CAPÍTULO IV: RECUERDOS OLVIDADOS

- ¡Gio! ¡Ten más cuidado!

El Aptonoth emitió un gruñido y giró bruscamente a la derecha. Los otros cinco viajeros iban en el carro que, a causa de la inexperta conducción del más joven, iba más deprisa de lo que debería. El jinete del monstruo tiró con todas sus fuerzas de las riendas hechas con piel de calidad curtida. Su montura abrió anormalmente los ojos y obedeció la orden justo a tiempo para no chocar con el portón de madera. El jinete suspiró aliviado.

- Bueno, no ha estado mal, ¿no?- preguntó. Al mirar hacia atrás recibió un golpe en la cabeza.

- ¿Estás loco? ¡Casi nos matas!

- Thoras, no exageres.- le calmó Löwin- Al menos hoy ha frenado a tiempo.

Este último miró alternativamente a la chica y al autor de su enfado, que ya había bajado del lomo del animal. Después se echó a reír.

- A mí no me hace gracia- espetó el de ojos azules. Luego, dirigiéndose al maestro añadió: no sé por qué narices le dejas conducir.

- No seas gruñón, Noz.- respondió- si mal no recuerdo cuando tú llegaste a la aldea tampoco sabías montar Aptonoth. Además, si no practica, nunca lo dominará.

- Si monta como caza, no mejorará jamás.

El alto joven bajó del carro. No le gustaba recordar que era un forastero. Y mucho menos que lo hicieran otros. Porque eso le llevaba a acordarse de que había una parte de su vida que había olvidado hace tiempo. Su vida antes de llegar a Tatuee. Recogió su arma que estaba al lado de la entrada, tal y como la había dejado, y se marchó obviamente de mal humor.

- Ni caso, Gio.- sonrió Teia- estoy segura de que serás el mejor jinete de la aldea.

El chico le devolvió una sonrisa fugaz antes de esconderse tras el monstruo, para darle de comer, interponiéndolo en el campo de visión de ella. No quería que advirtiese su rostro sonrojado.

- Descargadlo todo. Thoras y Löwin bajad los huevos al centro de la aldea. Teia, tú lleva las setas a Hanyu. Y tú dale los minerales al artesano, guarda el carro y lleva el Aptonoth al establo. Voy a hablar con Noz.

Los aprendices de cazador hicieron lo que Nataro les había ordenado. Ahora ya no hablaba como su maestro, sino como líder de la aldea. Y ese era un tono que más valía obedecer a la primera.

- Vamos, Bobbo. Te voy a dar una rica planta de sabia.

Gio se llevó al monstruo al establo, acariciándole el lomo. Este le agradeció el gesto con un gruñido complacido. Thoras le observaba desde lejos.

- Idiota- murmuró celoso.

Noz se dirigió a la granja. Estaba seguro de que Nataro iría a darle la charla y no era precisamente el mejor momento para aguantar sus estupideces de "tienes que ser más amable" ni "lo que pasó quedó atrás, no te sigas atormentando" o la de "cuando llegue el momento, recordarás". Para él era fácil decirlo. Él no tenía pesadillas todas las noches. Pesadillas de las que por la mañana solo quedaba rastros de dolor y miedo. Y sabía que eran causadas por lo que ocurrió en su otro hogar. Su verdadero hogar. Iba tan inmerso en sus pensamientos que no advirtió a la chica hasta que se chocó con ella.

- Mira por dónde vas- advirtió bruscamente.

- Ten más cuidado, Noz.- dijo mientras él intentaba pasar. Se dio cuenta de que todavía estaba enfadado.- ¿estás bien?

- Apártate de mi camino. No estoy como para que tú también me des la charla, sabionda.

- ¡No me hables así!- replicó Teia- solo porque tú estés cabreado no tienes que pagarlo con los demás, imbécil.

- Vete a la mierda.

Sus ojos azules, desafiantes se clavaron en ella un momento, examinándola como si fuese un insignificante escarabajo amargo. Se dio media vuelta y se marchó a grandes zancadas.

Teia le observó alejarse al bosque por la salida que había al lado de los cultivos de setas, donde un Felyne ya plantaba las que ella había traído. Meneó la cabeza, molesta por su exasperante conciencia que la apremiaba a hablar con él, y corrió tras el joven de tez bronceada.

- Aquí tienes, tu lanza de caballero. Por cierto la pegalicita que me trajiste era estupenda. ¿Dónde la has conseguido?- se interesó el artesano mientras le tendía su arma. Ella la cogió, sorprendiéndose de su ligereza. Pasó la mano por el escudo morado y anaranjado. Le gustó el tacto.

- Hice un canje con el capitán Argosy. Me costó bastante cara pero, por lo que veo, ha merecido la pena.- no podía apartar los ojos de su arma mejorada- Dijo que era de Gagumi, una aldea del bosque inundado.

- Interesante- el anciano permaneció pensativo un momento- bueno, ¿tienes algún encargo más?

Ella tardó en reaccionar.

- Mmm… no.- respondió- de momento, no. Tengo que irme. ¡Nos vemos!

- ¡Espero que ese "de momento" no se alargue mucho!- se despidió él.

Löwin llegó a su cabaña. Dejó el arma y se tumbó en la cama. "¡Qué raro! Teia no está aquí" pero sus pensamientos quedaron atrapados en las redes del sueño. Sus músculos descansaron por fin, tras una noche muy agitada de caza.

Estaba cansada, pero aquel molesto insecto que era su conciencia aguijoneaba su culpabilidad. Se sentía mal, decepcionada consigo misma por no haber sabido entender la situación de su compañero. Como siempre se decía: "A veces la mejor ayuda es tragarse el orgullo y ser paciente." Ese era el secreto para socorrer a alguien que se creía perdido. En este caso el "perdido" era literal. Aunque bien mirado no era "perdido" sino "no encontrado". Él sabría que ella le seguía, que le buscaba. Pero no lo hallaría a menos que él quisiera. Y realmente no estaba muy convencida de que eso fuese a ocurrir.

Se sentó en una roca. No había ningún monstruo, ningún sonido. Miró el cielo. Aún quedaba mucho para el atardecer. Cerró los ojos e intentó pensar dónde podía estar su compañero. De pronto sintió una presencia detrás y se volvió, lista para luchar. Era el instinto de cazadora.

- Lárgate- escupió él- quiero estar solo.

Ella lo miró. Pasaba una mano por su cabeza. Estaba más calmado, pero no más amable. Iba a ser difícil tragar el orgullo mientras él la bombardeaba con hostilidad. Pasaron un rato mirándose, hasta que él dijo:

- ¿Vas a quedarte así todo el día, sabionda?

- Noz, siento haberte llamado imbécil antes- se disculpó, tras una profunda bocanada de aire.

- Déjalo, me lo merecía.- cambió su peso de una pierna a otra- pero si has venido para darme la charla y decirme que me disculpe con ese jinete de rienda fácil, puedes volverte por dónde has venido.

Ella le devolvió una mirada dulce. Sus ojos castaños eran cálidos. Le sonrío.

- Tranquilo, solo he venido por si necesitabas hablar con alguien- confesó.

- Pues no necesito hablar con nadie, puedes irte satisfecha.

- ¿Seguro?

Él no pudo responder como le hubiese gustado, con un "sí" cargado de odio. Pero ella no se merecía eso. A fin de cuentas, le había buscado durante horas. Y habían sido muchos años juntos como para no saber que lo hacía con buena intención. Se dejó caer lentamente al suelo. Ella se levantó y se colocó a su lado a poca distancia de él. Permanecieron así un rato. Finalmente el chico rompió el silencio.

- Nada- dijo- No recuerdo nada.

Ella alzó la vista. Sintió la frustración de él en sus ojos de mar.

- No sé ni siquiera si vengo de la ciudad, de la tundra o del desierto ni de si mi familia sigue viva. Nada. Solo oscuridad - hizo una pausa. No se acostumbraba a decir en voz alta lo que sentía- ¿qué me ocurrió y cómo llegué a aquí? Si solo pudiera…

No continuó. Y es que así era su vida, interrogantes de los que no solo no conocía la respuesta, sino que tampoco sabía cómo buscarla. Frunció el ceño.

- Noz, no da igual de dónde vengas. Pero tampoco es algo que deba censurarte cada vez que lo mencionen. No importa que seas de aquí o de allí. Lo que importa es que vivas el presente, para que cuando puedas descubrir tu pasado te des cuenta de que uno no es solo un origen ni una raza. Es un todo.

Él la miró y Teia sonrió. Se levantó y le tendió una mano.

- Y tu todo es ser un gran cazador que hará que tu familia, esté donde esté, se sienta orgullosa de ti.

Bajó la vista, pensativo. Tomó aire. Y estrechó la mano de su compañera, que le ayudó a levantarse.

- Gracias- murmuró.

Ella se sintió satisfecha. Desde luego no sería nunca una de de esas personas que eludían sus responsabilidades y que evitaban enfrentarse a los problemas. Su conciencia no lo permitiría, de eso estaba segura.

El sol comenzó a descender como un barco brillante sobre el mar de las alturas. Jirones de nubes volaban apresuradas hacia el sur, asegurándose el viaje a las arenas del desierto. Despertó al sentir movimiento, alerta. Su mirada impactó con unos ojos castaños.

- ¿Dónde has estado?

Teia anduvo distraídamente hacia la cama y se sentó al borde, junto a Löwin. Le tomó el brazo y le quitó el vendaje, de un color oscuro a causa de la sangre, que hacía tiempo había cesado de brotar por el corte.

- Buscando un poco de hierba y miel- sostuvo la mirada de la otra, que había levantado una ceja. Le mostró ambos ingredientes- te va escocer- advirtió, al mismo tiempo que untaba la miel sobre la herida- La hierba tienes que tomártela cuando la cataplasma haya endurecido.

Löwin apretó los dientes, que resonaron en su mente. Su amiga le sonrió y miró en derredor.

- ¡Vaya!- exclamó- ¡menuda lanza! Es muy bonita. Gio se morirá de envidia cuando la vea. ¿La vas a llevar esta noche?

- Es demasiado nueva, todavía tengo que hacerme a ella- negó- además, esta noche hay que cazar de verdad y no puedo hacerlo con una lanza que no domine.

Teia rodó los ojos. "Esta Löw y la caza. ¡Qué mezcla!" Acto seguido le indicó que tomara la hierba y caminó hasta su caja.

- ¿Qué me pongo? Es un día importante, hay que ir guapa- sonrió.