II
Todos se quedaron mudos con la llegada de la rubia. El lugar, de pronto, adquirió una incomodidad insuperable. Era tanta que a Arnold no le hubiese extrañado que ésta poseyera cuerpo y presencia, viniera y lo ahorcara. Hasta casi deseó aquello, pues no quería ver la cara de Helga.
Tuvo que recordarse que debía respirar y moverse, pero los músculos no le respondían.
—Pues te aburrirás, Pataki —comentó el pelinegro para alivianar el ambiente.
—Tienes el cerebro de una mosca, cabeza de cepillo, por eso te aburres. No puedes comprender dialectos que superan tu capacidad mental —ahí estaba, tan arisca como siempre.
Sin poder evitarlo, Phoebe se rió y Helga le sonrió.
—¡Phoebe! —se quejó Gerald—. Se supone que tienes que defenderme.
—Perdón, es que… perdón —siguió carcajeándose.
—Vamos Geraldo, no te lo tomes tan a la defensiva —la rubia se mofó.
Y la charla entre los tres siguió. Trataron de ignorar el hecho de que Arnold se había quedado callado de pronto. No era un cobarde, no. Simplemente no se la vio venir y lo agarró desprevenido. Se sentía un estúpido. Ella se notaba tan tranquila… y él ya sentía su olor a sudor por los nervios. ¿Es que él siempre tenía que ser la voz de la moral y la lógica en esa relación? Quizás exageraba, pero Arnold Shortman no podía tratar a Helga Pataki con neutralidad. A comienzos del año casi se le llena su pobre cabeza de balón con canas verdes por el estrés que estaba atravesando. No fue fácil llegar y encontrar todo cambiado, y mucho menos saber que todos habían seguido con su vida. Las personas que una vez conoció cambiaron rotundamente. Es que no entendía a Helga tampoco. ¿Se la pasó ignorándolo durante 3 meses, y luego se acerca a sí, sin más, para conversar? Bueno técnicamente, no con él en específico.
Inhaló fuertemente y se alejó de sus pensamientos. Trató de meterse en la conversación sin sonar demasiado patético.
—Gilbert es un idiota —comentó Helga descuidadamente mientras agarraba su manzana y la mordía—. Economía es una asignatura sencilla, es una lástima que la materia se arruine por la culpa de ese profesor.
—¿Es muy malo? —preguntó Phoebe.
—Va mucho más allá de esos estándares, Phoebs —resopló—. Quise fijarme cuánto faltaba para el inicio del almuerzo así que saqué mi celular para corroborar la hora, pero él lo vio ¡y me lo quitó! ¡Es un idiota! Le dije que solo veía la hora, que era un segundo y me ignoró. Lo odio.
Gerald rió fuertemente.
—¿Y tu qué, cabeza de cepillo? ¿De qué diablos te ríes?
—Pataki, no seas tonta. Es obvio que no estabas revisando la hora —miró a Arnold y a Phoebe mientras señalaba la muñeca de la rubia— ¡Tiene un reloj ahí! ¡Y por lo que veo marca la hora perfectamente!—miró los ojos de la aludida—. El profesor te vio mensajeando. Acéptalo.
Helga frunció el ceño.
—Caray, Geraldo, no molestes —suspiró y admitió resignada—. Quizás estaba mandando un mensaje, ¿qué tiene de malo? Es una acción vital a nuestra edad, ya sabes, hoy en día, la tecnología y toda esa basura es muy avanzada... y los adolescentes también.
Arnold se dijo que era momento de meterse en la conversación.
—¿Cuándo te devolverán el teléfono? —su voz apenas se escuchó. Primero porque había sido un murmullo demasiado bajo. Segundo, porque todos en el comedor gritaban y reían. Pero los tres entendieron perfectamente, por suerte. Sería embarazoso tener que repetir la pregunta, o ser ignorado. Phoebe escondió una sonrisa y Gerald miró a Helga mientras que la chica se quedaba callada, meditando.
—De hecho, ya lo hicieron —sacó del bolsillo de su chaqueta un móvil de color plateado, lo mostró y con una sonrisa lo desfiló frente a todos como su fuera una modelo y la mesa, su pasarela—. Dejó muy en claro que sería la primera y última vez —lo guardó y en ese momento Helga miró a Arnold e inevitablemente sus ojos chocaron.
Arnold había crecido, eso era notorio. Ya no era más el niño enano que apenas le llegaba a los hombros, de hecho, los papeles se habían invertido. Helga había quedado más baja que él y no podía salir del asombro por ello. Su piel estaba tostada por fuerte sol de San Lorenzo y, así, había adquirido un sutil color dorado en su tez que hacía que sus ojos verdes destacaran. Su cabello era más largo, no demasiado, solo lo necesario para que cayera naturalmente por su extraña cabeza. Su contextura era normal. Se lo notaba en forma, pero no excesivamente.
El rubio se sintió examinado. Los duros ojos azules inspeccionaban cada movimiento, cada respiración, cada pestañeo. Pero no dejó de mirarla en ningún segundo. Había tenido tiempo para estudiarla, no era la primera vez que la veía. Los ojos de Helga recalcaban su rostro. Un rostro totalmente redondo, sin ningún ángulo, una circunferencia perfecta. Sus labios estaban en una mueca extraña que él no pudo descifrar y sus mejillas tenían un rosado adorable. Ya no usaba más ese flequillo que tanto utilizó por años, y tenía su larga cabellera recogida en sus infaltables dos coletas. Ahora su cara estaba libre de cabellos, dejando libres sus facciones.
—Entonces no es tan malvado… —concluyó Arnold.
—Siempre tan samaritano, melenudo —rodó los ojos mientras observaba a Gerald—. Ese maldito te hará la vida imposible —sonrió de forma sombría—. Me gustaría verlo, no lo niego. Sería divertido.
Arnold rió, extrañó los apodos. Extraño ser insultado. Extrañó esa posición de sumiso que tenía frente a la rubia.
Y, oh, por Dios, eso lo hacía sentir una persona masoquista y extraña.
—No tengo tu mala suerte, Helga —Gerald sonrió sin sentirse insultado—. Yo, a comparación de ti, tengo modales.
—Cierra el pico, cabeza de cepillo.
—Vamos, chicos —intervino Phoebe—, dejen de ser tan niños. Compórtense bien.
—Lo siento, Phoebe —susurraron a la vez.
Helga y Gerald se miraron con el ceño fruncido. En ocasiones, Phoebe se ponía en plan maternal y a ambos les molestaba. El pelinegro puso los ojos en blanco y la rubia levantó sus gruesas cejas y le sacó la lengua.
—Muy bien, niños —pero la voz de la japonesa de pronto adquirió un tono de voz perverso y burlón—. Ahora, les daré una croquetita si me dan la pata.
Gerald se quedó tan sorprendido como Helga. No salían de su asombro. ¿Phoebe bromeando de esa forma? Salieron de sus cavilaciones cuando escucharon la sonora risa de Arnold.
—Bien hecho, Phoebe. Se quedaron callados —le felicitó.
—Oh —se ruborizó—. Tenía que probar otra técnica, la de regañarlos muy poca veces funciona.
—Bien, Phoebe —comenzó Helga—. Me has sorprendido, estás aprendiendo de tu maestra —se señaló—. No puedo evitar sentirme orgullosa.
—Nena —llamó Gerald viendo su reloj de muñeca— en 5 minutos tenemos Economía, vámonos. Tienen Literatura ahora, ¿no es así? —miró a los dos rubios.
Y ese globo de comodidad había durado muy poco, pues Gerald lo sabía bien. Sabía que ambos tenían Literatura, la verdadera pregunta era: «¿Van a ir juntos?» y los rubios se dieron cuenta de ello.
Una cosa era estar sentados en el mismo lugar, mientras estaban acompañados de sus amigos y otra, ir completamente solos. Para colmo, el salón de Economía y Literatura quedaban en extremos opuestos.
—Ya qué —murmuró Helga mientras caminaba hacia la salida—. Vámonos, cabeza de balón. Nos vemos en Biología en un rato —se despidió y Arnold la tuvo que seguir.
Caminaron callados de una forma bastante penosa. Mientras Helga veía las puertas de los salones para encontrar el de tenía escrito «Literatura», Arnold miraba al suelo, tratando de ignorar el hecho de que las manos le temblaban.
—¿Te gusta Literatura? —le preguntó, dudoso. Tenía impaciencia para quitarse toda esa mala sensación de encima. La rubia lo miró y cerró los ojos por un segundo, llena de fastidio.
—Sí —contestó simplemente.
Claro que eso Arnold lo sabía perfectamente, desde que recibió el zapato de Cecile y su gorra azul, también había recibido la carta de ella, en donde le explicaba todo. La joven había redactado de una forma muy poética; admiró la manera en la que ella podía escribir, tan hermosa y lírica. Se expresaba de una forma tan pura que le resultó difícil entender que, en realidad, entre todas esas capas de odio y malos tratos, así era ella. Una vez que discernió a la ojiazul, no dudo ni por un momento que era una persona totalmente sensible.
—A mí también me gu-
—¿Qué pretendes, Arnoldo? —le cortó Helga.
—Ehm… solo quería hablar conti-
—¿Y por qué? —le interrumpió una vez más.
—No lo sé, tal vez para…
—Porque esto me da vergüenza ajena —fue dura, cruel.
—Yo no lo cr-
—Pero la cuestión acá, cabeza de balón, es que tu opinión no importa —detuvo a Arnold, otra vez.
—Yo no lo veo de esa for-
—Mira, sé que ahora que volvist-
—¿Podrías callarte? ¡No me dejas terminar ni una oración! —dijo exaltado.
—¡Ni se te ocurra gritarme, camarón con pelos! —Helga alzó la voz.
—¡Entonces no me interrumpas! —le devolvió el grito.
—¡De acuerdo, no me hables!
—¡Bien!
—¡Bien!
Ambos tenían el entrecejo pronunciado, sus labios eran una línea fina y cruzaron los brazos, serios, cual niños de cinco años. Arnold miró a Helga, que dirigía su mirada a los casilleros de forma distraída. Estaba molesta, y se retó mentalmente. No tuvo que haberla hecho enojar así, pero ¡es que ella empezó! Notó como la rubia tenía una postura defensiva ahora que estaba con él a solas y no pudo evitar pensar en su actitud cuando estaban en el comedor. Ella actuaba normalmente, como si fueran amigos de toda la vida.
—Los engañaste, ¿eh? —trató de mantener una voz neutra, tratando de ocultar el dolor que sentía.
—¿De qué hablas? —preguntó mirándolo de reojo.
—A Phoebe y a Gerald, los engañaste.
—No te estoy comprendiendo —farfulló, fastidiada.
—Claro que sí lo haces. Me trataste normalmente hace minutos y ahora vuelves a considerarme como una peste —para suerte de Arnold, su tono de voz sonó irritado.
Él aceleró su caminata para dejarla atrás.
—¡Estúpido cabeza de balón! —gritó mientras le daba alcance—. No te atrevas ni por un segundo a dudar de mi ética. Yo no le mentí a nadie, no tengo razón para hacerlo.
—Lo que tú digas, Helga —pero esta vez, la frase no sonó ecuánime, sino llena de sarcasmo e ironía. La ojiazul se molestó aún más y, dejándose llevar por sus violentos impulsos, lo agarró del cuello de la camisa y lo chocó contra uno de los casilleros. El impacto no fue fuerte, pero sonó como así lo fuera. Arnold no tuvo tiempo ni de reaccionar porque antes de que pensara en escapar, Helga ya estaba encima de él.
Helga Pataki lo agarró de los hombros y habló de forma indiferente.
—No te hagas el rebelde, Arnoldo —lo empujó aún más—. Mira niño, tu presencia me importa tanto como levantarme temprano un sábado, así que te recomiendo que me dejes en paz —se acercó peligrosamente, sus nariz estaban a milímetros de chocar—, por tu bien —aclaró.
Arnold rozó la cólera.
—Mira tú, Helga —musitó, exaltado—. Gerald es mi mejor amigo, Phoebe mi amiga, así que tendrás que cargar con mi presencia —sonrió de forma oscura—. Estaré con ellos al igual que tú. Hablaremos, reiremos, pasaremos tiempo juntos —recalcó—. Acostúmbrate a la idea.
Arnold entendió que su pequeño ultimátum era señal para irse con la cabeza recta y la dignidad ratificada, y así lo hizo. No quería llegar a su clase tarde, ya iba retrasado. Sin embargo, no escuchó pasos ni alguien acercándose a él, dio medio giro y se encontró con una Helga estática.
—¿Vienes o no?
—Claro —murmuró apática.
Caminaron deprisa, uno de los motivos era porque no querían seguir en el mismo perímetro, no querían cansarse uno del otro. Querían guardar las energías para gastarlas cuando estuvieran con sus dos mejores amigos. Si se disgustaban ahora, ¿qué sería de ellos luego? ¿Cómo se sentirían Phoebe y Gerald? La japonesa seguramente se sentiría entristecida, mientras que Gerald se enojaría por la inmadurez de los dos.
—Tarde —la voz de la profesora sonó como eco, pues todos estaban callados, sentados en sus respectivos asientos.
—Lo sentimos —habló Arnold—. Tuvimos unos inconvenientes, Helga se sentía descompuesta antes de venir —mintió y la aludida abrió los ojos como platos mientras miraba al suelo.
—Señorita Pataki, si quiere puede ir a la enfermería —la profesora la miró preocupada, quizás al imaginar la desagradable escena en donde su alumna vomitaba delante de todos.
—Yo… —susurró—. Yo… estoy bien.
Bueno, eso era nuevo. Arnold mintiendo y ella avergonzada porque él mintió. Usualmente, hace unos años los papeles hubieran sido opuestos.
—Allá está su pupitre —señaló la profesora con la mirada—. Estábamos a punto de empezar la clase. Siéntense y escuchen.
Ambos quedaron estupefactos al ver que iban a sentarse juntos. Eso era indudable, solo quedaba un pupitre con dos asientos. Todas las mesas estaban ocupadas. Los dos se preguntaron si su tolerancia iba a durar tanto, porque no tenían fe de que la relación "amistosa" que ellos tenían iba a durar demasiado. A diferencia de sus clases compartidas anteriores, los rubios no se sentaban juntos, es más, se ignoraban monumentalmente, pero esto no se lo esperaban en absoluto. Ahora, no solamente tendrían que estar en la misma asignatura, sino que también tendrían que ser compañeros de pupitre.
Y Arnold se dio la razón.
Era evidente que el año iba a ser diferente, pero no de la forma que pensaba.
Muchas gracias por sus comentarios.
¡Espero que hayan tenido un lindo día!
Nos vemos el viernes (con tres caps para celebrar mi cumpleaños 20 ahre SÍ)
