Esta historia es una adaptación
Historia Original: Sin Secretos de Cynthia Rutledge
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
EDWARD
—Ese niño es un rival temible —dijo Jasper Masen con admiración.
—Tiene mucha energía —dijo Edward, y se echó hacia atrás en una de las tumbonas que había rescatado del garaje de su madre—. Me canso con solo mirarlo.
—No me vengas con historias —dijo Jasper—. Seguirías allí si te pierna no me hubiese comenzado a molestar.
Habían pasado una hora jugando un reñidísimo partido con los dos niños hasta que a Jasper comenzó a dolerle la rodilla que se había herido en un accidente de esquí el año anterior.
—Como te parezca—dijo Edward, tomando un sorbo de té helado. Al mirar a los niños, se inclinó hacia delante—. Esos niños están jugando un poco bruscamente.
Se levantó de golpe en el instante en que Matt, absorto en el juego, marcaba una canasta y luego chocaba con Emmett. Cruzó el patio de dos rápidas zancadas, pero no llegó a tiempo para evitar la caída de su vecino.
—Emmett, ¿te encuentras bien? —le preguntó, arrodillándose a su lado.
Al niño se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se las secó de un manotazo y asintió. Edward se dio cuenta de que hacía un gran esfuerzo por no llorar.
—¿Se ha hecho daño? —preguntó Matt, con la preocupación reflejada en su rostro pecoso—. No lo he hecho a propósito.
—Está bien—dijo Edward, tranquilizándolo con una mano en el hombro y mirando a Jasper—. Pero creo que por hoy es suficiente.
—Tienes razón. De todos modos, Matt y yo ya nos teníamos que ir —dijo Jasper—Alice ya tendrá la comida lista.
—Lo siento, Emmett—dijo Matt, sin saber qué decir—. ¿Quieres que volvamos a jugar cuando te sientas mejor?
Emmett asintió con la cabeza, mordiéndose el labio.
Edward esperó a que su sobrino y su cuñado se marcharan antes de volverse hacia Emmett.
—Parece que te has hecho un raspón en la rodilla —le dijo con tranquilidad, como si no tuviese mayor importancia.
—Me duele —dijo Emmett con voz temblorosa.
A Edward se le encogió el corazón, pero quizá peor demostrar demasiada lástima.
—No me sorprende —dijo, mirando la rodilla ensangrentada—. Y me temo que tendremos que limpiarlo.
—Entonces me va a doler más.
Edward miró los asustados ojos del niño con tranquilidad.
—Intentaré no hacerte daño.
Emmett se lo quedó mirando un rato antes de asentir con la cabeza y ponerse de pie. Cuando Emmett entró renqueando a la casa, la canguro levantó la vista.
—¡Ay, Dios santo, le chorrea sangre por la pierna! —exclamó, Tanya en un alarido.
—Generalmente sucede eso cuando te haces una rozadura en la rodilla—dijo
Edward, lanzándote una mirada de advertencia.
—La sangre no me gusta demasiado —parloteó Tanya nerviosamente mientras los seguía al cuarto de baño—. Me desmayé cuando tuvimos que pincharnos un dedo en la clase de Biología.
—No tendrás que hacer nada. Yo me ocuparé de todo —dijo Edward, intentando no mostrar su irritación. ¿En qué estaba pensando Isabella cuando contrató a esa niña para que cuidase a su hijo?
Sentó a Emmett sobre la tapa del inodoro.
—Puedes irte —le dijo a Tanya—. Yo me quedaré con él hasta que su madre vuelva.
Tanya titubeó, debatiéndose entre su responsabilidad como su canguro y su deseo de marcharse.
—Es un viejo amigo de mi madre —puntualizó Emmett, repitiendo lo que Edward le había dicho el día anterior.
—Bueno, pues de acuerdo entonces —dijo Tanya, con una sonrisa de alivio—. Dígale a la señora Swan que me puede dar el dinero que me debe mañana.
Edward metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de veinte dólares.
—¿Te alcanza con esto?—le preguntó.
—¡Hala! —exclamó Tanya, arrebatándole el billete—. Sí, está perfecto.
—Adiós, Tanya —dijo Emmett con voz débil. La adolescente le sonrió.
—Adiós, enano. Espero que no te duela demasiado.
Edward contuvo una imprecación. Cuando ella se fue, enjabonó una toallita.
—Puede que te escueza un poco —le dijo al niño, mirándolo a los ojos—, pero tenemos que lavar la herida.
—Ya lo sé —dijo Emmett, con expresión solemne—. Pero yo me aguanto.
Quince minutos más tarde, el gran raspón estaba limpio, desinfectado y cubierto con un apósito que Edward había encontrado en el botiquín.
Acababa de acomodar a Emmett en un sillón con un vaso de zumo de naranja cuando se abrió la puerta de entrada.
—Tanya, ya he llegado.
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BCEP
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ISABELLA
—Estamos aquí, ma.
Isabella entró al recibidor y se quedó da piedra al verlos. El miedo le atenazó la garganta.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Tanya?
—Tenía que irse —dijo Edward y la sonrisa de bienvenida se borró de sus labios ante su tono cortante.
—El señor Cullen le dijo que me cuidaría él —aclaró Emmett rápidamente porque sentía que algo raro pasaba—. Está bien, ¿no?
Isabella cruzó la sala e hizo un esfuerzo por tranquilizarlo con una sonrisa.
—Por supuesto, cielo. Lo que pasa es que tú eras responsabilidad de Tanya, no del señor Cullen.
—Esa niña era demasiado joven para semejaste responsabilidad —dijo Edward.
—Creo que yo sé juzgar eso mejor que tu —le respondió Isabella de mala manera.
—Perdóname si disiento —dijo él, cruzándose de brazos. La mandíbula se le puso tensa—. Quizá mientras tú estás por el pueblo haciendo recados...
¡Quién era él para insinuar que ella no era una buena madre, que ella no sabía lo mejor para su hijo? ¿Qué sabía él si no había estado allí para darle el biberón de las dos de la mañana o cuidarlo cuando temía el sarampión? Mientras él se ocupaba de pasárselo en grande, ella iba a la universidad, estudiaba y además se ocupaba de su hijo.
—… pero no es lo bastante mayor para resolver una emergencia.
¿Emergencia?
—¿Qué emergencia? —dijo finalmente.
Edward miró a Emmett y ella se dio cuenta del esparadrapo en la rodilla.
—¿Qué te ha sucedido, cielo? —exclamó corriendo a su lado.
—Me caí—dijo Emmett, incómodo ante la muestra de preocupación de su madre—. Pero no pasa nada.
—¿Cómo sucedió? —preguntó, mirando a Edward acusadoramente.
—Los niños chocaron jugando —dijo Edward, con un encogimiento de hombros.
—¿Los niños?
—Matt Masen —dijo Emmett—, el de la clase de natación.
—Ah, ya recuerdo —dijo Isabella. Miró a Edward—. Pero eso no explica por qué estás tú aquí.
—Jugamos al baloncesto —dijo Emmett coa el rostro tenso de preocupación—. Lo pasamos bien.
—No pasa nada, campeón —le dijo Edward para tranquilizarlo—. Tu madre intenta averiguar lo que pasó.
Antes de que Isabella pudiese decirle que ella solita se podía ocupar de consolar a su hijo, prosiguió:
—El padre de Matt es mi cuñado, Jasper —dijo Edward—. Pensamos que estaría bien si jugábamos dos contra dos con los niños.
—Me hice una rozadura en la rodilla —dijo Emmett—. Y el señor Cullen me puso desinfectante.
—¿Fue muy serio? —preguntó Isabella, calmándose. Dejando de lado sus sentimientos por Edward; parecía que él se había ocupado de su hijo.
—No es nada grave —dijo él, dirigiéndole una rápida sonrisa a Emmett—. Pero me parece que quizá le duela unos días.
—Parece que no podrás jugar a la pelota, por ahora—dijo Isabella.
—¡Venga, ma! —exclamó Emmett, haciendo un gesto de exasperación—. No es tan serio. ¿No puede venir Matt y...?
Isabella se puso seria y Emmett se interrumpió.
—Bella...
Isabella miró a Edward.
—Quiero decir, Isabella —dijo Edward carraspeando y esbozando su sonrisa—. Matt es un niño bueno. Le hizo daño a Emmett sin querer. Cosas de niños.
—Emmett es mi hijo, Edward —dijo Isabella con firmeza—. Yo decidiré con quién juega y con quién no.
—¡Pero mami! —se quejó Emmett.
Una sola mirada bastó para que el niño se callase. A veces, Isabella se preguntaba si no era demasiado dura con el niño, pero había visto demasiadas madres solteras dominadas por sus hijos y estaba decidida a que no sucediese con ella.
—No tengo inconveniente en que venga Matt —dijo dirigiéndose a su hijo—. Lo que pasa es que no sé si podrá ser este fin de semana. Quiero acabar la mudanza y dejar todo ordenado antes de comenzar a trabajar, y necesitaré tu ayuda. ¿Puedo contar contigo?
Emmett asintió a regañadientes con la cabeza.
—¿Has conseguido el trabajo? —le preguntó Edward—. Emmett me dijo que tenías una entrevista.
Aunque Isabella estuvo por decirle que aquel tema no era de su incumbencia, su pregunta era probablemente más por cortesía que curiosidad.
—Creo que tengo posibilidades —dijo.
—Mamá trabajará en un banco —dijo Emmett.
—¿De veras? —preguntó Edward, alerta—. ¿Cuál?
A Isabella no le gustó demasiado la expresión de interés de sus ojos.
—El First Commerce, en Kansas City. Están expandiendo el Departamento de Relaciones Externas.
—¿El First Commerce? —Edward sonrió—. Un amigo de mi abuelo pertenece al Consejo de Administración. Si quieres, le pido a mi abuelo que te recomiende. A veces, con eso es suficiente...
—No, gracias —dijo Isabella, forzando una sonrisa—. Prefiero hacerlo por mi cuenta.
—No sería molestia —dijo Edward.
—Quiero hacerlo por mi cuenta —insistió Isabella, manteniendo la mirada firme y directa. Aunque deseaba el trabajo, no quería que Edward se involucrase en su vida en absoluto. Ya había cometido el error una vez.
