Capítulo 4: Carrera al cielo

Llevaba saliendo con Kagome exactamente un mes. Eso ya era algo serio, lo sabía. Kagome y él eran novios. Le encantaba decirlo. Había tenido cientos de ligues, pero una única novia a la que amar y adorar. Una novia que era perfecta. No pensaba dejarla marchar nunca, no ahora que había cambiado por completo su vida, y le había ayudado a ser mejor persona.

Era extraño encontrarse haciendo cosas que hacían las personas normales. Kagome lo estaba llevando hacia un modo de vida radicalmente diferente al suyo, y le gustaba. Nunca había remado en una barca en el lago del parque, pero pudo detectar el brillo de la emoción en los ojos de Kagome al ver las barcas, y no necesitó más información para ofrecerse a llevarla. Tomó helado en el parque como si fueran una pareja normal y corriente. El primer maldito helado que tomaba en toda su vida. ¡Qué rico estaba! Él tomó de menta y limón y probó el de fresa y stracciatella de Kagome. Era todo un vicio. También entró en un parque de atracciones para hacer algo que no fueran negocios. Montó en la montaña rusa y en la noria por primera vez, tomó algodón de azúcar y le consiguió un enorme peluche con forma de delfín a Kagome. Ella sonreía tanto, se reía con tanta alegría... Empezaba a contagiarle.

La semana anterior, sin ir más lejos, fueron al cine. No es que nunca hubiera visto una película, pero jamás en el cine. Lo poco que sabía de los cines era lo que escuchaba y lo que había visto en escenas de películas en casa. Se divirtió siguiendo todos los tópicos. Invitó a Kagome a ver una película romántica, pues había llegado a la conclusión de que no merecía la pena que se le echara encima muerta de terror. Compró refrescos y palomitas. No eran sus primeras palomitas, pero ya ni recordaba el sabor que tenían. Se sentaron por la parte de atrás y le pasó un brazo sobre los hombros. También la besó en la oscuridad.

Ser una persona normal era estupendo. ¿Cómo no probó todo aquello antes? De hecho, ¿cómo pudo vivir tantos años sin probar un bocadillo? Su padre decía que era comida de pobres. ¡Qué equivocado estaba! Le dio otro mordisco a su bocadillo y lo último que lamentó era que no se lo hubiera preparado Kagome. Cada vez que hablaban por teléfono, le pedía que le preparara un bocadillo, aunque fueran a comer a otro sitio. En tal caso, lo guardaría para otro momento. Estaban tan buenos cuando hicieron un picnic en el monte, cerca de un arroyo, que no podía dejar de comerlos. Le encantaba comerlos con las manos, llenarse la chaqueta de migas, masticarlos.

¿Qué clase de mafioso debía parecer en ese momento? Nunca había caminado por la calle con la guardia tan baja. No llevaba sus gafas de sol, caminaba despreocupadamente, se comía un bocadillo, ignoraba por completo las miradas de la gente. Solo le faltaba cambiar el traje por otro tipo de ropa. Ya lo hizo para ir al parque de atracciones y para ir de picnic. Se puso sus primeros vaqueros: unos Levis comodísimos que fueron todo un descubrimiento para su vestuario.

Tiró el envoltorio del bocadillo ya terminado en la papelera más cercana y se sacudió las migas de la chaqueta del traje mientras se metía en un callejón. Asuntos de drogas. Kagome decía que habría que eliminar toda sustancia nociva del planeta. Era por eso que tomó la determinación de dejar de traficar con droga. Su padre podía decir misa al respecto. Él iba a dejar de robarla y de venderla. Tendría que dejar a unos cuantos camellos en la calle, pero siempre podían buscar un trabajo honrado, ¿no?

El hombre que organizaba a los camellos de su mafia lo esperaba en lo más profundo del callejón. Vestía joyas ostentosas y ropa brillante. Jamás había entendido ese estereotipo y por qué demonios lo seguía. Se veía a legua lo que era. Si todavía no había sido detenido, era porque trabajaba para los Taisho.

― Es un placer volver a verlo, señor. ― lo saludó frotándose las manos.

Seguro que esa basura esperaba un jugoso negocio. ¡Qué sorpresa se iba a llevar!

― Seré rápido. ― se peinó el cabello hacia atrás ― Quiero que disuelvas todo el equipo de traficantes.

― ¿Se‐Señor? ― balbuceó sin entender ― ¿Ha habido problemas con la policía? ¿Puedo sobornar a…?

― No. Simplemente me he hartado de la droga. ― afirmó ― Nuestra mafia ya no trafica con droga.

― ¡No puede…!

No le dejó terminar. Sacó la beretta del bolsillo de su americana y lo empujó contra la pared. El cañón de la beretta se apoyó contra su frente y se escuchó el chasquido del seguro al ser desactivado.

― Claro que puedo hacerlo. Te recomiendo que jamás vuelvas a cuestionarme, ni a cruzarte en mi camino.

Lo dejó con esas palabras. No tenía ningún miedo de darle la espalda. Si se atrevía a atacarlo o incluso a matarlo, el destino que le esperaría sería mucho peor y los dos lo sabían. Salir con vida de allí ya era todo un regalo. Y la única razón por la que lo dejaba con vida, aparte de por el hecho de que tenía que informar a todos los subordinados, era por Kagome. Ella no aprobaría que matara a nadie. Además, siempre podía seguir con lo mismo. Solo los había perdido como proveedores y como medida de protección. Ahora tendría que buscarse su propia mercancía y apañárselas solo con la policía.

Levantó el brazo, haciendo una señal, al salir del callejón y su limusina acudió allí al instante. Montó en el coche con agilidad. Apenas se había acomodado cuando sonó su teléfono móvil. Era su padre. Aquella rata de cloaca no había tardado ni dos segundos en llamarlo para contarle lo sucedido. Pulsó el botón para subir la ventanilla que lo separaba del chófer, y se llevó el teléfono a la oreja.

― ¿Diga?

― ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de lo que has hecho? No puedes disolver nada sin mi consentimiento.

― Pues ya lo he hecho.

― ¡No me hables en ese tono! ― le riñó ― ¿Debo recordarte quién soy?

No lo necesitaba, lo tenía muy presente.

― Sé muy bien quién eres, padre.

― No vuelvas a tutearme. ― le advirtió ― Soy tu líder.

¿Los amaba? ¡Y una mierda! Solo pensaba en sí mismo y en su puesto de mando.

― Sí, señor. ― se mordió la lengua de solo pronunciarlo.

― Quiero una explicación.

― He decidido que ya no los necesitamos.

No podía hablarle de Kagome.

― ¡Los beneficios…!

― ¡Olvídate de los beneficios! ― lo interrumpió ― Estaban dando demasiados problemas y ese tipejo empieza a creer que puede darnos órdenes. Estaremos mejor sin ellos.

Al otro lado de la línea, su padre se quedó callado durante unos instantes realmente tensos. Estaba pensando en algo que se escapa de su control. Seguramente, había dejado algún cabo suelto al explicarle su razonamiento. Tenía que estar preparado para cualquier respuesta.

― ¿No tendrá nada que ver con esto esa mujer con la que estás saliendo?

¡Su padre lo sabía! ¿Cómo pudo enterarse? Sabía que sus propios hombres eran de fiar y que jamás le contarían nada a su padre sin su consentimiento. No, ellos no podían haber sido. Se lo dijo a su madre y le pidió que no le contara nada a su padre. ¿Lo habría hecho?

― ¿Mamá ha dicho algo de…?

― No ha sido tu madre, — lo interrumpió — y no consentiré que ella vuelva a mentirme en tu nombre. ― juró ― Siempre sé todo lo que haces. Recuérdalo.

Estaba bajo vigilancia. Siempre lo había sospechado, pero quiso confiar en que su padre, a pesar de sus antecedentes, le daría más manga ancha al hacerse mayor y, por ende, convertirse en su segundo al mando. Estaba por completo equivocado. Su padre jamás dejaría de controlarle y de ponerle trabas. Solo con su muerte sería realmente libre de tomar sus propias decisiones. No obstante, ¿qué iba a hacer si aún faltaba mucho para ese día? Si a él no le gustaba Kagome… No quería ni pensar en lo que podría suceder.

― Te he hecho una pregunta, Inuyasha. ― repitió su padre ― ¿Esa mujer ha tenido algo que ver?

Indirectamente sí, pero no era algo que tuviera que saber su padre.

― No. Ella ni siquiera sabe quién soy.

― ¿Estás seguro de que no lo sabe? Los Taisho no pasamos desapercibidos. ¿Y si es de otra mafia?

― No es así.

Y con esas palabras cortó la comunicación. Su padre volvería a llamarle, seguro. No se detendría hasta conseguir lo que él quería. Fue por eso que tomó la determinación de apagar el teléfono móvil. Tenía que conseguir otro teléfono cuyo número solo tuviera Kagome. ¿Qué sucedería si ella lo llamaba mientras tenía el móvil apagado? Necesitaba pensar. Seguro que su padre sabía dónde vivía ella y dónde trabajaba. Podría encontrarla y acercarse a ella si quisiera. Si hiciera algo de eso, la perdería para siempre.

Sonó el teléfono de la limusina. Seguro que era su padre intentando continuar con el sermón. Su reacción fue arrancar el cable del teléfono. Estaba harto de que lo molestaran. Segundos después, el chófer bajó la ventanilla de la limusina y le mostró su propio teléfono móvil.

― El líder desea hablar con usted, señor.

Eso tenía que ser una broma. Agarró el teléfono móvil, bajó la ventanilla sin acercárselo tan siquiera al oído y lo lanzó contra el cemento de la carretera.

― Te compraré otro mucho mejor, Nobunaga.

Con esas palabras volvió a subir la ventanilla y echó la cabeza atrás. Apenas había pasado un minuto cuando alguien tocó su ventanilla. Estaba llamando a todos sus malditos subordinados para que le pasaran el teléfono móvil. ¿Quién se creía que era para molestarlo de esa forma? Sacó la cartera del bolsillo interior de la americana y la abrió. Dentro del monedero guardaba el pasador con forma de copo de nieve de Kagome. Deseó que le diera fuerzas.

― Sigue adelante y ni se te ocurra cogerle el teléfono a nadie. No quiero que te detengas. ― le dijo al chófer por el audífono.

― Sí, señor.

Era una suerte saber que aunque les preocupara lo que el líder decía, sus subordinadas le eran fieles. Se relajó en el asiento de cuero y descansó durante unos minutos. Le pidió al chófer que lo llevara por el paseo junto al río y estiró las piernas. Ojalá no hubiera metido a su madre en un lío al mencionarla. Aún no podía creer que su padre esperara recibir el mismo trato que ella de él.

Regresaba a casa ya. Esa noche había quedado con Kagome para cenar y quería descansar un poco antes. Además, tenía que comprobar cómo estaba Buyo y darle ese nuevo pienso de lujo que acababa de adquirir. El gato estaba aún en fase de crecimiento y era todo un glotón. También le había comprado un juguete nuevo para que se entretuviera solo mientras no estaba en casa. ¡Diablos! Se había convertido en una de esas personas locas por los gatos.

Justo en ese momento, un ángel pasó de largo a su lado. Se incorporó como un rayo y se volvió para ver desde la luneta trasera de la limusina a Kagome corriendo por el paseo. Llevaba puestas unas deportivas, unas ajustadísimas mayas azul marino hasta las rodillas y un top del mismo color, más parecido a un sujetador deportivo por lo corto que era, que dejaba su vientre al descubierto. Tenía los auriculares de su Ipod puestos y no parecía fijarse en nada más a su alrededor. Ni siquiera en las miradas cargadas de deseo que le dirigían otros hombres.

Pidió a su chófer que detuviera el coche. Se iban a ver esa noche, pero necesitaba estar con ella en ese instante. Que lo consolara y le ayudara a sentirse mejor. ¡A la mierda el descanso! Se quitó la americana y desató las correas con las que se encontraban bien amarradas sus pistolas, bajo sus axilas. Nunca llevaba armas en presencia de Kagome. No solo por respeto sino también para evitar que ella las sintiera al abrazarlo. ¿Qué pensaría de él?

Salió del coche mientras se volvía a colocar la americana y esperó a que la joven llegara. Kagome lo vio en seguida. Tras la sorpresa inicial, se detuvo y se quitó los auriculares.

― Inuyasha… ― musitó.

― Pasaba por aquí… ― se justificó ― y te he visto desde la ventanilla. No me dijiste que corrías.

― Se suponía que era mi pequeño secreto. ¿Acaso crees que puedo comer tanta tarta de queso sin engordar ni un solo gramo?

Si engordara unos kilos, él no dejaría de desearla. Igual hasta le quedaba bien. Aun así, tenía que admitir que le gustaba bastante su figura en ese instante. De hecho, esa era la primera vez que veía tanto. Normalmente llevaba medias y nunca había podido atisbar ni un poco de su vientre hasta entonces. Un vientre que quería acariciar y morder.

― ¿Tengo que suplicarte que me des un beso?

Ella agachó la cabeza sonrojada. ¡Era tan inocente!

― No creo que sea un buen momento…

― ¿Por qué? ― le insistió.

A él le parecía un momento estupendo para que todos esos espectadores masculinos supieran que ya estaba cogida. ¿Acaso le avergonzaba besarse con él en público? Se estaba retorciendo las manos como si él la estuviera forzando a hacer algo que nunca antes habían hecho. ¡Si estuvieron a punto de acostarse en el parque de atracciones! Encontraron un lugar íntimo donde besarse, y por poco no llegaron hasta el final. Si ese par de niños no hubiera aparecido jugando con pistolas de agua, los dos habrían estado en el paraíso. También hubo otras ocasiones en las que fueron interrumpidos por llamadas telefónicas, pero aquella ocasión fue en la que más lejos llegaron con diferencia. ¡Si casi le quitó la blusa!

No entendía que se pusiera tan nerviosa a la hora de mostrar afecto en público. Él tenía muy claros sus sentimientos hacia ella y se la estaba jugando con su padre para estar a su lado. ¿Acaso ella tenía dudas? ¿Qué era lo que se estaba escapando de su control?

― Es que… ahora no puedo… ― se le balancearon las piernas ― Estoy sudada, ¿sabes? ― le dijo con las mejillas ardiendo ― No quiero darte asco…

Así que era eso. ¡Por Dios! ¿Cómo iba a darle ella asco a él? Sería la última persona en el mundo que jamás consiguiera darle asco y se lo iba a demostrar. Rompió la distancia entre los dos de una zancada, tomó su cintura resbaladiza por el sudor y se inclinó para darle un húmedo beso. Kagome estaba rígida al principio, pero se dejó llevar y rodeó su cuello con sus brazos. Si hubieran estado solos, le habría demostrado de forma más física que no sentía ningún asco.

― Te echaba de menos… ― musitó contra sus labios.

― Nos íbamos a ver esta noche… ― contestó ella entre besos ― Nos vimos ayer…

― Y, aun así, te echaba de menos.

Siempre la añoraba. Desearía despertarse y tenerla a su lado en la cama. Desayunar con ella, volver a comer con ella, pasar la tarde con ella, etc. Lo quería absolutamente todo. ¿Era pronto para plantearle que vivieran juntos? No, primero tenía que aclarar unas cuantas cosas sobre su vida con ella o no podría ni mirarla a la cara cuando le mintiera cada día al salir de casa. Necesitaba algo más de tiempo, solo un poco más, para contárselo.

― Tengo que seguir corriendo. ― le dijo ella dando un paso atrás― ¿Nos vemos luego?

¿Le estaba echando? No quería irse todavía. ¡Quería quedarse con ella! Tomó su brazo cuando pasó a su lado dispuesta a seguir y la detuvo.

― ¿Puedo correr contigo?

Automáticamente, la mirada de Kagome bajó hacia su traje de Armani. No necesitaba que se lo dijera para saber que no era la ropa más apropiada para correr.

― Tu traje…

― Tengo muchos trajes, no me importa. ― se volvió ― Dame un minuto.

Corrió hacia su limusina y abrió el capó. Su chófer lo miraba desconcertado; le ordenó con la mirada que volviera al interior de la limusina. Rebuscó entre las cosas que tenía hasta encontrar sus deportivas. Justo entonces, Kagome lo alcanzó andando.

― ¡Guao! ¿Siempre llevas unas deportivas encima?

― Me gusta ir bien preparado.

Y se apartó para que pudiera ver el interior del capó. Sabía muy bien lo que vio, ya que solo vio lo que él quiso. Una caja con deportivas, una caja de repuesto con zapatos de piel, un traje de repuesto en su funda, un paraguas, un botiquín, una rueda de recambio y equipo de emergencias para la limusina. Bajo todo eso, en un doble fondo, se encontraban las armas.

Se sentó en el capó y se cambió los zapatos de piel por las zapatillas. Le gustaba tener siempre a mano unas deportivas por si se veía envuelto en una persecución. Correr con zapatos era todo un infierno. Por eso se las ponía cuando creía que una reunión podía acabar mal y las llevaba siempre en la limusina por si tenía que cogerlas con urgencia. Después, se quitó la americana y la dejó allí doblada. Estaba a punto de levantarse cuando se percató de que aún le faltaba la corbata. Se la quitó y se subió las mangas de la camisa. Y pensar que minutos antes quería descansar…

― ¿Vamos?

Kagome asintió con la cabeza e inició el trote. La verdad era que jamás podría haber imaginado tan siquiera que eso sucedería. Inuyasha corriendo y con su finísimo traje. Estaba claro que hacía ejercicio por su robustez y la dureza y complexión de sus músculos. Sin embargo, nunca lo había visto acelerar el paso tan siquiera. Siempre parecía muy calmado y muy refinado. La verdad era que se acababa de llevar una sorpresa viéndolo correr a su lado.

Justamente estaba pensando en Inuyasha cuando él se cruzó en su camino. Pensaba en su relación. No habían hablado seriamente del asunto, no se habían definido, pero ella creía que eran novios. Cenaban juntos, iban al cine, al parque de atracciones, paseaban, hacían picnics. Esas cosas las hacían las parejas, ¿no? ¿No estaba equivocada? ¿Podía ir diciendo por ahí que tenía un novio guapísimo y maravilloso? Aún no sabía cómo pudo pensar que Inuyasha era promiscuo. Jamás había conocido a nadie tan respetuoso como él con las mujeres. Todo sin prisas y sin presiones.

Quería acostarse con Inuyasha. Quería que él fuera el primer y único hombre que compartiera esa intimidad con ella. No sabía cómo abordar el tema y probablemente tampoco fuera necesario. La pasión surgía fácilmente entre ellos y de forma muy natural. Aunque, quizás, sí que debiera comentarle el pequeño asunto de que era virgen. No creía que fuera a huir de ella por eso. A eso no tenía miedo. Tenía miedo a lo desconocido. ¿Sería mejor que fueran sobre terreno conocido? ¿Que él supiera que trataba con una virgen?

No sabía ni cómo sacar el tema. Esa parte de su educación estaba muy lamentablemente descuidada. Sus padres murieron muy pronto para hablar de ese tema con ella. Sus tíos eran muy conservadores y ni mencionaron el tema jamás. Era tabú hablar sobre eso en casa. En el colegio no pudo recibir educación sexual precisamente porque sus tíos consideraban que era indecente dar aquello en el aula. Su única fuente de información eran sus amigas, las películas y la bibliografía. Sus amigas hablaban de los hombres como si fueran pedazos de carne, a excepción de Ayumi, quien vivía en una nube con su futuro marido y del cual casi nunca hablaba. Era muy reservada. En las películas todo era demasiado idílico como para ser cierto. La bibliografía que había encontrado era terrorífica. En cuanto leyó "romper el himen", "dolor" y "sangre" salió corriendo espantada.

Miró de reojo a Inuyasha y lo vio correr a su lado sin dificultades, haciendo gala de que clarísimamente practicaba ejercicio. Tragó hondo al ver cómo poco a poco la camisa se iba adhiriendo a su cuerpo por el sudor y volvió la vista al frente. Deseaba a Inuyasha y no sabía cómo canalizar ese deseo. Otra vez sentía ese cosquilleo en el vientre, los pezones duros y la ropa interior húmeda. ¡Qué vergüenza! Con el top deportivo se le notaría, y, si se tapaba, Inuyasha miraría seguro. No pudo hacer otra cosa que rezar para que él no la descubriera en ese lamentable estado.

― ¿Siempre haces esta ruta?

Necesitó unos segundos para asimilar lo que le estaba preguntando.

― Normalmente, sí. ― contestó ― A veces también corro por el parque. Según el tiempo. Si hace muy bueno, el parque está atestado de gente y no se puede correr.

Inuyasha asintió con la cabeza y continuó corriendo en silencio. Se fijó en la nuez de Adán sobresaliendo en su garganta y casi gimió. Hasta eso le resultaba sexi en él. Si solo se atreviera a lanzarse como él lo hacía. Un mes ya era tiempo suficiente como para que hubieran hecho el amor. Inuyasha la había respetado más de lo que muchos otros hombres hubieran hecho. ¿Cómo podía darle a entender que había llegado el momento?

Justo en ese instante llegaron a los lindes de la ciudad. A partir de ahí correrían fuera de Tokio. Ya era más que suficiente. Ella siempre llegaba hasta ahí y volvía. Se detuvo e Inuyasha la imitó.

― Suelo dar la vuelta aquí. ― le explicó.

― ¿Quieres tomar algo antes de que volvamos?

La verdad era que tenía sed.

― Una bebida isotónica estaría genial.

Inuyasha asintió y se acercaron a uno de los bares que bordeaban el río. Allí se detenían muchos deportistas y familias, así que estaban bien preparados. Los dos tomaron Powerade mientras charlaban sobre cosas triviales y reiniciaron la marcha tan rápido como terminaron. La vuelta les llevó cerca de media hora e Inuyasha la acompañó hasta su casa. No pudo evitar fijarse en que su chófer y su escolta los seguían a todas partes. ¿Tan peligroso era que Inuyasha se quedara solo?

Lo invitó a subir. Era lo menos que podía hacer después de haberla acompañado durante toda la tarde. Tenía la camisa empapada y los pantalones se le pegaban a las piernas al caminar cuando subieron. La verdad era que se veía gracioso. Decidieron subir por las escaleras para terminar de enfriarse y los dos entraron en el apartamento. Sacó una botella de agua fría de la nevera y les sirvió a ambos. Inuyasha repitió tres veces y no pudo menos que contemplarlo con una sonrisa. Parecía un príncipe de cuento de hadas y no el típico arrogante que se creía superior al resto y utilizaba a las mujeres para su placer.

― Será mejor que me vaya. ― dijo él sacándola de sus pensamientos ― Tengo que darme una ducha antes de volver a recogerte.

Se quedó ensimismada al escucharlo. ¿Ya se iba? Le había sabido a poco la tarde. Ya no se conformaba con pasar unas horas juntos. Quería más.

― ¿O ya no quieres salir a cenar? Pareces contrariada…

¡La había mal interpretado!

― No, no es eso. Es que… ― ¿se atrevería a decírselo? ―Me lo he pasado muy bien esta tarde contigo.

No era eso lo que quería decir. Quería decirle que lo amaba, que añoraba cada segundo lejos de él, que no quería dejarlo marchar, que ya no podía vivir sin él. ¿Por qué era tan difícil?

― Yo también. ― asintió dando énfasis a sus palabras― Estaré aquí a las ocho, como prometí.

¿Y ya está? ¿Se marchaba? ¿Iba a dejarlo marchar así? No, no es el mejor momento. ― se dijo ― ¡Mira qué pintas tienes! Era verdad. Estaba hecha un asco después de correr. Todo el cuerpo sudado, incluso el pelo, y seguro que tenía un olorcillo raro por las toxinas expulsadas. No quería parecerle una cerda.

Lo acompañó hasta la puerta y él le dio un suave pico en los labios a modo de despedida. Si solo no le hubiera dado ese beso, tal vez habría podido hacer caso a la razón y no al corazón. Anduvo detrás de él y sujetó su brazo, deteniéndole en su avance. Inuyasha se volvió sorprendido, pues evidentemente esperaba que ella entrara en su casa y cerrara la puerta. Decidió aprovechar su incertidumbre para ponerse de puntillas, rodearle el cuello con los brazos y besarlo como si no hubiera un mañana.

Al principio, Inuyasha gimió sorprendido por el ataque claramente sexual, pero, después, sus manos la acariciaron, probando la textura de su espalda desnuda. Se sintió alzada contra su cuerpo y fue transportada al interior de la casa o eso suponía. No estuvo segura de haber vuelto hasta que escuchó el portazo no muy lejos de ellos. Inuyasha debía de haber empujado la puerta.

Sintió una pared a su espalda y como él la aprisionaba allí. A ella le encantaba ser su prisionera. Sus manos viajaban por su cuerpo, sobre la fina tela elástica de su ropa deportiva y, por un momento, creyó que se la iba a romper. Sus caricias se volvían tan salvajes que eran casi las de un auténtico bárbaro. No le extrañaría encontrarse algún agujero en las mayas al día siguiente. Su top fue subido hasta su clavícula y unas manos enormes abarcaron sus pechos. Se quedó sin respiración. Nunca nadie la había tocado ahí. Inuyasha había llegado a palpar sobre la ropa anteriormente, pero nada como eso. Los pechos se le estaban inflamando y notaba un cosquilleo en los pezones duros por su contacto.

Tal vez fuera el momento para avisarle sobre su virginidad. Se las apañó para separar sus labios de los de él e intentó hablar.

― Inuyasha…

¿Eso había sido un gemido? No pretendía decirlo de esa forma e Inuyasha se embraveció más al escucharla. Sus labios llegaron a ese punto tan sensible en su cuello y por poco no se le doblaron las rodillas por completo. Menos mal que Inuyasha la sujetaba. Bueno, no tenía tanta importancia, ¿no?

Se quejó cuando Inuyasha abandonó sus senos, pero se calmó al sentir sus manos sobre sus nalgas. La acariciaron allí, incluso le dieron un azote que le habría ofendido si se tratara de otro hombre, y fue alzada de nuevo contra su cuerpo. Se estaban moviendo otra vez. Notó que a Inuyasha le costaba no tropezarse y, de repente, sintió la comodidad de los cojines del sofá bajo su cuerpo. Su top deportivo fue alzado sobre su cabeza y prácticamente arrancado de sus brazos. Luego, Inuyasha se llevó las manos a la camisa y, de tanta prisa que tenía en quitársela, arrancó unos cuantos botones.

Sus torsos desnudos se encontraron. Los dos estaban calientes y resbaladizos, y no le importó. Una escena que en las películas le había resultado tan desagradable como ver a dos personas sudadas o sucias haciendo el amor, de repente ya no le parecía tan terrorífica. De hecho, era de lo más excitante. ¿Quién se lo iba a decir?

Prácticamente se abandonó a las caricias de Inuyasha y ella misma disfrutó del tacto y de la dureza de su musculatura, moviendo las manos sobre él. Cuando sintió sus labios en sus pechos gritó. Eso sí que no se lo esperaba. No esperaba que la sensación fuera así. No se esperaba muchas cosas de aquel acto. Sin abandonar su pecho, las manos de Inuyasha continuaron viajando por su cuerpo hasta encontrarse con sus mayas. No se las quitó, pero tembló cuando su mano se introdujo dentro de las mayas y de las bragas. La asustó hasta que colocó la mano en su centro húmedo y empezó a hacer algo que le encantó. En verdad se sentía bien.

Sus mayas y sus bragas desaparecieron también y vio a Inuyasha quitarse el cinturón y bajarse la bragueta. Solo había visto a algún hombre desnudo en fotografías y había apartado la vista horrorizada. ¿Le causaría él ese mismo efecto? De ser así, tenían un problema. Inuyasha se levantó del sofá y se descalzó las deportivas. ¿Cuándo le quitó a ella las suyas que ni se había dado cuenta? Después, se bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. A decir verdad, no la espantó, sino que la excitó más. Al mismo tiempo, su tamaño la preocupó. ¿Eso cabía dentro de ella?

Intentó expresarle sus dudas, pero sus labios volvieron a ser atacados y unos segundos después sintió un dolor profundo en su cuerpo. Como si le hubiera clavado un punzón ardiendo. ¡Cómo escocía! Inuyasha se incorporó sin salir de ella y la miró. Juraría que había palidecido.

― ¿Eres virgen?

¿Tan fácil era adivinarlo? Claro, se había encogido cuando él la penetró y le apretaba tanto las caderas desnudas que parecía que fuera a rompérselas.

― ¿Te molesta? ― le preguntó.

― En absoluto… ― su mirada le dijo que sus palabras eran sinceras ― Pero podrías haberme avisado. Te lo hubiera hecho más sencillo o, al menos, lo habría intentado…

― Ya no tiene importancia…

― Sí que la tiene. Recordarás tu primera vez con un hombre que se comportó como una bestia y…

― No es así.

Lo abrazó contra su pecho y besó su cabello. No se arrepentía de nada de lo que había sucedido y no pensaba consentir que su pequeño secreto estropeara uno de los mejores momentos de su vida. El problema era que Inuyasha no se movía. Tenía que moverse, ¿no? Bueno, decidió que si él no lo hacía, lo haría ella. Arqueó las caderas e inició un lento movimiento. Los primeros instantes no sintió nada que no fuera dolor. Le costó adaptarse y coger el ángulo para sentir algo parecido al placer.

Inuyasha jadeó; en cuestión de segundos, se empezó a mover contra ella. Así estaba mucho mejor. Tardó muy poco en dejar de sentir aquel escozor y en seguida empezó a sentir el placer que le producía el roce. Las películas no habían exagerado ni un poquito al definir aquello. Abrazó sus caderas con sus piernas y clavó las uñas en la espalda de Inuyasha como si le fuera la vida en ello.

Se sentía en el cielo o quizás más arriba aún. Kagome estaba fantástica entre sus brazos y eso por no hablar de él dentro de ella. Se había llevado una buena sorpresa al descubrir que era virgen. ¿Cómo no lo había visto venir? Era tan reservada y tan tímida con los hombres… En otras ocasiones en las que se habían besado, también había mostrado cierta reticencia a continuar. Esa era la razón. ¡Qué tonto fue! Si lo hubiera sabido, habría preparado algo mucho mejor para ella que un revolcón rápido sobre un sofá. Ahora ya no había nada que hacer. Nada más que no fuera sustituir su dolor por puro placer.

La embistió una y otra vez, sin perder el ritmo. Cuando sintió que su propio final estaba cerca, introdujo una mano entre los dos y la tocó donde sabía que lo necesitaba. Los dos gritaron y agradeció que ella fuera tan sincera mostrándole lo que sentía. No habría soportado una mentira sobre ese aspecto. De Kagome al menos no.

― ¿Qué tal estás? ― le preguntó al tumbarse abrazado a ella― ¿Aún duele?

― No, solo escuece un poco…

Apoyó la cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro y la besó allí.

― Supongo que ya no te apetecerá salir a cenar… ― murmuró en una clara invitación para pasar la noche de otra forma.

― La verdad es que no. ― se volvió hacia él y escondió la cabeza en su pecho ― ¿Podemos repetirlo?

No quería ser cruel, pero no pudo evitarlo. Al escucharla, se rio. ¡Claro que podían repetirlo! Tantas veces como ella quisiera y más incluso. Eso sí, en las próximas ocasiones, lo haría mejor teniendo en cuenta su inexperiencia. Le enseñaría todo lo que podían hacer con su cuerpo y con el de él. Sería una gran noche.

― No te rías de mí… ― musitó molesta.

― No me río de ti. Es solo que… Podemos hacer esto tantas veces queramos…

Esa respuesta pareció tranquilizarla. La notaba tensa, algo más sucedía. No podía ser algún problema de cama. Habían conectado a la perfección y la llevó al orgasmo dos veces. Además, juraría no haber hecho nada que la ofendiera.

― ¿Kagome?

― Si te digo una cosa, ¿te reirás de mí?

No debió reírse antes, tuvo que aguantar. Se sentía cohibida por su culpa.

― Por supuesto que no.

Aun con su respuesta, Kagome necesitó unos segundos para pensárselo bien antes de permitirle escuchar la cosa más maravillosa que había oído en toda su vida.

― Te amo, Inuyasha.

Como un autómata, se levantó del sofá, la cogió a ella en volandas y se dirigió hacia el cuarto de baño con Kagome. Iba siendo de tomar una ducha después de todo lo que habían hecho esa tarde.

― ¿Inuyasha?

― Nos daremos una ducha juntos, ¿te parece? ― propuso.

― Pe‐Pero…

― Yo también te amo, no tienes nada por lo que preocuparte.

Por fin lo había dicho. Se sentía mucho más que liberado. Después de tanto tiempo, el cielo al fin estaba a su alcance.

Continuará…


Próximo capítulo: Adorada normalidad