.

Más fácil que aprender a volar

IV

Las nueces olvidadas cubrirán el mundo

.

Nunca he sabido actuar ante los problemas. Suelo huir, escapar y pensar en otra cosa. Tengo facilidad para olvidar lo que es demasiado complicado como para darle muchas vueltas. Pero, claro, también hay cosas que no se pueden evitar. Lo aprendí muy pequeña aunque la enseñanza nunca la apliqué en mi vida y sigo sin hacerlo. Puede que me hubiera ido mejor si me hubiera enfrentado a los obstáculos pensando en lo que hacía. Lo sé, pero las personas no cambiamos aunque queramos. Y es tarde para arrepentirme.

Koushiro sí pensaba, tal vez demasiado.

Mi cabeza llena de tonterías y la suya de genialidades no deberían haber congeniado. Pero de alguna manera lo hacían. Él solía escuchar lo que yo decía y de vez en cuando hablaba. Siempre era memorable cuando tenía algo que contar, porque me hacía pensar de forma muy profunda. Sentía que aprendía cosas de la vida.

―¿Sabes? Hay muchos árboles que crecen por un simple error. Las ardillas se olvidan de dónde han plantado sus nueces, u otros frutos, y entonces crecen hasta ser árboles. Son plantados sin querer. Y cada vez son más.

Miré la vegetación que nos rodeaban. El parque estaba bastante más vacío de lo normal, algunos niños jugaban cerca de nosotros y otros se dedicaban a tirarse por el tobogán. Mi amigo había preferido columpiarse tranquilamente y yo le seguí. Solía soñar que al montarme en el columpio y balancearme me acercaba a las nubes y estaba a punto de tocarlas. Siempre imaginaba que su tacto sería suave, tan suave que parecería que no tocaba nada.

Clavé los ojos en el gran árbol que había a mi derecha. No pude imaginar a una pequeña ardilla siendo la responsable de su existencia. ¿Cómo un hecho tan insignificante como olvidar algo podía cambiar tanto las cosas?

Tuve miedo. Soy olvidadiza, siempre lo fui. ¿Y si cometía grandes errores por descuidos tan minúsculos como ese? No quería ser parte de algo que no había decidido. No quería que hubiera malas consecuencias por algún olvido. No quería participar en los errores de los demás ni en los míos propios. Especialmente tenía miedo a los míos.

Él pareció darse cuenta de que estaba pensando demasiado. Bajó del columpio y me hizo un gesto para que lo siguiera. Compró un zumo para cada uno en una tienda cercana y me dijo que no me preocupara. Que los árboles no iban a llenarlo todo. Yo me reí al ver que me había subestimado, no soy tan simple como para asustarme por eso.

Aunque esa noche tuve pesadillas con árboles que no me dejaban caminar por la calle. Pero no se lo dije.

Es raro pensar en esa época. En el momento de antes del cambio. En cuando todavía sonreía con facilidad al pensar en él. Sé que era feliz, tal vez más de lo que he sido y seré nunca. Pero puede que haya idealizado mis recuerdos, al fin y al cabo la infancia siempre es una época más sencilla.

Cuando mis padres me dijeron que nos marchábamos, me sentí perdida. Koushiro no me dijo nada cuando se lo conté. Se mantuvo callado durante horas y horas. Solo me habló al final del día para preguntarme cuándo me iba. Le conté que en una semana y vi su labio temblar un poco. No hubo más emoción que esa.

Le pregunté llorando cómo iba a saber vivir en un lugar tan grande. Él me sonrió con tristeza.

―Cuando vas a un lugar que no conoces, por ejemplo un pueblo, parece enorme. Cada vez que giras una esquina todo es nuevo, es tanta información que no puedes asimilarla y te parece que en cuanto das una pisada has olvidado la anterior. Pero cuando empiezas a conocerlo, su tamaño parece reducirse cada vez más hasta ser muy pequeño. Te acostumbrarás, conocerás ese lugar y olvidarás este.

Por alguna razón me hizo llorar más fuerte esa última frase.

El día de la mudanza vino a verme y me trajo un mapa de Nueva York. No era el regalo más especial del mundo, pero todavía lo tengo colgado en la pared de mi habitación. A mí me pareció como un salvavidas en toda esa confusión que sentía.

No tenía valor para despedirme de él. No sabía qué decir. No sabía qué quería que él supiera. Que era mi mejor amigo y que le iba a echar de menos era bastante obvio, creía que no necesitaba que se lo dijera. Puede que me equivocara en eso como en tantas otras cosas.

Y así planté mi primera nuez olvidada.