CAPITULO 4

Ajeno a todo el revuelo que estaban montando sus amigos para encontrarle, Remus reflexionaba sobre Sirius y su relación. Había elegido un lugar bastante alejado y muy poco transitado. Sirius y él habían tropezado una vez con ese claro al esconderse después de una de sus travesuras. Era un pequeño claro que se escondía detrás de unos matorrales frondosos tras la cabaña de Hagrid. Llevaba ahí horas, justo después del fin de las clases; ni siquiera había ido a la Torre de Gryffindor a cambiarse o dejar los libros. La necesidad de quedarse a solas con sus pensamientos había podido más que la prudencia de poner sus libros a buen recaudo. En algún momento de la tarde había visto como Sirius se acercaba hasta él silenciosamente, pero decidió fingir no notar su presencia, al menos, hasta que él mismo se hiciese notar. Para su sorpresa, Sirius estuvo unos instantes y después se marchó sin decir nada. Remus supuso que había entendido que necesitaba estar solo.

Sirius. Que chico tan curioso. Podía perfectamente comportarse como un completo imbécil si se lo proponía, e incluso si no se lo proponía también. Pero con el resto de los merodeadores podía llegar a alcanzar momentos de gran complicidad, donde no era necesario hablar para que supiese que necesitaban. No sabía que en qué momento se había enamorado de él, porque está enamorado de Sirius, sería estúpido negárselo a sí mismo, otra cosa es que estuviese dispuesto a confesárselo a alguien más. Suponía que el amor había llegado poco a poco, con las risas, con el apoyo, con las interminables horas sin dormir en la casa de los gritos, con esas tardes tranquilas en el lago,… Siempre supo que Sirius no era como el resto de su familia, ni siquiera como el resto de sangrepura, era un mago especial, una persona especial.

También él lo era, aunque de diferente manera, claro. Fue duro crecer apartado de los demás niños, de los demás humanos incluso (a saber que habría sido de él si no fuese por Dumbledore). Tal vez fuese eso lo que había hecho que se enamorara de Sirius. Él había sido la primera persona que le había dado un cariño incondicional, el primero de Los Merodeadores que le había brindado su apoyo cuando descubrió su licantropía, incluso lo hizo de una manera diferente al resto de Los Merodeadores. Eran un grupo claramente peculiar, Peter un chico que de otra manera habría sido destinado a pasar desapercibido por los demás, Sirius un sangrepura que había roto con todas las tradiciones de su familia para seguir su propio camino, James, que lo tenía todo, carisma, inteligencia, habilidad, para ser el más popular y referente de cualquier hijo de familia ancestral, pero les había elegido a ellos. Y luego estaba él, Remus. Un despojo, un peligro para cualquier persona que le rodee, un apestado que debía guardar el secreto de su licantropía. Un secreto que no solo podía arruinarle a él, también lo haría con todo aquel que estuviese con él, pero esos cabezones de sus amigos eran inmunes a sus advertencias. Por eso debía mantener lejos a Sirius.

Darse cuenta que era gay no había sido fácil, lo había estado confundiendo con las peligrosas necesidades de un licántropo; había pasado tiempo aislándose creyendo que estaba volviéndose más peligroso, que estaba adoptando las deleznables características de Greyback, esa fijación por los niños y jóvenes. Fue justamente Sirius quien hizo que se diese cuenta que no era ese problema lo que le hacía sentirse atraído por los jóvenes. Simplemente era gay. Le gustaban los chicos, pero no para atacarles. En uno de sus aislamientos, que sus amigos habían bautizado como sus momentos de aullar solo a la luna, Sirius fue el primero en encontrarle y decirle lo preocupados que estaban los demás, al acercarse sintió su olor como lo más apetecible del mundo, pero no de una manera peligrosa, al contrario. Sintió ganas de besarle, solo besarle. Entonces empezó a entender… A entender el calor en sus mejillas cuando Sirius le cogía por los hombros o el pellizco en el estómago cuando le veía hablar con las chicas de su curso o las ganas de verle reír. Especialmente las ganas de verle reír. Siempre había sido un niño triste con poca alegría a su alrededor, por eso ver reír a Sirius era para él todo un espectáculo, era una risa que llenaba toda su persona, sus ojos, su boca, sus mejillas, su cuerpo temblaba al reír. Valía la pena arriesgarse a cualquier castigo solo por esa risa.

Lo amaba, eso estaba claro, aceptaba de buen grado sus sentimientos por él, no era ese el problema, pero jamás podría permitirse aceptar a Sirius. Aceptar lo que le ofrecía significaría condenarle. Su amigo pagaría un precio demasiado alto por estar con él. El colegio era una cosa, pero una vez fuera de él, sería más difícil ocultar su condición y en cuanto se conociera sería apartado del mundo mágico, desterrado y condenado a la soledad y pobreza. ¿Cómo iba a condenar al hombre que amaba a una vida así? ¿Cómo iba a ser tan egoísta de arrastrar a un hombre como Sirius que podía tenerlo todo a un mundo de mendicidad y ocultación? ¿Qué clase de hombre sería si permitiese que Sirius sacrificase todo solo por él?

Empezaba a anochecer y si no volvía pronto se acabaría metiendo en problemas; con un último suspiro y la firme determinación de no permitir que Sirius se arruinara la vida por él se levantó y se dispuso a volver al castillo.

-.-.-

- Buenos días, Remus. ¿Estás mejor hoy? Ya hacía tiempo que no salías a aullar solo a la luna.

- Estoy bien, gracias James. Siento haberos preocupado. ¿Y los demás?

- Peter acaba de bajar. Y Sirius aún no ha salido del baño. A este paso llegará tarde. ¿Bajas?

- No, creo que voy a esperar a Canuto, para asegurarnos que llega a clase al menos.

James rió antes de contestar.

- De acuerdo, os guardaremos algo para desayunar por si no llegáis al comedor a tiempo.

- Gracias de nuevo, Cornamenta. Lo necesitaremos seguro.

Poco después de salir James, apareció Sirius con el pelo aún húmedo mientras Remus le esperaba sentado en su cama.

- Buenos días, Lunático. ¿Mejor?

Remus hizo una mueca

- Sí, gracias.

- Déjame adivinar. James y Peter ya te lo han preguntado.

Remus rió suavemente.

- Peter ya había bajado a desayunar, pero James lo ha preguntado casi antes de dar los buenos días.

Sirius se sentó al lado de Remus.

- ¿Necesitabas pensar? – Sirius bajó la mirada hasta sus pies.

- Necesitaba tranquilidad – Remus hizo una pausa pensando en si debía continuar o no. – Últimamente no ha sido fácil.

- Remus, por favor… Escúchame

- No empieces…

- No lo imaginé…

- Sirius, por favor, no…

- No-lo-i-ma-gi-né

Remus se pasó las manos por el pelo

- No, no lo hiciste. Pasó, te acaricié la cara mientras estabas borracho. Pero eso no cambia nada.

- ¿Y lo que pasó en la casa de los gritos tampoco?

- Lo que pasó en la casa de los gritos no significó nada.

- Mentiroso…

- Sirius, ya basta. No ocurrió nada, no significó nada. – Remus empezaba a sonar desesperado.

- Si no significase nada no estarías negándolo, ni habrías necesitado pasarte toda una tarde de aullar solo a la luna.

- Sirius…

- ¡¿Qué!? Maldita sea, ¿Qué quieres de mí?

- ¡Que te olvides de esta locura! ¡¿Quieres saberlo?! ¡Eh! Sí, te amo. Pero eso no cambia nada. Absolutamente nada, Sirius. ¿No lo entiendes?

- Lo único que entiendo es que sigo soñando la mitad de las noches con lo que pasó en la casa de los gritos. Sigo soñando con tus ojos cuando despertaste a mi lado en aquella cama, en el abrazo en el que pude sentir toda tu piel, tus caricias por encima de la ropa, en mi espalda, en mis brazos, tu reacción a mis manos y… ese beso, Remus. Sí fue un torpe beso, pero es el único que se repite en mi cabeza…

- No entiendes nada, Sirius. ¿Acaso no crees que a mí no me atormenta lo mismo? ¿Qué no sueño por las noches con tus manos en mí? ¿Qué tu olor no me vuelve loco? Pero no puede ser, Sirius. No puedo hacerte esto. Estar conmigo solo serviría para condenarte. ¡Soy un licántropo por si no te has dado cuenta! Sabes bien la vida que tienen los licántropos fuera de aquí. No puedo condenarte a algo así.

- Eres tú quien no entiende nada. Solo me condenarás si me alejas de ti. Remus, no importa nada mientras esté contigo. Mi familia no puede repudiarme más de lo que ya lo hace. Eres un buen hombre, y te mereces una buena vida; encontraremos la manera. Juntos.

Había un brillo de esperanza en los ojos de Sirius mientras hablaba que desarmó por completo a Remus que suspirando le pasó la mano por el pelo a Sirius.

- Eres, por increíble que suene, demasiado inocente; ahí fuera las cosas no funcionan así. No podremos tener una vida normal.

- No me importa, lunático. – Sirius fue acercando su cara a la de Remus – Prefiero perder todo lo que tengo, es a ti a quien gano… Siempre serás mi elección, Remus Lupin.

Sin darle tiempo a réplica posó sus labios en los de Remus, cerrando los ojos para sentir la calidez de su boca. Pidió paso para su lengua y dio un suave respingo cuando sorprendentemente fue concedido, pasó los brazos por la espalda de Remus y lo atrajo hacia él, profundizando el beso. Cuando sintió las manos de Remus posarse en su espalda cerró más el abrazo y lo besó con más avidez. Poco a poco, sin saber muy bien que hacían se dejaron caer de costado en la cama, sin deshacer el abrazo, sin separar sus labios. Sirius fue posicionándose encima de Remus, poco a poco subiendo la intensidad de sus caricias, hasta que el propio Remus se separó brevemente para mirarlo a los ojos y quitarse la camisa en silencio antes de atrapar de nuevo los labios de Sirius. La ropa fue desapareciendo al mismo ritmo que sus caricias se intensificaban y pronto no hubo barrera entre la piel de uno y otro.

No llegaron al desayuno, tampoco a la primera clase. Se amaron con necesidad e impaciencia, con la torpeza de la primera vez, con la avidez del deseo que estalla después de haber sido retenido durante meses.

Se amaron como si fuesen conscientes de que iba a ser la última vez.