Los personajes, nombres de Harry Potter, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. ® & © de publicación de Harry Potter © J.K.R. 2006.
Y bueno, además inventé un par de personajes.-
-Claro que sí -dijo Lily con naturalidad.
Se encogió de hombros en un gesto casi imperceptible, quizás tomando valor para lo que iba a hacer. Dio un par de pasos hasta hallarse justo frente a James, que la observaba con los ojos desorbitados. Todo el mundo en el Gran Salón reprimió un jadeo de sorpresa cuando las manos de Lily fueron directo hacia la barbilla del morocho, que aún mantenía una expresión embobada en el rostro. Los ojos color esmeralda de Lily refulgían mucho más a la luz de las antorchas de la noche; o quizás simplemente era la ansiedad. En el momento que en los labios suaves de Lily Evans se posaron sobre los suyos, no supo qué hacer. Había soñado tanto con ese momento y ahora no sabía si demostrar todo lo que lo había esperado o mostrarse cauteloso. Su respiración ahora se agitó, sacudiéndole violentamente el pecho y no pudo evitar tomar a la muchacha por la nuca y acercarla hacia su cuerpo, estrecharla con fuerza como si en ello se le fuera la vida. Sentía su perfume como si fuera parte de él, y ahora abandonó toda prudencia. No podía evitar el frenesí que le causaban sus suaves labios, su cálida lengua y la respiración agitada que bañaba su boca y esto le excitaba en sumo grado. Pensó que debía haberse ruborizado al descubrir que no había nada que deseara más en ese momento que llegar hasta el final. Cuando la distancia que quedaba entre ellos fue por completo nula, James sintió no encontrar más formas de acercarla hacia él, no alcanzaban más los movimientos ni los besos, necesitaba decirle cuánto le amaba.
Pero Lily no le dio tiempo a pensar en nada más, dejándole esa idea picando en alguna parte de su cabeza que no había llegado a perderse en el perfume floral de la chica. Ella se separó, sin explicaciones, haciendo dolorosa aquella separación.
-Te esperará mucho más que esto si cumples tu promesa, Potter -hizo una pausa, quizás regodeándose de la expresión turbada que debía aparentar James. Pero él no pudo estar seguro de eso ni de ninguna cosa que no fueran las ganas que tenía de besarla de nuevo-. A cada prueba que pases, recompensas como estas -le susurró. Era como si quisiera que nadie excepto él se enterase de lo que estaba diciendo-. Oh, y hasta mañana.
Lily y su comitiva de amigas salieron con pasos firmes mientras en el Gran Salón todos volvían a lo suyo, sin dejar de cuchichear sobre lo ocurrido. James, por su parte, no podía dejar de mirar con expresión ausente un punto en la nada que solo él podía observar. Estaba abrumado, como si fuera esa la primera vez que viera el mundo. Parecía vivir en un sueño, o salir de él por primera vez. Pero esto, esto había sido real al fin...
No notó cuando Remus dejó con un golpe seco -y con las orejas coloradas- un libro sobre la mesa de la cena y siguió a las chicas que ya estaban cruzando la puerta. Por eso le asombró al no verlo sentado junto a él cuando volvió a sentarse.
-Vaya -fue lo único que pudo exclamar-. Necesito pasar esas pruebas, lo juro -miró a Sirius aún risueño, pero éste le sonreía ampliamente-. ¿Dónde se metió Remus?
-Pues parece que le has metido valor a alguien. Creo que ahora mismo debe estar preguntándole a la amiga de Jen si quiere ir a Hogsmeade o algo por el estilo.
-¡Bromeas! -exclamó James. Pero no era una pregunta... ¿Remus invitando a una chica a salir? Eso sí que era nuevo para él.
Antes de que Sirius pudiera replicar nada más, alguien le tocó el hombro llamando su atención y una voz chillona pronunció su nombre completo:
-¡James Potter! -chilló Nara tomándolo de la túnica y haciendo que se levantara de su asiento-. ¿Cómo has podido dejar que te bese? ¿No ves que... que...? -parecía entre angustiada y por completo asqueada-. Prometo que esto no va a quedarse acá, ya verás -murmuró al fin, y se dio vuelta para salir con un grácil trote por donde minutos antes se habían ido las chicas y Remus. James la evitó, no quería suministrarle un regusto amargo a la fragancia tan dulce que aún tenía en la boca.
-Ya no tengo hambre, estoy completamente satisfecho por hoy, ¿qué tal si nos largamos ya? -susurró James a sus amigos y los tres se pusieron de pie y caminaron hasta perderse por la puerta, saliendo del Gran Salón.
Encontraron a Remus en la Sala Común, enfrascado nuevamente en un voluminoso libro pero con una sonrisa más amplia de lo común.
-Vaya, vaya, Lunático. ¿Lo has conseguido? -se burló Sirius sonriente.
-No sé a qué te refieres -inquirió el otro, aunque sin esconder su felicidad. Esta era una felicidad que por primera vez se extendía de su sonrisa a los ojos y les daba un brillo especial. Parecía quitarle dos años de su edad.
-No te hagas el tonto, amigo, ¿qué te dijo la chica?
-Que sí, por supuesto, ¿qué creías? -inquirió, y por primera vez pareció uno de ellos: un tanto altanero.
Una cabellera pelirroja se deslizó por las escaleras del cuarto de niñas y llegó adonde estaban los cuatro, aún riendo sobre el comentario de Remus y felicitándole.
-Sirius -dijo Jenny, con sonrisa radiante que le daba a su rostro más luz a pesar de lo pálido y traslúcido que era.
-¿Qué, quieres ir a dar un paseo esta noche? -preguntó él, sin dejarle decir nada más.
-Sólo si quieres -murmuró ella, sin siquiera sonrojarse.
-Andando, entonces -le pasó una mano por la cintura y se encaminaron entrelazados hacia el retrato de la Dama Gorda para salir de la Sala Común. Antes de extraviarse por el agujero, Sirius se volteó y les guiñó un ojo a sus amigos, y haciendo muecas sin pronunciar palabras para mencionarles que no le esperaran antes de dormir. Iba a ser una noche larga para él.
Remus, Peter y James no tuvieron más remedio que subir a sus dormitorios. Ni en el camino, ni mientras se cambiaban, ni mientras se acostaban dijeron palabra. James estaba demasiado absorto pensando en Lily, y en las miles de posibilidades de concretar aquellas pruebas sin terminar fallando. Estaba por completo ansioso, no veía el momento de empezar a demostrarle a su chica -porque desde ese momento tenía la esperanza de que fuera suya y no iba a desperdiciarla- que le merecía. Que valía la pena estar con él, con James Potter. Entretando, pensamientos menos seguros de sí mismos se apoderaban de la otra mitad de su mente, que también estaba pura y exclusivamente dedicada a Lily. Y era la parte de él que ella hacía flaquear. La parte de él que cada vez que la veía, la tenía, le hacía comportarse como un total idiota. ¿Qué explicaciones tenía para la forma en que su corazón se agitaba nervioso, en que su manos le sudaban o el jadeo tan poco rítmico que le salía a modo de respiración, como si fueran los últimos momentos para respirar que le quedaran? Era eso, la presencia de Lily le hacía siempre estar al límite.
En cuanto se tumbó en su cama y corrió la cortina de dosel aterciopelado sin decir ni buenas noches a sus compañeros, se preguntó si podría dormir. O, mejor dicho, si podría dormir sin pensar en ella; después de todo, Lily había dejado de ser la mujer de sus sueños para pasar a ser la mujer de carne y hueso que podía tener, aunque todavía no cuando quisiera, sabía que pronto así sería: él no se daría por vencido hasta tenerla.
Esa mañana el campo de Quidditch parecía aún más grande que de costumbre, y quizás fuera por el hecho de que nunca su orgullo le había presionado tanto para ganar como la necesidad de estar con Lily. En cierta parte, este partido era muy decisivo respecto a su próxima relación con Lily. Alzó vuelo intentando apartar a los fantasmas de sus pensamientos: jamás había perdido un partido y justo éste no sería el momento para hacerlo. Podía ver cómo la gente vitoreaba gritando su nombre y eso más allá de ponerle nervioso le alentaba. Las banderas de Gryffindor se veían por todas las tribunas, subiéndole más aún el ego, y recordándole la prueba que tendría que cumplir. Sonreía a todos con la esperanza de ganar, pero miraba a su alrededor y ningún otro jugador, de su equipo, había. Era raro. El clima, que hasta ese momento era el ideal para un buen partido, se tornó más oscuro. Las nubes cubrieron el cielo. Truenos comenzaron a verse y escucharse; no habían empezado, y ya había muchos contrincantes que tenían la cola de su escoba en llamas. No podía ver bien. Ya no distinguía la cabellera rojiza que tanto le llamaba la atención desde las tribunas. Era como su estuviese... ¿desapareciendo? Sonó el silbato y comprendió que el partido comenzaba. Pero, ¿por qué sus compañeros no aparecían? ¿Acaso se habían olvidado de que tenían que jugar ese día? ¿Lo habían dejado solo? ¿Era una prueba que le hacía Lily para ver si podía ganar solo? Pero eso era imposible. El silbato sonó nuevamente y comprendió que Slytherin ya había marcado un punto. ¿Por qué no detenía aquello si veían que faltaban jugadores? Pero había jurado, a sí mismo, que le costara cuanto le costara, vencería a los contrarios. Lily era todo lo que quería, todo lo que tenía, y no iba a dejarla escapar por una "suave" llovizna.
Emprendió vuelo en la búsqueda de la Snitch, pero cada vez se le hacía más imposible la vista. Hasta que la vio: allí, en la distancia, un punto dorado revoloteaba jugando con las gruesas gotas de lluvia que hacían más pesada la vestimenta de James. Comenzó su carrera tras la pequeña pelota dorada. Jamás le había costado tanto atraparla, y eso que parecía que el buscador de Slytherin se había dormido. Sin embargo, al tenerla a pocos centímetros de su mano que quería cerrarse y sentir las alas apagando vuelo, un jugador de túnica verde se le cruzó en el camino, y el silbato volvió a sonar. Había terminado. Slytherin había ganado a Gryffindor, 180 a 000, por supuesto, porque nadie de su equipo había aparecido aún. La peor derrota que había presenciado su casa. Miró al cielo. Todo comenzaba a despejarse. Las nubes desaparecían y el vitoreo del equipo contrario bajaba las gradas para recibir a sus campeones. Y luego, como de la nada, James comenzó a caer en picada de su escoba. Caía, caía y caía. Nadie lo notaba, y el gritaba a todo pulmón. Estaba por tocar el césped cuando...
-¡¡James!! -dijo una voz despertándolo de su pesadilla. Se incorporó en su cama mientras observaba los ansiosos rostros de Sirius, Remus y Peter que estaban a su lado, mirándolo preocupados.
-¿Qué-qué paso? -preguntó secándose el sudor de la frente.
-Tuviste una pesadilla -exclamó Sirius, sonriente. No entendía que la palabra pesadilla y una sonrisa entraran en la misma frase. Seguro había algo que se estaba perdiendo-. Acabo de llegar y te he oído, te retorcías y parecías querer gritar. ¿Qué soñabas, Cornamenta? -elevó una oscura ceja hasta perderla en su poblado cabello.
-N-n-nada. No tiene importancia y ya estoy mejor. ¿Qué hora es? -preguntó refregándose los ojos.
-Las cuatro y media -respondió Remus consultando su reloj.
-¡Demonios!, solo dos horas -volvió a extenderse sobre la cama acolchonada dejando perder la vista en algún punto del techo, encima suyo-. ¿Cómo es eso de que recién llegas, Canuto? -exclamó de pronto, entiendo las palabras de su amigo. Se incorporó de un golpe en la cama, con las cejas levantadas y observando a su mejor amigo con cara de circunstancias. Sirius rió por lo bajo.
-Si, bueno. Fui a dar un paseo por el lago con Jenny -una sonrisa pícara presenció su rostro.
-¿Pasó algo? -preguntó, James, riendo.
-No, solo besos... Pero me muero de sueño. Será mejor que volvamos a dormir. Mañana hay que alentarte -rió descarado
-No te imaginas cuánto quiero cancelar ese endemoniado partido. ¿Cómo está el tiempo?
-Ah, pues. Frío, por supuesto. Pero no nieva, y no creo que vaya a llover ni mucho menos. Aunque, Jenny, por alguna razón, no dejaba de decirme que tenía frío -sonrió muy pagado de sí mismo, por lo visto y se dirigió hacia su cama quitándose la túnica de un solo tirón. Sus pecho marcado por sutiles abdominales quedó al descubierto mientras se ponía la camisa del pijama y sonreía, impaciente. Al parecer, tenía varias cosas para recordar que no había compartido con sus amigos.
-Vamos, Colagusano. Yo también tengo sueño -murmuró Remus, aún con mirada soñolienta. El otro asintió y volvieron a sus camas en silencio y con cuidado de no tropesar entre la oscuridad.
James permaneció sentado unos segundos que bien podrían haber sido minutos. Ese maldito sueño lo había arruinado todo. Ya no tenía sueño, y mucho menos estaba cansado. Decidió acostarse y esperar a que todos estuvieran dormidos para bajar a la Sala Común, y alistar sus cosas para el partido que empezaría en pocas horas.
Así lo hizo. A eso de las cinco aproximadamente, se cercioró de que todos estuvieran bien dormidos y con todo el silencio que pudo, se cambió, y bajó.
La Sala Común estaba a oscuras por completo. El fuego se había consumido del todo, por lo cual como aún no había amanecido, lo único que alumbraba era un matiz perlado de la luna y hacía allí más frío incluso que en los pasillos, donde siempre estaba helando. Se sentó en un sillón cerca de la chimenea, y dejó que los pensamientos lo consumieran con toda entereza. No estaba de ánimos para comer, ni para caminar y mucho menos para dormir. Se refugió en el abrigo de su túnica y se quedó allí, simplemente pensando. O imaginando.
Lily lo miraba sonriente. Aquella sonrisa que lo iluminaba todo, y que podía a su corazón. Aquel olor que lograba estremecerlo y sonrojarse. Aquel cuerpo, que lograba que se sintiera posesivo de él. Aquella actitud y manera de ser que, deducía, era la razón por la cual tanto la amaba. Si hubiera sido por él lo daba todo por sentirla, por tenerla a su lado una vez más. ¿Una vez más, había dicho? Sí, así es. Sus fantasías llegaban a un punto tan alarmante, que a veces se confundía con la realidad, y deseaba correr a sus brazos, besarla con pasión y decirle cuánto la amaba. ¿Cómo se podía amar tanto a alguien? ¿Cómo podía sentir tantas cosas al pensar en 'Lily Evans', aquella muchacha que le había robado el corazón, ni bien la había visto en su mismo compartimiento en el tren que los conducía a siete años de negativas? ¿Por qué, negativas? Es que la chica se la pasaba diciéndole que no a todo lo que tuviera que ver con él. Pero él no pensaba ser uno más de los rechazados. Así como toda su vida se había decidido a destacar, este no era otro caso aunque se tratara de una situación por completo diferente. Si iba a rechazarlo, al menos se cansaría de hacerlo. Pero Lily a los ojos de otros seguro que era una simple chica, de una belleza excepcional, seguro, pero ¿qué entendían los otros de amor, al referirse a ella? Estaba seguro que, al menos en ese punto, era el completo poseedor de Lily. No tenía ningún contrincante y eso era una ventaja, por supuesto.
Podía observar su cuerpo desnudo, como tantas otras veces lo había imaginado. Flaco, curvado, preciso. Su piel, suave y tersa bajo el tacto de sus propias manos. Su cabello cayendo en cascada hasta la mitad de la espalda desnuda, aterciopelada. Todo para él en ella era una tentación, algo que le obligaba a seguir avanzando hasta las últimas consecuencias. Se sintió asustado al pensar en ella como una droga, como algo a lo que era por completo adicto. A ella, a su voz, a su piel, a su sonrisa, a su tacto, a sus miradas, a su rostro, a todo lo que proveniera de ella.
¿Qué le tenía preparado la chica para el día de San Valentín, el cual decía que le sería inolvidable? ¿Qué le esperaba? Tal vez ni siquiera lo creía capaz de superar los obstáculos. Pero si había algo que Evans desconocía con impertinencia, era el verdadero carácter de James, y sus sinceros sentimientos hacia ella. Esos sentimientos que a veces lo hacían volar y lo traicionaban con maldad, al descubrirse pensando en ella. Y en él. Los dos juntos. Solos. Solo ellos. Lily Evans y James Potter. ¿Qué tal sonaba? ¿En serio Lily lo apreciaba tanto como él? ¿O solo era un juego más? ¿Cómo podía pensar eso de ella? Era distinta a todas.
Se levantó bruscamente de su asiento y sonrió con toda la energía que llevaba dentro. Sí, ya había descifrado su mayor problema. El que más lo molestaba y le impedía pensar con tranquilidad en la hermosa salida a Hogsmeade que le esperaba. Ya tenía la solución en las manos, para disculparse con todos a los que le había hecho daño. Bueno, los que estaban a su alcance. No la dejaría escapar. Ese mismo día pondría su plan en marcha, y conquistaría el corazón de Lily, haciendo que esta se enamorara tanto como él lo estaba de ella.
