panadero comenzó a estrechar más aun su vigilancia. A cada instante que pasaba, la observaba más hermosa en su andar, más altiva en su trato con los vecinos, como si fuera la princesa del reino y no la simple hija del panadero.

Pero en su tercer día de acecho a la hija del panadero, surgió el desencanto. La muchacha corrió a la entrada del pueblo, con una sonrisa que nunca le había visto. No le importo que la basta de su vestido se manchara de barro, el hablante de serpiente observo a lo lejos como la hija del panadero se reunía con las otras muchachas del pueblo y reían y cuchichiaban mientras miraban a lo lejos. El hablante de serpientes decidió ir a su encuentro cuando vio a lo lejos una polvareda que comenzó a ser cada vez más grande, pero ya podías vislumbrar que se trataba de un batallón de caballería. Soldados con uniformes, que venían victoriosos de la guerra, hermosos, gallardos, con una sonrisa que podía conquistar al mundo entero.

Dieron una vuelta en la pequeña plaza del pueblo mientras los habitantes salieron a recibirlos con aplausos. Tres del batallón se separaron de grupo, se orillaron frente a la herrería del pueblo y desmontaron. Luego se pusieron en posición de firmes y saludaron a su capitán, quien devolvió el saludo con una sonrisa, luego azuzo a sus hombres y salieron en tropel victorioso, mientras las chicas corrían de vuelta, al encuentro de los tres jóvenes soldados.

El corazón del hablante de serpientes sufrió un doloroso golpe al ver como la hija del panadero se detuvo a media plaza al ver a uno de los soldados en especial. Hermoso, de mirada triste pero con una sonrisa que hubiese hecho sonrojar a la santa más pura del convento mayor. Sus miradas se encontraron y caminaron a su encuentro. La gente dejo de importarles cuando se abrazaron y se besaron. El hablante de serpientes vio como la mano del soldado se aferraba al talle de la hija del panadero. Vio como las manos de la muchacha se aferraban con fuerza a la espalda del soldado, como no queriendo dejarlo ir de nuevo.

Luego de aquel beso, se fueron a la casa del herrero, tomados de la mano, con enormes sonrisas en sus rostros mientras que los pobladores se dividían en grupos para acompañar a los recién llegados, dejando al hablante de serpientes solo.

El dolor del momento se convirtió en ira, la ira se convirtió en odio y el odio se volvió violencia cruda, visceral, que le brotaba desde la base del estómago y subía como bilis hacia su boca.

Por días siguió a la hija del panadero, ya no con amor, sino con odio mortal ¿Cómo pudo ella, haberse burlado de mí? Recordó la pequeña plática y su retorcida lógica la transformo en la burla más horrenda que pudo recibir hasta ese momento.

Desde su llegada al pueblo, el soldado solo se despegaba de la hija del panadero para ir a dormir. El resto de sus horas de trabajos se encontraban frente a frente. Las oportunidades que tenía el hablante de serpientes para estar a solas con la hija del panadero eran nulas.

Así que su siguiente paso era muy lógico, eliminaría a la competencia. Fue al bosque, porque se acercaba la temporada de lluvias y sabía que el soldado necesitaría cortar leña para la herrería. Ya en el bosque comenzó a llamar a las serpientes y estas le respondieron con gozo, con la promesa de una comida abundante si le cumplían el favor a ese hombre que dedicaba sus horas en escucharlas.

Cayeron sobre el soldado mientras daba golpes de hacha sobre un árbol ya viejo. El soldado intento librarse de ellas, pero las serpientes se enrollaron en sus brazos y otras clavaron sus colmillos en el pecho desnudo del soldado. El dolor provoco que gritara y las pequeñas serpientes aprovecharon y entraron a su boca y mordieron su lengua y siguieron el camino hasta llenar a su estómago.

Cuando encontraron su cuerpo estaba hinchado por el veneno de las serpientes, su rostro estaba morado, destrozado por los colmillos y olía a descomposición. No hubo entierro en tierra sacra, simplemente cavaron un agujero en el bosque y colocaron con asco el cuerpo descompuesto del soldado, cubrieron con cal el cuerpo, luego llenaron el hueco con tierra y antes de sellar la fosa con piedras, volvieron a echar cal.

Con la triste noticia la hija del panadero lloró todo lo que le dio el cuerpo, todo lo que era amor y todo lo que se llamaba esperanza y futuro. El dolor de la perdida la volvió pálida y lúgubre, su sonrisa se esfumo del rostro y le costaba salir de su cuarto.

El hablante de serpientes pudo sentir un poco de compasión por la mujer; pero aun no era suficiente para aplacar todo su odio. Por lo que una tarde aprovechando la hora de la venta del pan y que sabía que la joven estaría sola en casa se apareció en el cuarto de la joven, quien aún lloraba a su antiguo amor.

-¿aún le esperas?- le miró con desdén aun lado de la ventana de la habitación de la joven –Eres más tonta de lo que pensé- la mujer le miró sorprendida, pero luego su mirada se volvió acuosa y con la voz temblorosa le contestó.

-solo espero el momento cuando el destino me permita llegar nuevamente a él- el hombre se acercó violentamente a su lado, alejando todo obstáculo que la separaba de ella –¡Ni quitando a ese estorbo de en medio, puedes dejar de estar con él!- se dio cuenta de su error demasiado tarde, los ojos de ella se abrieron con sorpresa y una fuerte determinación se posó en su mirada.

-¡Tú lo mataste!- se levantó y apartó rápidamente del lado del joven, su cama les separaba y ella se alejaba más de él. -¿Cómo pudiste…? Le amaba…-

-¡¿y yo qué?!-

-¿tú qué? – ella le miró con rabia y de forma lenta se fue acercando a su mesa donde tenía una de las agujas que su madre le había dado para aprender a tejer, la escondió entre sus ropas -¡No podías entender que mi amor era para él!- cuando estuvo cerca nuevamente al hombre, le habló de forma suave, pero firme –no entiendo cómo puedes decir que me querías, si no eres capaz de entender el amor-

-¡Te quería toda para mí!- le gritó el hombre con rabia.

-¡Eso no es amor! Es el egoísmo más vil que he visto en una persona- poco a poco ajustó la aguja entre la palma de su mano escondiéndola entre la ropa y tomándola con seguridad –No puedo creer que un hombre cualquiera pueda ser capaz de hacer esas cosas en nombre del amor-

-Ay, mi pequeña…- dijo el hombre con la sonrisa malvada en su rostro –es que yo no soy un hombre cualquiera, soy mejor que cualquiera de este mugroso pueblo- ella aprovechando el momento de cercanía y furia del hombre; levantó su mano y clavó la aguja de tejer en el hombro del hombre que en su momento de sorpresa y dolor dejó caer un misterioso palo de su mano. La joven corrió para intentar salir de la casa, pero no llegó muy lejos cuando misteriosamente cayó muerta sin ninguna herida frente a la puerta de su casa; donde fue encontrada por sus padres al anochecer.

Baltazar miró a la joven a su lado, quien con horror le miraba por el final del cuento y regresó la vista a las páginas del libro. Su mano temblorosa se acercó a la tapa del libro y lo cerró. Quería saber el nombre del autor… pero no lo tenía.

-¿Quién lo escribió?- mientras le daba vuelta a las tapas del libro y hojeaba las primeras páginas.

-ha estado aquí por años. Cuando mi padre me encontró leyéndolo la primera vez, me comentó que Snape trajo el libro con él cuando llegó al reino- la joven con manos temblorosas, tomó el libro, se levantó y lo colocó en el estante donde lo había encontrado "Era una persona diferente, con poderes …". –Ariadna, ¿estás bien?- la joven solo le miró por un momento fijándose como se acercaba a ella, le sonrió de manera forzada y le contestó.

-Sí, gracias por contarme la historia-

-¿espero que no tengas pesadillas?- le sonrió de manera coqueta –estas historias suelen asustar a las mujeres- ella cambió su mirada a molesta.

-parece que te encanta asustar a todas tus conquistas con ese cuento- él rodó los ojos mientras su sonrisa se ampliaba –¿Qué?... ¿esperas que me vaya corriendo a buscar refugio a tus brazos?; te equivocaste de conquista ¡señor príncipe!- Ariadna tomó una de las antorchas de las paredes y se encaminó a la puerta de la biblioteca, hizo una exagerada reverencia y salió del lugar.

-parece que no será tan fácil…- y apagando las velas de la mesa, salió del lugar.