Tema del capítulo: Reconciliación después de una pelea y ley del hielo.


Día 4


Dicen que cuando los niños pasan mucho tiempo callados debes prepararte para encontrar un desastre allí por dónde han pasado sus pies.

Eso lo sabía muy bien.

Así eran los días en los que Will llevaba a casa a sus amigos de la escuela o del equipo de futbol; e incluso Ed, siendo tan ordenado, causaba un completo desorden en la cocina cada vez que las hijas de los vecinos lo visitaban con ese horno de juguete que tanto les gustaba.

Pero cuando se trataba de Frederick las cosas eran un tanto diferentes. Y en ocasiones eso provocaba tensión en sus padres.

Aquel día no cruzaron una sola palabra desde temprano. Se dedicaron a hacer lo mismo de todas las mañanas en silencio, sin otra interacción que no fuera totalmente necesaria. No se miraron, y tampoco se despidieron con un beso, como era su costumbre, antes de que Alfred saliera a trabajar.

Todo bajo la mirada indiferente del más pequeño de sus hijos, quien dejó la mitad de su desayuno en el plato y se instaló en la mesita de la sala para dibujar.

Eduardo lo observó tomar una crayola a la vez y dejarla exactamente en donde estaba antes de tomar otra. A Frederick le encantaba dibujar y se enojaba si lo interrumpías ―una de tantas razones por las que, en más de una ocasión, había pateado a Will. Todo lo demás parecía aburrirlo o fastidiarlo. Eso y su recurrente mutismo les preocupaba por igual, aunque él se esforzaba por no demostrarlo, y era una de las razones por las que no se hablaron en toda la mañana.

―Deberíamos llevarlo al pediatra ―decía Al más veces de las que él lo escuchaba.

―Conoce las palabras, Al ―respondía exasperado―. Incluso aprendió a escribir antes que sus compañeros de preescolar.

―Pero no habla, Dani. Tiene cuatro años y no lo hemos escuchado hablar.

Así que cedió, y obtuvieron una información que desencadenó en una discusión y en el ignorarse mutuo de esa mañana. Quería llamarlo, pero no quería resolver el asunto por teléfono.

Y no tuvo que hacerlo.

Cuando Alfred regresó por la tarde, bajó del auto tan deprisa que dejó la puerta abierta, cruzó la entrada de la casa e hizo que los niños se sobresaltaran cuando se lanzó a abrazarlo.

―Lo siento ―dijo, y Eduardo no entendía porqué se disculpaba cuando no había tenido la culpa de nada. Respondió a su abrazo, disculpándose también y dándole el beso que el orgullo le había impedido al iniciar el día.

Frederick entró en la cocina en ese momento. Fue hacia ellos y tras hacerse de su atención dijo con una voz queda y monótona:

―Tengo hambre…

De verdad habrían querido que su primera palabra fuera "papá", pero a esas alturas hasta una palabrota los habría alegrado tanto como lo estaban.