CAPÍTULO 3: ¡AL ABORDAJE!
Conan regresó al cabo de unos minutos a la cubierta del Seven Seas. Por aquel entonces, el sol ya se había puesto en el horizonte y el cielo de un naranja apagado dio paso a un manto oscuro salpicado de estrellas que no se podría ver en la gran ciudad. Makoto y Ai esperaban ansiosos el informe del detective mientras este se tumbaba sobre la fría cubierta.
-Ahí abajo no hay nada- dijo Conan tras escupir el respirador.
En el raramente imperturbable rostro de Makoto se dibujó una sonrisa provocada por la alegría y la esperanza pero se desvaneció en un segundo. La tarea de encontrar a las chicas se había dificultado todavía más.
-¿Qué vamos a hacer ahora?- preguntó Ai que, si bien se alegraba de que Ran siguiese viva, no se molestó en demostrarlo.
-Ceñirnos al plan inicial- dijo Conan poniéndose en pie mientras se quitaba el cinturón de lastre- descubrir como un yate puede desaparecer como si nada.
Mil posibilidades cruzaban la mente de Makoto y cada una le gustaba menos que la anterior.
-¿Habéis oído eso?- dijo Ai poniéndose alerta.
Entre el silbido del viento se levantaba el murmullo del agua agitada por dos potentes motores. De repente un haz de luz procedente de babor iluminó el Seven Seas. Conan miró hacia la fuente de luz. Un pesquero de proporciones considerables se acercaba hacia ellos.
-¡Mierda!- exclamó Makoto en voz baja- ¿Ya nos han descubierto?
-Tenemos que salir de aquí- dijo Haibara.
-No- dijo Conan con una sonrisa cruzándole el rostro- si de verdad trabajan para Nemo puede que nos lleven hasta Ran y Sonoko.
-¿Es que te ha entrado más hidrógeno de la cuenta en la cabeza?- dijo Ai aunque Conan no supo apreciar su chiste científico- son terroristas y nosotros unos aficionados. Nos mataran a la primera oportunidad que tengan.
-No si atacamos nosotros antes. Makoto y tú poneos delante de mí. A mi señal apartaos y abordad el barco- explicó Conan mientras trajinaba con la bombona de oxígeno.
Makoto y Haibara se colocaron delante de la borda cubriendo con sus cuerpos al detective, rezando por que aun no le hubiesen visto.
El pesquero se colocó en paralelo al Seven Seas. La cubierta estaba formada por una superficie lacada en verde a la que el mar había castigado bastante, llena de cubos ajados y aparejos de pesca. Varias redes recogidas de manera torpe se apiñaban ambos lados. Cerca de la proa se encontraba la caseta del timón, vacía, por lo que Makoto dedujo que navegaban en piloto automático.
- Buenas noches- dijo una voz con acento de Kansai desde cubierta.
Se trataba de un hombre que rondaba los cuarenta, de piel más bien pálida y rostro tosco y de pocos amigos. Vestía una camisa roja y unas bermudas.
-¿Se encuentran bien? ¿Necesitan ayuda?
-No se preocupe- contestó Makoto más tranquilo, pensando que unos terroristas lo último que les ofrecerían sería ayuda- solo hemos echado aquí el ancla para pasar la noche.
-Pero aun no la han echado- observó el pescador que distinguió el ancla recogida sobre la quilla del barco.
-Bueno, iba a hacerlo ahora- improvisó Makoto nervioso.
-No deberían navegar por esta agua.
Una mujer salió por la puerta de la caseta del timón. Era alta y de figura esbelta. Ojos pequeños e inquisitivos y cabello largo y negro recogido en una trenza. Sobre un bikini que, Makoto había notado que realzaba su figura, llevaba una camisa de hombre con las mangas recogidas.
-Últimamente han desaparecido muchos barcos en el mar de Japón. Ya no es seguro navegar- continuó la mujer- ¿Estáis solos?
Pese a que reinaba la cordialidad el ambiente era tan tenso que podría cortarse con un cuchillo.
-¿Y si estás aguas son tan peligrosas que hacen ustedes aquí?- inquirió Haibara ignorando la pregunta anterior.
-Bueno, como puedes ver…
El pescador se apartó con una sonrisa y señaló a una red llena de peces.
-Tenemos que ganarnos la vida de alguna forma. Por peligroso que sea el mar.
-¡Ala que guai!- exclamó Ai adoptando un tono tan infantil que hasta a Makoto le sorprendió- ¿Son tilapias?
-Eso es jovencita, recién pescadas de hoy- contestó la mujer.
-¡Guau!- fingió de nuevo sin evitar sentirse como una idiota- Entonces su barco debe ser el más rápido del mundo.
-Ah, este viejo barco nunca me ha dejado tirado. Es una buena embarcación pero supongo que las debe haber más rápidas. ¿Por qué lo preguntas niñita?- quiso saber finalmente el pescador.
-Debe de ser muy rápida para poder navegar hasta el Nilo y volver y un solo día- respondió inocentemente.
Los tripulantes del pesquero se miraron y se echaron a reir.
-¿Y por que querríamos ir al Nilo?- preguntó el pescador.
Haibara la miró desafiante con una sonrisa de suficiencia en el rostro.
-Porque es el único lugar del mundo donde habita la tilapia.
Las risas cesaron al instante. El hombre y la mujer se miraron estupefactos. ¿Engañados por una niña? Rápidamente llevaron sus manos a la parte trasera de sus pantalones y sacaron unas pequeñas pistolas con las que se disponían a abordar el Seven Seas. Pero antes de poder hacerlo…
-¡Apartaos!- gritó Conan.
Cuando Makoto y Haibara se hicieron a un lado los terroristas se encontraron con el pequeño detective colocado tras una pequeña barrera formada por una caja de madera y una botella de oxígeno. Conan usó el cinturón de lastre como si fuese un martillo y procuró un golpe seco contra la válvula de presión de la botella. Todo el aire comprimido contenido en el interior de la botella se escapó a través del pequeño orificio de la válvula y la botella salió disparada como un misil que impactó sobre el estómago del falso pescador. El golpe le hizo retorcerse las entrañas de dolor y caer al suelo de bruces víctima del golpe.
La mujer, que se había quedado sin habla ante lo que había ocurrido, fue víctima de Makoto. El karateka saltó hábilmente de una embarcación a otra y antes de que la mujer pudiese encañonarle la dejó de inconsciente de un golpe en la nuca.
-Bien- dijo Conan triunfante- ahora nos toca a nosotros.
Diez minutos más tarde el falso pescador y la mujer despertaron. Cuando se dieron cuenta de que estaban inmovilizados empezaron a revolverse sobre sus ataduras. Haibara había hecho un buen trabajo atando a ambos a uno de los postes de la bodega del pesquero.
-¿Quiénes son los secuestrados ahora?- ironizó Conan.
-Estáis muertos- dijo el pescador- cuando Nemo os encuentre os matará, igual que a vuestras amiguitas.
Makoto iba a cerrarle la boca de un golpe de kárate pero Conan lo evitó.
-No tengo tiempo para jugar- insistió Conan- ¿Dónde está el Anfitrite?
-Está bien camuflado, jamás lograrás encontrarlo- respondió la mujer desafiante.
-Por supuesto que lo encontraré. Y vosotros y vuestro maldito jefe acabaréis todos en la cárcel.
-Nemo no es como los demás secuestradores. El nunca deja huellas y lo que es mejor. Nunca deja supervivientes- reveló el hombre tras una larga pausa.
A Conan y a Makoto se les hizo un nudo en el estómago.
-Esperaba no tener que llegar a esto pero veo que no tengo elección- dijo Conan tras un suspiro- Haibara por favor.
Haibara apareció de entre las sombras con un cuchillo en su mano. El falso pescador se encogió de terror. Había algo macabro en esa niña que no le gustaba nada. Sentía como si un adulto frío y sin escrúpulos habitase dentro de ella. Y en parte no se equivocaba. La niña cada vez estaba más cerca y en su mirada no había rastro de vacilación. El pescador sabía que no saldría de esa pero era mejor morir así que por haber traicionado a Nemo, quien luego se hubiese ocupado de que su vida se convirtiese en un verdadero infierno. Cuando Haibara ya estaba a un palmo de distancia gimió débilmente y cerró los ojos esperando a la muerte. Pero solo notó como un borde frío y aserrado le rasgaba el hombro.
-¿Ya está?- preguntó el pescador mirando de reojo y entonces empezó a reírse- Lo que me imaginaba, no tenéis agallas. Así jamás conseguirás rescatar a tus amiguitas.
-Mira quien habla, el que hace un segundo por poco se mea en los pantalones- se burló Makoto.
-¿Ya está niñata? ¿Eso es todo de lo que eres capaz?- preguntó la mujer mientras también recibía un corte en el hombro.
-¿Sabéis cual es mi animal favorito? El tiburón blanco. Su forma de cazar es extraordinaria. Imaginaos que estáis nadando y de repente os hacéis un pequeño corte- ambos terroristas miraron instintivamente a sus heridas- el tiburón captará el olor a kilómetros de distancia. Después se acercará sigilosamente pero no le veréis porque su dorso se camufla con el fondo marino. Y en el momento en que menos lo esperéis…¡Zas! Una mandíbula asesina formada por siete hileras de dientes aserrados se cerrará sobre vosotros con una presión trescientas veces superior. Os arrancará medio cuerpo de un solo bocado y se irá. Quizá tengáis suerte y muráis al instante, quizá vuestro sabor no sea de su agrado y os deje en paz.
Tras una larga pausa prosiguió en un tono siniestro.
-Pero imaginaos que sobrevivís. Que al tiburón le gusta vuestro sabor y vuelve a por más. Y si no lo hace él creedme que el mar de sangre en el que os encontraréis atraerá a más depredadores. Y ahora decidme, preferís rendir cuentas ante Nemo o que os tire al mar.
-¡Okinawa, están en Okinawa!- exclamaron los dos a la vez.
-Ahí tienes tu respuesta, Edogawa- dijo Ai encogiéndose de hombros.
Ahora el miedo a Ran había sido sustituido por el miedo a los tiburones. Al igual que los secuestradores, el detective también se había imaginado la escena a medida que Haibara la explicaba y su frente se había perlado de un sudor frío.
-Gracias Ai- balbuceó el detective.
-Pero- continuó el pescador- no lograréis encontrarlas. Nemo tiene a gente por todas partes. Tendríais que ser invisibles para llegar hasta Okinawa y aunque lo consiguieseis, no os podríais fiar ni de vuestra propia sombra.
La palabra sombra resonó en la mente del detective durante un segundo eterno, como si su eco quisiese transmitirle un mensaje.
-Sombra…- susurró el detective- sombra…¡Eso es, la sombra! ¡Así desapareció el Anfitrite!
Todas las miradas se posaron sobre Conan.
-¿Lo has resuelto?- preguntó Makoto impresionado.
-Exacto- sus labios se curvaron en una sonrisa triunfante- Sé como desapareció el Anfitrite y también sé donde se encuentra. Volvamos al Seven Seas.
-¿Qué vais a hacer con nosotros?- preguntó la mujer asustada. Ahora que ya no servían para nada la imagen del tiburón se materializaba de nuevo en su cabeza.
-Si les dejamos libres estamos muertos- observó Makoto- pero tampoco podemos matarlos.
-En el yate hay un botiquín con morfina. Les sedaremos lo suficiente como para hacer que su barco se pierda en el pacífico y se queden sin combustible. A menos que prefiráis que os tiremos por la borda- dijo Conan dirigiéndoles una mirada diabólica.
Ambos impostores suspiraron resignados.
Quince minutos más tarde ambos secuestradores se encontraban profundamente dormidos después de que Haibara les administrase el fuerte sedante. Conan se había encargado de destrozar su radio e introducir las coordenadas en el ordenador de abordo para que su embarcación se perdiese en el Pacífico y se quedase sin combustible. Cuando la embarcación se perdió en el oscuro horizonte Conan se precipitó al interior del yate seguido de sus amigos.
-¿Y ahora nos vas a decir lo que has descubierto?- preguntó Haibara exasperada.
-Primero tengo que encontrar el barco.
-¿Pero no dijiste que lo habrías encontrado?- preguntó Makoto.
-Sí, sé que está en Okinawa pero no sé donde exactamente. Aunque lo sabré dentro de poco- contestó el detective mientras conectaba el ordenador de Ai.
-¿Y luego qué?- preguntó la niña- ¿Cómo entraremos en Okinawa aunque encontremos a las chicas?
-Justo como los impostores dijeron- respondió Conan en un tono que le hizo sospechar que ya tenía un plan- haciéndonos invisibles.
