Capítulo 4: Incidente AH/MDG
Anteriormente, en Inframundo:
Meshkiac, antiguo Protector ya fallecido, explicó a Walt en un sueño que podía canalizar el poder de la Isla y que debería tomar una decisión. Asimismo, meses antes de viajar en el tiempo, Michael le contó que podría ayudarle a él y a muchos otros en su situación si entendía qué era el sacrificio.
En tiempos de los egipcios, Nem, la guerrera que interceptó al grupo, llevó a Walt ante Puabi, la mujer que en enero de 2.011 buscaba a Miles antes de ser asesinada. Ésta incluyó a Walt en un grupo de presos guiados por unos egipcios que conocían a Puabi por el nombre de Iseret.
Llevaron a los detenidos hasta un recinto en que les hicieron una prueba. Cuando Walt la superó canalizando el poder de la Isla para salvar su vida en el último momento, Serot ordenó que lo llevaran al Mausoleo.
Por su parte, Naunajté confesó a Miles que había matado a Nerea y lo amenazó para que la llevara hasta donde habían escondido el papiro con las últimas voluntades de Khuenatón.
Día 2, 9:18 h. - Poblado egipcio
Amenemap era el líder de los egipcios en la Isla. Su cultura no admitía discrepancias con quien estaba al mando: todos le obedecían y lo reverenciaban, pero su vida repleta de lujos y placeres no llegaba a satisfacerlo y él no entendía bien por qué. Su rostro mostraba un constante gesto de insatisfacción y demasiadas arrugas le hacían parecer prematuramente envejecido sin que sus estanterías repletas de lociones pudieran hacer nada por evitarlo.
Despertó sobresaltado por un sueño incómodo que no consiguió recordar. A su lado dormía en absoluta calma Nebet, su joven amante, desnuda y espectacular. Amenemap apartó en silencio su reposacabezas de madera y se sentó para mirar cómo dormía. Le maravillaba su respiración sosegada y regular. Ella era lo único que lo calmaba en su mundo miserable.
Esperó con paciencia hasta que Nebet se movió y entonces interrumpió su sueño tocando levemente su hombro.
—¿No puedes dormir? —preguntó somnolienta.
Amenemap esperó a que se incorporara y se frotase los ojos.
—Nunca les importará lo que haga —se lamentó—. Nunca dejarán de medir mis logros comparándolos con los de Khuenatón.
—No tienes que llamarlo como ellos, le das demasiada importancia —lo consoló Nebet—. Antes de llegar aquí se llamaba Hamset, conocí a un pastor que se llamaba igual.
Amenemap estaba inmerso en su autoflagelación y no pareció oír sus palabras.
—No está bien que lo critique. No es correcto atacar a un muerto.
—Todos los faraones necesitan odiar a alguien que les ha precedido. Borrar los logros de antiguos señores es la cosa más natural.
—¿Me ves como un faraón?
—¿Tú no?
Amenemap nunca había imaginado que fuera tan importante a sus ojos. Se quedó un rato pensativo y después se levantó hacia su ropa. No quiso llamar a nadie para que le vistiera.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Nebet acariciándose los muslos de un modo más que insinuante.
—Tengo que hablar con Serot. Dijo que es importante.
Nebet suspiró decepcionada.
—A veces parece que eres tú quien rinde cuentas ante él.
—¡No vuelvas a ser tan insolente! —amenazó apretándole el cuello con su gran mano. Soltó antes de que ella se quejara—. Es solo... que Serot es importante. Sabe muchas cosas que nos pueden ayudar.
—Como cuando inventó el desagüe para invocar al humo o le construyó esa cámara bajo el Templo... ¿Eso nos ayuda?
—No entiendes nada —afirmó con desprecio—. Dijo que los terremotos de los últimos días anunciaban la llegada de una nueva era. Si la estatua hace lo que Serot ha prometido... Nada impedirá que mi dinastía gobierne la Isla hasta el final de los tiempos.
—¡Me aterra esa estatua! —se quejó Nebet—. ¿Puedes confiar en la diosa Tueris? Concubina de Seth, el señor de la tinieblas...
—Eso son cuentos para niños. ¿Por qué serás siempre tan desconfiada...? —sonrió relajado—. Eso será lo que me gusta tanto de ti.
Amenemap terminó de vestirse y abandonó sus aposentos dejándola volver a dormir.
12 de diciembre de 1.985 - Barracones Dharma
Horace salió al alba de casa, una rutina que cumplía diariamente desde hacía más de dos años. Su labor como matemático de Dharma no le exigía una gran dedicación, así que tenía tiempo para dedicarse a la actividad que más le motivaba.
Se dirigió hacia el norte con su furgoneta, conduciendo con cautela y tratando de no salirse de las rutas que la experiencia había marcado como más seguras. La valla sónica protegía a los miembros de Dharma del monstruo, pero fuera quedaban a su merced, además de que eran frecuentes los enfrentamientos con los Hostiles. La tregua parecía hacerse más endeble día a día, y cada pequeña fricción se convertía en un problema que él debía solucionar.
Horace detuvo su furgoneta cerca de la entrada a la biblioteca que construyeran los egipcios miles de años atrás. El acceso seguía realizándose a través del túnel vertical de piedra, pero ahora un portón con logo de Dharma impedía el acceso a los extraños.
Aunque era demasiado temprano para cualquiera, en la biblioteca ya había un trabajador absorto en los papiros. Habían montado allí un laboratorio con el mejor instrumental de la época.
—Buenos días, Zed —saludó Horace efusivamente. Cambió la cafetera de su colega por una recién preparada—. ¿Tenemos algo?
Zed vestía un mono reglamentario de Dharma con el logo de un escarabajo con las alas desplegadas. Tenía el pelo revuelto, necesitaba un afeitado y apestaba a sudor. Se giró mirándolo con un cigarro medio consumido colgando de sus labios y pensó que sería mejor que Horace lo viera por sí mismo.
Había pasado la noche como los diez años anteriores, recuperando restos quemados de papiros. Era una tarea complicada y desmotivadora con la que nunca conseguía más que piezas de un puzle que no sabía cómo encajar. Por suerte, su perseverancia había tenido recompensa y el informe de esa noche relataba un hallazgo importante.
Horace echó un vistazo y su cara pasó de la incertidumbre a la sorpresa y la euforia en menos de un segundo. El miembro de Dharma que Miles y Nerea encontraron guardando la biblioteca había escrito más de tres milenios atrás una lista con los documentos más importantes que sobrevivieron al incendio.
—¡Bien por nuestro viajero del tiempo! —gritó Horace brindando con una taza de café.
—Sí, es genial para nosotros —respondió Zed con cierta ironía—. Pero no creo que ese pobre tipo, fuera quien fuera, esperara morir ahí sentado. A este paso creo que voy a acabar igual.
—Tienes que ser un poco más positivo, y más ahora. ¡Fíjate! Había un papiro con las últimas intenciones de Khuenatón, ¡es perfecto!
—¿Perfecto? Sí, sería perfecto encontrarlo. Pero hemos catalogado todo lo que había aquí, ¿cuántas? ¿Unas cien veces? Y ese papiro no está.
—Eso ya lo sabía Jacob. Basta con buscarlo en el momento adecuado.
Día 1, 17:29 h.- Oeste de la Isla
Naunajté no se separaba de Miles ni un instante. Mantenía la atención sobre él como un perro de presa sin soltar un momento su afilada daga. Nau sabía que la biblioteca estaba a menos de dos horas de camino, por lo que gritaba una y otra vez a Miles para que se moviera deprisa. Éste se quejaba de cansancio y dolores difusos y trataba de distraerla hablando de cosas intrascendentes, sin conseguir encontrar la mínima oportunidad para escapar.
Llegaron a la zona en que Miles aseguró que Nerea había ocultado el papiro de Khuenatón, pero por más que lo intentó no encontró nada. Explicó que lo había enterrado dos pasos a la izquierda de un peculiar árbol con tronco retorcido, pero no hubo manera de distinguir cuál era; en aquella zona todos los árboles parecían clonados.
La noche llegó puntual, oscureciendo rápidamente el lugar. Entre las frondosas ramas y el cielo cargado de nubes no había estrella que iluminara lo más mínimo. Miles hizo ademán de parar pero Nau encendió una antorcha y le obligó a seguir buscando. La luz del fuego debía ser suficiente para encontrar el lugar, pero Miles lo intentó sin éxito un rato más y aseguró que era incapaz de orientarse.
—Nerea fue la que enterró el papiro, yo no me fijé muy bien —se excusó—. Lo mejor sería llegar a la biblioteca y volver hacia atrás por el camino que hicimos, así estoy seguro de que lo encontraría.
Naunajté estaba cansada de sus tonterías y temía que estuviera tramando algo, así que decidió que esperarían al amanecer para continuar la búsqueda. Miles no dijo una palabra más y se recostó para descansar. No tardó ni un minuto en quedarse dormido, completamente exhausto. Nau desconfiaba esperando que éste intentara algo en cualquier momento, por lo que no durmió y se mantuvo en la misma posición vigilante hasta bien entrada la madrugada.
Miles se despertó agitado en mitad de la noche. Durante un buen rato fue feliz soñando con Nerea, hasta que vio a Naunajté acuchillarla del modo más despiadado. Al despertarse pensó que todo había sido un mal sueño, pero la realidad lo sacudió al ver que Nau lo miraba como si fuera a cazarlo. Bostezó un par de veces y se puso de pie sin pedirle permiso.
—¿Adónde crees que vas?
—Al arroyo, tengo sed. Tengo la lengua tan seca que podría encender una cerilla.
—No irás a ninguna parte. Túmbate y será mejor que descanses. En cuanto salga el primer rayo de sol no vas a parar de buscar.
—Si no bebo algo no voy a ser capaz de volver a dormirme —se quejó—. Deberías haber compartido un poco de tu cantimplora.
Nau estaba asqueada de permanecer despierta, pero sería aún peor tenerlo haciéndole compañía. También prefería reemprender la marcha por la mañana con la cantimplora llena, así que le indicó con un gesto que se pusiera en marcha.
Llegaron al río junto al que los egipcios habían establecido su poblado, aunque a esa altura del cauce había muchas más piedras que agua. Miles paseó por los incómodos cantos rodados y se arrodilló para beber sin ninguna prisa.
—Puedo leer tu pensamiento —aseguró Nau—. Estás mirando demasiado esas piedras. ¿Qué crees, que podrás coger alguna sin que te vea? ¿De verdad te atreverías a abrirme la cabeza con ella?
Miles se puso en pie y abrió sus manos tratando de calmar su creciente agresividad.
—¡Antes de que movieras un solo dedo podría ensartarte con esto como a un jabalí! —gritó como si no pudiera estar más ofendida.
De repente un potente sonido grave llegó de todas direcciones, al tiempo que el suelo volvía a temblar, esta vez con tanta violencia que casi cayeron al suelo. Las sacudidas produjeron que un árbol crujiera detrás de Nau, haciendo que se girara instintivamente. Miles no lo dudó un instante y echó a correr como un loco por el cauce, tan rápido que deseó que hubieran podido cronometrarlo.
Acertó que Nau no podría seguirle sobre semejantes piedras con las finas sandalias que usaba, así que ésta trató de acertarlo a distancia con su daga. Se tomó su tiempo y cerró un ojo para apuntar mejor; no tenía más que una oportunidad y además de que todo seguía temblando, Miles corría dando tumbos impredecibles de uno a otro lado. Disparó hacia el punto donde calculó que estaría, pero en el último instante éste dio un quiebro y la daga pasó de largo. Miles gritó de emoción sin dejar de correr mientras Nau maldecía lanzándole piedras sin la fuerza suficiente.
El movimiento sísmico llegó a su fin y Miles continuó su avance como si lo persiguiera un ejército. Intentó seguir en línea recta, temiendo que Nau supiera orientarse mejor que él y lo sorprendiera apareciendo por delante. Se cansó mucho antes de lo que habría deseado, y aunque intentó seguir avanzando empezó a marearse e incluso tuvo algunas arcadas. El miedo lo motivaba mucho más que su malestar, por lo que continuó con pasos tambaleantes hasta llegar al auténtico lugar en que Nerea había ocultado el papiro. Estaba enterrado junto a una roca característica, en una zona que conocía a la perfección.
Después de un buen rato de miedo y oscuridad se sintió totalmente perdido. Apenas distinguía detalles de lo que tenía más cerca y en el silencio hasta el ruido más nimio parecía la amenaza más seria. Anduvo girando la cabeza de un lado a otro, tenso ante la expectativa de ser cazado. En un momento en que solo deseaba que su final fuera rápido, sintió un tacto extraño bajo sus pies y se percató de que acababa de cruzar un círculo de ceniza. Recordaba haberlos visto en el Templo, y aunque no supo si sería obra de amigos o enemigos optó por quedarse en el interior.
Se giró una última vez para asegurarse de que Nau no lo seguía y cuando se disponía a seguir su camino se dio cuenta de que una cabaña había aparecido frente a él.
12 de diciembre de 1985 - El Bastón
El día de Horace prometía ser intenso. No había llegado a los barracones cuando una llamada urgente a su walkie-talkie le hizo poner rumbo a El Bastón.
Thomas Mittelwerk trabajaba fuera de la Isla para la Fundación Hanso, hasta que lo reclutaron para la Iniciativa Dharma poniéndolo a cargo de la investigación médica. Mantenía una disciplina casi militar en la estación y siempre solía haber bastante personal por allí, pero esa mañana solo quedaba Thomas en El Bastón.
—Ya sabes lo que yo investigo aquí —aseguró Mittelwerk con nerviosismo en cuanto Horace se bajó de la furgoneta—. Siempre he dicho que los problemas con los embarazos son la consecuencia, no la causa, que teníamos que tener un punto de vista más amplio. Todo está relacionado con la enfermedad.
—Sí, me lo has contado unas cuantas veces, sí.
—Ya hemos visto en los experimentos que los conejos y los monos rhesus se infectan durante el embarazo y que la enfermedad afecta a madre e hijo. Según como sea la gestación, unos mueren y otros sobreviven, pero los que salen adelante tienen el riesgo de tener cambios severos en su personalidad. Siempre hemos asumido que era por culpa del electromagnetismo, pero solo porque no hemos identificado el agente responsable. Lo más curioso es que no hemos observado patrones anormales de funcionamiento neuronal, y...
—No te vayas por las ramas. ¿Entonces has encontrado el factor desencadenante?
—No. Pero he conseguido revertir el proceso.
—¿Qué?
—Ayer estaba probando una de esas series de sueros que recibimos. Era otra más entre tantos envíos de suero y ya habíamos visto que no tenía efecto, pero de repente, sin hacer nada especial, ha comenzado a funcionar.
—¿De repente?
—Obsérvalo tú mismo.
Thomas encendió un aparato de vídeo beta. La grabación mostraba a un conejo atacando repetidamente a varios compañeros de jaula que no se defendían ni lo provocaban de ningún modo. Después lo separaban del resto tras unos barrotes y el conejo seguía lanzándose insistentemente contra ellos, sin importarle los golpes ni la sangre que caía de las brechas de su frente.
—La enfermedad lo ha infectado por completo, ¿no? —aclaró Thomas—. Pues mira ahora.
Él mismo inyectaba en el conejo un vial de suero CR 4-81516-23 42.
Después de un corto momento de letargo, los barrotes fueron retirados y el conejo volvió a compartir unas bayas con sus compañeros sin que quedara en él ni rastro de furia.
—¿Qué hiciste a esos sueros? —exclamó Horace. No podía creerse lo que veía.
—¡Nada! Los tengo en temperatura controlada, no he tocado más que las muestras de las pruebas.
—Es... ¡magnífico! ¡Esto es más que un salto cualitativo!
—Eso parece, pero tengo mis dudas, Horace. Si estos sueros continúan cambiando sin que sepamos por qué no valdrían para nada. Aunque los pacientes consiguieran sobrevivir, los efectos sobre su personalidad podrían ser catastróficos. No entiendo qué ha pasado, es como si... alguna fuerza los hubiera activado.
—Tienes razón... Hay que averiguar qué ha cambiado antes de hacer nada.
Como si se hubiera activado con su voz, el ordenador de la estación mostró un mensaje que Radzinsky enviaba desde El Cisne. Las computadoras de diagnóstico habían detectado una anomalía que señalaban con el código AH/MDG.
—¿Qué significa esto? —preguntó Mittelwerk.
—¿Y tú me lo preguntas? Es un código de la Fundación Hanso, Alvar Hanso comenzaba todas las claves con sus iniciales. Este código significa "magma derived growth".
—¿Un crecimiento... de la actividad volcánica de la Isla?
—Me temo que sí. Debo ver a Pierre Chang.
Día 2, 5:53 h. - Oeste de la Isla
La cabaña era una rudimentaria construcción de ladrillos de adobe, bastante más primitiva que la de Jacob. La endeble puerta estaba formada por un conjunto de listones irregulares de madera, cuyas rendijas permitían ver el interior. Miles curioseó antes de entrar, descubriendo una austera habitación salpicada de tinajas y escasos utensilios de cerámica y vidrio. No había nadie dentro.
—Está abierta —aseguró una mujer desde el interior.
Miles se sorprendió y empujó temeroso la puerta, descubriendo que Puabi lo esperaba resplandeciendo de un modo casi místico. Vestía un luminoso kaunakes de lana blanca, una larga prenda plisada con un tirante que cruzaba sobre un pecho dejando al aire el otro.
—¡Eres Puabi! —exclamó con una mezcla de sorpresa y alivio—. Yo te vi... Bueno, en tu futuro. Creo.
—Supongo que tienes muchas preguntas que hacerme.
—No sé si tantas... Hablas inglés, pero yo también, así que no es tan raro. Te vi ayer, o anteayer... en 2.011. Estabas muerta, te habían asesinado. ¿Sabes por qué me buscabas?
—Como puedes comprobar aún no he vivido eso, Miles. Sí puedo adivinar que sería necesario para que volvieras a la Isla.
Miles iba a contradecirla, pero luego entendió que la incomprensión que sintió al verla morir pensando en él había sido el motivo por el que se había ido conduciendo con su coche. Volviendo desde sus recuerdos creyó oír un ruido, como si alguien arañara una madera, pero Puabi no pareció oírlo. Transmitía serenidad con su cálida mirada.
—Lo estás pasando muy mal por ella, ¿verdad?
—¿Conocías a Nerea?
—No personalmente. Digamos que nos unen intereses comunes.
—¿Y cuál es tu historia? ¿Estás con los egipcios o vas contra ellos?
—Ambas cosas —respondió con tono enigmático—. Si no tienes más preguntas, ya puedes darme el papiro que Nerea te confió.
Miles dudó. Nerea no le había contado cuál era su plan, aunque reconoció que no conocía a Puabi menos que a cualquiera de los otros y su respuesta no tenía sentido si hubiera querido convencerle de que sus intenciones eran limpias. Además había tenido la delicadeza de no amenazar con matarlo. Volvió a oír una especie de quejido ahogado, pero no le hizo caso y se llevó la mano al bolsillo.
—Aquí está. Un poco doblado pero se puede entender.
—No puedo leerlo —aseguró Puabi.
—¿No? Hablabas en egipcio cuando nos entregaste al monstruo, Iseret.
—La mayoría de los egipcios no sabe leer ni escribir, Miles. Aunque ése no es el problema. Todo lo que se encuentra en la biblioteca fue vetado para algunos.
—Y por eso la quemasteis.
—Eso pasó hace mucho tiempo. A veces un líder tiene que tomar decisiones que son difíciles de entender.
—¿Entonces qué podemos hacer para saber lo que pone?
—Alguien que no quiera tendrá que ayudarme.
Miles no entendió a qué se refería hasta que Puabi abrió una trampilla del suelo mostrando una chica egipcia que estaba atada y amordazada, encajada incómodamente en un hueco mínimo. Miles sintió una gran pena por ella, pero se abstuvo de hacer comentarios.
Puabi pidió a Miles que la sacara de allí y le enseñó el papiro antes de quitarle la mordaza. Ella lo leyó en silencio tratando de que las ataduras no le hicieran perder el equilibrio.
—¡En voz alta! —ordenó Puabi en egipcio.
—No puedo, dama Iseret... —se disculpó la chica—. Ahora vistes como nuestros enemigos...
Puabi no dijo más y se limitó a abrir delante de sus ojos una tinaja. Recogió del suelo lo que parecía ser un fémur y lo metió en el recipiente. Cuando lo sacó en un par de segundos, medio hueso había desaparecido. Puabi balanceó la tinaja como si la fuera a vaciar sobre su cara y la chica empezó a gritar todo lo que ponía en el papiro. Cuando terminó se echó a llorar impotente, incapaz de mover manos ni pies.
—Muy persuasiva —aseguró Miles con sentimientos divididos.
—Ahora Walt ya tiene lo que necesita.
—Déjame adivinar: me toca ir a buscarlo.
—No, Miles, ahora te sería imposible llegar a él. La Isla le dirá en un sueño lo que debe hacer. Tú debes marcharte sin perder más tiempo.
—¿Adónde? Todo está lleno de egipcios armados y seguramente estarán buscándome. Eso por no hablar de Nau la psicópata.
—¿Sabes cómo llegar desde aquí a La Orquídea?
—¿Cómo sabes tú eso?
—¿Cómo sé hablar inglés?
—Touché.
—Sigue el camino hacia La Orquídea, la ruta por la que ibas con la furgoneta en los setenta. Ahora no existe ningún camino, pero está cerca; si consigues mantenerte orientado estarás a salvo.
—¿No tienes un arma por ahí?
—No, pero tengo confianza en ti.
Miles se fue de la cabaña dejando allí a Puabi y a la chica atada, que en ningún momento dejó de llorar amargamente. Decidió que sería mejor no pensar demasiado en todo aquello.
12 de diciembre de 1.985 - El Cisne
Pierre Chang quedó tan preocupado por la llamada de Horace que salió de inmediato hacia El Cisne abandonando sus experimentos en La Orquídea. Se cruzó con el líder de Dharma por el camino y se subió en su furgoneta, en la que éste se esforzó por ponerle al día con todos los detalles. Horace mostró preocupación por la coincidencia de tantos sucesos infrecuentes y Chang no encontró el modo de ser optimista.
No tuvieron que discutir para ponerse de acuerdo en que sería mejor que Horace no entrara al Cisne. Entre él y Radzinsky había demasiados problemas sin resolver. Chang se dirigió a la entrada principal y golpeó la puerta con insistencia hasta que Stuart la abrió.
—¿Has comprobado los resultados? —interrogó Pierre sin detenerse en formalidades.
—Llevo haciéndolo toda la mañana —aseguró agriamente.
Chang no llegó a creérselo hasta que comprobó él mismo los registros de las computadoras.
—¿Lo crees ahora? La actividad electromagnética se está disparando, está fuera de control.
—No perdamos la calma. Ya hemos pasado por momentos así. Sabes tan bien como yo que estas emergencias saben tratarse desde tiempos de los egipcios. Después del Incidente cooperamos para establecer el Protocolo y ha funcionado hasta ahora, ¿verdad?
—Claro, también se suponía que dos hombres nuevos entrarían como relevo cada 540 días y soy yo el que lo tiene que hacer todo.
—Eso fue tu culpa, Stuart, echaste a patadas a los dos últimos.
—¡Eran unos incompetentes! ¡No puedes dejar algo así en manos de cualquiera!
—Está bien, tranquilízate. Eso no es lo que importa. Ahora debes confiar en mí. La mayoría de este tipo de subidas se debe a las fluctuaciones normales de la actividad volcánica de la Isla, puede no ser más que una falsa alarma.
—Eso espero, doctor Chang, porque si la subida de la actividad es real... En el Incidente pudimos utilizar a nuestro favor lo que Zed sacó de esos papiros, pero ahora no tendremos oportunidad. Hagamos lo que hagamos todo dependerá de lo que haya ocurrido en los anteriores crecimientos. Si entonces se liberó energía suficiente, ahora la Isla se salvará; si no... Tú mismo hiciste las predicciones con las ecuaciones de Daniel Faraday.
—No estoy seguro... Quizá Faraday no supiera de lo que hablaba.
—Lo dudo mucho, ese chico nos sacaba treinta años. Alea iacta est.
—Quizá la suerte esté echada, Stuart, pero aún podemos prever los daños. Si la progresión de la actividad continúa, todos los sistemas de la Isla empezarán a fallar.
—¿Incluido Cerberus?
—Especialmente Cerberus. Su cuerpo de humo depende del electromagnetismo. Tenemos que actuar, y tenemos que actuar ya. Hay que poner a salvo a tanta gente como podamos.
—Tú haz lo que quieras, pero yo me quedo en El Cisne. Alguien tiene que pulsar el botón.
El doctor Chang sabía que nadie era capaz de hacerle cambiar de opinión, y menos cuando llevaba razón.
Día 1, 21:12 h. - Mausoleo
Walt fue llevado en un carro junto al único de los presos que también había superado la prueba. Le intrigó saber si había mostrado los mismos poderes que él o si sabía para qué estaban allí, pero no mostró la menor intención de comunicarse cuando le preguntó.
Una vez llegaron al extremo sur de la Isla, los dos especiales fueron guiados por el Mausoleo con los ojos tapados, hasta que unos guardias les ataron del cuello a unas argollas de la pared y les quitaron las vendas.
Se encontraron en un amplia estancia perfectamente cúbica, con el suelo y las paredes perforados por centenares de orificios repartidos regularmente. El resto de la estancia estaba totalmente vacío, salvo unos enormes estanques de piedra unidos por canales a las únicas aberturas del techo. Éste estaba decorado con interminables series de jeroglíficos que se alternaban con representaciones de dioses y grandes señores. De entre todas las escenas una atrajo la atención de Walt: el toro Apis cargaba con un féretro guiándolo hacia Osiris, el dios de los muertos, pero Apis no avanzaba por sí mismo, sino que tiraban de él dos jóvenes, uno de piel muy negra y otro menos oscuro. Walt intentó convencerse de que no podía ser el protagonista de aquella escena y logró dormirse a duras penas después de varias horas de darle vueltas a la cabeza.
Cuando estaba próximo el amanecer, tuvo un sueño especialmente vívido en que la propia Puabi le dio la información que necesitaba. Supo qué tenía que hacer y en ese instante despertó sobresaltado cuando un nuevo temblor sacudió el Mausoleo. Se sintió confundido por la situación y aún le extrañó más un penetrante olor que venía de debajo de su nariz. Notó que tenía un ungüento sobre su labio y quiso quitárselo, pero vio que era lo que le impedía inhalar un extraño vapor que impregnaba el ambiente. El otro preso había caído inconsciente en una postura retorcida, y a diferencia de Walt, su cadena seguía firmemente unida a la pared.
Salió por la puerta aprovechando que alguien la había abierto y pasó por encima de dos guardias que habían caído uno sobre el otro. Atravesó otros dos pasillos en los que vio a más egipcios desmayados, hasta que encontró a Nem, la amiga de Puabi, haciéndole gestos desde la entrada del Mausoleo. Parecía que aparte de cocinar un gran pescado estaba sobrada de habilidades.
El sueño dejaba claro lo que Walt debía hacer, así que se orientó desde la entrada y avanzó por un camino diferente, recorriendo las hermosas galerías que había visto en su sueño. Llegó enseguida a una pequeña sala cuyas paredes también estaban perforadas y parecía cumplir las funciones de tumba. Dentro descansaban ocho sarcófagos, cada uno con una caja de madera tallada al lado, como era norma entre la nobleza egipcia.
La pared estaba decorada con un mosaico compuesto de losetas con un jeroglífico distinto en cada una. Walt encontró fácilmente lo que buscaba, gracias a que en el sueño había estado en esa misma situación. Pulsó con la mano izquierda el jeroglífico de una barca en el agua, con la derecha un búho y con el pie el símbolo de una placenta. Al hacerlo, un mecanismo se liberó con un golpe seco, permitiendo a Walt empujar la pared para llegar a la habitación en que se ocultaba el sarcófago de Khuenatón.
Abrió el cofre de madera que estaba al lado del féretro y encontró los cuatro recipientes en que habían depositado los órganos vitales del líder antes de momificarlo. Los cuatro canopes eran lisos y se diferenciaban por sus tapas, cada una de las cuales representaba una cabeza de distintas especies. Walt escogió el recipiente con cabeza humana y con cuidado de que no se abriera se dirigió por fin a la salida. Ya creía que todo saldría bien, pero antes de poder huir encontró a Serot cortándole el paso. No tenía ningún ungüento bajo la nariz, pese a lo que parecía ser inmune al vapor.
—No puedo reprocharte que intentes escapar —se explicó Serot en perfecto inglés—. Aunque no tendrías que robar lo que no es tuyo.
Walt temió que aparecieran más guardias y ocultó tras su espalda el canope. Serot tenía constitución débil, pero aunque Walt era mucho más alto y corpulento no mostró el menor temor y avanzó hacia él con pasos decididos.
—No hay duda de que eres especial —afirmó Serot parándose frente a él—. ¿Pero cómo de especial?
—Lo suficiente para saber que tú eres el monstruo de humo.
Serot no se sorprendió ante su respuesta. Tal vez fingiera, pero resultaba aterradora su apariencia de saberlo todo de antemano.
—Sabes muchas cosas. ¿Y sabiendo quién soy no te doy miedo?
—Soy de un tiempo en que ya estás muerto. Si quieres puedes leer mi mente y comprobar que digo la verdad.
—¿Y en ese tiempo tuyo supiste que no me daba tiempo a matarte? —ironizó.
Walt no respondió y se limitó a proteger el canope con su cuerpo.
—¿Qué escondes ahí?
—¿No lo ves? Una urna funeraria.
—Ya veo. ¿Y para qué necesitas los restos de alguien?
—Tú ya deberías saberlo.
La respuesta altiva sacó de quicio a Serot, que se lanzó a él sacando de su túnica una espada curva de bronce. Sin que Walt tuviera tiempo para moverse, Serot lanzó un diestro ataque hacia su corazón y la hoja del jepesh atravesó su cuerpo sin hacer la menor mella en él.
Serot maldijo mil veces, bramando de rabia por haberlo engañado proyectando su imagen. Adoptó de inmediato su forma de humo y se lanzó a la selva a buscar a Walt, jurando que lo mataría la próxima vez que lo tuviera delante.
12 de diciembre de 1.985 - El Bastón
Horace y Chang se dirigieron en la furgoneta hacia el norte. Pierre condujo mientras Horace usaba su radio para transmitir a La Llama la orden de evacuación de todo el personal no imprescindible. No dio explicaciones, pero repitió la orden hasta que le confirmaron que obedecerían. No podía asegurar que fuera a ocurrir nada pero era de los que preferían evitar riesgos innecesarios.
—Tendremos que desviarnos hasta El Bastón —indicó Horace—. Por ahí.
—¿Es necesario?
—Es prioritario llevar a Thomas a un lugar seguro.
—Nunca me fie de ese Mittelwerk. Ni siquiera estoy seguro de que sea doctor.
—Tal vez no lo sea, pero acaba de lograr un suero que funciona y debemos protegerlo. Si logramos salvarlo no podrá volver a reclamar a nadie.
—¿A qué te refieres?
—A nada. Ya hemos llegado.
Les llamó la atención de inmediato que la puerta de la estación estuviera abierta. Thomas era tan obsesivo con ese tema como con el orden escrupuloso de su instrumental. Entendieron la situación cuando un aullido del monstruo resonó en el interior de El Bastón.
—Ya no podemos hacer nada por él —aseguró Chang—. Debemos marcharnos.
Horace no tuvo motivos para no estar de acuerdo y Pierre aceleró alejándose de la estación.
—Thomas conoce bien los protocolos de evacuación —explicó Horace—. Tendría que haber tenido tiempo para usar la escotilla de escape.
—¿De qué le habría servido? Esos conductos llevan años inactivos, todos fueron destruidos por el Incidente.
—Así es. La buena noticia es que yo supervisé los trabajos de revisión. La vía de escape de El Bastón resultó inundada, se abrió una gran grieta comunicándola con un manantial subterráneo. Thomas podría haber llegado hasta el agua, sumergirse y con un poco de suerte encontrar alguna bolsa de aire.
—¿Y sabes dónde podría haber salido?
—Eso espero.
Horace siguió conduciendo hasta detenerse a cincuenta metros de una pared de roca cubierta por enredaderas que colgaban.
—Abriré una vía —aseguró convencido.
—¿Cómo?
—Con esto —dijo retirando una manta para que viera una caja de dinamita.
—¡Estás loco! ¿Llevas todo el día dando vueltas con eso?
—¡Me llama loco el que se pasa las horas muertas oyendo música country! Confía en mí, Pierre, la he usado hasta borracho y nunca ha habido ningún problema.
Horace cogió varios cartuchos de la caja y se acercó para ponerlos en una grieta.
—Aquí irán bien, habrá mecha suficiente. No hace falta que te acerques.
Acercarse era lo último que se le habría ocurrido a Chang. Horace encendió la mecha y echó a correr hacia la furgoneta. Calculó muy mal el tiempo que tenía, porque la terrible explosión lo sorprendió a medio camino lanzándolo varios metros por el aire. Éste se levantó con algunos rasguños y barro en la cara y se carcajeó como si fuera lo más divertido que había vivido.
La dinamita causó el efecto esperado y una gran grieta en la pared hizo que el agua del manantial empezara a surgir, debilitando la roca hasta que todo se derrumbó. Surgieron miles de litros de agua, barro, ramas y Thomas Mittelwerk, que había tenido la feliz idea de atarse a la cintura un maletín impermeable con los viales de suero activado.
—Si llego a saberlo me quedo con Cerberus —aseguró Mittelwerk cuando pudo recuperar el aliento.
Día 2, 8:42 h. - Poblado egipcio
Naunajté regresó alicaída al poblado. Tendría que dar explicaciones a Serot, lo que no le hacía ni pizca de gracia. Se había convencido por el camino de que no era un trámite tan importante; al fin y al cabo no le debía ningún respeto, no era más que el científico. Mientras su colgante de las tres moscas hiciese que Amenemap la viera como una protegida no tendría nada que temer.
Avanzó por la calle principal, siendo adelantada por unos guerreros que llevaban encadenada a Nem. La servidora de Puabi miró a Nau con una sonrisa que únicamente se tiene cuando se han cumplido todos los objetivos de la vida. Ambas sabían que el castigo por traicionar a Amenemap era la muerte, pero eso no borraba su mueca de victoria.
Naunajté entró en la residencia del científico tras tocar la puerta con bastante inseguridad. Sin mucha pena explicó a Serot que Miles había escapado y que no había encontrado el papiro, pero éste reaccionó como si lo supiera de antemano.
—¿Qué quiere hacer Walt? —gruñó más impaciente que contrariado.
—No lo sé —respondió escuetamente.
—¿Se puede ser más inútil? Nerea o Miles eran peones al lado de Walt, encontrarlo a él era lo importante.
—Si eso era lo que querías, haberlo dejado más claro. Como casi no te referiste a él me imaginé que lo reservabas para ti.
El desgastado rostro de Serot no podía estar más contrariado.
—Cuéntame lo que sabes de Walt. Quiero saberlo todo.
—Ni lo conozco ni sé lo que pretende, Serot, se reservó bien su plan. Solo sé que es... muy especial.
—¡Eso ya lo sé, estúpida! ¿Dónde está ahora?
—No tengo ni idea. Según comentó, alguien de dentro tenía que averiguar cuál era la mejor ruta para llegar a su destino. Es un infiltrado que puede moverse libremente por la Isla, así podrá dar el recado a Walt. No sé cómo lo hará, pero sé que para evitar riesgos no va a reunirse con él. Walt lo tiene todo muy bien pensado.
—¿Y quién es ese infiltrado?
Nau no tuvo claro que debiera contestar. La suerte de Walt no le preocupaba lo más mínimo, pero tampoco le agradaba ayudar a Serot.
—¿Quién es? —amenazó blandiendo su jepesh de bronce.
—Nebet —explicó al fin—. La concubina de Amenemap. No sé lo que pretendes, Serot, pero tienes que contar con que nunca podrás conocer esa ruta. Nebet es intocable.
—Supongo que llevas razón —admitió guardando su espada—. Ahora no me importa Nebet, me preocupa más ese que sabe lo que piensan los muertos. Quiero que traigas aquí a Miles antes del mediodía.
—No.
—¿Qué has dicho?
—Que no, Serot. Tú y yo hemos terminado. No voy a hacer nada más de lo que me pidas.
—Teníamos un acuerdo, Naunajté. Creí que querías saber lo que era el Inframundo.
—Y quiero saberlo. Pero no soy tan tonta como para creer que me contarás algo. Tendrás que buscar a otro a quien manipular.
—Eres valiente, pero no muy lista, Naunajté. Sí te contaré algo. Todos tus familiares están muertos, se suicidaron, ¿verdad? Pues ése no es el camino. Han muerto para nada, así no se llega al Inframundo.
—¡Maldito bastardo! ¡Eso es mentira!
—Sin duda es mejor que pienses así. Lo contrario sería una tragedia.
12 de diciembre de 1.985 - Muelle Pala Ferry
Thomas Mittelwerk fue fuertemente escoltado hasta el muelle junto a todo un séquito de personal de Dharma. No podían creerse que el monstruo no los hubiera asaltado por el camino.
—Sé que esperabas que te ayudara, Horace —se lamentó Chang—. Siento que no pueda hacer nada más.
—Tienes que tener un poco de fe. Lo que pase ahora dependerá de lo que ocurrió durante el anterior crecimiento, ¿me equivoco?
—Exacto, Horace, eso es lo que dejaban claro las fórmulas de Daniel Faraday. Y lo que pasó pasó, ya no podemos impedir lo que vaya a ocurrir.
—Eso es cierto. Pero aún puedes asegurarte de que en el anterior crecimiento se haga lo que es debido, tú sabes lo que hay que hacer.
Esa opción iluminó la cara de Chang. No se le había ocurrido, pero era sencillamente lógico.
—¿Os referís a viajar en el tiempo moviendo la rueda? —inquirió Mittelwerk.
—No —negó rotundamente Chang—. En las pruebas que hicimos con los osos polares los resultados fueron incontrolables.
—Hay que usar la cámara de La Orquídea —dijo Horace con optimismo.
—Pero solo ha funcionado con conejos y con periodos de tiempo minúsculos —aseguró Mittelwerk—. ¿Qué nos asegura que una persona...?
—El crecimiento de la actividad —explicó Chang—. La energía que se está acumulando en la Isla aportará a la cámara la luz suficiente.
—Me consuela saber que todo queda en buenas manos —aseguró Mittelwerk—. Por otra parte no puedo decir que me duela largarme de esta maldita Isla.
Se despidió de ambos deseándoles buena suerte y se dirigió al submarino con el resto de la gente. Los dos que quedaron en tierra esperaron envueltos en una cierta inquietud, observando en silencio hasta que el submarino se sumergió.
—Tendrás que monitorizar desde la Orquídea que todo vaya bien —pidió Chang—. Si no surge ningún problema, tendrás que darte prisa y enviar a alguien para que haga el listado de documentos de la biblioteca.
—No creo que sea fácil encontrar voluntarios —se quejó Horace.
—Pídeselo a Zed. No ha querido marcharse, así que no tendrá nada importante allí fuera. Además, está tan obsesionado con los egipcios que le encantará morir con una auténtica maza real en sus manos.
—Así será. Entonces, nuestro destino está escrito.
Día 2, 8:47 h. - Altiplano oeste
Gracias a la luz del día, Miles pudo seguir con más comodidad la ruta hacia La Orquídea. Temía que Nau surgiera de la jungla en cualquier momento, pero Puabi acertó que no tendría encuentros indeseados mientras no se desviara.
—¡No sigas! —gritó una voz conocida a su espalda—. ¡Debes alejarte de aquí!
Miles se giró en la penumbra y descubrió a la última persona que esperaba encontrarse.
—¿Papá?
Nau ya no tenía motivos para seguir viviendo. Si Serot la hubiera matado le habría ahorrado trabajo, pero la había dejado marchar. Ni eso había hecho por ella.
Vagó por la selva hacia las despobladas tierras del norte, dando torpes y pesados pasos sumida en la oscuridad. Podría haberse lamentado o dedicarse a pensar en su familia, pero ya había pasado demasiado tiempo recordándolos. Siguió caminando hasta llegar a un claro en que las altas hierbas se mecían al viento. Se dejó caer de rodillas, y echándose a llorar, empuñó su daga apuntando hacia su estómago.
Llegaron a su mente recuerdos de su madre, todos los pequeños detalles que la hacían especial. Sus aficiones, sus manías. Sus expresiones, enfados, aciertos y errores; todos encadenados dentro de su cabeza haciendo salir más y más lágrimas.
Contuvo la respiración dispuesta a acabar con todo, y cuando sus manos se tensaron para hundir la hoja de sílex, unos brazos femeninos tiraron lejos la daga y se aferraron a su cuello interrumpiendo el paso de sangre por sus carótidas. Por más que se sacudió, Nau no consiguió zafarse de la certera llave. Intentó soltar las manos que la estrangulaban, pero no encontró las fuerzas suficientes. Rindiéndose, pasó a sentir calor en la cabeza seguido de presión en la sien y en pocos segundos quedó inconsciente.
Nerea la dejó caer al suelo mirándola con fría lástima. Llevaba suelta su melena y el Sol se le reflejaba en las gafas ocultando sus brillantes ojos.
