La maldición del Duque
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 4
Candy se levantó de la cama, sintiendo más temor que antes, no por la apariencia del Duque, a esa ya se había acostumbrado, además, cuando era amable, sus rasgos bestiales parecían suavizarse. Lo que aterraba a Candy era el hecho de estar ahí, simplemente. ¿Cómo había llegado ahí? Con él.
—¿Qué hago aquí?— Sintió automáticamente la falta de energía, la debilidad del ayuno y sus tripas crujiendo desesperadas.
—Uno de mis sirvientes la halló en el bosque desmayada, no se me ocurrió otra cosa que traerla aquí, era lo más cerca y dada su condición... ruego que perdone mi atrevimiento.— Con su expresión compungida se embelleció su rostro un segundo, pero fue sólo eso, un segundo al cual Candy se lo achacó a un desvarío.
—Debo volver a casa...— Expresó débil, pero aún así, su amargura era evidente.
—Yo mismo la llevaré de vuelta a su casa, Lady Bella, pero primero coma algo, por favor, y trate de descansar un poco.
Casi en seguida, el pequeño ejército de graciosos utencilios llegaron con una bandeja de un suculento desayuno para Candy. Todo olía divino. Huevos hervidos, jamón, pan fresco, té y zumo de naranja, con sólo ver el menú sus mejillas recuperaron el color.
—Gracias, pero yo puedo ir al comedor...
—¡Oh de ninguna manera!—se apuró en decir la tetera.— Su Excelencia dijo que no se podía mover de aquí hasta que se apurase todo el desayuno.
—No acostumbro a que me sirvan en la cama.
—Pues acostúmbrese mientras sea nuestra invitada.
Candy pensó que se necesitaría más de un estómago para comerse todo aquello, pero todo había quedado tan delicioso que mientras más comía, más quería hasta que se lo hubo acabado todo.
Como obedientes soldados, los utencilios retiraron la bandeja y se marcharon. Tras el atracón, Candy sintió sus energías reanudarse, se puso de pie para curiosear en la habitación en la que se hallaba.
Debía ser la habitación de una mujer. Las sábanas estaban bordadas de flores, habían un baúl lleno de artilugios polvorientos que la hicieron estornudar. Le llamaba la atención el imponente armario de madera tallada. Lo abrió y se encontró con muchos vestidos, cada uno más hermoso que el otro.
Ella acostumbraba a hacerse sus propios vestidos, pero aunque tenía mucha creatividad, la situación económica no le dejaba más remedio que la sencillez. Hubo un vestido precioso que le llamó la atención y no pudo evitar sacarlo del armario.
Era amarillo, pero no en un amarillo fuerte o chillón como la mostaza, era como un dorado suave, la ancha falda, con volantes, arriba era en corte V, mangas caídas. Se lo acomodó por encima y giró con él frente al espejo, riendo con travesura infantil.
—¿Le gusta?
—¡Oh!— Candy se dio tremendo susto y cayó al suelo enredada con el vestido. A ella se le unió Clint muy contento.
—Lo siento. No quise asustarla, la puerta estaba abierta...— Se apresuró en ayudarla a levantar del suelo.
—Perdóneme usted a mí, Excelencia. Yo no debí...
Candy recogió el vestido del suelo y lo tendió en la cama para sacudirlo.
—Era de mi hermana, Ann. Esta era su recámara.
—No sabía que tenía una hermana... le ruego me disculpe, yo...
—Si le gustó el vestido, puede quedárselo, estoy seguro de que Annie no lo echará en falta.
—¡Oh de ninguna manera! Yo... yo sólo lo admiraba. Además, no creo que me quede. Su hermana se ve que es alta...
—Es un rasgo común en los Grandchester, sin embargo, podría hacerlo entallar a su medida.
Candy le dio una gran sonrisa. Le había encantado el vestido, como si tuviese magia. Pero su sonrisa se desvaneció al pensar en que pronto se casaría con Neil Leagan, tendría que trabajar en su vestido de novia y su ajuar...
—¿Qué le sucede, Candy?
—¿Perdón?— Se volvió a él cuando salió de sus amargos pensamientos.
—Su rostro pasa a menudo de la más sublime sonrisa hasta la más profunda tristeza.— Los hermosos ojos del Duque se compadecieron, creció en él un gran deseo de protegerla.
—No puedo aceptar el vestido. Gracias de todas formas.
—No se preocupe. Estará aquí por si cambia de opinión. La dejo descansar.
Se retiró y Candy se metió en la cómoda y mullida cama, Clint la acompañó. Quería descansar, lo intentaba, pero era inútil. El asunto de la boda con Neil no le dejaba sociego. Imaginarse compartir un techo con él, apoyar sus aficciones cuando él reprobaba las de ella. Caminar de su mano, estar a su lado como esposa obediente y sumisa. Tener a sus hijos, compartir el lecho... el lecho y todo lo que eso implicara.
—¿Por qué, Clint? De todos los hombres... ¿por qué él?
Llorando, se perdió en los recuerdos de una dulce infancia y un amigo inseparable y entrañable.
—Si me alcanzas, te regalaré mis manzanas.
—¿Todas tus manzanas?— Le preguntó una pequeña Candy de ocho años a su amigo Anthony, de diez.
—Sí, todas.
—¿Y tú qué comerás?
—¡Todas! Sé que no me alcanzarás.
Sin darle tiempo a reaccionar, salió corriendo por el bosque y ella iba detrás, sus dos trenzas al viento, sus mejillas coloradas al baño del sol.
—¡Eres un tramposo, Anthony! Te atraparé y te golpearé.
—Si logras alcanzarme antes.
Candy corrió y corrió, pero no lo alcanzó, a pesar de que muchas veces iba pisándole los talones. Resignada, se sentó sobre la hierba, aceptando su derrota.
—Te lo dije. Corres como toturga.
—¡Claro! Tú me hiciste trampa.
—¡Ya! No chilles. Toma.— Le dio una manzana.
Anthony era el hijo de la costurera del pueblo, amiga de su madre que una a la otra se habían tendido la mano en las temporadas de escacés.
—Este lo hice con rosas y jazmines... y... algo secreto que no te podré revelar.— Le echó a Candy unas gotitas de perfume en las muñecas, una fragancia que él había creado. Compartían el mismo gusto por la naturaleza, aunque él era más aficionado a las rosas.
—Es fabuloso.— Aspiró ella extasiada, cerrando los ojos.
Tenía quince años en ese entonces y él diecisiete. Ella ya comenzaba a transformarse en una hermosa jovencita.
—Es para ti.
—¿Para mí? Pero... ¿cómo? No, es tuyo, tú lo creaste y podrías venderlo...
—Puedo hacer muchos más.— Compartieron una sonrisa que decía muchas cosas sin necesidad de palabras.
Les gustaba irse al río, veía a Anthony pescar mientras conversaban de todo y de nada, como dos jóvenes que sólo han visto lo hermoso del mundo, que no han hayado a su paso decepción o que al menos no prestaban importancia a ellas.
Candy trataba de ser feliz a pesar de la pérdida de su madre, siempre alegre y risueña, como si la vida continuara al igual que ella. Anthony ignoraba el hecho de que era un bastardo. Se rumoraba que era hijo del Rey, por su exacto parecido con el príncipe Albert.
—Quiero tener mi propia perfumería. Tal vez me haga rico...
—Posiblemente, no tenemos una perfumería propia aquí, todos los perfumes vienen de Francia... creo que Italia también los está creando...
—Y cuando tenga mucho dinero, compraré una casa muy grande para ti... entonces pediré tu mano y nos casaremos.
Candy bajó la vista con las mejillas coloraditas y sonrió a la vez que Anthony liberaba los peces que atrapaba.
Los dulces sueños no se realizaron, no hasta el momento, pues un año más tarde, Anthony fue llamado a servir en la guardia real y a penas se veían, además de que muchas veces, Anthony no estaba en Inglaterra, cumpliendo algún mandato real, peleando con su vida en algún tratado de paz o de guerra. Aún así, Candy lo recordaba con cariño y nostalgia.
Comprendiendo que no tenía caso dejar entrar la melancolía en esos momentos, Candy se levantó de la cama y salió con Clint de la habitación.
Era enorme el lugar, tantos pasillos, pasadizos, debía ser una aventura jugar al escondite ahí. Eran tantas habitaciones, tantos salones, se necesitaría más de un día para recorrer totalmente el castillo. Al no poder dar con la entrada principal, perdida, se quedó curioseando por las habitaciones y llegó a un salón de pinturas.
Había un enorme retrato del fallecido Duque y los demás debían ser de las antiguas generaciones. Otro cuadro mostraba al Duque con Eleanor, dos niñas adolescentes y un niño de unos cinco o siete años. Tenía el pelo largo y castaño y unos hermosos ojos azules. Sabía que era Terruce, ¿quién si no?
Siguió mirando cuadros, una hermosa Eleanor ya en sus treinta y tanto con unas rosas. Había un cuadro de las dos hermanas de Terry, ya en sus quince o diecisiete, hermosas en sus impecables vestidos. Había otro hermoso retrato que la había dejado con la boca abierta. Mostraba a un hombre en sus veinti tantos, de pie, alto, con un asombroso pelo largo, se fijó en la precisión y perfección que puso en los rasgos quien lo haya pintado, esos ojazos azules parecían mirarla. Se le erizó la piel. Ese era el rostro que ella a veces veía en Terry. No lo había imaginado después de todo.
—Debiste hacer algo muy atroz para terminar así...— con compasión, pasó suave sus dedos por la pintura.
De pronto, una hermosa música se comenzó a oir. Era el sonido de un piano, la melodía era embriagante. ¿Mozart? ¿Beethoven? ¡Quién supiera! Guiada por el encanto de la música, persiguió cada nota, entonces llegó a otro salón y allí lo vio tocando.
Se quedó de pie en el umbral porque él no la había visto. Quedaba de espaldas a ella y con los ojos cerrados, como si más que tocar, sintiera la música, sus dedos hermosos acariciaban cada tecla.
De espaldas, se le veía tan atractivo, su porte... así con la cara escondida, no se adivinaba la fealdad y él estaba tan concentrado, tan inmerso en su música.
—¡Bravo!— Aplaudió ella con total espontaneidad cuando él terminó su pieza, sorprendiéndolo.
—Lady Bella... ¿Ya se siente mejor?
—Como nueva. Gracias por todo, Excelencia.— Se inclinó en reverencia.
—¿Le gustaría dar un paseo por el jardín?— Le invitó de pronto.
—Yo... de hecho, ya me iba...— El apagón en el semblante del Duque la conmovió de tal manera que tuvo que retractarse.
Con toda caballerosidad, él la llevó del codo hasta los jardines, el cachorrito fiel iba detrás.
Candy no había visto tanta belleza en un solo lugar. No sólo por la hermosa variedad de rosas y las paredes cubiertas de enredaderas. Era ese olor a frescura, a rocío. Las fuentes en la que los pajaritos se posaban y a las que las rosas caían, dándole un encanto mágico y único. Los verdes pastos, cuidados, los frondosos árboles. Debajo de un almendro había un columpio. Candy corrió hacia él y se sentó, sonriente. Por un segundo, llena de vida, de alegría, de ilusión. Muy pronto perdería toda esa libertad.
—Lo hicieron para mis hermanas, aunque yo también disfruté de él en mis tiempos.— Le dijo sonriendo, admirándola, enamorándose.
—Es hermoso esto aquí. Me conformaría con vivir solo aquí, entre tanta belleza, tanta naturaleza...
Ella era tan feliz, tan naturalmente feliz con tan poco, pensó él. Era hermoso escucharla reir, verla correr sin complejos, sin miramientos, sin calcular su opinión o reacción.
—¿Quiere que la empuje?— Ofreció sonriente, embriagado de su vibrante alegría y ¿por qué no? Inocencia.
—Oh, no se moleste, Excelencia...
—No es ninguna molestia.
Suavemente, empujó el columpio y ella cerró los ojos, sintiendo que volaba.
Candy se perdía en la magia del momento y en dulces recuerdos de infancia, lejos de lo feo del mundo y de sus preocupaciones. Terry en cambio, por primera vez comenzaba a ver la verdadera alegría, la sencillez de esos momentos y siempre lo había tenido, pero nunca lo había valorado.
Verla a ella entregarse confiada a él, a su cuidado mientras la empujaba, con la preocupación de no hacerlo muy fuerte y su frágil y pequeño cuerpo saliera disparado por los aires. Disfrutando placeres tan sencillos, siendo feliz con lo que tenía, agradecida.
Se había enamorado de tal menera que no había en él lujuria al mirarla. Mucha ternura, deseos de protegerla, confortarla, tener alguna vez la gran dicha de abrazarla, hasta algo tan simple como acariciar ese cabello de oro que se rebelaba con el viento, esos mechones irreverentes que se escapaban de su peinado. La boquita pequeña, inocente, sus labios jugosos y bien delineados, la pequeña nariz y esas pecas, amaba cada cosa suya y amaba el rubor que el sol ponía en sus mejillas. ¡Qué no daría por poner en una de esas mejillas un beso! ¿Se lo permitiría ella? Bien sabía que no. No sólo por el hecho de lo descabellado de la idea, de su apariencia bestial, sino porque Candy no era como las demás y él lo sabía.
—¿Limonada?— Los fieles y peculiares sirvientes aparecieron.
—¡Yo sí! Estoy sedienta.
Terry quedó impresionado por la forma en que Candy bebía como quien ha cruzado un desierto, se escuchaba el líquido bajar fuerte por su garganta.
—Despacio, Lady Candy, se le saldrá por la nariz.
—Jajajajaja. Mi madre decía eso mismo.
Otra vez esa risa que era capaz de embellecer al mundo entero, incluyéndolo. Ni siquiera tomaba de su limonada, no quería que nada lo distrajera de mirarla a ella.
—¿Cree que sea posible?— Dijo ella sacándolo de su embelezo.
—¿Qué cosa?
—Que se me pueda salir el jugo por la nariz. Jajajajaja.
—No me parece que sea buena idea averiguarlo.
Después de la limonada, se sentaron en un banco, ella seguía deleitándolo con sus historias, sus ocurrencias y a cada segundo que pasaba a su lado, más difícil se le hacía dejarla ir.
Había algo que lo consumía por dentro. Los celos. Aquél hombre joven junto a su padre que le había reclamado. Ella pertenecía a alguien y ese alguien era el dueño de esas risas, de todos esos momentos, de ella. Aunque... ella nunca dijo estar prometida, nunca mencionó algún marido o pretendiente. Tal vez aquél hombre sólo era un hermano protector. ¡Y un rábano! Pensó luego con furia. Ella le había dicho que su madre había muerto y que no tuvo más hermanos.
—Excelencia, ¿puedo preguntarle algo? Me está matando la curiosidad...— Se mordió los labios con la travesura de una niña cuando sabe que algo no está bien.
—Adelante.
—¿Por qué...?
—¿Por qué me convertí en una bestia?
—Lo siento. No tiene que constestar, yo...
—Hubo una joven hermosa... muy linda en verdad, bueno, una princesa a la que estuve prometido. Ella... tenía algo de usted...— Los ojos de Candy se agigantaron.
—¿Algo de mí? ¿Qué podríamos tener en común una princesa y yo?
—Además de la belleza que, con todo respeto, usted supera, ella era inocente, ingenua, pura... y me amaba, pero yo no la amaba a ella...
—Bueno, no podemos elegir a quien amar, no veo por qué deba sentirse culpable...
—Ella tenía todos los atributos para ser amada, Lady Bella. Pero yo... yo la engañé, la traicioné y me reía a viva voz de sus sentimientos por mí. Yo... yo no tenía idea del daño que el desprecio podría causar...— Habían lágrimas en los ojos de ambos.
—Entonces... es verdad. Ella murió por amor a usted...
—Y se llevó mi vida consigo. Yo también morí ese día, Lady Candy.
Candy se quedó en silencio largo rato. Analizando todo. Él y ella compartían un universo paralelo.
—Fue muy injusto.
—Yo pienso que lo tengo merecido. Dejé muchos sentimientos rotos, señorita.
—No lo digo por eso. Pienso que sus acciones fueron muy lógicas.
—¿Ruego su perdón?— Había quedado desconcertado.
—No es que justifique del todo su comportamiento, usted es un hombre y... bueno, no tengo que decirle todo lo que ser un hombre implica, derechos que me parecen absurdos y aborrezco, pero dentro de todo eso hay más...
Volvió a quedarse en silencio, pensativa, mientras a él la intriga lo consumía.
—Usted simplemente actuó como una persona que no corresponde a un amor que ha sido impuesto. Para haberla traicionado, tuvo que amarla y usted no la amó, no le debía fidelidad ni nada, porque usted jamás le perteneció.
Terruce no podía creer lo que escuchaba. Cómo era capaz esa niña de llegar a conclusiones tan profundas y expresarlas con tanta convicción.
—Hay ciertos deberes, destinos contra los que no podemos hacer nada, mi Lady...
—Dígamelo a mí...— Dijo más bien a la nada, viendo sin mirar.
—Lady Bella... tengo una duda consumiéndome las entrañas...
—Diga usted, Excelencia.
—Ese hombre con el que discutía anoche...
—Mi prometido.— Soltó como si la palabra tuviera una sustancia ácida que la hacía sangrar y desgarrarse por dentro.
—¿Su prometido? ¿Usted está prometida?— Su tono violento la hizo sobresaltarse.
—Sí... ¿Por qué le asombra?— Preguntó temblando.
Él se preguntaba lo mismo. ¿Por qué le asombraba? ¿A caso él mismo no había llegado a esa conclusión por su propia cuenta? ¿Pero por qué dolía tanto que fuera ella quien lo pronunciara? Eso lo hacía más doloroso y cruel. Su prometido...
—¡Aargrrgggg!— Rugió como un animal herido y sus ojos volvieron a tornarse felinos.
—¿Excelencia?— Se alejó aterrada.
—¡Váyase de aquí!
—Pero...
—¡Largo! ¡Aarrgghh!
Continuará...
¡Hola!
Mis amores, les dejé este capi porque es probable que no pueda actualizar hasta el fin de semana o hasta la próxima semana, espero que lo disfruten y grancias por el ánimo.
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Wendy
