CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración conarcee93.
Capítulo IV Una pequeña indagación, grandes problemas
Lestrade nunca llegó con John a Scotland Yard. La explicación de toda esta enrevesada situación había ganado el primer lugar en su ranking personal de situaciones absurdas tipo Holmes, el segundo lugar lo ocupaba un caso de violación donde el supuesto violador era el amante de la víctima, una adultera serial, que casi se le escapaba a Sherlock; ella había planeado todo el lío con tal de ocultar el affaire. Lestrade empezaba a pensar que esto sólo le ocurría a él.
Sherlock se enfundó su abrigo y bufanda cubriéndose bien. Iría a buscar a John. Aunque no lo quisiera admitir, le necesitaba, necesitaba a ese doctor cubierto de suéteres de aburrida lana con él. Le extrañaba, se ahogaba sin su presencia.
Caminó por las calles encharcadas. Las nubes grises que se amontonaban anunciaban tormenta, pero Sherlock nunca fue muy fanático del hombre del clima.
Sus pulmones apenas encontraban oxígeno en esa atmósfera tan densa. Sí, se aproximaba una tormenta, una muy fuerte, pero él no volvería al 221B sin "su" John.
¿Acababa de pensar en "su" John?
Tocó su frente y se sintió febril. John se enfadaría, gritaría, le regañaría y le haría tragar kilos de pastillas y brebajes, y el haría muecas, acusaría a John de tratar de envenenarlo, y se quejaría de estar muriéndose.
Sólo porque un sentimiento cálido le embargaba cuando John le miraba preocupado y enternecido, porque su piel se erizaba al toque experto de las manos de Watson.
Sintió que perdía pie al llegar al callejón y cayó sobre un charco, agradecido por el frescor repentino contra su piel ardiente; estaba tan cansado.
La tormenta comenzó y apenas sintió cuándo el agua comenzó a atravesar su gabardina. Ningún vagabundo estaba por ahí, sólo unos pares de huellas le mostraron que John hacía poco había estado en el lugar y que se había marchado, con Lestrade.
— ¿Seguro que no me necesitas en Yard? —preguntó John.
— Oh, por favor, no. No hay por que enredar más este caso —suspiró el DI. — Ya lo arreglaré cuando llegue. ¿Le avisarás a Sherlock que ya eres libre?
— No —contestó obstinado John. — Iré donde una amiga a solicitar asilo —y dicho esto buscó en sus bolsillos y fue cuando se dio cuenta de que faltaba su celular.
— Mejor llévame hasta Baker Street, dejé caer el celular en algún lugar —espetó molesto, rogando por haberlo dejado en su sillón y no en los asientos de cuero del auto de Mycroft.
Al poco de comenzar la marcha, ambos ocupantes del vehículo fueron conscientes de otro auto tras ellos, que guardaba la distancia de forma sospechosa.
— Acelera —inquirió John al inspector. Éste no entendía nada, pero viendo que el auto sospechoso se acercaba hasta casi impactarles, no tuvo más remedio que ceder y cambiar de marcha, emitiendo un sonido atronador de las ruedas contra el asfalto.
Pero un reconocible auto negro se interpuso frente a ellos, haciéndoles reducir la velocidad hasta detenerles a fin de no colisionar brutalmente. Lestrade sacó su arma.
— Es un viejo amigo —gruñó John. — Déjame tratar con él.
John bajó de la patrulla y subió al auto de Mycroft. Cuando le vio no pudo evitar reírse; el político tenía un gigantesco chichón en la frente dándole aspecto de unicornio, uno muy furioso, vestido con traje caro y mirada fría.
Demasiado débil para poder seguir buscando activamente, Sherlock se dispuso a reflexionar sobre el último caso, adormilado por la fiebre que se negaba a abandonarle.
Tan simple había sido la solución que el detective bufó, empezando a creer que su IQ había caído por culpa del aburrimiento y de Anderson. Había tenido que lanzarse al Támesis, usando un abrigo como el de la víctima para ver si era posible salir por su cuenta.
Y lo era, no necesitó ayuda.
Así que, en conclusión: Alexander, el socio y "amigo" de Michael Vernon, estaba con él ese día. Vernon iba a suicidarse y Alex jugó bien su papel. A los ojos, afectados por la niebla, de los pocos transeúntes, él sólo trataba de jalar a su amigo del borde del puente a la seguridad del pavimento. Lo cierto era que Vernon se había arrepentido, había pensado en su hijo nonato y su mujer y justo le acababan de llegar noticias de la bolsa; su inversión estaba a salvo.
Cuando intentó bajar, Alexander le empujó. Ya sabía las buenas nuevas de la bolsa y, siendo socio, con la muerte de Vernon se quedaría con todo el capital de la empresa.
Pero Vernon estaba en forma y, a pesar del abrigo, logró nadar. Alexander notó eso y saltó también, ayudando a hundirle; siendo, de nuevo, a ojos de los transeúntes, el pobre héroe que no pudo salvar a su amigo.
Todo esto lo dedujo Sherlock sentado a orillas del Támesis, completamente empapado. Luego, escribió un mensaje a Lestrade con la solución y un insulto a su inteligencia y se dispuso a marchar hasta Baker Street.
El destino quiso que no encontrara taxi y, que los pocos que pasaban, o iban ocupados o no le llevaban; un hombre sombrío y empapado espantaba a cualquiera.
Llegó al 221B con una ligera hipotermia, cansado y, con los hombros, el pecho, los rizos y la bufanda cubiertos de escarcha. En un estado sospechosamente parecido al actual, sonrió levemente al pensarlo, estremeciéndose ante un nuevo escalofrío.
John, por su parte, decidiendo si contarle o no a Mycroft lo que realmente ocurrió y limpiar su nombre de una vez por todas, hizo memoria con lujo de detalles.
No consciente de la hora, Sherlock le llamó. Él, adormilado, bajó de su habitación, dando traspiés y con el revólver cargado.
— ¡Cielo santo, Sherlock! —gritó sorprendido y preocupado a partes iguales.
— Fue…, un ex…, experimento…, necesario —contestó el detective sin poder contener el castañeo de sus dientes. — Tenía que lanzarme al Támesis…
— ¿Al Támesis? ¿A las 2 de la mañana? ¿En invierno? Y luego te sentaste a deducir las respuestas —ironizó John, jalando el pesado abrigo y la gabardina del cuerpo de su amigo.
— En efecto —suspiró Sherlock al verse sentado junto a la chimenea— y luego me vine caminando porque ningún taxi me quiso traer.
John respiró profundo para no estallar y darle un merecido golpe al detective.
— Fuera ropa —le ordenó con su mejor tono de "soy un jodido médico militar y harás lo que yo te ordene". — ¡Ya!
Al parecer, Sherlock notó la amenaza implícita en el tono, ya que con sólo un mohín de fastidio se deshizo de su ropa, quedando en bóxeres.
— Ve a darte un baño. Cuando salgas tendré listo un té —dijo Watson con suavidad, tirando la ropa a la cesta.
— Y yo soy bipolar —chasqueó Sherlock entrando al baño.
— ¡Te escuché!
— Es evidente. A falta de una capacidad como es la de observar, se deben desarrollar otras, como la de escuchar —sonrió sacando la cabeza por la puerta.
Un zapato se estrelló justo donde estaba su cara segundos antes.
— ¡Te falla la puntería, querido amigo! —gritó sobre el ruido de la ducha, sonriendo.
Y la luz de la farola se vio eclipsada parcialmente por un momento. Sherlock no lo vio y John no sospechó. Será un gato, pensó.
