Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.

Rompeolas

...

– Creo que Umi lo sabe.

Fue lo que dijo Nozomi mientras se llevaba un bocado de mi pastel a su boca. Eso me parecía una falta de respeto, una carencia de los buenos modales, una estrategia ruin para apoderarse de mi comida. Sin embargo, lo permití, no por tratarse de él, sino por el simple hecho de todas las posibilidades que aquel argumento conllevaba.

– ¿Sobre mí?

– El mundo no gira alrededor de ti, Elicchi –bufó y se recargó en el respaldo del sillón que ocupaba.

Nos encontrábamos en una cafetería a la que solíamos ir a comer parfaits cuando íbamos a la preparatoria juntos. Por ello no me extrañó encontrar el lugar ocupado por parejas y uno que otro grupo de amigos. Al sentarnos, la chica que nos atendió, miró fijamente a Nozomi y éste le coqueteó a modo de respuesta. Estos tiempos en los que uno pudiera esperarse una reacción violenta a los constantes flirteos de una persona, me sorprendí al ver a la chica inhibirse y atendernos con premura. Siempre era inevitable que algo por el estilo pasara; si ellas supieran que a mi amigo le gustaban los hombres incluso más que a ellas mismas, quizá se comportarían diferente.

– ¿Hablas sobre tus preferencias?

– No, eso ella lo sabe.

– ¿Ah, sí?

– Sí –acercó la bebida fría que había pedido y se la llevó a los labios, tomó un trago, dejó su vaso en la mesa y, mientras se limpiaba la comisura de sus labios, continuó–. Fue una simple coincidencia y descuido mío, aunque eso me hace pensar que ella es más pervertida de lo que aparenta.

– ¿Por qué?

– Porque casualmente me descubrió mirándole el trasero a Maki.

– ¿A Maki, el novio de Rin?

– Ese mismo –cerró los ojos y me sonrió.

– Tú no tienes respeto por nada.

Nozomi se llevó una mano al pecho en señal de indignación, mientras negaba suavemente con la cabeza.

– ¿Qué te piensas sobre mí, Elicchi?

– Lo que ya sé –le sonreí mientras él me dedicaba una mirada reprobatoria–. Entonces, ¿de qué se dio cuenta Umi?

– Cierto –volvió a acomodar sus brazos en la mesa y se acercó a mí–. Creo que sabe lo de Honocchi.

– Bueno, tampoco eres muy discreto.

– Lo sé, pero me sorprendió la forma en que me lo dijo –otro sorbo a su bebida–. Le pregunté la razón por la cual Honoka ya no subía después de terminar el programay me dijo y cito textualmente, tuvimos un conflicto de intereses y simplemente no se siente en la disposición de verme, pero creo que es buen momento para que vayas a consolarlo.

Vale, él tenía razón al extrañarse, eso tampoco me sonaba a algo que pudiera salir de los castos labios de Umi. Y no, no lo digo porque la tenga idealizada, sino porque de verdad me parece una persona demasiado correcta como para hacer insinuaciones de ese estilo. A menos que se tratara de una acción premeditada, con intereses de por medio; es decir, que a ella le gustara Honoka.

Miré a Nozomi y hasta fruncí el ceño. Él se encogió de hombros y decidió terminarse su bebida. Él tenía que estar mintiendo, creando situaciones ficticias para probarme. Quizá hasta embaucarme.

– No conoces a Umi, Elicchi.

Aquellas palabras me bloquearon del exterior por unos instantes, esas palabras y la llegada de dos personas que yo conocía. Mientras la mesera se acercaba a preguntarnos si requeríamos algo más y a retirar el vaso de Nozomi, a la par que mi amigo seguía coqueteando sin sentido con la chica, yo miraba a Maki entrar con la pelinegra por la que siempre salía apresurado, de donde quiera que estuviéramos, a su encuentro.

Regresé mis ojos a los esmeraldas de mi amigo que me miraban intrigados. De no haber visto a Maki tan fijamente, probablemente Nozomi hubiera interpretado mi ausencia como el constante letargo de ensimismamiento en el que últimamente me encontraba, pero algo debí haber expresado en el rostro, porque mi pelimorado amigo volteó. Tuve la fortuna de reaccionar antes que él y acercarme.

– No vayas ni hagas nada –me apresuré a decirle y a tomarlo de los brazos, como si fuéramos pareja. Lo miré fijamente, él miraba la escena y unos segundos después a mí. Cuando vi que el enojo se le borró del rostro, le sonreí–. No es el momento.

– Quería irme y ahora si pasamos a su lado se dará cuenta de que lo vimos –suspiró.

– No me molestaría quedarme otro rato, seguramente tienes cosas que contarme –le sonreí.

Él me respondió con el mismo gesto, sus manos se posaron sobre las mías y las acarició exactamente como solía hacerlo cuando íbamos a la preparatoria. Por ese y muchos motivos pasábamos por pareja, aunque no lo fuéramos.

Decidimos esperar y pedimos otros alimentos para poder quedarnos. Parecía que nos habíamos olvidado de Maki y la pelinegra, pero ambos estábamos atentos a sus movimientos, eran años de trabajo en equipo los que nos respaldaban en esto de observar a las personas. Y mientras él me platicaba de cómo surgió la idea del programa Lily White a manos de Umi, vimos como la pelinegra se levantaba y dejaba al pelirrojo en la mesa con un pastel a medio comer.

– Voy por esa enana –fue lo que dijo Nozomi y me pareció un mote demasiado amistoso, quizá hasta cercano.

El pelimorado se levantó, sacó un par de billetes y los puso en la mesa; dio media vuelta y salió apresurado del lugar. Yo miré a la mesera que se acercaba y le sonreí a modo de condolencia, puse otro poco de dinero y me puse de pie. Caminé a paso lento hasta encontrarme cerca de Maki, me senté en el lugar que había desocupado su antigua compañera y esperé a que él levantara el rostro para sonreírle.

– Ayase… –me dijo sin expresión alguna.

– Hola –me quedé en silencio, mirándolo, esperando la excusa, el argumento defensor, pero no llegó algo así. Sólo permanecía la mirada hosca y difícil de penetrar que me dedicaba–. Realmente no sé qué pasa por tu cabeza.

– Si te quedaste para darme el sermón, no te preocupes –escupió, malhumorado.

Al exterior del recinto era distinguible la discusión que mantenía mi alto amigo a lado de la pequeña pelinegra. Sin embargo, Maki no observaba al exterior, sino que mantenía la mirada fija en mí.

– Los vi desde que venía para acá, por la ventana –desvió la mirada–. Nico insistió en entrar.

Nico, ese era su nombre. La pelinegra Nico.

– A diferencia de todo lo que pudieron haberte dicho, Nico y yo no salimos, su novio es Minami –agachó la cabeza y su voz disminuyó–. Sólo le ayudo a cuidar a sus hermanos.

Mis ojos se abrieron ante la confesión. Su rostro volvió a alzarse para mostrarme un sonrojo y un ceño fruncido.

– Ella forma parte de algo que yo necesito, es un regalo para Rin –su sonrojo aumentó–. Es para que ella y su mejor amigo Hanayo vuelvan a hablar.

– ¿Por qué me cuentas esto?

– Porque no me conoces y no te conozco. No tengo nada que perder –se encogió de hombros y ladeo el rostro para ver por la ventana al exterior.

Afuera, Nico se alejaba y Nozomi permanecía estático con una expresión contrita en su rostro.

– Entiendo la lógica, pero es un movimiento arriesgado.

– No importa, la noto triste, quiero que sonría tal y como cuando la conocí –volvió su rostro, otra vez estaba pálido. Sus amatistas me confesaron que no había mentira implícita–. A ti te gusta Umi, ¿cierto?

No respondí, no tenía por qué. Era una pregunta tramposa, mañosa, que no estaba dispuesta a responderme.

– Tienes suerte –una sonrisa socarrona asomó por sus labios.

Nozomi había regresado, permaneció de pie frente a Maki. Se agachó y recargó su cuerpo en una de sus manos para mirarlo de frente. Yo sólo veía su sedoso cabello morado y su ancha espalda.

– La vas a perder.

– Lo sé.

Hubiera dado todo por saber la expresión con la que se dijeron aquello. O mejor, por saber lo que Maki me insinuó al decirme que tenía suerte.

– Maki-kun me dio dos boletos para ver a Saint Snow y me dijo que uno era para Kayochin, una especie de ofrenda de paz –Rin llevaba ya bastante tiempo hablando sobre lo maravilloso y comprensivo que era su novio, para después contradecirse diciendo que no entendía los verdaderos propósitos de aquel regalo–. No sé si me los dio con la intención de tener razones para dejarme o para que lo intente con Kayochin. ¿Por qué? ¡Ni siquiera le hablo ya a Kayochin!

Rin daba vueltas en el pequeño espacio que quedaba libre de muebles en la oficina de Umi. Cuando yo había llegado, parecía que la diatriba tenía tiempo de haber comenzado y aunque escuché muchos argumentos plausibles provenir de la peliazul, la realidad era que su amiga estaba reacia a atenderlos. Fue así como terminó acercándose a mí, con ojos suplicantes, a pedirme un consejo.

– Eli-chan, seguramente tú tienes más experiencia con los hombres, debes que ayudarme a entender, por favor.

Yo la miré extrañada y viré el rostro para pedir auxilio a Umi, pero ella estaba concentrada en evitar que la risa escapara de sus castos labios. No sabría decir con certeza cuantas veces se ha burlado de mí, pero parece no tener límites o reservas al respecto.

– Creo que… –volví a ver sus aceitunados ojos–, deberías tomar sin recelo el regalo de tu novio y aprovechar para recuperar a tu amigo.

– Claro… –ella se alejó de mí y sus ojos brillaron– ¡Por supuesto! –Se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza– ¡Gracias, Eli-chan!

Sentí que la respiración me regresó cuando me soltó. Fue el turno de Umi de ser atacada pero, ella siempre tan inteligente y precavida, se levantó para ser abrazada y corresponder aquel gesto con franqueza.

– ¡Iré a buscar a Kayochin! –Dio un salto–. ¡Deséenme suerte!

Y así salió. Nunca había visto a alguien con ese nivel de energía mezclarse en su interior la angustia, el enojo, el desconcierto y la alegría.

Umi me miraba, como cuestionándome sobre la respuesta que le di a Rin o quizá sobre la razón por la cual me encontraba en su oficina, o tal vez había ahí alguna otra cuestión implícita, sin salir a la superficie ni ser tangible para mí, una mera idea vaporosa que llenaba de bruma mi estadía.

– ¿Y Nozomi?

– ¿Viniste a verlo? –respondió mi pregunta con otra, sin mirarme siquiera.

– Sí.

– Está con Honoka.

Esa respuesta no me la esperaba, tampoco que de repente me viera a los ojos para que después, en cuestión de segundos, me arrebatara aquel privilegio.

– No pareces contenta con el hecho de que mi amigo esté con el tuyo –agregué, con una valentía que me salió de algún extraño lugar.

Ella me miró y juntó sus cejas, parecía querer agregar algo, pero no lo hizo. Así, molesta y contrariada, adquiría un nuevo brillo a mis ojos. No pude evitar que la sangre se me fuera al rostro y con ello su gesto se ablandó.

– No me gustaría que Honoka cayera en los brazos de alguien que voltea a ver a diestra y siniestra –volvió a acomodarse en su lugar y sus mejillas se sonrojaron ligeramente.

– ¿Te gusta Honoka?

– ¡Claro que no! –los colores en su rostro se intensificaron– ¿Qué clase de desvergonzada pregunta es esa?

– Una que se hacen entre amigas… –otro atrevimiento, estaba segura que podía morir en esta empresa, pero era divertido hacer que se escandalizara.

Y de nuevo estaba su ambarina mirada, escudriñándome, buscando algún punto de debilidad en la armadura de temas delicados en la que me había cubierto. Bien podía dar mi último ataque y huir como la débil mental que era.

– Entonces, si no te gusta Honoka, ¿te gusta alguien?

Los arreboles de su rostro se desvanecieron y pareció encontrar el punto débil por el cual aventaría la flecha.

– Ya que somos amigas, tú dime… –cerró los ojos, suspiró, tratando de evitar que la circulación de su sangre delatara lo difícil que le resultaba continuar– ¿Te- te gusta alguien?

Su pecho subía y bajaba al compás de su respiración, había algo de deshonesto en todo esto, pero verla me era inevitable, inconscientemente la buscaba. Conscientemente la encontraba. Le sonreí, no iba a rendirme.

– No.

Sin embargo, nuevamente ella se burlaba de mí, pues su rostro reflejó un instante de desilusión que supo disimularlo regresando a sus labores.

– En ese caso, a mí tampoco –me contestó–. Ahora debo terminar unos pendientes.

Me quedé de pie unos instantes, siendo ignorada como me correspondía, como ya me tenía ella acostumbrada. Un poco de atención significaba una revolución de mis emociones. La rebelión de mi tranquilidad.

Salí derrotada, como de costumbre. Recorrí los mismos caminos por los que ya me había habituado y me detuve en el descanso de las escaleras que daban al tercer piso. Acercándome a la barandilla, observé con extrañeza a las dos parejas que no estaban cuando llegué. Nozomi y Honoka hablaban amenamente en una pequeña jardinera cerca del camino que llevaba al estacionamiento. En la otra salida, estaban Maki y Nico conversando.

Debía dar por uno de los dos caminos, pero opte por el camino menos peligroso. Así fue como pase a un lado del pelirrojo, quien me miró y sin dirigirme la palabra desvió la mirada. Nico se acercó y sin disimulo le espetó:

– ¿Es otra de tus novias, Don Tomate?

– Ya te dije que no me llames así –agregó Maki, con el rostro completamente rojo.

La risa de Nico me aturdió los oídos. Volví el rostro antes de continuar, esta vez el pelirrojo me observaba, en sus ojos se leía su orgullo diluido en arrepentimiento.

¿Hasta qué punto las personas somos capaces de mentir para mantenernos a salvo?

Seguramente había sido la única crédula ante aquel engaño.

Sí, Umi Sonoda me había mentido.

N/A:

Los amo.

Adiós.