Miércoles

—¿Qué quiere decir con que tiene más de seis meses sin ser devuelta?

—Lo siento señorita, es lo que dice el registro.

—¿Y no hay más copias?

—Ya revisé el inventario, sólo hay dos y una de ellas está dañada.

—¿No le dejaron algún teléfono o dirección?

—El teléfono fue cambiado semanas después del prest...

—¡Entonces deme la dirección! ¡Yo misma iré por esa maldita copia!

—Señorita esa información es confiden...

—DÉMELA.

Y así, con una improvisada orden de suspensión, el dependiente no tuvo otra opción que darle una notita adhesiva con la última dirección registrada con el préstamo. Kuvira sonrió amablemente, dejó una educada propina y salió como si nada hubiese sucedido. Quién sea que haya sido el sinvergüenza que se quedó con el DVD de Fahrenheit 451 ahora pagaría por su irresponsabilidad y por arruinar un buen día de película.

Sacó su móvil e ingresó la dirección en el GPS. Inmediatamente las instrucciones para llegar a su destino resaltaron en el pequeño mapa y puso marcha a por el o la canalla. Así aunque el mundo conspirara en su contra y pareciera que interrumpiendo cosas como su desayuno o su maratón de cine desistiría en descansar sin pisar al menos las escaleras de su despacho o no encontrarse con el rector de Las Cuatro Naciones para adelantar su contratación, conseguiría lo que quiere... Porque en realidad siempre lo hace.


Tras quince minutos desde el local de rentas a unas calles del parque central, miró los señalamientos, era el séptimo distrito. Así fuera del otro lado de la ciudad, quemaba tiempo, buscaba su película y de paso veía de qué otros cambios se había perdido.

Las indicaciones del GPS se desactivaron por una llamada entrante, contestó sin mirar el identificador.

—Kuvira.

—¡Madame! ¿Se encuentra bien?

—Oh espíritus, Iknik. No te llamé ayer, lo siento. Estoy bien, después de salir del súper fui a casa y luego salí a cenar.

—Menos mal, llamé a su departamento pero para ser novedad, no contestó.

—Lo lamento, salí a media mañana y aún no vuelvo ¿Qué ha sucedido con el caso Sato?

—La detective dijo que si usted no era quien le contactaba entonces no habría ni cita ni acuerdo para proseguir con el caso.

—Vaya, qué ruda. Oye debo colgar, arreglaremos eso después.

—Claro madame, Blackstone fuera.

Apagó el motor y salió. Miró de lado a lado de la calle, lo que parecía el Colegio Humanista de la República Unida se erguía al final y al costado izquierdo, del otro lado de la acera donde había aparcado, le acompañaba el hostal estudiantil.

Malditos niños ricos.

No podía acercarse en ese plan agresivo. No al menos hasta asegurarse de dos cosas: Que la dirección era la correcta y dar con el piso indicado y que estuviera ahí el canalla aún en pleno descanso de primavera. Se calmó y caminó a la recepción. Le explicó al vigilante que no se tardaría y que se trataba de un amigo suyo que le había invitado a almorzar. El hombre la dejó pasar y le indicó la dirección del elevador que la dejaría frente a la puerta.

Los corredores tenían ese aspecto viejo pero elegante. Pensó si en unos cincuenta años, así luciría la ciudad universitaria de Zaofu. Los destellos dorados de la ciudad entera parecían estar atrapados en cada pasillo y recibidor. Llegó hasta el sexto piso, el ascensor abrió sus puertas y se encontró de frente con una puerta de roble tallada cuidadosamente. El diseño le parecía familiar, quizás era algo común entre las construcciones más antiguas de la ciudad. Tomo la delicada aldaba de hierro y tocó tres veces.

¡Alguien toca!

¡Abre tú!

¡Yo abrí la última vez!

¡Estoy en medio de algo importante, nerd!

Y luego de un suspiro completamente audible, quizás a unos escasos centímetros de la puerta, ésta se abrió y un muchacho alto, con gafas gruesas color gris obscuro y que no parecía pasar de los 26 años le saludó.

—Buenos días. —Dijo Kuvira estoica.

—Son tardes. —El joven miró su reloj y le mostró la hora. —¿Qué se te ofrece?

—Oh vaya, bueno verás, sucede que vengo del movie-rental del tercer distrito y me dijeron que la película que busco jamás fue devuelta. —Su tono pasó de educado y sereno a algo sombrío y demandante. —La quiero.

El muchacho exhaló fastidiado como lo hizo antes de abrir y miró detrás suyo.

—Creo que sé a lo que te refieres. Pasa, ya lo arreglo.

Cerró la puerta detrás suyo y se sentó en la sala. Aunque habían papeles y demás objetos por el lugar, no le quitaba ese aspecto sobrio y elegante. Escuchaba susurros en lo que ella suponía era el estudio o el dormitorio. Acto seguido, junto al muchacho que la recibió, apareció un chico un poco más joven con el cabello atado y el flequillo color jade y una túnica manchada de pintura y las mangas recogidas.

—Hola. —Kuvira se levantó de su asiento y le dio la mano al chico.

—¿Dices que el irresponsable soy yo? —Le clavó la mirada al otro joven.

—No lo dije, sólo vine por el disco y me largaré sin hacer más bulla.

—Pregúntale a él en dónde lo dejó. —Señaló al de las gafas. —Le encargué devolverlo después de que la usé y el muy inútil la perdió junto con mi membresía antes de mudarme aquí con él.

—Inútil tú que no podías tomar un autobús al tercer distrito y dejarla por ti mismo.

—¿Y alimentar a este maldito sistema neoliberalista con MIS yuanes?

—Entonces pudiste caminar o ir en bicicleta.

—Pues tú tampoco lo hiciste, nerd.

—¿Van a darme la maldita película o me encargo de que sean vetados del local? —Dijo harta de la estúpida discusión.

El de las gafas volvió al dormitorio a buscar la película mientras el otro le preparaba un té a la joven a modo de disculpa.

—Hibisco y menta. Calma la mente y estabiliza la presión arterial. Bastante bueno para concentrarte si tienes un bloqueo o resaca.

Kuvira aceptó la humeante taza. Más allá de la extraña sensación que le dio la explicación tan similar a la que le había dado Su la mañana anterior, era el sazón en la bebida lo que le intrigó un poco más. Seguro era una coincidencia y quizá la misma marca de té. O será el agua. O que en realidad tenía tal gusto por el hibisco que le sabía igual.

El muchacho volvió con las manos vacías.

—Pues no está ni en mi armario ni en tu estudio.

—¿Y ahora qué sugieres, Junior?

—Ya te dije que me llames Baatar, y no lo sé. La tengo en línea. —Se dirigió a la chica. —Si no te molesta verla aquí.

—Si a ustedes no les molesta que esté aquí. Y mucho gusto, Baatar. Mi nombre es Kuvira. —No parecía contenta, pero al menos ya había perdido el semblante asesino.

—Lamento no haberme presentado antes, qué intransigencia. El idiota que nunca devolvió el DVD es Huan, mi hermano menor.

El chico alzó el puño y tomo la mano de Kuvira para chocarlas. La joven solo rió y volvió a sentarse.


El móvil de uno de los hermanos sonó y los sacó a los tres del suspenso de la persecución del bombero, Baatar lo tomó y revisó el texto.

—¡Huan! Viene un importante caza talentos de la Nación del Fuego...

El chico saltó del sofá y fue corriendo a cambiar la manchada túnica por un pantalón gris, una camisa blanca y un suéter aguamarina.

—¿A qué hora?

—Sólo bromeaba, quería que te quitaras eso de una buena vez. Vendrá mamá, de hecho está en el elevad... —Le interrumpieron los golpecitos amables en la puerta. —Aquí está. Anda, levanta todo eso y ven a saludar.

Al chico no le fascino la idea y Kuvira entendió el gesto de súplica que le hizo. Llevó el bowl de palomitas vacío, los vasos y la taza donde tomó su té a la pequeña cocina.

—Madre, al principio no supe si se trataba de un chiste.

—Sí, Junior me hizo quitarme la bata... ¿Quieres ver mi último trabajo? Es sobre armonía y caos, todo balanceado en óleo.

—Oh niños, bueno, no sé que te haya dicho Junior pero si vengo para llevarlos a un lugar. Vamos Huan, a ver en qué está trabajando mi niño.

—Madre...

—De ti ya vi los planos para la remodelación de Lianmeng. Seguro Bolin estará más que contento.

Pasaron por la cocina y Kuvira estaba agachada detrás de la barra guardando las golosinas de Huan. Al levantarse abrió los ojos por completo. El asunto del té, la arrogancia de Baatar y el cinismo de Huan... Oh espíritus.

Dio media vuelta y fue detrás de la puerta esperando que no la hubiera visto. ¿Cómo demonios lo dejó como un pensamiento paranoico más? Es más que obvio, Su es la madre de los chicos. ¿Qué rayos, por qué la familia Beifong entera tenía que vivir en Ciudad República? Y más importante, ¿por qué parecía un imán de Beifongs?

—Vamos Baatar, arréglate. La función es en un par de horas pero aún debemos pasar por alguien más.

—¿Quién? —Preguntó el menor.

—Una... amiga. Si, amiga. Seguro se llevarán bien con ella.

La chica se armó de valor y caminó por el pasillo que llevaba al estudio de arte. Recargó el hombro derecho en un muro y saludó.

—Buenas noches, señora Beifong.

—Buenas no... —Se sorprendió igual. —¿Kuvira?

—La misma de anoch...

—¿Se conocen? —Los hermanos preguntaron curiosos.

—Por supuesto.

—Por supuesto que no. Digo sí. Bueno...

—¿Qué? —Volvieron a preguntar confundidos.

—Ya, tranquila. —Se dirigió a los chicos. —La conozco por un empleo que me ofrecieron en Las Cuatro Naciones.

—Sí. —Rió Suyin nerviosa. —Te llamé para avisar y... ¿Qué haces aquí?

—¡Baatar es un irresponsable! —Gritó Huan.

—¡Huan es un inútil! —Se defendió Baatar.

—Ninguno de ustedes apareció en el movie-rental así que mejor no digan nada antes de que los acuse con su madre.

—¿Hay algo más que deba saber? —Suspiró derrotada

—Nop.

—No.

—Absolutamente.

—Los actores de la Isla Ember... ¿En serio, madre?

—Junior, dales una oportunidad. Cambiaron su concepto a algo más humorístico después de las críticas por la última presentación.

—Con justa razón. —Se quejó Huan. —Eso de hacer ver a Jean Valjean más miserable de lo que ya era y encima un ridículo sin límites fue de muy mal gusto.

Kuvira los miró con ternura. Si serían cínicos y egocéntricos, pero en verdad eran una familia como cualquier otra. Y al menos esperaba que no se dieran cuenta del affair que tenían su madre y ella. O que se encontrara al esposo. Que a éste paso era de esperarse hasta con la madre y los abuelos de Suyin.

Al menos su día de película fue tan emocionante como los últimos dos. Estaba segura que, de lo que no tendría descanso serían de las sorpresas de Suyin y estaba contenta con ello. Si no, ¿de qué otra forma pasaría sus vacaciones?

—¿Estará presente el rector? —Preguntó la joven.

—De hecho por eso te estuve buscando. Sería buen momento para conversar sobre la propuesta. Podría presentarlos y que las cosas salgan más pronto de lo que esperamos.

Los chicos se encaminaron a la universidad en el auto de Baatar y Su llevó a Kuvira a su departamento para que se cambiara y arreglara.

—La que debe preguntar si hay más sorpresas soy yo. —Dijo la muchacha.

—Oh vamos, ¿qué no te encanta esa sensación de incertidumbre?

Kuvira no hizo más que reír junto con Suyin. Llegaron en silencio al piso de la joven y se dirigieron al vestidor.

—Deja esa mirada libidinosa, ves que no necesito tensiones por ahora...

—Podríamos relajarnos...

—No estarás pensando en retrasarnos, ¿o si?

—Depende, si estás pensando mal de mi...

—Ya mejor no espero nada. —Tomó un traje clásico color negro y una camisa blanca. —Si me permites...

—No creas que se nota cómo evitas los escotes.

—¿Te me insinuarás toda la noche? Deberías disculparte por semejantes moraduras que dejaste.

—Tal vez. O tal vez no.

—Ya, mejor ayúdame a decidir si uso corbata, moño o si lo dejo así. ¿Es demasiado formal la presentación?

—No es gala pero así funcionará. —Aflojó la delgada corbata color acero y dejó un beso en el cuello de la chica que le causó escalofríos. —Vámonos, no quieres que los chicos se pregunten dónde estamos. Ya sabes cómo son...


Poderoso comentario de la autora: ¡He vuelto! Ya, lo prometido era deuda, no podía dejarlos sin actualizaciones (Las estoy viendo a ustedes, Devil-in-my-shoes, LupitaAzucena y Orlia). Muchas gracias por el apoyo, las ideas y su comprensión. La escuela me tiene algo absorbida, y es que resulta que de esas grandes malas ideas que parecen más sencillas en teoría, se me ocurrió hacer a la cafetería Lianmeng algo real y, chicos, si en algún momento se les ocurre poner un restaurante... I see a big storm coming for you jajaja.

¡Nos leemos! Con el amor de siempre, MelPocaSuerte.