Aquel horrible monstruo tenía cuerpo de hombre y cabeza de toro. Su enorme nariz se agitaba continuamente mientras esperaba a sus oponentes. Dos brazaletes de plata rodeaban sus anchas muñecas, y cubría su cuerpo con tan solo un taparrabos desgastado. Sus grandes cuernos y su enorme hacha hacían que Oz temblara de terror. Era cierto que la guadaña de B-Rabbit era gigante, pero no tenía nada que envidiar al imponente arma de aquel ser, cuyo filo brillaba amenazadoramente a la luz de las antorchas.

Su fuerte respiración se oía desde la posición en la que se encontraban los miembros de Pandora, que consiguieron apartarse a duras penas cuando la monstruosa criatura embistió contra ellos, de pronto, blandiendo su hacha. Cuando chocó contra la pared con fuerza, un enorme cráter se grabó en la piedra, pero el muro no se derrumbó. El grupo aprovechó aquel momento, en el que el monstruo se había quedado atrapado en la piedra, para escapar e intentar trazar un plan.

— ¡Vamos, coneja estúpida! ¿A qué esperas? —exclamó Gilbert haciéndose oír por encima del estruendo que hacía la cadena.

En ese momento, el monstruo consiguió salir del boquete y girarse hacia ellos, gruñendo amenazadoramente.

—No puedo hacerlo —contestó Alice entre dientes. Gilbert la miró horrorizado, pero Oz solo mostró preocupación. Sabía, por lo que había sucedido con Phoenix, que B-Rabbit solo se manifestaría cuando hubiera una situación de gran necesidad, como ocurrió al peligrar la vida de Cheryl. El chico se preguntó si alguien tendría que estar a punto de morir para que aquella vez también funcionara.

De pronto, cinco cadenas aparecieron al lado de sus contratistas, dispuestas a defenderlos trabajando en equipo, como habían hecho desde que llegaron a la Caja de Pandora.

— ¡Es el minotauro! —Exclamó Rufus, adelantándose con Dodo—. Thaurus es poderoso… Guarda el laberinto por órdenes de Pandora, quien le regaló…

No le dio tiempo a terminar. Thaurus había tratado de descargar su hacha sobre ellos, haciendo que Dodo fintara en el aire, pero Owl detuvo el golpe con sus alas. Cuando Raven, a su lado, intentó alcanzar a Thaurus en el pecho con las alas, este se apartó con destreza, realizando un arco con el arma para alcanzar a Eques, que estaba a su izquierda.

— ¡Eques! —gritó Sharon, pero la cadena estaba preparada: desapareció de pronto, reapareciendo a varios metros de su anterior posición. Thaurus, desconcertado, trató de localizar a la cadena, lo que le dio tiempo a Dodo para contraatacar: se lanzó hacia él, desestabilizándolo y provocando su caída. Sin embargo, cuando Demios alzó una afilada ala, Thaurus rodó hacia un lado y se incorporó con el hacha en alto.

Raven escapó del filo del arma a tiempo, pero algunas plumas negras cayeron en su huida. A pesar de la fuerza de Thaurus, Oz confiaba en que podrían derrotarlo, porque Phoenix era más poderoso que él y salieron victoriosos del enfrentamiento contra el pájaro. Sin embargo, todo había sido gracias a Alice y no estaba seguro de que la chica fuera capaz de adoptar la forma de B-Rabbit en aquellos momentos. Así que esta vez deberían intentarlo sin la ayuda de la poderosa cadena.

Frustrado mientras contemplaba el combate que se libraba ante sus ojos, se preguntó por qué no era capaz de encontrar la forma de liberar el poder de B-Rabbit por su cuenta. Recordaba cuando Gilbert había sellado el poder de Alice, de forma que ella no pudiera usar continuamente su forma de cadena. Sin aquel sello, su poder sería liberado fácilmente, pero ahora Raven no controlaba a la chica y, teóricamente, esta podría transformarse en B-Rabbit cuando deseara, sin ningún control.

Mientras los contratistas de Pandora se levantaban para controlar mejor a sus cadenas, Oz se abrió la camisa con lentitud. Acababa de recordar la consecuencia de firmar un contrato ilegal con una cadena, y quería comprobar cuánto había avanzado su sello, ya que desde hacía un tiempo había dejado de sentir la aguja al moverse sobre su piel. Seguramente fuera porque su cuerpo se había acostumbrado ya a aquella marca, al igual que ocurría con muchos otros contratistas.

Abrió mucho los ojos, sorprendido y horrorizado, al comprobar que la aguja ya casi había recorrido tres cuartas partes del reloj. Eso significaba que no tardaría en descender a las profundidades del Abismo, para transformarse en una cadena y no regresar al mundo que conocía jamás. Había temido aquel momento durante muchísimo tiempo, pero aquella realidad nunca lo había golpeado con tanta fuerza. El chico jadeó al sentir el peso de todo aquello de nuevo, con más fuerza que nunca. Y es que por primera vez era plenamente consciente de lo que significaba el sello que se había grabado en su pecho.

—Oz, ¿te encuentras bien? —Susurró Liam, sobresaltándolo—. Necesitamos a B-Rabbit, ¿crees que podrías…?

Él negó con la cabeza, abatido.

—No, Alice no puede hac…

Sin embargo, fue interrumpido por un sonoro bramido. Alzó la cabeza, asustado, pero se levantó y avanzó hasta situarse al lado de Gilbert para observar lo que sucedía, ya que desde su anterior posición no podía ver gran cosa.

Las cinco cadenas habían rodeado a Thaurus, que gruñía blandiendo su hacha, viéndose acabado. Tenía quemaduras por todo el cuerpo, sin duda provocadas por el fuego violeta de Eques, pero las demás cadenas también estaban en condiciones similares: cortes provocados por el hacha recorrían sus enormes cuerpos, y Oz podía oír sus respiraciones, pesadas y cansadas, algo que nunca hubiera pensado que sería capaz de hacer.

Thaurus, incapaz de rendirse aún, trató de alcanzar con el hacha los cuerpos de varias cadenas, pero estas enseguida se apartaron y volvieron al ataque. Pasaron unos angustiosos segundos en los que las cadenas libraron una silenciosa lucha, que no se decantaba por ninguna de las dos partes.

Sin embargo, Owl consiguió llegar hasta el torso de Thaurus y, con un chillido triunfal, hizo un corte profundo con el ala en la carne del monstruo. Él jadeó, llevándose una pata a la herida.

— Pandora… —sonó de pronto una voz. Más que una voz, parecía un gruñido, de tan grave que era—. Debo proteger a Pandora… No deben cruzar el laberinto…

De pronto, Oz se dio cuenta de que aquellas palabras las había pronunciado Thaurus, que había caído de rodillas al suelo. El joven Vessalius abrió mucho los ojos, sorprendido. Sabía que muchas cadenas podían hablar, no era una novedad, pero nunca hubiera imaginado que aquella también tendría aquella capacidad. Al fin y al cabo, en la Caja de Pandora las cadenas con las que se habían cruzado no eran normales, ni mucho menos. Ni siquiera estaba seguro de que merecieran el nombre de "cadenas".

— ¡Esperad! —exclamó Rufus, alzando ambas manos. Oz giró la cabeza para mirar al duque, asombrado. ¿Se había vuelto loco?

Vincent lo miró también, frunciendo el ceño.

— ¿Qué diablos te crees que estás haciendo? —susurró, irritado. Todos miraron al hombre con reproche. Cheryl creía saber lo que Rufus iba a hacer; al fin y al cabo, siempre estaba dispuesto a recaudar nueva información, a pesar de que estaba claro que aquel momento no era el indicado para ello. Sin embargo, tenía sus dudas. ¿Realmente quería mantener una conversación con aquella cadena, que había intentado matarles para proteger a Pandora? Trató de detenerle posándole una mano sobre el brazo, pero el duque se desasió. Siguió avanzando hacia el horrible monstruo, con lentitud, hasta que finalmente se situó a una distancia poco prudente.

—Thaurus —dijo, dirigiéndose a la cadena—. ¿Puedes hablar?

El monstruo hizo un gesto extraño, como si aquellas palabras lo hubieran ofendido terriblemente. A pesar de la situación por la que pasaban, Oz apenas pudo contener una sonrisa. Pensándolo bien, la expresión de Thaurus podía resultar cómica.

—Pues claro… que puedo… —respondió la cadena. Parecía algo sorprendido de que aquel hombre hubiera decidido bajar la guardia, como si fuera demasiado bueno para ser cierto. Sin embargo, no perdió su ocasión y, levantándose con gran esfuerzo, descargó su enorme hacha sobre el duque, ante la mirada horrorizada de Oz.

¿Es que el duque Barma no había previsto su reacción? ¡Había actuado como un ignorante! El joven Vessalius jamás creyó que pensaría eso del hombre, quien decía saberlo todo.

— ¡Rufus! —chilló Cheryl, corriendo hacia su amigo.

Sin embargo, el duque desapareció justo cuando el hacha rozaba su larga melena, gracias al poder de Eques. Reapareció al lado de Gilbert, muy cerca de Oz. El chico suspiró de alivio, pero se interrumpió en medio del movimiento cuando Thaurus emitió un gruñido sordo.

El ala de Owl le había atravesado el pecho limpiamente, haciendo que algunas plumas negras cayeran al suelo con mágica lentitud. Cuando la cadena retiró su oscura arma del cuerpo del monstruo, este desapareció sin dejar rastro, dirigiendo una última mirada de angustia al grupo. Sin embargo, el hacha que había estado sosteniendo con fuerza hasta apenas unos segundos antes cayó al suelo, provocando un fuerte estruendo.

Rufus esbozó una media sonrisa ante su éxito. Oz no pudo creerlo. ¿Aquel había sido su plan desde el principio? Se imaginó lo que estaba a punto de decir el duque. "Lo sabía. Sabía cuál iba a ser su reacción desde el principio"

Sin embargo, no tuvo tiempo de decir aquello, porque Cheryl le cruzó el rostro de una bofetada. El sonido que provocó el choque resonó por toda la habitación.

— ¡¿Qué te creías que estabas haciendo?! —estalló la duquesa, roja de ira.

Oz podía comprender aquella reacción. Al fin y al cabo, Cheryl realmente había estado preocupada por Rufus, su amigo de la infancia y mayor confidente. Pero, aun así, todos se quedaron estupefactos, en especial Sharon. Nunca había visto a su abuela hacer nada que no mereciera la aprobación de una dama. Al fin y al cabo, era ella misma la que siempre estaba diciéndole que debía comportarse como la señorita que era.

— ¿Ch-Cheryl? —tartamudeó Rufus, que se había quedado sin palabras.

La anciana duquesa se apartó el cabello de la cara con gesto digno y se dio la vuelta. Oz se aguantó la risa cuando vio cómo se la quedaba mirando el duque Barma, con una mezcla de sorpresa, dolor y admiración.

De pronto, oyó un extraño sonido procedente del centro de la habitación. Cuando se giró lentamente para comprobar lo que sucedía, el corazón se le detuvo por un segundo.

— ¡Mirad! —exclamó, apuntando con el dedo índice hacia el origen del sonido.

El hacha que había usado Thaurus para proteger a Pandora se había alzado, como por arte de magia, en medio del aire. Comenzó a perder color hasta que, finalmente, brilló con una luz blanca como la nieve, haciendo que Oz se tuviera que hacer visera con la mano para poder observar lo que sucedía. El hacha aumentó de tamaño, cambiando de forma, hasta presentar la de un círculo luminoso, que acabó posándose sobre el suelo de piedra.

Oz observó cómo aquella luz cegadora los invitaba a salir de allí, cómo les ofrecía la libertad con su cálida llamada. Sin embargo, él tenía claro que no saldrían de la Caja de Pandora. Aún no. No podía ser tan sencillo, era imposible que hubieran entrado en aquel lugar para salir al cabo de apenas un par de días.

Sin embargo, los demás tenían la esperanza de que aquella fuera la salida definitiva. De que pudieran salir por fin de aquella tortura para volver a otra muy diferente, pero sin duda mejor. Los Baskerville.

— ¿A qué esperáis? —Exclamó Alice, corriendo hacia el portal—, ¿a que alguien venga y nos mate? Creo que ya ha habido suficientes intentos de asesinato por ahora.

La chica rio antes de saltar al interior del círculo luminoso, sin dar tiempo a que ni Oz ni Gilbert pudieran hacer nada para detenerla.

Liam se acercó al centro de la habitación, llevando a Break consigo. Le había explicado lo que había sucedido con el hacha de Thaurus, ya que la ceguera del hombre le impedía saberlo por sus propios medios, y Break no había dudado ni un segundo en su decisión de salir de aquella habitación. Era cierto que las fuerzas estaban volviendo a su cuerpo, pero aún necesitaba la ayuda de Liam, algo que realmente odiaba.

—Vamos, Mad Hatter —murmuró el sirviente de Rufus entre dientes, haciendo un esfuerzo por saltar al interior del círculo con Break.

Oz, tomando una súbita decisión, también corrió hacia él y saltó sin pensar, con los brazos por delante, ignorando los gritos de Gilbert, que trató de agarrarlo por la camisa sin éxito. El joven Vessalius rio al atravesar la blanca luz que lo trasladaría a algún otro lugar.

Sin embargo, no importaba su destino, ya no. Lo único que le hacía falta ahora era moverse, avanzar a través de la Caja de Pandora y hallar el final de su complicada aventura. Porque debía haber un final.

Cayó a una velocidad de vértigo a través del portal, sintiendo como si su corazón se hubiera quedado arriba, en la entrada circular. Pasaron unos angustiosos segundos, en los que sintió como si su cuerpo estuviera aplastado por todas partes y no pudiera respirar, hasta que alcanzó el final de su caída.

Cuando, finalmente, su vista se acostumbró de nuevo, después de estar rodeado de la luz cegadora, miró asombrado a su alrededor.

Todos estaban encima de un islote que flotaba en un mar en calma. El océano que los rodeaba era inmenso, y eran incapaces de ver el final de este. Había otros islotes que flotaban sobre el agua, pero Oz no estaba seguro de que pudieran soportar el peso de todos sin hundirse, ya que eran considerablemente más pequeños que aquel en el que se encontraban. Aunque los tamaños eran muy variados, así que probablemente encontraran un islote lo suficientemente grande más adelante.

— ¿Dónde… dónde estamos? —murmuró Sharon, que acababa de aparecer detrás del joven Vessalius.

—Seguimos en la Caja de Pandora… —respondió Liam, confuso.

Rufus, dejando a un lado su orgullo, se estaba quitando los zapatos, ya que teniendo en cuenta el lugar en el que se encontraban, estaría mucho más cómodo sin ellos. Vincent esbozó una sonrisilla al ver los zapatos en el suelo, pero no dijo nada.

—Yo he oído hablar de este sitio —comentó Gilbert, sorprendido.

Todas las miradas se posaron en él, haciendo que el joven Nightray se sonrojara.

—Es cierto —dijo entonces Rufus—. Es la caja de cristal, ¿verdad?

Oz miró de nuevo a su alrededor con renovada curiosidad. ¿Caja de cristal, había dicho? ¿Más allá de aquel océano, probablemente muy lejos, habría una pared de cristal que les impediría escapar?

—No importa cómo se llame este maldito lugar —dijo Alice, sorprendiéndoles a todos—. Tenemos que salir de aquí como sea.

De repente, y sin que nadie pudiera hacer nada, la chica se tiró de cabeza al agua y les invitó a seguirla con una sonrisa socarrona. Después de un momento de duda, Oz se unió a Alice en aquella enorme masa de agua.

—Break, ¿crees que podrás nadar? —preguntó Liam, algo preocupado.

El aludido se desasió de su contacto, demostrando que podía mantenerse en pie perfectamente. Con cuidado, cogió a Emily, que gritó algunas palabras de protesta, y se la metió en un bolsillo del pantalón para que no se perdiera en el océano.

Break soltó una risa malévola y, cayendo al agua mientras abrazaba sus piernas con los brazos, provocó una gran ola de agua que empapó a todo el grupo. Liam suspiró aliviado cuando vio que el hombre podía mantenerse a flote solo y también se tiró al agua.

Una vez que todos estuvieron dentro, comenzaron a nadar sin rumbo aparente. Ninguno de ellos sabía a dónde se dirigían, pero el único objetivo que podían vislumbrar de momento era nadar hasta que se sintieran cansados. Entonces, se subirían a un islote y comerían para después retomar el camino.

Oz sabía que aquello sería igual de duro, e incluso más, que caminar durante todo el día, pero no puso ninguna objeción a la decisión silenciosa de todos ellos. Siguió nadando, siempre avanzando.

Tras lo que le parecieron horas, Break se detuvo con cansancio. El joven Vessalius sabía que el hombre odiaba retrasar al grupo, que quería ser igual de útil y valioso como cualquier otro miembro de Pandora, pero últimamente sus habilidades habían menguado considerablemente; no solo por su ceguera, sino también porque su cuerpo había comenzado a resentirse por las heridas del pasado desde que fue capturado por los Baskerville, e incluso desde antes. Además, Mad Hatter, su propia cadena, atacaba la salud de Break cada vez que este la invocaba, por lo que no debía usarla. Aquello acentuaba su sensación de inutilidad, pero era necesario para mantenerlo con vida.

Con tristeza, Oz pensó que Break moriría, probablemente, antes de que él mismo cayera a las profundidades del Abismo. Y sabía que eso produciría verdadera tristeza a todo Pandora, a pesar de las continuas bromas de Break y su pereza. Y es que era él quien daba un poco de color a la rutinaria vida que seguían todos en el trabajo.

—Deberíamos parar durante un rato —dijo Sharon, preocupada por su sirviente.

—No hace falta… —comenzó Break, pero fue interrumpido por la dama.

— ¡Sí que hace falta, Break! ¡Sube a un islote ya!

Cuando se hubieron subido al islote más cercano, que era bastante grande, Oz se sintió aliviado. Él tampoco habría aguantado mucho más en el agua.

Aprovecharon la pausa, como habían planeado anteriormente, para comer y beber, descansando de aquel largo trayecto a nado.

Sin embargo, fue una comida silenciosa. Nadie hizo ningún comentario. Oz no estaba seguro de si era porque todos estaban fatigados o porque sus esperanzas habían sido golpeadas una vez más al descubrir que la Caja de Pandora continuaba. Pero él tampoco dijo nada.

Estaba pensando en que era una suerte que no se hubieran encontrado con ninguna cadena por el momento cuando, de pronto, oyó cómo algo cortaba el aire. Estaba a punto de gritar una advertencia cuando oyó una exclamación ahogada.

— ¡Vincent! —exclamó Gilbert, sosteniendo a su hermano.

El joven se había puesto muy pálido, y Oz pudo ver que una espina de color negro, muy afilada, se le había clavado en el costado.

— ¡Al suelo! —gritó Liam.

— ¡Dodo! —llamó Rufus, casi a la vez que su sirviente.

Oz alzó la cabeza, confuso, ignorando la advertencia de Liam. Entornó los ojos, tratando de encontrar al ser que los amenazaba.

Sin duda, la figura que saltaba con agilidad de un islote a otro era una cadena nueva, otra de las sorpresas que les reservaba la Caja de Pandora. Sorpresas no muy agradables, la verdad.

Oz no pudo verla bien del todo, pero a medida que se fue acercando averiguó más detalles sobre su aspecto.

Su rostro era humano, algo que contrastaba considerablemente con el resto de su cuerpo, que era de león. Sin embargo, de su cabeza salían dos largos cuernos, eliminando cualquier sensación de humanidad que pudiera transmitir. Tenía cola de escorpión; Oz decidió que, probablemente, de allí habría salido la espina que se había clavado en el costado de Vincent.

Aquella extraña combinación de rasgos animales, pensó Oz, recordaba mucho a la Chimera, aunque no tuvieran mucho que ver. De hecho, Oz había leído en alguna parte acerca de una criatura similar a aquella cadena. La llamaban mantícora. En su interior, decidió llamar a aquella cadena Manthicore, en contra de la "tradición" del duque Barma de bautizar él mismo a todas las cadenas de la Caja de Pandora. Simplemente lo hizo para poder tener algún nombre en mente, en vez de "cadena" o "monstruo", y poder reconocer a aquel ser más adelante.

Gilbert también llamó a Raven, pero estaba muy pendiente de su hermano. Había averiguado que la espina era venenosa, y temía seriamente por la vida de Vincent. Oz pensó que aquello era irónico; al fin y al cabo, era Vincent el que siempre fabricaba venenos, y el joven Vessalius nunca habría imaginado que aquello se volvería en su contra.

Pronto, cuatro cadenas se habían lanzado contra Manthicore, ya que Demios no podía actuar en aquel momento. A medida que la lucha se desarrollaba, Oz averiguó que, efectivamente, la cadena de cuerpo de león era capaz de lanzar más espinas venenosas por la cola, lo que provocó que más de una vez tuviera que agacharse o contorsionarse de formas extrañas para esquivarlas, al igual que los demás miembros del grupo.

Sin embargo, era evidente que Manthicore no se trataba de una cadena demasiado fuerte, por lo que acabaron con ella enseguida sin grandes heridas.

En aquel momento, el peor de sus problemas era Vincent. El veneno no actuaba demasiado rápido, pero ya se estaba extendiendo lentamente por su cuerpo, recorriendo venas y arterias como si fuera el aliento de la muerte. No sabían qué usar como antídoto, ya que entre las cosas que Cheryl se había llevado de la habitación en la que habían caído al principio no había ninguna ampolla que pudiera contener la salvación del joven.

—La… sangre… —susurró Vincent—. Probad con… la sangre…

— ¿La sangre? —preguntó Oz, confuso—. ¿De qué habla?

Vincent esbozó una mueca de frustración, que enseguida fue sustituida por otra de dolor. Gilbert lo miraba con angustia, sintiéndose inútil.

—La… ampolla… Yo… la cogí…

De pronto, el joven Nightray tosió violentamente. Oz comenzó a pensar que no sobreviviría, que aquel veneno resultaría letal…

…pero Gilbert sabía qué hacer. Lo había comprendido.

Buscó por los bolsillos de la ropa de Vincent hasta dar con su objetivo: una ampolla con una sustancia negruzca en su interior, que parecía bastante viscosa. Oz iba a preguntar qué diablos era aquello cuando comprendió todo de repente, al igual que Gilbert segundos antes: aquella era la sangre de la primera Chimera contra la que se habían enfrentado, cuando Vincent se acercó a recoger muestras de la asquerosa sustancia. Por suerte, la sangre aún no se había coagulado del todo, por lo que Vincent podría bebérsela.

Gilbert destapó el pequeño recipiente, tendiéndoselo a Vincent. Oz esbozó una mueca de asco mientras el envenenado bebía la sangre de Chimera, y apartó la mirada.

Cuando Vincent le tendió la ampolla vacía a Gilbert parecía encontrarse mejor. Tras unos minutos realmente angustiosos, que pasaron como si de horas se tratasen, el rostro de Vincent comenzó a ganar color de nuevo y todos pudieron permitirse un suspiro de alivio.

—Parece que seguimos sin poder librarnos de las cadenas, ¿no? —comentó Break.

—De todas formas, Manthicore no era tan poderosa —respondió Oz, pero luego se dio cuenta de que solamente él había nombrado al monstruo de aquella forma en su mente.

Sin embargo, todos supieron a qué se refería. Rufus esbozó una media sonrisa, pero no dijo nada al enterarse del nuevo nombre de la criatura.

—Creo que nos encontraremos a más Manthicores con el tiempo —dijo Liam, algo preocupado—. Y espero que la próxima vez estemos preparados, porque ya no queda más sangre de Chimera.

Oz lamentó no haber cogido más muestras, pero al principio no sabían nada de todo aquello, por lo que el solo hecho de haber cogido un poco ya era una suerte.

Después de aquella pausa, cuando se hubieron asegurado de que Vincent había recuperado sus fuerzas, saltaron de nuevo al agua y comenzaron a nadar de nuevo. Mantenían un ritmo lento, ya que Break tenía que hacer enormes esfuerzos para avanzar, pero aquello era mejor que nada y no habían visto ningún posible medio de transporte en el que viajar.

Pero Oz tenía la esperanza de que encontrasen una barca en alguna parte, aunque fuese pequeña y no cupieran todos, ya que ello facilitaría considerablemente su cansado viaje.

De vez en cuando había pequeñas corrientes, provocadas, seguramente, por la propia Pandora, pero ellos conseguían escapar de ellas, no sin hacer un titánico esfuerzo.

Cuando pararon de nuevo para reponer fuerzas decidieron que era hora de dormir, ya que aquel había sido un día duro y no sería fácil continuar si no descansaban adecuadamente. Sin embargo, Rufus insistió en que haría guardia y, como no parecía dispuesto a ceder, permaneció despierto, velando el sueño de los demás.

Oz se tumbó sobre la capa de Gilbert, ya el contratista de Raven había insistido en que la utilizara. De pronto, el joven Vessalius recordó el extraño sueño que había tenido la última vez que había dormido, antes de enfrentarse a Thaurus. No había pensado en ello desde que lo había tenido, pero sospechaba que no era casualidad que aquellos recuerdos afloraran de nuevo a su mente.

Y es que eso eran, recuerdos. No suyos, sino de Jack, pero lo eran. Al principio había pensado que no tenía importancia, que seguramente había soñado con aquello simplemente porque aquellos días había sufrido enormemente con toda la verdad sobre la Tragedia de Sabrie y sobre él mismo, y su mente no podía escapar de aquel torbellino de continua información que le había atrapado.

Sin embargo, estaba casi totalmente seguro de que aquella noche continuarían los recuerdos. Y es que cuando despertó la última vez el sueño se había quedado a medias. No había podido continuar porque Alice le había despertado y debían ponerse en marcha, pero estaba ansioso por descubrir si sus suposiciones eran ciertas.

Tardó bastante en quedarse dormido pero, cuando lo hizo, experimentó una profunda sensación de alegría.

— ¡Jack!

Oz abrió lentamente los ojos. Al principio todo le pareció una mancha borrosa, pero cuando hubo pestañeado un par de veces su vista se acostumbró a la luz, permitiéndole distinguir las formas.

Estaba tirado, de nuevo, en el suelo de piedra, tapado con una sucia manta. Delante de él estaba la extraña chica de cabello negro y ojos rojos, removiendo con una cuchara algo que olía muy bien desde dentro de una olla, que estaba posada en el suelo.

— ¡Despertaste justo a tiempo! —Exclamó, feliz, cuando vio que el joven abría los ojos—. ¡He traído comida! ¡Comámosla juntos!

De pronto, Oz notó cómo sus tripas rugían, protestando. Estaba realmente hambriento, pero lo cierto era que aquella chica lo confundía tanto que no se daba cuenta del todo.

—Te desmayaste de hambre, ¿cierto? —continuó diciendo la chica. Después, sin esperar una respuesta, añadió—: Traté de convencer a los dueños de la tienda de que me dieran lo que necesitaba, pero se negaron. Así que la robé. También traje cucharas —dijo, agitando los cubiertos con la mano—, una bufanda, algo de ropa y…

Pero Oz había dejado de escucharla. La contemplaba, entre fascinado y aterrorizado sin saber muy bien por qué. Aquella era, definitivamente, una chica extraña. Lo cierto era que no comprendía muy bien por qué cuidaba de él, por qué se tomaba tantas molestias por ayudarle, pero lo agradecía sinceramente.

—Tú… —comenzó a decir el joven Vessalius. Sin embargo, la joven no lo dejó acabar.

—Oh, y… —comenzó a rebuscar entre los objetos esparcidos por el suelo mientras seguía hablando—. ¡Ya que estaba cogiendo lo que necesitaba, también traje estas! —Oz no supo a qué se refería hasta que vio las tijeras en la mano de la chica—. ¡Tachán!

Después de ver los cambios repentinos de emoción de la joven, no sabía si debía asustarse ante la idea de que pudiera tener un arma o, simplemente, dejar que hiciera lo que debiera hacer.

Sin embargo, cuando ella le indicó que se girara y tomó un mechón de su cabello para comenzar a cortarlo decidió dejarle, ya que no le venía mal un corte de pelo.

Cuando ya habían caído varios mechones cortados al suelo, la muchacha comenzó a hablar de nuevo, rompiendo el silencio.

—Jack, tú eres… ¿Eres de la familia Vessalius?

Oz se giró repentinamente, olvidando la tarea de la joven, para mirarla con horror.

— ¿P-por qué? —tartamudeó nerviosamente. ¿Cómo era posible que aquella chica lo supiera? ¿Cuánto sabía realmente sobre él?

—Tienes el símbolo de la familia Vessalius colgando de tu muñeca —respondió simplemente, haciendo que Oz se sintiera un poco ridículo.

El chico se miró la muñeca y se dio cuenta de que, efectivamente, había un colgante en ella. La cuerda que lo sostenía había sido enrollada repetidas veces en el brazo, con el objetivo de sujetarla firmemente. La hermosa joya llevaba grabadas dos alas emplumadas, en cuya cima había una corona. Lo reconoció porque, en efecto, aquel era el símbolo de su familia.

—Es… Esto es un recuerdo de mi madre —murmuró con timidez. Por alguna extraña razón, tuvo la sensación de que aquello era un secreto que llevaba guardando mucho tiempo y que jamás había contado a nadie.

— ¿Tu madre? —preguntó la chica con curiosidad. De pronto, se dio cuenta de que su labor había sido interrumpida y agarró la cabeza de Oz para girarla de nuevo—. ¡Oye! ¡La cabeza al frente!

Como si el joven Vessalius no hubiera comentado nada, la chica siguió cortando el rubio cabello del chico. Sin embargo, este intuyó que ella seguía queriendo saber la historia detrás de aquello.

—Mi madre… ella me dijo que yo era el hijo de un noble… —comenzó, indeciso—. De la familia Vessalius.

— ¿Eres el hijo de una amante?

Oz se removió, incómodo. Sin embargo, decidió continuar su relato.

—Mi madre fue una idiota… Aun cuando fue abandonada, ella siguió creyendo que mi padre un día regresaría a por ella… Poco a poco, se volvió loca.

La chica parecía comprender aquella historia. Oz supo que haría bastantes preguntas, pero no le importó.

— ¿Tú odias a tu padre? —preguntó la chica, confirmando las sospechas del joven Vessalius.

Las palabras brotaron de los labios de Oz sin que este pudiera impedirlo, como ya había sucedido tantas otras veces. De todas formas, se había acostumbrado a aquella sensación.

—No solo a él… A mi madre también… y a todo el mundo. Pero… ya no me importa —respiró hondo mientras sentía las tijeras de la chica cortando su cabello—. Ya lo he… perdido todo… —un sentimiento de angustia lo invadió lentamente.

Se dio cuenta, de pronto, de que la chica había dejado de cortarle el pelo. Aquello preocupó a Oz pero, cuando se estaba girando para ver lo que sucedía, sintió un dolor punzante en la oreja. Todo comenzó a girar…

Y Oz despertó de pronto, sumido aún en las brumas del sueño. Sin embargo, sintió cómo alguien lo sacudía por el hombro y, cuando al fin se despejó, pudo comprobar que aquella persona era Gilbert.

— ¡Vamos, Oz! ¡Levántate! —exclamó el joven Nightray con brusquedad.

El chico, aún confuso, se llevó una mano a la frente. Cuando se incorporó, ayudado por su sirviente, sintió un pequeño mareo, pero enseguida se recompuso. Estaba algo apenado por la interrupción de su sueño, pero en cuanto vio la expresión del contratista de Raven comenzó a darse cuenta de que quizá estuvieran en peligro. Se frotó los ojos mientras preguntaba, preocupado:

— ¿Qué sucede, Gil?

—Otra cadena —respondió el aludido entre dientes—. No estoy totalmente seguro, pero es probable que así sea. Y no es una Manthicore.

Oz abrió mucho los ojos, con sorpresa, y se apresuró a comprobar las palabras de su sirviente. Cuando miró más allá, hacia el lejano horizonte, la vio: una cola, sin duda de alguna clase de animal acuático, y de gran tamaño, se asomaba a intervalos regulares mientras la criatura nadaba. También se podía ver una afilada aleta asomando por la superficie del océano si uno se fijaba mucho. Su corazón se paralizó durante unos segundos al constatar que aquella no sería una de las cadenas "sencillas", si no que probablemente sería de las poderosas, a juzgar por su tamaño. Además, a medida que el monstruo avanzaba, grandes olas se levantaban en el mar que lo rodeaba. El joven Vessalius temía que aquella fuese su forma de atacar a sus oponentes, porque en ese caso sería muy difícil derrotarla.

Sin embargo, decidió que, en vez de quedarse parado, debía avisar a todos los demás para prepararse, ya que la cadena avanzaba a una velocidad increíble.

Pero cuando se acercó a Rufus para comentarle aquello, el duque ya miraba hacia la cadena, preocupado, al igual que todos los demás.

—Es Leviathan —dijo el hombre, frunciendo el ceño—. Y viene con su contratista.