SOLARIUM.

Decir que Draco estaba nervioso era cierto, pero más cierto aún era decir que Draco sentía un intenso pavor que nacía en la boca de su estómago y se extendía con tentáculos de acero a través de su cuerpo. Quería irse, volver de nuevo a la seguridad de su hogar, su rutina, su adorada rutina, su Solarium y sus elfos. Pero también estaba la pequeña dificultad de haber dado su palabra. En concreto a alguien, en este caso a Harry.

Le había prometido ir con él a Godric Hollow, sabía que eso era algo importante para el moreno. Pero para ir a su casa tenía que salir de su adorada Mansión y dejar solos a los pavos reales y los invernaderos y no podría tumbarse en el diván a ver el atardecer en el Solarium.

Todos aquellos pensamientos no lo dejaban dormir tranquilo. Llevaba más de dos horas dando vueltas en la cama, pensando en todo y en nada al mismo tiempo. Tenía la ligera sensación de que aquel ofrecimiento no era sólo por enseñarle su casa, pensaba Draco, sino que ocultaba un trasfondo mucho más oscuro.

Harry estaba poniéndolo a prueba. Estaba probándolo. Seguramente ya estaría harto de tener que ser él quien lo buscase siempre y querría sacarlo de su cómodo huevo y hacerle saber que si no despertaba de esa comodidad, él se cansaría y lo dejaría.

Aunque le costase admitirlo, Draco sabía que el moreno tenía la paciencia de un santo muggle y se vio reconociendo en la oscuridad de su cuarto, que si las cosas fuesen a la inversa, él probablemente no habría aguantado nada de todo aquello.

Pero aunque sabía que Harry era con él, todo lo que cualquiera pudiese esperar y desear, él seguía sin poder corresponder a esa entrega de un modo pleno.

Le dieron las siete de la mañana pensando en todo aquello. Harry vendría a buscarlo en dos horas. Aún tenía que bañarse, desayunar y pensar qué se pondría de ropa, además, tenía que dar instrucciones precisas a los elfos…demasiadas cosas que hacer en tan sólo dos horas.

Se levantó perezosamente de la cama y se dirigió al baño, donde, sin mirarse siquiera se dejó caer dentro de la bañera llena y calentita, con olor a lavanda y espuma de color verdoso. Se vistió y desayunó lentamente, mirando de vez en cuando, el reloj del Solarium, deseando y a la vez temiendo que los minutos pasasen. Porque no sabía que podía esperar de aquel día realmente. Y no saber a lo que se podía enfrentar era algo que lo llenaba de pavor a un grado de paralizarlo.

Hacía más de dos años que no salía de su refugio y ahora Harry le pedía un esfuerzo titánico y sobrehumano. Casi superior a sus fuerzas. Tal vez debería mandarle una lechuza y decirle que se encontraba mal y que no podría ir, pero en su interior sabía que si hacía eso el moreno se presentaría igual allí y que aquello que ambos tenían, fuera lo que fuera, acabaría allí mismo.

Y perder a Harry no era algo que en ese momento pudiese contemplar como una posibilidad. Odiaba admitir que lo necesitaba más de lo que le gustaba reconocer.

Así que sacaría fuerzas de flaqueza y complacería al moreno ese día. Al fin y al cabo, Harry había estado con él el día de su cumpleaños, lo había mimado y obedecido en todo lo que él había querido hacer. En realidad Harry llevaba demasiado tiempo haciendo lo que él quería hacer. Era un fastidio pero ahora era él a quien le tocaba devolver el favor.


Harry trataba de respirar con Draco colgado de su cuello como un naufrago de un trozo de madera. Todo había estado relativamente bien. Al menos hasta el momento en que le dijo al rubio que iba a desaparecerlos a los dos para llevarlos a Godric Hollow.

Había notado el nerviosismo y las dudas de Draco y sinceramente temió que se echase atrás en el último momento. Aunque para ser sinceros le había sorprendido el valor que simuló tener este mientras andaban el camino que iba desde la Mansión hasta la entrada de Malfoy Manor, desde donde podrían desaparecerse, ya que dentro de los terrenos Malfoy no podrían hacerlo debido a las protecciones.

Además, en cierto modo era curioso ver como Draco andaba el camino, alejándose de su refugio paso a paso, mirándolo todo, casi como si estuviese despidiéndose de su hogar para siempre. Sólo hubiese faltado que los pavos reales albinos lo siguieran en cortejo.

Sintió la respiración iregular del rubio cuando lo abrazó para poder desaparecerlo junto a él. Lo abrazó con todo el cuidado que pudo, aún a través de la oscura túnica que lo cubría de pies a cabeza podía sentir los leves temblores que sacudían el cuerpo del heredero Malfoy.

Harry sabía que todo aquello no era nada fácil para el rubio. Pero algún día tendría que volver a salir al mundo exterior y aquel día era tan bueno como cualquier otro.

-Ya puedes abrir los ojos, Draco.

El rubio obedeció, no sin cierta reticencia. Sus ojos se llenaron de la visión de un día claro y brillante, de un prado verde, que olía a lavanda y margaritas, donde a lo lejos sonaba el trinar de los pájaros y donde aquí y allí, demasiado espaciadas unas de otras, había pequeñas casitas que casi parecían de juguete.

El moreno sujetó su mano y tiró suavemente de ella hasta conducirlo a una de esas pequeñas casitas dispersas. De dos plantas, con chimenea, de madera, con un gracioso jardín en la parte frontal que no era sino un adorno porque al ser tan pequeño allí no podría cultivarse ningún tipo de planta, como se hacía en los invernaderos de la Mansión.

Harry casi no le dejó tiempo de estudiarla por fuera cuando ya lo conducía a su interior.

La planta baja era una sola estancia. Amplia, para ser una casita tan pequeña, pero el no encontrar ni puertas n i paredes era algo que desconcertó demasiado al rubio.

-Bienvenido-dijo Harry-estás en tu casa.

-Ah…gracias-contestó el rubio aún demasiado abrumado por lo rápido de todos los acontecimientos.

-Puedes mirar lo que quieras. Iré a preparar algo de té… ¿quieres?

-Si, algo de té estará bien-respondió como un autómata.

Draco aprovechó la soledad del momento para poder observar a sus anchas el lugar. Era una casa extraña. Aunque claro, siendo Potter el dueño no es que pudiese esperarse otra cosa. Las paredes eran de piedra y ladrillo, casi como si no hubiesen terminado de construirla por dentro. A la derecha había un gran ventanal que daba al jardincito delantero. A la izquierda, una gran chimenea, bueno, grande para la casa, porque en su Mansión había chimeneas donde cabían dos personas dentro juntas. Frente a esta, un sofá se podría decir que era el mueble más grande de la estancia. No había cuadros en las paredes pero si montones de fotografías. De Harry, de sus amigos la comadreja y la sabelotodo. Del gigante que era guardabosques durante sus años del colegio. Del equipo de quidditch de Gryffindor…casi todas las fotografías eran a partir del momento en que el moreno había entrado en el colegio. Había algunas otras sueltas, colocadas encima de la chimenea, suponía que aquellas serían las más importantes. Había una foto de su tío Sirius Black, quien su otra tía Bellatrix asesinó, y de Lupin, su profesor de defensa contra las artes oscuras durante el tercer año…que encima de todo era un licántropo.

Pero había una foto que le llamó mucho más la atención, era la foto de una pareja que Draco dedujo debían de ser los padres de Harry, más que nada por el increíble parecido de él con el hombre de la foto, aunque para ser sinceros se parecía más a su madre, la pelirroja a quien el chico de gafas abrazaba. Tenía el mismo color de ojos que Harry y la expresión de su cara era la misma.

Era una foto mágica, como la mayoría que había en aquella habitación. Pudo ver como el moreno intentaba dar un beso a la pelirroja y esta reía…

-Así que vosotros sois los padres de Harry-susurró el rubio sosteniendo la fotografía y examinándola de cerca.

La madre de Harry había sido una mujer muy guapa, de eso no había ninguna duda.

-Toma-dijo el moreno poniendo frente al rubio una humeante taza de té con leche.

-Es tu madre, ¿no?-dijo Draco señalando la fotografía.

-Si, es ella.

-Era muy guapa. Te pareces mucho a ella. Quiero decir, te pareces físicamente a tu padre, eso del pelo revuelto y las gafas, pero los ojos y no se…la expresión de tu cara…creo que te pareces más a ella que a tu padre.

El moreno cogió la fotografía, mirándola con infinita ternura y la colocó de nuevo en su lugar en la chimenea.

-¿Te gusta la casa?-preguntó el moreno intentando desviar el tema, no era el momento de recuerdos dolorosos.

-Ehh no hay paredes…ni puertas.

-Bueno-dijo risueño el moreno por la confusión de Draco-ahora, las casas son así, es...la moda, un solo espacio y todo va incluido dentro. A mí me gusta, no sé, es hogareño.

-Pero…la cocina está dentro del salón…eso es muy raro.

-Lo tienes todo más a mano. Si quieres algo de comer simplemente das un par de pasos y ya está.

-Pero, los elfos son un incordio, sobre todo cuando están cocinando, hacen mucho ruido, además aquí no hay mucho espacio para tener a muchos elfos, como máximo a un par de ellos.

-Draco…yo no tengo elfos.

-¿No tienes elfos?-volvió a preguntar el rubio intentando creer que aquello era una broma ¿Y quién se supone que hace las tareas de la casa? ¿Tú?

-Bueno, sí. No se me dan mal del todo, además, Hermione me enseñó muchísimos hechizos de limpieza. En menos de una hora puedo limpiar la casa.

-Limpiar la casa-susurró el rubio a quien toda aquella conversación le parecía algo inconcebible y de mal gusto-¿Por qué no tienes elfos?

-No me gusta tener gente metida en mi casa y no me molesta limpiar.

-Si no te gusta tener gente metida en tu casa ¿Qué hago yo aquí?

-Tú, no eres gente, eres Draco-dijo el moreno sujetando la mano enguantada del rubio-créeme, eres el primero que pone los pies aquí.

-¿El primero?

-Ajá, como ves tú no eres el único con problemas para interactuar con los demás.

-Pero…la sabelotodo y la comadreja…

-Hermione y Ron, Draco-lo corrigió el moreno- ellos sólo han estado aquí una vez y fue cuando aún estaba vacía. Siempre soy yo el que va a sus casas.

-¿Y por qué?-no pudo evitar preguntar Draco confuso y muerto de curiosidad, nunca hubiese imaginado que el moreno negase esa parte de su vida a el resto del trío dorado-Ellos siempre han estado contigo.

-Bueno…cuando acabó la guerra y tuve que empezar de nuevo…no sé, quería algo que fuese mío, sólo mío, un sitio en el que poder refugiarme. Después de todo lo que pasó, lo único que quería era alejarme de todo y de todos y este me pareció un buen lugar...el mismo sitio donde pasé mi primer año de vida, pensé que…si era capaz de controlar todos los malos recuerdos, si era capaz de perdonar y relajarme…tal vez volviese al mundo mágico.

Draco escuchaba todo atentamente, era la primera vez desde que Harry y él habían retomado el contacto que escuchaba al moreno hablar así, de sus problemas y miedos, de su soledad.

Ahora comenzaba a ser consciente de que él no era el único que estaba atrapado en su propio mundo. Harry no tenía las horribles cicatrices que él tenía por el cuerpo, aunque las del moreno iban por dentro y esas no son tan fáciles de disimular, sobre esas heridas no puedes echarte una túnica encima y simplemente ignorarlas.

Realmente no sabía cómo actuar. Nunca se había visto en una situación semejante, nunca había tenido que consolar, siempre había sido el consolado, sobre todo por su madre, al menos el tiempo que pudo tenerla a su lado hasta que la "invitaron a marcharse del país". Había tenido sus abrazos y sus silencios mientras la rabia lo consumía por la impotencia de verse relegado a un simple monstruo condenado a no vivir nunca más.

Abrazó al moreno en un intento de consolarlo, tal y como solía hacer su madre con él y lo cierto es que no sabía que otra cosa podría hacer…

El moreno abrazó con fuerza el cuerpo que se le ofrecía, aspiró el olor fresco y suave de la colonia del rubio y permaneció con la cabeza refugiada en el hueco del hombro de Draco, simplemente agradeciendo ese gesto. Permanecieron allí de pie, simplemente escuchando la respiración del otro, apoyándose mutuamente en sus miedos.

Pasados los minutos de flaqueza, ambos compusieron sus expresiones de nuevo.

-Bueno, ¿te gustaría ir a dar un paseo por el valle?-tentó Harry –hace buen tiempo…y había pensado que podríamos ir a comer algo allá fuera…hacer un picnic.

-¿Un picnic?-repitió el rubio-¿Y por qué no nos quedamos aquí? Eso de que la cocina y el salón sea lo mismo no termino de verlo…pero me gusta la chimenea…y el sofá parece cómodo.

-Anda, vamos-dijo el moreno cogiendo al rubio de la mano y tirando de él hacia fuera- tenemos todo el día por delante, luego podemos venir aquí, pero hace un día estupendo, vayamos a dar un paseo, uno corto si no quieres estar mucho tiempo al sol…

Quizás era porque ese día había comenzado a comprender un poco más a Harry o tal vez era porque el moreno había comenzado a mostrar algo de si mismo que Draco nunca hubiera imaginado que tenía que no se sentía con demasiados ánimos para llevarle la contraria. No hoy al menos.

-De acuerdo-claudicó-vayamos a dar ese paseo… ¿seguro que este valle es tan solitario como dices?-dijo dudoso al ver alguna que otra casa en la lejanía.

-Te aseguro que es casi tan solitario como Wiltshire.

Salieron de la pintoresca casa del moreno y atravesaron de nuevo el jardincito que lo flanqueaba. Comenzaron a caminar por el valle, que en aquella época del año estaba completamente verde, con reductos de flores aquí y allá, con un día soleado aunque no caluroso. Caminaron durante un tiempo en silencio, uno al lado el otro, ocasionalmente cogidos de la mano, hablando de todo y de nada.

Rieron de tonterías sin importancia y casi sin darse cuenta ninguno de los dos, era más de mediodía.

Draco sugirió que parasen a descansar y debajo de un arrugado y viejo roble Harry estiró una graciosa mantita de cuadros escoceses, que consiguió sacar una mirada reprobable del rubio.

-Ni un comentario sobre la manta, Draco-advirtió Harry-te conozco de sobra.

-Ni un comentario-repitió el rubio-por cierto Harry ¿Cúando le has robado la túnica a McGonagall?

Fue superior a él no hacer un comentario en cuanto vio la graciosa mantita del moreno. Muy Gryffindor, tal como él. No es que los cuadros escoceses rojos fueran su combinación favorita, pero casi esperaba algo como eso de parte de Harry. Después de todo, era demasiado predecible en muchas cosas y eso era algo que siempre le producía mucha gracia.

Harry se dirigió hacia su tormento personal, ese rubio insufrible que aún le era inaccesible en muchas cosas.

-Te encanta llevarme la contraria ¿Verdad?-dijo el moreno sujetando al rubio antes de que este escapase de las garras del Gryffindor- cualquier día voy a darte un par de azotes, a ver si aprendes a controlar esa lengua-rió Harry al tiempo que abrazaba al rubio y buscaba su boca para callar la réplica que de seguro ya tenía en la punta de la lengua el otro.


-Vaya, debo de admitir que me has sorprendido-dijo Draco mientras se recostaba en la manta de cuadros escocesa-nunca creí que recordases cuáles eran mis platos favoritos ¡Y mira lo que me encuentro dentro de la cestita de mimbre que tenías escondida en el bolsillo!-dijo-¿De verdad que recordabas que éste era mi queso favorito? ¿Y las fresas con crema?..O los profiteroles-terminó mientras llevaba un nuevo profiterol de helado de vainilla y crema caliente de chocolate a la boca.

Harry tuvo la decencia de sonrojarse.

-Bueno…Teby me ayudó. A decir verdad él fue quien preparó la cesta.

-Así que Teby…-entrecerró los ojos mientras comía un nuevo profiterol- no sé porqué no me extraña…tendré que darle alguna recompensa, estos profiteroles están estupendos. El helado no está derretido y el chocolate está caliente…los ha hechizado tal y como me gustan.

-Ese elfo te mima más que nadie en el mundo-rió el moreno recostándose al lado del rubio, ambos bajo la sombra del roble- no me extraña que en parte él sea el culpable de que seas tan caprichoso.

-Yo no soy caprichoso-rebatió Draco, llevando de nuevo el profiterol a su boca.

Harry simplemente lo miraba comer. Aún le parecía increíble el cambio que había dado el rubio en tan poco tiempo. Hacía casi seis meses aún lo estaba echando de su casa y ahora estaban ambos ahí, recostados debajo del árbol, comiendo profiteroles y riendo de nada en concreto.

-¿Me das uno?-pidió Harry.

-¿Porqué no lo coges tú mismo?

-Bueno, me hace más ilusión que me lo des tú. Además, yo he puesto la manta y he traído la cesta con la comida, creo que lo mínimo es que me des un profiterol.

-Parece mentira que puedas llegar a ser tan infantil.

Draco suspiró mientras cogía un nuevo profiterol de la cajita y lo dirigía hacia la boca del moreno.

-Quiero que me lo des tú, Draco-dijo el moreno cuando vio como el otro cogía con la cuchara un nuevo dulce de la caja.

-Ya te lo estoy dando yo, como si tuvieses cinco años, Harry.

-No Draco, no quiero que me des el profiterol con la cuchara, quiero que me lo des tú, mira, así-dijo al tiempo que cogía uno de la caja con los dedos y lo llevaba hacia los labios del rubio.

Draco se quedó quieto, con el dulce aún dentro de su boca, con sus labios manchados de chocolate, casi sin respirar, era imposible que Harry le hubiese pedido aquello.

Porque si Harry había pedido eso, significaba que quería que él le diese el dulce con sus manos…pero entonces tendría que quitarse sus guantes, porque no era concebible que él cogiese ese dulce pringoso con los guantes y se manchase. No, definitivamente no podía hacerlo.

-¿Te has vuelto loco, Potter?-dijo despectivamente.

-¿Porqué?, me perece que no es algo tan descabellado lo que te pedido. Es algo muy sencillo- contestó recostándose contra el tronco del árbol, ignorando completamente el tono filoso del rubio.

-No estás lisiado, Potter, no eres manco, así que si te da la gana, coge tu mismo el maldito profiterol y métetelo donde te quepa-intentó levantarse de la manta, aunque por segunda vez en aquel día, sus planes fallaron.

Harry sujetó con fuerza el brazo de Draco y tiró de él hasta que este estuvo de nuevo sentado en la manta, casi sobre él mismo, la fuerza que había empleado había sido mucho mayor que la que el rubio había esperado y al final, había acabado trastabillando contra el cuerpo de Harry.

Aquello no agradó precisamente a Draco y a su susceptible ego.

-¿Qué te crees que estás haciendo? ¡Suéltame, Potter! Me voy de aquí de una maldita vez ¡Suéltame!

-No voy a soltarte, Draco-dijo con la voz calmada y tranquila- y no voy a hacerlo porque sabes de sobra que me da igual lo que haya debajo de ese guante, de la túnica o de donde tú quieras, no voy a soltarte porque lo único que quiero es que no te de miedo cada vez que me acerco a ti a darte un beso o intento tocar más allá de tu cara o tu cuello-lentamente iba dirigiendo su brazo hacia la mano libre de Draco-¿Aún no lo has entendido después de todo este tiempo? Ya no se cómo decírtelo.

Su mano encontró la otra enguantada y sin que el rubio se diese cuenta, el moreno descubrió el modo de sacar esa mano de la prisión en la que se encontraba. Era el primer paso. El más importante. Suavemente, sin apartar sus ojos de los grises que temblaban como hojas en otoño. Harry percibió cómo Draco contenía la respiración cuando sintió cómo su mano se liberaba de la prisión, cómo el guante se deslizaba tortuosamente a través de sus dedos. Todo su cuerpo en tensión, su rostro demasiado cerca del de Harry, su cuerpo en contacto con el del moreno, sus respiraciones casi acompasadas aunque él luchaba internamente por poder tenerla bajo control.

Ya estaba, Harry había terminado de deslizar la tela por su mano, casi pudo escucharla caer sobre la manta de cuadros escoceses.

Y eso que sentía de nuevo sobre su mano, no era tela, ni tan siquiera el roce de la brisa sobre su piel liberada. Aquello era el tacto de otra piel sobre la suya. Era la mano de Harry la que estaba rozando su piel.

Era la yema de los dedos de Harry la que reseguía los contornos de su mano y su muñeca. La respiración de Draco se aceleraba con cada toque, con cada roce y sensación olvidada.

¿En qué momento había invertido Harry las posiciones? NI siquiera se había dado cuenta. Pero ahora era él quien estaba recostado en esa horrible manta, con el cuerpo del moreno sobre el suyo, con la cara de Harry a pocos centímetros de la suya propia.

Draco aún seguía conteniendo la respiración, intentando explicarse a si mismo cómo era posible que aquella situación se le hubiera ido de las manos. Cómo era posible que el moreno hubiera conseguido quitarle uno de sus guantes y estuviera acariciándole la mano.

Involuntariamente un gemido entrecortado escapó de los labios del rubio. Todo aquello lo estaba superando. Deseaba a Harry. Lo deseaba desde hacía mucho tiempo, pero sabía que nunca podría llegar a nada con él. Y sin embargo ahí se encontraba, tumbado en ese manta, con el viento rozando su cara, con Harry tumbado sobre él, sintiendo el peso del moreno en cada parte de su cuerpo. Su rostro apenas a centímetros…

-¿Lo ves?-susurró Harry casi sobre la boca del rubio- dime que pare y lo haré.

-Yo…-Draco casi ni podía contestar superado por el cúmulo de emociones.

El moreno eliminó la distancia entre los dos, reclamando su boca con la misma pasión que siempre, con la misma exigencia de entrega, depositando todo su peso encima del otro cuerpo, sintiendo cada forma y acoplando las suyas a las ajenas.

Dentro de la boca de Draco se libraba una batalla por el control del beso, lenguas, dientes y saliva pugnaban por salir victoriosos de aquella guerra improvisada. Si Draco había tenido reticencia acerca de aquello, poco a poco sus barreras se iban derrumbando como un muro de adobe. Le gustaba sentir el peso del moreno sobre el suyo y sentir su boca invadida por la otra, pensaba que nunca más volvería a ser así, pero el sentir la mano del moreno enredada en la suya, buscando la complicidad de sus dedos fue el detonante que lo hizo suspirar y pedir por más.

Su mano desnuda se enredada con desesperación a la del moreno y sus piernas se abrieron ligeramente para dejar más espacio a su compañero para colocarse. Su boca se abría más y pedía más de todo aquello.

Harry captó el mensaje del cuerpo de Draco y se dedicó a complacerlo. En ningún momento el moreno soltó aquella mano blanca, suave al tacto.

Cuando se separaron, sin un claro vencedor, la mirada del moreno se clavó en la de su compañero, intentando mantener con los gestos y los ojos fijos todo lo que su cuerpo clamaba y sentía. Sin apartar la vista ni un instante, levantó esa mano que tantos quebraderos de cabeza la había traído y la situó justo entre el rostro de ambos. Harry podía sentir la mirada vidriosa del rubio, el miedo tintando en el fondo de sus pupilas, su respiración errática y profunda.

Harry dirigió la vista hacia aquella mano de la discordia. La observó durante unos instantes, viendo cómo aún era blanca y suave, casi perfecta, de no ser por alguna que otra pequeña cicatriz aquí y allá, quizás era la palma la que se encontraba peor, pero a él no le importaba, seguía pareciéndole la mano más hermosa de todas. La más fina y delicada.

La llevó hacia sus labios y besó uno a uno la yema de sus dedos, sin romper en ningún momento el contacto visual. Intentando infundir a través de sus gestos todo el amor y la confianza que podían llegar a tener si dejaban de lado de una vez sus miedos y reservas.

Draco gimió y lo que en su imaginación sólo eran fantasías irrealizables, era en aquellos instantes el momento más erótico que hubiese podido tener en toda su vida.

Tenía miedo, claro que lo tenía, era inevitable no tenerlo cuando te expones completamente y temes ser rechazado al dejar ver cómo eres en realidad, pero Harry se había expuesto a él. Le había mostrado un lugar que no había enseñado a nadie, tan sólo a él. Quizás era su manera de hacerle ver que él era vulnerable, de un modo distinto, pero vulnerable. Puede ser que por eso, hubiese cedido tan "fácilmente" a las intenciones de Harry.

El moreno besó y lamió cada dedo en un rítmico movimiento. Intentaba transmitir confianza y calor. Deseo y pasión. Draco tan sólo era un pequeño cordero en manos de un lobo que sabía demasiado.

-Harry…-jadeó Draco, aquel simple roce, estaba llevándolo a cotas de insospechado placer. Necesitaba…no, tenía que hacer algo para calmar la necesidad de su cuerpo.

El moreno entendió el jadeo de Draco, comprendió la necesidad que comenzaba a formarse en el cuerpo del rubio, similar a la que estaba ya formándose en el suyo propio.

Buscó de nuevo aquella boca que lo traía loco y hundió su lengua en ella, intentando encontrar el final de la misma. Acomodó su cuerpo sobre el otro, restregando su más que despierta hombría sobre la del rubio, ya en iguales condiciones. Besó, lamió y mordió todo cuanto pudo sin soltar en ningún momento aquella mano. Intercambiando lo besos a la boca del rubio con besos a su mano, a sus dedos, a su palma. Haciéndole entender de una maldita vez a base de gestos que todo aquello no era algo que le importase lo más mínimo. Que besaría y lamería cualquier cicatriz que tuviese en su cuerpo. Fuese cual fuese el sitio.

Los jadeos de Draco animaban a Harry a seguir con todo aquello. Dirigió su mano libre hacia la otra mano que aún permanecía enguantada, dispuesto a liberarla de su prisión. El tacto al hacerlo fue igual de suave, la piel, igual de blanca, con cicatrices, si, era cierto, pero no menos hermosa por aquel detalle. Harry la besó y lamió con la misma devoción que a su hermana.

-¿Lo entiendes ahora?-gimió Harry, aún con el dedo anular de Draco entre sus labios-me da igual, no me importa ¿Porqué te importa tanto a ti?

-Yo…-se estaba quedando sin argumentos por momentos, ¿Podría ser cierto que era más su complejo que sus quemaduras? Si verdaderamente a Harry no le importaba… ¿Por qué tendría que importarle a él?

Si Draco fue a decir alguna otra cosa, murió de la misma manera que el resto de pensamientos; ahogados por la lengua del moreno. Pronto, la ropa entre ambos comenzaba a estorbar, estorbaba como nunca había estorbado antes. El rubio sintió la mano traviesa del moreno colarse entre su túnica, rozar su estómago con sus dedos y tantear hasta dar con la pretina de sus pantalones.

Ahogó de nuevo el jadeo en la boca del moreno, sintiendo cómo este envolvía su hombría y la terminaba de hacer despertar.

Comenzó a restregarse contra esa mano que lo apresaba de una manera torturante. Abrió los ojos que hasta ese momento había tenido cerrados sólo para ver cómo el moreno llevaba hasta su boca de nuevo una de sus manos y la besaba con la misma devoción que lo besaba a él.

Aquel era seguramente el momento más erótico de toda su vida. Jamás se había sentido tan deseado y amado como en aquel instante.

-Draco-susurró el moreno, la mirada verde vidriosa de deseo y excitación, el placer reflejado en sus iris, el saberse el dueño de la situación le excitaba y le daba más ánimo para seguir con lo que estaba.

-Harry-gimió el rubio, arqueándose contra esa mano que lo estaba llevando de nuevo hacia el orgasmo.

Por un momento Draco imaginó cómo sería aquella escena vista desde fuera. Ellos dos tumbados en aquella horrible manta, debajo de aquel árbol, él tumbado debajo, con sus piernas abiertas, casi como un cualquiera, con su pene enhiesto, arqueándose contra la mano del moreno que estaba tumbado encima suya, gimiendo como un condenado y pidiendo por más de todo aquello.

Pronto llegó el orgasmo al cuerpo del rubio, recorriéndolo igual que lo podría hacer una droga, inundando su sistema nervioso y dejándolo desmadejado y jadeante en aquella manta. Con el flequillo pegado a la frente y con el moreno aún sujetando su mano con la misma con la que segundos antes lo había masturbado. Mezclando su semen entre ambas y llevándolo a sus labios para degustarlo.

Draco volvió a gemir por la visión de aquello. Ver cómo su mano se mezclaba con la del moreno, cómo ambas estaban llenas de su semen y ver cómo la lengua del moreno se pasaba por ambas sin ningún rastro de pudor casi lo llevó al orgasmo nuevamente. Jamás imaginó que pudiese volver a sentir algo igual en su vida. Y sin embargo allí estaba. Jadeante y pleno.

Harry simplemente se limitó a sonreír, con sus pantalones aún tirantes debido a su erección, pero feliz y satisfecho al mirar hacia el rubio y ver el pequeño desastre en el que se había convertido.

-Aún no me has enseñado tu cuarto-susurró Draco con la poca voz que fue capaz de reunir.

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