Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama me pertenece.
Capítulo IV
" Ceremonia"
…
— ¡Bella! ¡Te llegó algo! — Anunció Renesmee, desde el otro lado de la puerta, sobresaltándola.
Era el día de la boda y la noche anterior Bella no había pegado el ojo; el nerviosismo la consumía, y en los ratos que no se sentía enojada, se regodeaba en su triunfo sobre Edward, ya que sabía que ni de asomo imaginaba que ella podía comportarse de ese modo y aquello la alegraba, sobre todo porque intuía que eso era el comienzo; el comienzo de un plan que ni siquiera tenía conocimiento de haber urdido.
Sin embargo, como consecuencia de sus devaneos nocturnos, tuvo que recurrir al uso de base, puesto que sus ojeras se verían a kilómetros de distancia. Las retocó un poco, antes de levantarse de la silla. Alisó las pequeñas arrugas de su sencillo vestido blanco, que cubría por completo sus exigencias para ese día; presentarse ante un juez, firmar un papel y retirarse; no pensaba ni de cerca aceptar un matrimonio por la iglesia con ese hombre.
Cuando los golpes se repitieron en la puerta, se apresuró en abrir.
— ¿Qué es? — Interrogó con el ceño fruncido. Camille ya le había enviado su presente, aunque la joven le aseguró mil veces que no era necesario, porque no pensaba arreglarse demasiado, sin embargo, pocas cosas eran capaces de ponerle un alto a su abuela, y como se sentía culpable de no poder asistir a la ceremonia, había reparado la falta con una gargantilla de oro blanco con esmeraldas. Por supuesto, aquella joya no saldría de su estuche de terciopelo ese día.
— No lo sé. Sólo lo trajeron junto a esta tarjeta— explicó Renesmee encogiéndose de hombros. Isabella cogió la caja larga y el papel que le extendían, con un profundo gesto de sospecha reflejado en el rostro.
De la misma forma, se dirigió dentro de la habitación y depositó el encargo sobre la cama. La rubia siguió sus pasos, tratando de ver por sobre su hombro.
Abrió con cautela el paquete y se encontró con un familiar envoltorio de papel de seda de color morado. Con destreza lo apartó y admiró un vestido perfectamente doblado, que permitía admirar el corte en forma de corazón del frente, que se complementaba con unos tirantes que se unían por detrás del cuello. Bajo el busto observó con claridad las incrustaciones de lo que temió fueran diamantes, que trepaban por las cintas. Era blanco, y estuvo casi segura de adivinar la identidad del remitente.
Con una desagradable sensación en el estómago, rasgó el sobre y extrajo la tarjeta que sólo contenía la frase "úsalo hoy" como mensaje.
Con rabia la arrugó en su puño y apretó los dientes, ¿qué se creía que era? ¿Acaso pensaba que ella no sabía cómo vestirse o que no podía costear un vestido? Tuvo deseos de gritar, al imaginar la sonrisa de superioridad que debió tener al escoger la prenda, porque sabía que aquello la ofendería. Deseó tener una tijera a mano para destruir la prenda, sin embargo, Renesmee estaba ahí, y aunque el matrimonio no creía sus mentiras en lo absoluto, no podía montar una escena en aquel momento.
— ¿Lo usarás? — Interrogó la chica, contemplándola con atención, ya que el cambio en su semblante había sido abrupto. Lamentaba decirlo, pero se estaba acostumbrando a ver las pequeñas arruguitas de disgusto en el ceño y comisuras de los labios de su amiga, que durante aquel periodo había sonreído genuinamente sólo un par de veces, mientras que el resto del tiempo parecía ausente, o enfadada.
— No lo sé. — Espetó con voz rígida, como si se esforzara en no rugir.
— Si me permites opinar— la castaña movió los ojos hacia Renesmee, cuidándose de no mostrarle el rumbo asesino de sus pensamientos. — dudo que haya ido por esta prenda solo, creo que alguien de su familia debió acompañarlo, alguna de sus cuñadas tal vez. Y si no lo usas… sería algo sospechoso, ¿no crees?
Isabella meditó las palabras de su amiga y con un suspiro de derrota, aceptó que no podía correr el riesgo de desbaratar el plan a esas alturas. Asintió con el dolor de su orgullo herido, pero se tranquilizó diciéndose que pronto vería el modo de cobrársela a Cullen.
— Tienes razón. — Sonrió o hizo el intento de, y Renesmee imitó su gesto.
— ¿Por qué te casas con él? Sé que no te gusta, que lo odias.
— No. — Refutó de prisa— no lo odio, odiarlo sería darle más importancia de la que merece. Pero sí estás en lo correcto al decir que no me gusta. — Sacó el vestido de la caja, y se fue tras el biombo de bambú que tenía en una esquina de la habitación. Sin demora se sacó el vestido suyo y utilizó el impuesto por Edward. — Y no insistas en ese tema; mantengo la postura que mostré desde el comienzo.
— Pero Bella, no tienes que casarte si no lo deseas. Eres joven, bonita y estoy segura que serías exitosa en lo que te propusieras hacer. — La chica suspiró, quitándose el cabello de la espalda mientras salía para darle la cara a Renesmee, que parecía desesperada por hacerla entrar en razón.
— Gracias. Y sé que no debería hacerlo, lo tengo claro. Este matrimonio será un fracaso.
— ¿Entonces? Me preocupas, Bella.
— Tranquila, Nessie— la sentó en la cama y acomodó un mechón que escapó del tomate. — No voy a colaborar en este arreglo, no pienso hacer algo que dificulte un divorcio.
— ¿Qué quieres decir?
— No deseo permanecer mucho tiempo casada con él. Tengo mis propias metas que alcanzar y un esposo no figura en ellas.
— No pensarás hacer algo que arruine tu reputación…
— Renesmee— sonrió alentadoramente. — Claro que no, mi abuela me mataría.
— ¿Ella te envió esa gargantilla?
— Así es. Es una derrochadora.
— No entiendo por qué tú...
— Ssht, haces muchas preguntas. — Después de sonreírle ampliamente, se levantó.
— A veces pienso que nos ocultas tantas cosas. — suspiró teatralmente. — pero así y todo te queremos.
— Lo sé. Soy encantadora.
Rieron unos momentos, antes que Jake llamara a su esposa.
— Oh, es cierto. Iba a planchar una de sus camisas. — La leve nota de vergüenza en el rostro de su amiga, la hizo sonreír. — Nos vemos abajo. — y salió corriendo de la habitación, dejándola a solas.
Murmurando por lo bajo, volvió por el vestido descartado y cuando iba a poner la tapa de la caja, reparó en que había otra cosa allí, bajo el papel. Con curiosidad, lo sacó y supo que le subió la sangre al cerebro, porque de un momento a otro veía todo de color rojo.
— Maldito hijo de…— se contuvo en el último minuto, empuñando con cólera el conjunto tremendamente provocador que había tenido el descaro de enviarle. ¡No era un matrimonio real! Rugió internamente, lanzando las prendas de encaje a la pared.
Sin embargo, cuando se hubo enfriado un poco, volvió por él y lo metió en un bolsillo de sus maletas, ya que su adorado prometido, había estipulado frente a la familia que después de la luna de miel, se irían a vivir juntos a uno de los tantos edificios que las constructoras Cullen habían erigido, y como consecuencia no podía dejar esa porquería que parecía atuendo de prostituta en la casa de sus amigos.
Masculló un par de palabrotas, mientras se acomodaba el vestido en la zona del busto, que revelaba más de lo que hubiera deseado, demostrando con pelos y señales que Edward no pensó ni remotamente en complacerla.
Se puso frente al espejo y admiró el dobladillo de la prenda que le llegaba a las rodillas, dejando el resto de sus piernas enfundadas en las pantis del color de su piel, que finalizaban en unos tacones relativamente bajos de color blanco. El cabello lo llevaba casi por completo suelto, a excepción del pequeño recogido que tenía en la parte posterior. Cerró los ojos e inspiró profundo un par de veces antes de decidirse a salir.
Luego de bajar la escalera, se encontró con sus amigos que lucían increíbles para la ocasión. Jacob sostenía su abrigo.
— Dijeron que después de la ceremonia mandarían a alguien por tus cosas.
— Lo sé, gracias. — Le sonrió. — Se ven esplendidos.
— Ni que lo digas, estás preciosa.
Ella sonrió débilmente.
Y entonces un coche se estacionó fuera, y los tres abandonaron la casa.
En el camino no hablaron mucho, más que todo porque Bella ya parecía muy tensa sin una conversación insustancial, de manera que los Black prefirieron guardar silencio.
Mientras tanto, en la oficina del juez, Edward esperaba impaciente. Toda su familia había llegado y aguardaban la entrada de la novia, expectantes. Sólo Jasper y Alice parecían tener algunas dudas, y no por parte de Bella, ella solía manejar las situaciones muy bien, sino que por Edward, quien no conocía casi nada sobre su futura esposa y se limitaba a los monosílabos o alegar trabajo cada vez que le preguntaban sobre ella y la relación que tenía con su abuela; por otra parte, ninguno había olvidado la cena en la que Isabella desvió limpiamente la conversación de su padres a Camille. Para casi todos los Cullen, la chica era un sol, mas, la pareja parecía tener ciertas reservas respecto a la unión que por descontado, les parecía repentina. Sin embargo, lucieron tan contentos como el resto de la familia, dado que en el fondo de ellos mismos, tenían la firme convicción de que Bella era más astuta y vivaz que Edward y que sería una rival digna, que no se sometería a la voluntad del hermano menor de los Cullen.
No obstante, mientras Alice y Jasper elucubraban sobre la reciente pareja, Carlisle y Esme, sobre todo la última, no cabían en sí mismos de júbilo; ver a sus tres hijos casados con buenas mujeres los hacía sentir increíblemente agradecidos, aún cuando tuvieron que inyectar una ligera presión para que se realizara la última unión.
Finalmente, Bella, Jacob y Renesmee llegaron al registro civil y descendieron del coche, entrando sin demora. Mientras más rápido fuera el trámite, mejor para ella. Sin embargo, cuando no la veían, la joven tomaba respiraciones profundas para tranquilizarse, repitiéndose que era algo más bien temporal, no para el resto de su vida.
Al oír la puerta abrirse, los presentes se pusieron de pie para recibir a Isabella, que había logrado dibujar una gran sonrisa emocionada en sus labios, no obstante, temía que se quedara fija en su boca para siempre.
— El abrigo, Bells. — Susurró Jacob, tomándola del brazo.
— Ah, es cierto. — Rió nerviosa, y aquello no tuvo que fingirlo. Las manos le temblaban al observar a la familia Cullen reunida en la pequeña oficina, que no parecía tener el aire suficiente para todos.
Con dedos trémulos, desabotonó la prenda, pero no se la quitó.
Todos observaron lo que traía debajo y Edward sonrió triunfal, sin embargo, dentro de sí, una sensación incómoda lo asaltaba al verla tan cerca de ese hombre moreno y casi tan alto como él, con el que parecía tener cierta familiaridad y complicidad. Desde luego, sabía que se trataba de Jacob y que la mujer de proporciones pequeñas y frágiles que iba al otro costado de Isabella era Renesmee, la esposa. Lógicamente lo sabía, pero la sensación permanecía, porque como fuera, Bella era una mujer hermosa y envidió a ese hombre por haber compartido momentos con ella, momentos que de seguro fueron agradables. Carraspeó, inquieto por el curso de sus pensamientos, y molesto, sí, molesto porque en un mes no había logrado avances con la chica que parecía ser una mujer de piedra, ninguno de sus intentos de seducción había surtido efecto, ni los más atrevidos ni los más sutiles. Ella simplemente parecía inmune a su cercanía, y no hacía más que verlo con desdén, recordándole esa noche en la que tomó sus labios a la fuerza y se ganó una mordida que le dolió durante días. No volvió a intentarlo, desde luego.
Ella se acomodó a su lado, y sus amigos permanecieron junto a ella, pues eran sus testigos. Mientras que Jasper y Alice, los de Edward, se allegaron a él.
El juez comenzó a hablar, y el silencio reinó en la estancia. La perorata de éste no duró demasiado y con asombrosa rapidez pasaron a la parte de la firma. Y finalmente, el hombre de unos cincuenta años sonrió de forma guasona y dijo:
— Están legalmente casados, así que… puede besar a la novia. — Los miró con intención y los asistentes también. De modo que cediendo a la presión, él le dio un casto beso que no encantó a todos. Y que por supuesto, sólo lo hizo querer más.
— Por favor, hay que mantener la compostura. — Replicó Edward, sonriendo verdaderamente complacido. Estaba hecho, sus padres no tenían ningún motivo para presionarlo ahora y la empresa estaría bien. Todo estaba bien.
Cuando terminaron de felicitarlos, a excepción de Jacob y Renesmee, que sólo la estrecharon fuertemente. Los asistentes, Edward y Bella salieron con rumbo a un lujoso restaurant que habían arrendado para la ocasión y ofrecería un "modesto" coctel de celebración.
— ¿Te gustó mi regalo? — Susurró Edward con mofa al oído de la joven.
— No se confunda, lo he escogido porque era lo más prudente. Ya que dudo que haya ido a una tienda usted solo a comprar este vestido. Seguramente, se habría sentido perdido. — Rió burlona— y no quiero levantar sospechas. — Odiaba cómo ella era capaz de torcer las cosas, para arruinarle el humor y golpearlo con sus propias acciones.
— ¿Eso crees? He regalado ropa a más mujeres de las que puedes imaginar.
Ella se volteó, con una falsa cara de sorpresa.
— ¿También es dado a la caridad? Vaya, eso me sorprende, señor Cullen.
Él apretó los dientes. Y ella sonrió.
— ¿Por qué dices que levantaría sospechas?
— Me sorprende que no lo entienda, ya que se jacta de ser muy listo.
— Estás jugando demasiado con mi paciencia, Isabella. No me fuerces a…
— ¿A demoler la cafetería de mis amigos? Yo cumplí mi parte del trato, di mi palabra y usted la suya, así que espero que la mantenga, puesto que no he incumplido ninguna de las condiciones impuestas. — ella se adelantó unos pasos, para reunirse con los Black. Pero antes se volteó. — Me temo, que dejó algunos vacíos en su propuesta. — Y entonces se marchó, sonriendo internamente. Irritar a ese hombre iba a ser su nuevo pasatiempo.
Edward la vio con enfado, con los puños tensos pero forzándose a controlarse; su familia estaba allí y no pensaba perder la compostura.
— ¿Qué le hiciste? — Musitó Nessie, con una expresión perpleja. — Parece que no es capaz de moverse.
La castaña ni se molestó en voltear. Cogió una copa de champaña y la bebió pausadamente, saboreándola.
— Nada. — Se encogió de hombros.
— Bonito lugar. — Comentó Jacob, observando los ventanales y la vista que ofrecía de la ciudad a medio día, pues se encontraban en el último nivel de un edificio de ocho pisos.
— Considero que es una exageración, pero sí, está bien. Al menos la comida sabe decente. — Pronunció Isabella, mientras se comía un pastelito relleno de salsa de fresas. — Pero desde luego, no tan bueno como tu cocina.
La pareja sonrió.
— Lamentamos mucho que tengas que irte, me gustaría que siguieras trabajando con nosotros. No sé de dónde sacaremos a otra que sea capaz de hechizar a Jenks como tú.
—Por favor, Jenks es encantador. — Musitó, agarrando un canapé de camarón. — Y volveré, ¿por qué no iba a trabajar?
— Edward es famoso entre las mujeres. Las chicas estaban vueltas locas porque tú te casarías con él, ¿imaginas lo que te podrían hacer?
— ¡O sus ex novias! — Exclamó Nessie.
— Por favor, si tuvieran algún interés en mi esposito, lo habrían buscado antes.
— ¿Nada de celos?
— Nop. Soy una persona razonable, los celos son una tontería.
— ¿Eso crees? — Isabella se atragantó con el pequeño pan, al oír a Alice. Tosió un par de veces, hasta que estuvo segura de haberse recuperado del sobresalto.
— Bueno, sí.
— Es que entonces no estás cien por ciento enamorada. — Se introdujo Jasper en la conversación, inclinando la cabeza en dirección de los Black.
— ¿Tú crees?
— Desde luego, no soportaría la idea de ver a Jasper con otra.
— Ni yo a Renesmee con alguien más. — Bella observó a ambos y se golpeó el mentón con un dedo.
— ¿Y qué tal si Jasper o Renesmee fueran felices con ese alguien? ¿Serían los celos superiores al amor que les profesan?
Los presentes se callaron, mirándola con los ojos abiertos.
— ¿Por qué surgió esa duda dentro de ti? — Rió Alice. — Sería una situación bastante dolorosa.
— Y complicada. — Complementó Jasper.
— Pero es algo que podría suceder. — Se encogió de hombros.
— ¿A ti? — Inquirió Alice.
— Ah, por supuesto que no. — Bufó, rogando ser lo suficientemente creíble.
— La comida está buenísima. — Interrumpió Jacob.
— Si él lo dice, es que es cierto. — Agregó Nessie, y Bella les agradeció con una mirada.
— Él y Renesmee tienen una cafetería y de hecho, creo que no los he presentado formalmente. — Se apoyó en el hombro de cada uno de sus conocidos. — Ambos son mis amigos y dueños de la cafetería donde trabajo. Me tendieron la mano cuando llegué a Nueva York. Y ellos— señaló a los Cullen— son Alice y Jasper, Jasper es hermano de Edward y Alice es su esposa.
— Es todo un placer. — Estrecharon manos y la charla mantuvo se mantuvo amena por un largo rato.
Todo el tiempo que Jasper interactuó con los Black, Edward observó desde una esquina, enfurruñado por ser incapaz de provocar una leve sonrisa en Isabella, que no tenía contemplaciones al reírse a carcajada limpia de las anécdotas que su hermano relataba; se veía tan feliz, que por un breve momento imaginó cómo sería su matrimonio, si ella lo estimara siquiera un poco. Ante la perspectiva de Bella a su lado por voluntad propia, una sonrisa inconsciente se dibujó en sus labios, mas, al darse cuenta de lo que pensaba, dejó la copa con tanta fuerza sobre la mesa que fue un milagro que no se hiciera añicos, y frunciendo el ceño empezó a caminar sin darse cuenta.
— Bella, ya es hora de irnos. — Cuando se acercó al grupo, el silencio fue absoluto e incómodo, observó su reloj. — Nuestro vuelo sale en dos horas.
— Aún queda tiempo. — Dijo ella, saboreando tanto un dulce, que se le antojó comer lo mismo. — Estoy divirtiéndome aquí. — Le pasó un brazo por los hombros a Jacob, acercándolo a su cuerpo.
Edward podría ser muchas cosas, pero no era un hombre celoso o al menos, no lo había sido hasta ese momento. Le molestaba sobremanera que ella tocara a otro hombre como se suponía que debía tocarlo a él. Demonios, él se había esforzado por ganarse un roce siquiera, y sin embargo, ella se negaba en redondo a ceder un poco. Además, ya era su esposa, debería comportarse como una y mostrar respeto.
— Dije que nos vamos, Isabella. — Alice miró asombrada a su cuñado; pocas veces usaba ese tono con una mujer. Y si se ponía firme con alguien, éste corría a obedecer, porque el pequeño de los Cullen tenía fama de ogro; era un ser increíblemente malgeniado y severo a la hora de trabajar. Su pobre secretaria había presentado varias licencias por estrés.
— Y yo que estoy divirtiéndome. — Con la mirada clavada en los ojos inescrutables de Edward, terminó de beberse la segunda copa. — El vuelo es hasta dentro de dos horas; estoy segura que es posible hacer el viaje en una hora. — Al darse cuenta que toda la familia Cullen la observaba, se apresuró en sonreír— ¿No crees, cielo?
Irritado, Edward asintió de manera mecánica, pues la joven había conseguido volcar todas las miradas reprobatorias de sus familiares a sus acciones.
— Bendita mujer. — Masculló, cuando dio media vuelta, aunque no sabía en qué ocuparse para no lucir como el idiota que era.
Debía tener más precaución a la hora de enfrentarse a Isabella, pues poco a poco iba descubriendo que así como podía ser la persona más dulce, era capaz de sacar de sus casillas a un santo. Sabía manipular las situaciones a su beneficio y si lo quería, ser la víctima.
De vuelta en su esquina, la contempló relacionarse con su parentela, tratando de hallar el modo adecuado de abordarla. Tenerla se había convertido en su reto personal, desde hacía mucho que no sentía la necesidad de conquistar a alguien, y sin embargo, era casi una obligación hacerlo con Isabella. No sabía cuánto tardaría, pero al final, las mujeres solían caer por él. Y entonces, sería momento de cobrar revancha por sus desplantes. Se sumergió en posibles escenarios de cómo la haría gritar su nombre cuando consiguiera derribar su resistencia, cómo torturaría su delicado cuerpo hasta que rogara por él.
Sonrió, apurando el whisky en su vaso. Isabella no tenía idea de cuánta experiencia poseía, pero pensaba demostrársela, a su debido tiempo, por supuesto.
-o-
— Cariño— oyó Bella, a su espalda aquella voz arrastrada y arrogante. Se sobresaltó, pues casi había olvidado la presencia de Edward.
— Oh, vaya… me has asustado. — Sonrió, nerviosa por cómo las manos de él se posaban en sus caderas por detrás, pegándose a ella. No podía apartarse, ya que los Cullen contemplaban la escena.
— No era la emoción que quería provocar. — Él curvó sus labios, moviendo sus dedos hasta acariciar su estómago plano bajo el abrigo y acomodando su rostro en la curva de su hombro. Ella despedía ese aroma a canela nuevamente, y Edward aspiró, deleitándose con la fragancia y preguntándose si el resto de su piel olería de la misma manera.
— ¿Qué necesitas? — Bella hizo un esfuerzo sobrehumano para reclinarse en él, aunque de todas maneras estuvo segura de que lució como una máquina.
— A ti. — Le susurró al oído y sin que ella lo deseara, tembló cuando el aliento de Edward rozó su oreja. Apretó los dientes en el momento que la estrechó, con ambos brazos ceñidos en su cintura.
— Edward. — Reprendió, tratando de resistir el impulso de apartarse, pues de un modo que odiaba, a su parte de mujer perversa, le gustaba ser abrazada por un hombre más alto y fuerte que ella. ¡Qué estúpida! Rugió, peleando por recuperar el control de la situación.
— Será mejor que dejemos a la pareja un momento. — Carraspeó Carlisle y obligó al resto de su prole a dejarlos a solas, siendo que eso era lo que menos deseaba Bella.
— ¿Qué está haciendo? — Gruñó Isabella, enterrando los dedos en los antebrazos de Edward.
— Un pequeño desquite, por cómo me hablaste antes. — Ella trató de apartarse, pero de manera fácil él la detuvo.
— Usted comenzó. — Jadeó al intentar escapar y fallar, nuevamente.
— Mmh. — Entonces besó su cuello y Bella se olvidó de dónde estaba, acertó un codazo en el costado del cobrizo y escapó… por algunos segundos, pues de pronto él estaba frente a su rostro y la aferraba por los brazos.
Con una mueca burlona, inclinó la cabeza y se atrevió a besarla. Cuando iba a morderlo, él se apartó.
— Si me muerdes, te morderé de vuelta. — Advirtió. — Además, mis padres están mirando. — Le pasó un brazo por la cintura, atrayéndola.
Y de ese modo, la joven no tuvo más remedio que dejarse hacer, jurando que le haría pagar aquellos segundos en los que con todo el placer del mundo, negó una respuesta. Si de ella dependía, él jamás lograría un beso por su parte.
Cuando Edward consiguió recordar que se encontraba en el restaurant, con varios pares de ojos contemplándolo, se dijo que debía calmarse. No podía dejarse llevar por el deseo, no podía acercar más el cuerpo hermoso de Isabella hacia él, porque se vería obligado a concretar sus más íntimos anhelos y no era el momento. Maldita sea, ella no había movido un músculo, y él estaba en esas condiciones.
Se apartó bruscamente, observando el rostro imperturbable de Bella y la mirada encendida de enfado. La soltó del todo, y procuró inhalar despacio, para evitar jadear y machacar su orgullo masculino una vez más. Era inconcebible que reaccionara de ese modo por alguien que lo despreciaba; era humillante. Cuando estuvo seguro que la voz no le fallaría, le comunicó que era hora de marcharse y así hizo con los presentes. Hacía un rato había mandado a buscar las cosas de Isabella y la maleta de viaje de ambos iba rumbo al aeropuerto, mientras las otras pertenencias de la mujer iban a la suite ubicada en Manhattan.
— No entiendo por qué tenemos que ir de luna de miel. Sólo fue una ceremonia por el civil. — Isabella estaba cabreada e incluso esa palabra no le hacía justicia a su malhumor. Cerró de un portazo el coche.
— Mis padres insistieron.
— ¿Nunca ha pensado en decir que no? Está casado porque ellos lo querían, ¿no será momento de ponerles un alto?
— Que tus padres no hayan estado disponibles para ti, ni lo estén ahora y que eso no te importe, quiere decir que no deban importarme los míos y sus deseos, pues ellos sí estuvieron conmigo toda la vida.
Isabella lo vio de una manera tan fría, que por un momento se preguntó si había ido demasiado lejos.
Mientras el coche sorteaba el tráfico del día, la pareja mantenía un tenso silencio. Ella miraba distraída por la ventana y él había decidido hojear unos papeles.
— Exactamente ¿a dónde vamos? — Interrogó ella, sin verlo.
— Brasil, de ahí iremos en barco a una isla cercana en la que tenemos edificaciones. — Después de aquello, volvió a reinar el silencio hasta que arribaron en el aeropuerto.
Cuando sus pasaportes eran verificados, un hombre alto, de traje a rayas y aspecto serio se acercó con una sonrisa y gesto de reconocimiento.
— Qué alegría verte por aquí. — Expresó con entusiasmo.
Edward, adecuado a aquellas situaciones hizo un gesto con la mano.
— No tengo tiempo para esto. — Espetó con desdén y el varón frunció el ceño.
— ¿Disculpe? — Parecía molesto, pues la sonrisa había sido sustituida por severidad. — No me dirigía a usted, sino, a la señorita Swan. — Indicó con una inclinación a la sonriente chica, que no demoró en acercarse hasta poder abrazar al hombre. Edward, estupefacto y ligeramente avergonzado, contempló la escena.
— ¡Billy! Cuánto tiempo sin verte, ¿qué tal va todo? ¿Tu familia? — Él sonrió de manera paternal.
— Muy bien, gracias. Estamos haciendo los trámites para adoptar a otro niño. Sue está encantada. Y Leah ha preguntado cuándo irás a visitarla.
— Dios, lo olvidé, lo siento. — Se golpeó la frente.
— Estás muy guapa. Déjame verte— y la cogió de la mano, haciéndola girar. Ella había cambiado su atuendo por uno más cómodo, el cual era una blusa verde y pantalones ceñidos de color blanco.
— Por favor, vas a hacerme ruborizar.
— Tu abuela pasó por aquí hace algunos meses, se dirigía a África.
— Y supongo que la trataste bien.
— Claro, es una socia importante de la aerolínea, cuando me dijeron que estabas aquí salí a saludarte de inmediato.
— Ssht, la gente pensará que tendré trato preferente. — Asombrado, el cobrizo sólo se concentró en mostrarse enfadado, aunque le ardía la lengua por preguntar qué diablos ocurría. — Oh, nuestro vuelo está por irse. — Comentó Isabella, oyendo la voz por el altoparlante.
— ¿Es el hombre que tu abuela puso a tu disposición? — Señaló a Edward, recuperando su cara de pocos amigos. — Creo que debería fijarse más en el personal que contrata. — Masculló, evaluándolo con la mirada.
Aquella ofensa le apretó las entrañas y las ganas de golpear al hombre fueron casi insoportables. Y el hecho de que ella se riera no colaboraba.
— No, no Billy. — Se esforzó por contenerse, aunque la situación le parecía más que divertida. — Es mi esposo, Edward Cullen.
— ¿E-esposo? — La observó boquiabierto. — Esto destrozará al pobre James, ya sabes que tenía esperanzas de casarse contigo.
— Billy. — Regañó la joven. Y cuando la voz volvió a urgirla, se apresuró en decir. — Ya tengo que irme, pero envía mis saludos a todos los que veas y diles que pronto me daré una vuelta. Cuídate mucho. — Susurró al abrazarlo.
— Ya sabes que puedes contar conmigo y mi empresa cuando lo desees.
— ¡Eres un sol! — Exclamó lanzando besos mientras se iba por el pasillo, arrastrando su maleta.
Edward no dijo palabra, pero la observó conteniendo un gruñido, mientras ella sonreía jovial. Nunca se había sentido tan estúpido como en aquel momento.
Esa chica tenía más sorpresas que una caja de pandora.
-o-
Como parecía ser siempre entre ellos, el viaje hasta la casa solariega en el corazón de una isla exótica en Brasil, fue silencioso. Aunque, por parte de Edward no se debía a que no había algo que quisiera decir, sino, que se contenía de gritarle a su esposa frente a un montón de desconocidos. El suceso con aquel desagradable hombre aún le latía en la sien, porque recordaba la cara de mofa de las otras personas cuando sin tacto alguno Billy le dijo que no hablaba con él y ayudó mucho menos, saber que la castaña no parecía ser una simple camarera; al menos, su abuela no lo era y no toleraba la idea de haber ejecutado una pésima pesquisa de ella, sólo porque la consideraba inferior, un tema simple de tratar; una chica sin respaldo ni aspiraciones, que simplemente trabajaba para sobrevivir. Sin embargo, era lo suficientemente decente para aceptar que ese error había sido suyo y de nadie más; se pasó de arrogante y no le quedaba más remedio que admitir las consecuencias de ello.
Y mientras él se hervía el cerebro pensando, Isabella dormía plácida, con los audífonos conectados a sus oídos. ¿Cómo podía estar tan tranquila? ¿No se suponía que lo detestaba? ¿Cómo era capaz de dormirse sin más? ¿Acaso nada la perturbaba nunca?
Era irracional, lo sabía, pero eso no le impidió molestarse. De modo que cuando se encontraron frente a la gran edificación restaurada por los más diestros, y ella bostezó estirándose, le gruñó que podía entrar y ubicarse en donde se le diera la gana, antes de entrar y sin saludar a los tres criados que salieron a darles la bienvenida ingresó a la casa, dejando a una contrariada Isabella parada afuera.
¡Hola! ¿Qué les pareció? Ese Edward tiene un genio del demonio, ¿no creen? Bueno, ya me dirán lo que opinan.
Gracias por los reviews, favoritos y alertas, también a los lectores silenciosos que sé están ahí y si hay nuevos ¡bienvenidos! Realmente agradezco mucho el apoyo y me encanta que dejen comentarios con lo que opinan, así que si quieren hacerme feliz, ¡ya saben cómo! Jaja
Bueno, ya estamos en el cuarto cap y he de reconocer que he decidido cambiar casi todo lo que tenía, así que he tenido que ir reescribiendo los caps… pero bueno, son cosas que ocurren cuando escribes historias hace mucho tiempo y luego las lees y te das cuenta que urgente necesitas arreglar ciertas cosas jaja, así que les pido paciencia, porque ahora que he vuelto a clases el mundo se me viene encima, tengo que cerrar ramos en tres semanas y ya podrán imaginar cómo estoy… de hecho, tengo que ir a estudiar ahora
De modo que me despido hasta la otra semana (espero) y les deseo lo mejor para estos días que quedan, ¡ánimo que ya es miércoles!
Un abrazote enorme y muchas bendiciones!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.
