Cap. 4

Hermione observó la indómita furia con que el normando cruzaba la sala para dirigirse hacia las escaleras de piedra. Lord Draco se había desprendido de la cota de malla y lucía el pesado jubón de piel. Su cara era la máscara de la ira, sus zancadas, enormes y poderosas, los músculos de sus brazos estaban tensos y tenía las manos cerradas en puños.

¡Dulce Virgen Santa! ¿Cómo había podido descubrirlo tan pronto? Hermione observó cómo el normando dictaba breves instrucciones a Harry para no ser molestado una vez hubiera subido por las escaleras. Hermione dio media vuelta y se precipitó hacia su habitación para llegar a ella antes de que él la atrapara. Había subestimando al poderoso hombre.

-¡Déjame en paz!- exclamó la joven cuando Draco le rodeó la cintura con un brazo y la elevó. Abrió la puerta de una patada y la cerró con un violento golpazo. Con brutalidad, dejó a Hermione en el suelo frente a él.

-Fuiste tú, ¿Verdad? Advertiste a nuestros enemigos.

-Yo... yo no sé de qué me hablas.

-¿De verdad no lo sabes? Eres una mentirosa.

Hermione volvió la cabeza. Los latidos de su corazón se aceleraron. Dulce María, ¿qué proponía hacerle? Intentó mantener la calma; le temblaban tanto las manos que las introdujo entre los pliegues de su túnica para disimular su nerviosismo.

-Lo siento mucho, milord; lamento haber hecho algo que no haya sido de su agrado.

Aquellas palabras airaron aún más al normando, de tal manera que sus ojos cobraron el mismo color que las frías y grises piedras de los muros que les rodeaban. La cogió por los hombros, obligándola a ponerse de puntillas, mientras apretaba la mandíbula con tal fuerza que apenas podía hablar.

-¡Ya sabes que has hecho más que desagradarme! ¿Por qué actuaste así?¿Por qué?

Hermione respiraba con dificultad. No podía defenderse, pero tampoco esta dispuesta a acobardarse. Volvió la cabeza para mirarlo de frente.

-Porque soy sajona, y porque en alguna medida, les debo lealtad. Ellos son mi gente; no hacen más que defenderse y luchar por lo que les pertenece.

-¡Pequeña loca!- cuando Draco la soltó. Ella se tambaleó y, de no haberla sostenido a tiempo, habría: caído al suelo.-Esos hombres no eran rebeldes, si no asesinos sanguinarios, bandidos extranjeros, procedentes de lejanas y grandes ciudades. Han matado a tantos sajones como normandos, e incluso a más.

-¿Qué?

-¡Acaso lo ignoras? Supongo que si, pues has pasado estos últimos años encerrada.

-No, mientes.

-¿No? Pregunta a la gente del pueblo que han acudido a mi en busca de protección. Alejar de aquí a esa chusma, beneficia más a ellos que a mí.

-¿Esos hombres no son rebeldes? ¿No, mientes?

La mirada de Draco buscó los ojos de la joven. Debió advertir su preocupación, pues su ira pareció desvanecerse.

-Su líder es un hombre apodado la comadreja, un asesino y un ladrón; el bandido más despiadado y salvaje que he conocido jamás. La mención de su nombre infunde terror tanto a los normandos como a los sajones.

A Hermione le temblaban los labios. Dios mío, ¿qué habia hecho?

-Yo no creo... Yo nunca he... - Irguió la espalda-. Sé que no basta para disculparme, pero de haberlo sabido nada de esto habría ocurrido.

-De haberlo sabido...- repitió él, atusándose la platinada y semi-ondulada cabellera-. ¿No temes que te castigue por ello?

¿Acaso no te importa lo que pueda sucederte?

Sorprendida por el tono de su voz, Hermione escudriñó su rostro.

-No pensé en las consecuencias de mi acción. Estaba convencida de que eran de mi sangre y consideré que debía ayudarlos.- sostuvo la severa mirada del normando-. Para ser sincera, creí que no te enterarías.

-solo Harry y tú habláis mi lengua-. Hermione le apretó el brazo.

-¿No castigaras a Harry? Él es completamente inocente. Tu senescal no tuvo nada que ver.

-Así pues, en lugar de preocuparte por ti, te inquietas por Harry. - emitió un sonido áspero-. Harry Potter de Pembroke me a jurado lealtad. No creo que sea culpable; tu eres la única que ha cometido traición, la única que merece castigo. ¿Cual preferirías que te infligiera?

-¿Y... y me preguntas a mí?

Draco esbozó una leve sonrisa.

-Si no considero adecuado el castigo que elijas, me encargare de escoger otro.

Hermione apretó los labios. Como había temido, recibiría una paliza salvaje y cruel.

-En el convento las abadesas me obligaban a fregar el suelo.- lo miró fijamente-. Solía olvidarme de ir a misa.

-Por lo visto no te gusta obedecer.

-No deseo recibir una paliza, milord.

-No; estoy seguro de que no. Y, aunque no lo creas, yo tampoco disfrutaría dándotela.

-Quizá podría ayunar un tiempo; sería lo adecuado, ya que los bandidos roban los alimentos a otros.

Draco negó con la cabeza.

-Creo que te convendría engordar un poco. Me gusta sentir la carne de la mujer que está debajo de mí.

Hermione se ruborizo y clavo la mirada en una grieta de la madera del suelo.

-Podría trabajar en la cocina.

-Pronto serás mi esposa. No quisiera que se dijera que me he casado con una fregona.

A pesar de que todas las propuestas habían sido desestimadas, Hermione comenzó a sugerir algo más. De pronto él alzó la mano para callarla.

-Permanecerás en tu habitación durante el resto de la semana, y no saldrás de la fortaleza en quince días.- Aquello sentó a Hermione como un jarro de agua fría-. Dado tu carácter y considerando que ignorabas que eran bandoleros, este castigo es más que suficiente.

Ella observó el monótono gris de las paredes, percibiendo por primera vez la insipidez del dormitorio, tan desagradable como el resto del castillo.

-Dios mio- susurró.-Hubiera preferido recibir una paliza.

-Quizá la próxima vez recapacites antes de actuar. El castigo ha sido leve porque aún eres nueva aquí, pero no pienso tolerar tu deslealtad. Recuérdalo, Hermione.- y dicho esto, salio de la habitación a grandes zancadas.

-¿Le has pegado?.- pregunto Teo en cuanto Draco apareció en la sala-. Sería una pena, es tan frágil. Te ruego que no le hagas daño.

-Creyó que eran rebeldes. Ha pasado los últimos años en un convento. He ordenado que de momento quede confinada en su habitación.

-Temía que se te ocurriera matarla. Y en lugar de eso sólo la obligas a permanecer en su habitación. Draco, tú no sueles actuar así.

-No acostumbro causar daño a una mujer, y menos aún a una niña.

-¿Una niña? ¿Eso ves cuando la miras? Pues yo veo una mujer completamente formada, una pequeña y fiera gatita que debe ser domada por un hombre fuerte. Tu Hermione necesita mano dura, alguien que la conduzca con determinación y le enseñe cuál es su lugar. Si no fuera tu prometida yo mismo me encargaría de ella.

Draco sintió un súbito pinchazo de ira. Él y Theodoro habían sido amigos durante muchos años, y éste debería saber que él nunca abusaría de una mujer, la mera idea le molestaba.

-Esa mujer me pertenece. Yo me ocupare de que aprenda a obedecer.

-Y cuídate de confiar en ella.

-Puedes estar seguro de que lo haré.- se encogió de hombros-. Es cuanto estemos casados y hayamos yacido juntos, toda su lealtad me pertenecerá. Hasta entonces seguirá siendo una sajona y resulta difícil determinar a quien debe lealtad.

Teo pareció burlarse.

-Creo que la dama ya te ha robado el corazón. Dudo de que hubieras perdonado la paliza a Astoria.

-Astoria hubiera actuado por rencor. Sólo le interesa aquello que le beneficia; sus necesidades son siempre egoístas. Si no fuera porque me proporciona placer en la cama no estaría aquí.

-No permitas que la pequeña te robe el corazón, mon ami. Las mujeres son peligrosas cuando consiguen esa clase de poder.

Draco se irguió.

-Hablas como un necio.- replico-: ninguna mujer puede tentarme de ese modo. He conocido a hombres que han perdido la cordura a causa de una mujer y han llegado a extremos insospechados.

Draco pensó en Thomas Ryddle de Montreale y sintió un escalofrío.

-Estoy convencido de que tienes razón- repuso Teo, mientras con la mirada advertía a su amigo que se anduviera con cuidado.

-No sufras, querida. Mañana quedarás libre y podrás rondar por la casa.- Minerva entró en la habitación donde la joven que tenia a su cargo no cesaba de moverse.

El mobiliario del dormitorio consistía en una cama, un baúl reforzado con laminas de hierro, una mesa de madera de encina, sobre la que descansaba una vela medio consumida junto a un cazo de estaño lleno de restos de estofado, y un brasero negro con las cenizas del fuego de la noche anterior.

-Esto es una prisión. Me gustaría ver el sol, oír el canto de los pájaros.

-Deberías sentirte afortunada por haberte liberado de una paliza.

-Esto es peor que una paliza.

Minerva sonrío e intento animarla.

-Podrías reanudar tus bordados. Así al menos te dedicarías a algo provechoso.

La niña siempre había sido muy inquieta, como si tuviera el diablo en el cuerpo. Los tres años que había permanecido enclaustrada en el convento no la habían cambiado. Era caprichosa, irresponsable y tenía la cabeza llena de pájaros, pero en el fondo era tierna y cariñosa.

-Sabes cuanto odio esas tarea.

-Sé que preferirías pasear por el campo, observar a los insectos o estudiar los distintos diseños de las cortezas de los árboles. Sé que te gustaría perder el tiempo en la cabaña de algún aldeano que te explicara cómo siembra su cosecha o cuándo quema el rastojo. Te aseguro que todo eso no te servirá de nada. Sería mucho mejor que centraras tus intereses en cómo complacer a tu marido.

- Yo no quiero un marido.

Minerva no ocultó su desagrado.

-¿Acaso preferirías seguir en el convento?

-Sabes muy bien que no.

Minerva movió la cabeza. La pobre lady Jean había sufrido mucho; siempre intentando proteger a su hija, que continuamente disgustaba a su padre. La señora falleció, victima de la peste, cuando Hermione a penas contaba siete años. Su padre, en lugar de continuar propinando palizas a la pequeña, como la difunta señora había temido, se limitó a ignorarla. La niña, de carácter inquieto, se torno más desobediente, aunque seguía mostrándose cariñosa, dispuesta a ayudar y bien despierta para aprender.

-Ya te dije una vez que Lord Draco es distinto a los demás hombres- Minerva observó a la pequeña doncella, admirando su hermosura. No era comparable a la de Gweneth, sobre todo porque carecía de aquella belleza etérea difícil de difinir. Gweneth, con su cabello negro como el azabache, era una criatura un poco alocada que enamoraba a todos. Hermione por su parte, con sus rebeldes rizos castaños, sus enormes ojos marrones con pestañas doradas y ese cuerpo un poco exuberante, podía despertar las fantasías de cualquier hombre y el anhelo de rendirse a todas sus peticiones.

-Él no es diferente- replico Hermione-. Es un normando.

-Pero esta dispuesto a tomarte por esposa. ¿Qué otro normando lo haría? Su intención es protegerte.

-Su intención es salvar su conciencia.

-Ya me contaste lo sucedido en la pradera; el trato salvaje de los soldados, la violación de tu hermana... Me temo que hay veces en que los hombres dejan de ser ellos mismos. Cuando la sed de sangre los mueve, llegar a la guerra, el asesinato; se transforman cuando se sienten próximos a la muerte. Lo he comprobado entre los nuestros. No debería ser así, pero así es. No deberías haber pasado por aquello, pero ocurrió. Si el señor desea reparar aquellas atrocidades, está en tus manos cristianas permitir que lo haga.

-¿Cómo? ¿Acostándome con él?

-Aceptando el honor de convertirte en su esposa. No deberías de pensar sólo en ti misma, sino en el bien que podrías proporcionar a los demás. Como sajona y mujer de un señor normando, podrías cambiar la actitud de tu marido. Con el tiempo, quizá podrías conseguir que la situación mejore.

Hermione reflexionó. Nunca se había parado a considerar que estaba en sus manos cambiar algo. Convertirse en la esposa de uno de los barones de Guillermo suponía una gran responsabilidad. Tendría que ocuparse del castillo, las cosechas, las despensas, los ropajes, las medicinas, las provisiones, por no mencionar a la gente del pueblo. Hermione se estremeció al pensarlo.

-No me casaré con él.

-Pero ¿es que no comprendes que ése es tu destino? Desde el momento en que os visteis por primera vez vuestro caminos quedaron unidos. Sin duda tu destino es casarte con él.

-Mi destino dependerá de mi voluntad, no de la de un canalla normando.- Hermione se levanto de la cama, a cuyos pies habia estado sentada, y se dirigió hacia la ventana, retirando la pieza transparente que impedía la entrada del viento frío-. Déjame, Minerva. Necesito estar sola.

Minerva se dirigió con rapidez hacia la puerta. Al abrirla se volvió.

-Escúchame muy bien, hijita. Lord Draco no es un hombre con quien se puede jugar. No cambiará de opinión. No te atrevas a intentar disuadirle.

Hermione aguardo en silencio a que la enorme puerta de madera se cerrara. Al dia siguiente podría pasear por toda la casa. Necesitaba inspeccionar la fortaleza, proveerse de un caballo y víveres. En cuanto hubiera conseguido todo, se marcharía.

Observó con los ojos llenos de anhelo los campos arados y listos para la siembra. Apenas divisaba los tejados de paja de las cabañas camufladas entre los zarzales. Bajo su ventana, en el interior de la muralla, los perros grises de caza que a menudo entraban en la casa perseguían a un gato rubio que se refugiaba en un almiar.

¡Oh, correr tras ellos, montar el poni que antaño le perteneció por el prado y los páramos! Pronto, se prometió pronto volvería a ser libre.

A la mañana siguiente Hermione abandonó temprano la habitación. En ese momento, lord Draco salía de la capilla, un pequeño recinto situado en un extremo de la gran sala. Seguía al normando un cura robusto y más bien bajito a quien Hermione nunca había visto.

-Lady Hermione- llamo Draco con aquella voz grave y profunda que tanto molestaba-. Hay alguien que quiero presentarle.- los soldados, que ya habían acabado de desayunar(un pedazo de pan y una cerveza), se dirigían hacia el recinto amurallado para iniciar sus ejercicios con espada.

-Como desees, milord- respondió ella con una sonrisa, acercándose a él.

Junto al pequeño hombre, lord Draco parecía más alto y, vestido con una túnica oscura bordada a mano que resaltaba sus cabellos platinados, incluso más guapo.

Volvía a fijarse en su belleza cuando se había propuesto evitarlo. Al aproximarse, ataviada con una túnica roja de lana y una suave camisa amarilla, Hermione observó como Draco la contemplaba con sus penetrantes ojos de color gris azulados; su mirada se tornaba más amable a medida que ella se acercaba, mientras inspeccionaba sus prendas con aprobación.

-Has demostrado mu buen gusto al escoger tu atuendo. Espero que te encuentres bien.

Las facciones del normando eran impresionantes; la piel suave, los labios carnosos, las pestañas rubias. Ella lo vio sonreír y, sin querer, recordó con cuánta calidez la habia besado.

-Las ropas son preciosas. Estoy muy agradecida, milord.

-Hermione, este es el padre Horace. Acaba de llegar de la abadía de St. Marks. Padre, ésta es Hermione Granger de Ivesham, mi prometida.

Un cuerno. pensó ella, forzando una sonrisa.

-Buenos días, padre.

-Ahora que el padre Horace ha regresado al castillo- dijo Draco, con un ligero tono de advertencia-. Se celebrará misa cada día, a primera hora.

Hermione se limito a asentir. No le molestaba tener que asistir a misa, pues la iglesia era una parte de la vida, y a su manera ella era devota. Lo que ocurría era que se sabía las oraciones de memoria, hablaba con Dios cuando tenía necesidad, y podía dedicar ese tiempo a aprender otras cosas.

-¿Has desayunado?- pregunto Draco-. Hay pan y cerveza. Quizá quede algo de queso.

-Esperaré a la hora de comer.

De pronto se oyó el ruido de una puerta, y ella giro la cabeza. Un rayo de sol le ilumino el rostro al cruzar el umbral unos de los pinches. Suspiró cuando la puerta de madera de encino volvió a cerrarse, impidiendo la entrada de la claridad del día.

-¿Estás inquieta esta mañana?- pregunto Draco cuando el cura, tras despedirse, abandonó el lugar.

-Si.

-Es normal que te sientas así.

Hermione volvió a pensar en el error que habia cometido al ayudar a los extranjeros.

-Supongo que sí.

El frunció el entrecejo ante aquella muestra de humor tan apagado.

-Quizá un poco de aire te levante el ánimo.

Hermione sonrió sinceramente, alentada por la idea de respirar fuera de aquellas grises paredes.

-Si, milord. Un poco de aire se sentará bien.

El corazón de Hermione se encogió. El normando, el fiero caballero, la acompañaría. Lamentó verse obligada a pasar más tiempo junto a él. De todas formas, su malhumor se disipó. Al fin y al cabo, ¿qué podía ocurrir? El normando podría enseñarle la fortaleza, y ella aprovecharía la ocasión para estudiar el terreno, incluso para preparar su huida.

Desde ese punto de vista, soportar la presencia del normando no le parecía un precio demasiado alto a cambio de su libertad.

Draco tomó el delicado brazo de la mujer, que se tensó de inmediato, y juntos se encaminaron hacia el portón principal. No le resultaba difícil adivinar qué pensaba la joven. Le detestaba, la culpa de lo que le había ocurrido a su hermana. A pesar de ello, Draco se proponía casarse con ella. Con el tiempo la domaría, tomaría las riendas de su espíritu indisciplinado, la educaría y la llevaría al lecho con su consentimiento.

Se fijó en las deliciosas curvas femeninas, en sus generosos senos bajo a túnica. Hermione era pequeña, pero estaba bien formada, y después de observarla detenidamente le resultaba, mucho más hermosa; Será un placer, damisela.- pensó, sintiendo cierta exaltación-. Realmente será todo un placer

Bajaron por las escaleras de madera hacia el terreno húmedo que bordeaba la muralla y pasaron frente a grupos de hombres: caballeros, escuderos y pajes. Como su señor esperaba, los guerreros, armados, se entrenaban para la guerra. Draco quería que los escuderos estuvieran bien preparados antes de convertirse en caballeros, y que los pajes se convirtieran en gran des escuderos.

-Buenos días, milord- saludó Teo. Su cota de maya tintineaba mientras se desprendía del casco, sus ojos azules brillaban bajo el desordenado cabello castaño que, a diferencia de Draco, llevaba cortado al estilo normando, afeitado en la nuca, con un mechón que le caía sobre la frente-. Mi lady- añadió. Teo examino a la mujer que Draco cogía del brazo y dirigió a su señor una mirada censuradora por lo que consideraba una debilidad; que hubiera levantado momentáneamente el castigo a la joven.

Draco sonrió para sus adentros. Teo no tenia porqué preocuparse; la doncella pronto volvería a su encierro; le estaría agradecida por su indulgencia, lo que representaba otro paso en su estrategia para ganársela.

-Hace un día precioso, ¿no te parece?- dijo Teo a Hermione.

-Si. Después del frío, se agradece- la muchacha observó el cielo azul moteado de nubes-. Parece que volverá a haber tormenta.

A Draco le agradaba el sonido de su voz, suave y ligera, dotada de cierta sensualidad, como el movimiento de sus caderas bajo la túnica, casi del mismo color que su cabello trenzado. Esa misma sensibilidad se percibía en sus labios cuando sonreía, y en la forma en que sus pestañas cubrían aquellos ojos aterciopelados cuando trataba de ocultar sus pensamientos.

-¿Cómo va el entrenamiento?- pregunto Draco frunciendo el entrecejo al ver al más joven de sus caballeros, Ronald, recibía un golpe en el hombro, desprevenido como estaba mirando en exceso a Hermione.

-Bastante bien, aunque algunos hombres se muestran demasiado confiables. No les iría mal que les bajaras los humos.

-Mañana iremos de caza, y pasado mañana me uniré a vosotros en el entrenamiento. Premiaré con una bolsa de plata al primero de los diez combatientes que consiga vencerme.

-Sería mejor entregar esas monedas a los hombres que lo intenten y fallen- replicó Teo, sonriendo-. Las necesitarán para pagar al cirujano.

Draco tambien rió.

-Como no disponemos de uno, procuraré no dejarlos muy malheridos.

-¿Te enfrentarás con diez?- preguntando Hermione, mirando a Draco con sorpresa-. No dudo de que eres fuerte y dominas las armas, pero diez...

-De uno en uno, chérie. No es tan difícil.

-¡Que no es tan...? Milord, creo que el sol debe de ser mucho más cálido en Normandía; no cabe duda de que te ha afectado la cabeza.

-Diez hombres no son nada para tu señor. He sido testigo de ello muchas veces, milady. Quizá deberían permitirte presenciarlo. ¿Que te parece, Draco?

-La dama pasara el día en el castillo. La próxima vez que aparezca en público, lo hará como mi esposa.

-¿Que?

-Entonces ¿ya has recibido noticias del rey?.- preguntó Teo.

-Esta mañana ha llegado un mensajero. El rey Guillermo manda sus bendiciones y sugiere que dadas las circunstancias, el enlace se celebre sin demora alguna. Ha enviado una licencia especial. La boda tendría lugar dentro de seis días.- el beneplácito para el matrimonio había llegado con la misiva, que también incluía la denegación de las tierras situadas entre Malfoy y Ryddle, las cuales Draco necesitaba con tanta desesperación.

-El rey conoce tan bien como tú el endiablado corazón de Thomas, aunque no se atreva a admitirlo.

Draco se limitó a asentir y continuó reflexionando sobre la inesperada negativa del rey. ¿por qué?, se preguntaba. Le preocupaba que el motivo fuera Ryddle.

A su lado, Hermione se mantenía tensa y se mostraba incapaz de dominar su ira. Con cierta agitación se colocó la gruesa trenza castaña sobre la espalda.

-Me gustaría ver el resto de lo que pronto será mi hogar- pidió con tono mordaz, con la mirada perdida-. Me convendría conocer los muros más lejanos de lo que pronto se convertirá en en mi prisión.

Draco apretó los dientes. La joven no se resignaba. No importaba, pues la suerte estaba echada, y nadie, y menos una pequeña doncella obstinada y rebelde, lograría cambiarla. En ese momento, ni siquiera él podía hacer nada, ni siquiera Thomas.

Draco maldijo en silencio. Le contrariaba que la jovencita no se mostrara más agradecida. De nuevo la tomó del brazo y apretó más los dientes. Hermione no tardaría demasiado en manifestarle su gratitud; en cuanto su delicioso pequeño cuerpo yaciera bajo él.

-Ven- ordenó el normando con brusquedad, trayéndola hacia sí-. Estamos perdiendo el tiempo. En cuanto hayamos terminado, te dejare volver a casa.

Caminando junto al alto y musculoso normando, Hermione intentó moderar su irritación. Estaba decidida a controlarse, apaciguar a su enemigo y lograr que recuperara su buen humor. En esos momentos no le convenía enfrentarse a él ni acrecentar su ira. Además, no debía despertar sospechas, sobre todo cuando, por lo visto, no disponía de mucho tiempo.

Así pues, ocultando su verdadero estado de animó, sonrió y poco a poco él fue recuperando su buen humor.

Mientras visitaban el granero, los establos, la armería, los hornos y la herrería. Hermione escuchaba con interés sus explicaciones acerca de las obras que había realizado y de las mejoras que se proponía emprender.

-Un día construiré torres para controlar el puente levadizo y quizá una gran capilla al otro lado de la muralla. Me gustaría que un pueblo se alzara en este lugar. Malfoy Keep está situado en un cruce importante y quisiera convertirlo en un centro para el comercio.

Se percibía orgullo en su voz y Hermione lo comprendía. Malfoy Keep y la muralla que lo rodeaba en nada se parecía a las antiguas y destartaladas estructuras de madera que una vez construyeron la casa de Ivesham.

-Parece que tienes grandes ambiciones, milord. Nunca lo hubiera imaginado.

-Estoy cansado de luchar. Trabajaré cuanto sea preciso por lo que ahora considero mi hogar.

Perecía una valiente afirmación, sobre todo viniendo de un hombre como él. Hermione lo admiró regañándose por ello.

Aun así, seguía sin tener la intención de convertirse en una parte de vasto plan del Caballero Negro.

Mientras Draco le enseñaba el lugar y hablaba con sus hombres y sirvientes. Hermione estudió el terreno y memorizó dónde se encontraban los objetos que necesitaría para la huida. Cuando regresaron a la casa, ya había elaborado su plan. Y menos mal que así había sido, porque algo inquietante ocurrió durante su corto paseo.

Cuando el normando comenzó a sonreír, aplacando ya su enojo. Hermione se sorprendió devolviéndole la sonrisa, incluso riendo, o ruborizándose por los halagos que él le dedicaba. En más de una ocasión, como cuando la fuerte del hombre le apretaba el brazo, o cuando la ayudaba a salvar algún obstáculo, se le puso la carne de gallina.

Cerca del mecanismo del puente levadizo, cuando él la tomó por la cintura para protegerla de unos de los grandes perros de caza. Hermione sintió un cosquilleo en el estómago.

Santa María, era peligroso que surgieran semejantes sentimientos. Sabía con qué clase de hombre hablaba, alguien que había participado en lo que le había sucedido a su hermana; pero aun así...

Había llegado el momento de escapar. Con Draco y sus hombres instalados en la casa, la guardia del castillo era mucho más relajada. Además, al parecer nadie conocía las restricciones a que lord Draco la había sometido, y había oído decir que al día siguiente los hombres saldrían de caza.

Su plan era sencillo: se vestiría para montar y pediría a uno de los pajes que ensillara el pequeño poni gris que había visto en el establo con la excusa de que necesitaba ir al pueblo.

Llevaría consigo los dos candelabros de plata que había reconocido como propiedad de la casa de Ivesham y una de las copas con piedras preciosas incrustadas que también habían pertenecido a su padre, y partiría hacia Willingham, la ciudad más próxima, donde vendería el botín robado- recuperado se corrigió-, y luego proseguiría su camino.

Un año y un día; era el tiempo que necesitaría. Un siervo huido se convertiría en un hombre libre se no había sido capturado al cabo de un año y un día. Sin duda, para una mujer que pertenecía a un Lord la norma sería la misma.

Aún le resultaba incierto qué haría con su libertad, pero las posibilidades le parecían infinitas. En las ciudades había tabernas y mesones; en los caminos encontraría trovadores y mercaderes.

Hermione sonrió. Su corazón se aceleraba al imaginar todo cuanto podría aprender, las aventuras que viviría, los lugares que conocería, las maravillas que el mundo le ofrecería al otro lado de las murallas del castillo. Al día siguiente estaría preparada.

Hermione juró que sería libre.