Ni ouat ni sus personajes me pertenecen, tampoco me pertenecen los mitos griegos que salen en el fic.

Esta historia está dedicada a Natalia, a mi petita porque la quiero, a mi morena que siempre me hace reir y a toda mi familia del grupo de whatsapp swanqueen.

Sin más os dejo leer el nuevo capítulo. Besos.

CAPÍTULO 4: LA LOCURA DE LA REINA

Confusión, eso sentía Emma en cada fibra de su ser desde hacía varias semanas, desde que la reina se había vuelto completamente loca.

Amanda reía con ganas cuando su hermana pequeña le contaba lo que estaba pasando. Según Emma era un desastre en toda regla, un desastre que le estaba empezando a gustar demasiado, un desastre que si iba a más no podría parar.

¿Cómo empezó todo? Por culpa de algo tan estúpido como un espejo. Emma se había dado cuenta de que en las dependencias de Regina no había ni un solo espejo y lo encontró muy curioso, ya que su Reina, como la llamaba mentalmente, era la mujer más bella que ella había visto en toda su vida.

Pensó que el pequeño detalle de que no tuviera espejo se debía a que no salía nunca y nadie le había regalado uno y sin pensarlo decidió hacerle ella ese regalo, pensando que así su reina por fin sonreiría. ¿Por qué demonios nunca sonreía? Era bellísima, lo tenía todo y aun así ni sonreía ni hablaba, ni la miraba. La tenía demasiado intrigada.

Compró en el pueblo un espejo, uno pequeño pero especialmente bonito y volvió al palacio orgullosa de su regalo, seguro que a la reina le encantaría, a lo mejor así volvía a dirigirle la palabra pues desde su primer encuentro no la había vuelto a escuchar hablar.

Se dirigió a los aposentos privados de la reina silbando, hacía meses que ya no se perdía, que se sabía el camino de memoria, iba pensando en su genialidad al decidir comprarle un regalo y bobamente imaginaba que la abrazaría para darle las gracias, Emma Swan nunca dejaba de soñar.

Jamás imaginó lo que realmente pasó cuando la reina vio su regalo, la cara de Regina se volvió pálida y sus ojos temblaban de ira, odiaba los espejos con toda su alma, odiaba su reflejo, su hermoso reflejo que le recordaba que estaba maldita, y esa rubia idiota le traía uno y encima se atrevía a sonreír como si fuese el mejor regalo del mundo, la ira la dominó, quería matar a la rubia, quería que se marchara y no volver a verla nunca más, quería… no sabía lo que quería, no sabía lo que le estaba pasando, estaba sintiendo algo, aunque fuese odio por esa mujer que tenía la maldita habilidad de meter siempre la pata hasta el fondo.

La reina ni pensó lo que estaba haciendo cuando estampó a la rubia contra la pared. Emma, sorprendida y asustada, dejó caer el espejo al suelo y se rompió en mil pedazos. Genial, pensó la rubia, ahora iba a tener siete años de mala suerte por culpa de esa loca que la estaba sujetando por el cuello, qué demonios le había pasado, ella no había hecho nada malo, solo comprarle un regalo, si lo hubiese sabido le habría comprado una serpiente, una venenosa a ser posible, esa mujer estaba loca.

De pronto cualquier pensamiento lógico o ilógico que tuviera la rubia en ese momento quedó congelado y sus ojos se abrieron ante la sorpresa, la reina se había lanzado a sus labios y empezó a devorarlos con ansía, mordiéndolos, apretándolos, buscando calmar de alguna forma su frustración, la frustración que arrastraba desde hacía demasiados años. Buscando apagar la soledad a la que se había acostumbrado pero no dejaba de atormentarla, buscando una forma de canalizar la ira que sentía, era demasiada y nueva para ella así que se dejó llevar. Si su primer impulso fue matar a esa rubia idiota ahora lo único que quería la reina era poseerla, hacerla suya, sentir que poseía algo más que un título vacío y un frío palacio.

El cerebro de Emma simplemente se congeló, y por primera vez en meses, no dijo ni una sola palabra, estaba demasiado conmocionada con la locura de su reina como para hablar, quejarse, incluso se olvidó de respirar mientras Regina devoraba sus labios y con prisa la empujaba a la cama. Ni una sola palabra salió de sus labios mientras la reina aprisionaba sus manos sobre su cabeza y empezaba a morder su cuello, marcándolo como suyo, mientras arrancaba su ropa con demasiada impaciencia, mientras la recorría con prisa con sus labios.

Durante horas lo único que se escuchó en esa habitación, en lugar del parloteo incesante de Emma, fueron sus gemidos y sus gritos, ni en sus más oscuros sueños se había imaginado así, compartiendo lecho con la mujer más bella de Grecia y a la vez estaba terriblemente asustado por su arrebato, pero en ese momento lo único que le importaba eran los dedos de su reina penetrándola con ansia y llevándola al mismísimo Olimpo una y otra vez, frustrada porque no soltaba sus manos, no la dejaba tocarla, y con el corazón desbocado sintiendo que la situación se le había ido completamente de las manos Emma simplemente dejó de pensar y se dejó llevar por las locuras de su reina.

Regina no pensaba en nada más que en poseer a la rubia, le gustaba tener ese poder sobre ella, le gustaba que estuviera callada y solo gritase palabras sin sentido gracias a ella, se sentía poderosa pero no dejaba de estar vacía. En el momento que empezó a sentir rabia y odio hacia esa rubia pensó que se llenaría ese vacío que tenía en el pecho pero no fue así, el único corazón que le oía latir desenfrenado era el de su rubia, pues ahora era suya y de nadie más, su corazón estaba enloquecido, igual que ella. No dejaba de moverse, de intentar liberarse para tomarla también pero ella no le dejaría, estaba demasiado centrada en hacerla gritar otra vez, era increíble lo que podía provocarle y aun así todo era tan frío, tan distinto a la supuesta pasión ardiente que debía sentir, se había equivocado, ella seguía siendo de hielo, seguía estando vacía. Cuando se cansó no quiso ni mirarla, simplemente la echó de sus aposentos fríamente. No reparó en la mirada confusa y cargada de dolor de Emma que simplemente recogió como pudo sus prendas y se marchó. Se marchó pensando dónde estaban las caricias y los besos de después, el dormir abrazadas, en fin todo lo que era normal después de una noche como esa. Su reina estaba loca y ella pagaría caro sus locuras.

A pesar de que se juró una y mil veces que no volvería a suceder, que no se iba a dejar llevar por la morena, habían pasado varias semanas y prácticamente cada noche terminaba en su lecho, siempre igual que la primera vez, siendo dominada por ella y despreciada después, era demasiado complicado poder entenderla, pero lo que realmente asustaba a Emma era que se estaba empezando a acostumbrar a ser ella quien librara sus frustraciones, estaba empezando a extrañarla cuando una noche no la llamaba, estaba empezando a sentir cosas demasiado fuertes por esa extraña reina que nunca sonreía así que tomó una decisión firme, la decisión de aprovechar sus encuentros para conocerla, para entenderla y a ser posible para hacerle sonreír, si era hermosa con el rostro siempre frío e impasible debía ser impresionante con una sonrisa, aunque fuese breve. Con esos pensamientos en mente se dirigió hacia los aposentos de su reina con la firme determinación de que, al ser despedida por ella, no se marcharía, esa noche no, esa noche se quedaría a conocer los profundos secretos de su morena.