Bueno, bueno. Aquí estoy de nuevo con el cuarto capítulo. Ha sido una semana bastante liviana, mi hijo mayor se ha ido de campamento y la menor sola es totalmente controlable (jajaaa). Esta semana no hay pruebas integradoras en la escuela y mi socio está de viaje…. O sea, si logran captar mi realidad: semana ideal para escribir!

Aquí está el capi de Sam. Es hiper mega largo (al menos para lo que normalmente yo escribo) y debo confesar que lo he hecho así para acallar las protestas de mi hermana sammynanci, que adora al castaño y no se cansa de leer lo que le sucede. (Además de que pronto será su cumple y quiero regalarle el capi en donde se produce el hurtsam…. *silba*).-

Además de ella (que dejó review hermoso, gracias Nan!) quiero agradecer a casammy( awwww, "mamá gallina" "crió, mimó y malcrió"... morí derretida... aún estoy a punto de caramelo!), a GreenEyespn( amiga deanista! qué emoción que te gusten mis historias! Veamos qué dices de este capi... y prepárate porque habrá hurtdean también! To us!), a naraneid (bienvenida y gracias por tus comentarios, te espero ansiosa!), a spnqueen (bien amiga, me alegra que te guste lo que escribo! Adelante, sigue leyendo, por favor), a 3R rosario, (gracias nenaaaa por estar) a patriwinchester (que anda medio desaparecida y la estoy esperando), Anna-ross (gracias por tus palabras y me gusta que esperes ansiosa otro capi! Besos), Chiyo Asakura (volvé amiga míaaaaa! Sólo un review tuyooooo buaaaaaa) y a todos los que leen aunque no dejen comentario (insertar carita triste acá).

Adelante, pasen y lean!


IV- SAM

DUDAS Y PROBLEMAS

Hailey(Iowa) 9:00 am

Al joven aprendiz de relojero se le había hecho más que tarde. Se suponía que debía abrir el taller del viejo Oddik a las nueve de la mañana, pero inexplicablemente, ese día se había quedado dormido.

Maldijo en voz baja y tomando su bicicleta roja, emprendió la marcha hacia el tranquilo barrio en donde trabajaba; poco antes de las diez de la mañana logró abrir el taller antes de que el anciano dueño llegara de su caminata matinal.

Se puso a organizar todo, limpió el piso y tuvo tiempo de tomarse una taza de café. Cuando estaba trabajando en un antiguo reloj de péndulo llegó Alice, una joven que vivía cerca de allí y que pasaba cada vez que podía para tratar de hablar con Serge, el rubio y apuesto ayudante del Sr. Oddik. Hablaron un rato y acordaron verse al atardecer para ir juntos al cine.

La vida le sonreía al chico.

Cuando Alice se fue, el aprendiz notó que alguien lo estaba observando desde la vereda de enfrente, parecía un anciano, ya que caminaba encorvado y se cubría con una manta.

Eso le hizo pensar que era un vagabundo que andaba en busca de un plato de comida.

La figura cruzó la calle y cuando Serge vio que entraba a su negocio, le ofreció: - ¿Desea que le de algo para comer, buen hombre?

No obtuvo respuesta, el vagabundo sólo inclinó la cabeza y el aprendiz pensó que era un anciano que estaba enfermo, por lo que se acercó y trató de quitarle la manta de la cabeza, para ver si lo podía socorrer de algún modo.

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El viejo Oddik se había retrasado porque había encontrado a un viejo amigo, compatriota suyo, al que no veía hacía varios años.

Se quedaron a beber una taza de café y para cuando terminaron eran casi las doce.

El dueño de la relojería apresuró el paso, llegó a su taller, entró y se sorprendió de no ver allí a su joven y activo empleado.

Avanzó unos pasos, asomándose por encima del mostrador y en su rostro se dibujó el horror más profundo.

Lo único que atinó a hacer fue salir corriendo, presa de un ataque de nervios. En unos segundos la calle se había llenado de policías y bomberos que hacían preguntas, atendían al señor Oddik que había tenido un preinfarto y buscaban una explicación a lo sucedido.

Ketchum(Iowa) 4 p.m.

La joven estudiante de secundaria había salido de su clase de educación física y se apresuraba para llegar a la academia en donde estudiaba danzas.

La chica tenía un físico increíble, su largo cabello flotaba al viento, sus ojos verdes denotaban gran inteligencia y vivacidad.

Atravesó la plaza principal del poblado y giró su cabeza varias veces. Tuvo la desagradable impresión de que alguien la observaba o la seguía. Giró rápidamente pero no vio nada ni a nadie.

Siguió caminando, pocos metros más adelante se encontró con un compañero de escuela que se dirigía hacia otro lugar, se saludaron, intercambiaron un breve comentario acerca de las tareas escolares que debían presentar al día siguiente y Mary Grant –tal era su nombre- siguió su camino presurosa.

El fin de semana tenía una presentación de danza clásica en el teatro principal de Ketchum y eso la tenía muy ansiosa y expectante.

Imaginó que su madre habría terminado ya el vaporoso vestido que había elegido para la ocasión y una sonrisa escapó de sus labios. Iba a extrañar a su familia y a su pueblo cuando el próximo año iniciase sus estudios en la Universidad de Iowa, a varios cientos de kilómetros de allí.

Cerca de la academia de danzas había una especie de galería que conducía a la entrada principal de un museo que por estos días casi nadie visitaba y Mary cortaba camino por allí, para poder llegar siempre a tiempo.

Apenas puso un pie dentro de la galería, vio en un rincón y cubierta con una manta a una persona que parecía un anciano enfermo, por lo que la chica se le aproximó, tratando de ver si le sucedía algo malo. – Señor, señor, ¿le sucede algo? –preguntó dubitativa.

No sabía si acercarse más o ir por ayuda. Finalmente su espíritu solidario pudo más y tocándole el hombro a la inmóvil figura, lo miró a los ojos.

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El guardián del museo terminaba su tarea a las seis de la tarde y una de las últimas cosas que hacía era cerrar con candado la entrada de la especie de galería que conectaba el museo con la calle en donde había varios institutos y academias de enseñanza.

Normalmente, los estudiantes que no deseaban asistir a las lecciones o jóvenes parejas de novios hallaban temporal refugio allí para guarecerse de miradas indiscretas y esperar que el tiempo transcurriera hasta poder regresar a sus casas asegurando haber concurrido a clases, así que el guardia recorría todas las tardes el lugar en busca de personas que hubieran permanecido allí hasta más tarde de lo habitual.

Ese día no se veía a nadie y el trabajador se alegró: no tendría que lidiar con ningún adolescente molesto.

Estaba colocando el candado cuando debajo de la escalera –en un descanso que se usaba para depositar muebles viejos- vio un chal que le pareció conocido: pertenecía a la joven Mary, a quien él llamaba cariñosamente "el hada", por su grácil belleza.

Ella era la única que no usaba el pasadizo para ocultarse sino que cortaba camino para ir a su clase de danza.

Se aproximó pensando que a la chica se le había caído la prenda en su apuro por llegar a tiempo y lo que vio hizo que se le helara la sangre en sus venas.

Unos minutos después, la zona había sido acordonada por la policía que junto a los bomberos y los paramédicos se movían ajetreados mientras atendían al guardia y a varios curiosos que habían tenido la desgracia de ir a ver qué era lo que sucedía.

Arco(Iowa) 9 p.m.

Las personas que deseaban visitar el Parque Nacional Crater of the Moon, normalmente acampaban en Arco, a 18 kilómetros de allí, ya que encontraban todo lo que necesitaban para gozar de un buen descanso, y todos los días tenían transporte hacia la reserva.

Sam Winchester, por supuesto no había escogido esa localidad sino que había optado por acampar en el mismo parque, ya que por la época del año que era –otoño- había bastante lugar y no era necesario hacer reservas anticipadas.

Pero Jim Stone y Marianne Ellesworth, su novia, habían optado por el bellísimo y confortable campamento situado en Arco.

Ambos jóvenes eran experimentados excursionistas y poseían un equipo bien provisto de todos los enseres que se necesitan para transcurrir unas vacaciones al aire libre.

Los primeros días habían conocido la localidad y habían comprado recuerdos para la familia. Luego comenzaron a realizar excursiones por el parque, conociendo las cavernas y los bosques de lava que las circundaban.

Estaban felices y Jim había planeado pedir matrimonio a su joven novia apenas anocheciera.

La cena se prolongó más de la cuenta y los chicos no se dieron cuenta de cuánto había pasado el tiempo.

Jim sacó el anillo que había estado guardando y con toda solemnidad le propuso a Marianne ser su esposa. La chica aceptó sin dudarlo y ambos entraron dentro de la pequeña tienda de campaña que les ofrecía cobijo durante su estadía.

Jim no recordaba en qué momento se había quedado dormido.

Lo despertaron unas terribles ganas de orinar, por lo que sin hacer ruido para no despertar a su novia que dormía pacíficamente, salió de la carpa y se dirigió a unos matorrales cercanos.

Estaba regresando a dormir cuando vio una persona acurrucada al pie de un gran árbol, se cubría con una manta y parecía estar débil o enfermo. Jim se acercó, decidido a ayudarle. Le tocó la espalda tratando de quitarle la manta de la cabeza.

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Marianne se despertó cuando el sol ya estaba alto en el cielo.

Le extrañó no ver a su lado a Jim, pero imaginó que éste habría salido a hacer su rutina matinal de ejercicios.

A gatas salió de la carpa, se estiró y giró la cabeza buscando algún rastro que le indicara dónde podía estar su prometido. Lo que vio hizo que perdiera el sentido.

Cuando se recuperó, otros excursionistas la rodeaban, tratando de darle una infusión caliente que ella rechazó.

Se veían oficiales de policía y una ambulancia esperaba un poco más allá. Estaba realmente confundida y no lograba coordinar sus pensamientos. Se esforzó por hablar, pero perdió el sentido nuevamente.

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Crater of the Moon Nacional Park 10 a.m.

Sam se despertó confundido. Miró a su alrededor esperando encontrar a su hermano durmiendo cerca suyo.

Parpadeó perplejo. Ni siquiera recordaba bien cómo había llegado hasta ese lugar.

Oyó el trinar de los pájaros fuera de la tienda de campaña, el sol ya estaba alto en el cielo y el frío de la mañana había amainado. Tardó unos segundos en ubicarse; lentamente, la nebulosa se fue disipando de su cerebro y recordó todo lo sucedido el día anterior.

Un pensamiento se instaló fastidioso e insistente en su cabeza: Amy. Amy está muerta. Y Dean la mató.

El castaño se arrastró fuera de su tienda, se estiró y se propuso desayunar algo sólido, ya que se había dado cuenta que hacía casi treinta horas que no probaba bocado.

Luego de la frugal comida que se preparó, Sam organizó su mochila y se dirigió hacia el interior del parque.

Tenía intenciones de visitar la caverna Dewdrop, que decían era una de las más fantásticas formaciones de tubos de lava de toda la zona, por lo que había cargado todo su equipo de exploración.

Comenzó el lento ascenso rodeando Devil's Orchard, y aunque el camino era monótono, podía sentir la naturaleza allí mismo, a pocos centímetros de él en ese paisaje desértico, seco y lleno de formas surrealistas que parecían salidas de una galería de arte más que de la propia naturaleza.

Vio los árboles de lava, increíbles formaciones rocosas que asemejaban a todo tipo de monstruo deforme, cactus con bellísimas flores, pájaros de toda clase. Luego de más de dos horas de marcha, se detuvo para descansar y beber agua.

El panorama seguía siendo sobrecogedor, desde allí Sam sintió que cada esfuerzo que hiciera para llegar a la caverna valdría la pena, dada la belleza agreste y salvaje del lugar.

Con cada bocanada de aire que entraba a sus pulmones, sentía renovarse todo su ser y lentamente, su disgusto comenzó a diluirse como nieve al sol. Sabía que Dean había tenido un solo propósito al matar a Amy, además de acabar con un "fenómeno" como él solía denominarlos, y éste había sido protegerlo, como siempre había hecho.

Eso era lo que le molestaba de Dean, parecía no poder dejarlo crecer, parecía no saber dejarlo vivir su propia vida y hacer sus propias elecciones, ya fueran éstas acertadas o erróneas.

Y para colmo de males, parecía creerlo incapaz de terminar sus propios asuntos inconclusos, cosa que a Sam le provocaba gran incomodidad.

Siempre había sido el "hermano pequeño", al que había que proteger, mientras los adultos y Dean (que actuaba como uno de ellos desde que él tenía uso de razón) decidían por él, le ocultaban información "por su propio bien" y evitaban que viera o tuviera contacto con algunas cosas por considerarlo demasiado sensible o joven.

Y era hora que los demás se dieran cuenta que él no era un niño, era un hombre, y un hombre que había podido enfrentar solo al ángel más poderoso: Lucifer. Había estado en el infierno, había visto lo que nadie y seguía allí, íntegro, luchador.

Se merecía la oportunidad de demostrar que sabía lo que hacía. Y dejar viva a Amy había sido su elección.

Tenía buenos motivos para creer en ella, para confiar. Pero Dean lo había arruinado todo. Maldito complejo de hermano mayor heroico que tenía el rubio.

Unos momentos después se encontró en la entrada de la profunda caverna que lo llevaría a las entrañas del antiguo volcán.

Aspiró aire y con decisión comenzó su excursión subterránea. Estaba solo y aunque temprano se había cruzado con un grupo de excursionistas que eran guiados por un guarda parques, luego no había vuelto a ver ningún ser humano. Mejor.

En realidad, no deseaba tener contacto con nadie hasta no resolver sus propios conflictos internos.

Caminó unos metros, la luz natural comenzó a extinguirse lentamente y se le hizo necesario extraer de su mochila la potente linterna que siempre usaba para estos casos.

Lo que vio lo dejó pasmado. La lava había dado origen a formas increíblemente caprichosas, bellas.

Continuó avanzando hacia las entrañas de la tierra. Recordó todas las historias de fantasmas y seres mitológicos que supuestamente habitan las cavernas y sonrió débilmente, preguntándose si tendría que lidiar con alguno.

No tuvo mucho tiempo para seguir meditando en ello, ya que el eco le trajo una conocida voz que lo llamaba: "Sam", "Saaaam": palideció dándose cuenta al instante que era la mismísima voz de Lucifer la que oía.

Rápidamente, se tocó la cicatriz de la herida que aún conservaba en su mano, la misma que Dean le había indicado como el camino a seguir, el modo de luchar contra sus alucinaciones, de distinguir realidad de delirio. El dolor nubló su vista pero surtió efecto: no oyó la voz otra vez. Cuando retomó la caminata se dio cuenta que estaba totalmente bañado en sudor, a pesar del frío que comenzaba a hacer dentro de ese lugar.

Se detuvo en una especie de valle interno, dándose cuenta que llevaba horas allí adentro, estaba agotado y decidió sacar su bolsa de dormir y descansar hasta el anochecer.

Había leído en alguna parte que las noches de luna llena eran el máximo espectáculo natural allí en el parque y no deseaba perdérselo.

Además de que sabía por experiencia que si había algún ser sobrenatural por allí, ese sería el momento para detectarlo, así que se dispuso a esperar tranquilamente.

Pocos minutos después, Sam Winchester dormía profundamente.

Cuando despertó, la oscuridad lo había invadido por completo, a tientas buscó su linterna y juntando sus cosas emprendió el regreso hacia la superficie. A medida que se aproximaba allí, notó algo que nunca era buena señal: había silencio, un silencio sepulcral.

No se oían insectos ni aves nocturnos revoloteando. Ni siquiera parecía haber una pizca de viento. "Estás jodido, Sam" –pensó molesto. "Ahora vas a tener que luchar quién sabe contra qué ente" –se dijo el chico.

Salió a la superficie, aspiró la brisa helada de la noche y de pronto lo vio: estaba frente a él y lo miraba.

No supo exactamente de qué se trataba pero su instinto le indicó que se alejara de allí. El único camino que le quedaba era regresar a la cueva. Así lo hizo, entró corriendo, desvió hacia el sendero de la derecha y tropezó con algo. Cayó, dio con su brazo derecho contra la dura pared de roca, se le escapó un grito de dolor y cuando creía que todo estaba perdido, sucedió lo inesperado: se oyó un fuerte ruido y a continuación un gran derrumbe cubrió la salida de la caverna.

En unos minutos todo había vuelto a estar en silencio y el polvo flotaba en el ambiente abundantemente.

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¿Y?