No sé para qué hablo, quizá sea costumbre jajaaja como sea, saludoos jajajaXD
Ya en el fin de la tarde Alice dejó el libro de lado y miró el hombre. Jasper seguía durmiendo un sueño tranquilo. Ella se puso de pie y caminó hasta la puerta, llamó a Jake con una señal y fueron hacia la cocina. Alice le abrió la puerta al perro que pronto salió a la pradera. Dejando la puerta abierta a causa del olor del humo del fogón, ella se ocupó en revisar los armarios y la despensa. Ahora necesitaría más comida, pero si no tuviese cuidado en los pedidos alguien podría sospechar de las cantidades.
Hecho el inventario de los víveres, Alice salió a recoger los huevos y alimentar las gallinas. Llenó el bebedero de Roy, echó un vistazo en las cajas de abejas y entonces volvió a la cocina, llevando agua para prepararse un baño. El puchero quedaba listo y ella lo dejó en la encimera. Alimentó el fuego y puso el agua del baño para calentar. Fue hacia el cuarto y desde la puerta miró a Jasper, que aún dormía. Notó que su rostro ya tenía un poco de color. Sonrió y se quedó allí un rato, mirándolo.
Volviendo hacia la cocina, Alice se paró a la puerta observando como Jake conducía las ovejas al lago para que bebiesen. Mientras el rebaño fuese pequeño ella y el perro lo podrían cuidar solos. Pero con un rebaño pequeño no lograría mantener la hacienda. Resopló.
Debería tomar en serio el consejo de la abuela y no poner la carreta delante de los bueyes en ningún hecho de su vida. Vivir un día de cada vez.
Cerró la puerta. Después llamaría a Jake, ahora prepararía el baño.
Jasper advirtió que la consciencia le volvía más clara esa vez. Se despertaba con más facilidad, sin aquel peso en los párpados y la dificultad en ordenar los pensamientos. Mantuvo los ojos cerrados mientras ordenaba sus recuerdos. Se percató del olor del humo mezclado al de comida. Una comida que olía muy bien. Sentía las sábanas suaves rozándole el cuerpo y el olor de flores de la almohada. Se acordó del ángel de ojos verdes que le salvara la vida.
–Alice...
Apenas dijo su nombre en voz muy baja y ella se acercó. Pudo sentir su calor y el olor a violeta. Sonrió y despacio abrió los ojos.
–¡Qué bien! Estás despierto.
La voz de ella tenía tal matiz de alivio que lo hizo preguntarse en que ella habría pensado que le preocupara.
–Sí, ¿no debería despertarme?
–He pensado que podría ser la fiebre otra vez –explicó Alice.
–¿Tuve fiebre?
–Tenías cuando lo encontré, y ha sido todo un trabajo bajarla.
Lo bueno es que no volvió.
No escapó a Jasper la preocupación en la faz de ella.
–¿Hay motivo para que la fiebre vuelva?
–Una de tus heridas queda infeccionada –ella apretó los labios– y aún me preocupa.
Fueron interrumpidos por Jake que alzó la cabeza hacia la cama y empezó a olisquear la mano de Jasper.
–¿Qué es eso? –preguntó Jasper abriendo mucho los ojos y mirando el perro.
Alice rió.
–Es Jake, mi perro. Él que lo encontró en los matorrales de la pradera y viendo que estabas herido me llamó.
Jake se había incorporado y Jasper lo observó.
–¿Estás segura de que es un perro y no un buey?
Ella rió.
–Un pastor húngaro, no es un perro corriente ni mismo entre los ovejeros.
–Un perro pastor... ¿Quién más vive aquí? –aunque temía la respuesta que ella pudiera dar y sus implicaciones, necesitaba saber su situación.
–Roy, que es mi caballo, las gallinas, ovejas, abejas, pingüinos...
Él no pudo contener la risa al oírla.
–No eres una persona solitaria –bromeó Jasper.
–Desde luego que no.
–¿Vives sola? –preguntó el con seriedad.
–Sí. Vivía con mi padre, pero él se ha muerto el enero.
–Lo siento.
Ella se encogió de hombros. No quería pensar en su padre ahora. Seguro que el viejo Albert no aprobaría el que ella hacía por el soldado. Su padre sería inflexible en mirarlo como enemigo.
–¿Tienes hambre? Hice un caldo, tal vez lo quiera.
–Sí.
Antes que él pudiese hacer un movimiento para incorporarse en la cama, Alice ya quedaba en la puerta.
–Si aún queda caliente lo traeré, sino voy calentarlo un poco más.
Mientras ella iba a la cocina él intentó sentarse en la cama, pero sus miembros no le obedecían y el esfuerzo le quitó el aliento.
Cuando Alice volvió lo encontró sudando y sin resuello.
–No hace falta que te canses –dijo ella dejando el plato en la mesilla de noche –. Puedo ayudarte.
Él cerró los ojos y apretó los puños de frustración. No podía creerse que quedaba así. Dejó que ella lo sostuviese y apoyara su espalda en las almohadas.
–Gracias.
–No te lastimes ni te avergüences, eso puede pasar a cualquiera. En un día tenemos salud, en el otro ya no la tenemos más –ella cogió el plato de la mesilla –. He cuidado a mi padre cuando él se quedó discapacitado tras un ACV, puedo cuidarte también.
Jasper alzó la mano pero Alice le ignoró y empezó a darle la comida en la boca. Él se puso colorado pero tendría que quedar de acuerdo con ella: no tenía fuerzas ni siquiera para sostener la cuchara, desde luego que no lograría alimentarse solo. Pronto se quedó muy cansado, ya no podía mantener los ojos abiertos. Ella lo ayudó a acostarse otra vez y él durmió.
Alice volvió a la cocina. Limpiarla le calmaría los nervios. La mirada de desconsuelo de Jasper le había alcanzado el alma. En ese momento era un hombre que había perdido todo: la salud, la guerra y la patria. Y todo que ella le podría ayudar a recuperar era la salud.
A lo mejor la abuela arreglaría una manera de ayudarlo a volver a su país. Por supuesto que él lo habría de querer. Además, no podría quedarse allí. Algún día lo descubrirían y enseguida su identidad sería revelada.
Limpiar la cocina no fue lo bastante para calmarle los nervios y Alice preparó un té. Unas hierbas calmantes podrían hacer milagros si bien combinadas. La abuela le había enseñado mucho sobre las hierbas y después James le había traído unos libros de Inglaterra que le enseñaran aún más. Podía sanar muchas enfermedades y heridas sólo con las hierbas. Tras beber el té, Alice volvió al cuarto y sentó en la mecedora. Apagó la lámpada de aceite pero dejó una vela encendida.
Hacía mucho que Jasper se acostumbrara a dormir pocas horas.
Se despertó menos de dos horas después que Alice había vuelto al cuarto. Abrió los ojos y vio que ella quedaba allí, adormilada en la mecedora. Su corazón se encogió. Aquella mujer que debería odiarlo velaba su sueño.
Jasper se quedó largo rato observándola. Así, a la luz de la vela y durmiendo, parecía más joven y él se preguntó cuantos años tendría. Unos veinte, calculó. Demasiado joven para vivir sola.
Sintió ganas de alejar los mechones de su pelo negro que le caían sobre las mejillas y así mirar su rostro de ángel. Dio una sonrisa amarga. No podía ni siquiera apartarse el pelo de la propia cara y se ponía a anhelar tocarla.
Desvió la mirada hacia el perro tendido en el suelo a los pies de su dueña. Jake dormía. Jasper volvió a mirar el rostro de Alice. Las facciones tensas y los labios apretados revelaban que ella tenía preocupaciones y que las tomaba muy en serio.¿Sería él una de esas preocupaciones? Esa idea lo hizo sentirse incómodo. Y halagado. Se dijo que lo mejor sería volver a dormir. Cerró los ojos.
La imagen de ella seguía allí, grabada en sus párpados y en su corazón.
Dos horas más tarde él volvió a despertarse y esa vez, cuando abrió los ojos, encontró la mirada de Alice. Ansiosa. Él enarcó las cejas y antes que pudiera preguntarle el motivo de su preocupación ella le dijo:
–Estabas muy agitado en el sueño –Alice se acercó y puso la mano en su frente –. No tienes fiebre –dijo con alivio.
–Estoy bien. Ha sido una pesadilla.
–¿Sí?
–De veras.
No había sido una pesadilla, sino un sueño que no le podría contar. Y encontrar su mirada al despertarse no le calmaba los nervios. Seguía con la misma agitación. El perro alzó la cabeza y lo miró como se adivinase sus sueños y le hiciera una advertencia.
–¿Tienes sed... o hambre? –ella preguntó con gentileza.
Jasper tomó aire antes de contestarla.
–Creo que me gustaría un vaso de agua.
Ella le sonrió y cogió un vaso lleno de agua en la mesilla de noche. Alice le pasó un brazo por los hombros alzándole el cuerpo y acercó el vaso de sus labios. Jasper tembló al sentir sus dedos en la piel. Sorbió un poco del agua que ella le ofrecía y se percató de que tenía sed. Bebió todo.
–¿Quieres más?
–No, gracias – repuso él desviando la mirada del rostro de ella.
Alice dejó su cabeza en la almohada y arregló la manta. Jasper buscó con la mirada el que le había llamado la atención. Sí. Era lo que parecía. Volvió a mirarla y preguntó:
–¿Tu radio funciona?
–Sí. Siempre lo tengo listo para usar.
–¿Has llamado al ejército?
–No.
Jasper frunció el ceño, pero antes que pudiese hablar ella añadió:
–Ni voy llamarlos.
–¿Por qué?
–Usted es asunto mío, no de ellos.
–Tienes que hacerlo, Alice.
–Tengo que hacer el que manda mi conciencia.
Se miraron un rato como si estuviesen peleando, entonces él cerró los ojos. No tenía fuerzas para enfrentarse a ella. Como Jasper no logró ocultar su enfado, ella intentó explicarle porque lo había decidido así.
–Mira, Jasper, cuando te he encontrado en la pradera quedabas al borde de la muerte. Quizás tuvieses solo un par de horas de vida si nadie te socorriese. Si volviese a casa para llamar el ejército no te encontrarían con vida. Desde que te recogí estoy ocultando un enemigo. No puedo más llamarlos. Si lo hubiese hecho en aquél momento, te habrías muerto. No había elección. Todo lo que podría hacer es lo que hice.
Él tembló con la desesperación de la voz de ella.
–Alice, tarde o temprano encontrarán mi rastro. Y llegarán a usted –él abrió los ojos y la miró con dulzura–. Llámalos ahora y dije que me ha encontrado esa noche. Aún te puedes salvar si lo haces.
Ella balanceó la cabeza.
–Ya es tarde. Cualquiera se percatará de has recibido cuidados, además, he quemado tu uniforme –ella cogió un trozo de tela en el cajón de la mesilla de noche y le enseñó–. Pensé que podrías querer un recuerdo.
Jasper sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
–Eres una desquiciada –susurró él tocando la tela.
–La abuela queda en lo mismo que yo y nos ayudará. Todo saldrá bien, confía en nosotras.
–¿Tengo elección?
Ella dio una carcajada.
–En este momento, no –dijo mientras volvía a guardar la tela en el cajón.
Él cerró los ojos.
–Alice...
Ella lo miró. Jasper se quedó en silencio. Ella seguía mirándolo y esperando. Quedaba segura de que él querría decirle algo muy importante.
–Había un compañero conmigo.
–¿Y?
–Llegamos al fin del que podíamos soportar y decidimos nos separarnos. Ya habíamos advertido que no había más una guerra. Que nos olvidaron aquí. Seguimos direcciones opuestas. Si alguien lo atrapa, sabrá de mí.
–Tal vez él no diga nada de ti.
–Se lo dirá. Pedirá que me busquen, querrá ayudarme. Él no puede saber que tu has salvado mi vida.
–Aún así no significa que puedan encontrarte aquí.
–Él puede decir dónde nos separamos, entonces seguirán mi rastro... y llegarán a usted.
–No voy entregarlo al ejército. Ni dejar que usted lo haga –ella añadió al advertir el brillo de la mirada de él–. Si desconfío que piensas en hacerlo, prepararé un té que te hará dormir más de un año. Lo tomes en serio.
–No hará falta un movimiento nuestro, ellos llegarán aquí.
–Quizás lleguen, pero no te descubrirán.
–¿Tienes sótano? Ellos revisarán.
–Tengo un escondite mucho mejor. Te doy el té y te pongo allí.
–Prefiero el café.
–No estás creyendo en el poder de mi té... Te lo enseñaré.
–Eres muy terca.
–Lo mismo que usted.
Él rió. El cansancio ya le vencía y pronto él adormeció. Alice dio una sonrisa triste. Que él hubiese adormecido le convenía, si seguía despierto intentaría convencerla a entregarlo al ejército, pero le molestaba ver como le faltaban las fuerzas. Era un hombre alto y tenía los hombros anchos, seguro que siempre había sido bueno en los deportes. Era de dar lástima verlo sin fuerzas ni siquiera para hablar por media hora.
Alice se recostó en la mecedora, echando la cabeza hacia atrás.
Las cosas eran más complicadas de lo que se había imaginado. No habría motivo para que nadie lo buscara mientras no supiesen de él, pero si su compañero fuese encontrado por alguien que llamase al ejército, mismo que nada dijese, iban buscar otros. Seguro que sí.
Jasper dijo que siguieron direcciones opuestas, como ella creía que él había venido desde el Oeste, su compañero habría seguido hacia el Oeste. Enseguida de su hacienda quedaba la de los Whiterlade, y siguiendo por la playa es posible llegar a Port Stephens. Si atrapasen el hombre y él diese la información de que su compañero siguiera hacia el Oeste, llegarían a su casa. Por supuesto que Jasper dejo alguna huella en su camino. Alice frunció el ceño, acordándose de como lo socorriera en la pradera. Los matorrales pisados por ella, Jake y Roy podrían ser atribuidos a las ovejas.
Como sólo lo alzara al lomo del caballo, no había nada que garantizara su presencia allí.
Inquieta con todas esas ideas, se percató de que no dormiría ni un rato siquiera si no arreglase el escondite que se había imaginado como perfecto. Se levantó de un brinco y siguió hacia la biblioteca.
Desde la puerta planeó como arreglaría los muebles para dar espacio a la pieza de madera que necesitaba. Enseguida arrastró los muebles, cambió las alfombras y algunos objetos de sitio, dispuso sobre el escritorio todas las fotos de su padre que tenía enmarcadas y encendió algunas velas. Revisó la casa cogiendo todos los candelabros que tenía y puso velas encendidas en todos ellos. Por la mañana buscaría el que faltaba en el galpón y en el jardín. Volvió al cuarto y apenas se acomodó en la mecedora, durmió.
Opiniones? A mí me parecen tiernos jajajaja
