Hace cinco días que recibí el mensaje de Farlan. Aún no me creo que lo vaya a ver después de un año y medio. No lo exteriorizo, pero estoy que me cago de los nervios.
Noviembre está a la vuelta de la esquina y aun así esta mañana el aula parecía una jodida sauna. Al final me decido por ir con una camiseta de manga corta. Dudo un instante, pero dejo el abrigo en el sillón.
Observo la hora en mi teléfono y chasqueo la lengua disgustado. Voy demasiado justo. No puedo llegar tarde, lo último que necesito es que Farlan ponga en duda mi puntualidad. Reviso con rapidez mi cabello antes de salir. Hemos quedado en una plaza cercana, donde vendrá a buscarme con el coche de su madre. Tiene suerte de que sea tan generosa con él, no creo que Farlan pudiera aguantar demasiado tiempo encerrado en el pueblo o dependiendo del transporte público.
Farlan y yo nos conocimos en el último año de instituto, después de que su familia se mudara a mi pueblo. Congeniamos en seguida, pero no fue hasta unos años después que empezamos a salir como pareja. Él solía venir a la ciudad para realizar cursos de arte. En seguida hizo muchos amigos aquí, y los sigue visitando cuando vuelve de Italia
Ya en la calle, me percato de que he pecado de ingenuo al dejar el abrigo en casa. El sol que tanto agobiaba por la mañana no calienta de la misma forma y una brisa fresca se ha comenzado a infiltrar de forma traicionera a través de los callejones. Por un momento me planteo regresar, pero ya he andado la mitad del camino y no quiero hacer esperar a Farlan.
Cuando llego a la plaza, distingo el viejo Renault y una mata de pelo rubio ceniza en el asiento del conductor. Mi corazón comienza a latir desbocado en mi pecho y mis piernas aceleran el paso sin que yo se lo ordene, sin que yo las controle.
Sale del coche y me dedica una sonrisa radiante. Lleva el pelo un poco más largo que la última vez que lo vi, incluso juraría que está más corpulento, más atlético. Acorta la distancia que nos separa con rapidez y ni siquiera me da tiempo de articular palabra alguna cuando nos fundimos en un cálido abrazo.
Lo he echado tanto de menos.
Me separo de él para observarlo mejor. Descubro que lleva dos pendientes en su oreja izquierda y que su rostro luce un poco más afilado que antes. El cabrón sigue siendo atractivo.
—¡Qué ganas tenía de verte! —exclama con entusiasmo—. ¡Hasta pareces más alto!
—Serás maricón.
Le golpeo en el estómago con suavidad y él se echa a reír con ganas. Me dirijo al asiento del copiloto simulando sentirme ofendido y él se apresura a subir sin perder su buen humor.
—¿Dónde quieres ir?
—A la tetería del centro —respondo de inmediato.
Farlan sonríe y pisa el acelerador con fuerza, haciendo chirriar los neumáticos contra el asfalto. Joder, tanto tiempo en Italia le ha pasado factura a su forma de conducir.
—Recuerda que aquí respetamos los pasos de peatones —le reprocho cuando veo que apenas reduce al visualizar uno.
Farlan se ríe de nuevo y trata de reducir la velocidad, sin embargo, a los pocos segundos ya lo veo acelerando de nuevo.
Agradezco que la tetería esté a apenas a un cuarto de hora de mi barrio, porque empiezo a dudar de que seamos capaces de realizar el trayecto sin provocar un accidente. Me descubro en más de una ocasión golpeando la alfombrilla a mis pies en busca del pedal de freno, y eso que soy un amante de la velocidad.
Pero también lo soy de mi vida.
Farlan aparca de cualquier manera a unos diez metros del establecimiento, después de insultar en italiano a unos cuantos conductores que circulaban demasiado lento para su gusto. Los bocinazos nos han acompañado durante todo el trayecto y cuando me bajo del vehículo agradezco la estabilidad del suelo bajo mis botas.
—¿Más tinta? —. Su voz me sobresalta, no sabía que se había acercado tan deprisa.
Farlan se queda mirando hacia mi hombro, en concreto, hacia la parte del tatuaje que sobresale de la manga de mi camiseta. Frunce el ceño y agarra mi brazo en un gesto rápido mientras con la otra retira la tela para dejar al descubierto las escamas verdosas del dragón. Su boca se queda entreabierta mientras recorre con la mirada cada centímetro del tatuaje.
—Es aún más grande que el otro —murmura algo descontento—. No pensé que te harías más.
A pesar del deje negativo de sus palabras, sus dedos se pasean por encima del dibujo, delineando los bordes de las llamas que rodean mi brazo. Su tacto eriza el vello de mi nuca y trato de componer una expresión imperturbable mientras mi pulso se acelera con esa caricia. No me gusta que me toquen, pero esos dedos conocen cada centímetro de mi cuerpo, no hay secretos para ellos. No los siento extraños, no me incomodan. Trago saliva al tenerlos de nuevo paseando sobre mi piel, provocando en mí sensaciones poco convenientes.
Nostalgia, confusión, deseo.
Sus dedos resbalan hacia mi codo y yo aprovecho para retroceder un paso y deslizar mi brazo fuera de su alcance con lentitud. Coloco de nuevo la manga en su sitio para después meter las manos en los bolsillos de mi pantalón. Me convenzo de que son solo cosas mías y que tengo más que superada nuestra ruptura.
Probablemente se debe más a la nostalgia de recibir una caricia que al hecho de que la hayan obrado sus manos. Al menos, eso quiero pensar. Del mismo modo que culpo al frío por el temblor que ha recorrido mi espalda.
—¿Entramos? —pregunto para romper con la extraña atmósfera que se ha instalado entre ambos—. Necesito calentarme.
Me aplaudo mentalmente a mí mismo por la inoportuna selección de palabras. Ni siquiera me detengo a observar su expresión, me limito a girar sobre mis talones para encarar la puerta del establecimiento.
Cuando entramos, siento el aire denso y cálido de la calefacción como una bofetada en el rostro. Una cosa es mantener un local a una temperatura agradable y otra muy distinta convertirlo en un maldito asadero de pollos.
La tetería es uno de mis locales favoritos de la ciudad. No suelo salir mucho, pero este lugar guarda cierto encanto. Además de tener los mejores tés e infusiones que he probado, la música árabe que suena de fondo me relaja bastante. Un puñado de mesas bajas se esparcen a lo largo de su interior, todas ellas rodeadas por asientos acolchados y cojines de diversos colores. Una mullida alfombra absorbe el impacto de nuestras botas conforme nos internamos hacia el fondo.
No es la primera vez que visito este local con Farlan, ya que a él le encanta fumar shisha. Siempre se empeñaba en compartir una conmigo, pero me negaba a fumar esa mierda. Me niego a fumar cualquier mierda.
Lanzo una mirada por encima de mi hombro y veo que Farlan se ha quitado el abrigo. Elegimos una mesa y nos acomodamos uno frente al otro. Quizás he hecho mal al traerlo a este lugar, demasiados recuerdos.
Antes de que pueda cruzar algún comentario con él, una camarera se nos acerca con un blog en la mano y una sonrisa cansada en su rostro.
—Buenas tardes, ¿qué les sirvo?
Ni siquiera me he molestado en mirar la carta, me la sé de memoria. Sin embargo, no es mi voz la que pide mi adorado té aromático Pasión turca, sino la de Farlan. Lo miro con una ceja enarcada y él me dedica una sonrisa ladeada antes de continuar con su pedido, que incluye una shisha, por supuesto. Cuando la chica se aleja, él me sonríe con inocencia.
—Es tu preferido, ¿no? —argumenta—. Todavía me acuerdo.
—¿Ah si? ¿Quién te ha dicho que no me apetecía innovar hoy? —pregunto con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Farlan se ríe.
—No has cambiado en nada, Levi —comenta despreocupado—. Tendrás más tatuajes, pero llevas el mismo corte de pelo desde hace años y me has traído al mismo sitio de siempre. Eres un chico de costumbres, innovas lo justo.
Continúo escrutándolo con la mirada. Me gusta y me jode que me conozca tan bien. Él me guiña un ojo y acomoda a su gusto los cojines que tiene a su alrededor.
—Dime, ¿cómo está Kuchel? —pregunta con interés.
Me encojo de hombros y relajo mi postura.
—Bien, está como siempre. Sigue con su puesto de artesanía, vendiendo en cada pueblo que descubre en el mapa. Hace semanas que no la veo, supongo que la visitaré pronto.
—Siempre que veo un mercadillo me acuerdo de ella.
—Sí, bueno. Ella a veces me pregunta por ti —comento con rapidez—. No entendió nuestra decisión de cortar contacto.
La sonrisa de Farlan se desvanece de forma ligera y yo agradezco en este momento la interrupción de la camarera que trae nuestras bebidas.
—Sí, era lo mejor… —murmura mientras remueve el azúcar de su café—. De todas formas, estaba deseando saber de ti —continúa con renovado entusiasmo—. ¿Qué tal los estudios?
Me deleito con el aroma que despide mi taza y la rodeo con las manos para recuperar la sensibilidad en los dedos. Los tengo helados.
—Bien.
—¿Terminas el año que viene?
—Eso espero. —Me atrevo a dar un pequeño sorbo—. ¿Y tú?
La sonrisa de su rostro se ensancha y su mirada se ilumina. Siempre fue el más hablador de los dos, sé que estaba deseando que le preguntara acerca de su vida.
—Pues mucho mejor. Me subieron el sueldo y por fin pude largarme de aquel zulo en el que vivía ¿Lo recuerdas?
—¿El de las encantadoras vistas al vertedero?
Farlan se ríe con complicidad.
—El nuevo apartamento está más cerca del centro. Lo comparto con una chica que es chef de un restaurante, apenas coincidimos pero es bastante simpática. Estoy colaborando con un grupo de artistas y exponemos nuestras obras una vez al mes en un local de la zona, así que trabajo más que antes pero es muy satisfactorio.
Sonrío con honestidad. Me alegra saber que puede vivir de lo que tanto le gusta. A mi madre le encantó Farlan desde el primer día, sobre todo cuando descubrió que también tenía su vena artística. Sus padres no le quisieron pagar la carrera de bellas artes, de modo que se dedicó a hacer pequeños cursos que lo ayudaron a mejorar su dibujo. Su talento innato lo hizo brillar y consiguió un empleo en una empresa de animación italiana, lejos de su familia, de su país y de mí.
Al principio estuvo a punto de rechazarla, pero me negué a que cometiera tal necedad. Sé lo mucho que cuesta abrirse camino en ese tipo de profesiones artísticas, de modo que no iba a permitir que desperdiciara una oportunidad como esa. Además, estaba convencido de que conseguiríamos llevar bien una relación a distancia, por lo que casi me encargué yo de hacer sus maletas y meterlo en el avión.
El comienzo para él fue complicado, sobre todo porque tenía la barrera del idioma. Los cambios traen oportunidades, pero son muy duros, especialmente cuando sientes que dejas algo importante a tus espaldas. Al poco de marcharse a Italia yo me mudé a esta ciudad para comenzar mis estudios, de modo que entendía en cierta medida cómo se sentía. Aún recuerdo las llamadas telefónicas hasta las tres de la madrugada en las que trataba de consolarlo.
—Me alegro de que te vaya bien.
—Si —afirma contento—. Siento que poco a poco todo encaja, ahora no se me ocurre un lugar mejor para vivir.
Continuamos poniéndonos al día durante un par de horas. Pidiendo otro té y otra shisha, negándonos a abandonar la comodidad de esos asientos tan mullidos. Cuando empieza a llenarse el local, decidimos pedir la cuenta y salir para dar un paseo y respirar un poco de aire puro. Farlan se empeña en pagar, pero yo soy más rápido, ya tengo suficiente con las invitaciones de Eren.
Salimos al exterior y nos dirigimos en dirección al enorme parque que hay en la zona, un lugar que frecuento a menudo cuando necesito despejar mi mente después de tantas horas frente al ordenador.
Atravesamos la entrada después de bordear la oxidada verja que delimita el recinto. Las copas de los árboles se mecen de forma constante acompañados del piar de distintas especies de aves. El otoño tiñe de tonos ocres la hojarasca que pisamos bajo nuestras botas y respiro una profunda bocanada de aire para llenarme los pulmones de vida.
Casi me olvido por completo del frío y de la persona que tengo a mi lado, hasta que siento algo pesado caer sobre mis hombros. Abro los ojos, sin ser consciente de que los había cerrado. El abrigo de Farlan cubre mis hombros y mi espalda, aún mantiene su calor corporal. Me giro con el ceño fruncido y él se limita a dar un cabeceo para avanzar por el sendero que tenemos delante.
—No hacía falta —murmuro mientras avanzo a su lado.
—Hace frío para ir en manga corta —argumenta él—. Yo estoy bien así.
Lleva un oscuro jersey de cuello vuelto de un tejido suave y cálido. A pesar de mi reticencia inicial, me ajusto la prenda que me ha dejado y continuamos nuestro recorrido intercambiando frases cortas y trivialidades.
Este parque me recuerda a nuestro pueblo, por eso me encanta venir aquí. Es como si el tiempo transcurriera a otra velocidad en este lugar, como si no existiera un tumulto de coches y bocinas discordantes al otro lado de la calle. Lo único que se desplaza con rapidez es algún corredor con el que nos cruzamos eventualmente.
Pensar en mi pueblo natal me sume de nuevo en una repentina nostalgia. Aquí tengo la universidad, más ocio, más anonimato, más oportunidades. Sin embargo, a veces me ahogo dentro de tanta inmensidad, a veces echo de menos la sencillez de un lugar más pequeño.
—Y... ¿Sales con alguien?
La pregunta brota de sus labios con naturalidad, sin matices que me indiquen que sea un hecho que le incomoda.
Lo miro con cautela y él sonríe de vuelta.
—Venga Levi, hace tiempo que no estamos juntos. Puedes contármelo.
Aun así me resulta raro. Por supuesto que cortamos hace tiempo y que asumo que Farlan ha tenido sus aventuras desde entonces. Yo funciono de otra manera, me cuesta desarrollar la confianza necesaria para profundizar una relación.
—No, no salgo con nadie —contesto con la mirada fija en un árbol—. No tengo tiempo con la universidad.
Farlan suspira a mi lado y acapara mi atención.
—Algunas cosas no cambian—sentencia con media sonrisa—. Seguro que apenas sales, tienes que divertirte más.
—Oh, me divierto mucho cuando trabajo los veranos en el bar de Kenny —contesto con sarcasmo—. Ya sabes que eso no es lo mío, prefiero planes más tranquilos.
—Como este.
Me cruzo de brazos y lo miro con seriedad.
—¿Preferías quedar en una discoteca? —pregunto.
Farlan menea la cabeza y recorre con la mirada el entorno.
—No, esto está bien —dice con voz pausada—. Aunque otro día podríamos salir para tomar algo con más graduación.
—Farlan...
La última vez que vino y tomamos algo con más graduación acabamos en mi cama.
—Levi, tranquilo. Además, yo... tengo a alguien en Roma... —comenta bajando la mirada.
No me sorprende que tenga pareja, lo que me sorprende es el vacío repentino que acabo de sentir en mi estómago.
—Ah.
Se remueve intranquilo y patea una hoja que se había adherido a su bota.
—Sí, es uno de los artistas con los que colaboro —explica con rapidez.
Asiento y trato de componer una expresión imperturbable. De alguna manera Farlan siempre fue mi apuesta segura y, a pesar de la ruptura, siempre quedó una pequeña esperanza, absurda y remota, pero existente.
—Me alegro por ti —le digo mientras palmeo su espalda.
Es un sentimiento sincero, a pesar de que esa felicidad suya lo aleje cada vez más de mí. Quizás no tenía tan superado lo nuestro, quizás tengo los sentimientos a flor de piel después de pasar tanto tiempo con Eren, quizás es completamente normal sentir todo esto. Farlan ha sido mi relación más duradera y la ruptura más suave que he tenido. No me hizo nada que me obligara a detestarlo, solo decidimos que era mejor dejar de sufrir tanto por la distancia.
—Gracias —murmura aliviado—. Debería volver, aún me quedan dos horas de trayecto hasta el pueblo.
—Sí, ya se está haciendo tarde.
Desandamos el recorrido, tratando de recuperar una atmósfera más ligera entre los dos. Volviendo a las trivialidades y a nuestros chistes de mierda, hasta que me detengo en seco al escuchar mi nombre. Cruzo la mirada con la madre de todas las casualidades, con dos ojos verdes que me paralizan.
Eren se acerca a nosotros acompañado de Armin y soy consciente de que me observa con interés.
—Hola, Levi —saluda con amabilidad aunque manteniendo cierta distancia—. Acabamos de dejar a Erwin en casa, nos explicó que habías salido. Venimos del centro comercial.
—Ah —contesto de forma seca.
Los observo mientras pienso que tengo delante a los dos chicos que más quebraderos de cabeza me han provocado. Casualidades de mierda.
Armin permanece de pie con actitud expectante y entonces soy consciente de que no los he presentado.
—Uh, sí. Este es Farlan —señalo a mi acompañante—. Armin es el novio de mi compañero de piso —le explico a mi ex—. Y él es Eren, un amigo.
—Encantado —dice el rubio mientras estrecha la mano con los otros dos.
Eren sonríe con cordialidad, aunque no tarda en desviar la mirada hacia mi dirección. En un gesto rápido, se acerca a mí para conversar, mientras Armin le pregunta a Farlan por su viaje.
—Oye, quería pedirte un favor. —Lanza una mirada de reojo hacia Farlan—. Si no estás muy ocupado, claro.
Joder, tengo la sensación de que Erwin ha hablado más de la cuenta.
—¿Qué sucede? —pregunto cruzándome de brazos.
—Verás, anoche mi portátil empezó a hacer cosas raras y cuando quise reiniciarlo, me salió una pantalla en azul. Lo apagué como pude y al encenderlo la pantalla se quedó en negro. Tengo proyectos y apuntes ahí dentro —explica de forma atropellada.
—Joder, Eren, ya te he dicho que uses un pen drive para esas cosas, o la nube —le recrimino por su mala cabeza.
Es la segunda vez que le tengo que reparar el ordenador.
—Lo sé, lo sé —añade—. Y tengo todo guardado...salvo lo del último mes.
Chasqueo la lengua y meneo la cabeza. Este chico no tiene remedio.
—¿Pantalla azul? Eso no pinta nada bien.
Eren se muerde el labio y compone una expresión mezcla de frustración, lástima y profunda preocupación. Me divierte mortificarlo.
—Oye, quita esa cara de estreñido —le digo con un gesto—. Esta noche después de estudiar pasamos por tu casa y lo miro.
Su rostro de ilumina y me sonríe con alivio.
—Gracias, Levi.
En ese momento, cruzo una mirada con Farlan y sé que tiene prisa por irse. Me dirijo a Eren de nuevo con la intención de finalizar ese encuentro cuanto antes.
—Te veo a la hora de siempre, nos tenemos que ir.
Eren asiente y le hace un gesto a Armin antes de despedirse y alejarse en dirección opuesta a la nuestra. Continuamos con el recorrido hacia el lugar donde Farlan ha aparcado su coche y le devuelvo el abrigo antes de subirme al asiento del copiloto.
—Qué amigos tan interesantes tiene tu compañero de piso —comenta mientras arranca el motor—. Su novio parece simpático, no me cuadra con el cejotas.
Le clavo la mirada, a pesar de que él la mantiene fija en la carretera. Erwin fue uno de los motivos por los que discutíamos a menudo. A Farlan le generaba mucha inseguridad el hecho de que viviera con él.
—Le tienes demasiada manía.
—Es demasiado prepotente.
—No, solo hay que saber tratarlo, es de confianza.
Farlan frunce el ceño pero no añade nada más. En menos de quince minutos ya estamos de vuelta en mi barrio.
—¿Hasta cuándo te quedas? —pregunto antes de bajarme—. ¿Has venido para una semana como la última vez?
Farlan menea la cabeza, parece tener los pensamientos en otra parte.
—Aún no tengo billete de vuelta. He pedido el mes entero de vacaciones en el trabajo. —Abro los ojos sorprendido—. Mi madre está delicada de salud.
Suelto la manivela del coche.
—Joder, ¿por qué no me habías dicho nada? —pregunto molesto.
—Porque hace meses que no hablamos y no iba a empezar con mis problemas —explica en un intento de tranquilizarme—. Tienen que operarla y estaré en el pueblo para ayudarla en todo lo que necesite.
—¿Es grave?
Se encoge de hombros y suspira.
—Tiene cáncer de mama —dice a media voz—. Ha estado con tratamiento y ahora le toca la cirugía. Me hubiera gustado venir antes, pero no quiso decirme nada hasta que le confirmaron la fecha de la operación.
Paso una mano por mi cabello y entrecierro los ojos.
—Qué mierda —susurro.
—Sí —murmura cabizbajo—. Pero estoy seguro que se recuperará pronto. No ha dejado de increparme desde que entré por la puerta, así que mantiene su ánimo de siempre.
Sonrío levemente, a pesar de la noticia. Tener a Farlan rondando por aquí durante un mes me pone algo nervioso, pero entiendo que pasará más tiempo en el pueblo que en la ciudad.
De forma inconsciente, mi mano se cierra en torno a la suya para darle un ligero apretón con la intención de infundirle ánimo y de demostrarle que puede contar conmigo. Sus ojos azules me devuelven una mirada de profundo agradecimiento. No hace falta intercambiar más palabras, nos entendemos a la perfección.
Me bajo del coche y me despido con la promesa de que iré a visitarla en cuanto pueda. Ya había planeado ir a ver a mi madre después del cumpleaños de Armin, aprovechando unos días festivos en los que no tengo clase.
Me espero hasta que arranca y desaparece de mi vista y me dirijo al portal para abrir la puerta con manos temblorosas. Subo por las escaleras en un intento de desentumecer mi cuerpo y cuando entro en el apartamento apoyo la espalda contra la puerta mientras recupero el resuello. Erwin me saluda desde el sofá sin desviar la mirada de la tablet donde lee la prensa digital.
—¿Cómo ha ido la cita con el ex? —pregunta con cierto cinismo.
Frunzo el ceño, a Erwin no le cae mal Farlan, pero no le gustó verme tan destrozado después de su última visita. A pesar de que traté de disimularlo, él me lee como un libro abierto.
—Bien. Me crucé con Eren y Armin en el parque.
Al escuchar mis palabras apoya la tablet en su regazo y me mira con inusitado interés.
—Qué coincidencia.
—Sí...
—No —sentencia con actitud defensiva—. No ha sido cosa mía, ni siquiera sabía dónde estabas.
—Lo sé.
Me dejo caer en el otro sofá y libero un suspiro. Demasiadas emociones en una sola tarde.
—Eren preguntó por ti —comenta mientras recupera su tablet—. Necesitaba ayuda con algo.
—Sí, con esa mierda destartalada que tiene por portátil —digo, mientras estiro mi espalda y mi cuello.
—Parecía sorprendido cuando le comenté que habías quedado con tu ex —deja caer con tono casual—. Pensé que se lo habías contado. Últimamente pasas mucho tiempo con él.
Libero un resoplido y ruedo los ojos, hoy no tengo ánimo para esto.
—Esos temas los comento sólo con Ratatouille. Aunque tú siempre te enteras de todo.
—Hange mantiene contacto con Farlan, no era difícil enterarme de su regreso —dice restándole importancia—. Y deberías hablar estos temas con un humano.
—No. Los humanos me dan consejos de mierda. —Me mira entrecerrando los ojos—. Me voy a dar una ducha, necesito despejarme.
Me incorporo y me dirijo a mi habitación para sacar de la jaula a mi adorada mascota. Detesto los días en los que la dejo encerrada durante tanto tiempo, pero no me parecía apropiado llevarla hoy conmigo.
Debajo del chorro de agua caliente siento que libero parte de la tensión que he acumulado en las últimas horas. No dejo de darle vueltas a todo lo que he hablado con Farlan y al asunto de su madre. Me sorprende que la mía no me haya comentado nada al respecto, sé que ellas mantienen una relación cercana.
Después de vestirme y de preparar una cena ligera, le mando un mensaje a Eren para asegurarme de que va a acudir a la biblioteca como habíamos acordado. Me sorprendo cuando me envía una foto desde allí, con su mochila apoyada en la silla que tiene al lado, reservándome el sitio.
Levi: Hoy te has lucido. Cómo se nota que quieres algo.
Dispuesto a no cometer el mismo error que esta tarde. Enrosco a conciencia la bufanda en torno a mi cuello y me coloco una gabardina. Me despido de Erwin y leo la respuesta de Eren antes de abandonar el apartamento.
Eren: No tardes por favor, ya he discutido con dos personas que querían el sitio.
Libero una carcajada que deja perplejo a mi compañero.
—¿Quieres llevarte mi coche? —pregunta desde el sofá.
Normalmente suelo moverme con transporte público. Tengo carnet de conducir, pero no un vehículo propio. Erwin me ofrece el suyo de vez en cuando, aunque intento no abusar de esos favores. Sin embargo, hoy accedo a llevármelo para tardar menos tiempo en reunirme con Eren.
Cuando llego al campus, aparco cerca de los complejos de viviendas y camino hacia la facultad de Eren. Entro a la biblioteca y no tardo en distinguir una reconocible mata de pelo castaño que está de espaldas en una de las mesas del fondo. Me acerco con sigilo y coloco una de mis heladas manos sobre su nuca. Eren libera una exclamación ahogada y no tarda en recibir un puñado de miradas reprobatorias.
Contengo la risa y me siento a su lado, mientras él se frota la nuca y me mira de reojo. Tiene un libro abierto de par en par y varias hojas escritas a mano con una letra horrible.
Estudiamos hasta las dos de la madrugada y después caminamos hasta su casa para revisar su portátil. Me sorprendo al ver a Jean hecho una bola en el sofá del salón, roncando mientras resuena de fondo todo el repertorio del teletienda. Le hago un gesto a Eren por si desea despertarlo, pero se encoge de hombros y se limita a apagar la tele.
Subimos por la estrecha escalera de caracol hasta su dormitorio. Nada más entrar, arrugo la nariz al ver unos calcetines tirados de cualquier forma en el suelo, al igual que una camiseta enroscada alrededor de una lámpara. Eren se apresura a ordenador lo mejor posible lo que hay tirado a su paso y yo trato de ignorar mis impulsos por agarrar un trapo y realizar una limpieza a fondo.
—Perdona, está un poco desastroso —dice algo avergonzado.
Visualizo su portátil encima del escritorio y me pongo a batallar con él sin más contemplaciones. Tal y como me indicó, el ordenador se enciende pero la pantalla se queda opaca. Chasqueo la lengua después de varios intentos.
—Tengo que desmontarlo —murmuro pensativo.
Él me mira desalentado y se deja caer sobre su cama con un suspiro, rebotando sobre el colchón.
Me pongo manos a la obra, desmontando con cuidado esa reliquia, observando bajo la luz del flexo cada componente. Al cabo de unos minutos, restriego mis ojos y me giro hacia un Eren que está medio dormido.
—Oye —digo en voz alta para desperezarlo—. No te duermas, cabrón.
Eren se incorpora con velocidad y abre bastante los ojos en un intento de simular que está espabilado.
—No estaba dormido —se defiende con voz pastosa.
—Claro —respondo con ironía—. Malas noticias, tiene pinta de ser un error de la tarjeta gráfica. Hubiera sido mejor que fallara la memoria, es lo que suele provocar que el sistema colapse y cargue el pre-operativo, que es la pantalla azul que viste ayer.
—Pero la tarjeta esa se puede cambiar, ¿no? —pregunta.
Meneo la cabeza.
—La memoria si, pero en los portátiles la tarjeta gráfica viene integrada en la placa base. La placa base es el corazón de la máquina, es como si tuvieras que reemplazar el motor de un coche, para ese viaje es mejor comprar uno nuevo. Lo único que podría hacer es rescatar tu disco duro, convertirlo en uno externo que puedas utilizar en tu futuro equipo, de esa forma conservarías la información. Este portátil está pidiendo que lo jubilen desde hace tiempo, ya te lo dije la última vez.
Eren me mira a través de sus párpados caídos haciendo un notable esfuerzo para seguir la conversación.
—Vale, se lo comentaré a mis padres. Supongo que no me queda otra que renovarlo.
—Quizás puedas plantearte un Pc de sobremesa en lugar de un portátil. Estudias comunicación audiovisual, necesitas un buen equipo —le aconsejo.
—Pero eso es más caro —protesta.
—Depende —contesto—. Va a ser tu herramienta de trabajo, mejor hacer una buena inversión. Yo tengo el portátil para ir a la facultad, pero utilizo el sobremesa la mayor parte del tiempo.
—De acuerdo, lo pensaré —murmura—. Entonces, ¿te lo llevas para eso del disco?
Su rostro somnoliento me parece adorable.
—Sí, me pondré con ello mañana después de clase.
Guardo el portátil en su funda y bajo con cuidado las escaleras. En algún momento Jean debe haber subido hacia su habitación, porque no hay rastro de él en el salón.
Antes de que pueda abrir la puerta para marcharme, la mano de Eren se posa sobre mi hombro.
—Oye, ¿estás bien? —pregunta preocupado.
Lo miro con el ceño fruncido, sin comprender su pregunta, hasta que caigo en la cuenta de que sabe que he estado paseando durante la tarde con mi ex. Eren no tiene buena relación con sus ex novias, de modo que es probable que le resulte chocante que me lleve tan bien con él.
—Sí, claro —contesto de forma escueta.
—Levi, sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad? —Sus ojos verdes me miran con intensidad—. No sé expresarme muy bien, pero sé escuchar.
—Estoy bien —aseguro con un tono más cortante de lo que pretendía—. Somos amigos, solo nos estábamos poniendo al día, no es para tanto.
Eren parpadea sorprendido y desvía la mirada un tanto avergonzado.
—No pretendía meterme en tu vida —se disculpa—. Es que Erwin parecía preocupado y eres tan hermético... No sabía lo de tu ex, pensé que vivía fuera.
Me siento un poco culpable por haber sido tan brusco, pero he tenido suficiente con el asunto de Farlan y además estoy agotado.
—Vive en Italia, pero ha venido a pasar unas semanas a nuestro pueblo —explico con un tono desprovisto de emoción—. No hay nada más que contar.
Eren asiente un poco incómodo y libera el agarre que tiene sobre mi hombro. Creo que confunde mi cansancio con enfado, pero siento que si abro la boca lo único que voy a conseguir es empeorarlo.
Me acompaña en silencio hasta donde tengo aparcado el coche y cuando me quedo a solas con las manos sobre el volante siento que todo se me viene encima.
El reencuentro con Farlan, mis emociones contradictorias, el asunto de su madre, mis sentimientos por Eren.
Suspiro agotado y pellizco el puente de mi nariz para despejarme. Puedo con esto, no es para tanto.
Arranco el motor y me dirijo de vuelta al apartamento, atravesando con rapidez las desérticas calles en compañía de la quietud de la noche.
(A/N): Muchas gracias por leer y por sus maravillosas reviews.
